viernes, 5 de junio de 2020

Buenas noches de luna llena



Hoy toca luna llena, la llamada luna de fresa y que además sufrirá lo que se conoce como eclipse penumbral, un fenómeno que sólo podrá avistarse desde los puntos alejados de los núcleos urbanos de las islas Baleares. No será el único, pues en este año de mierda (sobrenombre para el 2020) tendremos un total de siete eclipses, de los cuales podremos contemplar cuatro desde nuestro país.
Por si algunos no teníamos bastante con el solo influjo de la luna (llevo un par de noches durmiendo fatal y la cosa no parece mejorar para la que se avecina), hay que sumarle el de otros astros celestes que tanto tienen que ver con nuestros estados anímicos (aunque les suene a ciencia ficción les recuerdo que somos consecuencia de las interacciones entre materia y energía sitas en un sistema planetario cuya dinámica actúa sobre nosotros de un modo u otro).
Esperando que no se conviertan en licántropos (¿De dónde creen que viene la palabra “lunático”?) ni que les arrastre la marea (¿Saben la diferencia entre las vivas y las muertas), un servidor se ha decantado por Buenas noches, luna, un libro archiconocido (aunque hay muchos sobre la luna, hoy toca este clásico publicado por Corimbo) para celebrar un día en el que la luna tiene mucho que decir.
A cualquiera que le menciones este libro de Margaret Wise Brown, una autora que hizo lo posible para dar un giro a los libros infantiles, y Clement Hurd, discípulo del cubista y precursor del pop-art Fernand Légerd, le vendrán a la cabeza rimas dulces y suaves acompañadas de ilustraciones coloristas y vibrantes. En definitiva, la mejor de las sensaciones para un libro que, además de inspirar a más de un decorador (hay montones de estudios minuciosos sobre el escenario donde se desarrolla la acción, así como del mobiliario), conecta muy bien con el público y sobre el que podrían hacerse multitud de consideraciones (basta con fijarse en esa habitación tan amplia y acogedora, en la compañía, en los cuadros y en los elementos que enriquecen la escena que desde un prisma teatral llena la imagen bucólica del sueño infantil).
No obstante, aunque este álbum de luna llena (¿se han fijado en cómo se va elevando en la ventana, no?) ha vendido más de dieciséis millones de copias en todo el mundo, también tiene su propia leyenda negra gracias a la censura que Anne Carroll Moore, la encargada de la sala de lectura infantil de la biblioteca pública de Nueva York, ejerció durante veinticinco años (desde 1947 hasta 1972) en uno de los templos culturales más insignes del mundo. 
Y es que según dice este artículo, la Anna Wintour de los libros para niños (lo que decidiera respecto a un libro sentaba precedente en el mundo de la literatura infantil de Estados Unidos), tenía un sello -o al menos eso cuenta la leyenda- que rezaba “No recomendado para compra por un experto” para acuñarlo sobre libros como este (otra vez la censura en la LIJ por parte de alguien que la amaba... extraña paradoja).
No es de extrañar, pues Moore era fanática de la literatura infantil más clásica -concretamente de autores como Beatrix Potter- y se oponía a las nuevas tendencias progresistas que se desarrollaban en torno a los libros para niños, concretamente a las de la escuela Bank Street (Cooperative School for Student Teachers), un centro de preescolar y de formación donde Margaret Wise Brown se matriculó en 1935, y en el que se buscaban nuevas formas de interacción entre libros y pequeños lectores, como Here and Now Story Book de Lucy Sprague Mitchell.
En 1947, año en el que se publicó este libro, Moore estaba a pique de jubilarse aunque seguía mandando mucho, prueba de ello es que en una revisión interna abanderada por su sucesora, Frances Clarke Sayers, se vetaría a Buenas noches, luna en dicha biblioteca por ser “un trabajo insoportablemente sentimental” (tremenda sentencia).
Quizás el hecho de ser incluido en la lista negra de Moore, no propició el éxito comercial inmediato de Buenas noches, luna (en 1951 las ventas habían bajado tanto, que el editor consideró agotar existencias y no reeditarlo más), pero conforme avanzaron los años y aparecieron las cadenas de librerías y la selección de títulos empezó a depender de las familias, este álbum empezó a ocupar un puesto preferente en las listas de los más vendidos (llegó a las 100.000 copias al año), lo que provocó que se incluyera finalmente en el fondo de la biblioteca pública de Nueva York para la satisfacción de los lectores de una Margaret Wise Brown que nunca conocería este hecho debido a su temprana muerte.


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