Decimos adiós a un marzo atípico en lo que a la meteorología se refiere. Y digo atípico porque algunos nos hemos acostumbrado a usar el paraguas. Hay zonas de España en las que han visto el sol apenas unos días durante el último mes, una realidad poco corriente en uno de los países europeos con más horas de sol.
Cositas de nuestras latitudes, que cada seis u ocho años nos regalan estos fenómenos atmosféricos que nos ponen del revés, pero llenan los pantanos, una necesidad apremiante no solo para el campo, sino para el consumo humano, algo que tras muchos años de sequía preocupaba en algunas zonas de esta España nuestra.
Lo más anecdótico es que la lluvia ha desbancado al viento como protagonista indiscutible de este mes tan ventoso, provocando que los refranes y dichos populares pierdan la razón, toda una faena para todos aquellos que siguen a pies juntillas la sabiduría de andar por casa.
Habrá que empezar a cambiar palabras para que todo case con el cambio climático. Invertiremos el orden de los meses y pasaremos a nuevas versiones. ¿Marzo lluvioso y abril ventoso, hacen a mayo florido y hermoso? ¿Las secas de mayo son lluvias en marzo? Ríanse, pero yo empiezo a preocuparme, no solo por las cosechas (Marzo de lluvias cargado, hace el año desgraciado), sino también por lo lingüístico… ¡Que ya saben como se las gastan algunos!
Como no hay que fiarse, cójanse bien la coleta y prepárense para salir volando en los meses venideros a base de rachas y bufidos. Con cambiarle el mes al libro de hoy, solucionamos el entuerto. Y es que El viento de marzo, un libro de Inez Rice y Vladimir Bobri (Bobritsky, en la versión oficial) publicado por la editorial Alba hace unos años, se merecía una reseña tarde o temprano.
Este álbum publicado por primera vez en 1957, recoge la historia de un chavalín que, un día de marzo en el que sopla un viento endemoniado, encuentra un sombrero negro tirado en la calle. Ni corto ni perezoso, se lo pone y, como por arte de magia, empieza a transformarse en un sinfín de personajes. Un soldado que desfila pisando charcos, un vaquero sobre su caballo o el ladrón que se esconde en la oscuridad para hacerse con un preciado botín. ¿Será real o es que tiene una imaginación portentosa? Quizá se lo aclare el dueño del sombrero...
Como en muchas otras historias infantiles (échenle un ojo a esta selección), un sombrero constituye el interruptor que enciende la acción. Esa prenda que corona cualquier disfraz, nos evoca y nos incita a lo creativo, el mimetismo y lo deseado. Podemos ser quienes queramos en cualquier momento. Solo basta con soñar.
También es muy interesante cómo los autores utilizan los fenómenos meteorológicos para construir un pequeño cuento de hadas que, como los de Andersen o Wilde, pero sin tanta intensidad, se enredan en nuestro subconsciente juguetón gracias a personajes fantásticos que pasan al ideario personal o colectivo.
La imagen de la portada lo dice todo. El protagonista mira al espectador mientras se coloca un sombrero encontrado en mitad de la calle y da buena cuenta de que lo único importante es divertirse, hacer lo que nos dé la real gana. ¿Qué adulto usaría un objeto ajeno, sucio y empapado por el agua de los charcos? Claramente, es un título que nos habla de la disidencia infantil.
Lo dicho. Una buena oportunidad para disfrutar plenamente de un álbum que sigue vigente setenta años después gracias a las ilustraciones de Bobri que a pesar de lo vintage, siguen blandiendo el espíritu infantil con escenas llenas de acción y detalles secundarios que incitan al humor y la magia de lo cotidiano.
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