jueves, 15 de febrero de 2018

El esnobismo de la lectura



Como son tres las situaciones que me han llevado a escribir esta breve reflexión sobre el postureo de la lectura, me creo en el deber de trasladárselas para introducirles en el maravilloso mundo de la tontería literaria antes de hacer sangre.
El otro día estaba yo hablando de la lectura en un curso breve que imparto. De qué edad es la idónea para empezar a leer, de la existencia de diferentes metodologías, que si Montessori, que si tradicional, apuntaba a que cada niño tiene una evolución personal en lo que a lecto-escritura se refiere, que se puede vivir sin ser lector y morir siéndolo, que unos estudios dicen unas cosas y otros, otras, cuando de repente, una de las docentes que escuchaban señaló “¿Y los padres, qué? A mí no hacen más que presionarme porque quieren que sus hijos aprendan a leer cuanto antes...” Las compañeras asintieron calladas y yo sonreí porque no era la primera vez que escuchaba esta réplica.
En ese mismo curso y tras finalizar otra sesión, una de las asistentes se acercó a mí para comentarme algunas cosas que le habían gustado y otras que no (que para eso pagaba). Al terminar el pequeño debate le comenté que animara a otros compañeros de profesión a venir, a lo que respondió que se lo diría pero que supiera y entendiera que eran filólogos de formación, acudían a congresos universitarios, y publicaban en revistas de renombre. Volví a sonreír con perplejidad asiática y pensé que era verdad, yo no podía aportar mucho, no soy nadie, solamente otro lector.
Por último y por aludir a la red social de moda (que tanto me gusta sin ser un millenial) diré que el libro como objeto, ese que últimamente hemos puesto en el “candelabro” los amantes del álbum, lleva mucho tiempo en boga aunque no lo creamos. Adornando mesitas de noche o estanterías de diseño en perfiles de decoración, entre las manos de it-boys e it-girls o dando que hablar en las stories de famosos e influencers, los libros son la quintaesencia de lo cool, tienen mucho swing y swag.


Pinceladas históricas y verbales

Así, a bote pronto, está claro que la lectura, como la superlimpieza en seco de la tintorería “La Moderna”, es un signo de distinción, de esnobismo, vamos... No se asusten, no crean que voy a empezar una disertación sobre Thackeray (primero en usar el término inglés “snob”), Bordieu, o Veblen -demasiado sesudos para este jueves-, pero sí convendría centrarnos en las direcciones del término y, aunque en principio el vocablo “esnob” (castellanizado, of course) nace con un significado un tanto peyorativo (según el primer autor “aquel que admira mezquinamente cosas mezquinas”), el esnobismo que se adentra en el siglo XX evoluciona hacia un sentido más amplio en el que no se despoja de esa cáscara rugosa, pero que imprime connotaciones positivas hacia quien lo practica, ya que algunos lo incorporan en mecanismos sociológicos que tienen que ver con la superación intelectual.
Hasta ahí, todo en su sitio, pero en este sitio de monstruos cabe hacerse la pregunta “¿Qué mueve al esnobismo lector?” A mi juicio y resumiendo todas las pautas de comportamiento esnob que me he encontrado en otros lectores y en mí mismo (PINCHE AQUÍ si quiere conocer algunas), son dos las ideas que mueven el cotarro. La primera es creer que gracias a la lectura adquirimos un estatus mayor y la segunda es que la lectura nos hace mejores personas. ¡Vayamos a por la primera!


Clasismo y libros

Quizá muchos consideren el esnobismo como un pecado del intelecto, más que nada porque encorseta más que libera, y no deja ver más allá de lo que se considera apropiado o “suitable” (este palabro inglés junto a “outfit” creo que se podrían extrapolar sin mucho problema al universo lector) cosa que a un clásico como yo se la trae fresca (¡Cada vez envidio más a los no lectores!). Lo que sí me molesta es que actos u objetos sirvan para cuidar la reputación y pasen a ser rasgos diferenciadores entre unos u otros, que se utilicen para ubicar en una escala a unos y otros, lo que a fin de cuentas es clasismo. El mismo que los adultos hemos trasladado al universo lector infantil gracias a una estructura social ampliamente estandarizada... Las familias cada vez tienen menos hijos y apuran sus esfuerzos en que se se desarrollen por encima de sus congéneres, en que estén super-preparados para lo que les espera. Tenemos la impresión de que si nuestros hijos no son los primeros en hacer algo, en despuntar, no servirán para nada, ni siquiera para ir a la cola del paro. Los padres ponen empeño y ultra-paternalismo (otra cosita de nuestro tiempo que también influye en todo el tinglao) en que los hijos trasciendan (N.B.: Como buenos animales que somos... Etología, pura etología). A muchos no les importa el precio (sobrecogido me hallo de la cantidad de clases particulares que reciben mis alumnos para poder aprobar asignaturas que, sinceramente, me parecen de risa, más todavía cuando se trata de los de cursos inferiores), a otros no les importa la infancia, ni el ocio de sus hijos, ni los ulteriores complejos (conozco auténticos muertos de hambre que se codean en clases de hípica con los vástagos de la media y alta burguesía... ¡Total na'!).
Con este panorama, no nos debe extrañar que la lectura infantil y juvenil se haya convertido en una forma de medrar, no sólo personal o social, sino también cultural. Cada Navidad escucho no sin gracia que los libros han llenado los hogares de media España. ¿Para qué?, me pregunto, ¿para parecer que leen? También me descojono cuando escucho que a los niños del vecino, los libros se los traen los Reyes Magos y los juguetes, Papá Noel (no sea que durante las vacaciones navideñas les dé un telele de tanta lectura).
Seguramente, algunos de estos niños acaben siendo lectores, muchos de ellos terminarán prácticando el “tsundoku” (palabra nipona que significa “Comprar un libro, no leerlo y dejarlo apilado sobre otros libros no leídos”) y otros tantos no volverán a coger uno, pero el caso (y puede que lo verdaderamente importante de todo esto para una gran mayoría) es que durante la infancia sus padres han creído estar preocupándose de la cultura de sus hijos, y lo que es ¿mejor?, hacer creer a otros que sus vástagos eran culturalmente activos en lo que a lectura se refiere (¡Como si no hubiera otras parcelas culturales como la pintura, la biotecnología o la programación informática!).


¿Buenos lectores, mejores personas?

En segundo lugar debemos hablar del (supuesto) poder de la lectura, ese que muchas veces acaba cegándonos. Padres, maestros, bibliotecarios, mediadores, nos pasamos el día con la boca llena de libros, de lectura, como si no hubiera otras formas de alcanzar el gozo supremo. También hablamos de la literatura como una fuente inagotable de saberes, pautas comportamentales, compendios éticos y morales, o armas curativas. Esto quizá provenga de nuestra propia forma de leer, de nuestros intereses y preocupaciones, de los prejuicios sociales, resumiendo, de nuestro esnobismo ilustrado. Tenemos tan interiorizado el canon, el porqué y el para qué, o el deber de la lectura, que nos hemos olvidado de que la lectura literaria, la lectura ociosa y distendida no nos hace libres (aunque el acto de la lectura sí sea libre, ya que no es innato) ni mejores ni peores personas, sólo debe desatar un discurso que puede tener múltiples facetas y reflejos.
Dejando a un lado las cuitas del lector adulto para decantarse por Haruki Murakami, Amelie Nothomb, Chimamanda Ngozi Adichie o Fernando Aramburu, y por ende significarse entre sus iguales, regresemos a los pequeños lectores... Las temáticas de los libros infantiles dan mucho que hablar, más desde que nos aferramos a estándares y convencionalismos sociales que nos subyugan a comprar libros sobre emociones a mansalva para que nuestros hijos sepan cómo ser más felices. También libros informativos para que aprendan muchísimo sobre dinosaurios, plantas, medios de locomoción, anatomía, ingeniería, astrofísica y mecánica, también unos cuantos para lograr el empoderamiento de la mujer, para que sepan que las féminas también han puesto su grano de arena en la Historia. También tenemos cuentos que enseñan esto o lo otro, que nos dirigen... ¡Ufff! ¡Libros para todo! ¡Cuánto, cuánto y cuánto libro!
Todo esto está muy bien, más todavía si nos mantenemos informados de las tendencias, de lo recomendado por los medios de comunicación o el experto de turno, pero ¿nos preocupa como nos transforma la lectura, cuánto aporta a nuestra capacidad sensible? Habrá libros que, a pesar de tener una clara orientación comercial y estar sujetos desde el proceso editorial pueden empujar de alguna forma la lectura, pero otros muchos son producciones vacuas que ensucian el arte literario enmascarándolo de ismos y otros males de nuestra era.


Leo, luego...

Para finalizar y darnos un buen tirón de orejas (el que esté libre de...). Unos por leer mucho, otros porque leen poco, unos por exclusivos, otros por seguir la corriente, todos somos susceptibles de caer en el esnobismo de la lectura. Lo que quiere decir que debemos regresar a la capacidad de autocrítica y poner en tela de juicio nuestras necesidades desde un plano personal, porque la lectura, aunque suponga un esfuerzo intelectual (no nos llamemos a engaño, leer cuesta y es de valorar, pero no leer tampoco es ninguna vergüenza a pesar de que nuestra cultura de primer mundo abomine este hecho desde un esquema moral absurdo y uniforme), nunca debe dejar atrás la experiencia estética y humanista, fin de cualquier arte, en este caso, literario.



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