martes, 28 de noviembre de 2017

Fuerzas de la naturaleza...


Lo de este otoño no tiene nombre. Un día el cielo se levanta plomizo y al otro, asorrataos nos hallamos. Pero llover, lo que se dice llover, naranjas de la China... Aunque parece ser que el estiaje es una constante en el área mediterránea, creo que lo que nos está viniendo es excesivo. Echo el agua de menos, y punto.
No crean que sólo practico la queja y no busco explicaciones a dichos cambios. Algo he estudiado y empiezo a correlacionar realidades pasadas y actuales con hechos fehacientes... Es evidente que el hielo ártico se ha reducido dos terceras partes en las últimas décadas algo que, por narices, debe alterar en mayor o menor medida el flujo de calor, tanto en las corrientes atmosféricas, como en las oceánicas. Nuestro planeta junto a las leyes de la física se hallan en una búsqueda del equilibrio termodinámico y eso, inevitablemente, modificará nuestro modus vivendi (no sé si logrará exterminarnos, pero sí darnos mala vida, que se ve que es lo que queremos).


¿Que si estamos a tiempo de cambiar la tendencia natural del dióxido de carbono? Tal y como se plantea el sistema económico, lo veo chungo. Luchar contra el capitalismo, su ingesta desmedida de recursos naturales, y la emisión de gases de efecto invernadero, es improbable. Por mucho que unos pocos nos empeñemos en el reciclaje, la parquedad consumista o las políticas de desarrollo sostenible, servirá de poco ante los intereses de mandatarios, multinacionales y energéticas. ¿Se han fijado que los gobiernos dejan a un lado medidas efectivas, como dejar de producir automóviles convencionales, promover la forestación, endurecer las penas a los incendiarios y pirómanos, o abaratar los productos limpios (¡Menudo negociazo las etiquetas verdes!)? Eso sí... se pasan el día calentándonos la cabeza con los embalses para subirnos la factura de la luz.


No obstante y aunque parezca derrotista, abandero que sí deberíamos plantear una concienciación social con líneas efectivas que se aleje de charlas repetitivas y hábitos de vida pseudoreligiosos... Lo del cambio climático es como la literatura, que si no la enseñas como es debido, todos acaban por odiarla (N.B.: Así nos va a los que defendemos los libros y sus bonanzas, que aunque demos pasitos, no llegamos). Hay que pasar a la acción, dejarse de metáforas y juegos de roles. Hay que acojonarse. Lo que más me gusta de este noviembre seco es que a muchos les ha sentado como una bofetada pasearse en tirantes a media mañana. Así que ¡bienvenidos a la realidad, melones!


Y para no quemarme más la sangre con este tema, creo que lo mejor es dejarles con Yokai, un álbum muy hermoso de Carmen Chica y Manuel Marsol (Fulgencio Pimentel). Es fácil perderse en esta fábula con cierto deje a La princesa Mononoke de Miyazaki en la que un repartidor se pone a plantar un pino en medio del bosque viéndose atrapado por los espíritus de la naturaleza, fuerzas encantadoras y extrañas que se confunden con los árboles, las montañas y los animales que viven en él. Apoyándose en un formato diferente y delicado, esta historia transformadora, jovial y evocadora, merece la pena ser experimentada y hacerse realidad.


2 comentarios:

miriabad dijo...

Yo estoy acojonada...

Román Belmonte dijo...

No podemos estar de otra forma mientras los que mangonean tomen medidas eficaces... De nada sirven nuestros granitos de arena sin una estrategia global. En fin, lloremos...

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