miércoles, 29 de abril de 2020

Renacer




Dejando atrás el tirón de orejas del lunes, me asomo por la terraza y veo unos cuantos niños con sus respectivos padres danzando entre los árboles del parque (Sí, he tenido mucha suerte. No veo el mar pero al menos puedo respirar y sentir el sol sobre la piel). Primero fue el trino de los pájaros y ahora las voces infantiles. La cosa progresa adecuadamente. Esperemos que no se trunque de golpe y porrazo.


Dejo la mirada perdida y empiezo a cavilar. Si estos dos meses se nos han hecho eternos a los adultos, cómo habrá sido para ellos. No puedo ni imaginármelo. Seguramente cuando pase el tiempo y si la situación no se repite (que todavía tengo mis sospechas al respecto), no quedará ni el más mínimo atisbo de ello, pero hoy por hoy, son muchos los que siguen preguntándose “¿Qué pasa aquí?”


Es lo que se desprende de los mismos gestos y palabras que se escuchan cuando un niño vuelve a tomar los parques y las calles. El brillo vuelve a sus ojos. Es como si el viento fresco, las caricias del sol, avivasen un espíritu que ha ido mermando todas estas semanas. Sensaciones que me traen a la memoria multitud de situaciones y personajes de la Literatura Infantil como el renacer de Campanilla o cuando los niños de La materia oscura son separados de sus daimonion. Hay algo mágico en esos momentos.


Lo hermoso de reencontrarse con lo cotidiano, cuando la vida vuelve a nosotros inesperadamente, es un instante único. Porque a pesar de que cada uno vive con unas circunstancias diferentes, todo se resume a la misma cosa, el tiempo que disfrutamos de lo que deseamos, en definitiva, de lo libertario.
Perder, encontrar, renacer… Ese es nuestro devenir constante desde la niñez, el que nos lleva por los derroteros más insospechados de esa aventura extraña que es nuestro día a día. Y así, con actividades ordinarias que se convierten en extraordinarias continuamos la semana gracias al buen hacer de Imapla (Inma Pla para los conocidos) y la editorial Océano Travesía, que esta vez nos sorprenden con Lola y Peret (sí, sí, como dos genios del flamenco), un par de personajes entrañables que disfrutan de lo real y lo imaginario a partes iguales.


En Lola: tooodo un día en el zoo, nuestra protagonista visita el parque zoológico durante el día. Elefantes, jirafas y gorilas hacen las delicias de la niña hasta que se pone a llover y su madre tiene que llevarla a casa para continuar arropada por esos mismos animales entre las sabanas para construir sueños imposibles.
En Lola y Peret: tooodo el día en el circo, Lola se ha hecho mayor y tiene un hermano pequeño. Su madre los lleva al circo para que disfruten de los acróbatas, del hombre-bala o del forzudo. La función termina y tienen que volver a casa donde, creyéndose artistas, se ponen a juguetear con la cena…


Ambas historias se nos presentan como libros acordeón que por un lado se pueden contemplar como escenas aisladas, pero por otro permiten experimentar la continuidad del tiempo. Además, la siempre detallista autora, interviene la última escena del día con un elemento troquelado (la puerta: elección simbólica y maravillosa), para abrir un universo en el que la imaginación se abre camino en dos narraciones donde los detalles escondidos y el contraste entre los colores y las formas básicas dicen muchísimo.

lunes, 27 de abril de 2020

Batallas interminables



Ya les advertí al comienzo de esta cuarentena que gracias al dichoso virus nos íbamos a preguntar muchas cosas. Y les he de decir que no me equivocaba porque, si algo ha puesto de manifiesto este microorganismo es que el español solo entiende de sí mismo. Lejos de acidificar el medio (ya saben que el pH es lo mío) les hago saber que no es una característica exclusiva del Homo hispaniolensis (Atención, periodistas, para el que no lo sepa, el nombre científico de una especie está constituido por dos latinajos en cursiva, de los cuales sólo el primero va en mayúscula), sino que puede hacerse extensivo a otras especies de la estupidez animal.


Si no teníamos bastante con las decisiones que la subespecie politiquensis ha llevado a cabo durante todo este tiempo (¿Dónde están los test? ¿Y las libertades constitucionales?), ni con las mierdas que los periodistas se marcan desde sus respectivos medios propagandísticos y mesiánicos, desde ayer nos han empezado a soltar a la calle… ¿Que cómo ha ido la vuelta al cole? Fatal, señores. Toda una catástrofe. Y les digo otra cosa: Ustedes sigan, que nos vamos a cagar, no sólo por el COVID-19, que también, sino porque ese modus vivendi que tanto gusta a los españoles se va a TER-MI-NAR.
Esta era la razón por la que yo no quería palmas de a ocho, tampoco quería escuchar frases como “Somos una piña” o “Juntos ganaremos el pulso a este virus”, ni mucho menos sufrir el Resistiré hasta en la cola del supermercado (“¡El Dúo Dinámico! ¡Qué par de visionarios…!” Decía el abuelo de al lado). Se nos llenaba la boca de solidaridad y fraternidad, pero nadie se acordaba de lo cainitas que somos en este país.


Queridos lectores, llevo desde el 14 de marzo encerrado y a pesar de no estar en contacto con nadie, tengo bastante con el vecindario. Desde mi balcón he constatado todo tipo de acciones y comentarios que denotan una apabullante falta de respeto y sensatez hacia nuestros iguales. Está el que se dedica a insultar a todo quisqui desde el balcón (¿Se acuerdan de aquellos que denunciaban a los vecinos en la Guerra Civil? Pues ya saben...), el otro invierte sus horas paseándose con una barra de pan bajo el brazo. También los hay que se quejan amargamente de los maestros y sus abandonadas criaturas (aunque ayer le vinieran de puta madre para chafardear con los parroquianos), los que nos recuerdan durante todo el santo día el apocalipsis (¡Por vosotros nos hemos contagiado! ¡Por vosotros nos hemos quedado sin papel higiénico!... ¿Y por ti, cacho cabrón, qué ha pasado?), el típico que lo único que desea es aburrir al personal con un altavoz y sus gustos musicales (pero que el de arriba no se ponga a saltar a la comba, ¿eh? ¡Eso si que no!), y los que dan ejemplo de civismo coronavírico pero están a pique de cargarse a la parienta a palos.


No pasa nada, todo vale y aún nos queda mucha miseria que ver pues cualquier batalla es susceptible de forjarse en una situación como esta. Aunque la verdad es que yo siempre prefiero otro tipo de contiendas más amables. Como por ejemplo la que acontece en el último libro de la editorial catalana Sd.Edicions. En él, además de un montón de personajes de cuentos clásicos como los tres cerditos, los músicos de Bremen o la princesa y el sapo, Maria Pagès, la autora de La batalla interminable -que así se llama este álbum sin palabras inspirado por el mago de la transformación, Michel Ocelot-, se sirve de un lugar mágico que habita la anatomía del objeto libro (la divisoria de la doble página), para cambiar la fisonomía de todos aquellos que atrevan a cruzar de una página a otra, y crear así un elemento narrativo y fantástico que siempre está pero que nunca tiene mucho protagonismo, e incluso se evita.

jueves, 23 de abril de 2020

¡Feliz Día del Libro con una selección temática!


Supongo que ya se habrán enterado de que hoy es 23 de abril y que los libros salen a las pantallas porque a la calle está difícil. Todas las redes sociales se han abarrotado de libros, de sugerencias de lectura, de presentaciones on-line, de textos curativos, de talleres y cuentacuentos para grandes y pequeños, demostraciones en vivo y un montón de cosas más para ensalzar la figura del libro dentro de nuestras posibilidades.
Aunque a muchos les resultará, además de poco rentable, un tanto desangelado, impersonal y triste, yo siguo pensando que cualquier contexto nuevo puede ser una oportunidad para repensar nuestra relación con el mundo del libro y abrir senderos entre la maleza que nos lleven al mismo punto. Quizá, y teniendo en cuenta que mi existencia se debe principalmente al universo virtual, yo estoy más acostumbrado a existir de esta manera y pienso que esto del coronavirus, aunque vertiginoso, puede ser catártico.
Por mi parte y teniendo en cuenta que estoy a todas horas hablando de libros (¡Qué cansino es el Román!), me uno a la fiesta presentando una guía de lectura infantil sobre ecología que he realizado para ABIBA, la Asociación de Bibliotecarios de la provincia de Albacete, que tuvo la idea de celebrar el cambio de década con los objetivos de desarrollo sostenible que plantea Naciones Unidas en la década que empieza, la llamada Agenda 2020-2030. Como ellos son estupendos, muy amablemente me pidieron hacer una selección y darle forma, así lo hice sacando tiempo de donde pude. A pesar de que la guía está en formato físico gracias a la colaboración de varias entidades, todavía no hemos podido montar un sarao para darnos cera, así que, mientras esperamos que alguien las saque de las cajas que están en la Biblioteca Pública del Estado de Albacete, hemos decidido darle alas en este Día del Libro de una manera virtual.



Antes de nada decirles que no están todos los que son pero si son todos los que están. Tenía ciertas limitaciones y tampoco pretendía que fuera un listado interminable de libros, por eso me ceñí a unos cuantos objetivos y a todos aquellos libros infantiles, bien de ficción, bien de no ficción, que apostaran por el discurso ecológico y no tanto el ecologista (eso es para los políticos y otros compromisos que no parten de mi espíritu de biólogo).
Si no tienen bastante con esto, les animo a disfrutar con algunas de las selecciones que pueden encontrar en esta casa de los monstruos, como esta de clásicos básicos del álbum actual o esta otra sobre libros en los que los libros son los protagonistas.
Y poquito más de parte de este monstruo que tanto trabaja por los libros desde hace más de 12 años. ¡Feliz Día del Libro 2020!

martes, 21 de abril de 2020

¡Cumpleaños feliz (aunque encerrados)!



Para Llanos

Si hay algo que me resulta curioso de verdad en este aislamiento obligado, es ver cómo la gente celebra su cumpleaños sola -o casi- y en cautividad (porque esto no es un estado de alarma, queridos, esto empieza a oler a algo más…).
Sí, el confinamiento nos va minando poco a poco el ánimo (para eso se están ahorrando el dinero de los test rápidos, para contratar hordas de psicólogos cuando esto acabe) y hay días especialmente chungos en los que sacar el positivismo y encontrar la manera de cambiar de aires (y no me refiero a abrir la ventana) se hace cuesta arriba. Lo más curioso de todo es cuando esos días no están ligados necesariamente a las malas noticias, sino que también se relacionan con la parte amable de la realidad que pueden significar las fiestas de cumpleaños.


Seguramente se deba a que asociamos cualquier celebración a un montón de gente de diferente condición que se reúne en torno a un motivo que les haga felices. Bodas, bautizos, comuniones, aprobar una oposición o encontrar el curro de tu vida, son ejemplos de ello, pero sin lugar a dudas, lo más celebrado en todo el mundo son los aniversarios.
Ya saben, si uno cumple dieciocho, el libertinaje es lo que manda. Si llegamos a la treintena, la jarana se tiñe de un cariz más apacible aunque más elitista. Con los cuarenta toca otra de desenfreno (esta vez al estilo más puretilla). Y así, hasta terminar con la vida. Sin dejarnos un año por festejar.


Pero claro, ante la imposibilidad de compartir en sociedad esos momentos, las redes sociales (nuestra conexión con los demás en estos días enclaustrados) se han llenado de instantáneas atípicas. Gente que se sienta sola ante los más suculentos manjares, madalenas con palillos ardiendo o un “cumpleaños feliz” en forma de video llamada son los más socorridos. Aunque también es cierto que están los que se envalentonan y dan forma a las ideas más dispares como fiestas de disfraces y otras mandangas virtuales.


Con eso y todo, lo bonito es pasarlo bien, animarse y que se note, que no se cumplen años todos los días. Y si no, siempre nos quedarán los no-cumpleaños, pues como bien sabrán son los 374 días restantes del año.
Y enviándole un beso a mi hermana que hoy cumple unos cuantos (¿Te ha dejado el zángano apagar las velas?), les dejo disfrutando de este día único que nos regala la vida.


NOTA: Todas las imágenes corresponden a ¿Quién quiere celebrar mi cumpleaños? de Nora Brech editado por Nórdica Libros.


lunes, 20 de abril de 2020

Mediadores de lectura en huelga



Durante las últimas semanas y tras la publicación de ESTE POST que levantó alguna ampolla, me han venido a la mente muchas cosas. Los comentarios de la siempre acertada Isabel Benito y sus Lecturas Compartidas, el cierre motu proprio de la cuenta de Belén Santiago (más de veinticinco mil seguidores y un muy buen criterio que se fueron al traste por aburrimiento), y la decisión que ha llevado a algunos a dejar de leer/contar cuentos desde las redes sociales por lo inoperativo de pedir permisos y lo frustrante de recibir negativas, me ha llevado a pensar en el papel que desempeñamos los mediadores de lectura y el trato que recibimos por parte del resto de actores de la cadena del libro, más todavía cuando se acerca un Día del Libro atípico en el que tendremos mucho que decir.
Todavía no sé muy bien cuánto habrá que agradecerle al coronavirus, pero si algo me ha quedado claro tras las horas que he invertido en las redes sociales es que los mediadores de lectura somos muy necesarios. Ahora bien, hay que plantearse una cuestión: “¿Quiénes nos necesitan?” En primer lugar nos necesita el libro; la literatura, sea del origen que sea siempre necesita una buena carta de presentación, razones por las que subsistir entre los hombres. En segundo lugar nos necesita el público, lectores reales y potenciales que nos utilizan a modo de brújula, de linterna en mitad de ese bosque de libros. Y en tercer lugar la industria, un tejido muy articulado que necesita continuar su labor para generar ganancias y riqueza monetaria e intelectual.
Si bien es cierto que, tanto mediadores de lectura, como lectores tenemos este papel bastante claro (el libro siempre habla y otorga), no creo que suceda lo mismo por parte de la industria del libro. Una idea que entresaco de la falta de reconocimiento, las trabas y diatribas que nos presentan a diario, y el escasísimo feed-back que evidencia. Y ahora dirán “Pero Román, que yo mando ejemplares a casi todos los mediadores…” Y yo respondo “¡Estaría bonico que no los mandaras! ¡Qué menos! Teniendo en cuenta que, aparte de potenciar la lectura, ofrecen visibilidad a uno de tus productos... Sería muy poco gentil…!” Pero aparte de ejemplares y cortesías que cada uno ofrece a quien le da la gana, está el reconocimiento de un trabajo no tipificado (como el de ama de casa, el mejor de los símiles) que conlleva tiempo. Y cuando por ejemplo yo hablo de un libro como si fuera mío y observo que quien lo ha escrito, ilustrado o editado opta por el silencio y/o no comparte el amor por ese título (y no digo la opinión, porque puede haber disparidades), envía un mensaje poco acertado, tanto al mediador, como el público.
Pueden discrepar en las selecciones y formas de presentar los libros –eso sería otra historia que daría para un extenso post como bien dice Susana Encinas- pero hay que agradecer que un desconocido se fije en tus libros y además lo diga públicamente de una forma o de otra. Qué mínimo que sentirte agradecido… Pues no. A algunos, les cuesta horrores.
En otro apartado entra la remuneración económica. Conozco muy pocos mediadores de lectura que vivan exclusivamente de esta tarea no tipificada, repito. En primer lugar porque está infravalorada (como aquí todo quisqui sabe hablar de libros, contarlos o desarrollar actividades sobre ellos... ¡Da igual! ¡Ya saldrá otro! Se ve que “A rey muerto, rey puesto”) y en segundo lugar porque muchos agentes de la cadena del libro no contribuyen a este reconocimiento (Se lo digo yo, que llevo años en esto). Quizá deberíamos plantearnos el poner precio a nuestro trabajo aunque sea de manera simbólica, para revalorizar una labor que no todo el mundo hace adecuadamente.
Además y respecto al punto anterior, es curioso cómo, en algunas ocasiones, esos otros eslabones de la cadena del libro se creen con el derecho a exigir y pedir explicaciones sobre nuestras apreciaciones, e incluso solicitar cambios y rectificaciones de las mismas. No la facilitan la tarea o la impiden (véase la campaña #déjanosvivirdelcuento , autores de renombre internacional o los grandísimos grupos editoriales). Esto me suena a caciquismo y a una sesgada complacencia, situaciones que, alejándose de la libertad de expresión y el fomento de la lectura no reglada, llevan a pensar en la explotación, pues hasta donde yo sé, muchos no ganamos ni un duro de manera directa por las opiniones vertidas en blogs y redes sociales. Se puede colaborar y sugerir, pero nunca imponer.
Por último hablar de un punto que se nos olvida, el altruismo. La figura del mediador de lectura se ha adscrito tradicionalmente a tres tipos de perfiles (puede haber otros, evidentemente) que son libreros, bibliotecarios y docentes, un tipo de perfil que todavía hoy y a pesar de la gran diversificación que han traído las redes sociales, siguen vigentes, pero no todos siguen en mismo modus operandi, Mientras que bibliotecarios y docentes exhiben un perfil más desinteresado y divulgador, sobre los libreros pesa cierto fundamento económico. Con ello no quiero decir que no existan libreros apasionados comprometidos con lecturas y lectores, pero sí que lectura y lectores forman parte de un modo de vida que inevitablemente repercute sobre la labor de mediación y la independencia. Algo que también sucede con editores y autores que hacen las veces de mediadores.
Como colofón final decirles que sí, que somos una voz imprescindible, algo por lo que hoy, en vísperas de la celebración lectora por antonomasia, he decido alzar la mía que, además de necesaria como me apuntaría Diana Sanchís en una ocasión, quizá también sea más visible que la de otros buenos mediadores de lectura como los que he mencionado en esta pequeña defensa, y dar este necesario punto de vista a un sector que necesita reconsiderar la figura del mediador.
Les dejo así imaginando un escenario más distópico todavía del que vivimos. Uno en el que los mediadores de lectura se declararían en huelga dejando de lado a los libros. Imaginen por ahora, siempre hay tiempo para la realidad.

sábado, 18 de abril de 2020

#Quédateencasa Y SÉ PRODUCTIVO


Cómo es la vida… Mientras algunos viven agobiados en sus casas por la falta de actividades productivas o en su defecto distractores, otros no damos a basto para hacer montones de cosas. Unos se pasan el día teletrabajando, cuidando de sus hijos, estudiando alguna asignatura pendiente, cocinando, colocando sellos o leyendo todo lo pendiente, y otros se pasan el día quejándose del aburrimiento, bacineando en las redes sociales o arrastrándose en el sofá como verdaderas sierpes. ¡Qué mal repartido está el mundo!





Creo que más de uno debería hacer autocrítica constructiva y admitir que tiene menos mueve que una piedra. Ahora me dirán que no, que no son macetas, floreros ni armarios, que ustedes le ponen mucho empeño a disfrutar de la vida y tienen multitud de intereses, cuando lo único que saben hacer es rascarse primero un huevo y, tras unos minutos, el otro. Y claro, así pasa, que terminan pronto sus quehaceres. No me vengan conque tanto tiempo encerrados les aboca a la desidia, que ya me sé la cantinela.





La razón más plausible es que en este país, como en otros, el entretenimiento, aparte de estar fuera de casa, muchos lo asocian con los bares. Y claro, así nos va, que nos encierran y estamos perdidos. Mientras en otros países (véase los nórdicos) están acostumbrados a desarrollar gran parte de la actividad en el interior de las viviendas, nosotros, animales de sol y calle, nos hemos hundido como el Titanic.





¿Todos? No, todos no. Hay algunos profesionales que, acostumbrados a trabajar en sus casas, no han sufrido sustancialmente este gran cambio. Un ejemplo lo tenemos en todos los ilustradores que nos acompañan en esta entrada de hoy (piquen sobre sus nombres y disfruten de sus perfiles en Instagram). Incluso algunos de ellos me comentan que, a pesar del agobio y la claustrofobia, necesitaban este tiempo extra para dar forma a proyectos aparcados u olvidados.







Se lo he dicho una y mil veces: aprovechen este “regalo”. Sáquenle rentabilidad, véanlo como una oportunidad para cambiar sus hábitos, para internarse en universos inexplorados, para desarrollar sus inquietudes, y sobre todo, su curiosidad. Dejen las series, la tele a la carta (yo no sé cómo no se quedan ciegos con tanta pantalla) y sumérjanse en algo nuevo. En el yoga, en la escritura, en la fotografía, en la papiroflexia, en la pintura, en la economía, en la jardinería, en las restauración, en la arquitectura… Y no me vengan con que no hay maestros ni materiales. No quiero que pinten la Capilla Sixtina ni que construyan el Taj Majal. Sean creativos y busquen una pasión de puertas hacia adentro. Todo es posible EN CASA.




jueves, 16 de abril de 2020

Aprobado general



Enchufo la tele y nos comunican desde la “Bananian Republic of Spain” que el resumen de este curso escolar debe ser “aprobado general”. A pique del síncope, exclamo “¡Madre mía! ¡El fin del mundo y yo con estas pintas…!” Hago lo posible por deshacerme de unos rulos que no salen ni a tiros, engullo el último panecico de Semana Santa, y me entra la risa floja. Suena el teléfono, lo cojo con cierto tembleque. La Marimar al aparato.


-¿Dónde vas, chalao? Relájate un poquito.- Le hago caso porque ella es tan pelleja como clarividente.- ¿Ya, mangurrián?
- Ay, sí… Es que me he quedao con las patas vueltas… ¿Pero dónde tienen la cabeza?
- Ay, cari, yo no sé para qué les haces caso, si esto es lo que están deseando. ¿No ves que su único fin es tirar dardos? Dividirnos. ¡Seguir funcionando! Con lo que tú has sido y no caigas…
- Nena, que llevamos un mes que no vivimos... Cuando no es por el coronavirus es por el Google Classroom.
- Mira, hazme caso. Respira hondo, échate un buen copazo y disfruta del espectáculo. Todos sabíamos que nos iba a pasar como a los médicos. Primero que si queríamos vacaciones, ahora que si nos estamos pasando. Y ellos siguen con su tole tole: vendiéndonos barato.


- Pero mujer, y mis criaturas, ¿qué?
- Ya sabes que ellos son lo de menos. Que se lleven las ostias y se aguanten, que para eso son ciudadanos de cuarta.
- Mari, joder…
- Román, que te lo digo yoooo… No te calientes la cabeza. ¿Todavía no te has enterado que niños y jóvenes no le interesan a casi nadie? No los quieren en su casa, tampoco en la calle. Que si dan mucha faena. Quejicas, inútiles, problemáticos… Eso sí, ¡que no repita mi Yony!  
-¡Estoy contigo! Ni que la repetición fuera el acabose… Mira la Jose y el Juli, dos veces repitieron, la una en la empresa de satélites y el otro ingeniero informático. Si hasta mi orientadora dice eso de “Esta cría necesita madurar…”
-Ellos verán… Nosotros a cumplir, que si no luego nos chumban a la federación de chiripitiflaúticos y a la comuna Montessori… Los peores ya sabes quienes son... Esta cuarentena no saben ni dónde meterse ni como malcriar a sus hijos. Que si cuántos deberes NOS manda la maestra, que si SE ME dan muy mal las mates, que si no respeta NUESTRAS vacaciones… ¿Tú te crees, cari? ¿A su edad ponerse a hacer “cículos”? Qué ganas de reinar… Recemos porque los pseudo-comunistas estos se inventen los gulag para padres.


- Yo es que no lo entiendo. Y que manía de comparar la primaria con la secundaria... Los nuestros ya son grandes y autónomos…
- Sin pagar cuota. Aunque a este paso...
- Eso... que vaya ruina... Los pequeños con un poco de vigilancia también se las ingenian muy bien solos. Todos sin problemas y con tiempo para matar moscas con el rabo. ¿Por qué los tratan como inútiles?
- Pues no, nene…, aún tienes que oír que el teletrabajo son los padres.
- ¿Acaso es que no íbamos a considerar la situación actual? ¿Acaso somos ogros malvados? Sabemos de las carencias de cada uno, de los padres que pueden y los que no…
- ¡Ay, si es que tú eres mu’ bueno y mu’ bienpensao!
- Bueno, no demasiado (que tengo mis triquiñuelas), pero justo, un rato. Que eso de que los gandules y los jetas se salgan con la suya, lo llevo fatal ¡Que con los que se meten a políticos, ya tenemos bastante!
- Ea… Yo sólo te digo que te prepares y te aprovisiones de una caja de Jaggermeister®. Que si todavía no te has dado a la bebida, ya tendrás tiempo, porque aquí, la que no es puta es diminuta, y nosotros vamos camino de serlo este verano, o lo que es peor, el curso que viene.
- Más razón que un santo… Nenica, tenemos que vernos.
- A ver si voy al centro de salud, me rajo las venas en la sala de espera, se apiada de mí algún sanitario y me hacen el test de inmunidad.
- Eso, que decimos de la escuela, pero lo de la sanidad, vaya tela… ¡Ni con aplausos!
- Román, no hay solución. ¿Es que no sabes que ahora resulta que todo el mundo sabe hacer pan? Pues lo mismo pasa con sanar y educar.


Todas las imágenes que acompañan a esta entrada pertenecen al libro Mamá va al cole, de Éric Veillé y Pauline Martin, editado en castellano por Blackie Books.

miércoles, 15 de abril de 2020

¿Valientes? ¿Para qué?



En tiempos de coronavirus nos piden que le echemos agallas, que luchemos esta batalla, que no cejemos en el empeño porque pronto obtendremos nuestra recompensa… Y yo, atónito, me pregunto “¿Qué premio será ese del que tantos hablan desde sus púlpitos televisivos?” Parece que un día de estos van a organizar una rifa (espero que sea de puestos de trabajo, porque la ruina es inminente), o lo que puede ser todavía mejor, condecorarnos uno a uno como en la antigua URSS (lo harán con chapas de Mirinda, porque si no…).


Me surge una segunda pregunta: “Y esa condescendencia ¿dónde la habrán mamado?” Resumiendo, se han creído que vivimos en los mundos de Yupi y pueden extrapolar el lenguaje deportivo (Se habrán fijado que esto del COVID-19 cada vez se parece más a un partido de fútbol, ¿no?) a este mal sueño. ¡Capullos, que esto no es ficción y nosotros no somos guerreros ninja!


Sí, se habla de héroes y bajas, de guerra y calma, de armas y guerreros…  Y lo cierto es que esto tiene mucho de triste y poco de épico. Y en el caso de serlo, me llama mucho la atención que se hayan extrapolado los papeles en esta contienda, y que nosotros, soldados rasos sin más recursos que nuestro pellejo, seamos quienes debemos entrar en combate, mientras que ellos, poderosos, se limitan a constatar embriagados por las mieles del éxito cómo se amontonan los cadáveres de los ciudadanos sobre el terreno -aunque bien mirado es lo que siempre ha pasado... (mueca de resignación)-.


Por ello, como buen recluta que soy, les informo de que mientras me hago consciente de mi/nuestra mala suerte, me voy a entregar a mis más bajas pasiones (esas no se confiesan, que les veo muy escandalizados y no quiero que me amenacen con fragmentos literarios).


Y para despedirme, nada mejor que encaramarse a la estantería y coger entre las manos un libro simpático. Así es como llegamos a Max el valiente, un álbum de la serie del siempre genial Ed Vere (editorial Juventud) que se burla de esos excesos de inocencia y valentía que cometemos los seres humanos por ignorancia. Y es que Max, este gato que no gusta de la comodidad y los mimos innecesarios, no tiene ni la menor idea de qué es un ratón. Y así pasa, que termina engullido por otro de los personajes tan queridos de este autor.
Mientras les dejo que disfruten de esta colorida historia con sabor a sketch, se fijen en detalles que ayudan a seguir el hilo conductor (¿Donde está la mosca, aquí o aquí?), averigüen qué personaje infiltrado es ese, y de paso se marquen unas risas con las disyunciones y descontextualizaciones de este álbum, sólo me queda advertirles que, como bien dice nuestro protagonista, no siempre hace falta ser valiente. Que para eso están los generales.



viernes, 10 de abril de 2020

La ciencia ¿no? es cultura



A tenor de esta situación en la que los autodenominados "agentes culturales" han echado la persiana en las redes durante hoy y mañana para llamar la atención sobre su delicada situación, a un servidor (que se guarda su opinión al respecto… No más polémicas, pliz, que luego saco el guerrero ninja y se me ponen a hacer pucheros) le ha dado por reflexionar si la ciencia pertenece a la llamada “cultura”.
Tras esa pregunta muchos se han lanzado a decirme que “¡Claro! La ciencia es esencial para el pensamiento” y yo, que soy bastante de Perogrullo les he dicho que si médicos, enfermeros, químicos, biólogos, farmacéuticos y técnicos de laboratorio se unieran a esta huelga, la llevarían clara los miles de enfermos que hay estos días en los hospitales (Aunque tampoco crean que hoy por hoy lo llevan mucho mejor teniendo en cuenta la falta de TODO con la que están actuando los gobernantes).
Hubo un tiempo en el que las personas cultas se preocupaban por empaparse de montones de áreas y no son pocos los casos de pensadores que estaban al tanto de los hallazgos y avances en diferentes áreas científicas y tecnológicas. Desde la Grecia antigua hasta la Ilustración se pueden encontrar ejemplos de científicos-humanistas y viceversa.
Todo cambia con el sentimiento romántico y algunos ismos posteriores, los del siglo XX, en los que los binomios ilustrados naturaleza-humanidad, felicidad-utilidad, libertad-igualdad o razón-ciencia que tanto ensalzaron el progresismo, el modernismo y la democracia política se fueron al traste y fueron desplazados por otros. Así es como el idealismo y el irracionalismo se abren camino durante el pasado siglo, y sigue aumentando el sentimiento tecnófobo gracias a los acontecimientos de las dos guerras mundiales y los desastres ecológicos. La cosa sigue su curso y llegamos hasta hoy con un subjetivismo posmoderno imperante que ridiculiza a la ciencia como una mera sierva de los sistemas. Resumiendo –que me pongo muy intenso-, que la ciencia y la tecnología son instrumentos, mientras que las humanidades nos nutren el alma (Sí, sí, mucho alimento pero ¡ay si algunos les dijeran esto a todos esos que fabrican respiradores y PCRs…!)


Por otro lado tenemos el mito de la erudición humanística. El mundo de la “cultura” sabe de todo. De vacunas, de peplómeros, de inmunidad, del bosón de Higgs, de dinámica de fluidos, de álgebra y de tierras raras. Sabe de tánto que eleva ese eclecticismo al conocimiento absoluto (Por eso nuestro ministro de sanidad estudió filosofía y lleva ejerciendo como político desde los 21 años). Sin embargo, los de ciencias sólo podemos saber de ciencias, porque claro, esa es la “ley ontogenética cultural”… Otro paradigma asentado sobre el humanismo que hace aumentar todavía más ese anticientificismo que cunde en la sociedad y disminuye la visibilidad del trabajo discreto que gente del ecosistema científico realiza en sus ámbitos. 


Para terminar hablemos de entretenimiento y espectáculo. Por lo general, la “cultura” siempre se restringe a lo humanístico pero sobre todo desde el prisma del ocio, es decir, cualquier producto cultural que no se adscriba a esos términos, actores y receptores mediante, parece no ser cultura. Como ejemplo fíjense en la filosofía o la legislación, ambas disciplinas tradicionalmente humanísticas (díganselo a griegos y romanos) pero relegadas a un segundo plano (¿apropiación indebida del trono?). Algo parecido le ocurre a la ciencia, que como necesita de otro tipo de consumo, no entraría en esos parámetros definitorios.


Y obviando la política (ya me extendí mucho en ese aspecto en este artículo que les recomiendo leer pues muchos puntos se pueden extrapolar a casi toda esa esfera cultural que se ha levantado en armas), les he traído Porque sí, un álbum de Mac Barnett e Isabelle Arsenault, editado por Océano Travesía, un libro para que reflexiones sobre todo esto.
Es la hora de dormir y una niña, ya encamada, se dedica a lanzarle preguntas a su padre. Cuestiones como por qué el océano es azul, qué es la lluvia, o por qué las hojas cambian de color, se agolpan en la mente de una niña curiosa, mientras que su progenitor le da las más inverosímiles respuestas creando así un hermoso espacio poético en torno a la hora del sueño.
Cabe destacar tres cosas. La primera es un título que se refiere a la típica frase de los padres cuando los hijos les hacen preguntas cuyas respuestas desconocen, y que establece un juego disyuntivo con el corpus central del libro, pues este padre sí ofrece soluciones muy imaginativas a su hija. La segunda se refiere a la estructura que responde más a la del álbum informativo que a la del de ficción, y sobre la que destaca el juego de colores entre preguntas y respuestas. Por último llamar la atención de la escena en la que se ve completa la habitación de la niña (los grandes círculos de colores con preguntas desaparecen para dar paso a otro enigma) y que nos da numerosas pistas sobre sus aficiones.
Ahora bien, aunque es cierto que el libro desprende un momento tierno y evocador en el que trasciende lo estético, también hace un flaco favor al despertar científico ya que antepone lo literario al conocimiento empírico, algo de lo que he estado hablando en los párrafos anteriores. El álbum es precioso, no lo voy a negar, pero como he echado de menos un apartado final en el que se dé respuesta a todas las preguntas que se recogen en él (hubiera estado genial aunar esas dos parcelas), esta tarde, teniendo en cuenta que de ciencia sí podemos hablar (no somos cultura, ironías y paradojas aparte), responderé algunas en la cuenta que los monstruos tenemos en Instagram para todos aquellos que quieran conocer las basadas en la evidencia.
¡Y feliz viernes santo!

miércoles, 8 de abril de 2020

De la constancia



Mientras muchos pasan los días quejándose amargamente de lo cuesta arriba que se les está haciendo la cuarentena, otros empezamos a dar gracias por esta reclusión obligada. No es que yo esté a favor del encierro (¡Ojo! Con lo gambitero que soy yo, ¡faltaría…!), pero sí que he encontrado un punto medio a caballo entre lo productivo y lo positivo de estos días en casa… He limpiado a fondo los más recónditos lugares de mi hogar, he ordenado los libros (por orden alfabético tomando como referencia el primer apellido del primer autor, que siempre hay algún curioso que me pregunta estas cosas) y me he puesto al día con muchos menesteres que llevo en ristre. Le he llegado a decir a algún amigo que hay días en los que siento que me faltan horas para terminar todo lo que me planteo desde bien temprano (aviso de que yo madrugo a pesar de la situación).


Una de las cosas que decidí retomar esta cuarentena fueron los lápices y los pinceles. Aunque había hecho el amago de llenar la paleta de pintura y preparar algunos cartones (es mi soporte favorito aunque reconozco que lo mejor es el lienzo), no me había dado por hacer cosillas aparentes, más que nada porque pintar requiere su tiempo, y si es al óleo y sin secantes de por medio, más todavía. Es por ello que imaginándome que esto iba para largo y que tenía la terraza acondicionada (que el aceite de linaza y la trementina no se llevan bien con interiores habitados), me puse al lío.


Hasta hoy no se pueden ver muchos resultados, sólo un par de bocetos a lápiz, algún divertimento sobre un bloc y cuatro pinceladas (no se preocupen que en cuanto tenga algo definitivo lo publicaré en mi cuenta de Instagram), pero sí me he percatado de que, como cualquier otra disciplina, la pintura requiere de práctica. Que si la abandonas una temporada, es una tarea complicada regresar al punto en el que la dejaste aparcada. Pierdes la perspectiva, el punto justo con las mezclas, decidir la composición… Una vez más te vuelves a caer del guindo, te retrotraes a la niñez y descubres que hay pocas destrezas innatas en esta vida.
Por este motivo me he acordado de un librito que se publicó a finales del año pasado y que contiene la esencia de lo que les cuento. Les hablo de El encargo, un álbum de Claudia Rueda (editorial Océano Travesía) que cuenta la historia de un emperador que le pide a un famoso pintor el dibujo de un gallo. Pasa el tiempo y el emperador, deseoso por saber cómo va el desarrollo de su encargo, envía algunos ojeadores hasta la casa del pintor que siempre regresan con las manos vacías. Harto de esperar, el emperador decide ir él mismo hasta allí y ver qué es lo que sucede con la dichosa pintura.


Claudia Rueda narra magistralmente una parábola de corte oriental sobre la importancia de la paciencia y la profesionalidad que, aunque contextualizada en el panorama de lo artístico (me recordó a Antonio López y su famoso retrato de la familia real), puede extrapolarse a diferentes situaciones de cualquier oficio. Y por favor, no dejen de impresionarse por todas y cada una de las ilustraciones que llenan este cuaderno de artista con un claro objetivo: animarnos a dar lo mejor de nosotros aunque ello conlleve esfuerzo y constancia.

lunes, 6 de abril de 2020

Grandes figuras de la ilustración LIJ (XXIII): Tomie dePaola



Thomas Anthony “Tomie” dePaola nació en Meriden, Connecticut (Estados Unidos de Norteamérica) en 1934, cerca del final de la Gran Depresión. Sus padres, Joseph y Florence dePaola, eran de ascendencia irlandesa e italiana (los abuelos eran originarios de Calabria, lugar donde más tarde ubicaría su conocido álbum Strega Nona). Tuvo un hermano, Joseph (apodado Buddy), y dos hermanas, Judie y Maureen.
Creció durante la Segunda Guerra Mundial, antes de que la televisión sustituyera a la radio en los hogares estadounidenses (dePaola dijo en alguna ocasión que se consideraba afortunado por este hecho y escuchaba los sábados por la mañana el programa Let’s Pretend). El hecho de que su madre fuera una lectora voraz y pasara muchas horas leyendo en voz alta para él y su hermano, fue uno de sus acicates a la hora de crear historias. Además, dePaola tuvo muy claro desde bien joven que quería ser artista, anunciándole a su maestra a los cuatro años que cuando creciera iba a hacer ¡álbumes!
Una anécdota que  recordaba con mucho entusiasmo ocurrió la navidad de 1943, en la que recibiría “pinturas, pinceles, lápices de colores, todo tipo de libros de instrucciones, acuarelas e incluso un caballete” como regalos navideños.
Tal era su interés en ser artista que durante el segundo curso de secundaria (aún faltaban unos cuantos) escribió al Instituto Pratt de Nueva York para averiguar qué clases debería tomar para prepararse para la prueba de acceso. En 1952 ingresó allí obteniendo el título en 1956.


Después de graduarse, dePaola ingresó a un monasterio benedictino en Vermont, donde permaneció durante seis meses. Durante aquel periodo reconoció haber “solidificado algunos valores espirituales profundos, no sólo los religiosos” al mismo tiempo que siguió formándose ya que dicha congregación estaba muy involucrada en el arte y la cultura. La relación con el monasterio en particular y el mundo religioso en general continuó a lo largo de los años. Además de crear arte litúrgico para diferentes iglesias como la abadía de Glastonbury (Hingham, Massachusetts), diseñó telas y tarjetas de Navidad encaminados a iniciar un pequeño negocio dentro del monasterio en el que había vivido.


En 1962 comenzó su carrera como profesor de arte en el Newton College of the Sacred Heart en Massachusetts. En 1965, dePaola ilustró por primera vez el libro de ciencia de Lisa Miller, Sound, que pertenecía a la serie Science is what and why de la editorial Coward-McCann, y al año siguiente, ilustró el primero de sus propios libros, El maravilloso dragón de Timlin (editorial Bobbs-Merrill).


En 1967, viajó al oeste para enseñar en San Francisco College for Women. Mientras estuvo en California, obtuvo una maestría en bellas artes en el Colegio de Artes y Oficios de California en 1969 y una equivalencia doctoral un año después en el Lone Mountain College. Durante aquella estancia se concienció sobre los problemas de las mujeres, así como se contagió del espíritu pacifista.


DePaola se mudó de nuevo a Nueva Inglaterra en la década de 1970 para enseñar arte en el Chamberlayne Junior College de Boston de 1972 a 1973. De 1973 a 1976 trabajó en el Colby-Sawyer College de New London, New Hampshire, como profesor asociado, diseñador y director técnico en el departamento de discurso y teatro, y como escritor y escenógrafo y diseñador de vestuario para el Proyecto de Teatro Infantil. Más tarde (de 1976 a 1978) enseñó arte en New England College en Henniker, New Hampshire.
En 1978, dePaola decidió retirarse de la enseñanza a tiempo completo para dedicarse a escribir e ilustrar libros, una decisión muy acertada que se vio recompensada con más de 270 títulos traducidos a más de 20 idiomas y 25 millones de copias vendidas en todo el mundo de los cuales algunos han sido llevados a la pequeña pantalla o han sido leídos por él mismo en los programas de Jim Henson.
De su vida privada poco sabemos, tan sólo un breve matrimonio durante los años 60 y que mucho más tarde, en el nuevo milenio, reconocería su homosexualidad. En una entrevista a The New York Times Magazine el año pasado dijo no haberlo hecho antes por miedo, aduciendo que "Si se supiera que eras gay, llevarías una gran 'G' roja en el pecho y las escuelas ya no comprarían tus libros.”


Ilustración para la cubierta de The Horn Book (Mayo, 2015) donde aparecen Maurice Sendak, Arnold Lobel, James Marshall, Remy Charlip, and Tomie dePaola

DePaola también mostró su trabajo ampliamente en numerosas exposiciones individuales y colectivas, tanto a nivel nacional, como internacional, entre las que destacan las dos que se celebraron en 2013 y 2014 en el Colby-Sawyer College, tituladas Now (“Ahora”) que celebró su 80 cumpleaños, y Then (“Entonces”) en la que se mostraron sus primeros trabajos durante sus años de formación en el Instituto Pratt y la influencia que Fra Angelico, George Roualt y otros tuvieron en su obra.


Tomie dePaola ha recibido una gran cantidad de premios entre los que destacan el segundo puesto de Medalla Caldecott de 1976 con Strega Nona, el Premio Boston Globe-Horn Book de 1982 (The Friendly Beasts: An Old English Christmas Carol), el Premio Golden Kite  de 1987 (What the Mailman Brought), la Medalla Newbery del 2000 por su serie 26 Fairmount Avenue y otros muchos. Además, fue nominado para el Premio H. C. Andersen en la categoría de ilustración en 1990.
Murió el 30 de marzo de 2020, en Lebanon, New Hampshire, debido a las complicaciones surgidas de la operación quirúrgica a la que fue sometido tras una caída en su estudio.


Y ahora, su obra.
En la mayor parte de la obra de Tomie dePaola podemos encontrar unos puntos comunes, una especie de pilares que sustentan sus libros.
En primer lugar destaca el sentimiento familiar, uno que hace muy poderosos algunos libros de un autor que se aferra a las raíces. Podemos citar Strega Nona (pueden encontrar alguna edición antigua de Everest, pero ya está descatalogado), para mí una de sus mejores obras, en las que además de rendir un claro tributo al lugar de origen de sus abuelos, Calabria, se inspira en la figura de su abuela para dar vida a una hechicera temperamental y entrañable que protagoniza esta serie de libros y que trasciende al tiempo en los pequeños lectores. Un personaje mítico de la Literatura Infantil basado en un personaje real


El segundo es Nana de arriba, nana de abajo (SM) que está basado en la muerte de su abuela y bisabuela en un pequeño intervalo de tiempo. Es un libro que trata la muerte de los ancianos desde un prisma conciliador donde los recuerdos y el cariño pesan mucho en el proceso de duelo que atraviesa el protagonista, aunque también hay momento vitales tan duros como humorísticos en los que el niño pide ser atado a la silla como su abuela, una situación que familiariza al niño con la enfermedad de la anciana.


Uno título complementario del anterior es Un pasito… y otro pasito (Ekaré) en el que Bobby tiene y su abuelo, Bob, a quienes les gusta hacer muchas cosas juntos. Sin embargo, cuando el abuelo sufre un derrame cerebral, Bobby lo ayuda a aprender a caminar nuevamente. Con unas ilustraciones en tonalidades azules y marrones, la historia se presenta tranquila y sencilla, algo que para hablar de un tema tan difícil se agradece enormemente.


En Watch out for the Chicken Feet in Your Soup (inédito en castellano), dePaola también se basó en la “rara” costumbre de su abuela (entrecomillo porque mi madre lo hace también) de echar las patas del pollo en el caldo de la sopa, para hablar de las vergüenzas familiares y de cómo las ven los demás, no sin olvidar el acento italiano de una protagonista con una clara obsesión por alimentar a todo el que pille (Italia y España ya saben que son primas hermanas…). Como curiosidad decir que en este libro dePaola incluye la receta para hacer muñecos de pan de su abuela al final.


Por último tendríamos el libro, inédito en nuestro país, The Baby Sister en el que cuenta los avatares del nacimiento de Maureen, una de sus hermanas.


La segunda característica en la obra de Tomie dePaola es el regreso a lo tradicional. Muchos académicos apuntan que uno de sus mayores logros es narrar historias de siempre desde una perspectiva moderna. Algo que se observa muy bien en Strega Nona, una historia sobre una olla mágica (recuerden a Propp) que, al recitar un pequeño conjuro, produce comida y cesa solo recitando otro verso. Todo se convierte en un desastre con la metedura de pata de un aprendiz que terminara por resolverse con una moraleja y mucho humor. Otra cuento popular italiano es Tony’s Bread, un libro que cuenta el origen del panetonne, que además tiene montones de referencias a la ciudad de Milan y a la cultura del pan, así como composiciones muy interesantes (portada y contraportada y la ubicación de los textos).



Continuando con este apartado apuntar a dos obras que, además de esta característica también exhiben el cariño por sus raíces irlandesas. Fin M'Coul: The Giant of Knockmany Hill, es un libro que recoge un relato de ambientación celta (esas filigranas, la calzada de los gigantes en Irlanda del Norte, el legendario héroe irlandés Cu Chulainn…) donde la figura femenina queda exaltada por la inteligencia de la mujer del protagonista y un humor fino que resuena en toda la historia. Y Jamie O’Rourke and the Big Potato, cuenta la historia de un gandul con la suerte de toparse con un leprechaun que le regala una semilla mágica de la que nace una enorme patata. En la línea de Strega Nona, esta circunstancia desata una situación bastante jocosa que se resuelve de una manera bastante simpática.


Para terminar con este punto tenemos Helga's Dowry: A Troll Love Story, una historia de apariencia tradicional que dePaola se inventó a raíz de un garabato en unos apuntes de sus clases en la universidad en la que una troll trabaja lo que no está escrito para conseguir su dote (si una troll no la tiene, está condenada a vagar eternamente).


La tercera característica de la obra de Tomie es su atención sobre los miedos infantiles y la ruptura de los estereotipos. "No me gustan los estereotipos ni los roles de género. […] Mi madre siempre cortaba el césped y mi padre cocinaba” dijo en cierta ocasión. Uno de sus libros más conocidos en nuestro país es Oliver Button es una nena, un libro de valores (quizá por eso sea tan conocido… ¡Ejem!... No digo más…) recién reeditado por Kalandraka que rompe una lanza por los estereotipos sexuales contextualizándolo en el universo escolar en la que Oliver, un niño al que le encanta la danza, tras ser objeto de las burlas de sus compañeros se enfrenta a la situación de una manera muy elegante y consigue la aceptación del resto.


Esa es la línea que también sigue La clase de dibujo (también existe una edición antigua de Everest), un relato de carácter semi-autobiográfico en el que dePaola presenta a la mayor parte de su familia y de paso nos hace partícipe de sus tempranos deseos de ser artista. Por otro lado da una vuelta de tuerca a la ficción y nos cuenta los miedos de un niño ante una discrepancia con su profesora de plástica (no recuerdo otro álbum en el que el autor vuelva al pasado para cambiar su propia historia en un escenario diferente y con una misma consecuencia: ser un artista).


Lo religioso también tiene cabida en la obra de un autor que firma obras como The Clown of God: An Old Story, una versión de la historia de Anatole France sobre el ascenso y la caída de un malabarista y el milagro que ocurre en su sorprendente actuación final ante una estatua de la Virgen María y el Niño Jesús. También citar en este apartado todas sus biografías de santos y vírgenes -Francisco de Asís, San Patricio, Santa Escolástica, San Benito o Nuestra Señora de Guadalupe- así como de otros episodios bíblicos, una pequeña colección de álbumes informativos en la que presta atención a las fiestas religiosas como la Semana Santa o Chanukah judío (My First Easter y My First Chanukah respectivamente), y su libro Quiet, donde recoge una profunda y mística relación entre el hombre y la naturaleza.




Por último hacer referencia a sus series Bill and Pete (existe una edición en castellano de Ekaré traducida como Memo y Leo) y The Barkers que hacen acopio de situaciones infantiles bastante familiares. No se nos puede olvidar su serie histórica, que bajo el título 26 Fairmount Avenue, la dirección de su casa de niñez en Connecticut, recoge una serie de episodios de la historia de los Estados Unidos como el huracán del 38 que asoló Nueva Inglaterra o el ataque de Pearl Harbour, así como episodios de su vida cotidiana como niño. También hay que citar The Popcorn Book, un libro informativo sin igual que se adentra en la historia del maíz de las palomitas, sus características, su conservación y la elaboración de este alimento tan popular cuando uno va al cine.



Sobre el estilo de las ilustraciones de Tomie dePaola hay que decir que son suaves aunque marcadas por colores brillantes y un estilo casi primitivo. Dan buena cuenta de su interés por el teatro las imágenes que con frecuencia parecen escenarios, como las de Strega Nona o Tony’s Bread.
Sus personajes se centran mucho en el elemento facial más que en el movimiento de la figura. Expresiones donde ojos, narices, boca y el cabello casi siempre despeinado de los protagonistas estimulan la visión de un lector que se refleja en ellos. Con claras influencias por la pintura del románico y el arte popular, y fijándose mucho en los detalles y como enriquecer los textos, Tomie consideraba que su estilo había evolucionado mucho en los últimos años, aunque siempre lo definió como “muy simple y directo” ya que necesitaba ser honesto porque “los niños exigen honestidad y reconocen la impostura."
Y con esto y un bizcocho sólo me resta decir que Tomi dePaola siempre me ha encantado (por si no se habían enterado) y que es de esos autores que todo lo llena de una exuberancia tranquila pero que rebosa alegría y paz, que bien mirado, es mucho, demasiado.  Descanse en paz.



Este artículo se ha elaborado con diferentes entrevistas concedidas a The Horn Book, The New York Times, The New England Journal of Aesthetic Research, así como la biografía recogida en Major Authors and Illustrators for Children and Young Adults. 2002. 2ª ed., 8 vols. Gale Group.

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