miércoles, 17 de febrero de 2016

Sobre los "especialistas" y la "crítica" de la LIJ


Tras la polémica que desató mi última reflexión en este sitio y alejado por unos días del mundanal ruido que a veces emite la LIJ (¡Qué bien me lo he pasado perdido junto a una buena parva de alumnos por la cornisa cantábrica!), he tenido tiempo para reflexionar sobre el extraño mundo de la “crítica” (las comillas implican poca concreción) de los libros para niños, un universo sin desperdicio al que he echado unas cuantas miradas y del que he tomado una serie de apuntes. Abro fuego...


Independientemente de la formación que tengamos los “especialistas” de Literatura Infantil (ya saben... tenemos elefantes universitarios, tocapelotas en busca de pedestal, libreros enteraos, discursos repetitivos, bibliotecarios henchidos, saltimbanquis reciclados, maestros concienciados y constructivistas, lectores de tres al cuarto, padres moralistas, modernos advenedizos, seres mitológicos y hasta gente seria), todos pensamos (me incluyo porque a veces tengo las cosas tan claras que peco de inocente) que los “críticos” de LIJ, aunque realicen un trabajo remunerado (nunca he contemplado esta opción porque tendría que depender de un tercero, y, a la larga, se traduciría en una batalla campal... Me gusta ir a mi bola. Porque puedo) o gratuito, el fin debe ir siempre, en una dirección: la del público, la del lector.
Lo cierto es que esto pasaba hace años, décadas, cuando la literatura para críos era minoritaria y en nuestro país, la fiebre por culturizar a las masas era una entelequia a la que se dedicaban cuatro soñadores. Hoy en día la cosa ha cambiado al erigirse la llamada LIJ como un negocio en el que también entran al trapo bastantes “especialistas”... No se alarmen, no me voy a meter con los honorarios de estos “investigadores” (entiendo que si prestan su ojo clínico y demás servicios a todos aquellos que los soliciten, están en su derecho de cobrar por ello lo que crean conveniente... ¡Estaría bonico que no pudieran comer ni abrigarse!), pero no voy a dejar de pasar la ocasión para hablar de la repercusión que esta decisión -la de entrar en el juego del dinero- tiene sobre la supuesta independencia que lectores y/o consumidores esperan de ellos.


En primer lugar hay que mirar a la relación que se establece entre las editoriales y los “críticos” lijerarios...
Aunque muchas veces te topas con editores que envían sus libros de manera desinteresada, obvian las pretensiones y conviven con un alma dividida entre el espíritu crítico y la realidad económica (desde aquí mi gran reconocimiento a todos ellos), son muchos los que se sirven de sus relaciones con los “especialistas” para prosperar y pescar unos cuantos billetes. No se echen las manos a la cabeza que les ilustro con unas pinceladas...


Pincelada 1. Imagínense que todas las semanas llegaran a mi casa cien libros y que sólo fuera capaz de reseñar una docena al mes. ¿Qué ocurriría si yo tuviera cierto acuerdo con la casa editorial X para prestarle una atención personalizada a las obras de su catálogo? Monopolizaría con libros de esa editorial un espacio que debería ser plural y diverso, lo que redundaría en las opiniones de mis seguidores y en la potencial compra de títulos. No le den mucho al coco, yo lo llamo manipulación -¿indirecta?- del mercado.
Pincelada 2. Otros empresas del ramo prefieren ponerse en contacto con los “estudiosos” de la LIJ para desnudar su catálogo ante las maldades y/o beldades que profiramos. Por un lado facilitan la tarea de búsqueda de títulos reseñables (Aunque dar con un buen libro lleva su tiempo, un servidor prefiere patearse librerías y bibliotecas a que otros le hagan la selección. ¡Que se note esa pasión por el álbum ilustrado!) y por otro agasajan a los amantes de los libros infantiles con el regalo más deseado (y ya saben que quien regala....). Una vez recibidos los ejemplares, tenemos dos opciones: actuar con objetividad y acarrear con reproches y enfados en caso de desagrado (¿Dónde queda esa libertad que se nos presuponía a ambos antes de la reseña?), o decantarnos por loas y reverencias para demostrar cierta gratitud ante “el detalle desinteresado” (y de paso, inclinar las ventas hacia uno u otro lado de la balanza).


Pincelada 3. De entre todos los mensajes que las editoriales nos lanzan a los “entendidos” lijerarios, me resulta bastante curioso ese punto en el que las empresas de la letra impresa, en vez de mandarnos ejemplares de sus mejores obras, prefieren hacernos llegar otros títulos menos reseñables (de segunda o tercera categoría, para que me entiendan), lo que se traduce en una encriptada intención de relanzar aquellas obras del catálogo con menos tirón y, si cuela, vaciar así los almacenes y llenar bibliotecas públicas y privadas de morralla pseudoliteraria.
Pincelada 4. Hay empresas que utilizan la imagen y/o el prestigio de los críticos para aupar sus negocios. Unos rezan “Selección de títulos a cargo de...”, mientras otros llaman enardecidos a los clientes a grito de “Uno de los mejores libros según...”, algo que, en ocasiones, no es sinónimo de calidad, sino de marketing y publicidad (Me recuerda al anuncio aquel de la margarina y el presentador del programa sobre salud doméstica... ¿Crédulo yo?).


Dejando a un lado la demonización del mundo editorial (no son tan malos: ellos proponen y el “crítico” traga y dispone...), abramos los ojos y enfoquemos la mirada... He aquí el amiguismo.
Todos tenemos familia, todos conocemos gente a la que echar un cable. Mientras yo contrataba a mi tío para reformar el baño, otros se dedicaban a vender el libro para niños que acababa de escribir su primo hermano (“¡Ay, Fulanito, échame un cable, que esto parece que no chuta!”) Y así pasa, que a pesar de no valer un duro, algunos venden libros como churros...
Cabe subrayar que, desde que este espacio está presente en las redes sociales, me he percatado de lo bien articulado que está el sector de la Literatura Infantil. ¡Cuántas risas! ¡Qué amigos somos! Autores, ilustradores, editores, bibliotecarios y libreros no paran de darse cera los unos a los otros. Muchos se conocen (personal o virtualmente), algunos parece que riñen, y todos ganan algo... Pero... ¡Un momento! ¿Qué hacen ahí los “especialistas”?... Pues nada, a cuestas con la LIJ por si cae alguna tajada. Y ahora es cuando me pregunto: ¿Cómo es posible poder juzgar debidamente una obra cuando te vas de cañas con el autor? ¿Cómo es posible ser imparcial con el libro de alguien al que te unen ciertos lazos, ciertos prejuicios?... Si además tenemos en cuenta que, como en cualquier otro sector, el mundo lijero es demasiado endogámico y muy intrincado, podemos afirmar que tiene que ver más con una pequeña mafia, la del papel impreso, que con el corro de la patata, algo que conlleva una falta de espacio cuando hay que dar cobijo a nuevas voces, a otras opiniones, a historias diferentes, a nuevas visiones. Y a uno le parece oír a lo lejos: “O comulgas con el sentir general de manera explícita, o eres un envidioso ignorante” y “Los que no sean de nuestra cuerda, ¡les hacemos el cuello pronto!” (¡Ufff! Parece que estoy hablando de un partido político... ¡Si levantara la cabeza Rodari!).


Mi tercera mirada se posa sobre los intereses creados... No son pocos los “especialistas” que viven (cuando digo vivir, es vivir) a costa de la LIJ (asesores, editores, autores, ilustradores, narradores...) y se ven en la obligación de proferirse autobombo, de aprovechar la coyuntura y vender sus obras, sus proyectos, el producto, que bien mirado, es la parte más inofensiva de este cotarro puesto que sólo engañan al que se deja. Otra cosa es que, haciendo gala de su poder e influencias, actúen en detrimento de otros actores en este teatro lijero, bien por una chorrada, bien por enemistad, o bien por mera venganza, algo en lo que estoy en total desacuerdo puesto que, aparte de minar el ánimo de terceros que poco tienen que ver en las rencillas personales, empobrece el abanico de sugerencias que se ofrece a los lectores y reduce las posibilidades de hallar algunos buenos títulos que a veces son difíciles de encontrar en el mercado.


Por último, hay que hablar del sesgo... Todos los lectores, llamémonos como nos llamemos, tenemos cierta inclinación por unos libros u otros, por unos estilos de ilustración, por ciertos argumentos, por formatos y tipografías concretas... Esto obliga a que, últimamente, muchos “entendidos” se hayan centrado en ciertas editoriales (las mismas de siempre) y no presten atención a otros proyectos que también tienen cabida en las salas de lectura. ¿Acaso son las únicas en encontrar buenas historias, en editar buenos libros? Muchas veces se da a entender que sólo estos proyectos editoriales han sido iluminados por un haz de claridad divina y todo lo que se salga de sus estándares es caca-de-la-vaca. Y no. No creo que opinar obnubilado por la omnipresencia de cuatro editoriales, por los libros que rizan el rizo, sea el presente y el futuro de un panorama editorial cada vez más variopinto y enriquecedor.


No sé si tendré mucho de osado, caústico, tonto, cretino o payaso (seguramente un poco de todo... al menos, yo me miro en el espejo), ni tampoco si las opiniones vertidas en esta entrada tendrán consecuencias positivas o negativas sobre mi tejado y/o el ajeno, pero tengo bien claro que lo único que nos debería mover a los “críticos”, “especialistas” o “entendidos” de LIJ, es eso: la LIJ, los lectores que confían en nosotros, y nada más.


Todas las ilustraciones de esta entrada pertenecen a Quint Buchholz. 
La mayor parte de ellas están extraídas de En el país de los libros (Nórdica Libros) y El libro de los libros (Lumen).

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias una vez más por darnos una visión realista del panorama. Tener la libertad de realizar una crítica sobre un libro debería ser tan sencillo como eso: dar tu opinión libremente (alejado de intereses, peloteos, y demás hierbas).
Tu blog es, simplemente, necesario.

Un abrazo,
Jesús

Mª Rosa SERDIO dijo...

Muchas gracias por ir enfocando la linterna, alternativamente y con intención, por las diferentes esquinas en las que se acumulan casi todos los secretos de este mundo tan LIJero que algunos de los escribientes sólo conocen de oídas. Y, para un lector crítico, ese sentido es traicionero.
Me divertí mucho leyendo este estupendo y acertado vuelo sin motor sobre el campo de minas. Espero que el viaje por el Norte haya sido estupendo.
Un saludo

Román Belmonte dijo...

Gracias a vosotros por vuestros comentarios. ¡Un saludo!

Anónimo dijo...

Bravo, bravo, bravo !!!

Silvina Marsimian dijo...

Mucho sobre cuestiones de puro comercio de la palabra crítica. Poco sobre la capacidad de mediación que debe tener el crítico de Lij.

Silvina Marsimian dijo...

Yo me desempeño como crítica de Lij y nadie me paga un peso.

Román Belmonte dijo...

¿Y a mí? ¿Quién me paga a mí, Silvina?... En este post había que poner en evidencia el aspecto mercantil de los críticos (hoy es lo que tocaba) y en otros hay que ensalzar su valor como mediadores. Todo se terciará... ¡Un abrazo!

Silvina Marsimian dijo...

Sesgado. Todos hablamos y escribimos desde un posicionamiento ideológico. Imposible no partir de una postura personal.

Silvina Marsimian dijo...

Yo me desempeño como crítica de Lij y nadie me paga un peso.

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