sábado, 28 de marzo de 2020

¡Que viva la imaginación! Libros infantiles y aburrimiento




Ayer terminaron las primeras dos semanas de la larga cuarentena y los ánimos comienzan a minarse. Parece que ya hemos normalizado la situación, algo que queda patente en muchos de nuestros comportamientos. Cada vez son menos las llamadas de amigos y familiares para ver cómo vamos, se intuye menos entusiasmo en las propuestas de las redes sociales y empezamos a respirar cierta desidia y silencio en los supermercados. Es normal, empezamos a acostumbrarnos a una nueva vida que nos tiene atada a cuatro paredes en contra de nuestra voluntad y nuestras emociones y vivencias se hacen más asociales.
Mientras el tiempo nos aclara las respuestas que daremos individuos y sociedad a este confinamiento involuntario (aunque muchos hablan del “big brother” de Orwell y sus secuelas en forma de reality show, matizo que, a pesar de las similitudes, el contexto es otro), lo que más nos interesa es mantenernos apartados del influjo del aburrimiento, una sensación nada deseable para las semanas que nos quedan encerrados, pues puede acarrearnos muchos llantos, crisis existenciales y quebraderos de cabeza.
Es por ello que hoy les invito a un pequeño viaje por una serie de álbumes que toman como hilo argumental el aburrimiento para que de paso se animen a hacer cosas. Desde plantar las semillas de un limón, dedicarse al dibujo o la costura, e incluso leerse un libro son algunas de las ideas para disfrutar del tiempo de relax que nos ha “regalado” (entrecomillo para gambiteros) el dichoso COVID-19.
Si hay un sector de la población consciente de lo que supone aburrirse ese es sin duda los niños. El “Mamá, me aburro” es una constante en la vida de cualquier hogar con niños que gustan de estar activos durante el día. Además los adultos sabemos que es mejor mantenerlos enfrascados con alguna actividad antes que atenernos a las consecuencias de sus “brillantes” ideas.


En muchas ocasiones los mayores somos capaces de paliar dicha ociosidad, una situación de la que se hacen bastantes libros para niños, como por ejemplo Poka y Mina en el cine de Kitty Crowther (Cuatro Azules), en el que Mina empieza a aburrirse después de agotar sus ideas de entretenimiento y Poka decide llevarla por primera vez al cine.
Cualquier adulto podría pensar que este es el esquema más fácil en la vida real (los adultos siempre tratamos con mucha condescendencia a nuestros pequeños, ya que nosotros nos creemos más válidos), pero sin embargo, la literatura infantil nos dice otra cosa, pues en el cosmos de la literatura infantil no abunda mucho esta situación en la que padres o docentes marquen el ocio de los críos, sino que en la mayor parte de los álbumes que hoy presento en este breve monográfico, son los niños los verdaderos y decisivos actores de su entretenimiento formal.


En algunas historias es la figura del adulto la que incita a la autonomía lúdica del niño, algo que podemos observar en libros como Me abuuurro… de Claude K. Dubois (Blackie Little) o ¡Me aburro! de Carmela Trujillo y Marta Sevilla (Combel). En ambos el progenitor instar a los pequeños a que encuentren nuevas formas con las que divertirse, aunque el desenlace es muy diferente. Mientras que en el primero se realiza una crítica al entretenimiento a base de dispositivos electrónicos (seguro que muchos de ustedes habrán pasado por lo mismo estos días) y la historias se resuelve con un vuelco escatológico, el segundo se centra en la defensa de lo que nos mantendrá ocupados en los siguientes párrafos: la imaginación como acicate para disfrutar del tiempo.


Y es que en la mayor parte de estos libros son los propios niños quienes deben componérselas para hacerle frente a una situación de nulo disfrute, generalmente haciendo uso de su sola fantasía, un contexto en el que, inevitablemente, me viene a la cabeza la Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll, pues, aburrida de ese libro sin dibujos decide perseguir a un conejo blanco que la transporta a un mundo onírico donde hay mucho que hacer.


Es así como resuena ese eco en obras como En el desván de Satoshi Kitamura (Fondo de Cultura Económica), Nina y Kike se aburren de Rocío Araya (Milrazones), A veces me aburro de Juan Arjona y Enrique Quevedo (Tres Tigres Tristes) y ¡Qué aburrimiento! de Henrike Wilson (Lóguez). En todas ellas el mundo onírico infantil se abre camino entre las negras nubes del aburrimiento e ilumina a sus protagonistas en situaciones que van desde el descubrimiento del universo hasta una realidad amplificada.


En el primero, uno de mis álbumes favoritos, un niño con una tonelada de juguetes se aburre enormemente y descubre una escalera que lo lleva hasta el desván, un lugar maravilloso donde vivirá las más variopintas aventuras. No se pierdan el final porque la historia da un vuelco maravilloso gracias a una madre realista.


En el segundo Nina y Kike, los protagonistas prueban todo tipo de fórmulas para rellenar su ocio. La cosa se pone cada vez más difícil hasta que de repente todo fluye según lo esperado y la sorpresa es mayúscula gracias a su enorme inventiva.


El tándem Arjona-Quevedo nos presenta una situación similar en el tercer título de esta categoría en el que el protagonista se entretiene poniendo caras. Cara de pato, cara de vaca, cara de ambulancia… Las personas ¿normales? tienen estas cosas en momentos de aburrimiento máximo.


El último título está protagonizado por un oso que se aburre mucho y no encuentra a nadie para jugar y pasarlo bien, todos están ocupados. Así que, harto, se tumba sobre el prado y deja que su mente viaje por otros derroteros. Me encantan las guardas, ¿y a ustedes?


Mención aparte merecen dos libros. Uno es Me aburro de Shinsuke Yoshitake (Pastel de Luna), un libro del que hablé no hace mucho y que sería algo así como una enciclopedia un tanto sui generis de lo que consiste el aburrimiento y sus diferentes formas. Recomendadísimo para paliar el aburrimiento a base de carcajadas.


El otro es el ¡Me aburro! de Marc Rosenthal (Faktoría K de Libros) un álbum que bebe de los elementos del cómic sin llegar a serlo y que le da una vuelta de tuerca al argumento clásico de este tipo de libros. El protagonista cree que su vida es aburrida porque no sabe mirar a su alrededor, perdiéndose de este modo un entorno que tiene muchas sorpresas que ofrecerle. Seguramente ustedes se sientan así estos días, así que tomen nota.



Y como no podía ser menos también existen álbumes donde los versos y la rima se transforman en un alegato al entretenimiento y dar puerta a tanta quietud y desidia. Entre estos contamos con Señor Aburrimiento, un libro de Pedro Mañas y David Sierra Listón (Libre Albedrío) en el que la imaginación también está muy presente a pesar de tener consecuencias poco deseadas –sobre todo para los padres del protagonista-. 


También podemos hablar de Celia se aburre, otra historia rimada, en este caso de Celia y Gloria Rico (Beascoa) en la que una niña descubrirá que la naturaleza, la curiosidad y la constancia, además de llenar ratos muertos, tiene su recompensa.



Sobre poemarios y otros engendros rimados llamo la atención sobre dos títulos, La ostra se aburre un álbum de Ana Luisa Ramírez y Artur Heras (Diálogo) donde las palabras y los animales marinos despiertan el afán por el entretenimiento y la musicalidad (hay CD musical), y ¡No se aburra! de Maité Dautant y Mateo Rivano (Cataplum), un clásico del anti-aburrimiento en América latina que desarrolla multitud de recursos de toda índole para que el lector disfrute.



Como ven hay bastantes libros que hablan de este tema en la LIJ. A todos ellos podríaos añadir otros muchos como El pequeño Edu no se aburre nunca, un libro para primeros lectores de Benni Lie (Juventud), ¿Te aburres, Minimoni? la secuela del conocidísimo álbum de Rocío Bonilla (Algar), el ya descatalogado El monstruo se aburre de David Wood y Clive Scruton (Anaya), o la colección de viñetas de Liniers que se recopilan bajo el título Feliz, feliz aburrimiento (DeBolsillo).




Y sin más, les dejo que disfruten de esta tarde de sábado. Y si no saben qué hacer: tomen nota de los niños. Ellos siempre encuentran la manera de enseñarnos lo sencilla que es la vida.



martes, 24 de marzo de 2020

De problemas y oportunidades




Se ha hablado mucho estos días (y se sigue hablando, que aún nos queda confinamiento para rato) de muchos temas que atañen a la salud pública. De medidas preventivas, de la higiene, de cómo evitar el aumento de la carga viral, de qué podemos hacer y qué no en la cuarentena, y de cómo debemos comportarnos y afrontar emocionalmente esta crisis sanitaria.
De entre todos estos temas, uno que me llama sobremanera la atención es el de las pautas comportamentales y psicológicas frente a este panorama dantesco (N.B.: Siempre había querido utilizar este adjetivo pero nunca había encontrado una situación apropiada. Es el momento de no caer en la hipérbole), no sólo por la cantidad de psicólogos y terapeutas que desde las redes sociales nos están asediando (Para el carro, bonico, que con tanta celeridad me vas a provocar un síncope antes de tiempo), sino porque la gente se está poniendo demasiado intensita y necesitamos algo de sentido común en vez de tanto misticismo.


No voy a negar que el problema del coronavirus sea muy caleidoscópico, es decir, que tenga tantas caras como seres humanos nos estamos viendo afectados. Pero precisamente por eso, debemos dejar que las circunstancias, los desenlaces y, sobre todo, la lógica personal nos vaya diciendo como debemos comportarnos ante él.
Aunque esto es para echarse a llorar, hay gente que se ha tomado el problema con guasa, ha enganchado un megáfono y se ha liado a organizar bingos desde las alturas. Otros han sacado sus instrumentos musicales al balcón. Los hay que les ha dado por el patriotismo. Los de la otra manzana han decidido pasear a sus perros descolgándolos en el patio de vecinos (increíble pero cierto). Tengo dos vecinos que se mandan mensajes de amor por el cristal de la ventana (¡Lo que dan de sí unos prismáticos estos días!). Más allá se pasan el día discutiendo (¡Qué voces, oiga!). En fin, cada uno canaliza el problema como mejor sabe…


Incluso los hay que lo han encarado a modo de oportunidad…. Les diré. Hay quienes han optado por denunciar a toda la finca y que viva la venganza (¿Se acuerdan de las vecinas de Valencia? Pues lo mismo). Algunos hemos tenido la oportunidad de saber a quien le importamos y a quien no (amigos y familia son puro desencanto, aviso). Los progres han visto la oportunidad de catar las mieles de la sanidad privada, que eso de la Ruber tiene mucha enjundia. No pueden faltar millonarios que quieran desgravarse impuestos. A mucha gente le ha dado por flirtear con el repartidor de pizzas o el de Amazon©. No pueden faltar los ególatras que se han lanzado a los directos de Instagram para contribuir a la paz mundial, el entretenimiento infantil, el fitness o las tendencias en mechas y otras chanzas del universo de la peluquería.


Y así, hablando de problemas y oportunidades he decidido empezar la segunda semana de aislamiento junto a ¿Qué haces con un problema? y ¿Qué haces con una oportunidad?, dos libros de Kobi Yamada y Mae Besom, que junto a ¿Qué haces con una idea?, terminan una trilogía que ha sido muy aclamada en esto del álbum infantil y publicada por la editorial BiraBiro en nuestro país.


Aunque me consta que muchos profesionales de las emociones y la psicología los están usando para sus sesiones de terapia y divanes varios, hoy rompo una lanza por la carga simbólica de estos libros, sobre todo en lo que se refiere a lo onírico de sus ilustraciones y que complementan de una forma muy narrativa cierto cariz didáctico del texto. Bebiendo de las fuentes del maga y el anime, así como de otras referencias orientales como el origami o la indumentaria samurái, se nos presenta una historia llena de fantasía en la que el niño protagonista y sus amigos de batalla –unos animales que acompañan y aúpan a este héroe-, se enfrentan a una nueva aventura.
Y sin más dilación, me voy a poner con mi oportunidad de este encierro: dibujar.

sábado, 21 de marzo de 2020

Poesía somos todos


La primavera brota otro año más. Se nos había olvidado que la naturaleza sigue su curso, que vive ajena a los problemas de los hombres. El campo florece de súbito, las yemas empiezan a romper, los pájaros se alborotan un año más y volvemos a celebrar el Día de la Poesía (¿Se han fijado en la cantidad de cosas que celebramos este mes de marzo?).
Quizá este sábado sea el más indicado para darle el valor que merece a la belleza de las palabras. Porque necesitamos volar, caminar, sonreír, saltar, bailar, correr, bromear, navegar, acariciar, charlar, compartir y soñar. Todo eso es posible con la poesía, porque poesía somos todos.
Desde aquí les invitamos a leer todas estas entradas sobre poesía y participar en la iniciativa/reto que he realizado a través de las stories de la cuenta de los monstruos en Instagram. Que se unan a los monstruos y así podamos llenar de rimas asonantes y consonantes un día como este que tanta luz necesita.
Como muchos padecen de falta de sueño en esta cuarentena interminable (no me extraña… Todo el santo día perreando en casa tiene que pasar factura a los ritmos circadianos), les mando un poquito de ánimo para que duerman como niños y que sea el sol quien les despierte todas las mañanas. ¡Y tan a gustito!

Despierta, niño, despierta,
que el alba recién nacida
está llamando a tu puerta.

Abre, niño, ya los ojos,
que el sol viene con urgencias
y está abriendo los cerrojos.

Deja tu sueño en la almohada,
que la noche ya se ha ido
y viene la madrugada.

¡Que ya está aquí la mañana!
¡Despierta, niño, despierta,
que da el sol en tu ventana!

Carlos Reviejo.
Despertares.
En: Versos para ir a dormir.
Ilustraciones de Miren Asiain Lora.
2019. Madrid: SM.




viernes, 20 de marzo de 2020

Días de muchas cosas



Si siguen la cuenta de Instagram de los monstruos se habrán percatado de que hoy se celebra en todo el mundo el Día de la Narración Oral, una jornada que los monstruos celebran con mucho frenesí pues las producciones orales siempre han sido de notable importancia para los pequeños de la casa, tanto es así que las primeras obras de la llamada literatura infantil se basaron en los cuentos de tradición oral que habían pasado de boca a oreja desde tiempo inmemorial.


Además de celebrar esto, este 20 de marzo también le dedicamos el día al gorrión, el ave que da nombre al gran orden de los Passeriformes (su nombre científico es Passer domesticus) y que está desapareciendo de muchas áreas urbanas por diferentes motivos (en Londres es prácticamente invisible). Y ustedes dirán, “¡Bah! ¡Un pájaro sin importancia!” Pero la realidad es otra. Les ilustro… En 1958, China (siempre están presentes…) inició la llamada campaña de las “Cuatro Plagas”, integrada por Mao Zedong en el proyecto “Gran Salto Adelante” para relanzar el país como potencia mundial. Esta consistía en cargarse cuatro especies letales para las cosechas: moscas, mosquitos, ratones y gorriones. En el caso de los gorriones instó a la población a hacer ruido (palmas, caceroladas, etc.) para que las aves murieran por agotamiento durante el vuelo. Y así pasó, que el gorrión fue exterminado de China. Pero como la madre naturaleza es sabia, dijo aquello de “Rebota, rebota y en tu culo explota” y fue la langosta, uno de los principales alimentos del gorrión (es más insectívoro que granívoro por mucho que se empeñara la propaganda china), la que se zampó todas las cosechas siendo el detonante de la Gran Hambruna China entre 1958 y 1961 en la que murieron entre dos y tres millones de personas. Por si no fuera poco, China tuvo que plegarse e importar gorriones desde la antigua URSS…


Lo tercero que celebramos este viernes es el Día de la Felicidad. Como lo oyen. A pesar de virus y lo deprimente de esta situación, la ONU nos invita a ser felices y de paso hacer felices a los demás, que el mundo está muy mal y todos tenemos que sonreír ante la vida y sus avatares. Se ve que alcanzar la felicidad es un objetivo que debe primar en las políticas de los diferentes países del mundo (aquí se ve que tenemos de sobra porque a nuestros políticos básicamente se la suda), una perspectiva que empezó a considerar el rey de Bután hace más de 40 años definiendo lo que él llamó “Felicidad Nacional Bruta” (total na’…)


Y sin meterme en terrenos pantanosos (Perdónenme, que llevo una semana a pique de la úlcera…), les dejo con un libro que va de pájaros y felicidad (viene que ni pintado). El vendedor de felicidad con texto de Davide Calì e ilustraciones de Marco Somà (editorial Libros del Zorro Rojo), es uno de esos álbumes para terminar la semana con buen sabor de boca.
La acción se sitúa en un bosque por el que transita la camioneta del señor Pichón, el vendedor de felicidad. Este personaje se acerca por todos los hogares y establecimientos. No le falta ni uno: la casa de la señora Codorniz, la de la Abubilla y  la tienda del señor Chorlito. Aunque se les ve contentos, todos adquieren su dosis de felicidad, ya saben que nunca está de más tener algo de reserva…
En definitiva, una historia para disfrutar embelesado con las imágenes preciosistas y llenas de detalles del artista italiano, y en la que se nos invita a imaginar cómo es capaz cada uno de los protagonistas en alcanzar la felicidad.
Un viaje de descubrimiento en el que el lector imagina en cada doble página la felicidad en sus diferentes formas. Porque la felicidad es como el aire que adopta la forma del frasco que la contiene.



jueves, 19 de marzo de 2020

De besos y padres


Una de las cosas que más estoy echando de menos durante esta cuarentena son los besos. Y quienes me conozcan saben que, aunque sean gratis, no voy propinándolos a diestro y siniestro, pues los besos significan algo y hay que sopesar muy bien a quienes dárselos. Ya sé que cariño y austeridad nunca se dieron la mano, pero en ciertas ocasiones hay que poner freno a la hipocresía.


A mis amigos, a mis sobrinos, a mi hermana... Pero sobre todo a mis padres. Lo necesito. Más en un día como hoy en el que además de celebrar el llamado día del padre, coincide con el santo de mi madre, así que en casa se celebra por todo lo alto. Arroz con pollo, bien de pasteles -si son de La Suiza, la confitería con más renombre de la ciudad, mucho mejor- y una larga sobremesa. Pero como mi madre está con el maldito virus, ni sobremesa ni sobrinos sandungueros ni besos.


Y si a mí, que soy un besucón, se me ha antojado el día un poco triste, no me quiero imaginar lo que habrá sido de esos que sólo los besan en ocasiones especiales (Piensen que hay muchos, ¿eh? Que parece que los hombretones no podemos ir dando muestras de amor sin ninguna excusa). Espero que este día del padre sin padres les haya hecho reflexionar sobre lo importante que es regalar una caricia y un abrazo a aquellos que irán faltando dentro de unos años.


Por si esta no fuera una razón de suficiente peso, les recuerdo que durante los pasados días mucha gente ha perdido a sus seres queridos. Seguramente lo estarán pasando muy mal, sobre todo por lo deshumanizado de este virus que no entiende de despedidas ni de lazos familiares. No han podido acompañarlos durante la enfermedad ni han podido darles sepultura. No han dicho adiós a quienes les dieron la vida, y eso, déjenme decirles, deja un vacío muy grande.
A pesar de ello, creo que este coronavirus que nos está cambiando a pasos agigantados, también lo hará en otros ámbitos, y que las relaciones con las personas que siempre hemos tenido cerca, adquieran la consistencia necesaria para que este tiempo que vivimos no las siga desgastando.


Aunque hoy no he tenido mucho tiempo (N.B.: A quien se lo diga no se lo cree, pero lo cierto es que estado muy atareado: ejercicio, cocina, limpieza y algo de dibujo), he sacado un rato a última hora para recoger unos pocos títulos que hablan de padres, para celebrar este día con los monstruos. Hay padres primerizos, padres únicos, también hay padres numerosos, padres sensibles y padres juguetones. Todos lo que traigo a la palestra bien merecen su atención, así que una vez que esto termine, ya saben: hay que acudir a una librería y regalarle el que más le guste a su padre.


¡Feliz día a todos, incluidos los Josés, Josefas, Pepes y Pepas!

miércoles, 18 de marzo de 2020

Teatro, mucho teatro...



No sé qué me ocurre con esto del coronavirus, que cada día que pasa me recuerda más a una obra de teatro.
El primero en entrar a escena, nuestro presidente. No sé quién le habrá dado clases de interpretación, pero es capaz de pasar de soberbio a congestionado en milisegundos. Aun así, todavía no ha alcanzado la credibilidad pues somos muchos los que dudamos fervientemente de esa pose a caballo entre el victimismo y la ignorancia.
Detrás va el rey, que ha aprovechado la coyuntura del COVID-19 para “renunciar” a no-sé-qué herencia. Ya podría engancharla y dar buena muestra de su honestidad en forma de donación a los sanitarios españoles, profesionales que se están dejando la piel en las urgencias hospitalarias para tratar todas las neumonías bilaterales que llegan cada día a sus manos. Que no venga con cuentos, que Netflix© nos ha instruido en las mil y una formas para blanquear dinero.


Le siguen el resto de políticos y la gente bien (que no “de bien”). Sí, esos que a quienes se les hace la prueba del coronavirus mientras al resto de los españoles se les da una patada en el culo para que muchos se percaten de lo que va la democracia. Siempre ha habido clases gobierne quien gobierne. Comunistas, socialistas, demócratas o liberales. El caso es que cuando la gente empieza a vivir de puta madre no quiere morirse. Eso sí, a los demás: que los maten.
Continuamos con los medios de comunicación. Propaganda y más propaganda. Que si sal al balcón carita de azucena y aplaude un montón. Que si fíjate la de millones que van a invertir en pagarnos las hipotecas. Que si el teletrabajo es la quintaesencia de la productividad. Que tirarse un mes haciendo el cabrón no va a pasarnos factura tras la pandemia. Que si nuestra sanidad puede con todo… Falacias varias y tele en “off”.


Y por último, el pueblo triste y compungido que acude a unos supermercados y  farmacias que tienen mucho que decir acerca de la dieta “mediterránea”. Pizzas, productos precocinados, snacks, embutido y pasta son los productos estrella de una crisis sanitaria donde el índice de glucemia y las grasas saturadas preparan otra nueva a base de diabetes, obesidad mórbida, paros cardiacos, ictus y otras patologías cardiovasculares. Si a estos añadimos ansiolíticos, relajantes musculares y otros opiáceos, los de  salud mental que se agarren los machos.


Sin ganas de aplaudir llego esperanzado hasta el título de hoy, una historia hermosa donde las haya. Pelo y plumas de Lorenz Pauli y Kathrin Schärer (editorial Takatuka) es la adaptación en forma de álbum ilustrado de la ópera homónima de Lorenz Pauli, Rodolphe Schacher y Charlotte Perrey. En ella un perro con ganas de encontrar un amigo como él y una gallina ansiosa de aventuras se encuentran. No les voy a decir lo que viene después porque tienen que leer esta historia y dejarse llevar por unos diálogos la mar de simpáticos con mucho trasfondo (Lorenz Pauli siempre consigue encandilarme con su sugerente sencillez).


Sin embargo si me voy a detener en varias cuestiones que atañen a las ilustraciones y la anatomía del libro. En primer lugar las tapas, unas peritextuales que actúan como prólogo y epílogo (me hubiera gustado que se hubiera ajustado la misma distancia del plano tanto en la trasera como en la delantera, pero bueno…).
En segundo lugar las guardas y la portadilla también son espacios narrativos, en este caso con mucho sentido pues la acción se desarrolla en una obra de teatro, un lapso espacio-temporal que en parte puede asimilarse al de un libro.
Y tercero, me encanta la escena de la pausa (nos hace respirar e introduce un elemento humorístico necesario), así como la escena donde el perro y la gallina se acurrucan y se confiesas cómplices.
¡Ojala todas las obras de teatro fueran como esta!

martes, 17 de marzo de 2020

Una, dos, tres..., un montón de cosas bonitas



Uno, tres, siete, veintitrés, veinticuatro, cincuenta y siete, ciento dos, trescientos quince… Así hasta los once mil y pico, la cifra oficial de contagiados por el coronavirus (no les voy a decir la estimada por algunos epidemiólogos para no asustarles, aunque debería). La mayor parte de nosotros no creía que esto fuera a suceder tan pronto pero ya ven que la realidad supera a la estadística y una vez más los españoles nos hemos superado (esta vez en lo malo). También les digo que cifras muchos más elevadas debemos de esperar para dentro de una semana, así que ya saben: en casita y sin dar por culo en urgencias para que la cosa se ralentice una miaja.
Y ya que nos hemos puesto muy serios contando (bueno, los políticos no, ya saben que ellos eso de la aritmética lo llevan muy mal, tanto para los millones que chorizan, como para el número de parados), dejémonos de cosas poco agradables y vayamos enumerando otras que nos arranquen una sonrisa, que ya les prometí construir un oasis de positivismo en esta casa de los monstruos.


En esta cuarentena me he propuesto contar los volúmenes que forman mi biblioteca. No se crean que va a ser una tarea fácil pues están desperdigados por todos los rincones de la casa, algunos por el trastero, otros los he ido repartiendo por casa de mis padres, de mi hermana y de algunos amigos. Así que tendré que hacer un contaje en diferido. (N.B.: Hagan apuestas en los comentarios y quien más se aproxime a la cifra final, tendrá regalito).


Tampoco estaría mal contar los lápices que tengo (siento verdadera pasión por estos útiles de escritura). De grafito, de distintas durezas, de colores, acuarelables, pasteles, sanguina… Sin contar portaminas, tengo todo tipo de lápices. Y se preguntarán “¿Para qué?” Pues para cuarentenas como esta en las que hay que retomar ciertas aficiones y sacarle un poco de color a la vida, no caer en el aburrimiento más absoluto y ejercitar un poco el dibujo.


Flores, tenedores, galletas, calzoncillos, pares de zapatos, camisetas, bombillas, latas de cerveza, clavos, chinchetas, clips, pintalabios, pliegos de herbario, minerales, fósiles, rollos de papel higiénico o bolsas de plástico. Cualquier cosa es buena para entretenernos estos días y saber cuál es nuestra debilidad más grande. Y así, un número tras otro, llego hasta uno de esos libros que te roba una sonrisa, no sólo porque esconde cosas muy bellas dentro, sino porque supone un juego matemático.


Un millón de puntos de Sven Völker (editorial Océano Travesía) fue elegido uno de los mejores álbumes infantiles del 2019 por el tándem The New York Times y la New York Public Library (ya saben lo que se prodiga esta lista entre los monstruos), algo que se debe a una puesta en escena muy colorista y llamativa donde el diseño y los primeros planos tienen mucho que decir, así como en el significado poco evidente de las ilustraciones.


Esto hace que además del juego que supone poder contar los puntos que aparecen en cada doble página (cada vez que pasamos página nos encontramos el doble) y dar fe de la suma que se nos presenta, establece otro aspecto lúdico preguntando al espectador la solución a esas adivinanzas sutiles que invitan a conocer el mundo desde perspectivas desconocidas.
Con sorpresa incluida al final, creo que no se lo pueden perder.



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