Aunque enero y febrero nos han regalado agua a manta (los que vivimos en un clima subdesértico estamos embobados), ya veremos si no llega demasiado pronto el verano y achicharra los brotes verdes ipso facto. Que teniendo en cuenta lo loco que anda el clima últimamente, es lo más probable.
No obstante, hasta que esto ocurra, disfrutemos del verdear de los campos, las yemas reventonas y las semillas germinando. En un par de semanas aparecerán las primeras flores engalanando los parterres, se abrirán camino nuevos colores y todo cambiará su aspecto. Despuntarán tulipanes, jacintos, peonías, narcisos y lirios. Almendros, ciruelos, melocotoneros y albaricoqueros se vestirán de rosa y blanco.
Incluso nosotros nos avivaremos. Saldremos de nuestras cuevas y escondrijos. Para disfrutar del sol, de otros como nosotros, encontrarnos con los amigos e incluso con el amor. Es curioso como la naturaleza sigue su camino dentro y afuera. Baja el interruptor y un millón de sensaciones se agolpan en nuestro interior.
Nos preguntamos y nos respondemos, como los pájaros en su vuelo. Vivarachos como ratones y hacendosos como las hormigas. Nos enredamos en nuestros pensamientos y nos liberamos de esa hojarasca que se quedó adherida. También hurgamos en los demás. Abonamos el futuro mientras regamos el presente. ¿Y el pasado? A la primavera no le trae cuenta.
Y así, nos adentramos en Un jardín propio, el álbum de Marta Ardite y Alicia Varela (Babulinka) que nos invita a acompañar a una niña en su paseo intimista por un lugar de recreo muy particular. Y es que el sendero vital de la protagonista es, como el de cualquier otro lector, un cúmulo de ideas y reflexiones que lanza sin ninguna cautela. Acompañada por un lapicero y una rana garabateada, la cría se cuestiona, baraja posibilidades y va forjando un pensamiento embebido de existencialismo.
Además, gracias a metáforas visuales y un lenguaje poético, el trabajo de las autoras se complementa para lanzarnos mensajes con mucho sabor. Como ese trazo que divide la página horizontalmente y a través del que Alicia Varela define dos mundos, uno subterráneo y otro aéreo, por los que deambula la acción. Quizá reflejos, quizá no. Lo que está claro es que uno y otro se complementan, como el cielo y la tierra, como el yin y el yan.
Una obra muy enriquecida en la que, además de hacer referencia a la Wood Wide Web, aprovechan para homenajear las obras de grandes artistas del siglo XX. Picasso, Mondrian, Calder, Matisse, Kandinsky, Pollock, Hopper, Klimt, O’Keeffe, Delaunay, Lamorisse, Rothko, Magritte o Klee se entremezclan con las ilustraciones de Varela gracias a composiciones que permiten la interacción entre unos elementos y otros. Sin olvidar a Virginia Wolf y Una habitación propia, este libro tiene muchas aristas por las que desbordarse, sobre todo, para los lectores competentes.























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