miércoles, 17 de enero de 2018

¿De dónde sacamos las ideas?


No se crean que cultivar ideas es fácil, no. Lo de encender bombillas, aunque sea de manera metafórica, tiene su intringulis. Está claro que hay personas brillantes, de esas con una inspiración pasmosa. Observadores, creativos y muy espabilados, son capaces de desarrollar los conceptos más complejos de la forma más fácil. Llámenlos genios, talentosos o como quieran, pero el caso es que hay que tener en cuenta que la mayoría no entramos en esta categoría. Entonces, ¿como tienen ideas aquellos que las tienen?


Está claro que creativos de empresas de publicidad, científicos, artistas y escritores tienen a sus espaldas un bagaje más que importante. Gracias al estudio, la práctica y la pericia son capaces de relacionar conceptos y situaciones de otros o de su propia cosecha que les llevan a pergeñar obras de gran calado. Deberían convenir conmigo en ese punto que afirma que la experiencia es un grado y que, cuanto más profundamente conozcamos nuestras respectivas disciplinas, mucho más fácil nos será contribuir a nuevos engendros y creaciones que nos faciliten la existencia o nos llenen de belleza. Originales o no (siempre he considerado que la humanidad hace mucho tiempo que no es demasiado innovadora y que muchas ideas son refritos de otras) todos ellos contribuyen al mundo de la creatividad, ese en el que confluyen campos y disciplinas tan dispares como la cocina, la ingeniería, la arquitectura, la orfebrería, el pret-a-porter o la ilustración infantil.


Es por ello que la gente que trabaja con las ideas, ese mundo en el que Platón tanto profundizó, tiene una serie de recetas o consideraciones que les ayudan en el día a día. De entre todas ellas, tres son mis favoritas... La primera es la de la asociación forzada. Escriba palabras en trozos de papel. Verbos, sustantivos y adjetivos. Coloque estos tres grupos en una bolsa diferente y extraiga uno de cada. Aunque aparentemente la asociación pueda resultarle inconexa, puede que halle en ellas la inventiva necesaria para construir en torno a ella.
¿Qué es un ambiente creativo? Una pinacoteca, un museo de ciencias, una novela, un ensayo, artículos científicos, una conferencia, el jardín botánico, un concierto o ir al cine pueden desatar las ideas que subyacen en nosotros, las agarran con fuerza y las liberan poco a poco. Sumergirse en las ideas a las que otros han dado forma, es una fuente inagotables de acicates y sugerencias para las nuestras propias.
La última es la llamada al profano. Véase mi caso... Cuando no sé de qué hablar, cuando no encuentro la solución a un problema o no encuentro la imagen perfecta, engancho al primero que pillo (generalmente mis alumnos o mi familia) y les planteo el dilema (o quizá otro cualquiera). Escucho su punto de vista, dejo que vayan a su aire, que naden contracorriente, que se líen, que me líen, y con frecuencia, ¡ahí está la fuente de inspiración!


Pero, una vez que tengamos una idea, ¿qué hacemos con ella? Probablemente sea lo más difícil, sobre todo porque, primero, hay que discernir entre lo verdaderamente original y lo manido, segundo, dejarla reposar y madurarla, y por último, hacerla tangible. Eso es sobre lo que trata ¿Qué hacer con una idea?, un álbum hermoso, poético y sugerente de Koby Yamada y Mae Besom, editado recientemente en nuestro país por la editorial BiraBiro, que intenta desde la metáfora hacernos entender que el camino de las ideas es lento pero muy satisfactorio. Con unas ilustraciones que con una pizca de surrealismo (Ese huevo coronado, ¿no creen que tiene algo de Dalí? ¿O quizá de El Bosco?) y basadas en la dicotomía entre el blanco y negro -grafito- y el color, simbolizan una búsqueda necesaria para todos que tiene como fin iluminar el mundo con nuestra inventiva.


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