miércoles, 3 de junio de 2020

De punta en blanco


Por si tienen memoria de pez, les recuerdo que hemos pasado los tres últimos meses en chándal. Incluso los hay que no tienen ningún pudor en confesar que de chándal nada y que el pijama ha sido su mayor aliado. Sólo el Alfon se ha encasquetado sus mejores galas para asomarse a la terraza y esperar a que le cagara algún pájaro. No sé si lo habrá conseguido pero a él solo le importa lucir tan divino como siempre.



Mirando el lado positivo, además de evitar el desgaste de nuestros mejores outfits, hemos ahorrado mucha agua, bastante detergente, una gran cantidad de electricidad (que la lavadora no centrifuga sola) y algo de plancha (que yo soy de esos).
Por quienes más lo siento es por todos aquellos que se han dedicado a las compras on-line, sobre todo si se han decantado por las prendas de entretiempo, ya que además de la consecuente desactualización, deberán esperar todo un año para sacarles el provecho (si es que se atreven a exhibirlas entonces). 
Tampoco se nos pueden olvidar las lorzas, unas que a golpe de aperitivos han ido ensanchando nuestra anatomía, encogiendo los pantalones, y acabando con la autoestima (¡Como si no tuviéramos bastante!). Lo único que puedo recomendarles es que acudan a su establecimiento de confianza y renueven el fondo de armario. 


Y con tanto hato y trapo hoy me paseo vestido con un librito bien simpático de Elena Odriozola y Ediciones Modernas El Embudo. Ya sé vestirme sola es uno de esos álbumes que tiene un poco de todo y que logran encandilar a cualquiera. Empezando por el tacto del papel y terminando por la encuadernación (cierto encanto artesanal), este libro dirigido en principio a pre-lectores y primeros lectores (me lo tomaré como un cumplido porque lo que es a mí, me ha encantado) nos presenta una historia cotidiana en la que una niña aprende a vestirse.
Echando mano del mismo marco espacial (una habitación con un armario abierto, la niña protagonista y un rincón con ventana donde descansa un perro), se plantea un pequeño juego de adivinanzas en el que descubrir dónde va puesta cada prenda de vestir gracias a sus páginas desplegables es otro acicate para la lectura individual o compartida (eso de abrir el doblez tiene algo mágico, más todavía si le imprimimos misterio).


Con un lenguaje económico pero muy acertado, la autora nos presenta un momento cotidiano de autoaprendizaje que se va enriqueciendo con pequeños detalles (¿Se han fijado en cómo se mueven las nubes a través de la ventana? ¿En quién las habita?) que despiertan el interés por la yuxtaposición de palabras e imágenes. En definitiva, un libro redondo y bien trabajado del que cualquiera puede echar mano si decide ponerse de punta en blanco. ¡Que ya va tocando!

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