miércoles, 21 de mayo de 2008

El cisne que contaba cuentos


Si tuviese que elegir alguna de entre las obras de Hans Christian Andersen, sin lugar a dudas señalaría dos de ellas, “Algo” e “Historia de una madre”. Ambas tienen un alto contenido moral (como casi todos los cuentos de Andersen…), una, de un modo práctico y la segunda, más pasional, pero las dos me calaron profundamente cuando las leí por vez primera (no mentiría si dijese que fue hace mucho tiempo ya que un servidor contaría aproximadamente los ocho años de edad).

Mi padre, gran aficionado a las ofertas de “Galerías Preciados” (todo un clásico, ya inexistente, de los grandes almacenes que han existido en este país), encontró un volumen de los cuentos de Andersen y lo adquirió sin reparos. Probablemente, es una de las acciones que me haya hecho sentirme enormemente agradecido a mi progenitor (la otra es la de darme sus genes de forma altruista –también es cierto que, biológicamente, el instinto de perpetuación de la especie contribuyó a ello-).
Todavía releo ese tomo de canto dorado (le da cierto toque de glamour al asunto literario…aunque creo que el cambio en las modas está repercutiendo negativamente en él), paso de página a página y disfruto de la genialidad del autor danés, de su capacidad para acercar ciertos conceptos extremadamente complejos a los pequeños lectores: el afán de superación, el valor de la voluntad, la humildad, lo deleznable de la vida, lo efímero de la belleza, la sencillez, la contribución de lo absurdo a nuestra existencia, …
¿Y por qué “Algo” e “Historia de una madre”?... Es cierto, podría haber elegido “La Pulgarcilla” o el conocidísimo cuento de “El patito feo”, pero creo que mi sentido romántico de la vida, me hizo decantarme por dos historias algo más trágicas.
Yo aspiro a ser algo, decía el hermano mayor de otros cuatro: quiero ser útil en el mundo. Aunque de humilde oficio, si de él reportan mis semejantes algún provecho, llegaré a ser algo. Voy a ponerme a ladrillero, y como los hombres no pueden pasar sin ladrillos, he aquí que ocupándome en fabricarlos, podré decir que sirvo de algo […]. Un gran comienzo para una historia que se introduce en la condición humana, en algo tan vigente como la ambición de ser respetable y reconocido, el placer que conlleva un logro, poder contribuir a la construcción del mismo mundo, de sentirse satisfecho tras la propia obra y disfrutar del afán de superación.
Del mismo modo que aborda estas facetas del ser humano, también se puede contar entre las obras que tratan una cuestión bastante importante en la juventud de hoy día: la desidia y la falta de voluntad para contribuir a esa empresa que es la del avance de nuestra realidad actual.
La motivación, esa gran carencia que no sólo afecta a nuestra juventud, sino a todas las que han poblado nuestro planeta a lo largo de la Historia, es uno de los pilares de este sencillo cuento que ahonda en la idiosincrasia humana.

Hasta que no leí “Historia de una madre” no fui consciente del lado humano de la muerte y su necesidad. La muerte en la Literatura Infantil es un tema funesto, desagradable, que roza el tabú, casi prohibido (Breve inciso: esto es lo que ocurre actualmente, pero en épocas pasadas, la niñez no era un periodo tan longevo, así como la sobreprotección de la infancia no era extrema, como ocurre hoy día, por lo que estos temas podrían tratarse con más naturalidad), pero Andersen lo convierte en una necesidad. Explica de una manera abierta y simple la función que la muerte tiene sobre la humanidad entera, sobre nuestras vidas, enfrentándose y encontrándose con sentimientos opuestos como son el valor, el coraje, el dolor, el duelo y la resignación de la pérdida.
Mención especial es la que merece la descripción del invernadero que cultiva la muerte: […] Ésta la tomó luego de la mano y juntas entraron en el vasto invernáculo donde crecía formando soberbias espesuras una vegetación maravillosa. Jacintos delicados colocados bajo campanas de cristal estaban junto a peonías hinchadas y vulgares. Veíanse plantas acuáticas, las unas exuberantes de savia y las otras casi marchitas y con las raíces rodeadas de asquerosas culebras. Algo más lejos se erguían esbeltas palmeras, copudas encinas y frescos plátanos, y en un rincón extraviado ostentábanse grandes cuadros de perejil, tomillo y otras yerbas de cocina […].
En definitiva, toda una delicia… como “la sopa al asador”, pero esa es otra historia…

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