lunes, 20 de noviembre de 2017

Juegos infantiles contra la adulta gravedad


Contaminarse es cosa de adultos. Es lo que toca cuando no puedes volver a Nunca Jamás. Hasta el último mono tiene ganas de hacerse “grande”. Medallica por aquí, medallica por allá. Sobre todo a costa de los demás, que es lo que más luce: mandar, mandar y mandar. ¡Ay cómo se te ocurra poner su palabra divina en tela de juicio! ¡Maldito quedarás! Ccaerán sobre ti y te sepultarán. A ver si heredan el cortijo y revientan, poquito a poco, para que nos luzca a todos, a ellos sobre todo.


Estoy harto de adultos haciéndose los responsables... Román, no digas tacos, es mejor ser suavón y sibilino... Román, es preferible acuchillar a la gente por la espalda que en público, les gusta mucho más... Román, la política no se habla, se hace... Román, saltar, correr, reír... ¡eres peor que los alumnos! Un profesor de verdad debe ser odioso, gris, ¡ceniciento!... Román, esos temas con prudencia, no sea que la gente piense con coherencia... Román, ¡qué irresponsabilidad!...


Y pensar que cuando era un niño ¡nadie sabía mi nombre...! Ramón, Germán, Tristán, pero nunca Román...) ¡Qué asco de gente, que a uno no le dejan jugar! Yo solo me divierto, y ya está. Me gusta vivir, me gusta danzar, me gusta reír y me gusta soñar. Por ahora, nadie me ha robado la infancia, ¡ni me la van a robar! Les aviso que los monstruos no dejamos la vida sin más. Un servidor, como la yedra terca, luchará por brotar.


Me hace más feliz hablar de libros con los alumnos que con algunos adultos (¡Shhhh! ¡He montado un club de lectura en una hora de clase! Pero no se chiven que seguramente docentes y padres exclamarán “¡Qué gran inutilidad!”). Parece ser que cuando uno llega a cierta edad todo se debe rodear de problemas. El gesto se torna grave y la sonrisa es algo testimonial. Seguramente sea fruto del aburrimiento (Trabajo, casa, familia; trabajo, casa, familia. Hartazgo asegurado), quizá una pose necesaria (La mujer del césar no sólo debe ser honrada, sino parecerlo), pero el caso es que quienes no la secundamos, según ellos, no nos realizamos. Qué asco de gente (soy menos poético que Momo, la de Ende, que también se enfrentaba a este tipo de humanos).


Menos mal que estamos nosotros, la resistencia, para dejarnos de chorradas y andar inventando. Reírnos de nosotros mismos, también de los demás. Juguetear con unos, hacernos pasar por otros y, sobre todo, disfrutar. Como la protagonista de La saltinadora gigante un álbum de Helen Oxenbury y Julia Donaldson (Juventud) que mezclando juegos infantiles, prejuicios adultos y las retahílas, nos trae una historia sencilla y encantadora en la que más de un niño y un adulto se verán reflejados, por lo cómico, por lo absurdo.
En fin, vamos a correr un (es)tupido velo y pensar en las emociones y momentos felices que nos esperan, que es lunes y no me quiero mosquear.

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