martes, 2 de junio de 2020

Un problema de manos



Por estos lares acabamos de entrar en fase II y no sé muy bien qué decirles al respecto. Los precios siguen subiendo (y vienen para quedarse, no lo olviden), las colas aminoran el ritmo de nuestros días, las mascarillas y el calor no se llevan bien, los abrazos se han reducido al mínimo, y el rictus de los ciudadanos no se endereza ni a tiros.
Se han equivocado los que decían que esto no cambiaría nada, que seguiríamos como antaño. Pero de eso nada, monada… De entre todas las medidas preventivas, la que más estragos está causando es la de la manipulación de los objetos (y yo que tenía entendido que el Co-VID 19 se contagiaba a través de la saliva…). Y es que eso del “no tocar” está trayendo nuevas modas a nuestro día a día que no me gustan ni un pelo. Máxime cuando se utilizan para el enriquecimiento, el engaño y sobre todo, para que sean los demás quienes trabajen.


Ejemplos… Los de las empresas de transporte ya no hacen la entrega a domicilio (y tampoco usan mascarilla ni guantes), en las librerías no puedes hojear (llevo muy mal las compras a ciegas), en muchas tiendas de ropa ya no puedes probarte el género (pero tú sí puedes darte cuatro paseos) y en ciertas fruterías ya no puedes seleccionar tu propia fruta (los guantes de la frutera son milagrosos y de vez en cuando también te endiña alguna pieza tarada).


Con virus o sin él, en este país de pillos y mangantes, los costes siempre los pagamos los mismos, consumidores y votantes. Al final va a llevar razón aquel dermatólogo que hablaba del problema del acné y aducía que todo se solucionaría cortándonos las manos. Algo que me lleva hasta La mano del señor Echegaray, un álbum de Diego Ortiz y Manuela Ortiz que fue ganador del último concurso internacional biblioteca insular de Gran Canaria y que ha editado esta primavera A buen paso (no podía ser en otra dada la dilatada tradición de esta casa editorial por los desmembrados).
Con un argumento muy sui géneris, los autores nos presentan la historia de un hombre que pierde una de sus manos en la guerra. Mientras la vida de este señor se ve afectada por este hecho, su mano sigue vivita y coleando y es explotada como rara avis en un espectáculo de variedades. Hasta que decide escaparse y buscar a su dueño.


Con este argumento tan prometedor se desarrolla una historia con toques muy surrealistas que nos invita no sólo al humor (el percance con el garfio es muy cañí), sino a plantearnos un modus vivendi diferente al que conocemos (véase el símil con la situación actual) y dejar que ante el lector empiecen a desfilar preguntas de todo tipo.


Acompañada de unas ilustraciones pobladas de detalles y que en palabras del jurado “se sitúan entre el dibujo del exvoto y el art brut” (Me encanta la doble página de los arcoíris, parece un retablo mexicano), esta narración no tiene desperdicio. No sólo porque trae a la mente a otros autores como Javier Sáez Castán o Federico Delicado, sino porque también plantea paradojas sobre la convivencia de uno mismo con sus circunstancias (¿No les parece que al final del libro la mano y el señor Echegaray pasan a ser dos en vez de uno?).
Lo dicho, esperemos que cuando todo esto acabe, todos sigamos teniendo manos.


1 comentario:

Susana Encinas dijo...

Estoy deseando que llegue a mi librería.

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