lunes, 25 de agosto de 2008

Fábulas modernas


El otro día, hurgando entre los estantes de la biblioteca familiar, me encontré con un librillo blanco de tapa blanda que solía leer hace muchos años. Era y es una miscelánea de andar por casa de las fábulas de Esopo, el gran fabulista griego. 
Últimamente, excepto las cuatro narraciones que han trascendido al repertorio escolar, no escucho, ni tengo noticia alguna, de que las fábulas de Esopo, este supuesto esclavo de lengua mordaz y gran ingenio que inspiró a genios de la talla de Sócrates (se las aprendía de memoria), se siga leyendo o, por lo menos, narrando en los centros educativos. Tamaño error, como tantos otros…


Hoy rompo aquí una lanza por la lectura de la fábula, género que cultivaron autores del mundo clásico como Hesíodo, Fedro o Babrio, y otros más cercanos históricamente como La Fontaine y los españoles Félix María Samaniego o Tomás de Iriarte. La fábula no sólo es una deuda con las primeras historias breves, sino también con un género que tiene mucho que ver con la Literatura Infantil.  
Generalmente protagonizadas por animales personificados, estas historias que ofrecen un epimitio (nombre académico de "moraleja") enlazan muy bien con otras formas de la literatura como el cuento (creación de ficción más extensa con un mayor arraigo simbólico) en las que vive el saber popular de una manera sencilla (esto siempre es un valor en alza). 


Por si me saltan con arengas como "¡Las fábulas quedan obsoletas en esta sociedad!" "¡Necesitamos nuevas formas de expresión, reclamos visuales y otros fuegos artificiales!", les diré que, a pesar de hacer una apuesta ilustrada, la historia textual breve sigue sosteniendo la mayor parte del peso de obras como las Fábulas de Arnold Lobel (Editorial Corimbo), una suerte de pequeñas historias que, a pesar de buscar un contexto contemporáneo en el que desarrollarse, son nuevas visiones de la humanidad que seguimos habitando.


Con mucha belleza visual en unas ilustraciones que recuerdan a las de la edición victoriana de las fábulas de Esopo elaboradas por Arthur Rackham, las veinte composiciones breves que desarrolló el autor estadounidense echando mano (como siempre) de sus animales personificados, siguen perfectamente el esquema expositivo de las clásicas e inundan de enseñanzas simples e imaginativas el ideario infantil. 
La langosta y el cangrejo (carpe diem), la gallina y el manzano, el oso y el cuervo, o el ratón a la orilla del mar (mi favorita), además de esgrimir belleza y originalidad, son fiel reflejo de ese espíritu eterno de nuestra Literatura más antigua.


viernes, 22 de agosto de 2008

De ciencia, árboles y otros pensamientos


Es un tedio esto de continuar estudiando una vez que se supone has terminado de hacerlo, o que, por lo menos, deberías haber terminado. De todos modos he de decir que palos a gusto no duelen, y, por tanto, si un servidor no sabe más que meterse de berenjenal en berenjenal, lo lógico es que después venga el sufrimiento, y de ahí, las quejas. Así que nada: ¡a trabajar se ha dicho!
Por lo otro lado he de admitir que, tras la difícil tarea de enseñar, -no olvidemos las constantes luchas y lo repetitivo del asunto- es necesaria la evasión mental, y si la empresa es para no olvidar conceptos que a uno le apasionan, pues bienvenida sea esta faena.
Durante este agosto he regresado a la labor botánica, razón por la que soporté unos cuantos años universitarios, debido a cierta investigación en la que me he sumergido. Y aunque sufra, me alegro de ello, ya que he encontrado el panorama algo cambiado, todo sea dicho de paso...


La verdad es que, en Ciencia, es lo esperable, ya que, si no fuese de este modo no sería tal. Por todo esto, a uno le surgen, a diario, dudas, avatares y otras pifias mentales, y fíjese usted, la de hoy está bien relacionada con un libro, o mejor dicho, el libro que defiendo hoy está muy relacionado con la Ciencia, más concretamente con las Ciencias Naturales. Soy un apasionado evolucionista, de un modo amateur más que otra cosa, y defiendo (tanto en mi vida ordinaria, como en mis clases) las teorías evolutivas como pasos de gigante en lo que al conocimiento de la Vida se refiere.
Pese a la dualidad "simple/complejo" que acarrean estas teorías paradigmáticas, hace un par de años, más o menos, descubrí un libro que me ayuda a explicar y hacer comprender conceptos como estos, El árbol de la vida (nueva edición en Ekaré), una obra de arte (por lo menos para mí) del autor checo Peter Sís que, recorriendo la vida del padre de la teoría evolutiva que cambió los preceptos de las Ciencias Biológicas, aúna ilustración y sencillez para explicar el panorama, antes y después de la llegada de Darwin al mundo de la Ciencia.


Su nacimiento, los inicios como joven naturalista a cargo de Henslow, el viaje que realiza a bordo del S.M. Beagle durante casi cinco años, sus anotaciones en los cuadernos de viaje... Cada punto, cada coma de su vida, incluso la presentación ante la Linnean Society, junto con Alfred R. Wallace, del esbozo de lo que más tarde sería su obra Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, queda registrado en las páginas de El árbol de la vida, una especial biografía de la mano de Peter Sís, artista checo (Brno, 1949) que ha cosechado numerosos premios en lo que a literatura infantil se refiere.


Con toda seguridad, es destacable la técnica utilizada por el autor para las ilustraciones, ya que, además de ser muy apropiada para la narración-descripción, aproxima fielmente al lector a la época en la que se suceden los acontecimientos. Si nos detenemos, en cada esquina, en cada rincón, podemos apreciar multitud de detalles que, a modo de atrezzo, agregan a la vida de Darwin un contexto más vivo y completo, véase el esqueleto fósil del género Mylodon que sostiene el ramo de novia de Emma Wedgwood o el guiño a la evolución humana en el interior del invernadero del naturalista inglés.


Notable también es el uso de la distinta tipografía para referirse al contexto histórico, la actividad pública de Darwin o los datos recogidos en su diario de viaje, ya que aporta dinamismo y un marco histórico para entender los avatares de la vida del científico.


Por último, no podía pasar por alto una referencia a las guardas del libro, que establecen el inicio y fin de la historia. Por un lado, en la primera guarda, encontramos referencias a las teorías creacionistas imperantes hasta el siglo XIX –e incluso hoy-, desde motivos religiosos referentes al génesis católico, como referencias a los mitos de otras culturas y religiones politeístas. Por el otro, al terminar de leerlo podemos contemplar otra serie de viñetas donde moran Aristóteles, Linneo o Mendel junto con minuciosas alegorías del melanismo industrial (Biston betularia), esquemas de estructuras homólogas y análogas, o el mismísimo DNA, lo que hace más palpable el asesoramiento científico del que se ha rodeado el autor, como por ejemplo las contribuciones críticas de Peter Galison (Univ. Harvard) y Eric Korn.



Atesoro este libro entre los que anidan en mi humilde biblioteca y, en numerosas ocasiones, lo he mostrado y recomendado a todo tipo de docentes, incluso profesores de universidad. Unas veces la aceptación ha sido instantánea y otras he recibido ligeras muecas de desaprobación, pero la prueba más fehaciente de su competencia didáctica, efectividad y éxito, la he encontrado entre mis alumnos, que año tras año sucumben a su lectura.
Imprescindible en cualquier estantería. Indiscutible cuestión.

P.S.: Asimismo les recomiendo otra de sus obras del mismo estilo, Galileo, el mensajero de las estrellas (editorial Juventud), y deslúmbrense.



martes, 19 de agosto de 2008

Crisis creativas. Novedades veraniegas.








En el día de hoy no me he levantado todo lo despejado que debería, y si a ello le añadimos que, de buena mañana, me han llamado “payaso judío”, este comienzo matutino ha sido de surrealismo puro… Pero en fin, dejando a un lado las pesadillas nocturnas y los disloques de ciertas bibliotecarias, hoy he decidido hacer ciertas críticas sobre la crisis imaginativa (no sólo las hay económicas…) que afecta al mundo del libro-álbum editado en esta España nuestra.
Ayer me di un garbeo por sendas librerías que acostumbro a visitar, más que nada para saludar al personal y ponerme al día de las novedades en tapa dura que presentan muchas editoriales, aunque con el estío, también es cierto que el mundo del álbum ilustrado y derivados queda sumido en una sequía y tenemos que esperar el comienzo del curso escolar para disfrutar de ciertos soplos de renovación. Mientras pululaba por las estanterías y me daba de bruces con nuevos títulos, observé con estupor que la mayoría de ellos no me decían nada, y que otros, en cambio, me sacaban una sonrisa o me hacían pensar en la de historias bonitas que quedan por ser contadas y que nadie cuenta. Vi decenas de libros sobre valores, sobre conocimientos, sobre si aquello está bien o, por el contrario, mal, decenas de libros con moralina, con ilustraciones horrorosas y poco vistosas, en fin… No sé si las editoriales están empapadas de dejadez, si se han vuelto sectarias o están perdiendo el norte… pero la realidad es que, excepto contadas obras que, o bien son antiguas y siguen siendo reeditadas por su gran acogida en el mundo del libro, o bien son novedosas, tienen cierta chispa y cuentan historias cercanas y agradables, lo demás es paja, auténtica paja.
Y entre esas novedades con cierta calidad (por lo menos para mí), destaco las siguientes:

María Gallardo y Miguel Gallardo. María y yo. Editorial Planetacomics.
Rocío Martínez. De cómo nació la memoria de El Bosque. Editorial Fondo de Cultura Económica.
Anushka Ravishankar. Los elefantes nunca olvidan. Editorial Thule
Martin Jenkins y Vicky White. Simios. Editorial Faktoria K de Libros
Luigi Amara y Jonathan Farr. Las aventuras de Max y su ojo submarino. Editorial Fondo de Cultura Económica
Daniel Martín y Ramón Trigo. El monstruo. Editorial Lóguez.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Mitología escandinava y otros cuentos







En estos últimos escritos, creo que he hecho notar mis inclinaciones por el folklore escandinavo. No es que un servidor tenga ascendencia vikinga, ni mucho menos afinidad por lo ario del asunto, pero creo que esta mitología empapa casi toda la cultura europea (dejemos a un lado las zonas bañadas por el Mediterráneo, que beben de otras fuentes, de otras culturas…), hasta tal punto que mucha de la Literatura Infantil y Juvenil actual (y éxito de ventas) está basada, casi exclusivamente, en este tipo de mitos, leyendas y personajes fantásticos… Desde que el señor J.R.R. Tolkien creo El hobbit y El señor de los anillos (obras de las que aún no me he atrevido a hablar en este espacio, más que nada por devoción y respeto), han proliferado, desde los rincones editoriales más oscuros, una serie de "imitaciones" (algunas legibles, otras no tanto) que han abarrotado este mercado de las letras. Y les doy ese apelativo de "imitaciones" ya que, muchas de ellas, denotan, en su afán por innovar, cierta desinformación en cuanto a trabajo previo se refiere… El señor Tolkien, especialista en este tipo de literatura y mitología (no olvidemos su faceta como profesor e investigador), conocía al detalle los pormenores de esta cultura, tan cercana a él; hoy en día, la mayoría de los autores escriben “a lo pavo” -como se dice en mi tierra-: sin preocuparse por los detalles, sin informarse lo más mínimo, haciendo jirones muchos conceptos ancestrales de los que bebe la cultura popular, en definitiva, sin sustancia.
Por ello, en honor a todos esos nuevos autores (a los que, aun así, respeto por ser capaces de conseguir que muchos lean), la sugerencia de lectura de hoy va dedicada a uno de mis libros favoritos, Cuentos suecos (Anaya, 1986), una selección de cuentos de varios autores como E. Beskow, reunidos bajo las ilustraciones de John Bauer, que además de tener un poder narrativo excepcional (ya saben que defiendo la ilustración como una vía de expresión eficaz y compleja), son una exquisitez para la vista que jamás me cansaré de contemplar. Y con sus imágenes les dejo hasta la próxima. Disfrútenlas.

martes, 12 de agosto de 2008

Lecturas veraniegas "sinsentido"


En verano, de vez en cuando, hay que leer, aunque sólo sean esos papelones gigantescos de publicidad que nos remiten las grandes superficies en su afán por convencernos de que esta crisis económica es una milonga más, así que leer, leemos, aunque sólo sean invitaciones como: ¡Bienvenidos a las rebajas! o ¡Gaste menos y compre más!, dos consignas que se unen a otras tantas como ¡Váyase de vacaciones! o ¡Ahorre en su cesta diaria comprando conejo!... Pero, si no fuera por esta publicidad tan propagandística, ¿qué sería de los esos lectores un tanto aviesos que se limitan a leer lo que las pancartas de los aeroplanos colocan en el cielo de la primera línea de playa?... En fin… dejémoslo ahí.
Otros, leemos otras cosas: listados de interminables de nombres y códigos indescifrables, esquelas veraniegas un tanto tristes, carteles de los festivales que llenan los rincones de la geografía española,… leemos hasta libros. Ayer, sin ir más lejos, me leí uno. El título no es muy prometedor, pero la verdad es que, dentro de este panorama nada halagüeño de caras perrunas y tristes expectativas, se agradecen las historias de El pequeño señor Paul. Este título del autor Martin Baltscheit, lanzado al mercado editorial por Anaya este año 2008, es capaz de sacarnos muchas sonrisas y alguna que otra carcajada a través de las mínimas historias de su pequeño y especial protagonista, el señor Paul. Un claro ejemplo de la literatura del sinsentido (nonsense para los anglosajones) que, aunque en ciertos aspectos cojea narrativamente, es capaz de transformar un día malo en un día bueno, eso sí, para conseguir tal efecto, le recomiendo leerlo en su banco favorito del parque, junto a la luz del verano y unos niños jugando.
P.S.: “El comienzo, delicioso” Amparo dixit.

viernes, 8 de agosto de 2008

El calor y los cuentos


Hace un par de años, cuando comenzó esta fiebre por recuperar los planes lectores en todo el territorio nacional, fui invitado a unas jornadas para promover actuaciones factibles dentro del Plan de Lectura -a nivel docente- en las poblaciones de Tomelloso, Argamasilla de Alba y Socuéllamos. He de decir, sinceramente, que guardo un grato recuerdo de aquellas horas entre el profesorado, así como de su receptividad –no siempre conseguida- frente a las propuestas que un servidor hacía para lograr uno de los puntos básicos de estos planes lectores: acercar la literatura a cada una de las áreas del currículo.
Estas jornadas estaban dirigidas a las tres partes contratantes del Plan Lector: el alumnado, los docentes y las familias. Todos recibieron formación, se aproximaron al mundo de la palabra y tomaron con ilusión este nuevo reto.
Además de un servidor, allí acudieron otros profesionales del mundo de la literatura, el cuento o, sencillamente, de la palabra. Entre rapsodas, escritores y otros artistas, destacaba un cuentacuentos cubano, Koldo (muy conocido por estos lares), formado en el mundo radifónico de su país y, desde su llegada a España, encantador de sones y vocales. Con él, descubrí el poder de una de las recopilaciones de cuentos clásicas que siempre había aparcado (¡cuán es el poder de las buenas o malas ediciones!), Cuentos al amor de la lumbre, un conjunto de relatos populares españoles recopilados por Antonio Rodríguez Almodovar (Premio Nacional de Literatura).
Son infinidad de cuentos los que se recogen en esta obra compuesta por dos volúmenes (por lo menos en su edición más clásica –Anaya-), y que resultan muy cercanos, tanto al público infantil, como al adulto.
Una vez leí que el cuento, así como el relato breve, son géneros literarios muy adecuados para acercar las letras a los niños y jóvenes, quizá por su brevedad, su simplicidad, su mensaje concreto o su lenguaje, y puede que sea cierto…

jueves, 7 de agosto de 2008

Cuentos a las orillas del Amur


Ya sabes, amigo lector, de mis quejas sobre lo evanescente que resultan las ediciones de ciertas obras de LIJ, más que nada porque dificultan mi tarea, como lector en primer lugar, y como comentarista y prescriptor de lectura, en segundo término (uno no puede realizar buenas recomendaciones si no están al alcance del público.


Durante este mes que ocupa nuestro tiempo y una vez creado el antecedente con los Cuentos Populares Rusos y Cuentos de la Alhambra, he decidido honrar otra recopilación de cuentos que abarrota muchas baldas y tantas escuelas. Prepárense para viajar a lo largo y ancho del orbe, adentrándose en la fantasía de las palabras y las historias mínimas que hemos ido hilando de abuelos a nietos y de padres a hijos. 



Ojeando la estantería que alberga mis pequeños tesoros durante esta calurosa tarde de agosto, he dado con uno de mis títulos favoritos Cuentos del río Amur, del autor siberiano Dmitri Naguishkin
 (Anaya, 1987), uno de esos libros que todavía sigue siendo un imprescindible en la Rusia ex-soviética y que no desmerece a otras como las anteriormente señaladas. Si a ello añadimos las ilustraciones de Guennadi Pavlishin, autor que gano la Bienal Internacional de Bratislava gracias a unas imágenes con mucho "art nouveau" e influencias de otros artistas rusos como Iván Bilibin o Nikolai Roerich , esta colección constituye un canto a la naturaleza y a las formas de vida ancestrales.



Aparte del cariño que profeso a este volumen por su valor sentimental y sus excelentes ilustraciones, con las que les pido se deleiten mientras leen esta reseña, he de decir que los relatos que reúne son de una amplia variedad, desde los que enseñan los pormenores de la vida –El anillo de oro-, hasta los que explican fenómenos naturales –De cómo intercambiaron sus patas los animales- e incluso los viajes iniciaticos –El valiente Azmún-. 




Además de la calidad de los cuentos destaca el glosario de términos propios de la región siberiana donde se desarrollan la mayor parte de los relatos, enriqueciendo de este modo al lector y haciendo innecesaria la traducción –probablemente incorrecta- de términos ajenos en estas latitudes. Y en estos días de aire mediterráneo abrasador, aléjese a otros parajes más frescos, recorra la taiga, cace martas cebellinas, talle barcos en la corteza caída de los abedules y déjelos navegar sobre las aguas del Amur.


miércoles, 6 de agosto de 2008

Cuentos desde Granada



A Mercedes

Ahora ya nadie lee cuentos. Ni niños, ni adultos, ni maestros, ni catedráticos, ni pijos, ni punkis… Eso sí, contarlos, los contamos todos. ¿Será porque es más fácil inventarlos que leerlos? Creo que no, los cuentos son más que mentiras bien hiladas: los cuentos nos evaden a otros mundos, nos transportan a otros momentos, aprendemos de ellos y nos llenan el espíritu.
Los cuentos nacieron en sus bocas, vaciaron su contenido en sus orejas, se enriquecieron con el pasar de los años, con la imaginación de todas las palabras del mundo y con el saber de los pueblos, de las generaciones olvidadas.
Algunos se perdieron, pero otros llegaron a este tiempo, y son esos, los cuentos que hoy viven, los que han dado ser a toda la Literatura actual, a los miles de títulos que encierra el mundo editorial (si le interesa saber mucho más de estas cuestiones más profundamente, le recomiendo a Vladimir Propp, y éste, a su vez, le remitirá a los Cuentos Populares Rusos –A. N. Afanasiev-). Por todo esto defiendo el cuento como arma de conocimiento, como punto de partida para conocer nuestra “cultura popular”, para introducirnos lentamente en la “alta cultura”, como si de autores románticos se tratase. También abogo por el cuento como utensilio pedagógico de primera magnitud que, alejado del paternalismo, enseñe el saber acumulado en las letras, en las palabras durante cientos de años.

Y hablando de cuentos, y escribiendo estas palabras desde las proximidades a la calle Elvira de la ciudad de Granada, una recomendación de lectura veraniega, Cuentos de la Alhambra de Washintong Irving…, y déjese seducir por el viento que sopla desde el Veleta, acérquese al Albaycín, recorra el empedrado de su trazado laberíntico, asómese al Darro y encuentre a esa chica, la rubia, la que tiene los ojos tan bonitos como las ventanas de la Alhambra.

viernes, 25 de julio de 2008

Imagina...



Imagina que un día, harto de andar por este terrible mundo, te topas con un sinfín de cosas hermosas. Imagina que encuentras agua en medio de un desierto infinito. Imagina que la vida es un paseo sobre baldosas de cientos colores. Imagina que yo soy tú y tú eres yo. Imagíname boca abajo y yo te imaginaré boca arriba. Imagina la navidad soleada y un verano en claroscuro. Imagina un pastel como tú de grande y una boca para comerlo. Imagina cuentos para cada noche, para contármelos mientras duermo. Imagina que eres astronauta, escritor o carpintero. Imagina que vives adentro de un gran huevo. Imagina que volamos arrastrados por el viento, como las cometas, por todo el firmamento. Imagina que corres por tus sueños. Imagina que ganas una carrera de caracoles. Imagina aquello, otra cosa o esto. Imagina que sonríes doce horas de tu tiempo. Imagina que no tienes nariz, que tus ojos son dos melones y que mi risa es un concierto. Imagino que trepamos por las nubes, por el cielo. Imaginas que caemos sobre montones de yerba y nos pica todo el cuerpo. Imagina que imaginas y serás libre por un momento.

martes, 22 de julio de 2008

Animales por San Antón




Recuerdo aquellas tardes de San Antón cuando era un escolar. El colegio nos premiaba con la tarde sin asistencia y acudíamos al asilo. Era toda una romería de gente portando jaulas, de perros sin collar y alguna que otra tortuga a la greña con ciertos felinos. Por no hablar de las bendiciones pastorales, esos enormes barquillos y los dátiles que vendían en la entrada. Tradiciones y festejos, lo que le gusta al español. Niños y abuelos, imprescindibles en cualquier jarana, ¡y animales!, que no falten animales, de los que hablan y de los que ladran, de los que maúllan y de los que trinan… Y hablando de animales, en un día como hoy, la consideración bibliográfica no podía dedicarse a otros menesteres.
Los animales, tamaña cuestión en cualquier libro infantil que se precie, dotan al libro de cierta fantasía y misterio, más todavía, si la fauna a mencionar es algo exótica y necesitamos acudir a Zimbawe o a las cordilleras andinas para disfrutar de ella en libertad. En el mercado podemos encontrar libros de animales por doquier: de murciélagos, hienas, elefantes, cebras, jirafas, cerdos, papagayos, koalas y canguros, de monotremas, cefalópodos, osteíctios, celentéreos y gusanos, también de abejas, ovejas y algún que otro animal nocturno. Ratones, ratas, tejones y un sinfín de familias zoológicas pueden aparecer de entre las páginas de cualquier relato dirigido al público infantil y juvenil. Hasta de gorilas. Sí, lee usted bien, de gorilas también hay unos cuantos, a destacar los escritos e ilustrados por Anthony Browne (ya hablé de él hace un tiempo, cuando trate El libro de los cerdos). Browne está obsesionado con ellos. Enamoradísimo de los primates, estos parientes peludos (no más que algunos) e inteligentes (algunas veces más que otros, supuestamente superiores en el experimento evolutivo), este autor les ha dedicado numerosos títulos (Willy el tímido, Me gustan los libros, Las pinturas de Willy,…), pero si debo escoger uno de ellos, elijo Gorila.

A Ana le gustaban mucho los gorilas. Leía libros sobre gorilas. Veía programas en la televisión y dibujaba gorilas. Pero nunca había visto un gorila de verdad.
Su papá no tenía tiempo para llevarla a ver gorilas al zoológico. Nunca tenía tiempo para nada.

Así comienza una historia que se repite en muchos hogares, donde los cambios sociales y la imposibilidad de conciliar la vida laboral con la familiar acusan la soledad de niños como Ana…, aunque también es cierto que existen algunos gorilas encantados de tener una hija como Ana… Je, je, je. Léanlo.
Como sugerencia de lectura juvenil (quizá algo complicada) recomiendo Mi familia y otros animales –Gerald Durrell-, que ya va siendo hora de que algunos adolescentes, además de utilizar los dedos para aferrar los mandos de control de la Play Station®, los utilicen para pasar las páginas de un libro luminoso, primaveral (Enriqueta, gracias por ambos calificativos), divertido y de gran despliegue etológico.
Y sin más preámbulos, me voy a disfrutar de una cerveza.

viernes, 18 de julio de 2008

Málaga, Alberti y el mar




Después de unas vacaciones (creo que merecidas), he regresado a este espacio un tanto subversivo (como toda la Literatura Infantil...) y, como no podía ser menos en esta época veraniega, mi vuelta tiene cierto aire marino, costero, con sabor a moraga y espeto de sardinas, salitre y jazmín... A todo eso me sabe Málaga, además de a otras muchas cosas menos sabrosas, claro está...
Este gusto malagueño que se me ha adherido al paladar, ha sido algo especial, con un poder casi aperitivo de una nueva etapa que deshojar. Los viajes son así: sinuosos, inesperados, escondidos... como cualquier camino trazado al azar que hace y deshace tu propio sino. Durante el viaje aprendes de la senda, de los demás y de uno mismo. Somos pupilos de un mundo infinito: cada tropiezo es un paso, y cada piedra, el camino; un recorrido del que aprendemos.
Y si me preguntan sobre Málaga diré que en ella he aprendido sobre corrientes marinas, de corazones dolidos, de epitafios antiguos, he recorrido Francia desde sus costas fenicias y he hilado cientos de sonrisas llenas de sol.
Y haciendo gala de la figura estilística de ese lenguaje acuñado en tierras malacitanas, la hipérbole descriptiva, remito a las palabras de Rafael Alberti para, en un intento de pasión folclórica, agradecer este viaje, prefacio de los que vendrán.

El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!

¿Por qué me trajiste, padre,
a la ciudad?

¿Por qué me desenterraste
del mar?

En sueños, la marejada
me tira del corazón.
Se lo quisiera llevar.

Padre, ¿por qué me trajiste
acá?

jueves, 10 de julio de 2008

Regalos

Regalar nunca está de más, sobre todo cuando encuentras aquello que puede originar cierta sorpresa e ilusión.
No nos engañemos, regalar es fácil, lo verdaderamente difícil es dar con un buen regalo, por este motivo, uno es partidario de regalar sólo cuando hallas el objeto que anime a la ilusión.
Muchos creerán que estas fechas de sosiego y descanso no son muy propicias para estar regalando, sino más bien para estar gastando la paga extraordinaria en otros menesteres más egoístas, como puede ser aparcar el cuerpo en una soberbia tumbona, untarse hasta el duodeno de pringue con olor a zanahoria o pillando unos súbitos mareos a lomos de cualquier crucero transmediterráneo. Yo soy de esos pocos que regalan en estas fechas, será por expurgar el espíritu y hacerlo rebosar de pensamientos menos grises que los que he tenido en pasados días (¡maldita oposición…!), así que, ayer, sin comerlo ni beberlo, dí con dos estupendos regalos, y hoy, de buena mañana, los he entregado a sus dueños (siempre he pensado que los buenos regalos ya tienen propietario, son como los perros perdidos que los encuentra un amigo).
El primer regalo a sido para Rosa, la que sueña, y qué mejor regalo que El sueño de Pablo, de Antonio Ventura y Pablo Auladell (Editorial Los cuatro azules), donde los sueños alcanzables y la realidad se cogen de la mano en las palabras de un niño que se enfrenta al mundo adulto desde una perspectiva sencilla que aupa sus deseos más inmediatos.
El segundo regalo lo he encontrado para Amparo, que le encantan todas las letras del abecedario: ABC3D de Marion Bataille –Editorial Kókinos-. Para ella este recorrido por el alfabeto en forma de libro álbum desplegable de pequeño formato y renovados aires, donde la “A” se escapa del papel y la “S” gira sin parar buscando una nueva forma de enseñar la magia de las letras, verdaderos ladrillos de la palabra.

miércoles, 9 de julio de 2008

Miedo y Poe


Una vez, en la lúgubre media noche, mientras meditaba débil y fatigado sobre el ralo y precioso volumen de una olvidada doctrina y, casi dormido, se inclinaba lentamente mi cabeza, escuché de pronto un crujido como si alguien llamase suavemente a la puerta de mi alcoba.
«Debe ser algún visitante», pensé. ¡Ah!, recuerdo con claridad que era una noche glacial del mes de diciembre y que cada tizón proyectaba en el suelo el reflejo de su agonía. Ardientemente deseé que amaneciera; y en vano me esforcé en buscar en los libros un lenitivo de mi tristeza, tristeza por mi perdida Leonora, por la preciosa y radiante joven a quien los ángeles llaman Leonora, y a la que aquí nadie volverá a llamar.
Y el sedoso, triste y vago rumor de las cortinas purpúreas me penetraba, me llenaba de terrores fantásticos, desconocidos para mí hasta ese día; de tal manera que, para calmar los latidos de mi corazón, me ponía de pie y repetía: «Debe ser algún visitante que desea entrar en mi habitación, algún visitante retrasado que solicita entrar por la puerta de mi habitación; eso es, y nada más».
En ese momento mi alma se sentía más fuerte. No vacilando, pues, más tarde dije: «Caballero, o señora, imploro su perdón; mas como estaba medio dormido, y ha llamado usted tan quedo a la puerta de mi habitación, apenas si estaba seguro de haberlo oído». Y, entonces, abrí la puerta de par en par, y ¿qué es lo que vi? ¡Las tinieblas y nada más!

Escudriñando con atención estas tinieblas, durante mucho tiempo quedé lleno de asombro, de temor, de duda, soñando con lo que ningún mortal se ha atrevido a soñar; pero el silencio no fue turbado y la movilidad no dio ningún signo; lo único que pudo escucharse fue un nombre murmurado: «¡Leonora!». Era yo el que lo murmuraba y, a su vez, el eco repitió este nombre: «¡Leonora!». Eso y nada más.

Vuelvo a mi habitación, y sintiendo toda mi alma abrasada, no tardé en oír de nuevo un golpe, un poco más fuerte que el primero. «Seguramente -me dije-, hay algo en las persianas de la ventana; veamos qué es y exploremos este misterio: es el viento, y nada más».

Entonces empujé la persiana y, con un tumultuoso batir de alas, entró majestuoso un cuervo digno de las pasadas épocas. El animal no efectuó la menor reverencia, no se paró, no vaciló un minuto; pero con el aire de un Lord o de una Lady, se colocó por encima de la puerta de mi habitación; posándose sobre un busto de Palas, precisamente encima de la puerta de mi alcoba; se posó, se instaló y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano, por la gravedad de su continente, y por la severidad de su fisonomía, indujo a mi triste imaginación a sonreír; «Aunque tu cabeza -le dije- no tenga plumero, ni cimera, seguramente no eres un cobarde, lúgubre y viejo cuervo, viajero salido de las riberas de la noche. ¡Dime cuál es tu nombre señorial en las riberas de la Noche plutónica!». El cuervo exclamó: «¡Nunca más!».
[…]

Ante las crisis de creatividad, disfruten del miedo. Edgar Allan Poe nos lo regaló en forma de cuervo.

lunes, 7 de julio de 2008

Hablemos de...





… Animación a la lectura… ¿O no?... Quizás deberíamos hablar de libros, de lectura o de cualquier cosa que esconda una hoja de papel.
Los maestros (y profesores, incluyo esta denominación por consideración y respeto a algunos) a veces nos olvidamos de hablar con nuestros alumnos, generalmente de todo aquello que no sean contenidos, pruebas escritas, trabajos y calificaciones, y particularmente de la bonita sonrisa que trae a clase Rocío, de la cara larga de Miguel, del resultado del último partido de fútbol televisado… y de libros… Hablamos muy poco de libros.
La semana previa a estas -divinas y deseadas- vacaciones, un servidor, apenas tenía fuerzas para desgañitarse frente a una peligrosa jauría de adolescentes, así que, haciendo alarde de mi bagaje como lector y aficionado a la Literatura Infantil, decidí hablar de libros.
Como tema de la conversación, elegí las diferencias entre los géneros –léase masculino y femenino- (¡que expresión tan políticamente correcta, para referirse a “la lucha de sexos”!) y para introducir el debate, de entre los títulos que conforman mi biblioteca (Breve inciso: probablemente, mi colección bibliográfica y el polvo que acumula, entre otros, van a ser las causas de una emancipación temprana…), seleccioné El libro de los cerdos (algún día hablaré de Anthony Browne, una asignatura pendiente), Arturo y Clementina -Adela Turín & Nella Bosnia, Editorial Lumen- (un clásico inexcusable) y La recta y el punto -Norton Juster, Editorial Fondo de Cultura Económica- (todo un descubrimiento).
Los tres títulos se adentran en las relaciones personales de un modo diferente, e incluso, podríamos ubicarlos bajo el denominador de trilogía (gracioso pero factible).
La recta y el punto nos acerca al comienzo de una relación, a la casi mitificación del otro. El enamoramiento juvenil, fresco, y la lucha por el éxito amoroso, encabezan este experimento literario donde se presentan las dos caras opuestas: el respeto a los sentimientos y la pasión y lo engreído e indeseable de la pareja.
En un segundo lugar, la historia nos muestra una relación joven, medianamente consolidada, afectiva en un principio y transformada en prisión al final. Clementina quiere sentirse realizada, ser útil, vivir en pareja una vida libre, pero Arturo no entiende sus pretensiones e incluso menosprecia sus capacidades, por lo que decide construir una jaula hermosa, pero opaca y hermética, que encierre la libertad de Clementina.
La última historia encierra una realidad cotidiana. La señora De La Cerda es la encargada de realizar las tareas de un hogar en el cual su invisibilidad es palpable y sus necesidades y trabajo no son tenidos en cuenta ni valorados, por lo que decide castigar la actitud despótica de su familia con el abandono y la desidia (Como apunte, valorar la maestría de Anthony Browne para captar la atmósfera de la historia: excelente, casi mágica).

Como colofón, urge comentar que, bajo una perspectiva femenina (que a veces roza el feminismo), podríamos decir que, la autoestima de la mujer es la constante más palpable en las tres obras (no tan acusada en la primera de ellas).
Y sí, al final conseguí que hablásemos de libros.

jueves, 3 de julio de 2008

El libro triste


Una tarde, disfrutaba paseando entre las calles que forman las estanterías de la sección infantil de la Biblioteca Pública de mi ciudad, Albacete, cuando de repente, mis ojos chocaron con un lomo de color miel. Lo leí:
“Blake… El apellido que lo dice todo… Rosen… ¿Rosen?... ¡Rosen! El de “Vamos a cazar un oso”… ¿Y el título?... A ver… “El libro triste”… Prometedor, muy prometedor.”
Lo saqué con cuidado del estante, tomé asiento en una de las minúsculas sillas y comencé mi lectura. Fue un momento extraño, diferente, silencioso e íntimo, de esos lapsos de tiempo que hacen especial una lectura, que convierten al libro en protagonista, y este lo fue… Me abrumó la soledad que transmitían las palabras, sus ilustraciones. La carga de sinceridad fue tan pesada que oprimió mi corazón, inmóvil bajo un yunque de tristes pensamientos.

A veces la tristeza es muy grande. Está por todas partes. Me envuelve. Y no puedo hacer nada para evitarlo. […] A veces estoy triste sin saber porqué. […] Quizá sea porque las cosas ya no son como eran hace unos años. Como mi familia, que ya no es la que era hace unos años. Así que lo que pasa es que dentro de mí hay un sitio triste, porque las cosas ya no son como antes. […]

Pero aunque la tristeza envuelva una gran parte de esta hermosa historia autobiográfica y alguna tímida lágrima se esboce en el párpado, queda un resquicio para la esperanza, una parte amable que nos invita a hacerle frente a esa emoción que a todos nos apoca alguna vez:

Pero a veces me sorprendo a mí mismo mirando cosas: gente en la ventana, una grúa y un tren lleno de gente… […] Y los cumpleaños… me encantan los cumpleaños. No sólo el mío, también el de los demás. […]

Uno de mis libro-album favoritos y un ejemplo extraordinario de la buena conjunción entre imagen y texto, interdigitados en pro de una obra de gran redondez (Nota de humor: ¿Acaso mi vocabulario podría ser más periodístico?... Creo que estoy perdiendo la capacidad de expresarme con corrección… Definitivamente: no sé usar ésta, la lengua más hermosa del orbe, el castellano… Triste tristeza…).