miércoles, 17 de octubre de 2018

No caben las palabras



NOTA: Antes de empezar con mis disquisiciones, he de decirles (y también admitir) que la de hoy quizá sea una de las reseñas más difíciles con las que me he topado, sobre todo porque a pesar de haber hurgado dentro de mí para encontrar las palabras que definan un libro como este, creo haberlas encontrado vagamente. Espero que lo lean y me den su opinión sobre mi visión. A veces el libro-álbum nos lleva por derroteros complejos, inadvertidos, y, sobre todo, inquietantes.

*

Los libros son como las personas, que pueden parecer una cosa y luego ser otra, o por qué no, ser una cosa y parecer otra. Siempre me han fascinado esos que bajo sus dulces ademanes esconden auténticas fieras. Me seduce el peligro sin advertencias, casi enconado.
Quizá no me he expresado bien: las personas son como los libros. Libros que, aunque tímidos, no pasan inadvertidos. Te miran de frente, con los ojos bien abiertos. Te dicen “Acércate”, “Bienvenido”, “Pasa”. Y mientras unos declinan la oferta, otros giramos los goznes de la puerta para descubrir el otro lado.



Los días felices. Un título hermoso porque fueron dichosos. Tal vez triste, porque hoy no son esos días. Bernat Cormand nos avisa y nos invita. Uno, que es muy agradecido, se prepara en el sofá junto a una copa de vino tinto. Miramos al niño de la tapa. Él no nos mira. Tiene los ojos cerrados y esboza una leve sonrisa. Quizá quiere recordar esos días.


Paso las páginas y ahí están los dos, Jacob y el de la tapa, el protagonista. Me sobra una doble página. Continúo con las rosas y el cervatillo (Si me acerco a olerlas probablemente saldrá corriendo. Son hermosos pero muy asustadizos). Alguien toca al timbre. (Me gusta la gente atrevida, ¿y a quién no?). Aventuras. Un hueco en un árbol y un tesoro que habla palabras compartidas. Se rompe la magia. Llueve y la tristeza nos empapa a mí y a esos días. Vuela una mariposa que todo lo agita, y terminamos con una suma:

el mismo hueco + un hallazgo = la lágrima que recorre mi mejilla.


Entorno también los ojos. Como el niño de la tapa. Repaso las escenas. Las alegres, las contenidas. En las ilustraciones desdibujadas por la nostalgia y sus neblinas. En lo sutil de nuestros sentimientos columpiados desde los primeros años de vida. Pienso que me gustan los libros, esos que me agitan a pesar de su apariencia inofensiva, que acometen contra los prejuicios de otros, de uno mismo. Creo que a veces no caben las palabras. Porque son pequeñas, porque son muy grandes. Esa es la magia del libro-álbum.



martes, 16 de octubre de 2018

Viajando sin moverse del barrio


Estaba un día de cháchara con mi padre cuando me salta con que el mundo se rige por centros de interés demográfico y no por países, algo a lo que nos han acostumbrado a pensar. Yo suelo hacerle el caso necesario (que ya saben cómo se ponen los ancianos si les damos pábulo) y tomé nota de la receta por si acaso.
Meses más tarde me voy a Madrid, una urbe como Dios manda, metro y búho incorporados y me percato de que allí todo se mueve más rápido. La gente está puesta. En moda, tecnología, política. Se las saben todas. Lo mejor de todo es que van a su aire, sin fijarse en el de al lado. “Eso es bueno” pienso yo mientras admito que mi padre tenía razón.
A pesar de lo tumultuosas y caras que son las grandes ciudades, convendrán conmigo que también son mucho más enriquecedoras que las de provincias o los pueblos mínimos, sobre todo en lo que a apertura de mente se refiere (¿Por qué d’Hondt y sus dichosas circunscripciones no tuvieron en cuenta esta realidad? ¿Y por qué nuestros políticos no quieren revisar una ley electoral basada en ello? Es para pensárselo…), algo que en gran parte se debe a su cosmopolitismo. Llenas de gente variopinta. Pobres y ricos, altos y bajos, feos y guapos. Personas de todo origen y condición, de aquí y de allí. Las urbes desbordan multiculturalidad por cualquier esquina.


Con esta realidad enlazo para dedicarle una reseña a un álbum de Peter Sís que es un canto a la diversidad humana de las metrópolis, que me encanta y que la editorial Ekaré ha rescatado del infierno de la descatalogación. Y es que Madlenka es un gran regalo para los monstruos, no sólo por ese aire de modernidad que destila una historia donde la niña protagonista viaja alrededor del mundo mientras visita los diferentes comercios de su barrio, sino por muchos elementos más que hay que considerar (aparte del estilo tan característico que destila un autor que mezcla los códices medievales, el puntillismo o los blocs de notas en sus ilustraciones).
En primer término decir que Peter Sís decidió que su propia hija protagonizara este libro. Emotivo ¿no?
En segundo lugar me encantan el recurso narrativo del zoom cinematográfico (Peter Sís también estudio cine, ¿se nota, eh?) que utiliza para adentrarse en la historia y en la que también intervienen las guardas y la portadilla (recuerden que este autor juega bastante con estas partes del libro, véase su El árbol de la vida, y de las que tienen más información AQUÍ). Así vemos el planeta tierra desde el espacio y un punto rojo dibujado en él. Nos acercamos cada vez más: Estados Unidos… Más todavía: Nueva York… Más: el apartamento donde vive la familia de Madlenka.


La tercera luz de este libro es que, aunque generalmente se encuadra en la categoría de ficción, podría incluirse en la de no ficción, ya que tiene cierta vis de libro informativo por utilizar cada pareja de dobles páginas como un pequeño catálogo cultural sobre el país al que pertenece cada comerciante.


El cuarto punto es que incluye un recurso como los troqueles (recurso físico y estético), para enlazar escenas consecutivas y abrir ventanas en la imaginación de Madlenka (y los lectores) que, con el pasar de las páginas (podríamos decir que tiene también carácter de libro móvil… ¡Lo tiene todo!), se embeba de lo que sus vecinos le cuentan.
Por último llamo la atención sobre que el nombre de la protagonista tenga tantas variantes como lenguas se presentan en este libro. Francés, hindi, italiano, alemán, español o tibetano son las que eligió su autor para saludar a esta niña tan curiosa.


Como propina decirles que mi doble página favorita de este libro es la dedicada al  mundo de los cuentos de los hermanos Grimm. Cenicienta, los enanitos de Blancanieves, Hansel y Gretel, el lobo de Caperucita o los músicos de Bremen aparecen en ella. Tampoco faltan el barón Münchhausen o el Pedro Melenas de Hoffmann.
En fin, una delicia esta Madlenka. Háganse con ella que les dará muchas alegrías.


lunes, 15 de octubre de 2018

De diabluras y otros demonios



Empiezo la mañana con mi segundo de Bachillerato, luego examen con primero, guardia de recreo, y unas clases con los de la ESO. Y todos los lunes la misma cantinela. Que si estamos hechos polvo, que si menudo agobio, más lloriqueos, y lo peor de todo es que un servidor no recuerda que en su época la cosa fuera para tanto!!!
Eso sí, para hacer el mono no se quejan tanto. Para las maldades están más que despiertos. Que si rompo esta cerradura, que si nos ponemos a fumar en el baño, desatornillamos la silla del profesor, escondemos el balón o le ponemos la zancadilla a cualquier incauto.


Y ustedes dirán que les parece raro que gente con tantos años siga comportándose como macacos, pero se sorprenderían de que, cuanto más grandes, peores maldades. Será que la infancia, esta época de la vida humana, se ha dilatado cada vez más y cunde hasta la mayoría de edad. Que estos chavales son muy maduros para unas cosas (ejem, ejem…), pero para otras, nanai.
Desgañitados vivimos los maestros y sus padres, intentando que sopesen las consecuencias de las trastadas, que la cosa podría haber ido a peor si les hubiésemos dejado. Ellos se hacen los orejas y se justifican diciendo que viven hastiados (que no lo dudo) y nosotros resoplando y suspirando, que para eso están a nuestro cargo.


Y de diablura en diablura, llegamos hasta las Mil diabluras de Jürg Schubiger (texto) y Eva Muggenthaler (ilustraciones), un libro-álbum editado en castellano por Lóguez.
En esta historia que se aleja de las moralinas, sobre todo de las fáciles y más evidentes, Schubiger nos presenta una fábula fantástica con ciertos dejes a “nonsense” (ya saben que el surrealismo tiene mucho de subversivo), donde Luci, un demonio venido del mismísimo averno, se ha escolarizado con la intención de provocar las mil diabluras que lo devolverán al tártaro graduado en fechorías (¡Hasta los demonios necesitan formarse!). Se suceden los días y lo que en principio parecía divertido no lo es tanto, sobre todo cuando los nuevos amigos de Luci se dan cuenta de que si siguen liándola, este demoniete los dejará ipso facto.


Si el argumento es sugerente no les quiero decir nada de las ilustraciones, unas que realizadas con técnica mixta, muy coloristas, con trazo seguro pero rápido y una gama cromática bastante cálida (como el fuego del báratro), acompañan una historia divertida y con chicha.
Reconozco que es uno de esos libros que me han hecho cavilar sobre la infancia/adolescencia y sus barrabasadas. ¿Son innatas, necesarias? ¿Hay que erradicarlas? Quizá todo se resuelva con un poco de responsabilidad, con el sentimiento de culpabilidad o el poder del ejemplo, pero el caso es que nadie lo sabe. Simplemente pasa y la mayor parte de las veces cambiamos.



jueves, 11 de octubre de 2018

Reír en compañía



En este “juernes” (algunos no entendemos el concepto hasta que se nos avecina un puente como este) sólo tengo ganas de reír. De disfrutar como un chiquillo, por cualquier tontería, cualquier chiste absurdo. De bailar a lo loco, sin importarme los sones ni las razones. De despertarme con la luz del sol, también con el viento juguetón. De que no se acaben las sonrisas. De tu dulce compañía...

Las truchas
viajeras
no quieren
peceras

Los fieros
leones
no quieren
jaulones.

Las nubes
farraguas
no quieren
paraguas.

Los frescos
membrillos
no quieren
cuchillos.

Las flores
coquetas
no quieren
macetas.

-¿Y tú,
qué quieres,
amigo?
-¡Que rías
conmigo!

David Hernández Sevillano.
Deseos.
En: De boca en boca y río porque me toca.
Ilustraciones de Carmen Queralt.
2018. Salamanca: La Guarida Ediciones.




miércoles, 10 de octubre de 2018

Libros que brillan como el sol



No hacen más que anunciar que se acabaron los días soleados (no será el de hoy). Que por fin se avecina el fresco (“Ciclogénesis explosiva” lo llaman). Y a tenor de las rebajas ¿otoñales? del grupo Inditex (¡Oiga, qué precios!), yo discrepo. Lo siento señores monstruos, pero me fío más de Amancio Ortega que de los presentadores del tiempo (El de “La 1” ya no es lo era… Con ese cambio de imagen, la han cagado). ¿Se pasan el día vendiéndonos el cambio climático y ahora pretenden que nos traguemos esto…?
Seguramente el termómetro caiga unos cuantos grados, pero invertir la tendencia de los últimos años se me antoja imposible, más todavía cuando algunos nos hemos acostumbrado a rezar eso de “En España siempre es verano”, más “hot” todavía si nos paseamos por el senado, Benidorm o Mazarrón.


Y con este tole-tole climatológico, llego a uno de los álbumes que más me ha cautivado durante los últimos meses, El día que Baldomero robó el sol (Ediciones Ekaré). Y es que esta historia de mi siempre admirado Nono Granero, además de tener como protagonista al astro rey, huele a muchas cosas. Les diré el por qué…
En primer lugar tiene cierto aroma a tradición. Por un lado el autor incorpora a Baldomero, el pequeño diablo que desencadena la acción con una de sus jugarretas y que me recuerda sobremanera al Rumplestiltskin, el eterno antagonista de los cuentos tradicionales alemanes. Por otro, y gracias a unas ilustraciones donde priman los tonos ocres, plasma lo cotidiano de un pueblecito típicamente español, quizá un poco trasnochado (vean en sus muros y tejados cierto sabor añejo, cierto tiempo pasado).



También llamo la atención sobre la importancia que su autor da a la figura femenina en una narración que tiene mucho de hermosa. María y las vecinas del lugar son las verdaderas heroínas en una historia, tan cotidiana, como fantástica, que ensalza el necesario papel del ama de casa en todo tiempo humano. Porque a golpe de muñeca y tenedor, son estas mujeres las que hacen brillar de nuevo al sol.
Por último, y para ahondar en la poética y sus mensajes, creo que se antoja una lectura rutinaria, no sólo cuando subimos la persiana y corremos la cortina, sino a cualquier hora del día. Cuando vemos las noticias, cuando hacemos la compra, cuando reñimos con la familia… Porque habla de todos y cada uno. De lo poco que aportamos y lo mucho que conseguimos.


No me extraña que haya sido seleccionada en los White Raven de este año (echen AQUÍ un vistazo a todas las obras en castellano seleccionadas), pues es un libro con el que he recordado, disfrutado y soñado a partes iguales. Gracias.



martes, 9 de octubre de 2018

Sobrevivir con una pizca de picardía



No sólo de pan vive el hombre. También de vino, parrandas, besos y riñas. Pero sobre todo de picardía, porque en este mundo atestado de intereses es lo que verdaderamente prima.
Convengo con el padre de Albertito que es la palabra que mejor define España, porque a pesar de no quedar recogida en nuestra constitución (todo este tipo de documentos ganarían en esencia si hablaran de lo verdaderamente importante), nuestra patria común es la jeta.
Andaluces, catalanes, valencianos, vascos, gallegos, extremeños, manchegos, baleares, canarios, navarros, asturianos, cántabros, madrileños, maños y castellanos, murcianos, ceutís y melillenses. A todos nos sobra morro. Para no pegar ni clavo, para disuadir impuestos, para seguir cobrando el subsidio, para encasquetarle a otros varios muertos. A unos para unas cosas y a otros para otras, pero todos españoles (¡Que se nos vea a siete leguas!).


No es que yo esté en contra (¡Líbreme el señor! Que para golfo, un servidor), pero sí que debemos distinguir entre picaresca y “picaresca”. La pillería bien llevada, además de elegante, hace gracia. Sin embargo, aquella que busca el provecho mísero o el mal ajeno, repugna hasta decir basta, porque por mucho que algunos se emperifollen, sólo buscan basura y mierda.
Sagaces, astutos, hábiles… Son demasiados los personajes de los libros para niños que defienden esta forma de proceder, sobre todo cuando se trata de supervivencia. Por el contrario, cuando alguno de estos personajes pierde los papeles, ya se encarga el cuento de ponerlo en su sitio, para que aprenda que la inteligencia no es un arma para joder a los demás, sino todo lo contrario. Algo que en el día de hoy ejemplifico con Paso a paso, un simpático libro de Leo Lionni que recibió en su día una mención Caldecott.


Bebiendo de las argumentaciones y personajes que recogen las fábulas clásicas, el maestro Lionni nos ilustra el comportamiento humano con las peripecias de un gusano muy salao (sobre todo avispao) que intenta librarse de las garras de un buen puñado de pájaros que quieren echarle el guante.
No se lo pierdan porque bien vale una parada, no sólo por el mensaje (que siempre nos ponemos muy intensos), sino para echarnos unas carcajadas, e incluso para hablar de las unidades de medida o descubrir los sistemas referenciales (esto va para los maestros utilitaristas). Yo, por el momento, me quedo con las risicas, que son muy saludables.



jueves, 4 de octubre de 2018

¿Jugamos?


Llevo jugando cinco días (podría extrapolarlo a los trescientos sesenta y cinco días del año, pero hay que ser serios, o por lo menos parecerlo) y les puedo decir que me encanta. El juego está más de moda que nunca y se incorpora en los más variopintos ámbitos de la vida con el fin de motivarnos, solucionar problemas, mejorar la productividad o activar el aprendizaje. Es lo que se llama “gamificación” (el término “ludificación” sería más correcto en castellano, pero bueno…), una serie de estrategias que se han venido desarrollando desde principios de milenio en diferentes ámbitos –desde el empresarial hasta el entorno de las redes sociales- y que tiene bastante chicha, incluso en el libro-álbum y su lectura, que es lo que me interesa.


En primer lugar me gustaría plantearles la pregunta: ¿Leer es un juego? Algunos pensarán que sí, otros que no, y yo me quedo en el término medio ya que considero que depende mucho del enfoque que le demos a este verbo. Seguramente la lectura adulta se asemeje más a un procedimiento o a una destreza, pero en la primera infancia el acto de la lectura tiene que ver más con un juego (mecánicas, reglas y dinámicas mediante). Pero, ¿qué tipo de juego es ese?
Seguro que conocen multitud de juegos que pueden clasificarse en función de diversos criterios. Funcionales, simbólicos, reglados, psicomotores, sensoriales, cognitivos… Centrándonos en el criterio más evidente, el del número de jugadores, tenemos juegos colectivos y juegos individuales, categoría en la que podríamos incluir nuestro juego de lectura… ¿o no?


Si consideramos la perspectiva humanista podríamos decir que un libro, al igual que otras producciones culturales, como una canción o un videojuego, es la extensión de las ideas humanas, generalmente de un autor, que recibe otro humano, el lector. Es decir, el libro es un espacio de interacción, en este caso lúdica, el lugar donde convergen dos seres humanos, dos interlocutores, dos jugadores, y en el que se puede establecer un diálogo a pesar de la ausencia física de uno de ellos.
Por otro lado, si a estos pensamientos míos añadimos que existe un sinfín de libros cuyo contenido hace referencia al juego y otros aspectos de la gamificación, no sería cuestión baladí afirmar que LEER ES UN JUEGO, sobre todo cuando en las librerías nos encontramos con títulos como ¿Jugamos? un álbum de Svein Nyhus que invita al pequeño lector a pasárselo pipa junto a Butti, su protagonista.


Butti es claro, no se anda con rodeos. Invita a los críos a coger su mano y dejarse llevar. De una página a otra nos dice qué hacer, qué mirar. Se muestra receptivo y espera que tú te abras a su realidad. Para arriba, para abajo. Mira por aquí, imagina por allá. Esta es la prueba evidente de que un libro te puede hablar. En rojo y en azul, dos colores nada más. Créanme, sólo tienen que girar el pomo, abrir la puerta, leer y, sobre todo, jugar.


martes, 2 de octubre de 2018

A las puertas de la palabra



Desde un lugar privilegiado (¿Ya han descubierto en Instagram donde se halla el monstruo aquí firmante?), uno que me traslada a un tiempo remoto en el que la televisión, internet y la mayor parte de los libros que encuentran por estos lares no existían, creo necesario darle alas al pasado, a la tradición, no sólo para mecerlos en este martes que nos augura el comienzo de una semana otoñal (parece que la noche va refrescando), sino para conversar con aquellos que fuimos y que no sé si volveremos a ser.
Ya sé que retornar al pasado no es un ejercicio que guste a todos. Muchos se niegan a echar la vista atrás para verse reflejados en unos días donde no existían las comodidades que disfrutamos en el presente, que sería involucionar, pero el caso es que estos comportamientos, a priori inofensivos, están condicionando nuestro modus vivendi, incluso en el ámbito de la palabra y la lectura, lo que aquí nos ocupa.


Y es que a este curioso observador le resulta sorprendente, casi alarmante, que, dentro de la adquisición de las destrezas lingüísticas en las primeras edades, exista un analfabetismo (iba a decir desconocimiento, pero me ha parecido un término bastante suave) manifiesto. En guarderías y aulas infantiles se escuchan pocas canciones y menos trabalenguas. Los padres no tienen ni puta idea de qué nanas son las mejores para acunar a sus hijos, desconocen retahílas que se acompañen de juegos y otros quehaceres. Sin embargo viven preocupadísimos por el bilingüismo o las competencias digitales. Se han olvidado de que hablar -ya no digo leer y escribir- viene antes.
Rodeado de padres primerizos, constato a todas horas que mientras ellos se dedican a encender los dispositivos móviles para entretener con vídeos a sus vástagos, son los abuelos quienes, a través del habla y sus vericuetos, se hacen cargo de abrirles las puertas al sitio de las palabras, a su cadencia y musicalidad, a su acento y significado. Por un lado me alegro de que alguien realice esta tarea tan necesaria, pero por otro no puedo evitar cierta congoja al ver que muchos de esos progenitores brindan a otros, o peor todavía, a la tecnología, esa hermosa relación, ese vínculo especial que germina cuando abrazas con una canción de cuna a una criatura.


No se equivoquen. Los enteraos no les pedimos que se dediquen de manera profesional al folclore, a recuperar leyendas y sones tradicionales, sino que amplíen su catálogo verbo-lúdico a base de pequeños gestos. No hace falta recorrer pueblos perdidos o bucear en enciclopédicas bibliotecas, sólo basta con pedir prestados viejos cuentos, rimas y canciones. ¿A quién? En su derredor tienen la respuesta.
Y si no la encuentran no se apuren, hoy les dejo unos cuantos: frescos, sinceros, sencillos y delicados. Así son todos los cuentos de fórmula que incluye Antonio Rubio en su 7 llaves de cuento, un librito ilustrado por Violeta Lópiz y editado por Kalandraka que recomiendo una y otra vez desde que en 2009 viera la luz por primera vez. Un breve pero más que nutritivo preludio para adentrarse en el bosque del verbo, en la antesala de lo poético. Breves, estructurados, perfectos. Así son estos ecos del tiempo. Sonoros, ágiles y cercanos. Para que las palabras marquen el ritmo cardíaco. La razón por la que deben seguir sonando.



viernes, 28 de septiembre de 2018

Especialistas en adivinanzas



Me gustan las adivinanzas. Tienen algo bonito. El ritmo, la rima, los mil y un intentos. Dar vueltas sobre las palabras, rodear las pistas. Todavía recuerdo las competiciones de adivinanzas familiares… Mi hermana, era (y es) muy rápida, una chica avispada. Mientras yo tardaba en dar en el clavo, ella siempre ganaba. ¡Y eso que mi madre siempre decía las mismas…! Pero a un servidor se le olvidaban... Mi hermana era como el ratón de la historia donde el viento soplaba adivinanzas.

[…]

Soy muy transparente,
o color azul.
Soy fuerte, soy suave,
de huracán o tul.

Los pájaros vuelan,
rugen las tormentas.
Tengo nidos, nubes
y muchas cometas.

A ver si adivinas,
si sabes quién soy:
juego y te despeino,
te soplo y me voy.

[…]

Mar Benegas.
En: Blanco como nieve.
Ilustraciones de Andrea Antinori.
2018. España: A buen paso.


miércoles, 26 de septiembre de 2018

Contemos con una sonrisa



Sí, lo confieso, soy de ciencias y me considero nulo en matemáticas. No creo que sea el único a tenor del odio que destilan las matemáticas entre muchos de mis alumnos. Tienen bien clarito que el álgebra y el cálculo no son lo suyo a pesar de haberse decantado por la lógica formal.
Lo mío con el mundo de los números ha sido un matrimonio de conveniencia, una relación de idas y venidas que nunca llegará a su fin, más que nada porque cuando menos me lo espero, ¡zas! Senos y cosenos, varianzas y desviaciones típicas reaparecen en mi vida y la ponen patas arriba. No es que yo esté interesado en borrarlas de la faz de la tierra, pero viviría un poquito más cómodo si cada uno nos mantuviésemos en nuestro sitio. Lo digo por ellas, también por un servidor, que todos tenemos amor propio y nos duele, sobre todo lo nuestro.


Pese a ello no me resisto a considerar algún acercamiento, que las “mates” son el lenguaje universal. Sobre todo si se trata de sumas y restas, multiplicaciones y divisiones (sencillas, claro, porque como me tenga que poner a hallar un cociente con varios dígitos, decimales incluidos, seguro que la cago). Ecuaciones, de primer y segundo grado, raíces cuadradas, ni pensarlo (eso cayó en el olvido, en los recuerdos de la primaria), fracciones, puedo atreverme, pero lo peor de todo son derivadas e integrales… A mí que no me corten trajes, pero quien se inventará semejante tortura, tiene el infierno ganado.


A pesar de este desamor, no cejen en su empeño, pues todavía quedan humanos que se pirran por la aritmética. El caso es empezar, dar con un buen profesor (dato importante), quitarle hierro al asunto, tirar la toalla nunca y no obsesionarse con la solución, pues las ciencias exactas, tan exactas no son. Sólo basta con abanderar ese lema de que “Están en cualquier lado”, véanse la nómina, el camino de Santiago o el ticket del supermercado. Se hacen tan patentes que hasta la literatura infantil se hace eco de ellas. Buen ejemplo de esto es ¡Contemos 5 ranas!, un libro con mucha miga de Pato Mena y publicado por Loqueleo-Santillana.


Tomando como excusa una simple enumeración (se supone que del uno al cinco), el señor Mena hace un alarde de buen gusto y elocuencia, transformando lo que en principio podría ser un mero libro para aprender a contar, en un libro interactivo de excelente factura. Para ello utiliza seis personajes, mucha metaliteratura, una situación absurda, un narrador expectante y disrupciones narrativas entre las que se cuelan artistas invitados, un enfado e incluso un posible cambio de título/cubierta. No creo conveniente destriparles el argumento (sería romper la magia de la lectura… ¡Ups! Quería decir aritmética), pero sí me creo en el deber de avisarles sobre el poder que este libro tiene para arrancar sonrisas mientras nos hace cavilar (restas incluidas).
No se pierdan esta alocada obra de teatro con cuatro actos (invito a todos los profesores de infantil y primer ciclo de primaria a la puesta en escena del mismo con sus pupilos... El resultado se me figura una maravilla) porque es un empujón, no sólo para jugar con los números, sino para entender que con los libros se puede aprender y disfrutar a la vez.


martes, 25 de septiembre de 2018

Filosofando como niños



Cuando allá por los ochenta todavía existían las clases de ética, éramos pocos los que aparcábamos la religión para plantearnos otra mirilla a través de la que ver nuestra vida infantil. En primaria era el único que cursaba la asignatura de toda la clase y como por aquel entonces no había tanto separatismo (siempre he sido muy comprensivo con las mayorías), me dedicaba a mis fichas mientras los demás escuchaban sobre el ser buenos cristianos. Los mensajes no diferían mucho, lo único que cantaba es que yo pensaba por mí mismo las respuestas (todavía no sé cómo me dejaban sólo sabiendo lo bicho que era), mientras que el resto asentían ante el dogma.
Luego llegaron los noventa y el BUP. La cosa se fue animando en los circos (¡Ups!, quería decir clases) de Tomás Miranda. Todos pensábamos que la ética tenía que ver con los grandes problemas morales, pero descubríamos que, tras esa presupuesta trascendencia, se escondían preguntas que podíamos extrapolar a lo cotidiano, cuestiones que nunca nos habíamos planteado pero que estaban insertas en lo humano, en su naturaleza racional.
Debates, juegos de roles, intercambios de pareceres… Todo eso y mucho más, aunque todavía pervive de una manera más críptica en las aulas y depende mucho de los profesionales de la filosofía y del pensamiento, es lo que se intenta reforzar desde iniciativas como, Wonder Ponder, un proyecto de filosofía visual para niños que ha roto muchos de los esquemas que se presentaban en la educación de la ética y eso del pensar en las primeras edades.


Ante las denostadas humanidades, dos cabezas biempensantes, Ellen Duthie, filósofa, traductora y gran lectora de álbumes ilustrados (yo creo que aquí reside el germen de esta idea que plantea un camino hacia la filosofía utilizando lenguajes verbales y gráficos), y Daniela Martagón, ilustradora, entran en comunión junto a la editora Raquel Martínez Uña, para crear una serie de tarjetas en las que, a partir de una situación real o fantástica, se plantean diferentes caminos en las mentes creadoras de los críos y no tan críos (les puedo asegurar que dan de sí para jóvenes y adultos, ¡que la filosofía es para todos!) que giran en torno a una temática específica dependiendo de la caja.


Mundo cruel, Yo, persona, Lo que tú quieras y ¡Pellízcame! son las cuatro cajas/libro que se pueden encontrar hasta el momento. Temas como la realidad y la fantasía, el mundo virtual, la violencia humana, las leyes naturales, la empatía, lo propio y lo ajeno, la convivencia, o la consciencia de uno mismo, son los que estas creaciones pretenden abrir a los ojos de escolares de Madrid, Londres, Quebec, Santiago de Chile, Valparaíso, México DF, Ciudad del Cabo, Buenos Aires, Delhi o Tokio (¿Acaso la filosofía no es universal?), desde un lenguaje cuidado y una estética cercana.


Teniendo en cuenta esa perspectiva pedagógica que a veces me abruma (defecto profesional, ya saben), veo innumerables bazas a este proyecto. La primera es lo aperturista del mismo. Acostumbrados a las preguntas cerradas y las respuestas únicas, los niños están muy atontaos y dirigidos. Necesitan desplegar su propio abanico de posibilidades. Unas que, ilógicas o poco plausibles, son necesarias. Simplemente porque les invitan a la reflexión, a utilizar las herramientas de las que disponen, a plantearse nuevas estrategias, planteamientos diferentes, a utilizar su imaginación y un sinfín de destrezas más. Guiscan en su subconsciente y rompen esquemas fijados y preconcepciones para, después de un proceso intelectual, quizá llegar a las mismas.
Por otro lado no creo que cada caja sea independiente de la otra, sino que todas tienen algo que ver entre sí. Que estén delimitadas físicamente no quiere decir que el adulto no pueda establecer nuevos nexos entre ellas, e incluso continuar con otras preguntas que se sucedan en el diálogo personal y/o colectivo, algo en lo que ya cayeron las autoras prestando tarjetas vacías donde los espectadores pueden plantear, dibujar nuevos puntos de partida.
En fin, que como profesor de ciencias me parece una iniciativa deliciosa porque si algo denoto en esta infancia/juventud que se nos avecina es una falta de estrategias que les permitan pensar. Así que… ¡A por ellas! Presiento que les van a dar mucho juego a pesar del peligro que esto suponga (N.B.: Ya saben que la libertad de pensamiento suele ser subversiva, y eso, a veces, suscita reticencias).


lunes, 24 de septiembre de 2018

¡Otra de literatura que se lleva al cine de animación!


Aunque el anime o cine animado japonés cada vez tiene más adeptos entre la juventud de nuestras latitudes, sigue pasando desapercibido entre docentes y padres, adultos que no están al quite de las novedades que en este género se suceden. Como muestra tenemos el caso de Mary y la flor de la bruja, una película que se estrenó hace escasas semanas en los cines españoles y de la que hemos hablado muy poco en ciertos entornos.
La primera película dirigida por Hiromasa Yonebayashi, un extrabajador de la factoría Ghibli, ha dado en el clavo. El reconocimiento del público y la crítica ha sido unánime y les aconsejo que vean una producción que no tiene desperdicio, no sólo en el plano cinematográfico, sino también en el literario (veo monstruos saliendo de los rincones…), ya que, como muchas otras producciones anime, véase el caso de El castillo ambulante o Cuentos de Terramar, este largometraje también está basado en un libro, concretamente en The Little Broomstick (traducido al castellano sería “La pequeña escoba” o “La pequeña escoba de palo”) una de las tres novelas infantiles que escribió Mary Stewart. Así que he aquí otro ejemplo de las sinergias que se establecen entre literatura infantil y cine de animación y sobre las que tienen ESTE MONOGRÁFICO CON LISTADO INCLUIDO.


En esta novelita publicada por vez primera en 1971, Mary, una niña solitaria que vive con su tía-abuela Charlotte, descubre, gracias a Tib, un gato negro, una extraña flor que, según la leyenda, recogían las brujas en las laderas de las Montañas Negras y que les otorgaban poderes mágicos. Este hecho desencadena toda una serie de aventuras en las que magia y ciencia, terror y humor, se entremezclan. El relato está escrito con bastante fluidez y nos sugiere preguntas sobre el avance de la ciencia y la bioética, sobre la naturaleza y su degradación por parte del ser humano, o sobre el protagonismo de las mujeres en el mundo contemporáneo, algo que comparte con algunas obras de la misma época todavía siguen vigentes. También apuntar que es una de esas narraciones donde aparecen de manera temprana las escuelas de magia que inspiran la idiosincrasia de Hogwarts (No olvidemos que la primera la recoge Ursula LeGuin en Un mago de Terramar, 1968).


Otra de las cuestiones que me gustan de este libro son las ilustraciones de Shirley Hughes que incluyen muchas ediciones en lengua inglesa (N.B.: No olviden que este título no está disponible en castellano por lo que es una buena ocasión para lanzarla a nuestro mercado editorial). Esto es más que interesante, sobre todo para los monstruos que, como un servidor, se pirran por el álbum ilustrado, donde esta autora e ilustradora sobresale notablemente, y de quien en castellano podemos encontrar obras de corte informativo/educativo para primeros lectores ya descatalogadas (Andrés echa una mano, Mira los colores o Vámonos al parque) o su conocido Peluche (todavía disponible en la editorial Flamboyant).
¡Que hay que ir al cine! O en su defecto leer, aunque sea en inglés…

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