lunes, 19 de diciembre de 2016

Fértiles jardines como patios de recreo


Un día a la semana me toca ejercer de policía. Sí, ya saben, guardia de recreo... Un clásico.
Aunque para muchos, sacrificar la media hora de descanso para controlar los altibajos hormonales de cientos de adolescentes es un latazo, yo gusto de pulular por el patio y observar a los chavales. Créanme, merodear entre ellos te proporciona cierto estatus. Compartes su ocio y relaciones personales fuera del academicismo que se le presupone al aula. Los ves insertos en otro contexto, en toda una suerte de dispares situaciones. Una condición de espectador que te enriquece y aproxima a ellos. Te sientes otro más, pero con cierta distancia (y algo de lumbago, ja, ja, ja).


Ese lapso espacio-temporal que para nosotros es un ligero paréntesis laboral, es un punto donde se integran muchas de las cosas que los chavales han escuchado a lo largo de la mañana. Las derivadas, los ríos peninsulares, el mito de la caverna, la estrella cromática, o esa disección de corazón que nos regala el Román... Como los buenos libros, los contenidos académicos también necesitan cierto reposo para madurar en el córtex cerebral, en el subconsciente. Y eso, amigos, es algo que también consigue el recreo.


Pero no dejemos a un lado las relaciones humanas... El patio también es un hueco en el que todos confluyen, donde se reencuentran amistades de otros cursos, enemigos acérrimos; es un lugar donde flirtear, jugar, reñir y alcahuetear. Todo ello conlleva que surja el conflicto y ahí es donde nosotros debemos jugar un papel acertado, no tanto como autoridad moral y ética, sino como mediadores en unas guerras que, aunque importantes en el día a día, poco nos atañen aunque repercutan mucho a los chavales. Es este el sitio donde traman venganzas, guerras entre bandos o alguna declaración de amor inolvidable.


A pesar de la importancia que, como hemos visto, tienen los patios de recreo, es curioso constatar como muchos de estos lugares de esparcimiento escolar están yermos y desolados. Son espacios multiusos (pistas para practicar deporte o aparcamientos) inventados sobre desiertos de hormigón, que poco tienen que ver con parques y jardines, oasis de esparcimiento y ocio humano por excelencia, donde el amor por la naturaleza se funde con la tranquilidad, la calma, el juego o las relaciones sociales. Necesitamos naturaleza en escuelas e institutos; árboles, setos, enredaderas, animales, bancos en los que acurrucarse, rincones en los que besarse, troncos tras los que atrincherarse... No lo olviden, maestros y profesores: plantemos árboles en los patios. Y si ya los tienen, no se olviden de cuidarlos.

Antonio Sandoval y Emilio Urberuaga. 2016. El árbol de la escuela. Kalandraka.
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