jueves, 18 de marzo de 2021

Duelos inacabados


Uno de los temas que más se ha velado y silenciado durante la pandemia ha sido y es el de los problemas sociales que está trayendo el duelo mal gestionado. Han sido muchos las personas que han perdido la vida durante estos meses en los que el virus ha campado a sus anchas, y muchas otras las que no han podido despedirse de sus seres queridos del modo deseado. Padres, abuelos, hermanos, primos y amigos que se fueron y ya nunca volverán han dejado rota la vida de personas que todavía siguen encontrándose en un limbo emocional muy difícil.
Lo creamos o no esto tiene graves consecuencias, no sólo personales, sino también sociales, pues el duelo es una reacción interna, la respuesta natural y saludable frente a la muerte. Es verdad que cada duelo es un mundo, un proceso único e irrepetible, pero por lo general se establecen una serie de fases que todo doliente suele atravesar.


Debido a la situación restrictiva que padecemos, mucha gente se ha visto privada de asistir a los actos y rituales de despedida física de los fallecidos, y al mismo tiempo tampoco han podido experimentar alguna de esas fases de las que hablo, sobre todo las denominadas duelo agudo y el duelo temprano. Es por ello que no han sido capaces de elaborar y construir una respuesta completa a la pérdida.
Algunos han hecho lo que han podido llorando sobre las plantas que su madre cultivaba en el balcón o leyendo los libros de su padre a la luz de unas velas que titilan por el recuerdo, pero nada es comparable a un acto de conciliación real donde vivos y yacentes conversan sobre lo que fue y lo que será.


Teniendo en cuenta que este problema deriva de una decisión sobre la salud pública, es decir, colectiva, sería deseable que fuese la propia sociedad quien se preocupara de ese vacío emocional y psicológico que ha alterado la vida de muchos dolientes. Esto no ha sucedido así y son pocos los especialistas e instituciones que dirigen su esfuerzo a paliar estos daños colaterales.
Si además, entre esos afectados, somos capaces de atisbar la cara de montones de niños -la muerte y el duelo también son su problema- la cosa iría de perlas, no sólo porque son siempre los grandes olvidados en estos temas, sino porque es todavía más difícil la gestión de unas huellas indelebles que imprimen en ellos la ausencia de un padre o una abuela, más todavía si no tienen un patrón adulto y reconocible en el que reflejarse.


No nos hace ningún bien mirar hacia otro lado, pues tomar cartas en el asunto es una responsabilidad de todos para fortalecer una sociedad que, a pesar de parecer repleta de buenismo y compromiso, tiene mucho de egoísta e inhumana. Por mi parte, invito a todos aquellos que tengan niños a su cargo con este problema a visitar el monográfico sobre La muerte en los libros infantiles y por otro, a leer La cabina de teléfono en el jardín del señor Hirota, un álbum muy inspirador de Heather Smith y Rachel Wada recién publicado por la editorial A fin de cuentos.
En él se narra la historia compartida del señor Hirota y el pequeño Makio. Como otros muchos vecinos, pierden a sus familiares tras la gran ola que destruye la aldea. Todo es silencio en las calles hasta que el señor Hirota decide instalar un teléfono que devuelve la voz a todos, incluido el pequeño Makio, para poder comunicarse con aquellos a quienes no pudieron decir adiós.


Con un lenguaje quieto y poético, las autoras dan alas a una creación llena de sensibilidad que se realza gracias a unas ilustraciones de composición evocadora y una paleta de color donde las medias tintas y el gris cooperan en un mensaje triste pero esperanzador. Elaboradas con técnicas que recuerdan al tradicional grabado japonés no podrán dejar de contemplarlas.
Lo más curioso de todo es que este libro está basado en la historia real de Itaru Sasaki, un hombre que construyó una cabina de teléfono en su jardín para hablar con su primo fallecido en 2010. A pesar de ser un teléfono desconectado, Sasaki creía que las palabras podían viajar a través del viento, una manera de hablar con su primo y poder lidiar así con el dolor que le ocasionaba la pérdida. Un año más tarde, cuando el tsunami azotó las costas de Japón, el llamado “teléfono del viento” fue abierto al público y hasta hoy ha recibido más de 30.000 visitas de personas anónimas que buscan un refugio sentimental que es ayude a afrontar el duelo
 

Aunque este primer “teléfono de viento” se halla en Otsuchi, la idea se ha extendido por otras zonas de Japón e incluso del mundo, como Dublín (Irlanda) y los estados de California, Colorado, Carolina del Norte o Massachusetts (EE.UU).
Esperemos que lean y encuentren respuestas, porque al fin y al cabo el duelo es eso, vivir.

miércoles, 17 de marzo de 2021

Elegir un amor


La primera vez que leí Los tónicos de la voluntad, el ensayo más conocido de Santiago Ramón y Cajal y secuela del discurso pronunciado en la ceremonia de recepción del Nobel de Medicina en 1906, me quedé boquiabierto. Algunas partes me parecieron exquisitas y otras no tanto, sobre todo la que se refería a sus planteamientos sobre las parejas de los científicos. Se despachó de lo lindo dando una buena tanda de consejos a científicos en ciernes para que eligieran esposa de la manera más correcta y esto no lastrara sus logros profesionales. Por ponerles un ejemplo, según él, existían cuatro tipos de mujeres: la intelectual, la heredera rica, la artista y la hacendosa. ¿Y cuál le corresponde al hombre de ciencia? Pasen y vean. Si algunas leyeran algunas de sus perlas, más de una quemaba el librito.


Yo, un veinteañero en pleno siglo XXI, flipaba con estos anacronismos, pero ahora que ha pasado el tiempo, lo veo con otra perspectiva. Lo primero es que el tío dedicó un capítulo entero en reconocer el papel de Silveria Fañanas en todos sus logros. Si su mujer no se hubiera sacrificado para sacar adelante una casa mientras estirazaba de siete críos, él no hubiera pasado de Juan Lanas.
Y lo segundo es que tiene bastante razón en eso de elegir correctamente a la pareja. Dejando a un lado las posturas feministas y haciendo extensivas sus palabras a cualquier tipo de pareja, hace años que constato la necesidad de ser práctico con esto de los sentimientos. No es que yo abogue por los matrimonios de conveniencia, pero sí veo cómo esa diferencia de educación, origen o formación entre los miembros de muchas parejas las aboca al desastre.


Si ya hace falta mucha cabeza y tragar demasiada salida para no echar por tierra cualquier relación, imaginen qué pasaría si diferencias monetarias, formativas, religiosas, raciales o de clase entraran en juego. Pues que a la mínima estalla la guerra, el asunto se deteriora y el cariño termina en cualquier cuneta.
Es curioso cómo en apenas un siglo ha cambiado la forma de emparejarnos. Hemos pasado de una época en la que nuestras circunstancias, llámense estas familia o situación laboral, decidían, a otra en la que nos dejamos llevar por el amor, ese sentimiento tan hermoso como paradójico que nada tiene que ver con lo práctico de la vida. Un fenómeno digno de estudio con el que hoy les invito a conocer Tiffky Doofky. De profesión, basurero, un álbum del gran William Steig publicado en castellano por Blackie Books.


Tiffky Doofky es un perro que deambula de un lado a otro con su camión y recoger todo tipo de basura. Mientras trabaja, Madame Tarsal, una adivina, le invita a entrar en su negocio y le hace saber que ese es el día en el que conocerá a su futura esposa. Con mucho entusiasmo, se dirige hacia en vertedero y ¡voilá!, entre los desperdicios encuentra un collar de esmeraldas. Todo va sobre ruedas (nunca mejor dicho) hasta que un extraño personaje se cruza en su camino y le hace saber que el collar pertenece a quien le va a robar el corazón… Y hasta ahí puedo leer.


Como en otras obras de Steig protagonizadas por animales, este libro se adentra en los tortuosos caminos que llevan hacia el amor no sin antes jugar con la fantasía y los dictámenes de lo prefijado. Por un lado bebe de la magia de lo inesperado, pero por otro se adentra en lo humano y práctico, una mezcla que suele presentarse en más de una ocasión en la vida y que debemos sopesar dependiendo de las circunstancias.

sábado, 13 de marzo de 2021

Un año de peste


Hoy hace un año que nos encerraron. Un año ya, parece mentira. Con este día de primavera queda lejano, pero si lo piensan detenidamente está a la vuelta de la esquina. La pregunta es qué hemos aprendido. La respuesta que la dé cada uno, pero un servidor ha de decir que más bien poco o sencillamente nada.
Virus, pandemias, confinamientos y vacunas nos han acompañado estos meses como si fueran una novedad, pero lo cierto es que hay poco nuevo bajo el sol. Si durante aquellos meses en los que el mundo se paró, tuvieron a bien leer novelas como Diario del año de la peste de Defoe, Ensayo sobre la ceguera de Saramago, el Decamerón de Boccaccio o Los novios de Manzoni, se darían cuenta que todo lo que nos sucedió -y nos sigue sucediendo- es fiel reflejo de la misma historia, una que siempre se repite cuando una enfermedad contagiosa se desata.
Como soy un clásico, me decanté por La peste, una de las obras cumbre de Albert Camus que bien podría haber sido lectura obligatoria para todos los habitantes mayores de 16 años de este país. Entiendo que una prosa tan poco apasionada como la de Camus hastía a muchos, pero el caso es que tiene mucho de certera narrando las bajezas y flaquezas humanas que transitan un escenario tan poco habitual como la epidemia de peste en Orán. A pesar de lo descriptiva y fría, esta crónica logra empatizar con el lector. Despojada de florituras, presenta la realidad tal y como es. Contagiados, fallecidos, sanitarios, políticos y periodistas se funden en una amalgama que resume (y adelanta) de forma magistral todo lo que hemos pasado.
Es por ello que en este día un tanto especial, les traigo una serie de fragmentos de este libro, primero, para animar a su lectura (les recomiendo como aperitivo Mis tardes con Margueritte, una película donde este libro tiene mucho peso), y segundo, para refrescar su memoria, pues el olvido siempre nos hace flaco favor.

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Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas.

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La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan.

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Continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones. ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas.

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Así fue que, por ejemplo, un sentimiento tan individual como es el de la separación de un ser querido se convirtió de pronto, desde las primeras semanas, mezclado a aquel miedo, en el sufrimiento principal de todo un pueblo durante aquel largo exilio. [...]
Y para todos nosotros, el sentimiento que llenaba nuestra vida y que tan bien creíamos conocer (los oraneses, ya lo hemos dicho, tienen pasiones muy simples) iba tomando una fisonomía nueva.
Así, pues, lo primero que la peste trajo a nuestros conciudadanos fue el exilio.
Cada uno tuvo que aceptar el vivir al día, solo bajo el cielo.

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Además estaba seguro de que durante mucho tiempo los viajeros procurarían evitar la ciudad. Esta peste era la ruina del turismo.

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Comprendo este simpático ardor. Al principio de las plagas y cuando ya han terminado, siempre hay un poco de retórica. En el primer caso es que no se ha perdido todavía la costumbre, y en el segundo, que ya ha vuelto. En el momento de la desgracia es cuando se acostumbra uno a la verdad, es decir al silencio. Esperemos.

jueves, 11 de marzo de 2021

Aguantando tontos


Con tanta susceptibilidad flotando en el ambiente, hay que tener mucho cuidado. No sólo para que los de siempre no se sientan atacados (asunto harto difícil, más todavía si tenemos en cuenta que, hasta sin motivo, no saben hacer otra cosa), sino para velar por mi propia salud mental, que en estos momentos es LA prioridad.
Ya sé que esto de gestionar las emociones puede ser complicado, sobre todo si el resorte flojea, como es mi caso. Da igual que algunos se busquen la ruina por bocazas, simplones, lameculos e ignorantes. Hay que controlarse. Que si no te tachan de violento, maltratador, buscaruidos y hasta malaje. Sí, señores, ellos pueden hacerle la puñeta a cualquiera, porque son enviados divinos, salvadores, demócratas y responsables. Pero, ¡ay de ti como se te ocurra revolverte…! ¡A los leones!


Mira que últimamente exhibo bastante autocontrol, cuento hasta diez y respiro profundamente, pero viendo la de gente absurda y porculera que me rodea, la cosa supone un esfuerzo casi titánico. Sobre todo porque llevo practicando la libertad desde hace mucho tiempo y yo, compromisos, lo que se dice compromisos, pocos.


Digámoslo abiertamente: hay gente a la que todo le viene mal. Como diría mi Gemita “amargados y malfollados”. Sobre todo en situaciones como esta, tan raras, tan antipáticas no saben cerrar el pico. Son capaces de contradecirse a cada minuto con tal de hacerte la contra. Opinadores de todo y expertos en nada, no construyen un discurso lógico ni mucho menos piensan, pues su costumbre es la de repetir como guacamayos la lista de la compra, las consignas de sus respectivos partidos, los titulares de los telediarios, el sermón de la iglesia o las ofertas de La despensa. Lo suyo es rezar, pues su formación -formal o informal- no da para más.


Entrometidos, plastas, ignorantes, analfabetos, aprovechados, cínicos, envidiosos, egoístas e impostores que gustan de rebozarse de la mierda más fresca y nutritiva haciendo uso del cuñaísmo más clásico. Siempre son los mismos. Decirte qué mascarilla debes usar, increparte si no te vacunas, llamar a la policía para que te desbaraten la jarana, y aún encima ¡ellos siempre son las víctimas!


¿Y qué podemos hacer para contraatacar a toda esta panda de jodones? Lo mejor es que presten atención a la lección que David Elliot nos da Oinc, un álbum que vale su peso en oro. Publicado por Océano Travesía las pasadas semanas este álbum sin palabras se desarrolla en la hora del baño. Un cerdito se dispone a meterse en el agua y poner así un puntito relajante al final del día. De repente aparecen la oveja, la vaca y el caballo y se acaba la calma. No paran de parlotear y molestar al pobre cerdito hasta que algo sucede y se produce un desencuentro entre todos ellos.


Aparentemente inofensivo, este libro protagonizado por animales lo tiene todo. Humanidad y humor a partes iguales que se pueden trasladar a otras situaciones del día a día en las que indeseables de todo tipo reciben su merecido. Puntito canalla e inocente que habla de la niñez en su más pura esencia. Y es que a veces hay que ser muy niño para poner en su sitio a todos estos patanes.

miércoles, 10 de marzo de 2021

El valor de la intersección


Es curioso como las diferentes jergas se introducen en el día a día. Expresiones que nunca hubiéramos imaginado se cuelan en nuestras vidas y, sin querer, se instauran en el ideario colectivo creando nuevos conceptos que poco tienen que ver con eso que se llama cotidianeidad. Si “el conjunto de la ciudadanía” o “un libro en verdad” ya me ponen de bastante mal humor, lo de “proyecto de vida” me saca de mis casillas.


Las familias son proyectos, los niños, también. Todo es susceptible de ser planeado, estudiado al milímetro, auditorías y controles de calidad personal y social. Cualquier parcela de la vida se ha convertido en algo que necesita de la corrección política y jurídica, de formalidades y negociaciones, de aprobaciones, de presupuestos, de hipotecas a corto, medio y largo plazo. Sólo nos falta darnos de alta como autónomos y pagar una cuota al estado.
Leo y escucho a todo tipo de majaderos utilizar una expresión reservada al ámbito empresarial, económico, productivo o laboral para referirse a su propia vida. Psicólogos, sociólogos, asistentes sociales y charlatanes han logrado reducir a la mínima expresión algo tan complejo como la propia existencia. Y lo peor de todo es que han conseguido que el resto del rebaño repita como un mantra la dichosa cantinela.


Solo un estúpido podría limitar las innumerables circunstancias que lo acompañan a una serie de factores difícilmente manipulables. Así pasa, que, de vez en cuando, el azar que la vida lleva implícito les propina bofetones que desmoronan esos constructos que se han esforzado por levantar en pro de la arquitectura más efímera y soez.
Incluso lo que puede pecar de producto manufacturado -una bomba nuclear, la famosa vacuna o una maceta-, está supeditado a una serie de factores desconocidos que lo van moldeando paso a paso, día a día. Antojos del tiempo que nos invitan a vivir, pero también a dejarse llevar. Porque quizá, hacer lo imposible para que nuestros hijos estudien una carrera, para celebrar las bodas de oro o para que se vendan un millón de ejemplares de nuestro libro, sean lastres persistentes que solo nos abocarán al fracaso.


Hay que planear algo, más bien poquito, poner la intención, la brújula en camino y nada más. Esa es la razón por la que me rindo y floto. Gracias a la marea, a los impulsos, por culpa de los amigos, también de los sobrinos… Todo eso me arrastra hasta lugares donde no quiero ir pero que, sin comerlo ni beberlo, forman parte de ese hogar informe que me cobija. Les recomiendo esos ejercicios llamados vaivén, quiebro o admiración. Como los que sufre el protagonista del libro de hoy. 
Un arquitecto muy cuadriculado contempla como la construcción del edificio que ha diseñado queda totalmente supeditada a un elemento disruptivo: un árbol. Él hace lo imposible por buscarle los tres pies al gato y salvar esa idea primigenia. Terco como una mula, quiere controlar hasta el último detalle, pero el árbol rompe los esquemas, lo pone a prueba para, al final...


El arquitecto y el árbol, de Thibaut Rassat (Cocobooks), además de ahondar en la relación que el ser humano tiene con lo inesperado, es un especial homenaje a Conical Intersect, la obra de otro arquitecto, Gordon Matta-Clark, que mostró el valor y necesidad de los edificios integradores.
Entren en este libro y trasladen lo que les va diciendo sobre esa dicotomía compleja que llena cada uno de nosotros. Alejándose de lo preceptivo, de las líneas preestablecidas, de todo ese orden aparente que nos enjaula cada hoja del almanaque.

lunes, 8 de marzo de 2021

¿Lenguaje inclusivo en la Literatura Infantil?


Elenore Abbott

8 de marzo y mucho ruido por todos lados. No es que yo vea bien esto de las prohibiciones. De hecho, no estoy a favor de muchas de las medidas que giran en torno a lo pandémico, sobre todo porque observo que los políticos las aplican cuando quieren, véanse como ejemplo las elecciones catalanas. Y menos mal que en estos últimos rifi-rafes, opresores y oprimidos son los mismos, que si no... ¡ardía Troya!
Dejando de lado las paradojas a la española, un servidor se mete en harina y enciende la mecha de otro petardo, el lenguaje inclusivo en la Literatura Infantil, una caja de truenos que quiero abrir desde hace mucho tiempo. Sin entrar en el uso del género femenino en la retórica –véanse palabras como "teniente" o "alcaldesa"-, hoy me gustaría hablar de cómo otras expresiones del citado lenguaje trascienden y se incorporan en la LIJ para, de paso, hacerla infumable.


Ida Rentoul Outhwaite

En las últimas semanas he observado que bastantes libros infantiles incluyen muchas de las nuevas fórmulas que los políticos lanzan en sus consignas. ¿Es eso literatura? 
Si bien es cierto que la literatura es un reflejo del mundo en el que vivimos e incorpora nuevas voces que emergen de él, también lo es que el mundo real (que nada tiene que ver con los hemiciclos, aviso) omite este tipo de expresiones. Si no me creen, solo tienen que acudir a una de mis aulas y dar buena cuenta de que los alumnos no hablan de esa forma, e incluso, empiezan a detestarla (Vean aquí el doble filo de la cuestión...).
También es curioso que muchos afirmen que el lenguaje inclusivo ha nacido de la misma sociedad. Ejem... Les corrijo... Se le ha impuesto a la sociedad desde los núcleos de poder, los púlpitos mediáticos y las redes sociales. A los ciudadanos nos preocupan la trata de blancas, que una mujer pierda su puesto de trabajo por quedarse embarazada, o que cobre menos que su compañero. 
También podrían decirme que la lengua está viva y evoluciona, que tiene mucho de elástica y maleable, lo cual es cierto. Pero no se nos debe olvidar que una de las premisas del lenguaje es que debe permitir el entendimiento de una forma directa y correcta. Y por favor, no me vengan con que la RAE, esa institución obsoleta y patriarcal, ha dicho esto o lo otro... Ustedes pueden escribir como les salga del asunto, pero lo que no puede ser es que midan con distinto rasero unas normas u otras según les parezca. La Literatura Infantil puede y debe ser un vehículo de disfrute y conocimiento lingüístico, pero si quien la escribe no atiende a las reglas, luego no martilleen con el analfabetismo y el informe PISA. Que nos conocemos… 


Margaret Evans Price

En cierta ocasión, un "erudito" del universo de la LIJ se dedicó a comentar las faltas que yo cometía en los post de la cuenta que los monstruos tienen en Instagram. Me dio bastante la turra con los intertextos de las redes sociales y no-sé-cuantos-rollos-más. Mi sorpresa fue que, al acercarme a su cuenta, la encontré llena de “vosotros y vosotras”, de “miembros, miembras y miembres”. Y desde aquí le digo: ¿Desde cuándo los circunloquios enriquecen una lengua, cacho votante? 
En otra ocasión y en cierto libro informativo, llegué a contabilizar hasta 27 veces la expresión “niñas y niños”. Mira que el tema era bonito, pero el autor la cagó con tanta reverberación (al menos, conmigo). 
El principio de economía rige cualquier lengua, es decir, utilizar el menor número de estructuras lingüísticas posibles para dar la mayor cantidad de información. Por ello, desde la perspectiva lingüística, la redacción de cualquier texto en este tipo de lenguaje en el que abundan locuciones cansinas y grafemas impronunciables, resulta redundante, exagerado e inoperante. Denota una subordinación del contenido al continente con fines estratégicos, políticos e ideológicos, algo a lo que ya han apuntado figuras como María Teresa Andruetto. 


Elizabeth Shippen Green

Sí, queridos monstruos, el texto literario se rige por normas que ni yo ni otros "señoros" hemos escrito. Si ustedes pertenecen a esos profesionales de lo literario, deberían conocerlas. Y si no es así, aquí les dejo unas cuantas:
- En la literatura prima la función poética o estética que se consigue con el uso de elementos retóricos. Poco o nada tiene que ver con la función referencial que, por ejemplo, ostenta un discurso institucional. 
- Lo literario no se adscribe a un tiempo y un espacio, sino que debe ser comprensible y atemporal, así como estar por encima de modas y tendencias. 
- El mundo creado en lo literario, ese del que hablaba Rilke, es un todo en sí mismo, incluso si comunica algo sobre la realidad exterior. Eso sí, nunca está subordinado a ella.
- Lo literario se sirve de una voz, de una perspectiva narrativa que el escritor elige para contar su historia y que no coincide con su persona. Si el compromiso confunde narrador con autor y viceversa, ¿dónde queda la literatura? Como ya he dicho en entradas como ESTA, cuando un creador antepone un compromiso político al de su obra, esta se ve seriamente dañada.
Por todo lo anterior, señalo: si la literatura se atiborra de un lenguaje que no añade nada a lo estético o lo lingüístico, pero sí a la construcción de un discurso político, pasa a llamarse neolenguaje. No discutiré sobre si es lícito o no (cada cual puede hacer lo que le parezca), pero conmigo que no cuenten para darle vuelo a esos libros aliterarios.



Virginia Frances Sterrett

Y cuidao, porque la cosa no queda ahí. También tenemos a los editores. Si en este debate diferenciamos entre actores profesionales y no profesionales, y además presuponemos que los editores pertenecen al primer grupo, ¿acaso no deberíamos esperar que, como los escritores o los profesores de lengua, trataran lo literario desde un prisma científico y que no convirtieran sus publicaciones en panfletos y soflamas propagandísticas?
Me llama mucho la atención que ciertos editores permitan el lenguaje inclusivo teniendo en cuenta lo cansinos que se ponen con eso de evitar a toda costa el empalague textual. ¿Editores de Literatura Infantil que aborrecen las subordinadas y son capaces de mover cielo y tierra para que el autor las modifique en aras de la “comprensión lectora”, pero tragan con este tipo de desdobles y reiteraciones? Perplejo me hallo. Serán cosas del marketing, la publicidad o el comprador potencial..., porque no olvidemos que el “girl power” vende, y mucho.
Todavía me parece peor que algunas empresas del ramo nos vendan su mirada progresista cuando traducen El principito al lenguaje inclusivo. Es así como nació La principesa (un experimento verídico que habrá vendido lo suyo) y se pasaron por el forro la idea primigenia de Saint Exupery. ¿Hay que empercudir un librito con el que millones de criaturas han construido un discurso personal e intransferible independientemente de su género? ¿Acaso no hay montones de buenas novelas infantiles con mujeres como protagonistas a las que darles alas entre los lectores?


Jessie Marion King

Considero más interesante que los escritores busquen formas correctas, económicas y elegantes con las que dirigirse a todo tipo de lectores (que para eso dominan la lengua, ¿no?) y dejen de emular las soplapolleces que repiten esos analfabetos funcionales que ostentan el acta de diputado. Sí, se puede.
Aunque yo no esté muy a favor de ciertas modas, me parece mucho más productivo y efectivo llenar todas las librerías de biografías sobre mujeres importantes (un amigo LIJ-ero las llama “vidas de santas”), que atender a tontunas lingüísticas que el tiempo termina por borrar.
Por último, y a pesar de que muchos no caigan en la cuenta, aupar la LIJ también es apoyar a las mujeres, pues siempre ha sido una parcela muy femenina donde escritoras, ilustradoras, libreras, mediadoras y editoras trabajan por y para la cultura.
Más vale todo eso, que llenar las páginas de los libros infantiles de una propaganda intragable que sólo pretende complacer a los adultos desde un lenguaje inerte y ceremonioso que nada tiene de literario.


Bertha Lum

Quizá el lenguaje inclusivo sea necesario en una sociedad adulta que aplaude los caprichos de sus políticos o justifica las faltas de respeto para con otros iguales, pero en el universo infantil huele una vez más a doctrina y censura. Pues las falsas ideas que lo políticamente correcto inocula en las mentes infantiles, no sirven para hacerlos más libres, sino para que otros sigan apalancados en los sillones por los siglos de los siglos (amén).
La complacencia se ha convertido en la mejor estrategia para dividir a una sociedad cada vez más llena de ofendidos (a este paso todo quisqui va a necesitar un pronombre), y sin embargo, poco se habla de la igualdad real. No le meten mano a los salarios, ni a las oportunidades, ni a los puestos de responsabilidad. Se centran en la dialéctica, en distraernos, en aplacar conciencias, en gastarse el dinero de los contribuyentes y generar odio. En vez de aportar y conciliar, todo se resume en un lavado de cara virtual a costa del lenguaje, de las palabras.
Y al que se le ocurra decir que todo esto se debe a mi condición de hombre, le regalo mi vida. Que no va a llevar frío.

*    *    *
NOTA: Todas las imágenes que acompañan este post pertenecen a grandes autoras de la llamada época dorada de la ilustración. Harían bien en poner sus nombres en el buscador y disfrutar del trabajo de estas artistas.

domingo, 28 de febrero de 2021

13 consejos para adultos que (no) leen libros infantiles ¡y otros tantos años de blog!


Sí, señores, este blog ha dado otra vuelta al sol. Y no es moco de pavo pues ya son 13 años dándoles la brasa desde este cuaderno de bitácora lleno de lecturas para niños y no tan niños. Como cada 28 de febrero, le saco brillo a la cubertería, preparo la merienda, me disfrazo de cheerleader, y cuelgo la piñata para el disfrute de todos los monstruos que se acercan a esta casa.
No les voy a mentir. A pesar de las supersticiones maternas, ayer lo celebré por todo lo alto y hoy estoy para el arrastre. Peroooo... como soy un influencer muy profesional, me debo a mis seguidores y el 13 me encanta (este número primo odiado y deseado por tantas y tantas culturas) he pensado que la mejor manera de continuar con los festejos es con una foto especial en la cuenta que los monstruos tienen en Instagram (¡Pasen y vean!) y algo de elocuencia.
Podría haberme decantado por temas tan sugerentes como la vida privada de Maurice Sendak (uno de mis autores fetiche), un estudio pormenorizado sobre cómo ordenar una biblioteca (que propiciaría un buen debate) o los regalos en la LIJ (no descarto una selección sobre este tema en próximas entregas), pero el caso es que me ha parecido más interesante y simpático enumerar una serie de consejos para adultos que no leen libros infantiles o lo hacen mal. 
Sí, como lo oyen. Trece consejos (uno por año) que seguramente hagan reflexionar a más de uno sobre cómo tratan a los libros para niños y cuál es su relación con ellos. Ya sé que a ustedes no voy a descubrirles América, pero quizá les ayude a la hora de defender los libros infantiles en un contexto adulto. Como todo, no es llegar y ¡hala! No. Pues esos objetos que los monstruos veneramos, necesitan de cierta predisposición, sobre todo por parte de adultos que desean proceder con su lectura de la mejor manera posible.
Sin más preámbulos, solo me queda darles las gracias de nuevo por seguir a mi lado durante todo este tiempo en el que, sin comerlo ni beberlo, hemos alcanzado la adolescencia juntos. Es un placer tenerles al otro lado de la pantalla. Seguidores conocidos y anónimos, lectores todos de un servidor que empezó esta andanza allá por 2008 y que seguirá aquí hasta que el cuerpo aguante. Montones de abrazos y besos.


13 CONSEJOS PARA ADULTOS QUE (NO) LEEN LIBROS INFANTILES

Consejo 1. Nunca menosprecies un libro para niños antes de leerlo. Si crees que lo que vas a encontrar en un libro para niños nunca va a estar a la altura de tu nivel intelectual o emocional, es porque menosprecias el nivel intelectual o emocional de los niños. Acude a un especialista, debes mirártelo.

Consejo 2. Déjate asesorar para elegir tus libros infantiles. Muchos adultos creen que pueden leer cualquier libro infantil que caiga en sus manos, pero no. Es un universo tan amplio que, si yerran, no se volverán a acercar a ellos. Por ello es interesante que se dejen asesorar por otros lectores adultos más experimentados. Libreros y prescriptores de literatura infantil son necesarios en esta tarea.

Consejo 3. Cuida tus hábitos cuando leas un libro infantil. Hay adultos que leen libros infantiles en sillas pequeñas o en posturas imposibles. Saltimbanquis y contorsionistas aparte, leer un libro infantil necesita un buen nivel de concentración y por tanto de una higiene postural adecuada, un lugar cómodo y agradable, y sobre todo buena luz. Cuida su lectura y te impregnarás mejor de ella.

Consejo 4. Nunca pongas voz de niño pequeño cuando leas un libro infantil. Tanto si es en voz alta, como si lo haces en silencio, evita las voces ñoñas. Deja de hacerle burla a tu yo más infantil. El adulto que hoy lee ese libro es resultado del niño del ayer. No le hagas parecer un atontao.

Consejo 5. Fíjate en los detalles de los libros infantiles. A pesar de su estilo directo, de las ilustraciones o del formato, un libro para niños está lleno de detalles que pasan desapercibidos a ojos de adultos que no están acostumbrados a ellos. Lo poético se esconde y requiere atención, sobre todo para el lector que no está familiarizado con esas formas de expresión o las ha olvidado.

Consejo 6. Si no entiendes un libro infantil pide ayuda a un niño. Ellos son capaces de ver lo que tú no puedes. Los libros infantiles son su medio, ellos son los expertos y pueden descubrirte nuevas visiones e interpretaciones de aquello que para ti carece de sentido, no tiene dobleces o simplemente no ves. Deja que ellos guíen tus lecturas infantiles, saben más que tú.

Consejo 7. No creas que un libro infantil te hará más feliz. Si piensas que leer cualquier libro infantil, te hará ver el mundo de color de rosa, estás equivocado. Los libros infantiles pueden ser tan crueles, banales, difíciles, absurdos o macabros como los dirigidos al público adulto. Muchos no reconfortan ni te sacan una sonrisa, son más serios de lo que parecen.

Consejo 8. No siempre relaciones un libro infantil con el niño que fuiste. Aunque los libros infantiles se dirijan al niño lector, admiten lecturas de todo tipo de público. Deja de recordar lo que hiciste en tus años mozos mientras lo lees, es mejor que enriquezcas tu universo actual con una nueva mirada.

Consejo 9. Conecta los libros infantiles con tus lecturas adultas. El corpus literario siempre está conectado. La literatura, sobre todo la ficción, bebe de fuentes similares. Esto quiere decir que un buen libro para niños colabora en la construcción del hecho creativo y cultural, no solo literario, sino de otras parcelas como la música, el cine o la ciencia.

Consejo 10. Busca información adicional sobre los libros infantiles que leas. Aparte de lo humanístico, cualquier producto cultural se rodea de un contexto que nos permite conocerlo mejor. Cuando te sumerges en la vida del autor, la época en la que se escribió o las razones de su publicación, valoras mejor dicho producto. Todo libro tiene una historia detrás.

Consejo 11. Piensa que un libro infantil está hecho por adultos como tú. Un libro infantil ha llegado a tus manos porque un adulto lo ha escrito, ilustrado, editado, maquetado, impreso, recomendado o vendido. Respeta al libro infantil y respetarás a todos los adultos que viven de ello y te hacen partícipe de su trabajo.

Consejo 12. Comparte tus libros infantiles con otros adultos. No sólo ayudarás a darle un valor añadido a la literatura infantil, sino que animarás a otros a disfrutar de muchas historias de las que se han visto privados por desconocimiento o prejuicios absurdos. Contribuye a dignificar a todos los actores de esta parcela literaria.

Consejo 13. Nunca te avergüences de leer un libro infantil. Muchos adultos leen libros para niños. Cómics, álbumes o novelas infantiles son lecturas con mucha relevancia en un universo adulto que tiene pudor en admitir que ciertos títulos constituyen algunos de sus pilares intelectuales. Es literatura. Es lectura. Es vida.

jueves, 25 de febrero de 2021

Realidades macabras


Durante todos estos meses, los medios de comunicación nos han hablado de sanitarios, de comerciantes, de hosteleros, de epidemiólogos, e incluso de fabricantes de mascarillas, pero hasta el momento nadie se ha centrado en el trabajo de aseguradoras, funerarias, enterradores y fabricantes de ataúdes. Los verdaderos protagonistas no han tenido oportunidad de explicar con todo lujo de detalles las consecuencias letales de la pandemia.


Seguramente estén pensando que me he puesto en modo necrófilo, pero lejos de todo eso y teniendo en cuenta que las cifras no están nada claras, convendría hacerles algo de caso e ilustrarnos, pues son los que poseen información de primera mano. Mucho ha dicho el Instituto Nacional de Estadística y la Seguridad Social sobre la población activa y el descenso del número de pensionistas, pero visto lo visto, mejor procurarse fuentes menos “oficiales”.


Aparte de lo macabro, siempre he creído que la opinión pública menosprecia a todo este tipo de negocios que se desarrollan en torno a las desgracias ajenas. De poco sirve su realidad (impepinable, por cierto) si la gente hace caso omiso. Con tal de no enfrentarse a una verdad que, sin tapujos, nos habla de la cara menos amable de este desastre, nuestro país sigue cubriendo la muerte con el mismo velo de ocultismo y doble moral que antaño.
No sé si a ustedes les ha pasado, pero algo que me ha llamado enormemente la atención en esta crisis, es que mucha gente y como si estuviéramos en el medievo, ha tapado la causa de fallecimiento de sus seres queridos. Y no es intimidad, no. Huele a vergüenza, a culpa, a otro tipo de cosas. Comportamientos que habíamos olvidado y que han recobrado fuerza en mitad de un panorama poco empático.


Quizá deberíamos hacernos a la idea de que la muerte siempre llega. Desterrar el drama y la tragedia, hacerle frente a lo inevitable y dejar de censurarnos. Duele mucho contemplar cómo una vida se apaga, cómo los seres queridos se van, pero más difícil es alimentarse de la complacencia, el egoísmo y el autoengaño. Que al final las penas flotan, nos derrumban como vidrios frágiles. Cosa distinta es la rabia y la afrenta por saber que esas muertes se podían haber evitado.
Como colofón a estas ideas un tanto sui generis, les traigo en este día de febrero uno de esos libros que con la visión del ayer, no dejan indiferente al lector de nuestros días. Sí, señores, Los 10 perritos, un álbum con texto de José Mallorquí e ilustraciones de Rafael de Penagos ha sido reeditado después de muchos años por Media Vaca.


Basada en una coplilla infantil que se fue modificando en el tiempo y que todavía pervive en muchos países del entorno hispanohablante, nos cuenta la historia de un niño y sus mascotas. Yo tenía 10 perritos. 5 negros, 2 blanquitos, 1 rubio, otro gris y otro pobre sin nariz. Así empieza un álbum que a golpe de página, va diciendo adiós a cada uno de esos canes. Lluvia, quesos, un gato o la visita al circo, son los distintos motivos que desencadenan las ausencias que van hilando una narración con mucha tecla.
Y digo tecla porque esta edición reproduce otra del año 1943 de la entonces muy activa editorial Molino que, echando mano de Mallorquí y Penagos, dos pesos pesados de la época, dio vida a esta curiosa cuenta atrás infantil que pudiendo pecar de macabra (¡Aviso para los sobreprotectores y los de la piel fina!), bebe mucho del surrealismo y lo humorístico.


Colores vivos, composiciones estudiadas, llamadas de atención o guiños simpáticos, abundan en las ilustraciones de un libro que nos habla de épocas pasadas (también presentes y quizá futuras) desde un realismo que puede escandalizar al lector si no fuera por ciertos momentos mágicos que le dan la vuelta a la tortilla. Un disfrute para amantes de lo vintage, la tradición oral, los clásicos de posguerra o las matemáticas. Cualquiera que se acerque a él, incluidos padres frágiles y maestros utilitaristas, le verán el puntito.
Que la vida tiene penas, pero la muerte es más ligera con un poco de imaginación y algo de risa.

lunes, 22 de febrero de 2021

Un revolcón de belleza


Por si acaso no hubiéramos tenido bastante con el despropósito que ha llenado las calles de algunas ciudades españolas durante estos días, hoy tenemos que escuchar cómo nuestros políticos echan más leña al fuego y avivan esa división que cada día se hace más patente en una sociedad desorientada y enferma. ¿Acaso no tenemos bastante con los miles de fallecidos? ¿No hay suficiente gente pasándolas canutas? ¿No se ha hundido bastante la economía? No sé qué más quieren para perpetuarse como parásitos, para seguir jugando a sus tretas de tronos sin importarles lo más mínimo el bienestar de los ciudadanos.
Me producen tanto asco que hoy he decidido comenzar la semana con algo de poesía gracias a una antología que bien merece la pena ser reseñada en este lunes grisáceo. Un recorrido fresco y luminoso por las voces de treinta y seis poetas que, a golpe de verso libre, transitan un siglo de poemas que puede leer cualquiera. Un manojo de cerillas que prenden como tímidas luciérnagas el mundo que otros intentan apagar.
No es que esté melancólico ni taciturno, solo que, de vez en cuando, harto de basura, sienta muy bien darle un revolcón de belleza al alma. Y si es incendiario, mejor que mejor.

Revelación

La noche estaba quieta
prendida a las veletas de las torres.
Y la calle estaba muda, sola…

¡Un caballo negro
la cruzó galopando…!

Yo no sabía
que la calle era de cristal.

Carmen Conde



Dibujo de unicornio

Desde la página de mi cuaderno
he visto al unicornio sobre un lago
abrevar de la luz avergonzada
que cae de mi lámpara amarilla;
acostumbra a mirarme de reojo,
posando de perfil ante mi lápiz.
Cierro mi libreta antes que mi padre
lo descubra pastando entre mis manos.

Javier España

En: Cajita de fósforos. Antología de poemas sin rima.
Selección de Adolfo Córdova.
Ilustraciones de Juan Palomino.
2020. Barcelona: Ekaré.




jueves, 18 de febrero de 2021

De ofensores y ofendidos


En estos días hemos asistido a un nuevo número de la telenovela nacional gracias a la detención de Pablo Hasél. Todos los medios se han llenado de imágenes sobre la detención de este señor y las posteriores protestas callejeras. Que pobrecito, que abajo la monarquía, que España es un país opresor… Excusas para un alarde de violencia y descontrol sin fuste que, como siempre, nos sale caro (¿Se creerán que es el rey quien paga el mobiliario urbano?).


Entre pitos y flautas me ha dado tiempo para adentrarme en la historia del tal Hasél y constatar que, aparte de rimas poco curradas y letras incendiarias, la cosa da para una de propaganda y poco más. Cacareo y revuelo tienen sentido (evidentemente, a todo el mundo le molesta que lo callen), pero no se ahonda en la raíz del problema en el que se ha visto envuelto este catalán aburguesado (creo que no es ningún muerto de hambre, miren de quien es hijo) que juega a revolucionario y sinvergüenza (tanto como el rey, eso está claro).


Dictámenes judiciales aparte (si cometes delitos tipificados y reincides, ya sabes lo que toca...), creo que los medios (des)informantes han reducido a la mínima expresión una historia con cierta manteca, pues nada se ha hablado de la traición nacionalista ni de nuevos intereses postelectorales creados. Digámoslo alto y claro, además de sujeto mediático -y distractor-, el señor Rivadulla -apellido original de Hasél-, es otra “víctima” del show independentista.


Esperemos que, al menos, este MC reaccionario saque tajada del escándalo y se dé un baño de multitudes en su resucitado canal de YouTube. Si es listo (que no lo dudo), lo petará con su nueva situación de mártir y relanzará una pobre carrera como juglar contemporáneo. Que al final, facha o republicano, es lo que nos importa: aprovechar la coyuntura y sacar tajada. 


Él lo tiene claro, ¿y ustedes? Les pregunto porque a tenor de las consignas compartidas y los montones de likes cosechados, empiezo a pensar que soy el único que no ha caído en el clictivismo más complaciente, ese activismo de sillón para amantes de las redes sociales que se apuntan al carro por comodidad, miedo o ignorancia. Dirán que no les hace falta leer nada más allá de lo dictado, ¿para qué? Si total, ya leen otros por nosotros y nos dan todo el relato bien digerido y masticado.
Y es que, amigos, cada vez soy más reticente a participar en todo este tipo de circos. A pesar de que estoy muy a favor de que cada uno diga lo que quiera (yo el primero, aunque me censuren: echen un ojo a los comentarios de esta entrada), me tomo la actualidad con más cautela, no sólo porque cada uno cuenta la vaina según le apaña, sino porque te percatas de que todo el mundo quiere libertad de expresión pero luego tuercen el morro y practican la ley mordaza.


A ofensores y ofendidos les digo: tómense la vida con el rigor que se merece. Es cierto que cada cosa tiene su perspectiva, pero también su medida, y aunque nos joda, el buen humor siempre debe estar presente. Como decía Twain es nuestra mejor arma y exhibiendo una sonrisa evitamos entrar en una cadena de despropósitos y ponernos de mala hostia los unos a los otros. Algo que resumen requetebién Charlotte Zolotow y Geneviève Godbout en su De mal humor, un librito recientemente editado por Tramuntana que viene al pelo.
El día empieza lluvioso. Aunque a Charlot, el perro, le da igual, no parece que suceda lo mismo con el resto de la familia, pues el mal humor va pasando de mano en mano y todos acaban mosqueados. Del padre a la madre, de la madre a los hijos, los niños se lo llevan a la escuela. Y así, uno a uno, todo el mundo parece recibir su dosis de mala virgen.
Una historia encadenada de la siempre cercana pluma de Charlotte Zolotow que gracias a la tierna mirada de la ilustradora canadiense, da mucho juego en eso de la convivencia escolar y familiar (sin sacarlo de quicio, claro, no hace falta utilizarlo para hacer un juego de la oca emocional). Yo sé a qué malencarado regalar este libro tan simpático y veraz, ¿y ustedes?


martes, 16 de febrero de 2021

Un mundo complicado


¡Qué complicado es el mundo! Si aquí tenemos bicho para rato, en otras partes del mundo están con lo suyo. Fíjense en el golpe de estado perpetrado en Birmania (también conocida como República de la Unión de Myanmar). Con el general Min Aung Hlaing a la cabeza, el ejército ha encarcelado a Aung San Suu Kyi, la ganadora de las últimas elecciones en la República de Myanmar con un posible caso de fraude electoral en principio, y en segundo término con el pretexto de haber utilizado equipos de comunicación ilegales. Si esto fuera cierto, no podría tomar posesión del cargo pues en ese país no se puede ejercer si cuentas una condena penal.


Los hechos son estos, ahora vienen los intríngulis. Birmania es un país muy convulso políticamente hablando (colonialismo inglés, conflictos armados y estados militares mediante), tiene una situación geográfica estratégica (sudeste asiático) y una población es muy heterogénea (más de un centenar de grupos étnicos y religiosos que ejercen su poder en diferentes regiones). Como verán, gestionar este panorama debe ser bastante complicado, algo que en parte explica la ausencia democrática en dicho país.


Si todo esto fuera poco, hay que añadir una serie de condicionantes… China está en el meollo y mete mojá en el asunto, no sólo porque le interesa desestabilizar al país vecino, sino porque tiene interés en joder a la India y Bangladesh, directos competidores industriales. De hecho, el apagón digital y la censura de las redes sociales, recuerdan bastante a las prácticas del régimen chino (no van a permitir que las empresas occidentales dirijan al ciudadano oriental). Por otro lado tenemos a Japón y Estados Unidos, potencias mundiales que apoyan a la candidata electa (desde hace mucho tiempo… no se olviden que fue Premio Nobel de la Paz en los 90…) y frenar así la expansión de China hacia el Índico.
Como verán todo es más lioso de lo que parece y poner un poco de orden en este tumulto no será fácil, sobre todo por la desestabilización que supone la gran división social de países donde cunde el hambre y la miseria. Es que, cuando todo el mundo pierde los papeles y no sabe lo que echarse a la boca, imperan el caos y el desconcierto.


Y hablando de estasis llego a Los gusanos comen cacahuetes, un álbum de Élisa Géhin editado hace un tiempo por TakaTuka y que recupero en este día para hablarles de sinsentido y equilibrio. Los gusanos comen cacahuetes, los pájaros comen gusanos y los gatos comen pájaros. Pero un día, de repente, a cierto gusano se le tuerce el carro y decide comerse un gato. La cosa se va de madre y el lío es monumental. Nadie sabe cuál es su papel dentro de la cadena alimenticia y nada tiene ni pies ni cabeza.
Con un ejercicio gráfico muy potente basado en el negro y los tres colores primarios, las formas planas y las líneas básicas, la autora nos habla en unas imágenes que recuerdan a los patrones repetitivos de la estampación tradicional, sobre las relaciones que se establecen en la naturaleza, de la posición que cada uno ocupa en cualquier sistema y de lo necesarias que son las concesiones para alcanzar un equilibro que no siempre contenta a todos.


Esperemos que no queramos imponer nuestra ley en cada conflicto y que al final, todo se solucione de un modo pacífico, que cuando las cosas se sale de quicio, los perjuicios siempre nos superan y caemos todavía más en el vacío.