miércoles, 8 de mayo de 2019

Películas del oeste y duelos al sol



Si les digo que los niños de los ochenta hemos mamado mucho western no les miento. Si nuestros padres acudían a las sesiones matinales de los cines para disfrutar con las de indios y vaqueros, nosotros nos zampábamos con patatas esas mismas películas unos cuantos años después, pues eran las cadenas televisivas las que nos regalaban sobremesas de tiros y flechas.
John Wayne, Tom Ford, Henry Fonda, Robert Mitchum, James Stewart o Clint Eastwood nos amenizaban la tarde después de las consabidas series animadas (¿Y esta cosa tan sana por qué se habrá perdido?). Yo pensaba que mi padre era un pesado de tomo y lomo, pues algunas las habíamos visto cinco o seis veces (¡Y las que nos quedaban…!), pero el caso es que algunas tenían su aquel como La diligencia, Centauros del desierto, El bueno, el feo y el malo, Raíces profundas, Río rojo, o Dos hombres y un destino.


Aunque yo puse un punto y aparte al cine del oeste tras El jinete pálido, pues esa escena en la que la niña lee el Apocalipsis me pareció sublime (les transcribo el texto al final), en los noventa y primeros dos mil pudimos ver algunas buenos largometrajes de este género (¿Han visto o Deuda de honor o Valor de ley?), que se quedó un tanto obsoleto, bien porque se había asociado erróneamente al machismo, bien porque abogaba por la defensa del imperialismo estadounidense, cuestiones estas que han obligado a dar un giro al cine social con ejemplos como Bailando con lobos, Sin perdón, o Desapariciones.


Así llego hasta el libro de hoy, uno que se convierte en un claro homenaje al cine del lejano oeste de la mano del siempre genial Manuel Marsol, un autor que en muchas ocasiones se deja llevar por sus recuerdos de infancia, algo en lo que coincidimos plenamente. Duelo al sol (editorial Fulgencio Pimentel), un álbum ilustrado sobre el que ya llamé la atención en esta selección de libros y que toma por nombre el del western clásico protagonizado por Gregory Peck que se basa en el clásico relato bíblico de Caín y Abel (me encanta este guiño… sigan leyendo), nos cuenta el clásico enfrentamiento entre las diferentes facciones humanas.
Un riachuelo. A un lado un indio, supongo que sioux (ya saben que Hollywood ha reducido a un puñado las tropecientas tribus de americanos nativos). Al otro un vaquero. Se baten en duelo. Uno tensa el arco, el otro prepara el revólver. Pero, ¡vaya! Siempre pasa algo que rompe la magia del momento. Una serpiente, el tren, el amor equino o un bisonte, siempre hay una excusa para encontrarse al día siguiente.


Es así, como en este juego de primerísimos planos y  planos generales (los más utilizados en estas cintas), Marsol nos presenta con mucho humor y cierta parodia, los comportamientos del ser humano. Establece con nosotros un diálogo absurdo que nos hace pensar sobre las diferencias entre los individuos dejando al lado el belicismo que cabría esperar en un territorio nuca explorado hasta ahora en el género del álbum.



Se lo recomiendo a manos llenas, no sólo para niños, esos que verán en él un mundo un tanto vintage pues el western ya está cayendo en los trasteros de la cultura popular, sino a todos aquellos adultos que se atrevan a buscar sentimientos que conecten su pasado y presente.
Por cierto, lleguen hasta más allá de los créditos de este libro con mucho sketch, pues los “bonus track” les aguardan con una muy humana risotada final. Léanlo, regálenlo.


"Y contemplé un caballo negro. El que lo montaba llevaba en las manos un par de balanzas. Y escuché una voz que decía: “Una medida de trigo por un centavo y tres medidas de cebada por un centavo. De este modo no estropearás ni el aceite ni el vino”. Y cuando él hubo abierto el cuarto sello oí la voz de la cuarta bestia decir: “Ven a ver”. Y yo miré. Y contemplé un caballo pálido y el nombre de su jinete era la muerte. Y el infierno le seguía.”


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