sábado, 28 de junio de 2014

Orgullosos de ser monstruos


A pesar de que a la mayoría de todos los que habitamos este lugar se nos permite vivir (no damos ruido y nuestra tarea se supone inofensiva), el quehacer de otros monstruos se resiente por el mero hecho de serlo, sobre todo cuando estos viven en sitios chiquitos  o en un entorno vacío de apoyo y comprensión, islas todas ellas donde los sentimientos chocan frontalmente y brotan desencuentros y otros conflictos.
Las cosas monstruosas siempre tienen dos caras, una amable en la que respiran la felicidad, el amor, los besos o las sonrisas, y otra más cruel y sombría que se oculta tras las muecas de los demás y sus críticas –positivas o negativas, pero siempre punzantes e innecesarias-.  Es por ello que, si hay algo que un monstruo debe aprender,  es a sobrevivir, salvarse a sí mismo sin hacer uso de los simpatizantes o los detractores, personas todas ellas que, ajenas a la monstruosa cotidianidad, siempre buscan el beneficio propio. Los monstruos son independientes, únicos y especiales, y no necesitan de la aprobación o el castigo ajeno.
Ello no quiere decir que ponerse en el lugar de otros, empatizar con ellos e intentar comprender lo difícil que resulta ir contracorriente, sea una tarea complicada e inútil. Hay que llevarla a cabo para vivir en el mundo, para tomar conciencia de que los monstruos existen y son maravillosos. Una necesidad, sobre todo en aquellos que se escudan en razonamientos de tipo religioso, ideológico o político, algo que, permítanme decirles, está por debajo de toda humanidad.


Y para celebrar que tal día como hoy hace cuarenta y cinco años, una jaula se rompió, además de un precioso arco iris, les traigo El niño perfecto, un libro pequeño con tapa blanda e interior desgarrador (aunque exquisito y lleno de sensibilidad) de la mano de Alex González y Bernat Cormand (SD-Edicions), que se debería leer en familia para que abuelos, padres e hijos sepan que nadie se libra de la cruda realidad, incluso aquellos que se saben o creen exentos de ella.


Porque en los libros -se dirijan a quienes se dirijan- vive la cultura, el pensamiento y la libertad. Porque en los libros se destierran los prejuicios y la ignorancia. Y sobre todo, porque en los libros tenemos cabida todos los monstruos.


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