viernes, 20 de noviembre de 2015

Hablando de LIJ con... Miriam Abad


Román Belmonte. Al final te has atrevido a este tándem para dar una visión de la LIJ desde tu posición como lectora y madre, algo de lo que me alegro soberanamente... Si alguien me preguntara porqué te he elegido a ti y no a otro/a para esta conversación, seguramente le podría contar que nos conocimos a través de los libros, adornar el relato con toda suerte de filigranas y muchos fuegos de artificio, para terminar diciendo que fui el padrino en el bautizo de tus hijos (ríete...), pero es más fácil decir que me ha salido de esa parte -tan albaceteña- llamada pijo y dejarse de vana literatura. Pero ahora te pregunto yo: ¿Por qué has accedido a este toma y daca en torno a los libros para niños?
Miriam Abad. Porque me lo pides tú, en agradecimiento a tu blog que me ha acompañado y guiado durante muchos años, y porque cualquier promoción de la literatura infantil en particular, y de la literatura en general, me parece poca.
R. B. Aunque el vocablo “monstruo” tiene para mí un hondo significado, con frecuencia lo utilizo para referirme a los adultos que leen literatura infantil como tú y yo... ¿Crees que todos podemos ser “monstruos”?
M.A. Sí, sólo hay que conectar con el niño que todavía somos; algunos más a flor de piel, otros en lo profundo, pero todos tenemos una tecla que lo activa.
Para mí ser un monstruo, o hacer el monstruo, es ser Max durante un rato: navegar lejos de las obligaciones y mandatos diarios, encontrar mundos diferentes donde te olvidas de quién eres y gamberreas con otros como tú por toda la isla imaginaria, y después, regresar a casa.


R.B. Para unos monstruos (los menos), la lectura de obras infantiles es un vicio que se mantiene desde la infancia, pero la inmensa mayoría de ellos olvidaron en un rincón al niño que llevaban dentro para seguir creciendo, hasta que, un día, algo hizo brotar de nuevo ese lado infantil... ¿Que te devolvió a la literatura infantil?
M.A. Mi niña interior estaba latente. Seguía conectada con ella porque siempre me han gustado los dibujos animados, y porque alguna vez me llegaba la referencia de algún libro infantil. Pero, como muchos padres, mi conexión total llegó cuando tuve que elegir libros para mi primer hijo. Me puse a navegar en la red y encontré una literatura que conectaba visual y emocionalmente con mi mundo interior. Un formato al que llamaban álbumes ilustrados, que rompían corsés antiguos, y editoriales, bibliotecas y librerías que apostaban por él.
Y a ti, ¿qué libros te convirtieron en un monstruo?
R.B. (Risas) Aunque soy de esa minoría que nunca ha dejado de ser un monstruo, he de admitir que durante la adolescencia me acerqué más a los prejuicios y me dejé llevar por el lado más adulto y triste de la vida, pero como no sabía vivir con él, preferí retornar a mi otro yo, uno más infantil que, entre otras cosas, siempre ha estado unido a un volumen de los cuentos de Andersen ilustrado por Apel.les Mestres y que mi padre compró en uno de esos montones de libros que, de vez en cuando, vendían por cuatro pesetas en las extintas Galerías Preciados (esas cosas maravillosas de los ochenta) y que no sé cuántas veces habré leído... También guardo como oro en paño otros, como la Enciclopedia de las cosas que nunca existieron de Page e Ingpen, un ejemplar de Cuentos del Río Amur de la colección “Tus libros” de Anaya (ediciones geniales, por cierto), otro de Cuándo los borregos no pueden dormir de Satoshi Kitamura, algunos libros informativos de Richard Scarry (hechos auténtico bicarbonato), Un año en la granja de los Provensen (¿por qué nadie reedita estas obras de arte?), un ejemplar de El maravilloso viaje de Nils Holgerson a través de Suecia con una tipografía horrible y que todavía mi madre se pregunta cómo fui capaz de leerlo, El zoo de Pitus de Sebastiá Sorribas, que me regaló una tía mía, y poco más... En realidad no guardo muchos libros de la infancia..., mi padre es defensor acérrimo de las bibliotecas públicas y mi hermana y yo nos pasabamos las horas en la sala infantil de la BPE de Albacete. Ahora que lo pienso, creo que mi padre es quién me convirtió en un monstruo y eso es maravilloso.




M.A. Y, aparte de la literatura LIJera, ¿qué otros géneros te gustan?
R.B. He leído de todo. Cómic (me encanta y hablo poco de él), cuentos, novela, ensayo, teatro... En mis años de instituto me dio por el realismo mágico latinoamericano y la literatura española del siglo XIX y XX. Los de ciencias siempre hemos estado un poco acomplejados en materia literaria y decidí ponerme al quite con Baroja, Delibes,Valle-Inclán, Galdós o Cela. Luego vino mi etapa universitaria y el metro de Madrid, un medio de transporte al que le debo mucho. En él he leído gran cantidad de “best-sellers” (así pude saborear la basura y, de vez en cuando, me sigo concediendo el capricho para no perder la costumbre y estar en la onda), grandes autores como Cervantes (mi madre se partía de risa leyendo El Quijote, así que me dio envidia y me tiré a la piscina), Dickens (todo el mundo debería leer Grandes Esperanzas) o Shakespeare (nunca imaginé que El mercader de Venecia y Macbeth me gustarían tanto), y muchos libros sobre biología (es a lo que me dedico) o de divulgación científica (te recomiendo uno cojonudo que me estoy leyendo ahora: Medicamentos que matan y crimen organizado, de Gotzsche). Una vez que terminé la carrera y empecé a opositar, me sumergí en este mundo de los libros para niños en los descansos y tiempos muertos, decantándome por clásicos de la literatura juvenil que no había leído como El jardín secreto, El último mohicano, Tarás Bulba, La isla del tesoro, o las novelas de Verne, así como estudios de LIJ o sobre la lectura en general. ¡No me he privado de nada! (Risas).
Aunque después de esta perorata nadie me crea (¡¿para qué contaré estas cosas?!...), no me considero un gran lector, sino más bien uno mediocre. En cambio, sí podría autodefinirme como una persona curiosa, algo que tenemos todos los lectores... ¿Añadirías alguna cualidad más en un lector potencial?
M.A. Es que sin curiosidad no hay nada… Pero además, se necesita saber estar con uno mismo, aislado y concentrado en algo. Y como cualquier habilidad, se requiere práctica. Alguien que lee una vez al mes, deja la lectura al primer renglón. Es un poco como subir una montaña. Uno tiene que subir muchas lomas, muchas colinas, para subir después una cima más alta.
R.B. Dice mi abuela que el que no tiene hijos los mata a palos... (¿Será por eso que la letra con sangre entra?...). Cómo madre, ¿piensas que crear cierto hábito lector en los hijos es fácil o difícil? Cuéntame algunos de tus recursos para conseguirlo...
M.A. No es difícil, pero es una tarea a largo plazo... Los padres nos obsesionamos con que los niños aprendan a leer (como con muchas otras cosas) y, una vez que leen, creemos que ya han alcanzado la meta, pero no es cierto, porque sólo se aprende a leer cuando se comprende y se adquiere una cierta velocidad lectora. Acompañarles es fundamental: leerles a la hora de acostarse, pero no sólo cuando son pequeños, sino también cuando son mayores y saben leer solos; escucharles leer en alto para que obtengan soltura y lleguen a entender lo que leen; llevarles a la biblioteca y a la feria del libro; proponerles lecturas y, muchas veces, no sólo las que nos gustaban a nosotros de pequeños (aunque, también), sino otras más actuales; llevarles a escuchar narradores para que aprendan a amar una buena historia, porque al final los buenos libros son eso, gente que nos cuenta una buena historia que nos impacta, conmueve y entretiene, etc.
R.B. Como adulto, ¿qué echas de menos en los libros infantiles?
M.A. Echo de menos personajes femeninos no dirigidos a lecturas para niñas. Seguramente esto es reflejo de nuestra sociedad en la que el protagonista parece que tiene que ser masculino para que le interese al público. Y echo de más, cientos de expositores llenos de libros rosas y de repetición hasta el hastío de un modelo que ha tenido éxito... ¿Y tú?¿Cómo ves la salud de nuestra literatura infantil?


R.B. Te seré sincero (no sé si hay gente preparada para leer esto, pero da lo mismo). La LIJ española actual tiene una cara entre enferma y aburrida. Me explico... A pesar de la enorme cantidad de títulos que salen al mercado, encuentro poca novedad bajo el sol, poca revolución literaria, algo que tiene mucho que ver con el “todo vale” y con el “yo también quiero mi trozo del pastel”. Cabría esperar que a mayor producción, mayor cantidad de alternativas, pero no ocurre así..., si lo piensas bien, se repite muchísimo la misma fórmula: ilustradores, escritores y editores van en busca de las ventas, algo que nos aleja de la Literatura con mayúsculas y nos acerca a la moda literaria y la mercadotecnia (tanto en libros para adultos,como en libros para niños, la realidad es la misma). Por ejemplo, si hace años te dedicabas a la moralina y los valores, te hacías de oro, si hoy envías a un editor un proyecto en el que no utilices ni surrealismo, ni “nonsense”, ni emociones, te comes una mierda, y dentro de cinco años cambiarán las tornas, triunfará el realismo y todos se subirán al barco... Una generalización que me pone enfermo porque los libros deben ser plurales, diversos y ricos, no un producto hecho ad-hoc. Así pasa, que la Literatura, algo que no debería estar encorsetado, acaba al final maniatado, y lo que se supone que debería traducirse en Cultura, se transforma en mero entretenimiento en el que cabe todo... Pero no le echemos toda la culpa a la industria del libro. No hay que olvidar que el consumidor tiene gran parte de culpa en este meollo y que trata al libro como otro objeto de consumo rápido, de mero esnobismo; es como la camiseta que muchas veces compramos por un capricho, nos ponemos una vez y la olvidamos en un armario. En conclusión, la LIJ española de hoy, excepto en contadas ocasiones, me resulta repetitiva y cansina. Quizá sea un reflejo de la sociedad enlatada que vivimos, de las necesidades creadas y de la contaminación del capital. Quiero algo más jevi, más auténtico... En fin, cambiemos de tema que me cabreo...
Todos los adultos hemos censurado alguna vez los desmanes infantiles (ya sabes que nos encanta tratar a los niños como cachorros desvalidos y sin juicio)... ¿Cómo ves que algunos libros infantiles aboguen por el libertinaje?
M.A. No sólo pasa en los libros, sino en cualquier expresión cultural. Los padres tendemos a buscar modelos que los niños sigan, y nos olvidamos de la creatividad, la imaginación y la risa. La literatura, la creación, es libertad, es hacer lo que no podemos hacer diariamente, es el mundo de los sueños.
Hace un año leí un artículo de Santiago Roncagliolo sobre Doraemon. Santiago odiaba el personaje de Nobita porque no le parecía un modelo a seguir; simplemente no entendía que a los niños les encante imaginar el poder vivir como Nobita, aunque saben que es un vago redomado y un enredador que está siempre metiéndose en líos. Pero bueno..., todos tenemos nuestras limitaciones. Yo les compré una vez un cómic que acabé poniendo un estante más arriba, porque era totalmente escatológico y me superaba, aunque mis hijos se partían de risa con él.
R.B. Para tí, ¿qué cualidades debe reunir un buen álbum ilustrado?
M.A. Creatividad y emoción. Si además te hace reír, entonces, tiene un plus. Por cierto, nunca hemos hablado de tus ilustradores favoritos. ¿Cuáles son? Esos que te emocionan y te llenan...
R.B. (Esto parece el entrevistador entrevistado) (Risas) Soy muy ecléctico en cuanto a ilustradores se refiere, pero si tuviera que elegir algunos por el conjunto de su obra te diría que me decanto por el trabajo de muchos ilustradores de finales del siglo pasado. Soy fanático de Quentin Blake (he de admitir que la empatía que desprende en El libro triste es insuperable), admiro la capacidad de síntesis de Leo Lionni (¡Me encanta Frederick!), la línea quebrada de Satoshi Kitamura tiene un no-sé-qué especial, el misterio que transmite Chris Van Alsburg es sobrecogedor y muy reconocible (Jumanji, El expreso polar o Los misterios del Señor Burdick son los mejores ejemplos), el potente mensaje de Anthony Browne (véanse Un paseo por el parque, Gorila o El túnel) no hay nada más evocador que las transparencias de Lisbeth Zwerger (¿Has leído El regalo de los Magos?), el equilibrio de Tomi Ungerer (sólo hay que fijarse en Los tres bandidos, Otto o El hombre luna) y la brillantez del gran Maurice Sendak, del que sobran los ejemplos. 



También tengo mis favoritos de las corrientes actuales, entre los que destaco el color de Beatrice Alemagna, el desenfado de Oliver Jeffers, la elegancia de Rebecca Dautremer, el virtuosismo de Peter Sís, la narrativa de Serge Bloch, o lo desconocido de Shaun Tan. Hay otros ilustradores que encuentro sensacionales pero de una manera más puntual en algunas de sus obras como pueden ser Kveta Pakovska, Quint Buchholz, Wolf Erlbruch o Svjetlan Junakovic.
Por lo general me gusta todo lo que tenga que ver con la ilustración ya que soy una persona bastante visual.


Hablando de favoritos, nunca he dicho que mi biblioteca favorita es la pequeña sala infantil que hay en el Parque de Abelardo Sánchez de mi ciudad (hay que hacer una cuña promocional...), una biblioteca minúscula y exclusiva para niños. ¿Cuál es la tuya?
M.A. Mi biblioteca favorita es la Biblioteca Antonio Mingote de la Comunidad de Madrid, porque tiene joyas de literatura infantil y una comiteca estupenda. En mi barrio no hay bibliotecas y tengo que hacer un peregrinaje que merece la pena. Yo también soy amante de las bibliotecas. Son lugares mágicos, democráticos y de cultura. Lo único que echo de menos es que haya salas en las que se pueda hablar. Porque además de salas para que la gente estudie y lea en silencio, debería promoverse salas de trabajo en equipo y salas de lectura en alto. ¿Qué echas de menos tú?
R.B. Pues también un poco de actividad ¿no...? Creo que las bibliotecas, a pesar de estar adaptándose a las nuevas necesidades de los usuarios, siguen ancladas en una concepción un tanto antigua y deben buscar nuevas fórmulas que atraigan al público hacia ellas. Aunque la formación de usuario es importante, creo que un poco de dinamismo vendría bien, tanto a estos espacios, como a sus trabajadores. Charlas, actividades de investigación, presentaciones de libros, obras de teatro, conciertos o chocolate caliente caben en las bibliotecas, y nosotros, en ellas.
Y para terminar, invocaré a algunos de los verbos que, según Pennac, no aguantan el imperativo. En este caso, he elegido tres: jugar, comer y leer. Es por ello que: ¿A qué juegas? ¿Qué te encanta comer? ¿Y qué álbum ilustrado leerías una y otra vez?
M.A. No juego casi, creo que me lo tengo que hacer ver... Me encanta comer fresas con nata. Se va a hacer un poco largo si detallo los álbumes que leería una y otra vez,… intentaré dar unos pocos de diferentes niveles: los álbumes de Christian Voltz, los de Arnold Lobel, Voces en el parque de Anthony Browne, El pato y la muerte de Wolf Erlbruch, Inmigrantes de Shaun Tan, El oso que no lo era de Frank Tashlin, Corre, corre, Mary, corre de N.M. Bodecker y Erik Blegvad, por supuesto Donde viven los monstruos de Sendak, y muchos más.




Miriam Abad Peña nació en Madrid, allá por 1969. Guarda de su infancia la curiosidad de aprender y el amor por la naturaleza y la cultura. Es lectora por condición paterna y materna, por los cuentos que le contó su abuela, por los libros que le prestó su amiga Macu en la adolescencia, por la pasión de sus profesores de Literatura del Instituto Isabel la Católica, y por tantos que contribuyeron a su formación como lectora. Volvió a la Literatura Infantil cuando nacieron sus hijos, Martín e Inés, y gracias a las Bibliotecas Públicas accedió a una gran variedad de libros que nunca hubiera podido pagar de su bolsillo. Todos ellos le sacaron de su mundo gris de oficinista hacia el lugar "Donde viven los monstruos". Piensa que casi todo se aprende de los demás y viceversa, algo que espera que sus hijos digan también de ella. En la foto aparece leyendo uno de sus libros favoritos: adivinen ustedes cuál es.

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