lunes, 25 de enero de 2016

Vegetarianos e ignorantes


No teniendo bastante con los partidos animalistas, se ha sucedido en España la revolución vegana y -¡cómo no!- tengo que destripar este fenómeno fotosintético para deshuevarme un rato (¡Qué buenos momentos me está procurando este desmadre colectivo!).
Aunque cabe decir que estos rollos vegetarianos vienen de lejos, claro está (no se olviden del jipismo, de la revista Integral y de mis compañeros de facultad), hay que tener en cuenta el componente temporal que, como en todas las modas, los hace resurgir. Y es que a los hipster les ha dado por engullir eco-lechuga... No voy a negar que esto le venga de puta madre al sector agrícola (creo que el más grande de todo el entorno europeo), ni que a algunos les depure el karma hincharse de tomate y soja, pero no sé hasta qué punto este hábito puede contribuir a mejorar nuestra salud, hermanarnos con la madre Naturaleza y afianzar el respeto hacia nuestros hermanos los animales (incluidas cucarachas, parásitos intestinales y ratas... criaturicas de Dios...).


Si atendemos a los factores metabólicos y teniendo en cuenta que las proteínas de las plantas difieren bastante de las de nuestro organismo por un mero factor evolutivo, y que no son capaces de aportar sustancias como la vitamina B-12, tenemos el primer frente ante esa nutrición supuestamente completa que puede aportarnos una dieta de procedencia exclusivamente vegetal (llamo la atención entre la diferencia que existe entre alimentación y nutrición). Esto obliga a numerosos veganos a consumir suplementos nutricionales que en la mayor parte de los casos tienen un origen sintético (¡A la mierda nuestra integridad de naturópatas!), algo que me parece una incongruencia (¿Enriquecer más todavía a las farmaceúticas? Ni de coña). Lo que sí es de locos son las dietas infantiles vegetarianas (y me callo por no caer en el insulto...).
También tenemos a aquellos que echan mano de la horticultura ecológica (daría lo que fuese por ver el derroche de agua, el empobrecimiento del suelo, la adición de abonos industriales y plaguicidas de síntesis que utilizan/llevan a cabo muchos en sus huertos de ecologistas concienciados que poco tienen que ver con el respeto a los procesos naturales), de los que -se creen- no consumen productos transgénicos (Buenos días, aquí la Monsanto©, ¿qué desea?) o de los bancos de germoplasma y las variedades de cultivo tradicionales (¿Y dónde quedan las razas ganaderas autóctonas?). Pero déjenme decirles: ¿en qué porcentaje contribuye esto a hacerles una vida más sana y respetuosa con el medio ambiente? Creo que los discos de vinilo, la sacarina, el teléfono móvil, las cámaras fotográficas o las minas de coltán son pruebas fidedignas de que nuestro ocio impacta mucho más sobre el medio ambiente que nuestra alimentación.


Por último tenemos el tema animal, el más gracioso de todos... Desde tiempos inmemoriales, gatos, vacas, perros, cerdos, conejos y jilgueros han entrado en los hogares con un fin determinado (salvaguardas, productores lácteos, exterminadores, productores cárnicos o cantores), pero ahora, no sé qué mosca nos ha picado para convertirlos en meros juguetes o acompañantes (¡Mamaaa, quiero una cabraaaa!). Si a ello le unimos que nos vemos obligados a vivir en cajas de cerillas (a mi modo de verlo, jaulas grandes) poco aptas para su quehaceres cotidianos, la cosa se va de madre (¿Acaso eso no es maltrato?). También hay mucha tontería y poca educación con las mascotas: las veo en el metro, durmiendo sobre las camas o comiendo en los bares, algo que, a pesar del cariño que cada cual les tenga, yo sigo diciendo aquello de “cada uno en su casa y el burro en la linde” (que a todos no nos va el pelo y, ante todo, respeto).


No soy partidario de abusar de los producto cárnicos (la dieta tradicional incluye mucha legumbre, hortaliza, verdura, buenos mojes, pipirranas y asadillos, aunque alguna vez le peguemos un buen viaje a la tripa de chorizo), ni del modo en el que se cría al ganado, ni del impacto que las grandes explotaciones pecuarias tienen sobre nuestro mundo, pero también he de decir que el modus operandi de los vegetarianos deja en evidencia una vez más que los humanos, lejos de hacer gala de esa razón que los millones de años de evolución nos han regalado, sacamos de quicio las cosas, nos vamos a los extremos y nos decantamos por el integrismo y la demagogia (un clásico...).
Así que, harto de reír y como buen botánico, me voy a poner a leer El niño semilla (Greenling en inglés) de Levi Pinfold (editado por Nubeocho en castellano y Templar en la edición inglesa) mientras disfruto de la primavera, el hortal y sus favores. Me gustan las plantas, adoro las plantas, son parte de mi vida, adoro su simbolismo, exotismo y vigor, así que prefiero disfrutar de la belleza que recogen discursos como los de este libro, que de otros más utilitaristas. Y no hay nada más verde que decir.

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