martes, 22 de diciembre de 2015

Babar o la vigencia de un clásico


Las reseñas que más me gusta redactar son las de los libros que, como el de hoy, no necesitan presentación alguna, más que nada porque no me tengo que preocupar de introducir el argumento, desglosarlo o hablar de los personajes (¿Quién no conoce a Babar?) y me puedo dedicar a hablar de otras cuestiones que, aunque menos explotadas, pueden resultar igualmente interesantes (N.B.: ¡Así me gusta empezar la Navidad! Y si me toca un pico en la lotería, mejor que mejor...).


Desde hace un tiempo necesitábamos una nueva edición de las historias originales de este elefante y el resto de su gran familia creada por Jean de Brunhoff y que vió la luz en 1931, y eso es algo de lo que se ha encargado la editorial Blackie Books. Yo guardaba un par de ejemplares de las anteriores ediciones facsímiles (de la, casi olvidada en el mundo LIJ, editorial Alfaguara, y que podrán encontrar en librerías de segunda mano y bibliotecas), más pequeñas y manejables para los pequeños lectores, pero estoy igualmente encantado con este nuevo formato (todas en un solo volumen, pero nada que ver con las gigantescas primeras ediciones, todo un lujo hoy por el elevado coste de producción y que no duraron mucho tiempo) mucho más práctico para todos los lectores, y que incluye el prólogo que el enorme Maurice Sendak realizó para la edición del 75º aniversario. Así que ya saben: una oportunidad inmejorable para volver a la infancia...


Aparte de todos estos datos y teniendo en cuenta que el personaje y todo su merchandising llevan en las librerías más de ochenta y cuatro años (¡Si se descuida nace el mismo día que mi abuela!) y teniendo en cuenta el análisis de Sendak en el que habla de una cierta incomprensión inicial hacia esta obra que fue moldeando con el tiempo, he creído conveniente hablar sobre la anacronía y/o sincronía de este clásico de la LIJ con los tiempos que vivimos, resumiéndolo en una pregunta: ¿Sigue vigente Babar? Espero no defraudar con la disertación...


Generalmente se da por hecho que la Literatura (la de la mayúscula e independientemente del género que tratemos) trasciende al contexto en el que se ideó (seré breve), sobre todo porque, aunque hable de las cuestiones, problemas y situaciones universales del ser humano, es capaz de construir un mensaje propio en cada lector, desarrollar su propia libertad. Esto creo que no es objetivo de debate alguno. El problema viene cuando la imagen entra en juego y el formato pasa a ser álbum ilustrado, algo que le sucede a las historias de Babar. Tratándose de una de las obras pioneras de este formato en la LIJ debemos apuntar una serie de puntos, a mi juicio, importantes.


Empezando con La historia de Babar, el inicio de la saga, he de decir que, además de utilizar las ilustraciones como mero apoyo narrativo (carecen de lenguaje propio en la mayoría de las ocasiones), el autor se ciñe en exceso a las formas y a la ideosincrasia de la época, algo que choca frontalmente con la visión que en la actualidad se tiene sobre temas como el machismo, el racismo, la exaltación religiosa o la violencia explícita -véase lo trágico de la muerte de su madre- (N.B.: No me extrañaría nada que muchos trabajadores de la educación o lo social y activistas de distinta índole viesen en esta obra un peligro para las mentes de nuestro futuro... Me descojono, pero cosas peores he visto con tanto proteccionismo y discriminación positiva... ¡Socorro! ¡Los nuevos curas!). Quizá sea esto lo que lleva a muchos, entre los que se incluye Sendak, a aparcar este libro a un lado, puesto que difiere mucho de la concepción actual de álbum ilustrado, una más libre, más transgresora y críptica.


Un año después se obra el gran cambio y De Brunhoof crece como autor con El viaje de Babar, una de las historias favoritas de muchos lectores. Esto se debe a que el autor asume cierta ligereza al tratar los contenidos, a diversificar el colorido, los planos de las imágenes y fluye a un nivel creativo superior en el que las ilustraciones adquieren una nueva dimensión: hablan por sí solas (por ejemplo las caras en las nalgas de los elefantes en la guerra contra los rinocerontes) y complementan al texto (véase el fondo del mar cuando Celeste y Babar están en el islote). Es a partír de esta historia cuando De Brunhoff comienza con un auténtico juego de matices (El rey Babar, las vacaciones de Zefir o Babar y Papá Noel) y crea personajes desconocidos, utiliza formatos novedosos (ilustraciones informativas o de tipo cómic), echa mano del simbolismo y vuela con su imaginación a otros mundos.



No sabemos si esta metamorfosis (por la que pasan pocos autores de una manera natural) se debe al cauce que van marcando sus hijos o el resto de los lectores, o a su capacidad autocrítica. En cualquier caso va adquiriendo más conciencia del uso de dos vías de comunicación, empieza a insertar juegos dobles, imágenes no superponibles que se complementan, y aupa el contenido. Vamos, que da vida al álbum ilustrado contemporáneo y que sí puede ser extrapolado por los lectores a una realidad actual.


No obstante, además de considerar todas estas cuestiones sobre las forma y el atrezzo, no hay que olvidar que Babar no deja de ser el mensaje que un padre enfermo lanza a sus hijos, en definitiva no deja de ser un legado humano que deja su impronta en los lectores. Esta es la principal razón por la que Babar es capaz de ir botando de década en década, de niño a niño, algo que la convierte en una obra canónica dentro del corpus literario infantil.
Y es que, a pesar de que en sus ilustraciones haya un estilo muy determinado, un vestuario diferente y formas muy anticuadas de ver el mundo, Babar es la vida, y hay que leerlo.

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