lunes, 28 de noviembre de 2016

De hojas caídas y botánica humana


Entre que he tenido un fin de semana muy vegetal y las calles se cubren de las hojas que deja caer este otoño de libro, las plantas, unas cuya simbología es fecuentemente usada en los álbumes ilustrados, han regresado a mi vida de golpe y porrazo. Así que hoy les daré la vara con la etnobotánica, esa (pseudo -para algunos-)ciencia que estudia las relaciones que ha establecido, establece y establecerá el ser humano con el reino vegetal, la disciplina que presta atención a esa historia conjunta entre hombres y organismos fotosintéticos.


Por lo general, preferimos los animales a las plantas. Se mueven y eso les da mayor entidad para acompañarnos, pero si lo piensan un poco caerán en la cuenta de que cualquier hogar (y no digo casa) no lo es sin plantas. Además, presten atención: ¿acaso no se han percatado de que viven rodeados de plantas sin verlas? Fíjense: nos despertamos sobre un colchón de látex, polímero elaborado por las plantas originariamente, que descansa en un somier fabricado con láminas de madera (pino, abedul u otras plantas exóticas). Nos deshacemos de las sábanas, cuya materia prima esencial es el algodón, y nos dirigimos al baño. Nos servimos de geles de ducha con aromas florales y esponjas derivadas de fibras vegetales para el aseo, secamos nuestra piel con toallas de algodón rizado, y nos perfumamos a base de colonias con notas de bergamota, rosa, pachuli, limón, musgo o jazmín. Vamos a la cocina con intención de prepararnos un buen desayuno: taza de café o té (el azúcar, blanquilla o de caña, es opcional), dos de los productos por cuyo dominio han pugnado históricamente los hombres, símbolos de poder y moneda de cambio; tostadas a base de pan, tradicionalmente elaborado con harina de trigo, centeno y semillas, que podemos untar con aceite de oliva, tomate, mermeladas (mi preferida la de naranja amarga o arándano) o aguacate. Y mientras disfrutamos de este opíparo reconstituyente, miramos el reloj y... ¡Sorpresa! ¡Llegamos tarde!Abrimos de correprisas la puerta de nogal de la entrada y salimos pitando para el trabajo sobre las cuatro ruedas de caucho (Hevea brasilensis).


Este es el ejemplo más cotidiano que se me ocurre para explicarles que la vida humana depende directamente de más mil especies de plantas e indirectamente de otras dos mil quinientas, lo que quiere decir que echamos mano de más derivados vegetales que animales para nuestra supervivencia, algo que ponen en evidencia los tintes de los tejidos que nos visten, muchos productos sanitarios, la mayor parte de los medicamentos (el ácido salicílico, la penicilina, la taxoina o la digitalina, entre otros) o polímeros utilizados en la industria, como gelatinas, gomas, resinas y otros exudados (acuérdense del chicle y los helados industriales..., sí ,sí, oyen bien).


No obstante, también podemos dejar a un lado el lado material de las cosas y decantarnos por algo más poético y espiritual. Las plantas dentro de la cultura religiosa (el Árbol del Bien y del Mal cristiano, el Yggdrasil nórdico o el loto ayurvédico son buenos ejemplos), su simbología (olivos, palmas, incienso...), su belleza extrema (No dejen de visitar la Selva de Irati este otoño y sabrán a lo que me refiero) o como protagonistas de las historias más hermosas, de entre las que les traigo Mi gran árbol un álbum ilustrado de Jacques Goldstyn y editado en castellano por Tramuntana que además de plantas y hojas caídas (aunque no sean por los rigores de la lluvia o el frío), nos habla de mucho más...

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