martes, 10 de febrero de 2026

¡Entre reyes anda el juego!


El conejo travieso ha sacado los pies del tiesto en su país adoptivo y, en vez de divertirse con el fútbol americano, se ha contagiado de la llamada batalla cultural. Y no es que haga mal, pues esto de defender a tu público potencial siempre ayuda a vender discos y seguir en el candelero (Que a estas alturas de la vida capitalista casi todo es muy lícito. Hasta Zara sacó tajada…), sino que me resulta cuanto ni menos chocante que se sigan politizando eventos que deberían pertenecer a la esfera deportiva/festiva.
Y no es que Donald Trump sea santo de mi devoción (otro día le daré para que vaya a la peluquería, que falta le hace), pero considero que, a estas alturas de la vida, los ciudadanos (traduzco: espectadores) deberían saber cómo discriminar el contenido real de los aderezos del relato, cosa que no sucede a pesar de haber erradicado (o eso dicen) el analfabetismo de Occidente.


Déjenme decirles que ayer, medios de comunicación de masas y redes sociales se pasaron el día diseccionando, enriqueciendo y analizando los movimientos, eslóganes, artistas invitados, decorados, el vestuario y el cuerpo de baile que Bad Bunny y sus patrocinadores (¿Quiénes serán?) desplegaron en su actuación del medio tiempo de la Super Bowl. Cosa que no me extraña teniendo en cuenta que es un escaparate sin parangón.
Lo vi claro. Aunque no sé si las referencias a las que unos comentaristas y otros hacían alusión eran reales (hay gente con demasiada inventiva y papel celofán), quedó claro que la intencionalidad de todo esto era echarle leña al fuego desde uno y otro frente, pues por todos es sabido que sin huestes no hay guerra que valga. Y lo peor de todo es que, a pesar de las que todos llevamos perdidas, entremos al trapo.



Por si sirve de algo, hoy les traigo Reyes, un libro que nos habla de todo eso gracias la elocuencia y el saber hacer de Rocío Alejandro (la también autora de La huerta de Simón) y Fondo de Cultura Económica.
Este álbum sin palabras (yo creo que, incluso sin la del título, hubiéramos entendido todo a la perfección) nos cuenta la historia de dos reyes. El del reino azul era feliz dándole forma a sus dominios, pero un día vio a lo lejos al rey verde que también estaba haciendo lo propio. Como los poderosos suelen tener un ego muy grande, el rey azul quería que su reino fuese mejor que el verde. Para ello creó edificios cada vez más grandes. Cuando el rey verde se percató de esto, entró en el juego y comenzó a elevar la altura de sus construcciones también. ¡Los dos querían que su reino sobresaliese respecto del otro! La disputa continuó hasta que uno de ellos se dio cuenta de que el problema era el otro y entonces…


Con un lenguaje gráfico sencillo y minimalista, la ilustradora argentina se interna en esta alegoría sobre las cuitas de poder y los conflictos bélicos. Utilizando la contraposición cromática (un recurso muy utilizado en este tipo de temáticas), la técnica de los sellos y tampones, la doble página como escenario discursivo y una bellísima metáfora final, consigue un discurso redondo.
Mucho movimiento, composiciones más que elegantes y detalles mínimos, este álbum de pequeñas dimensiones (¡Hasta en eso han acertado!) hace disfrutar a lectores de todas las edades e, incluso, desbordarse en actividades igual de sencillas que pueden incluir pataletas infantiles destructivas (Cuando lo leí por primera vez me recordó a esos juguetes de paralelepípedos de madera). Por todo esto y mucho más, ya está incluido en este post sobre álbumes y poder, este monográfico de la guerra en la Literatura Infantil y esta selección de álbumes silentes. ¡Disfrútenlo y haya paz!