jueves, 2 de abril de 2026

Cuentos de Calleja para celebrar el Día del Libro Infantil y Juvenil


Aprovechando que en este 2026 se cumplen 150 años de la creación de la editorial Calleja, he creído conveniente celebrar el Día del Libro Infantil y Juvenil con unos pequeños apuntes sobre su fundador, los cuentos que editaba y algunas consideraciones interesantes al respecto. No solo para que la valoren convenientemente, sino para que conozcan un pedazo de la historia de la LIJ hispana, que vale tanto o más que las de otros contextos.


Saturnino Calleja nace en Quintanadueñas, provincia de Burgos. En 1968, con tan solo quince años, se traslada a Madrid con el resto de su familia y empieza a formarse en el negocio de la edición e impresión de libros junto a su hermano Luis y el editor Agustín Sáenz de Jubera. Corre el año 1876 y su padre, Fernando Calleja, abre una librería y taller de encuadernación en la calle de la Paz, negocio que vende a Saturnino tres años más tarde (1880). Si bien es cierto que ese año la rebautiza como Casa Editorial Saturnino Calleja, este prefiere mantener el 1976 como fecha fundacional a modo de homenaje familiar, como se indica en todas las portadillas de sus libros.
Una vez al frente de la librería, Saturnino Calleja empieza a diseñar un plan editorial en base a cuatro objetivos: alfabetizar a la población, producir libros atractivos, renovar el material escolar y desarrollar una gran empresa. ¡Y vaya si lo consiguió! Como muestra, un botón: según los archivos de la editorial, en 1899 se imprimieron tres millones cuatrocientos mil volúmenes, correspondientes a ochocientos setenta y cinco títulos. Cuántos serían los títulos publicados a lo largo de los años, que se lexicalizó la expresión "tener más cuento que Calleja", una coletilla que sería incorporada al Diccionario de la Real Academia Española más tarde.
Así, la editorial estuvo activa desde 1880 hasta 1958, casi ochenta años que se pueden dividir en tres grandes etapas. En la primera estuvo bajo la dirección del fundador Saturnino Calleja Fernández (1879-1915), durante la segunda fue dirigida por su hijo Rafael Calleja Gutiérrez (1915-1929) y en la tercera y última tuvo como director a Saturnino Calleja Gutiérrez, que sobrevivió a su hermano.


Si bien es cierto que las publicaciones se dirigen a todo tipo de público, la preferencia editorial son los libros para niños y jóvenes. Por lo que se desarrollan tres líneas editoriales exclusivas llamadas Cuentos y Bibliotecas para niños, Obras pedagógicas de primera enseñanza y Material de escuelas.
La que más nos interesa a los monstruos es la primera, una que comprendía numerosas colecciones como Biblioteca de Recreo, Juguetes Instructivos, Joyas para Niños, Leyendas Morales, Recreo Infantil, Cuentos para Niños, Biblioteca Escolar Recreativa, Narraciones Bíblicas, Biblioteca Ilustrada para Niños, Biblioteca Enciclopédica para Niños y Biblioteca Perla. A estas se unieron otras posteriores, como la de cine, la de pinturas infantiles, fábulas, El Teatro de la Infancia, la serie de Pinocho y Chapete o la revista Pinocho, un semanario infantil.


¿Pero qué tienen estos libros? En la España del siglo XIX los libros infantiles eran austeros, de grandes dimensiones, precio desorbitado y con escasa o nula presencia de imágenes. Esta concepción cambia cuando Saturnino Calleja toma parte activa en el panorama editorial de LIJ emulando las tendencias que llenaban las librerías inglesas, francesas o alemanas. Así, dotó a sus ediciones de una estética cuidada donde portadas, tipografías y ornamentación constituían el envoltorio ideal para un sinfín de historias. Sin embargo, la gran revolución reside en las ilustraciones interiores, concebidas no solo como adorno, sino también como complemento. En pocas palabras, podríamos denominar a estos libros como predecesores del álbum narrativo.
Todo esto es posible gracias a un elenco de artistas de primera fila, sobre todo en la primera y segunda etapa. Hasta 1915, algunos de los ilustradores que aparecen en sus libros son Narciso Méndez Bringa, que sería asiduo colaborador del semanario Blanco y Negro, Manuel Ángel o Ramón Cilla, que no solo realizarán las imágenes de estos cuentos, sino que también se encargarán de los textos.


Rafael Penagos


A partir de la dirección de Rafael Calleja, un hombre de refinado gusto que se movía en círculos literarios en torno a Gómez de la Serna, las ilustraciones corren a cuenta de Salvador Bartolozzi, su director artístico durante unos años y que también ilustró Pinocho y Chapete, Rafael Penagos, que popularizó el Art Decó en la ilustración gracias a sus fantasías llenas de motivos florales, búcaros y arabescos, el postmodernista José Zamora, Federico Ribas, Elías Corona, Antonio Lara de Gavilán alias Tono o el murciano Manuel Picolo.


Salvador Bartolozzi


En lo que a los textos se refiere y como apuntó Carmen Bravo-Villasante, estos cuentos parecían nacer por generación espontánea, ya que muchos de ellos y al igual que en otros contextos (véase el caso de los publicados por John Newbery un siglo antes), no iban firmados. Otra partida importante de cuentos fueron escritos por el propio editor o escritores como José López Rubio, adscrito a la Generación del 27, Magda Donato (pseudónimo de Carmen Eva Nelken), que trabajó activamente en la editorial Calleja gracias a series como Pipo y Pipa, o Juan Ramón Jiménez, a quien Calleja publicó la primera edición de Platero y yo. Otras firmas reconocidas fueron José Muñoz Escámez, autor de cientos de cuentos publicados en 1902 en la colección Azul Celeste, como Khing-Chu-Fu y otros cuentos y Jesús Sánchez Tena, dibujante y escritor.
Si bien es cierto que muchos otros insignes autores debieron publicar para Calleja, no tenemos constancia de sus nombres por dos razones. O bien, preferirían permanecer en el anonimato, o bien se perdieron a consecuencia de los archivos desaparecidos durante la Guerra Civil.


Aunque muchos especialistas de la LIJ no son muy devotos de Calleja y sus libros, a un servidor le encantan por varias razones.
En primer lugar, hay que apuntar a su gran labor social. Consciente de las alarmantes tasas de analfabetismo que asolaban el país (N.B.: En 1860 sabía leer el 30% de los hombres y el 9% de las mujeres) a consecuencia de la desamortización de Mendizabal, unas leyes educativas en mantillas y la eterna escasez de recursos pedagógicos, Saturnino Calleja decide renunciar a los grandes márgenes de ganancia y multiplica el número de ejemplares (recuerden el tamaño de sus libros). Esto abarata el precio final de unos libros que se venden entre cinco y diez céntimos de peseta, lo que permitía el acceso a la lectura de las familias más humildes. Esta estrategia desbarata la idea del libro como objeto de lujo reservado para las clases acomodadas y pasa a ser un bien cotidiano que puede encontrarse tanto en los internados religiosos, como en las escuelas rurales.


La segunda razón es el marcado carácter popular de sus libros. Por un lado, Calleja se aparta del carácter elitista de la Institución Libre de Enseñanza que, inspirada por el krausismo, cobija intelectualmente a una burguesía adinerada que quiere alejarse del antiguo régimen. Por otro, en coherencia con su ideario reformista, hace llegar a nuestro país las corrientes pedagógicas europeas y rescata el trabajo de los folcloristas, así como las novelas y cuentos de autores románticos que tanto éxito tenían fuera de nuestras fronteras. No solo eso, sino que los adapta a una realidad española reconocible por obreros y campesinos. Así, tal y como señala Pilar Díaz Sánchez (2014), en estos cuentos, los protagonistas tienen siempre nombre propio, al contrario que en las narraciones de los hermanos Grimm o Perrault. Además, los nombres de los niños de estos cuentos son realistas, nada rebuscados ni sensibleros, más bien castizos y populares.


Por último, hay que hablar de su independencia eclesiástica. Si bien es cierto que Calleja era un católico devoto y sus cuentos son moralizantes (como la mayoría de los de aquella época y muchos de hoy día), procuró que prevaleciera el regeneracionismo finisecular y sus publicaciones fueran lo más asépticas posibles a la doctrina religiosa, algo que chocó de frente con el monopolio que la Iglesia tenía sobre las obras dirigidas al público infantil y juvenil. Este fue el motivo por el que Calleja tuvo problemas con la censura. Así, su producción editorial fue sometida a una dura criba detectando “ideas y tendencias malsanas o pasajes lúbricos, que los constituyen libros malos, dignos de prohibirse y retirarse”. Hasta medio centenar de títulos no fueron del agrado de la Iglesia por culpa de “los encantamientos, las hechicerías, transformaciones imposibles y enamoramientos”, además de un lenguaje soez con palabras como “fornicar” o “virgo”. Calleja no se estuvo quieto y demandó por injurias y calumnias a la Unión Católica y la Educación, que no contentos con la denuncia, promovieron un boicot a las publicaciones del editor, al que acusaron de tener relaciones con la Masonería. Es lo que tiene la competencia…


Con esto y un bizcocho, solo me queda desearles un feliz Día del Libro Infantil y Juvenil con esa frase que reza “Y fueron felices y comieron perdices… pero a mí no me dieron porque no quisieron". ¿Les suena, verdad? Si no lo sabían, fue un invento de Calleja que ha trascendido al tiempo en todos los países de habla hispana.