miércoles, 14 de marzo de 2018

¡Bendita sea la noche!



El tardeo está de moda y con él son muchos los humanos de mediana edad (como diga “maduritos” alguno me va a sacar las corás...) que se lanzan a la calle para poder lucirse a plena luz del día. Evidentemente todo ello ha tenido sus no pocas consecuencias (clínicas de estética, gimnasios y rayos UVA aparte) y el personal está abandonando poco a poco el mundo de la noche, no sólo por sus hijos -abuelos y niñeras mediante-, sino por su propia integridad física, que también merece ciertas atenciones (y es que las resacas de tres días son bastante recias... no hay de qué extrañarse...).
Yo por el momento sigo prefiriendo la noche, esa en la que todos los gatos son pardos y si te he visto no me acuerdo. Me motiva mucho más el crepúsculo, sentarme en una terraza y ver como poco a poco se apaga el día, palidecen los colores y las lámparas se encienden despacio. La noche alberga mucho misterio, esa penumbra que te envuelve. Me encanta. Lo hace todo más alegre, también más triste. Es más quieta, más sugerente, quizá un poco lúgubre, sobre todo con la neblina del invierno, también alegre y chispeante como la del verano. La noche, la noche, siempre la noche...


Uno de los libros más nocturnos que conozco es El libro de la noche, y como estaría bien diseccionarlo (me encanta y creo que se merece más de una mirada), he aquí la mesa de autopsias. Este libro de Rotraut Susanne Berner publicado por Anaya, es lo que llamamos un boardbook de considerable tamaño (generalmente suelen ser de dimensiones más pequeñas por ser uno de esos libros en los que la búsqueda de detalles interesantes pueden constituir un acicate para los prelectores y porque permite al prelector un acercamiento a su entorno de manera inmejorable.
Contextualizado en una serie inmejorable -les recuerdo que tiene el mismo formato, escenario y personajes que la serie de Las estaciones- hace alusión a un pequeño pueblo que, alejado del ambiente ruralizado tan común en los álbumes infantiles, prefiere ubicar esta historia en un pueblo donde el modus vivendi urbanita convive con el más campestre (¿No les recuerda a esos pequeños pueblos de Europa Central tan bien provistos de servicios? En los nuestros no contamos con estaciones de tren y grandes almacenes...), lo que origina ciertos contrastes muy útiles a la hora de introducir al lector en universos diferentes. Es así como se dan cita en la misma fiesta animales, trenes, plantas, fuegos artificiales, iglesias católicas y ortodoxas, comercios o paisajes.


En segundo lugar hay que mencionar el sinfín de personajes que desfilan ante nosotros y que, a modo de fotogramas de una secuencia cinematográfica se mueven de una a otra doble página continuando su acción. Unos dan un paseo, otros persiguen a un ladrón, otros pasean en bicicleta, otros contemplan los fuegos artificiales... Es decir, la autora recurre al recurso de lo coral para Asimismo también presta atención a lo variopinto de las sociedades occidentales caracterizándolos con diferentes indumentarias, presta atención a las razas, a la condición sexual o las diferencias generacionales. En este punto también hay que hablar de ese juego de búsqueda/seguimiento que introduce Berner sobre varios personajes. La familia de gatos, Oskar y su ganso (una pareja que más tarde, junto con otros personajes, merecerá la atención de su autora en obras monográficas), el sombrero de Susana, el bolso de Gabriela o el mapache son protagonistas que añaden más interacción si cabe a una lectura gráfica tan enriquecedora.


Lo que más me gusta de este libro es la gran cantidad de guiños que la autora hace a personajes y títulos de la Literatura Infantil, apuntes metaficcionales que contribuyen a ampliar y corresponder las lecturas infantiles del espectador. De entre todos destaco el retrato del protagonista de El maravilloso viaje de Nils Holgërson a través de Suecia de Selma Lagerlöff (fíjense en uno de los cuadros que decoran las habitaciones del primer piso de la primera doble página) y los libros que aparecen en toda la obra. Aunque son pequeñitos he podido vislumbrar algunos (¡Si me ayudan a encontrar más títulos les estaré muy agradecido!) como ¡Buenas noches! de su serie Miguel, el Por la noche de Wolf Erlbruch (ambos están sobre las estanterías de la biblioteca), el Buenas noches, gorila de Peggy Rathmann y el que aquí destripamos (en el escaparate de la librería).


Por último dar un aplauso a la exposición de ilustraciones de algunas obras LIJ que Berner ha organizado sobre las paredes del último piso del centro cultural donde podemos encontrar imágenes de La hija del Gruffalo de Axel Scheffler, otra de El nuevo Pinocho de Nikolaus Heidelbach, de Donde viven los monstruos y La cocina de noche ambas de Maurice Sendak, y una última de Quint Buccholz de su obra Duerme bien, pequeño oso.
En definitiva, que si no se percatan de que este libro es la bomba, les recomiendo que se vayan a dormir... que es de noche.


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