lunes, 25 de febrero de 2019

La noche nos confunde



Cada vez se hacen más duros los lunes. Es oír el despertador y echarme a temblar. ¡Cómo están los cuerpos! ¡Hechos bicarbonato! No es de extrañar pues el fin de semana ha sido un no-parar. Que si locuras familiares, una de limpieza exhaustiva, juerga sin freno… Y así sucede, que los años no pasan en balde y recuperarse es harto difícil. Sí, sí, lo sé, me repito mil y una veces eso de “Déjate de juergas y quédate en tu casa, so melón”, pero es que no hay quien se resista a una buena dosis de jarana.
Por mucho que los cuarentones vivan encantados con el tardeo, ese invento albaceteño-murciano-alicantino que está cobrando cada vez más adeptos (así los padres pueden levantarse tempranico y hacerse cargo de sus vástagos), un servidor es muy fan de la nocturnidad y alevosía. No es lo mismo entregarse a ciertos menesteres en la oscuridad que hacerlo a plena luz del día. Y es que la noche y la luna tienen gran parte de fantasía.


Esto no quiere decir que me guste vivir de noche, pues no padezco de insomnio (debe ser una putada eso de no pegar ojo), ni soy de esos que se acuestan a las tantas a golpe de serie o película, pero sí he de reconocer que hay que rendirse ante los encantos de la luna que mengua y el libre albedrío cuando sea menester, dejar que el cuerpo se embriague de tales fuerzas y elixires. Pues no es lo mismo propinar un beso de amor, contar un cuento o celebrar un evento bajo la luz de las estrellas, que a la hora del almuerzo.
Si no me creen les invito a disfrutar de Diez cerditos luneros, un álbum escrito por Lindsay Lee Johnson e ilustrado por Carll Cneut (ediciones Ekaré), en el que unos cerdos muy soñadores (y poco somnolientos) deciden abandonar la cama para aventurarse en la noche. Con cierto deje a otros álbumes que ensalzan los valores nocturnos como La cocina de noche de Sendak o El maravilloso viaje a través de la noche de Heine, este libro abandona la fantasía como valor intrínseco del universo de la oscuridad y los sueños, y se dirige hacia derroteros más realistas y sugerentes. A ello hay que añadir la gran compenetración entre texto e imágenes, una que proporciona al lector varios discursos y le ayuda a interactuar como espectador y participante.


Sobre las ilustraciones del maestro Cneut decir que son inmejorables. El contraste entre las sombras (¿Adivinan qué otros animales viven en el resto de casas?), el ecosistema azulado que envuelve a las figuras de los protagonistas (N.B.: Si lo comparan con la última escena del álbum en la que despunta el sol, verán el contraste), la presencia de la luna y su luz (me encanta la escena en la que queda velada por culpa de las nubes) y un ejercicio compositivo que imprime mucho movimiento, hacen de este libro una delicia para soñar solo o acompañado.
¡Ah! Y no pierdan de vista a ese cerdito lector y el libro que lo acompaña durante toda la acción.


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