lunes, 26 de enero de 2026

Fábulas ambientalistas


Hoy es el Día Mundial de la Educación Ambiental y tengo que decirles que, según las encuestas, la preocupación por los grandes problemas ambientales ha descendido notablemente en España, el resto de los países europeos, Estados Unidos y Canadá. Cae casi diez puntos respecto a años anteriores, unos en los que el calentamiento global, la contaminación, la deforestación o la desertificación eran prioritarios para los ciudadanos de estos países.
Probablemente, esto se deba a un gran cambio de ciclo en el que mucho tienen que ver las políticas gubernamentales e internacionales, así como los intereses del capital. Si bien es cierto que hace unos años las grandes corporaciones veían un nicho de consumo e inversión en todo lo verde (no se olviden de la Agenda 20-30), parece ser que las prioridades ahora son otras.

Este viraje no tiene nada que ver con que se hayan controlado todos estos problemas, ni mucho menos solucionado. Lo más probable es que se relacione con cambios en la perspectiva (la gente está más preocupada por conseguir un alquiler baratos, los países europeos quieren más independencia militar y energética y Norteamérica sigue empeñada en su supremacía) que nos lleva a esa manipulación mediática que tanto importa en la batalla cultural.
Mientras tanto los ríos continúan secándose, las reservas de agua potable disminuyen, los incendios se ceban con las zonas forestales, las costas se llenan de mierda y nuestros veranos cada vez son más insufribles. Y lo peor de todo es que nadie coge el toro por los cuernos, pues somos muchos los que seguimos pensando que el ciudadano poco puede hacer ante todo esto.


Como consuelo nos quedan libros como los de hoy, unos que nos dejan entrever en sus páginas la belleza natural que se rebela ante nuestro yugo, una especie de tirón de orejas que nos lacera la conciencia y nos invita a cambiar lo que nos pilla a mano.


Empiezo con El rincón de Bruno de Jérémie Moreau. Publicado por la editorial EntreDos es un libro muy sugerente que cuenta las andanzas de un niño llamado Bruno que vive con sus padres y su abuela en el lindero del bosque. Un día, lanza su cohete, este se desvía y se pierde entre la espesura. Cuando va en su busca, se encuentra con una criatura extraña que tiene una flauta que no puede hacer sonar. Cuando lo descubre, la criatura desaparece y Bruno vuelve a casa. Durante esa noche, tiene un sueño muy extraño en el que ve al mismo personaje tragándose la flauta para convertirse en un dragón monstruoso. A partir de ese día, un sinfín de animales acuden a él en busca de ayuda y cobijo. El dios Pan ha olvidado su canción y a menos que la recuerde, la naturaleza será un lugar hostil.


Mezclando la mitología griega, los pasajes bíblicos y una estética que recuerda a las películas de Hayao Miyazaki, el autor francés desarrolla una fábula de tintes fantásticos que ahonda en la existencia de un dios de la naturaleza que se rebela en forma de bestia furibunda ante el trato que recibe por parte de los hombres. En contraposición, ensalza la figura de Bruno, quizá un guardián, un héroe o tan solo un niño, que crea un espacio donde salvaguardar las vidas de los seres vivos mientras se apacigua su ira.


Haciendo uso de ese universo onírico de tintes surrealistas que tanto gusta a las nuevas generaciones, el conocido autor de cómic (Max Winson, La saga de Grimr, Los Pizzlys, Penns y los pliegues del mundo o El discurso de la pantera) hace una incursión en el libro-álbum a base de aguadas coloristas y brillantes, manchas definidas que contrastan con fondos oscuros que propician un ambiente claustrofóbico que construye un suspense más que necesario.


La llamada del bosque es un álbum de Louise Greig y Júlia Moscardó (editorial Juventud) que nos invita a participar de las vivencias de un niño que vive y ama la naturaleza. Ofrece refugio, alimenta a todo tipo de animales y cura a los pájaros heridos. Un día, encuentra una cervatilla escondida en el prado y decide llevársela a casa para darle de comer. Mientras los observa, su madre le advierte que los animales están hechos para ser libres. Alba, que así la llama, le hace compañía durante un tiempo. Disfrutan juntos de la primavera y el verano mientras ambos crecen. Pero un día, Alba, siente la necesidad de partir y la soledad envuelve a su amigo. Quizá vuelvan a encontrarse…


Utilizando la rima consonante, las autoras nos presentan una aventura donde la compasión se transforma en una relación de amistad entre un ser humano y el animal que está a su cuidado. Paisajes bruñidos de flores, atardeceres que mudan en amaneceres, juegos y sorpresas. Un libro que huele a salvia, al rocío de la mañana. Un libro que fluye como los riachuelos y que ríe como la infancia.


Alexandre Batlle nos invita a visitar Topópolis. Publicado por La Topera, este libro nos sumerge en un mundo subterráneo muy peculiar con un misterio por resolver. Desde la perspectiva del álbum sin palabras, el autor nos cuenta la historia de una pareja de hermanos que llegan a la urbe para visitar a una tía que trabaja en la universidad. Cuando llegan, no hay rastro de ella y sospechan que ha sido secuestrada por Talpini, un magnate corrupto que quiere hacerse de oro a golpe de ladrillo y explotando a los trabajadores. ¿Conseguirán encontrar a su tía? ¿Pondrán fin a las artimañas mafiosas de Talpini.


Con un libro lleno de detalles que permiten al lector-espectador disfrutar de las tipografías (me encanta toda esa cartelería), las referencias urbanitas (¿Ven el tren bala de Tokyo, los casinos de Las Vegas y las favelas de Río de Janeiro?) o las especies que habitan el subsuelo (serpientes, ratas-topo, culebras u hongos). Un universo abarrotado gracias al que el autor nos invita a juegos de búsqueda (acérquense al final del libro) que desbordan el discurso y permiten una experiencia más inmersiva e interactiva.


Aunque Batlle incluye a modo de epílogo una síntesis de la historia gracias a uno de los protagonistas secundarios, cada uno puede desbordarla como más le guste. Denuncia social, contaminación, explotación laboral, especulación… hay muchas interpretaciones y muchas miradas en este libro colorista que tanto me ha recordado al Moletown de Torben Kuhlmann.