lunes, 20 de mayo de 2019

Buscando la identidad



Se acerca el final de curso y no hay nada mejor que los trabajos en grupo para terminar de salir loco. Con tanto ruido (¡Nenes! ¡He dicho “colocad las mesas por grupos”, no que provoquéis un terremoto!), tanta cartulina y lápices de colores (la cuestión es usarlos todos sin excepción), tanto ordenador portátil (¿Me habéis visto cara de informático?), tanto “lettering” (estas chicos de hoy día siguen tan puestos en caligrafía y rotulación como los de antaño), tanta cartulina y tanta enciclopedia, uno pierde la conciencia.


Si a ello unimos los efluvios corporales que van llenando las aulas, la cosa es para caerse en redondo y despertar amnésico… ¿Quién soy? ¿Qué ha pasado? ¿Y ese tufillo tan extraño? ¿Dónde decís que estoy? ¿Extraterrestres o caminantes blancos? ¿Vais a fagocitarme?... Sacudo la cabeza como los canes y me despejo de tan peliagudo asunto mientras mis alumnos siguen a lo suyo (por ellos, como si aparece por la puerta el mismísimo ejército de Anibal…).


A veces tampoco hace falta mucha mandanga para perderse, pues es un ejercicio la mar de saludable pensar (de vez en cuando, claro está, que tomar las cosas con vicio puede tener un efecto muy nocivo) en nosotros, dejarnos llevar por cuestiones profundas, tenernos en cuenta. Unos lo llaman meditación y otros calentarse la cabeza, pero los resultados son similares. Y si además nos ayudamos de un libro como el de hoy, el producto seguro que incluirá más de una sonrisa.


¿Quién soy yo? de Paula Vásquez y editado recientemente por Loqueleo Santillana, se interna en ese juego del existencialismo. Como ya hemos apuntado en otras ocasiones, el tema de tomar consciencia de quien es uno mismo a través de los juegos de páginas es una constante en la literatura infantil de prelectores y primeros lectores.
Bien intercambiando solapas, bien añadiendo características de diferentes personajes, bien mutando la fisionomía de un personaje –recurso en el que se basa este libro-juego-, el lector no sólo identifica lo que estaba buscando (recordemos que nos lo pasamos como enanos con los equívocos), sino que ve su propio reflejo en ese proceso de cambio.


Es así como el animal fantástico que protagoniza esta aventura sobre el papel, nos invita a adentrarnos en nuestro subconsciente de una forma fantástica, imaginativa e incluso paródica, tanto es así que algunos lectores claman en voz alta, dialogan con él, como el niño que clama entre la muchedumbre que el emperador va desnudo. Nos reímos con él, de él, de nosotros mismos, y eso, oíganme, es un regalo.

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