lunes, 7 de octubre de 2019

De bestias y otras soledades



A veces veo muertos. También vampiros, fantasmas, zombis, enanos y brujas. Tantas cosas veo que a veces me es difícil distinguir realidad de fantasía. Como lo oyen, llego a confundir términos que no debería… Ya saben que los niños eternos como yo, nos dejamos llevar por lo fantástico y nos es difícil volver a pisar la tierra (¿Será por las alas? ¡Qué bien se está en Nunca Jamás!).
No diré que ser crédulo no nos vaya a acarrear algún que otro malentendido, pero prefiero mis espejismos y visiones, a tener que estar todo el día desenmascarando lo imposible e imaginario. Es bonito pensar que un monstruo nos roba el postre, que nos hemos enamorado de un vampiro o que la vecina es una bruja mala (que se lo digan a las de Valencia).


Lo verosímil depende, no sólo de las pruebas o del rigor científico, sino de lo que cada uno queramos creer (tranquilos, que no me pondré filosófico), de uno mismo y sus necesidades vitales (ya saben que un servidor se inventa lo que le conviene, que para eso es dueño de su existencia). Es por esto que me parece fabuloso que la gente haga por insuflar vida a sus monstruos e ideas, una especie de catarsis para sobrellevar mejor los días y sus contratiempos, para hacerle frente a los miedos, deseos, e incluso la soledad, algo que sucede en el libro que les traigo hoy.
Este otoño sale a la luz La bestia del señor Racine, uno de esos libros de Tomi Ungerer, el genio del álbum que nos abandonó hace unos meses, que nunca se había publicado en castellano. Este libro del año 1971 que edita Blackie Books, nos presenta una historia ambientada en Francia en la que un hombre que cultiva peras ve alterada su tranquila vida por la aparición de una extraña bestia en su huerto.


La relación entre el señor Racine y esa extraña criatura roba-peras se hace cada vez más estrecha, algo que el curioso señor Racine aprovecha para investigar más a fondo a este ser. Toma anotaciones, lo mide y busca información acerca de él, hasta el punto de ser invitado a presentarlo ante la sociedad científica de París.
El desenlace no tiene desperdicio, no sólo porque incluya una sorpresa final bastante entrañable, sino por las consecuencias que tiene, así que, ya saben... Aunque todas las ilustraciones tienen su aquel y contienen muchos de los recursos del gran Ungerer (fíjense en cómo muchas figuras entran y salen de los marcos proporcionando dinamismo a la escena e interactuando con el universo del espectador), destaco la imagen a doble página en la que la muchedumbre parisina ve alterada sus vidas por culpa de la bestia. Llena de detalles que encantarán al lector (ese gendarme sin mano y el paraguas clavado en el cráneo de un señor, me vuelven loco) es una escena que pone en evidencia ese carácter subversivo de la Literatura Infantil, que hace posible lo imposible y rompe ese mundo reglado por los adultos a golpe de fantasía... y bestias.



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