viernes, 24 de enero de 2020

De operación bikini



Con los gimnasios y otros centros del bienestar hasta la bandera, comenzamos la operación bikini con bastante antelación. Ya saben que la Navidad ha hecho estragos en nuestras anatomías y hay que recuperar la línea, que luego llegan los calores y hemos de destaparnos las vergüenzas. No es que haya que ponerse en modo fideo -ya saben que donde hay chicha, también hay alegría-, pero sí evitar los excesos, que luego nos pasan la minuta las enfermedades cardiovasculares. Berzas, borrajas, alcachofas y bien de legumbres, menear un poco el culo, y a lucir un palmito espectacular. Si por el contrario se deciden por la comida ultraprocesada, los salsotes (que no salseos), los embutidos y todo tipo de derivados harinosos, ya pueden seguir soñando.
Hagan lo que quieran, pues yo soy más de interiores, pero luego no vengan con sus culpas, lloren y aduzcan aquello de “¡Si no comí nada!”…

[…]

-Por favor, doctor,
haga que no duela.
-¿Será que ha comido
exceso de abuelas?

Salen de una en una
haciendo calceta,
cuentan veintiuna
y tres bicicletas.

-¡Me duele la tripa!
¿Y ahora qué es?
Si son los cerditos,
¡solo comí tres!

Y salen tres cerdos,
con paja y madera,
trescientos ladrillos
y una hormigonera.

[…]

Mar Benegas.
En: ¡Si no comí nada!
Ilustraciones de Andreu Llinàs.
2019. Barcelona: Combel.



miércoles, 22 de enero de 2020

Excursiones bajo la lluvia



Glorias hay bastantes. Una alumna que tuve el año pasado muy maja y cachondona, pero más vaga que el suelo…, una perra guapísima que tenía cierta vecina de la infancia… y la que nos ha traído nieve, viento y, sobre todo lluvia y frío al levante español.
Ayer jarreó todo el santo día. No les exagero si hablo de dieciséis horas de agua ininterrumpida. Aunque en algunos lugares de nuestra geografía caía a mares, aquí llovía bien, sin prisa pero sin pausa, calando bien el campo, que es lo que hace falta.
Habrán deducido que me encanta la lluvia. En primer lugar porque me chiflan los paraguas, ese objeto con vida propia, que se abre y se cierra (hay algo mágico en liberarlo de sus ataduras y pulsar el resorte), con tantos diseños y colores, que crea un microcosmos particular e intransferible bajo el que resguardarte. Los hay que prefieren las botas de agua (¡Otro clásico!) pero yo con mi paraguas soy la mar de feliz.


En segundo lugar tenemos el lado humano… Me gusta ver llover. Invernales u otoñales (en primavera no tanto y en verano, parece que nuestra latitud las ningunea). Sí, salgo a la calle y recuerdo a mis padres callejeando sobre el suelo mojado, pisando el barro, las hojas caídas. El olor a limpio, la frescura que trae el agua que va fluyendo. Mi hermana y yo corríamos por el parque, para arriba y para abajo, salvando los charcos.
Le echarán la culpa al cambio climático, dirán que vaya tiempo de perros, que hay que resguardarse en casa y no salir hasta que escampe el temporal, pero el caso es que yo tengo buenos recuerdos de estos días de lluvia. Bajar a tomar una cañeja y terminar montando una buena juerga, pisar un charco y terminar tomando un chocolate con cierta persona más que interesante, e incluso alguna que otra excursión universitaria pasada por agua y cientos carcajadas… “¿Qué te has ido al campo con este tiempo?” Sí, ¿por qué no? Un buen cortavientos, un paraguas o chubasquero, el almuerzo, y arreando que es gerundio.


Y hablando de excursiones, hoy les traigo una sin desperdicio. La que Yael Frankel ha realizado junto a la editorial Tres Tigres Tristes. Y es que en Excursión, su protagonista se deja llevar entre las maravillas que va encontrando en mitad de la naturaleza y su misma imaginación. Acompañado de monos, conejos, pingüinos, osos, elefantes y un sinfín de animales más, descubre un universo enriquecido que no deja de desbordarse a cada paso, y siempre ayudado por la lista de “necesidades” que le ha propinado su madre antes de partir.
Con unas ilustraciones centradas en la línea, donde no se dibujan las formas clásicas pero que sí invitan a la búsqueda de los volúmenes y el colorido en el subconsciente del lector, la autora argentina nos lleva de la mano en una historia donde pone en tela de juicio el paternalismo (¡Qué pesados y protectores se ponen los padres!) y subraya el carácter subversivo e independiente de la infancia.



martes, 21 de enero de 2020

Inmortalizando sonrisas



En casa nunca tuvimos que esperar a la revolución de los “smartphones” para hincharnos a hacer fotos. Mi padre siempre fue un apasionado de la fotografía. Todavía me acuerdo cuando nos enseñó a usar su Yashica® en modo automático. Mi hermana y yo nos lo pasábamos en grande echando fotos. No se crean que lo hacíamos al tuntún, pues nosotros siempre hemos sido muy considerados con eso del gasto estúpido y siempre buscábamos cosas curiosas y que el encuadre quedara medio bien. Luego mi padre revelaba los carretes y se apropiaba de nuestras instantáneas, a lo que nosotros, entre risas, le llamábamos ladrón.


A pesar de ello, nunca hemos posado mucho, pues hemos heredado la fotogenia de mi madre, es decir, completamente nula, pues para lucirnos en una sola foto, debemos disparar unas tropecientas veces. No es algo que me preocupe, pues tampoco pretende ganarme la vida como “it-boy” o como modelo de cremas anti-edad. El caso es tener algún recuerdo, que siempre tiene su aquel (nostálgico o vengativo) sacar el álbum tras la cena de Nochebuena (mi tía siempre lo hacía y se hinchaban a reñir y a llorar).
Además, hora las cosas han cambiado mucho. Las fotografías rara vez se disfrutan sobre papel, quedan a buen cobijo en las carpetas del disco duro para chantajes u otras maldades, y poco más. Desde que los fotógrafos florecen como champiñones (la era de la cámara digital ha abaratado y simplificado mucho el proceso de inmortalizar los momentos), desde que cualquier discoteca de mala muerte ya tiene fotógrafo oficial, desde que los “photocall” cada vez son más recurrentes (bodas, bautizos y comuniones mediante) y desde que los niños de siete años saben posar como auténticas reinas del pop, parece que no se valora mucho el trasfondo de una bella instantánea. Un craso error pues obtener una buena foto, no es moco de pavo, se lo digo yo que de fotos sé algo.


Y así, con obturadores, diafragmas y objetivos varios, llegamos hasta el álbum de hoy. Con un título bastante sugerente, ¡Patata!, del autor portugués Bernardo P. Carvalho y publicado por la editorial Barrett –que lo está haciendo fenomenal con esto del libro infantil-, no sólo nos habla de posados y tipos de luz, sino que también se interna en los elementos del paisaje (me atrevería a decir que es el único álbum que conozco que parte de ese hilo argumental), una de las temáticas más conocidas de la fotografía.
Es así como llenos de colorido y con un sentido del humor bastante absurdo pero muy cercano a los pequeños (me han recordado a una familia mal avenida donde abundan las pullitas, los dimes y los diretes), Nube-cilla, Mar-zon, Volcán-cillo, Sel-vota, Vient-ico o Arcoíris, disfrutan por salir en la foto de los turistas con la mejor de las sonrisas.


Un libro pequeñito (me ha encantado el tamaño) dirigido a los primeros lectores que tiene multitud de aplicaciones escolares (¿Un puzzle? ¿Comparar diferentes tipos de paisajes?), sin olvidar que el fin último es la lectura y de paso, partirse de risa.


viernes, 17 de enero de 2020

Hablando de LIJ con... María Matesanz




María Matesanz es de esas seguidoras que un día se atrevió a escribir a este monstruo y darle un poquito de cera (cosa que me hace mucha ilusión). Con el tiempo y esto de los libros infantiles, fuimos conociéndonos un poco más y me percaté de que tenía ante mí una mujer que era un filón, pues ella se dedica a la restauración de libros, muchos de ellos infantiles, un ámbito bastante desconocido y específico por el que me siento enormemente atraído. Es por ello que la he invitado a este hogar de los monstruos, para que nos hable de papeles, técnicas de restauración y formas de conservación. No se pierdan esta generosa entrevista, ni como lectores ni como editores ni como bibliotecarios. Es una delicia para todos los amantes de los libros.
Román Belmonte (R.B.): Para una restauradora de material bibliográfico, ¿qué tiene de especial este sitio de monstruos que lo sigues con tanta disciplina?
María Matesanz (M.M:): Llegué al blog por casualidad hace unos tres años buscando información sobre una colección de libros ilustrados. Leí una entrada, luego otra y otra más. Me enganchó completamente. Me resulta muy atractiva esa mezcla entre artículos de opinión y divulgación sobre LIJ entretenida y rigurosa. Se nota que te apasiona el tema y eso es contagioso. Por otro lado nunca sabes que sucederá cuando abres la página. Hay siempre un punto gamberro que me divierte mucho. A veces me río a carcajadas con las historias que cuentas y otras me gustaría responderte, pero siempre acabo aprendiendo algo nuevo. He descubierto muchos libros gracias a ti y eso te lo tengo que agradecer.
R.B.: Las gracias te las he de dar yo por acceder a este destripe. Desembucha: ¿Cuál es el libro infantil más antiguo que has restaurado?
M.M.: Prácticamente la gran mayoría de los libros infantiles que tenemos provienen de producción editorial industrial de los tres últimos siglos, XIX, XX y XXI. Existen algunos ejemplares más antiguos del XVIII pero son obras mucho más escasas. Los libros más antiguos que he tratado serían de principios del XX, así que no tienen muchos años. Hay dos que son más o menos de la misma época y no pueden ser más diferentes. Uno es una mezcla entre un libro acordeón y una pêle-mêle editado por Kelloggs en 1909. (Kellogg's Funny Jungleland Moving-Pictures). Está ilustrado con animales de la jungla vestidos al gusto de la época, muy elegantemente. Elefantes con bombín, hipopótamos bailando en bañador y jirafas con pajarita y monóculo que te saludan cuando los despliegas. Las páginas interiores están divididas en seis bandas horizontales que permiten combinar las ilustraciones. Era en un libro que te regalaban en la tienda cuando comprabas un paquete de cereales. Gustó tanto que lo estuvieron reeditando hasta 1930… Pensándolo bien, creo que el más antiguo quizás sea uno de 1904. Fue la última intervención en la que participé cuando estuve en IPCE, un libro de consulta y estudio destinado a Alfonso XIII cuando era niño. Trata un tema muy denso sobre religión y monarquía que en un primer momento no se asocia a un libro infantil, pero utiliza recursos gráficos y pedagógicos muy interesantes y que desde luego estaba destinado a un niño. Sería una especie de libro informativo para el infante. Es un manuscrito de gran formato de más de un metro de alto por medio de ancho. Lo redactó un religioso sobre tela de dibujo semitransparente. Es un texto a cuatro colores que se distribuye por las páginas dentro de formas geométricas en diferentes direcciones conformando una especie de cuadros sinópticos. De ese modo el texto se fragmenta en diferentes partes facilitando su comprensión y puede leerse desde varios ángulos aprovechando sus grandes dimensiones. Es un libro muy particular.



R.B.: ¿Cuáles son los desperfectos más comunes en el ámbito de los libros infantiles?
M.M.: La mayoría de los daños más habituales son causados por un manejo inadecuado, intenso y repetitivo. De modo más amplio, estos deterioros generados por la manipulación se podrían dividir según su origen en tres grandes grupos: daños causados por el uso y el desgaste habitual, daños causados por una mala manipulación, y daños causados por errores en la fabricación. Estos dos últimos grupos se retroalimentan entre ellos, porque un problema en el montaje repercutirá casi irremediablemente en un mal uso posterior. Si el libro no abre bien por un error en su configuración, se tenderá a forzar la apertura provocando tensiones que, si son muy intensas o reiteradas, terminaran partiendo el cajo, que es la bisagra creada en la franja de unión entre las tapas y las guardas. Esta zona es la que sostiene el cuerpo del libro a la encuadernación y es un punto delicado de ese armazón. Hay partes de los libros o tipos de construcciones más susceptibles que otras a sufrir desperfectos. Las encuadernaciones que tienen los planos recubiertos de papel, como ocurre en muchos de los libros infantiles, son más frágiles que las de piel o tela y se estropean mucho más con el roce. El área externa del lomo es siempre una parte muy expuesta, al igual que las zonas perimetrales de puntas y cantos. La cofia superior en los libros con lomo hueco es un punto especialmente sensible, ya que se tiende a tirar de esa zona al sacar el libro de la estantería. Luego pequeños o grandes daños mecánicos por desgarros, roturas, cortes, arrugas, pliegues, etc. También habría que añadir arreglos bienintencionados de los desperfectos con productos inadecuados.


R.B.: ¿Qué desperfectos son los más complicados de solucionar?
M.M.: Desde un punto de vista técnico, aquellos derivados de la propia idiosincrasia del objeto, tanto a nivel matérico, como estructural. Siempre se pueden tratar de prevenir los deterioros debidos a factores externos (ambientales, de uso y manipulación, por almacenaje, exposición etc.) con un poco de control de las variables externas que les afectan. Además estas prácticas suelen dar muy buenos resultados. Siempre hablo en primer lugar de medidas preventivas porque es básico, ya que si ponemos el énfasis en su conservación preventiva evitaremos tener que intervenir el bien o limitar la necesidad e importancia de los tratamientos de restauración.
Sin embargo, cuando las alteraciones se producen por una causa endógena como resultado del propio formato del libro o debido a unos materiales de baja calidad o no adecuados, son más difíciles de tratar. Por ejemplo, los libros que se elaboraron con pasta de madera se acidifican muy rápidamente porque tiene lignina y su vida útil es corta. Envejecen rápido y mal ya que esos procesos degradativos no se pueden parar. Otro ejemplo es el uso de ciertas tintas que pueden perjudicar el papel, como las metaloácidas que se empleaban desde la Edad Media hasta finales del XIX. Su carácter ácido provoca un deterioro progresivo del papel hasta llegar a destruir el propio soporte. También encontramos encuadernaciones frágiles, incorrectas o mal construidas que reducen la funcionalidad o directamente dañan al libro, etc.
A nivel práctico también hay que mencionar las manchas. Son muy complicadas de eliminar porque habitualmente necesitan de procedimientos agresivos y aún así solo es posible mitigarlas en ciertos casos. Si se pueden evitar, mejor.
R.B.: En cierta ocasión me hablaste de un trabajo de investigación sobre la restauración de los libros pop-up, ¿qué tienen de interés para una restauradora como tú?
M.M.: Los libros móviles tienen mucho encanto. Son objetos complejos y divertidos, personalmente me gustan mucho. Desde el punto de vista de la restauración, los aspectos más atractivos e interesantes de los libros móviles, es decir, su interactividad, su movimiento y su tridimensionalidad, son también los que hacen de su preservación un desafío. Dependen de la materia mucho más que otras piezas porque las experiencias que transmiten van ligadas a la forma. Si pierden sus propiedades mecánicas, se evapora la magia y la esencia del libro. Además, estas obras parten ya con un hándicap de base en lo referente a su conservación. El movimiento que los define produce un desgaste intrínseco del soporte material. Es decir, que incluso un manejo correcto lleva implícito un desgaste importante de la obra de base. Esto sumado a la fragilidad de las arquitecturas tridimensionales que portan y a su uso intensivo, supone todo un reto a la hora de conservarlos e intervenirlos.


R.B.: Una buena restauración de un libro infantil ¿consiste en dejarlo impoluto o sin embargo debe conservar ciertas señales de la larga vida de este libro?
M.M.: Si definiésemos una “buena restauración” según los criterios deontológicos actuales, conservaría marcas del paso del tiempo. Desde hace años se aboga por mantener visibles las huellas del uso, que al fin y al cabo es justo lo que has dicho, “las señales de la vida del libro”, ya que sólo se deberían llevar a cabo las intervenciones que sean estrictamente necesarias para alcanzar el equilibrio y la estabilidad del bien cultural.
Todo esto significa que las intervenciones de restauración-conservación buscan un resultado natural y coherente con la edad de cada pieza-libro no una vuelta al aspecto original. Siempre hay que valorar cada caso de manera individual para evitar restar información esencial a la obra. Imagina que en el libro que te comenté antes, el rey hubiese anotado algo a mano o que tuviese la cubierta de tela original desvaída por el uso... Mientras no suponga un problema para su conservación, siempre se opta por no actuar sobre ese aspecto y mantenerlo, ya que el eliminar esa patina podría equivaler a perder una información valiosa sobre el objeto.
R.B.: Desde el mundo editorial actual, ¿se tiene en cuenta la larga durabilidad de un libro o por el contrario, os dificulta la tarea?
M.M.: ¿Me preguntas que si los libros que se fabrican ahora están hechos para durar?
R.B.: Sí.
M.N.: Dependería un poco de lo que entiendas por larga durabilidad. En realidad no creo que deban tenerlo en cuenta más allá de fabricar buenas piezas con materiales de calidad. Los libros son objetos efímeros porque la materia de la que están hechos se deteriora con el paso del tiempo. Hay que aceptar su envejecimiento natural como parte de su idiosincrasia.  
También es cierto que, salvo excepciones, y en lo que respecta a los libros infantiles de hoy en día, no son tanto las técnicas de fabricación, sino el manejo posterior el que determinará su duración. Esto, por ejemplo, no pasaba hace unos años. ¿Quién no tiene en casa libros relativamente nuevos de hace 40 años o menos que están completamente acidificados, con todas las hojas amarillas, que da pena verlos aún cuando los hemos tratado con cuidado? Esto se debe, tanto al tipo de pasta de papel con lignina que se usaba entonces, como a los aditivos que le añadían y al blanqueo con productos clorados.
Como regla general te diría que las casas editoriales sí buscan una cierta durabilidad, al menos en el caso de los libros de LIJ, ya que habitualmente usan papeles gruesos o incluso cartones en los que se tiene en cuenta el gramaje, el peso, la resistencia al doblez y su flexibilidad, más todavía cuando están dirigidos a los más pequeños. Piensan en la arquitectura del libro más adecuada y además, las tintas de impresión que se usan son bastante estables a la luz.
No obstante, este mundo es tan amplio que habría que matizarlo ya que depende mucho del tipo de libro editado. Esto de lo que hablo sucede en los álbumes ilustrados, libros móviles o los libros informativos, donde se prioriza el formato y su aspecto porque la parte estética es muy importante. Sin embargo, en otro tipo de publicaciones un poco más convencionales, a pesar de una edición atractiva, el formato no es la prioridad y quizás no utilizan unas materias primas tan nobles. Colecciones en las que hay libros muy gruesos cuyas encuadernaciones no resisten ese volumen de páginas, otras en rústica sin costuras, papeles de peor calidad, con gramajes menores... Te encuentras unos formatos más estándares que a veces no están pensados exclusivamente para un volumen en concreto y pueden presentar problemas estructurales.


R.B.: ¿Qué materiales y/o técnicas de impresión y encuadernación actuales os facilitan más el trabajo a los restauradores?
M.M.: Si nos centramos en la LIJ te puedo hablar de los materiales que no lo ponen fácil, que sobre todo son los papeles estucados. Este tipo de soporte es por norma general muy sensible a la humedad y el agua, lo que nos limita la posibilidad de realizar tratamientos acuosos y lavar el papel (N.B.: Sí, el papel se lava y de hecho es un proceso que puede ayudar a regenerarlo).
Los papeles cuché o estucados se empezaron a fabricar a finales del siglo XIX y se recubren con capas de carga mineral y adhesivos aglutinantes para que tengan ese aspecto brillante que mejora la calidad de la impresión, sobre todo de las ilustraciones. El resultado es un aspecto suave y muy liso donde las tintas suben más y quedan potentes. Es como si lo maquillaran con polvos de caolín y no tuviese poros. Si se mojan se produce lo que se denomina el efecto bloque y quedan pegadas unas hojas con otras, siendo prácticamente imposible el separarlas -imagina qué ocurre cuando se moja una revista…-. Aunque es cierto que ahora se añaden resinas sintéticas resistentes a la humedad, una gran parte de los libros infantiles se siguen imprimiendo en este tipo de papeles que, aunque son más atractivos, son también más complicados de tratar.
Respecto a las encuadernaciones, las de tapa dura suelen ser más duraderas que las de tapa blanda o rústica, pero para mí es más relevante que el cuerpo del libro este compuesto por cuadernillos cosidos y no por hojas sueltas pegadas por el lomo (Nota: Este tipo de edición se denomina “a la americana”). Habitualmente se asocia con elaboraciones de libros de bajo coste y son mucho más susceptible de alteraciones ya que es más sencillo que se desprendan hojas debido a que no hay costura que sustente el bloque de texto.
Aunque he comentado antes que las tapas cubiertas de papel son bastantes sensibles a los roces y al desgaste, hoy día suelen llevar incorporado en el proceso de fabricación un material sintético que le proporciona un aspecto más brillante y mayor resistencia mecánica.  



R.B.: ¿Qué tipos de papeles, impresiones y técnicas son las más resistentes al paso del tiempo?
M.M.: La calidad y el tipo de papel han ido cambiando en las diferentes épocas. Entre el papel de trapos hecho a mano de los libros antiguos, y los papeles continuos, libres de ácidos y pH neutro, hay papeles de montones de calidades que son reflejo, tanto de la situación social y tecnológica, como del mercado al que va o iba destinada la publicación.
En principio, los papeles más resistentes y estables serán aquellos compuestos por celulosa, sin dirección de fibra y con ausencia de aditivos degradantes. Es el llamado antiguo papel de trapos, uno que se fabricaba manualmente desde finales de la Edad Media hasta el siglo XIX, cuando se inventó la máquina de papel continuo. Es de excelente calidad, muy estable químicamente y envejece muy bien, sobre todo los de la primera época. De hecho, muchos libros fabricados con él están hoy en mejores condiciones que la mayoría de los de los últimos dos siglos. Incunables con más de 500 años parecen nuevos al lado de un ejemplar de mediados del siglo XX.
Las tintas de impresión con base grasa que se utilizan actualmente son bastantes estables, pero en general dependen de la calidad de sus materias primas. El cómo envejecerán dependerá de muchos factores y no es posible predecirlo con absoluta precisión.


R.B.: ¿Cuáles son las mejores condiciones para conservar un libro, más concretamente un libro infantil?
M.M.: Aviso de que me voy a explayar (risas)….
R.B.: Te dejo por el bien de nuestros libros…
M.M.: Es una pregunta difícil porque, lo que a priori sería mejor para que se mantuviese en buen estado, implicaría que perdiesen su función, más todavía si hablamos de libros que van a manejar niños. Yo creo que hay que usarlos mucho porque no son objetos de museo, pero hay que intentar hacerlo con mimo y sentido común. Si se enseña a los lectores a tratarlos con respeto y a disfrutar al mismo tiempo de ellos, si lo hacemos, pueden ser casi inmortales.
Los distintos materiales orgánicos que los componen como papel, tela, piel o adhesivos, son bastante sensibles a las condiciones ambientales. Los principales factores que les afectan son la luz, la temperatura y la humedad. Aunque las instituciones tienen protocolos de actuación y medios para mantener las colecciones en las mejores condiciones posibles, no suele ser el caso de los particulares, lo que no quiere decir que no existan unas medidas preventivas elementales que puedan extender la vida de los libros.
A ver… De modo general, algo muy sencillo y que mejorará sensiblemente su conservación es mantenerlos alejados de exposiciones continuas a la luz, sobre todo de la luz directa, tanto del sol, como de la luz artificial. Los daños debidos a la luz son acumulativos e irreversibles y provocan el amarilleamiento y la fotodegradación de la celulosa. Además, las tintas empalidecen o se desvanecen mucho más rápidamente cuando les da la luz. Apagar la luz cuando no estás en la habitación donde se almacenan los volúmenes, bloquear la luz que incide sobre ellos en las estanterías con cortinas, o no dejarlos en los alfeizares de las ventanas, son pequeños gestos que ayudan muchísimo.
Por otro lado es importante mantenerlos en unas condiciones de temperatura y humedad estables, en un entorno bien aireado para evitar ataques biológicos (aviso de que hongos e insectos sienten pasión por la celulosa). En general, las casas suelen estar en el rango de las temperaturas adecuadas. Si tú estás cómodo, también los estarán tus libros. 
En un extremo tenemos los ambientes muy secos que pueden deshidratar el papel y hacerlo friable. En ese entorno también se aceleran claramente los procesos degradativos que forman parte del envejecimiento natural del libro. Para evitarlo es preciso no almacenarlos cerca de fuentes de calor como radiadores o chimeneas. En el otro tenemos los lugares muy húmedos, el sitio perfecto para que proliferen hongos y otros seres y que también hay que evitar. Los sótanos no acondicionados o espacios más expuestos no son buenas áreas para el almacenaje. También sería importante no colocar las estanterías o librerías en las paredes exteriores más húmedas y frías, y con mayores cambios de temperatura.
Respecto a su almacenamiento, los libros se deben disponer verticalmente en las estanterías, tallarlos por tamaños y con los lomos alineados para que no sufran una presión desigual a lo largo del cajo. Los que son muy grandes, ponerlos horizontales pero no superponer demasiados ejemplares unos sobre otros para evitar daños. No apretarlos en exceso porque esto facilita que se dañen al sacarlos y por otra parte facilita el estar aireados.
Es muy importante no extraer los libros de los estantes tirando de la cofia (la parte de arriba del lomo) ya que es un punto frágil y no está preparado para soportar todo el peso del libro y la fuerza del tirón que se aplica porque se acaba desgarrando por ahí (otra nota: para coger un libro se separa  un poco de los volúmenes contiguos y se agarra por el lomo). Es conveniente evitar limpiarlos con productos químicos. Con quitarles el polvo utilizando una bayeta de microfibra que no suelte pelusas es más que suficiente.
En cuanto al manejo, una pauta básica: hay que manipularlos con las manos limpias. A todos nos gustan más los libros sin manchas que los sucios y pegajosos. Muchas manchas grasas de las cubiertas se deben a huellas digitales que al principio no se ven, pero que poco a poco se van oxidando y aparecen tarde o temprano. La segunda sería tratar de no comer ni beber al tiempo que se usan. Estas dos medidas tan básicas reducen por sí solas los daños significativamente. 


Las encuadernaciones son mucho más frágiles de lo que presupone, especialmente en los puntos de unión de las tapas con el cuerpo del libro. Los libros están diseñados para reposar entre las manos de los lectores o en el regazo, así sufren poco estrés. Muy pocos pueden abrirse por completo aunque nos empeñemos. El abrirlos sobre superficies planas, especialmente aquellos con el lomo hueco, afecta a esa parte en su punto más débil, la zona de unión entre las tapas y el lomo que hace de bisagra, el cajo. La tensión se concentra aquí y la va debilitando. Esto, a la larga, compromete la estructura, tensa la costura (si la hubiese), merma la resistencia de los adhesivos y hace que se partan por la zona de los cajos. Una vez que estas juntas se rompen, las cubiertas y el lomo pueden romperse, la costura puede partirse, el bloque de texto se puede dividir y las páginas comenzarán a caerse. Por lo tanto es importante evitar ángulos de apertura excesivos. Aunque sean de tapa blanda y su abertura sea físicamente posible, por favor no los doblen sobre sí mismos. Una cosa muy simple que ayuda a que esto no suceda es no dejar los libros abiertos boca abajo ni colocar objetos encima.
Estos daños que he contado son patentes especialmente en las encuadernaciones rústicas donde las tapas y el cuerpo del libro están unidas entre sí únicamente mediante adhesivo. En el caso además de que no hubiese costura y fueran páginas sueltas adheridas, es mucho más probable que las páginas se aflojen y se desprendan.
Otro consejo es evitar las cintas adhesivas tipo “celo” para “arreglar” posibles desgarros o cortes. Son un desastre en potencia. Al envejecer, el adhesivo se oxida y amarillea, penetra entre las fibras del papel y deja una mancha prácticamente indeleble. Por otro lado, el soporte acaba por desprenderse y al final pierden su función. Por favor, no usar cintas adhesivas salvo que sean de calidad “archivo”. 
Como marcadores de lectura, es preferible usar un trozo de papel en vez de marcapáginas metálicos o clips metálicos, y procurar no dejar gomas dentro o sujetando varios volúmenes. Se degradan con el calor y la humedad, pueden oxidarse en el caso de que sean metálicas, y producir daños físicos.


R.B.: Cuéntame alguna anécdota simpática sobre el proceso de restauración de algún libro infantil.
M.M.: No me ocurrió exactamente a un proceso, pero sí en la lectura de mi proyecto fin de grado en el que me echaron una mano los libros infantiles. Tu puedes hablar muy seriamente sobre criterios y metodologías de la restauración de libros, pero cuando los ejemplos son el Ratón Mickey en la Corte del Rey Arturo, Tip y Top de Kubasta o Simbad el marino, y te rodean físicamente, el rigor se mantiene pero te cambia la mirada. Esto fue lo que paso literalmente. Me los llevé a la presentación y los desplegué en la mesa donde exponía. El tribunal estaba mucho más relajado y hasta sonreían un poco. Estos libros tienen algo que nos devuelve esa parte juguetona y curiosa que todos tenemos de pequeños.


R.B.: ¿Crees que se nota más interés hacia la restauración del libro infantil en la actualidad o que sigue siendo un problema al que no se le presta atención?
M.M.: No creo que sea un problema concreto del libro infantil, sino de conocer y valorar el patrimonio bibliográfico en general. Soy optimista y parece que poco a poco vamos tomando conciencia de su importancia, aunque me gustaría que fuese mucho más rápido.
R.B.: Si no me equivoco te has formado en España, Inglaterra, Italia, Estados Unidos  y Francia. ¿La percepción es la misma fuera de nuestras fronteras?
M.M.: No puedo dar una visión global de la situación porque mi experiencia es limitada, pero por lo que he podido observar, en cada país la sensibilidad hacia la conservación y la restauración es diferente. Tiene que ver con la cultura propia de la nación y la forma en que los ciudadanos valoran su patrimonio. Quizás donde más he apreciado esas diferencias es entre el mundo anglosajón y el mediterráneo. Francia en este aspecto, funciona de otro modo.
En el mundo anglosajón hay una fuerte tradición de mantener el patrimonio, un sentimiento profundamente enraizado en la sociedad. Por ejemplo, en Estados Unidos, aunque es un país muy joven en ese sentido, tratan de salvaguardar lo que han ido atesorando en estos años. Te llama la atención lo que valoran y como lo hacen. Cuando trabajaba en un estudio privado en San Francisco, llegó un cliente que quería restaurar (no arreglar…) una camisa hawaiana que perteneció a su padre. Este la había adquirido cuando estaba destinado en las islas como soldado durante la Segunda Guerra Mundial. En este caso era una prenda de ropa pero podía haber sido perfectamente un libro de su padre cuando era pequeño.
Eso es típico del mundo de habla inglesa: no son sólo las instituciones las que se encargan de forma global de la salvaguarda del patrimonio común, sino que a nivel privado también hay empresas e incluso particulares que se acercan de modo habitual a los talleres de restauración. En Reino Unido y USA no es únicamente el valor monetario del objeto, la parte sentimental es muy importante para ellos.
Al año siguiente estuve en Florencia en el Archivio di Stato. Allí conservan entre otras cosas, toda la colección documental que estaba en los Ufizzi perteneciente a los Medici y que se vio afectada por el desbordamiento del Arno en 1966. Aún hoy siguen limpiando barro de las obras que resultaron dañadas. Tienen tanto, que para ellos es absolutamente habitual trabajar con documentos del siglo XIV o XII, algo impensable en otros lugares del mundo. Aunque he visto cómo valoran ese acervo y lo cuidan profundamente, poseen tantos siglos de patrimonio que mantener y preservar, que es necesario priorizar porque desgraciadamente los recursos son limitados.
En Francia es otra cosa… Están profundamente orgullosos de su patrimonio y del mundo editorial. La bibliofilia y todo lo que está asociado a ella son muy potentes. La literatura infantil y juvenil es una parte de ese todo y está valorada como cualquier otro componente del mismo. Es uno de los pocos lugares donde he visto talleres de restauración de libros especializados en volúmenes infantiles.   
En España lo vivimos de otra forma, un poco al modo italiano, quizás con muchas ganas y buscando recursos.


R.B.: ¿El libro infantil es también una rara avis dentro del mundo de la restauración? ¿Por qué?
M.M.: Es una rara avis porque al final, lo que se restaura o se quiere preservar es aquella parte de los objetos o la cultura que se considera importante en algún sentido. Por ello la divulgación y el conocimiento de la riqueza que contiene la LIJ es un punto básico para asegurar su buena preservación. Todo aquello que ayude a ponerlo en valor contribuye a reforzar su mantenimiento. En realidad, los restauradores no “vemos esa temática” si no se traduce en alguna particularidad específica tangible, ya que al enfrentarnos a un trabajo, nos centramos en la parte matérica y simplemente tratamos de asegurar su continuidad en el tiempo. Además, la profesión de restaurador-conservador de libros como tal es una especialidad muy joven -poco más de medio siglo- y aunque hay magníficos profesionales en nuestro país, aún es muy minoritaria.
R.B.: Y para terminar, tres cosicas de monstruos... Tu juego favorito, tu comida preferida y el libro que te ha llenado hasta rebosar.
M.M.: La muñeca (rayuela) y el rescate. Guisantes con jamón, boquerones en vinagre, queso manchego curado y pan. Me encanta el pan. Libros hay muchos quizás el último fue la serie de Harry Conejo Angstrom por la que conocí a Updike. Los encontré en casa de mis padres por casualidad, me hizo gracia el título. Una cosa muy tonta la verdad. Me encantaron y no podía parar de leerlos. Así me di cuenta de quién era John Updike y el esplendoroso y lúcido retrato que hizo de la sociedad americana. Ese señor escribe como los ángeles. De pequeña tenía muchos libros y muchos favoritos. Tres de ellos: Las brujas de Roald Dalh, Momo y Jim Botón y Lucas el maquinista de Michael Ende.




María Matesanz Benito (Madrid) estudió la licenciatura en Ciencias Biológicas por la UCM, pero como aquello le supo a poco se puso a estudiar un Máster en Restauración y Conservación del Patrimonio en Europa y Grado Conservación y Restauración, especialidad en Documento Gráfico por la ESCRBC de Madrid. Ha sido becaria FormArte en el IPCE y ha realizado estancias en diversos estudios privados e instituciones de restauración y conservación en Florencia, San Francisco y Londres. Conjuntamente ha cursado prácticas formativas en la Biblioteca Nacional de España y la Biblioteca Marqués de Valdecillas. Además, podemos añadir un Máster en Comunicación Digital y Multimedia y otro en Paisajismo y Jardinería, ambos por la UPM, y el grado de Técnico Superior de Artes Plásticas y Diseño de Gráfica Publicitaria por Arte 10 Madrid. Ha trabajado durante años como consultora ambiental en la empresa privada, realizando además variadas colaboraciones como docente, diseñadora gráfica y paisajista freelance.


jueves, 16 de enero de 2020

Juntos



Me he pasado la vida intentando adivinar cómo es la gente con la que coincido en el metro, en el vestuario de la piscina o en las charlas sobre Literatura Infantil. Actúo como un escáner. Es un juego de observación necesario para mí. Estoy atento a cualquier detalle que me pueda proporcionar algún dato que refleje el origen, los intereses o los puntos débiles de una persona. Empiezo por los zapatos, termino por la forma de las gafas y me detengo en pendientes, tipo de coche o el vocabulario usado.
No se crean que es fácil pues hay que tener en cuenta demasiadas variables. No es lo mismo usar zapatos de plástico que unos de piel… No todo el mundo saber combinar el color de su pañuelo con el del abrigo… Hay hombres que usan bolso y otros que no… Hay mujeres que usan tacones y otras zapatos… ¿Sabían que profesoras, peluqueras y agentes comerciales difieren en marcas de ropa?... Usar un bolígrafo de los de toda la vida no tiene nada que ver con una estilográfica reluciente... ¿Laca o gomina?
Y con todos estos datos y un poquito de tiempo, soy capaz de elaborar un retrato robot de cualquiera que logre acercarse. Les sonará presuntuoso, quizá algo mágico, pero lo que tengo claro es que observa que te observa, a veces das en el clavo. Con ello no quiero decir que siempre acierte, pero al menos me divierto cuando constato las coincidencias con la realidad o si por el contrario me he columpiado.
Les invito a que practiquen este juego, pues unas veces nos ayuda a desarrollar la inteligencia emocional, otras a entrenar nuestra capacidad de imaginar (iba a decir soñar, pero puede que no sea para tanto), también a sopesar nuestros prejuicios (que no son pocos, prueba de ello son las sorpresas que nos llevamos) y sobre todo a poner a punto nuestras dotes como acérrimos observadores (se dediquen a escribir novelas, enfermedades infeccionas o a avistar pájaros).
Mientras me cuentan sus experiencias yo me quedaré aquí sentado disfrutando de uno de esos libros que dan un giro a tu mente, se divierten con ella, y la ponen a trabajar. Porque Unas personas, con texto de Jairo Buitrago e ilustraciones de Manuel Monroy (editorial Océano Travesía), no es para menos.
En primer lugar hay que decir que es un álbum que habla de lo colectivo desde la perspectiva individual de un voyeur que capta pequeños instantes de las vidas de sus vecinos: una niña, un par de amigos en un balcón y unos cuantos personajes más. No obstante, hay algo que no llegamos a comprender. ¿De dónde saca todas esas conjeturas? ¿Acaso está viendo algo que nosotros no discernimos?
Las páginas van pasando hasta que llegamos al final, en el que un plano general nos deja entrever algunos de los detalles que el autor nos ha ido dejando ver a lo largo de la narración. Observamos como esas personas de quienes nos ha estado hablando, en realidad constituyen la biota de un ecosistema antrópico llamado barrio y que todas ellas se encuentran entrelazadas de una u otra manera, algo que me ha hecho recordar obras como La colmena.
Si a ello añadimos unas ilustraciones donde la luz es desbordante, donde la voz de unos actores desdibujados (¿Acaso no podríamos ser tú o yo? Seguro que sí) en escenarios que recuerdan sobremanera a los de Hopper y sus contemporáneos, la historia puede trasladarse a otros contextos, a otros vecindarios en los que se hace más importante sobrevivir con la ayuda de todos que no hacer uso de una única mano.


miércoles, 15 de enero de 2020

Sorpresas en mitad de la noche



Pasar la noche en vela no es plato de buen gusto para nadie. No se crean que el insomnio es un chollo, se lo digo yo que anoche dormí fatal a consecuencia de un resfriado repentino que me ha lacerado las fosas nasales.
Siempre que me sucede algo así, me acuerdo de quienes recogen la basura, también de los sanitarios y sus guardias, de los camareros, los panaderos y otras aves nocturnas. “¿Cómo podrán hacerse vivos?”, me pregunto, pues la alteración de los ciclos circadianos no es que sea muy saludable. ¿¡Y pensar que hace unos cuantos años me pirraba por trasnochar!?


Y es que no sé qué tiene la noche… Encierra cierto misterio, es sugerente y desconcertante,  tiene algo de sorpresa y también de juego. En parte, quizá sean los hábitos infantiles los que tengan la culpa de esas altas expectativas pues cuando somos niños no paramos de escuchar eso de “¡A la cama que ya es hora!”, una cantinela que los padres repiten hasta la saciedad (y con razón, que si no luego no hay quien nos tenga en pie). Así pasa, que llegamos a la adolescencia y a tenor de las buenas dosis de vigilia, juerga y alevosía que nos gastamos por decisión propia constatamos que algo de todo eso era cierto, pues la noche a veces te deja boquiabierto.
Que sí, que por la noche todos los gatos son pardos y las experiencias a altas horas de la madrugada pueden ser muy gratificantes (¡Hay de cada personaje y situación…!), pero llegamos a un punto en que las sorpresas van disminuyendo y tanto la noche como el día quedan a la par en lo que a excitación y estimulación se refiere, y empieza a ganar el cansancio (No me vayan a negar que los domingos, e incluso los lunes a ciertas edades, son bastante duros después de una buena juerga).


Y con esto, llegamos a ¿Qué hacen los padres por la noche?, un libro escrito por Thierry Lenain,  ilustrado por  Barroux y publicado por la editorial BiraBiro, que se adentra en los deseos infantiles, en esos anhelos de la infancia por descubrir qué entraña la oscuridad, una etapa del día que ella invierte durmiendo pero en la que sus padres hacen otras cosas. Quizá jueguen a los indios o puede que a ver las series más divertidas de la televisión. Ella fantasea hasta la extenuación, va subiendo el tono de sus elucubraciones, su imaginación se desorbita, hasta que con incontenida curiosidad asoma el morro en la habitación de sus padres…


El final lo dejo para el lector, pues no está bien eso de destripar historias con tanto humor y mucha razón como esta que, a modo de juego insistente (la repetitividad siempre tiene su aquel) y un estilo narrativo de tipo sketch, se adentra en el ideario infantil esbozando una sonrisa.

martes, 14 de enero de 2020

De secretos, vocales y otros divertimentos


Hemos dejado atrás 2019. Comienza la rutina, la cuesta de enero se hace cada vez más empinada, y aquí sigo yo, dando guerra. A pesar de estos males menores, también tenemos algún incentivo… Que si las rebajas (cada vez peores, por cierto), que si la operación biquini (¡Que den comienzo los juegos del hambre!), o que celebrremos algunas efemérides literarias (Gianni Rodari, Miguel Delibes, Isaac Asimov, Ray Bradbury o el Barón de Münchhausen, entre otros).
Por lo que a mi respecta, intuyo que no me voy a aburrir… En el trabajo me hincharán a reuniones inútiles (que no falten de cara a la galería). En lo familiar no nos faltarán temas de discusión y alguna que otra alegría. Los amigos, ídem de lo mismo (me voy a tener que poner en modo celestino o ciertas necesidades se transformarán en conflicto). Y lo demás, como siempre: cagar y envolver.


Menos mal que me dejé unos cuantos títulos con los que entretenerme durante este mes de enero (hay que aprovechar la merma de novedades y dejar florecer algunos libros que se publicaron los meses pasados) porque si no, puedo salir loco. Por ello y sin más preámbulos, centrémonos.
Como ya estamos en la escuela he creído conveniente empezar con lo último de Ediciones Tralarí, un proyecto de autoedición abanderado por Cintia Martín, Consuelo Digón y Nuria de la Iglesia. Esta vez nos presentan El secreto de las vocales, una serie de libros de Esperanza Ortega y Cintia Martín que invita al juego, la sorpresa y la lectura. Partiendo de las vocales como denominador común, esta colección de seis libros integrados en un pequeño estuche, combinan la rima, las cancioncillas infantiles, la imaginería de los cuentos populares y los elementos del pop-up.


En primer lugar estos libros están habitados por brujas, hadas, lobos, dragones, duendes o reyes. Unos seres de cuento encargados de presentarnos las vocales. Me encantan estos aciertos metaliterarios, no sólo porque imprimen cercanía a las obras infantiles, sino porque ayudan a padres y docentes en el proceso de alfabetización de los pequeños. Si añadimos que a la vez que evocan, reinventan y enriquecen estas historias que están grabadas en nuestro niño interior, con un poco de suerte la hebra se puede estirar hasta el infinito y más allá. ¡La imaginación al poder!


En segundo lugar estos cinco secretos y su epílogo se recrean en situaciones cercanas al día a día de los críos. Los medios de transporte, la hora de irse a la cama, los títeres, o las situaciones escatológicas dan un toque de desenfado a estas pequeñas narraciones donde los juegos de palabras y las rimas se hacen patentes. Vueltas y más vueltas a la lengua. Para un lado y para otro, todo suma -incluso las erratas y algún pequeño fallo (pormenores de la autoedición que también tienen su encanto)-.




Por último, les diré que aes, íes o úes están muy bien acompañadas en estos libros donde las ilustraciones son un regalo. Empezando porque los grafemas forman parte de ellas (este alarde tipográfico me ha encantado, no sólo como referencia a los mirones infantiles, sino como recurso estético de primer orden), pasando por las letras tridimensionales que sorprenden al visitante, y terminando por una enriquecida edición (¡Hasta elementos infográficos! ¡Qué maravilla!), puedo decirles que no deben perdérselos.


Y con esto, un estornudo y una tarta de melocotón que tengo en el horno, me despido hasta otro nuevo viaje, que enero bien lo vale.


viernes, 10 de enero de 2020

¡Que empiece el 2020!



Dice mi amigo el Alfon que somos unos yonquis de la fiesta. Que cada vez que termina una época de mucho lío y diversión, pasamos el mono unos cuantos días. Dormimos fatal, nos empiezan a doler las articulaciones, sale a la luz algún achaque, aparecen orzuelos, calenturas y otras miserias. Vamos, que es preferible sentirnos vivos a estar hechos un asco...
Hay que reconocer que no estamos como a los quince años (canas, arrugas… ya saben), pero seguimos desbordando vitalidad y muchas ganas de dar el callo. No les negaré que debemos retomar los buenos hábitos (mucha agua, dieta sana, algo de deporte), pero nunca dejar que nos lleve el tiempo a su antojo, que cuando no te das cuenta se te va la vida, ¿y luego qué? Pues eso, que se acaba lo bueno. Reír, charlar, querer, jugar y respirar. Vivamos pues. Que luego todo queda en nada. Y cuando todo termine, que nos pille sin miedo, bailando.



No tengas miedo de la muerte

no hace ruido
no huele
no tengas miedo de su escarcha
no sentirás dolor
no habrá nadie
no estarás ahí
no tengas un cajón para el frío
será sólo un segundo

no tengas miedo de la muerte
lindura
somos gusanos dejando hilos de seda
sobre el agua.

Luis Eduardo García.
Te explico esto a tus quince años.
En: Una extraña seta en el jardín.
Ilustraciones de Adolfo Serra.
2018. México: Fondo de Cultura Económica.



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