jueves, 30 de abril de 2015

Regalando el tiempo


Se quedaron atrás los días de lluvia, viento y frío, y hacen aparición el sol, el calor y la calma chicha, esa que nos llena de pesadez y cansancio vespertino. Tanto, que ni tan siquiera el café, ese brebaje nuestro, puede hacerle frente. Con tanta perrería, se hace necesario echar mano de otras tisanas más refrescantes (menta, poleo o manzanilla, a gusto del consumidor) para aligerar las tardes.
De entre todas ellas mi favorita es el té mi favorita; esa tisana de amargo sabor y aromas varios que, desde bien entrado el día hasta la mitad de la jornada, japoneses, ingleses o chinos beben sin cesar. Para el desayuno (con nube de leche o sin ella), el “earl grey tea” de las seis (p.m., como manda la tradición), verdes, negros o rojos, los aromatizados con jengibre y otras especias exóticas, un buen té helado a la sombra del árbol, son buenas excusas para dejar quieto nuestro momento y ver como corre el de los demás… Gira y gira la cucharilla en la taza y, en esa estela circular que describe en la superficie del líquido, el tiempo se para de pronto y nos dejamos transportar lentamente a otro lugar que ya pasó, que camina en contra de las agujas del reloj. Quizá parezca un pequeño instante en el que perdemos la mirada, una que se arrulla al son de la cuchara, pero es el tiempo y su tintineo los que se van…


Aunque muchos desean volver atrás, otros prefieren ir dejando por el camino sus minutos…, quizá para que sirvan a otra gente, quizá para dejar cierto poso en los recuerdos de otros, quizá por el divertimento que supone juguetear con la vida, o quizá por llevar la contraria (una terquedad más). De entre todas estas opciones, un servidor se decantaría por la segunda… Aunque si bien es cierto que no desecho las otras (muchas veces es preferible dejarse llevar por el ocio y otras ayudar a que los demás inviertan su tiempo más productivamente), lo de perdurar en los demás tiene su aquel, no sólo como un mero instrumento para el egocentrismo, sino porque vivir en la memoria de los demás (no me refiero a la eternidad, patrimonio de unos pocos), alarga nuestra existencia.


Aunque prefiero no hablar de las medidas de nuestras obras, hechos y desmanes (cada uno hace lo que buenamente puede), la mejor inversión de nuestros minutos es la que se hace en los que nos rodean, bien valgan el sillón de un ministerio, un libro de cuentos o la nana que mece a nuestros hijos, un bello mensaje que Paula Merlán y Mar Blanco nos traen en  Las bolsitas de la señora T (Editorial Amigos de Papel) un álbum ilustrado colorista y bien intencionado que rebosa alegría, tiene algo de melancolía y la pizca de tristeza de todas las historias cotidianas.

2 comentarios:

Locura de lectura dijo...

Pero qué bonito por Dios!!! Me lo apunto y bien apuntado. Muchas gracias por tu reseña...

Román Belmonte dijo...

¡Apunta, apunta! ¡Y lee, y lee!

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