lunes, 9 de noviembre de 2015

Trascender a la vida


Trascender es un verbo inherente al ser humano. No cabe duda que los animales también pasan a la posteridad, sobre todo de una forma más biológica (los genes son información que fluyen a través de la prole), pero lo del hombre tiene usía cuando tratamos de llenar la Historia con nuestro nombre y apellidos. Probablemente se deba a diversas razones que implican a la cultura, al ego o al, mismísimo Señor (ya saben ustedes que alcanzar el paraíso cuesta lo suyo), pero lo que está claro es que todos buscamos nuestro sitio en la memoria.
Hay muchas formas de salir en los papeles que a continuación enumero (por orden de intensidad en la sociedad española)... afiliarse a un partido político (la opción más factible y muy recomendada a gandules, egocéntricos, codiciosos y otros seres del inframundo), lamerle el culo a un político (el que a buen árbol se arrima...), rodearse de periodistas (hay verdaderos aficionados a pregonar sus nimiedades y mentiras para que al final se transformen en logros titánicos y auténticas verdades), convertirse en gurú de las redes sociales (los Juan Palomo deben estar altamente agradecidos a feisbuq, tuiter, yutub o cheinchorg por hacer visibles lo grandes personas que son... yo me lo guiso...), hincharse a trabajar (muy poca rentabilidad, no se decanten por ella...) y ser un genio o especial (solo apto para los elegidos).


Dejen de refunfuñar porque se hallan entre alguno de estos grupúsculos y sean realistas en cuanto a sus intenciones, porque a un servidor, poco le van a engañar (mientras no nos salpique a los demás, me resbala)... No les voy a negar que me jode pasarme el día currando mientras otros se cuelgan medallas y se desgañitan vociferando a los cuatro costados lo maravillosos y especiales que son, pero también admito que no sirvo para estar besuqueando, sonriendo y derrochando falsedad a todas horas (¡qué trabajazo!).
En cualquier caso no se apenen ni se compliquen la vida con esto de la trascendencia, pues dentro de unos años, todos al hoyo... Sólo ha de quedarnos el (pequeño) consuelo (¿o debería llamarlo sueño?) de que los demás nos consideren lo suficientemente especiales como para que, cuando finalicen nuestros días, pulule entre ellos un recuerdo de lo que fuimos o, en su defecto, de nuestra contribución al tiempo que vivimos, una idea que habita en el trasfondo de La isla del abuelo, de Benji Davies (editorial Andana) y uno de los álbumes ilustrados más entrañables de este año, que me ha encantado leer por la variada temática que trata (un canto a la diferencia intergeneracional, la aceptación del ciclo de la vida, la imaginación para afrontar los momentos difíciles y traumáticos, lo hermoso de la vida) y que puede ser un gran regalo para todos aquellos que no están seguros de que una gran contribución al futuro es posible aunque consideremos que nuestra estancia en el mundo es insignificante.


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