miércoles, 8 de marzo de 2017

Pelirrojos en la Literatura Infantil y Juvenil


Astrid Lindgren. Pippi Calzaslargas. Blackie Books.

Aunque tener el pelo rojo no es una cosa común (N.B.: A pesar de que la National Geographic “estimó” que sólo lo presenta un 2% de la población, hay que decir que, basándonos en recuentos serios, sólo sería pelirrojo el 0,62% de la población mundial ¡como mucho!), me he enterado de que muchos personajes que han pasado a la historia, como Ramsés II, Galileo Galilei, Cristobal Colón, Enrique VII o la reina Victoria de Inglaterra, presentaban pelo de color zanahoria. Así que empecé a curiosear sobre este tema y terminé (inevitablemente) fijándome en los personajes pelirrojos de la Literatura infantil...


Runer Jonsson. Vicke Viking (col.).


Ellis Kaut. Pumuky (col.). Noguer.



Fauche, Leturgie y Luguy. Percevan (col.). Norma.

Es curioso constatar cómo muchos autores caracterizan a los personajes de sus creaciones con el pelo anaranjado. Bien por resultar exótico, bien por una serie de connotaciones que intentaré hacerles llegar aquí, Ana de las Tejas Verdes, Madeline o Tintín son claros ejemplos de que los pelirrojos tienen mucho atractivo para los pequeños lectores. Pero antes, algunos datos objetivos para meternos en harina...


Hergé. Tintín (col.). Juventud.


Ludwig Bemelmans. Madeline (col.).


Chispas. En: Llanos Campos. El tesoro de Barracuda. Jùlia Sardá (il.). SM.

El color anaranjado del pelo se relaciona con la presencia del gen recesivo MC1R que está en el cromosoma 16 (Aunque hay pelirrojos que no lo tienen. ¡Qué difíciles estos genetistas y sus códigos secretos...!) y 11 genes (concretamente en los cromosomas 15, 20 y 4), que presenta la especie humana desde hace unos 50.000 años y que es independiente de los genes que determinan el color de ojos (marrones, casi siempre) y de la raza (¡Sí! ¡Hay negros y asiáticos pelirrojos!). Si bien es cierto que este fragmento de ADN es más común entre escoceses (¡hasta un 13% de la población! según algunas fuentes), irlandeses, galeses (10% de la población en ambos), marroquíes (en la región del Rif también hay un 10%) o rusos (el 10% de la población de la región de Kazan tiene el pelo anaranjado), que en italianos, israelitas o españoles (¿A qué conocen pocos? En mis doce años de profesor y mis centenas de alumnos sólo recuerdo a una chica pelirroja). 


Roald Dahl. James and the giant peach. Lane Smith (il.)


Beatrice Alemagna, El maravilloso mini-peli-coso. Combel.



José Fragoso. La increíblemente alucinante historia de Marcial el niño normal. Narval.

Pero... ¿todos los pelirrojos tienen el mismo tono en su vello? No, al igual que rubios o morenos, el rojo del pelo tiene diferentes tonalidades, concretamente seis, unos más intensos, otros más claritos, que no son homogéneas en todas las partes del cuerpo (¡Atención los fetichistas del vello público!). También hay personas que pueden presentar zonas con vello rojizo en su cuerpo (cejas, barba y pecho) y no necesariamente sobre la testa (Seguimos con la genética y sus 45 combinaciones posibles). ¡Eso sí! Cuando envejecen, el pelo pierde su color de manera progresiva (rubio apagado) hasta llegar al níveo. Algunas de las ventajas de las personas con este color de pelo es que son capaces de producir su propia vitamina D en ausencia de luz solar ya que suelen presentar también una coloración de piel más clara. Muchos, no todos, también presentan pecas cuando se exponen al sol debido a los bajos niveles de eumelanina en su piel, lo que también puede desencadenar melanomas o cáncer de piel (son un 50% más propensos).



Shaun Tan. El árbol rojo. Barbara Fiore Editora.


Violeta Denou. Teo (col.). Timun Mas.


Roberto Santigao y Eva Redondo. Hansel y Gretel, el retorno de la bruja. David Guirao (il.). Edebé.

Otros datos (¡ojo! poco constrastados) avisan de que los hombres pelirrojos sufren cáncer de próstata en un 54% menos, que las personas pelirrojas tienen menor densidad capilar (una media de noventa mil cabellos en una melena sana), que es más difícil tintarse el pelo si lo tienes rojizo (decoloración al canto), que son más sensibles a los cambios de temperatura, que necesitan más cantidad de ciertos anestésicos a la hora de intervenirlos quirúrgicamente, que son más susceptibles de ser picados por las avispas que rubios o morenos, y que ser pelirrojo y zurdo tiene su relación.


Jimmy Bancks. Ginger Meggs.


Anne Cottringer y Alex T. Smith. Eliot Jones, midnight superhero.


Marie-Louise Gay. Stela. Queen of the snow.

Una vez estudiada la esfera científica (interesantísima, ¿no creen?), pasaremos a lo que nos ocupa, la esfera cultural, mientras continuo presentándoles algunos de los personajes con pelo de fuego que pululan por la LIJ. Decir que todas estas cuestiones se relacionan necesariamente con las apreciaciones y estereotipos que se les presuponen a los pelirrojos y que se trasladan a los personajes de los libros infantiles.
Algunas culturas como la de la antigua Grecia, gustaban del esoterismo y, según ellos, cuando un pelirrojo moría, era capaz de regresar al mundo de los vivos transformado en un vampiro, como Rüdiger, el personaje de Angela Sommer-Bodenburg.


Angela Sommer-Bodenburg. El pequeño vampiro. Amelie Glienke (il.). Alfaguara.

Los romanos odiaban a los pelirrojos ya que en muchos de los pueblos que pugnaban por el control de Europa en su contra, por ejemplo godos o celtas, abundaban los guerreros con este color de pelo (¿Se acuerdan de Obelix...? También tenemos a Vercingetorix, un pelirrojo de armas tomar). Aunque también es cierto que cuando les daban muerte gustaban de coleccionar sus cabelleras para regalárselas a las mujeres, unas que consideraban la mar de exóticas estas pelucas.



René Goscinny y Albert Uderzo. Asterix (col.). Planeta.

Todos estas creencias van pasando de mano en mano hasta llegar a la Edad Media una época en la que nacer con el pelo rojo era signo evidente de ser bruja, hombre lobo, vampiro o judío (sí, oyen bien), hasta el punto que el Papa Inocencio VIII incluyó a los pelirrojos en su Malleus Maleficarum, un catálogo de posibles herejes condenados a la hoguera. Esta es la razón por la que estos personajes que tanto abundan en los libros para niños sigan representándose con largas cabelleras rojas.


Sébastien Perez y Benjamin Lacombe. Genealogía de una bruja. Edelvives.

Con frecuencia la mayor parte de los personajes pelirrojos de la literatura para niños y jóvenes suelen tener una personalidad fuerte y están dotados de un carácter salvaje, indómito, una característica que combina a la perfección con lo subversivo de este tipo de libros donde la rebeldía y la ausencia de normas son una constante. Quizá el origen de todos estos personajes esté en el cuento de los hermanos Grimm titulado Der Eisenhans (en castellano Juan de Hierro) que tiene como protagonista a un ser misterioso y sobrenatural que es una mezcla de héroe y villano, y que, posiblemente, tiene su origen en otros cuentos y novelas que, desde la Edad Media copan nuestro ideario colectivo (Roberto el diablo, Guerrino y el hombre salvaje de Straparola o El hombre de cobre de El príncipe Iván y la princesa Martha de Afanasiev).



Lizzie Hosaeus

También es bastante corriente asociar el color de pelo rojo a los seres de la naturaleza. Elfos, hadas, ondinas y duendes se suelen representar con frecuencia con los cabellos de esta coloración, no sólo por resultar exótico (algo que siempre va ligado a lo mágico), sino porque todos estas creaciones fantásticas proceden de las culturas nórdicas, unos pueblos en los que, como ya hemos dicho, hay mucho pelirrojo.


Benjamin Lacombe. Ondina. Edelvives.


Por último me gustaría llamar la atención sobre la relación entre lo femenino, lo bello y lo pelirrojo, una que parte de la imagen que desprenden muchas obras de arte desde el Renacimiento, en el que lo diferente (El nacimiento de Venus de Boticelli), lo prohibido (las representaciones de María Magdalena) y lo sexual (las mujeres de Gustav Klimt), se mezclan a partes iguales, para producir unos estereotipos femeninos muy llamativos a los que han contribuido narraciones como Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift.



Maria Parr. Tania Val de Lumbre. Zuzanna Celej (il.). Nórdica.



Einat Tsarfati. Los vecinos. Tramuntana.



Matz Mainka. Hermanas. Ana Juan (il.). Edelvives.

Aunque todo lo anterior nos puede parecer curioso y anecdótico, lo cierto es que sigue teniendo sus consecuencias negativas para todos aquellos que lucen el rojo de su pelo. Por ponerles dos ejemplos les cuento que Hitler, en pleno siglo XX y utilizando como coartada muchas de estas supersticiones antiguas, prohibió los matrimonios entre pelirrojos por miedo a que su “proyecto” para aupar la raza aria se viera truncado, o que los ingleses usan el vocablo “gingerism” para dar nombre a la exclusión que reciben los niños pelirrojos en Inglaterra (son abundantes los casos de bullying y los suicidios entre pelirrojos), donde existen multitud de conflictos por este tema (alucinen cuando sepan que una de las mayores empresas de conservación de esperma utilizados en técnicas de reproducción asistida, Cryos International, anunció en 2011 que no aceptaría más donaciones procedentes de hombres pelirrojos).


Arthur Conan Doyle. La liga de los pelirrojos. Iban Barrenetxea (il.). Anaya.


Wen Dee Tan. Lili. Babulinka Books.


Jules Renard. Pelo de zanahoria. Gabriela Rubio (il.). Media Vaca.

Sí, lectores. A veces ser diferente es lujo, a veces un coñazo, pero lo verdaderamente importante es estar y hacer evidente que todos ponemos nuestro grano de arena, aunque sea en los libros para niños.


Jim Kay. RonWeasley. En: J. K. Rowling. Harry Potter (col.).

lunes, 6 de marzo de 2017

Aprendiendo de los alumnos


No les miento si les digo que mi grupo de 3º B, a pesar de ser más gandules que el suelo, me tienen loco de contento. Aunque montan el circo con más asiduidad de la que me gustaría (¡Todo el día enredando!), lo cierto es que me suelen prestar atención cuando les explico más en profundidad o les cuento algún ejemplo sobre lo que estamos estudiando. Vamos, que están vivos y eso se agradece.


Miren. Les cuento... Adrián se lo pasa en grande (todo el día con la sonrisa en la boca). La Sara, tan madura ella, sigue deslenguada. Joaquín y José Manuel (el grande) entretenidos con cualquier cosa mientras José Manuel (el chico), en la distancia, también se une a la fiesta (menos en su cuaderno, está en otro sitio). Andrés más feliz que una perdiz, con sus canciones, sus disquisiciones y sus cosas variopintas. Ladrón de Guevara (un apellido con empaque, mire usté) intenta ponerse serio pero no puede. Maricarmen y la Minerva siguen de mesa camilla ¡Qué par de cacatuas!... ¡Viva! ¡Darlin y sus garabatos se han despertado! ¿Algún día Javi y Marisol me contarán que ocurre en ese planeta que habitan? “¡Nacho! ¡El gorro fuera!” Virginia y sus manías higiénicas me dejan con la boca abierta, y Cecilia y Lidia siguen el hilo muy calladitas, ni pío dicen con tal de no pecar (¡Menos mal que alguien estudia en esta parva!). Alberto y los Jesuses, bastante tranquilos, sueltan alguna perla de vez en cuando. Claudia resignada y Juanfran sentando cátedra. Hasta Donate, ha dejado sus temores a un lado, ¡y se va a arrancar por bulerías con esto de la lectura en voz alta!... Esperemos que algún día les dé por estudiar...


Con tanto jaleo me acabo de acordar de Pájaros en la cabeza un álbum de Rocío Araya. Este libro con dos vidas, una, la que nació desde la autoedición y el crowdfunding, y la segunda, la que le dio hace poco la editorial Litera a modo de resurrección, no tiene desperdicio. Con la serie de cambios acometidos por la propia autora, una artista con un estilo muy libre que descansa en el collage, el trazo fresco y el contraste entre el blanco degradado y las manchas de color, más todavía.


Pájaros en la cabeza es uno de esos libros que todo maestro debería leer (tomen nota para los futuros regalos y peloteos varios), no sólo para hacer un poco de autocrítica, sino porque en él, desde la modestia, se recoge la quintaesencia de cualquier libro para niños de calidad. Por un lado nos habla de lo subversivo, de ese espacio en el que el niño se siente libre y se enfrenta al orden establecido por el mundo adulto, poniendo en duda sus preceptos. Por otro, se relaciona con un lugar próximo al pequeño lector, la escuela. El colegio es uno de esos sitios donde puede pasar de todo, donde los niños invierten su tiempo, aprendiendo, jugando, interaccionando con otros iguales. Es el mejor rincón para desarrollar la acción. En último lugar cabe apuntar que, en esta historia, la protagonista lleva a gala eso de imaginar, de buscar lo poético en lo cotidiano, de hurgar en la fantasía para encontrar las respuestas a lo que le rodea, de soñar, soñar mucho.


En fin, que yo no sé si estos pupilos míos aprenderán algo de biología, pero al menos y como ocurre al final de este libro-álbum, nos entendemos y aprendemos los unos de los otros, que al fin y al cabo es de lo que trata la vida.


viernes, 3 de marzo de 2017

Pedaleando entre almendros en flor


Aunque las bicicletas son para el verano parece que estos días pre-primaverales están animando a más de uno a acomodarse sobre el sillín (¡Mira que cuesta adaptar el culo a esta horma!) y empezar a pedalear. Pero ¡cuidado!, que todavía se puede encapotar el cielo y mojarnos en mitad del paseo entre los almendros en flor... No hay prisa, ya llegará el verano y silbaremos a la luz de las estrellas las canciones del ayer.

La bici sigue la cleta
por un ave siempre nida
y la trom suena su peta...
¡Qué canción tan perseguida!

El ferro sigue el carril
por el alti casi plano,
como el pere sigue al jil
y el otoño a su verano.

Detrás del hori va el zonte,
detrás del ele va el fante,
corren juntos por el monte
y a veces más adelante.

Allá se va el corazón
en aero plano plano
y con él va la canción
escrita en caste muy llano.
Eduardo Polo.
La bicicleta.
En: Chamario.
Ilustraciones de Arnal Ballester.
Prefacio de Eugenio Montejo.
2004. Ekaré: Caracas.


jueves, 2 de marzo de 2017

Pablo Ráez o cómo hacer un mundo mejor


Barbara Cooney. La señorita Emilia. Ekaré.

No sé qué hubiera opinado Pablo Ráez de que una calle llevara su nombre, ni si le hubiera gustado recibir tantos honores tras su fallecimiento. Lo único que sé es que la muerte de este chico ha generado ciertas controversias que me gustaría recoger en este lugar donde los monstruos también lloran.


Sarah Stewart y David Small (il.). La jardinera. Ekaré.

Unos dicen que el cáncer, esa enfermedad condicionada, tanto por factores genéticos, como por ambientales, engulle cientos de vidas a diario. Que Pablo era otro de esos enfermos que conviven con la leucemia y cuya recuperación depende más de la ciencia y los médicos que de su propio estoicismo. Que la de este chico era otra vida truncada por una realidad que golpea a la especie humana con mucha frecuencia, más todavía desde que la industria química y los hábitos poco saludables irrumpieron en nuestro modus operandi. Nada excepcional. ¿Qué familia no sabe lo que es el cáncer? Los enfermos no son héroes, ni mesías, tampoco mártires, sino el resultado, por desgracia, de mucha mala suerte.


Mac Barnett y Jon Klassen (il.). Hilo sin fin. Juventud.

Al otro lado tenemos aquellos que se deshacen en loas a un chaval que decidió no amilanarse frente a la adversidad, que buscó las palabras más adecuadas para animarse a sí mismo, a sus allegados, a quienes lo rodeaban. Que vestía con una sonrisa al mal tiempo, que dejaba correr la brisa para aliviar esa cruda carrera de fondo, y que nos enseñó que la vida es un regalo enorme. Que era un ejemplo de entereza y lucha, de fuerza ante la adversidad. Muy carismático, un gran comunicador, despierto y esperanzado.


Cho Sunkyung. El jardín subterráneo. Thule.

Y en medio de todo esto ando yo. Pensando que Pablo Ráez fue una persona ingeniosa que, desde su propio individualismo, supo aupar una iniciativa que ha resultado ser una de las mejores campañas para captar donantes de médula ósea de este país. Que, de un modo honesto y sincero, supo llegar a los que le rodeaban para desarrollar un bucle solidario, no sólo para beneficiarse de su incesante búsqueda de hallar un donante compatible, sino para, sin comerlo ni beberlo, abrir muchas puertas a otros enfermos y hacer visible el sufrido campo de minas que conllevan los trasplantes de médula ósea.


Monika Feth y Antoni Boratynski (il). El señor Todoazul abrillantador de placas callejeras. Lumen. 


Jeanette Winter. La bibliotecaria de Basora. Una historia real de Iraq. Juventud.

No sé si Pablo Ráez se merece una calle, una estatua o uno de esos bancos dedicados tan típicos en Inglaterra que bien podrían bordear la Malagueta, pero sería maravilloso que su historia, otra que habla de cómo hacer más hermoso y especial nuestro mundo, fuera recogida en un libro para niños, para mí, el más bonito de los tributos.


Barbara Cooney. La señorita Emilia. Ekaré.

miércoles, 1 de marzo de 2017

9º Aniversario de DVLM LIJ Blog



Esa vez no lloré. Fruncí los labios y, agachando más la cabeza, agarré el lápiz entre mis dedos para que no saliese volando, apretando su punta de grafito contra el papel. Al mismo tiempo que recorría los trazos imaginarios de las palabras, rezaba por encajarlas entre aquellas dos líneas paralelas, pidiéndole a algún dios que las guiase para que no se saliesen del camino. Era un verdadero suplicio hacer todo esto mientras prestaba atención a los pasos de aquel verdugo, esperando en cualquier momento un golpe en la cabeza como premio a cualquier furtivo error. 
Dibujaba el primer arco de la m para después unirla con la a, todo ello con milimétrica proporción y a una velocidad constante. Seguía con otra m, que debía ser idéntica a la anterior, para terminar con el rabo de la última a, la que más me gustaba por anunciar el final. Pero esta mezcla de satisfacción y libertad duraba muy poco, ya que otra palabra me esperaba con impaciencia en el calvario que era aquel cuaderno de tez amarilla. 
Así aprendí a escribir: entre mucha pena, alguna lágrima y demasiados golpes, lo cual no dice mucho de mi entonces maestro.



Leer fue otra historia. Mucho más agradable, por supuesto. En un principio pensé que se debía al restringido uso de las manos, lo que para mí, niño de torpes ademanes, era un alivio. También creía que para ser un buen lector, se debía tener unos ojos grandes y despiertos como los míos para que no se escapase ni una zeta, y una imaginación enorme, como los viñedos de mi infancia, como el extenso horizonte de mi llanura infinita.



Aquella cartilla mugrienta que había pasado de padre a hermana, de hermana a prima y de prima a primo, era mejor compañía que el odioso cuaderno donde practicaba la caligrafía. Al principio no entendía nada. Labios y lengua tropezaban cada dos por tres con alguna letra, leía con torpeza. A lo sumo, como un robot. Poco a poco, las palabras fueron cobrando cierto sentido. Cuando leía mamá, veía su melena rubia, cayendo trastabillada sobre los hombros mientras frotaba las sábanas en el lavadero, sonriendo, sin saber porqué. Si la palabra era papá, siempre se repetía la misma escena: corría de un lado a otro, si no era detrás de algún animal, era por algún olvido. Él siempre ha sido así. 
Aquel librito se ensuciaba cada vez más. Cuando no era por las manchas del aceite que sazonaba las meriendas, recibía algún que otro pisotón, deteriorándose hasta tal extremo, que en vez de leer lengua castellana, me dedicaba a descifrar jeroglíficos de no-sé-qué civilización antigua. Si no hubiese sido por Javier, mi afición por las letras hubiese terminado así, de lamparón en lamparón...



Javier era hijo del maestro, de otro maestro. En su casa tenía una estantería rebosante de libros. Grandes, estrechos, largos, gruesos, nuevos, viejos, sin tapa, sucios, limpios, pequeños…, que además de guardar cientos de palabras nuevas y significados desconocidos, se podían tocar. Empecé aprendiendo algunas palabras, como isla, barco, tesoro; otras como selva, pantera o lobo. Algunas más extrañas: príncipe, planeta, astrónomo y baobab. Andrés y yo discutíamos sobre algunas palabras ¿Era más bonita cisne o pato? Nunca llegábamos a ninguna conclusión, pero ambos deseábamos tener un burro como Platero, pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón. 
Leímos toda la estantería, de arriba abajo, sin desdeñar ningún título. Aunque ya conocíamos las palabras más bonitas –mensaje, risa, chispa y arroz, carta, beso, paloma y rincón-, ansiábamos más. Decidimos salir a buscar más, y con algunas monedas, trabajo e ilusión las encontramos... 




En cientos de lugares, en cualquier momento, doblando cada esquina, trepando por el cordón de la vida, he encontrado montones de palabras, montones de significados. 
Y tras muchos viajes y algunos golpes, he ido coleccionando momentos, juntando palabras. Este es mi muestrario de palabras, este es el cuento de todas las palabras del mundo, escrito aquí para que nadie lo olvide, escrito aquí, sencillamente, por lo que tanto me costó en un principio, escribir.





Román Belmonte. 
Todas las palabras del mundo. 
Las imágenes que acompañan a este texto pertenecen a varias obras de Ruth Krauss y Maurice Sendak (il.) editadas originariamente por Harper & Row, entre las que están Open house to butterflies, I'll be you and you be me y A hole is to dig, publicada esta última en castellano (Un hoyo es para escarbar) por la editorial Kalandraka (2016, Vigo).