La naturaleza está llena de magia. De la nada empiezan a brotar las hojas, revientan las flores y se empiezan a escuchar zumbidos y trinos. La vida, agazapada durante meses, se despierta de golpe. Como si un hechicero hubiera levantado su varita y lanzando un poderoso sortilegio, hubiera encantado hasta la última brizna de hierba.
No me extraña que nuestros antepasados creyeran en Venus, Perséfone, Maya, Ostara o Idun, diosas que se encargaban de alejar el frío y la nieve y llenar el mundo de bichos y plantas. Así, los seres humanos celebraban la fertilidad y toda esa abundancia que nos regala esta época del año.
Hoy sabemos qué son los ritmos circadianos, el fitocromo, el aumento de la temperatura o las hormonas, tanto animales, como vegetales, las que regulan las respuestas de los seres vivos ante los días más largos y calurosos. Una suerte de verbena físico-química que culturas y religiones han adornado a su antojo para amenizarnos los paseos boscosos.
Y hablando de milagros naturales, aquí tenemos La historia de Mo, una colección de álbumes maravillosos con los que su autora, la surcoreana Yeonju Choi ha conquistado las librerías españolas gracias a Libros del Zorro Rojo y el reconocimiento que obtuvo en la categoría de Mejor Ópera Prima en la feria de Bolonia del 2024.
El segundo volumen (2026) lleva por título Un día de verano y nos cuenta cómo Mo lleva a cabo una nueva misión: llevarle a su abuelo los tornillos que necesita para reparar los ventiladores que se va encontrando en la basura y gracias a los que el resto de animales de la isla pueden enfrentar los rigores veraniegos.
Gracias a un mapa casero que le entrega su madre, la ayuda de su amigo el oso y esa combinación de suerte y valentía que siempre está presente en las grandes epopeyas, el felino se lanza al océano. Un calor de mil demonios, Mono, lector voraz y un tanto despistado, la Abuela Tortuga y el resto de la fauna selvática, amenizarán esta nueva y emocionante aventura en la que caben todo tipo de momentos.
Hablemos de cuestiones técnicas. Primero, el formato y la técnica empleada. De pequeño tamaño (12,5 x 16,5 cm), 176/168 páginas (bastantes para lo que se estila) y edición elegante (aspecto entelado y detalles estampados). Resultado: los libritos llaman la atención. Aunque las ilustraciones son de corte clásico, complementan a la perfección a esa narrativa tan parca como elegante que caracteriza a estas historias. Realizadas en tinta (¿plumilla, tal vez)) y coloreadas con sutiles aguadas, nos transportan a otro tiempo. Resultado todavía mejor: los libritos atrapan.
Ni que decir tiene que me encanta su universalidad. Tanto niños, como adultos se pueden ver reflejados en unas historias que nos hablan de la curiosidad, el valor de la amistad, cómo solucionar imprevistos o la importancia de enfrentarse a los miedos. Con un trasfondo muy oriental, estas lecturas cultivan la empatía, la cortesía y, sobre todo, la belleza de vivir el momento presente. Sin olvidar (of course), su propuesta reflexiva sobre el valor de la aventura y el crecimiento personal en un entorno natural y un tanto freak.
Para terminar, apuntarles que hay detalles que no pueden pasar desapercibidos… Mercedes me señaló las setas alucinógenas. Yo luego me encontré con los libros que caen desde los árboles (en las dos historias están muy presentes), dietas extrañas (¿Desde cuándo los gatos comen cacahuetes y bellotas?), carteles con instrucciones, mapas que no sirven para nada. Lo mejor de todo es un protagonista que, a pesar de lo comedidos que son todos sus amigos, se deja guiar por el instinto y hace lo que le da la real gana, toda una suerte de desafío en esta LIJ que nos abruma con paternalismos e historias descafeinadas.
Sí, podemos decir que las historias de Mo tienen mucha magia.








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