martes, 9 de diciembre de 2014

Deshaciéndose de las cadenas sociales


Vivimos en un mundo en el que las buenas formas y lo políticamente correcto nos alejan cada vez más del sentido común. Hacer lo que dicta el saber estar, prima sobre cualquier situación y uno se ve en la encrucijada de elegir entre sus sentimientos o agradar a la sociedad.
Yo hace mucho que decidí: prefiero lo subversivo. Esto no quiere decir que abomine todos los estereotipos que marca la vida social, pero sí me gusta estar en equilibrio con lo que pienso, lo que siento y lo que hago, algo que, créanme, es bastante complicado en un tiempo como este, en el que las falsas palabras y las formas extremas envuelven con una niebla edulcorada cualquier parcela de nuestra vida.


Lo que más le jode a la gente que me rodea es que soy un monstruo, y lo admito. Allá ellos, yo, mi, me, conmigo… No pretendo caerles bien, sino ser sincero con quien toca, con uno mismo. Sé lo que quiero, lo que me gusta y, más importante todavía, quien soy, algo que no consiste en un proceso de introspección bajo la supervisión de un psiquiatra, sino más bien en concluir que uno es uno y debe convivir con sus circunstancias para sacarle el mayor rendimiento posible al paso por lo terrenal.
Lo malo es que soy de los pocos que elucubra (debería decir “lubrica”) de semejante manera, ya que la inmensa mayoría prefiere la verborrea convencional, muchas manos acariciando el lomo, palabras de aprobación y muchos halagos, muchas promesas, mucha evanescencia…, una receta que, si bien te deja sobrevivir a familias putativas, amigos tocapelotas y compañeros envidiosos, también cabe destacar que ha encumbrado a incontables pequeños Nicolases (y todo lo que ello conlleva a sus damnificados).


Este post es una oda a lo fiel, a lo veraz, a lo natural, porque bien es sabido por todos que, solo lo auténtico trasciende, mientras que lo falso, lo forzado y lo artificial (algo que detesto), cae en el más absoluto de los olvidos y pudre el alma de quien lo lleva consigo.
Y como muestra de este discurso contra los cánones pre-establecidos y otras menudencias del amaneramiento occidental, aquí les dejo con un álbum ilustrado que me ha dejado con las patas vueltas. Salvaje, de la hawaiana Emily Hughes (editorial Libros del Zorro Rojo) nos cuenta la historia de una niña criada por los animales del bosque a la que un afamado psicólogo intenta domar sin percatarse de que las personas libres y consecuentes luchan con fiereza para deshacerse de sus cadenas.


1 comentario:

Sàlvia dijo...

al pan, pan, y al vino, vino...(Ah! Y el álbum me encanta a mi también.
Besadetes

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