martes, 26 de septiembre de 2017

¿Sabemos lo que significa amar?


Mientras mojaba un buen trozo de bizcocho en la leche del tazón y deseaba ver cuanto antes el fin de los madrugones (in)necesarios, mis ojos (o lo que quedaba de ellos), alcanzaron a ver sobre la mesa Amor, un libro de Lowell A. Siff, diseñado e ilustrado por Gian Berto Vanni que fue publicado el año pasado por Niño Editor. Terminé el desayuno y como, aparte de sentir las dichosas agujetas en los músculos intercostales, no tenía cosa mejor que hacer durante la espera en la parada, cogí el libro y me dispuse a leer... Contaba la historia de una niña que es abandonada por su familia de una forma bastante sui géneris, algo que la obliga a dar con sus huesos en un orfanato donde la soledad y la falta de cariño terminan por hacer de ella una marginada.


Sí, era un panorama demasiado triste para aquella mañana soleada, pero con la mirada perdida en el paisaje que atravesábamos, concluí que no me parecía en absoluto ajena. Sólo tenía que remitirme a las aulas para constatar que de ficción, casi nada. 
Al igual que la protagonista, muchos hijos y nietos de occidente nacen en el seno de familias bien avenidas, ven cubiertas ¿todas? sus necesidades y caprichos. Están expuestos al superpaternalismo en su primera infancia, profesionales muy cualificados en materia de educación y medicina los atienden. Natación, fútbol, violín, yoga, psicomotricidad, ludotecas, bibliotecas... Lo tienen todo: primeras comuniones, fiestas de cumpleaños por todo lo alto, regalos desorbitados, móvil y tablet de última generación... Hasta que, de repente, todo cruje y se rompe. Divorcios, quiebras económicas, problemas laborales o familiares provocan un desmembramiento del entorno, el ensombrecimiento de los ánimos y atenciones, y todas aquellas señales de "amor incondicional" se tornan meras ficciones, convenciones evanescentes que nunca volverán. 
Jugadas del destino que nos hacen preguntarnos: ¿Son esas formas de amar? ¿Son una vía para la felicidad?


Hemos querido ver que el amor y la felicidad se esconden tras las cosas banales de la vida, e incluso algunos (tanto adultos, como niños, ¿cuál es la diferencia...?) desconocen la forma de distinguir qué les hace sentirse queridos, sentirse bien. A todos, pequeños y mayores, nos hacen felices las mismas cosas... Charlar, reír, compartir momentos, decir lo que pensamos y sentimos, un abrazo, e incluso discutir son vías para lograr un estado anímico aceptable. Bromas, carcajadas limpias, bailar, rozarse, gente que no conoces de nada con la que acabas teniendo una conversación más que interesante, tontos de solemnidad que te dan ganas de matar, un amigo que se pone a lloriquear... Sentir la compañía de los demás, intercambiar con ellos un instante, hacerlo patrimonio transferible, es con lo que verdaderamente nos sentimos vivos, humanos.


Podría aludir a un sinfín de situaciones vividas en primera persona para ejemplificar esta decadencia (me gusta llamarlo así aunque denote amarillismo), pero dejando mi discurso aquí, les remito a Amor, un título que a pesar de haber sido gestado en 1964, sigue vigente a juzgar por los parecidos más que razonables entre la rabiosa actualidad. Mientras que entonces este álbum de páginas troqueladas poco tuvo que decir en un contexto en el que la trascendencia de obras para niños con un trasfondo crítico era mínima (demasiado moderno para los tiempos que corrían, digo yo...), la perspectiva con la que miramos esta historia hoy día es bastante cercana, no sólo porque tenemos más asumido que el papel desempeñado por la familia en la crianza de los hijos es más que relevante, sino porque se nos olvida con mucha facilidad que el verbo amar, como el verbo leer, no soporta el imperativo, ¿o sí?

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