jueves, 22 de noviembre de 2018

Moscas (in)necesarias



En Tobarra las moscas no se mueren ni a tiros. Ni el otoño ni el invierno ni la primavera y ni qué decir tiene el verano, puede con ellas. Es la Marina d’Or de las moscas. Su paraíso.
Ya sabemos que estos insectos son pesaditos, más cuando se te ponen a rondar con su vuelo caótico, uno que les ha dado denominación –“cojoneras”-, pero que nos hace ningún favor cuando queremos poner cierto orden en mitad de una clase. Imagínense la situación: veinticinco alumnos con ganas de gresca, una mosca dando la vara y el aparato respiratorio a la palestra. Pues que entre aspaviento y aspaviento, los estudiantes se ponen de charleta y ni fosas nasales ni alvéolos pulmonares ni pleuras.


No sé qué compañera, muy animalista ella, se puso a colgar carteles. “Nenes, que las moscas, son divinas, No las matéis. Y menos joderlas” Cada vez que leía semejantes palabras, me daban ganas de matarla a ella. ¡Ni que las moscas fueran especies amenazadas! Les comento que sólo en España hay 50.000 especies de moscas. Así que, de escasas, ¡NA-DA! La lástima es que a ella, por tonta, no le cagara la moscarda…
Que las moscas son beneficiosas no lo voy a negar. Son animales descomponedores y polinizadores. Las moscas también controlan las plagas y son muy necesarias en los laboratorios (recuerden a Mendel y sus leyes). Pero sobre todo, sirven como alimento.


Y para que vean que las tengo en consideración, aunque de vez en cuando las ponga en su sitio por cansinetas, hoy les remito a uno de los últimos libros de la editorial Litera, De una pequeña mosca azul, un álbum maravilloso de Mathias Friman.
Antes de empezar con el despiece (lo que me gusta una matanza…), les confesaré que este libro bien podría haber estado en la selección de libros informativos que está por llegar, pero como me ha gustado tanto, le he concedido un lugar privilegiado.
A pesar del tamaño (es pequeñito), este libro con formato apaisado tiene mucha miga, sobre todo en lo que se refiere a las cadenas y redes tróficas (aunque suene reduccionista, ya saben: al bicho pequeño se lo come el grande), un concepto de la biología que el autor resuelve estupendamente con el uso de un color, el azul, que en este caso simboliza la llama de la vida que va saltando (y prendiendo) de animal a animal e iluminando un ecosistema circular donde prima el color gris del grafito.  


Acompañan estas imágenes un texto rimado con estructura de retahíla que, de una forma repetitiva y divertida, estimulan el aspecto verbal y refuerzan la idea de partida mientras el lector juega con las palabras e incluso las memoriza, algo que no hubiera sido posible sin una excelente labor de traducción (ya saben que siempre pongo pegas, pero en este caso, ninguna).  
Si a todo lo anterior añadimos que hay una serie de guiños ficcionales (Fíjense en los carteles del bosque que se dirigen al lobo o en quién pone fin) y escatológicos (estas cosas gustan mucho a los niños), podemos hablar de un álbum redondo que ensalza el lenguaje, despierta los sentidos, nos acerca al entorno y sobre todo, alimenta la imaginación.



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