viernes, 29 de octubre de 2010

De refranes y autobombo


Más que harto de que los medios de comunicación se prodiguen en el autobombo (que si la de ayer, nuestra serie, coproducida con nuestra tía, abuela y bisabuelo, fue la más vista en la historia de la televisión y que si miren el libro del señor A, trabajador de este grupo editorial, todo un ejemplo de excelsa literatura) he tomado la solemne decisión de no dedicar ni unas palabras a mi labor –cosa que podría, advierto- y hacer buena propaganda (¿A quién se le ocurriría la idea de llamarlo publicidad? Seguramente a algún alemán o argentino…) de las ocurrencias de los demás…
El turno de ideas ajenas en esta tarde de mensajes subliminales, le ha llegado a Luz Mª del Olmo, compañera de correrías y bibliotecaria de profesión, que ha ideado un juego que combina refranes y molinos de viento (yo lo he denominado “artilugio paremio-cinético”) para animar el cotarro en bibliotecas y otros centros del saber. Para más información acudan a su correo-e: chinbiblio@terra.es (Luz, toma nota: hago esto para que no conviertas los comentarios de esta noticia en un mercadillo de cera).
Y para animar esta noticia tan refranera en viernes de rima, qué mejor que un buen libro repleto de dichos útiles emparejados por su antónimo significado. Disfruten del fin de semana.

Una buena capa
todo lo tapa.

Aunque la mona se vista de seda
mona se queda.

* * *

Arrímate a los buenos
y serás uno de ellos.

Árbol que nace torcido
nunca su tronco endereza.

En: No juzgues a un libro por su cubierta.
Ilustraciones de Alejandro Magallanes.
2010. Barcelona: Océano Travesía.

miércoles, 27 de octubre de 2010

De gallegos


A todos los gallegos, que no son pocos.

Muerto el pulpo Paul más de uno habrá quedado huérfano de molusco que haga las veces de adivino y revele el final de cada competición futbolística… Aunque, si por mi hubiera sido y atendiendo a mis deseos gastronómicos, el dichoso pulpo hace tiempo que hubiese sido cocido en una olla de cobre, troceado, dispuesto sobre una capa de patata y sazonado con aceite de oliva, pimentón y sal gorda. Que gallega tengo la panza. Y el corazón.
Lo primero viene de familia, que no de casta. Me explico. Mi señor padre sufrió el servicio militar allá donde Cristo perdió la boina, hablando claro, en El Ferrol, y mientras mataba el tiempo, aprendió de las bonanzas de los guisos gallegos.
Lo segundo ya es más poético, por no decir literario… Escuchen: pese a mi metódico adiestramiento (¿bajo qué científico no subyace un coleccionista?) no soy partidario de los casilleros (recuerden que los panales los inventaron las abejas), y mucho menos de los lingüísticos y literarios. Los libros, hayan sido escritos en vasco, búlgaro, alemán, catalán o gallego, no dejan de ser el mero espejo de la vida y por tanto, de cualquier hombre, por lo que un servidor, prefiere leer a estar todo el día a la gresca con unos y otros (cosa rara si se percatan de mi frecuente ansia de polémica). Sea en bable, gallego o payés, la cuestión es leer, y si no podemos, ya procurará el traductor que lo hagamos, que también se merece un sueldo… Se suponía que, por no comprender el gallego, tenía que resignarme a ignorar ciertos libros, menos mal que la “consideración” (entrecomillemos, que el lenguaje nos concede ciertas licencias no muy decorosas…) de algunas editoriales da a luz a obras como Memorias de un niño campesino, de Xosé Neira Vilas, con ilustraciones de Xosé Covas (Kalandraka), para que nos perdamos entre los maizales, gaitas, llenemos los hórreos, y nos inyectemos empanada en vena mientras la lluvia moja nuestros zuecos… es por eso que hoy, soy gallego y mañana, Dios dirá… Aunque les advierto que nunca puedo serlo del todo por faltarme algo: si arriman la oreja al pecho de un gallego, olvídense del latido cardiaco, se oye el rumor de las olas.

13:00 p. m.: Menos mal que la inspiración no me abandona. ¡Lástima no ser Arturo Pérez-Reverte!

lunes, 25 de octubre de 2010

Teatro de sombras


A veces, mi prosa se figura un notable ejercicio de claroscuro, tanto que a muchos desconcierta. Y no es para menos, porque lo que en un instante parece pura y límpida luz, se torna negra sombra. Seguramente se deba a esa dualidad que todos los objetos mundanos acarrean consigo: vida y muerte, salud y enfermedad, blanco y negro…
Es debido a esa magia que vive en cualquier teatro de sombras, que este lugar es capaz de albergar a mil y un personajes aunque sólo cuente con uno, su descarado narrador, cosa de agradecer, teniendo en cuenta la homogeneidad de nuestros días…
Ahora, una confesión… Bajo esa mirada platónica que va de un lado a otro de la caverna, las palabras siempre me han parecido un enorme corro de sombras chinescas, un invento para definir el mundo, capaces de permanecer con sigilo, capaces de desvanecerse en un segundo.
Y con el misterio que traen consigo las sombras, ¿esas que nos pisan los talones?, que mutan de forma a cada ráfaga de luz, que se estiran y encogen paso a paso y que mantienen callado hasta el más recóndito de nuestros secretos, les dejo con el último libro-álbum que Barbara Fiore ha editado de Suzy Lee, Sombras, una buena razón para dejar todo lo que estén haciendo (excepto si son cirujanos… ¡Dios no quiera que suceda otra desgracia más!) y se dediquen unos minutos de sosiego en mitad de la mañana para disfrutar de una historia cargada de sorpresa e imaginación a base de los trastos que guardamos en el trastero, siempre en comunión con esa dualidad onda-corpúsculo que nos trae la luz.

viernes, 22 de octubre de 2010

Pollastres y polluelos


Los niños de pueblo ya no son como los de antes. Se lo digo yo que trato con ellos a diario… Con tanta Play Station® y tanta película en 3D han terminado por alienarse tanto o más que los de la ciudad. Ya pocos saben lo que es un lebrillo, una trébede o las cabañuelas… Espero que por lo menos no crean (como alguna vez me ha pasado…) que los pollos nacen en bandejas de poliuretano recubiertos por una delgadísima lámina de plástico.

Hola, Deva,
niña guapa.
Soy Manolito, el pollito,
y vivo en una granja.

Somos doce hermanitos,
y todos al mismo tiempo
nacimos de doce huevos
en un nido hecho en un cesto.
Mi mamá, la gallina Rufa,
Mi papá, el gallo Celesto.
Y debajo de sus alas,
casi, casi, no cabemos.

[…]

Esther García.
Deva y el pollito.
Ilustraciones de Tina García.
2010. Oviedo: Pintar Pintar.

miércoles, 20 de octubre de 2010

De números



Cada vez estoy más anonadado por la pésima matemática del españolito de a pie. Sí, sí, ya sé que tenemos muchas virtudes, desde nuestra merecida fama de juerguistas, hasta nuestra desmedida pasión sobre el colchón, pero de números, más bien poco. Álgebra, cálculo, trigonometría, ecuaciones, asíntotas y tangentes, quebrados, logaritmos, derivadas e integrales no son santo de nuestra devoción.
Dicen por ahí que lo nuestro son las letras, aunque después de los últimos resultados académicos de los escolares patrios, no sé qué decir. Así que mejor es callarse… ¡Pero las matemáticas…! Y créanme, no será por el poco empeño de los profesores de la materia, no será por métodos didácticas, no será por manuales y libros de texto… Pero lo malo es que es.
Yo siempre odié el mundo de los números, tanto que prescindí de él en el antiguo C.O.U. Yo, se supone que un hombre de ciencias, era capaz de ahorcarme del extremo de una raíz cuadrada. Yo, nulo en la lógica formal de lo abstracto, las tuve que estudiar hasta obtener la calificación no muy honrosa de “aprobado”.
Ea, es lo que hay, así que pongan pies en polvorosa y ayuden a sus hijos, sobrinos, nietos y alumnos en la difícil tarea de comprender el rifi rafe de los números. Para ello les recomiendo dos nuevos títulos con los que la editorial Kókinos da la bienvenida al curso escolar: El agujero negro, de Jaime Compairé y Uno, cinco, muchos, de la incombustible Kvêta Pacóvska (que, para variar, me ha encantado y del que me las he visto negras para conseguir una imagen, de ahí que haya optado por la versión francesa…). Y si no consiguen aprenderse la tabla de multiplicar, siempre les quedará la cuenta de la vieja, recurso muy socorrido a la hora de ir al supermercado.

lunes, 18 de octubre de 2010

Analizando álbumes ilustrados




Son muchos los que se dedican a comparar obras literarias para entresacar así coincidencias y otros datos de interés relevante, dejando al descubierto una serie de influencias de unos autores sobre otros, claro ejemplo del proceso de construcción de la cultura en la mayor parte de los casos. En otras ocasiones, con claridad descubren los estudiosos que, en la consecución del noble arte de escribir, son más los que copian que los que crean.
No soy de los que abogan por señalar al que plagia. Bien pensado hoy día hay pocos que inventan algo, bien sea en lo televisivo, lo musical o lo artístico, por lo que más nos vale callar no sea que recibamos alguna merecida reprimenda por criticones y malpensados.
En cualquier caso, hoy les traigo un análisis comparativo entre tres álbumes ilustrados (creo que no abundan muchos estudios sobre estos casos dado la juventud de este género literario y lo apartado que queda de la literatura puramente académica).
Entre El rey del mar (Imapla, editorial Océano Travesía), Nadarín (Leo Lionni, editorial Kalandraka) e Historias sin fin (Iela Mari, editorial Anaya) existen una serie de paralelismos bastante llamativos.
En el caso de El rey del mar e Historias sin fin, los autores utilizan como hilo argumentativo el concepto biológico de la cadena trófica, es decir, el bicho grande siempre se come al pequeño, mientras que en Nadarín, Lionni da menos importancia a este hecho, apartándolo de su intención inicial: realizar una metáfora sobre la solidaridad (la unión hace la fuerza), hilo argumentativo que también presenta El rey del mar pero de manera menos evidente. En estos dos últimos, es notable que los animales elegidos para narrar la historia sean peces de todo tipo y condición, no como en Historias sin fin, donde los representantes del reino animal son más variados.
Entre las ilustraciones de Imapla y Iela Mari, además de los colores vivos y las líneas definidas, podemos destacar el movimiento como efecto visual de gran ritmo narrativo, conseguido gracias a la disposición de los elementos sobre la página. En Nadarín, por lo general, tenemos colores más tenues, propios de la acuarela, más adecuados para el tipo de historia que pretende contar el autor, la fabula de lo social, aunque las líneas quedan bien definidas por el uso de técnicas como el collage y los tampones. Asimismo, Lionni deja a un lado la dinámica narrativa, evitando el sentido unidireccional de la obra, y aboga por la narración clásica de ida y vuelta, lo que hace que su obra sea idónea para lectores más formados, no para los primeros lectores a quienes van dirigidas las dos anteriores, en las que el formato de la edición también ayuda.
En síntesis se podría concluir diciendo que El rey del mar es un híbrido entre Nadarín e Historias sin fin, pero ¿quiero decir con ello que no merezca ser leído con la misma profundidad que éstos? Contéstense a sí mismos…

viernes, 15 de octubre de 2010

Eternos




Hay poemas y poemas, unos se van, otros quedan… Este es uno de los que perduran, eternos…

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar:
tu acento.
Margarita, te voy a contar
un cuento.

Éste era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha del día
y un rebaño de elefantes,

un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita como tú.

Una tarde la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.

La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla,
y una pluma y una flor.

[…]

Rubén Darío.
A Margarita Debayle.
En: Antología poética.
1988. Madrid: Edaf.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Docentes ¿y humanos?


El gremio de los docentes, aunque se supone de mucha clase y condición, es de los menos piadosos. ¡Qué se lo digan a la Lleni, la Dayana o el Yeison, estigmatizados de por vida por un nombre! (Tomen buena nota de este hecho, sobre todo si son dados al exotismo nominal y optan por bautizar a su hijo como Maiquel en claro homenaje al fallecido rey del pop). No se extrañen: los maestros “semos” humanos, tanto que nos encantan los alumnos pelotas, que nos obsequien y agasajen, odiamos a los que nos odian, somos maniáticos, déspotas y obstinados, también reímos, lloramos, bebemos y fumamos. ¿Alguien da más…?
Si pensaban que el profesor de “Geografía e Historia” de su hijo es un hombre amable, sensato, cordial, inteligentísimo, ordenado y justo, casi robótico, creo que se equivocan… El susodicho, para más señas, exmilitar (segundo batallón del ejército de tierra), licenciado por la UNED en Filosofía y Letras, con un expediente académico de 6,8, aficionado a la papiroflexia y la canaricultura y forofo del Marca®, tiene dos hijos, una fémina que se define como “emo-punk” a sus catorce años y un hijo de profesión delincuente juvenil. Está harto de suportar las ínfulas de su mujer, natural de Horcajo de la Serena y aspirante a señora de postín, para lo que necesita las artes y favores que una compañera de trabajo muy graciosa, con baja autoestima y que se apellida Santambroglio, está dispuesta a regalarle… Podrán imaginar que, con semejante panorama, este señor se las ve y se las desea para llevar una vida un tanto estable (no me gusta hablar de normalidad…), por lo que no pidan demasiado: mientras ese buen hombre lleve a cabo su labor y enseñe a su hijo las nociones básicas que debe, dense por satisfechos.
Sí, seguramente todos ustedes han sufrido la desfachatez, impertinencia e ira de algún odiado maestro, pero les pido un poco de amnistía y apoyo, no sea que a más de uno le dé por gasearnos tras un duro martirio, que bien es sabido que no cualquiera tiene la decisión y agallas para subirse a una tarima y explicar trigonometría, anatomía o análisis sintáctico.
En cualquier caso y para pedir perdón a todos esos alumnos denostados e incomprendidos por todo tipo de profesores, aquí les dejo con uno de esos títulos clásicos sobre males docentes, males escolares: Lucas (en el original Michael, paradojas de las traducciones…), de Tony Bradman y Tony Ross, editado en castellano por la editorial Océano.

lunes, 11 de octubre de 2010

De complejos físicos

En este tiempo de tanto aburrimiento, nos atenazan los complejos, por lo que más nos valdría picar piedra que reinar sobre la longitud de nuestra nariz o lo superlativo de los incisivos que nos han tocado sufrir. Para no hablar de michelines y patas de gallo, hablemos de otros temas menos acusados que siempre es mejor hacerse el orejas que pensar sobre ellas. Pero, ¡ay!, lo peor de todo no es acomplejarse a uno mismo, sino amargarle la vida al vecino con sonoros comentarios sobre las gafas de culo de vaso que se gasta. Que mire usted la barriga de la Conchi, y si no la ve, fíjese en la del señor Zutano, de buen comer y poco andar, por no hablar del mondongo de la sita Eulalia, del tamaño de una mesa camilla. Lo sensato sería no hacer tales observaciones, más hirientes que constructivas, aunque seguramente más de un cirujano plástico las agradece de buen grado, bien sea para engordar su cuenta corriente a golpe de bisturí o por la publicidad gratuita que de ellos se hacen. El caso es que estamos para que nos encierren bajo llave y a buena cautela, no sea que salgamos por peteneras y pidamos leyes eugenésicas, más que nada para homogeneizar el asunto y que no existan muchas diferencias entre ese hijo de Paquirri que se ha metido a modelo, el Risitas y el Cuñao.
Lo mejor de todo viene cuando, tras hacer cola en Corporación Dermoestética® (según me comentaron el otro día ciertas aficionadas a estas prácticas, no nos podemos hacer una idea de la cantidad de personal dispuesto a mutilarse en favor de la aceptación social) y sufrir los riesgos e inconvenientes que conlleva cualquier operación, llega un hijoputa y te confirma que antes de pasar por el quirófano estabas mucho mejor.
Y para que no se acomplejen y dejen que todo quisqui contemple su cuerpo serrano para disfrutar de la belleza de las imperfecciones, les hago llegar este gris lunes de octubre, la reedición de todo un clásico del álbum ilustrado, El rey mocho, una sencillita fábula de Carmen Berenguer con ilustraciones de Carmen Salvador (ediciones Ekaré) que aboga por obviar esos pequeños lastres con los que nos jode la naturaleza.

viernes, 8 de octubre de 2010

Madre no hay más que una



Y tras alegrarnos por Vargas Llosa y su merecido Nobel, llega otro viernes de poesía…
Soy un catacaldos. No lo puedo evitar. No teniendo bastante con el trabajo y otros quehaceres que ya se han convertido en obligatorios, intento exprimir al máximo el poco tiempo que me resta y me dedico a estudiar todo tipo de enigmas, desde lingüísticos, hasta medioambientales, cuestión que no sólo debo agradecer a mi voluntad, sino a la de mi madre, esa gran mujer que se dedica a cocinar todo tipo de manjares en pro de nuestro provecho, tanto gastronómico como intelectual. ¡Lástima que no tenga tiempo para ayudarme con el alemán!

Mi madre no sabía idiomas
pero era tan cariñosa…;
me decía que con empeño
puedes lograr cualquier cosa.

Mi madre no sabía idiomas
pero hablaba con las fresas,
me hacía ensaladilla rusa
y tortilla a la francesa.

[…]

Aurelio González Ories.
Mi madre.
Ilustraciones de Job Sánchez.
2010. Oviedo: Pintar Pintar.

miércoles, 6 de octubre de 2010

De fútbol, patrias y hogares


Una crisis económica da para mucho, incluso para ganar el campeonato mundial del deporte rey. ¿Quién nos iba a decir que el equipo español de fútbol iba a erigirse con semejante título? ¿A nosotros, que siempre estamos ganando todo de antemano y luego solemos comernos un mojón? Pues eso, que ganamos. Y ya está.
Dejando a un lado las lecciones de buen hacer que “La Roja” demostró en el campo, del orgullo que siente uno cuando un paisano sentencia el último partido, las demostraciones del trabajo en conjunto y la necesidad de apoyo y humildad en cualquier parcela de la vida, me gustaría hacer ver lo valioso del sentimiento ciudadano que, tras el éxito en Sudáfrica, aleccionó a los ¿gobernantes? de este país.
Creen los que parten el bacalao político, económico o cultural, que la plebe, rayana a la ignorancia, se deja manipular por la mercadotecnia burda y barata, hambrones de poca monta que venden su pellejo y voto al mejor pesebre. Pero el caso es que las clases bajas, obreras, lumpen o como quieran llamarlas, tienen un bagaje visceral que las capacita, colectiva más que individualmente, para mandar a la mierda a tanto chufla y aspirante, e irse a la calle engalanadas con la enseña nacional y hacer alarde de la patria más profunda: la que queda en el corazón. Por eso, lo que impregna al pueblo, pervive por los siglos de los siglos, amén.
Con seguridad, la resaca futbolera ya pasó, y sólo queda un vago recuerdo del gol de Iniesta y del “Viva España” que entonó Manolo Escobar, pero es un consuelo saber que siguen existiendo puntos que unen todos los caminos.
Y si esta crisis cuya existencia algunos negaban, nos ha permitido bordar una estrella sobre el escudo de la camiseta de nuestro equipo, espero que también nos ayude a valorar esta patria nuestra, a luchar por el futuro de este país, la España que recorrió Labordeta, para sentirnos, no como en un habitación alquilada, sino como en el propio hogar, como en casa.

Sowerby, J. G. & Crane, Thos. 2010. En casa. Barcelona: Flamboyant.

lunes, 4 de octubre de 2010

Sobre la suerte...


Dejando atrás un domingo de membrillos, membrillas, elecciones primarias, ganadores y perdedores, sólo cabe hablar de esa paradoja llamada “suerte”.
Hagámoslo pues.
De sobra sabemos que tras la suerte de unos se encuentra la desgracia de otros, aunque a veces el azar se gaste una buena jugada y lo que en un principio se figuraba un buen crujir de dientes pueda mutar en la mejor de las casualidades y avale eso de “lo que viene, conviene”. “No hay mal que por bien no venga” dicen los viejos para paliar el descontento del poco agraciado, pero meditándolo con descanso y buena lógica, concluiremos que la suerte de la fea la guapa la desea… Bien sea por infortunio, avaricia o envidia, casi todos opinamos que un poco más de suerte no nos vendría mal; el fastidio es el de contentar a todo bicho viviente, dura tarea para la providencia, incapaz de un reparto equitativo, más aún cuando para cultivar la buena estrella es necesaria una bien amueblada cabeza. En cualquier caso seamos solidarios y compartamos más alegrías que penas que, cuando todas las desgracias vienen a una, mal no viene una pizca de la suerte infinita que muchos se granjean, en la mayoría de los casos por obra humana más que divina.
Tema complejo donde los haya, sobre todo por esa naturaleza híbrida que mana de lo místico y lo mundano, lo mejor es dejarse ilustrar por uno de esos libros ilustrados que tanto gustan al personal que visita este lugar… Bruno, la oveja sin suerte, un título de la francesa Sylvain Víctor (editorial Océano Travesía) que versa sobre los pormenores del que cree ser desgraciado y de los que, supuestamente, tienen una flor en el culo.
Para terminar y pese a quien pese, déjenme decir que, a menos que hayan nacido en mitad de una guerra civil congoleña o a orillas de la taiga siberiana, olviden todo esoterismo y trabajen su misma suerte, esa capaz de labrar una mejor vida, de progresar a pesar de esos tropiezos que nos hacen caer en la desesperanza.

viernes, 1 de octubre de 2010

Mirada de felino


Observar (que no mirar) el mundo con buenos ojos nos puede salvar de más de una sorpresa, por ello acostumbro a hacer este ejercicio diario de musculación encefálica (la otra es más útil para lucir ropa a medida). Insisten muchos en que no se me escapa nada (¡qué más quisiera yo!), ni de unos, ni de otros, permaneciendo ojo avizor, observándolo todo, como un felino, como un gato…

Los ojos del gato
que no parpadea
son grandes ventanas
que nunca se cierran.

El mundo es pequeño
para su mirada,
todo lo descifra,
nada se le escapa.

Con su enorme vista
toca el infinito
vestido de estrellas
y allí se sorprende
de verse a sí mismo
en otro planeta
mirando a la tierra.

Los ojos del gato
que no parpadea
a veces se asustan
de lo que contemplan.
Ana Merino.
Poema del gato que no parpadea.
En: Hagamos caso al tigre.
Ilustraciones de Max.
2010. Madrid: Anaya.
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