lunes, 28 de diciembre de 2015

Miedo a la estupidez y los inocentes


Ya estamos en Navidad y toca una de cachondeo, no sólo porque los bares están a rebosar de borrachos, sino porque en estas fiestas tan entrañables en las que hay más miedo que alegría, hay que poner una nota de color y sacarle una sonrisa a este día. Así que, vamos a echarle guindas al pavo y hablar de realidades que, dado su absurdez, parecen inocentadas...
Las cotas de degradación cultural que estamos alcanzando provocan muchas paradojas encaminadas a hacer de este país un (ch)ocho sin precedentes. He aquí unos cuantos ejemplos... Mis alumnos ya no saben qué animales había en el portal de Belén, algo que no me extraña porque el otro día les oí cantar un villancico que parecía aconfesional (y un servidor, que no ha pasado por la pila bautismal pero que identifica el catolicismo como parte de la cultura occidental, ojiplático).


La cosa no sólo queda ahí... También están esos que alardean de progresistas y prefieren que se caguen en sus muertos a que les deseen ¡Feliz Navidad!, y sufren orgasmos televisivos cuando ven a la edil madrileña poniéndose hasta la trancas de langostinos (y demagogia barata) junto a doscientos pobres (la denominacion de “desfavorecidos” habría que estudiarla...) para pescar unos cuantos votos.
Sólo faltaban “las tres reyas magas” que van a hacer de las suyas en el desfile de Carabanchel (menos mal que a Rosendo Mercado se la sudará tanta puñeta) haciendo gala de esa arenga tan cristiana de “¡Dejad que los niños se acerquen a mí!” (pero sin dan por culo me los meriendo). Lo de que una mujer se disfrace de hombre para reivindicar la lucha feminista es lo más escatológico que he oído después de que un blanco se pinte de negro para ejercer de Baltasar (¡Con la cantidad de subsaharianos que pasan miseria en este país!). Así que, de reinas, poco...


Pero el colmo de la estupidez se resume en esos hijos del socialismo que, no contentos con haber tenido una educación envidiable (fue lo único bueno que trajo la EGB, porque LOGSE, LOE y LOMCE son para mear y no echar gota), demonizan el sorteo especial de navidad (será eso de lo mío pa' mi y lo de los demás, a repartir) no sin razón a tenor de la violencia que se ha desatado entre cuatro pobres de Roquetas de Mar.
Así pasa, que con esta España tan absurda, un servidor y su lectora alemana, están sobrecogidos por el precipicio que se abre entre nosotros y el Viejo Continente. Temblamos ante la que se nos avecina, y no precisamente por las bromas que nos acontezcan en este Día de los Santos Inocentes, sino por las tonterías que haremos con tal de ser el culo de Europa. No sé qué nombre recibirá este miedo ligero y extraño, ni si será fruto de mi estupidez o de la de los demás, pero el caso es que debería recogerse en El gran libro de los miedos del ratoncito, un estupendo catálogo de fobias con mucha chicha ideado por Emily Gravett y publicado por Picarona que bien se puede convertir en un regalo para que los niños aprendan sobre sus miedos (y de los demás).


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