lunes, 25 de mayo de 2015

El poder y la resaca post-electoral


Tras una resaca descomunal (aviso que la mía no tiene votos de por medio), un nuevo panorama político avanza sobre esta España nuestra. Lo cierto es que he oído tantas gilipolleces que ya me la suda lo que pase: no hay solución posible pese al triunfalismo de los progres y el catastrofismo de los conservadores.... Seguiremos viendo garrapatas enganchadas a un sillón, chupópteros con piel de cordero, gurús universitarios metidos a revolucionarios, mequetrefes con ganas de darse ego, jóvenes parados jugando a la desesperada… Vamos, que auguro nuevos nombres con mismas intenciones. El caso es que, por lo menos, nos alegran los cambios (sobre todo en las fotos de las redes sociales y en las portadas de los periódicos).


El poder es muy goloso y no me extraña que muchos se agarren a un enlucido para defender su corona ad infinitum, sobre todo si el contexto geográfico es el de esta Iberia minada por la farándula, el cachondeo y la burundanga. ¿Para cuándo políticos serios y honestos en España? Cuando el español no sea español, mire usté… A menos que se cree riqueza, que las ideas tomen forma, que la cultura se extienda, que se liberalicen los mercados, que las infraestructuras estén al nivel del primer mundo y que la cobertura social sea una realidad, nunca dejaremos de ser españoles.


Vamos, al español lo que le va es aplaudir a una caterva de chantajistas, extorsionadores y aprovechados por el mero afán de babear y aprovecharse de la teta, esa que ya se secó y que poco tardará en exprimirse de nuevo. No me vengan con rollos de dignidad, que hasta en los colegios, los centros de salud, las residencias de ancianos y otros lugares públicos se siguen repartiendo el pastel entre las mafias gobernantes y otras que aspiran a serlo. En resumen y traducido al vulgo les digo que siempre lo mismo: un pobre robándole a otro pobre, algo para lo que, efectivamente, hay que hacerse con ese dulce caramelo llamado poder, aunque sea por mera envidia (como decía mi señor abuelo: si un cuasiquiera tiene un bancalico, a otro cuasiquiera le da eco).


Para vamos que, a pesar de tanta chorrada, no se me apuren, el poder – sea éste el de los absolutos, demócratas o revolucionarios- es efímero (¿Ven? Es lo único bueno que tienen las amas de casa: que mandan de verdad), y a pesar de que el viento, el azar o las maquiavélicas tretas del pueblo nos coloquen la corona en lo alto, ya vendrán otros que darán paso a otros caprichos, a otras formas de gobernar. Y si no, lean a Olivier Tallec y su Felicio, rey del rebaño (Editorial Algar) una bella fábula que nos habla del totalitarismo, de las grandezas del poder, de su camino torticero y, cómo no, de su principio y fin, que, entre pitos y flautas, en todas las historias suele ser el mismo, llámese oposición, guillotina o lobo.


viernes, 22 de mayo de 2015

Jornada de reflexión


Me da pena que llegue el día de mañana, entre otras cosas porque se acaba (de una vez por todas) una campaña electoral de lo más divertida. Sé que muchos estarán deseando ver las calles limpias de pancartas, carteles y “merchandising” partidista, pero yo lo que echaré de menos será la guerra de insultos, improperios y maldades que simpatizantes de unos políticos y otros, se regalan en las redes sociales… Esta era mi primera campaña electoral en Facebook© y Twitter© y me he reído de lo lindo mientras hacía mis consabidos estudios de campo sobre la fauna que se alista en unas filas y otras. Pura ciencia, ya saben... Me llama la atención cómo plebe de un lado y otro se embadurna de tintes y simbologías para defender a sus nobles feudales dando muestra de que lo de este terruño no tienen solución, y más que barroco, lo nuestro es medieval, algo que se deja entrever en tanta lucha mediática, en el afán  por alcanzar la gracia divina, tocar la salvación eterna, merced a un buenismo que tiene más de coyuntural que de sincero.


Lo del clientelismo ya me tiene un poco harto. Llamemos a las cosas por su nombre: aquí, a lo que todos aspiramos es a trincar, mucho o poco (eso ya depende de lo buenos que seamos o de lo que nos dejen), pero pillar algo, que para eso nos pasamos la vida mendigando, lamiendo culos o trabajando (N.B.: cada cual que elija lo que más le convenga). Que si yo me afilio a este partido porque la diputación me va a publicar una antología de mi obra, que si yo defiendo a estos otros porque me han prometido subvencionar una colección de libros en un dialecto que no conoce ni Rita la cantaora; que sepas que si apoyamos a los de más allá en su cruzada por el bilingüismo nos van a soltar la guita, y que aquellos otros han prometido rebajarnos el precio del papel en un trescientos por cien si metemos a su hija (que es ilustradora del montón) en plantilla… Sólo falta la Iglesia pidiéndole a los cuentacuentos que abanderen la cruzada contra la felación a cambio de incorporar sus narraciones en el sermón de los domingos (¿Cómo no se les habrá ocurrido?).


Todos queremos el poder. Mandar, gobernar, mangonear, manejar y decidir por otros es lo que mejor se nos da. Y si no lo conseguimos, que nos dejen vivir, toda una prioridad cuando medrar, ascender en la escala social, tintarnos el pelaje, pasar del “papa” al “papá”, y del “Coviran© al Hipercor© sin hacer na’, es nuestro leitmotiv… Y es que en este país se pasa mucha hambre…, por culpa de los fondos de cohesión europeos, del PER, de las hipotecas basura, del dinero negro, de los subsidios por desempleo, del calor veraniego, de nuestra educación católica, de la envidia que nos corroe a unos y a otros, y de nuestra falta de compromiso y congruencia. Así pasa, que todos estos reyezuelos y aristócratas que se eligen a pie de urna y a golpe de talonario nos toman por el pito del sereno y hacen lo que les viene en gana mientras nos echan las sobras.


Así que, durante la jornada de reflexión les dejo con “La” (sólo hay una) Marta Altés (N.B.: Siento que te haya tocado, querida) y El rey de la casa (Editorial Blackie Little Books), para que den buena cuenta de que, mientras haya listos con ganas de mandar y tontos que se dejen engañar, estaremos henchidos…, unos de verdades y otros de mentiras.
Con toda esta perorata (¡Ufff, necesitaba un desahogo!) sólo les pido: Déjense de rollos, no me llenen más la bandeja de entrada de propaganda y hagan lo que les salga del pijo, que ya meditaré durante la juerga del sábado a quién le corto yo el pescuezo, con mi voto, por supuesto.

jueves, 21 de mayo de 2015

Extraña felicidad


La felicidad es algo extraño. Tanto, que en muchas ocasiones me pregunto qué hay en este mundo que a veces nos hace tan dichosos, a veces tan desdichados… Unos días, sin motivo aparente, nos despertamos malhumorados, sin ganas de nada, tampoco de ver a nadie. Nos arreglamos con desgana y deambulamos por las calles como si acarreáramos una pesada carga que unas veces se traduce en lágrimas y otras en riñas constantes (con la cafetera o con nuestros padres, ¡no dejamos títere con cabeza!). Así pasa la tarde, llega la noche y, mientras nos acurrucamos entre las sábanas esperamos ver un nuevo día que puede ser el mismo o diametralmente diferente.


Probablemente la gente infeliz nunca vea salir el sol con otro brillo distinto, quizá todos sus días sean del mismo color ceniciento al anterior, algo que prueba que la felicidad, esa con la que nos martillean constantemente los psiquiatras, los psicólogos y los “coaches” (¡Qué modas!), es un ejercicio constante que necesita de nosotros mismos, de nuestra actitud positiva, de nuestra voluntad y de nuestra capacidad para asombrarnos, para inventar pensamientos hermosos, para valorar las pequeñas cosas que tiene la fortuna cotidiana.


Desengáñense. La felicidad, esa cosa tan abstracta, tan paradójica, tan subjetiva, no es un estado de constante alegría, de perpetuo bienestar, sino que tiene más que ver con los instantes hermosos, con lo efímero de la vida (N.B.: como muestra, mi sonrisa mientras les escribo esta bonita entrada J). Abran los ojos, desperécense y tomen nota: la capacidad para asombrarse con las pequeñas cosas que tiene la vida, bien sea el trinar de los pájaros, su revolotear, esa compañía que tiene que ver con la de la familia, con la de los amigos, con el contacto que establecemos con el resto del mundo, tiene un gran valor para nuestras emociones, nuestros sentimientos y nuestra forma de ver el mundo.


Es por ello que hoy les traigo un álbum ilustrado que, a pesar del tratamiento digital de las imágenes (ya saben que no me gustan demasiado, pero soy consciente de que hay que estar receptivo y no hacerle ascos a nada), me caló muy hondo y me infló de vida. Pájaro azul, de Bob Staake (editado en castellano por Océano-Travesía), nos habla (sin una palabra, ¡increíble!) de los encuentros fortuitos, de las cosas insignificantes, de la importancia de la vida, de los amigos, de la compañía, del sacrificio, del consuelo, de cuando la muerte nos visita, del dolor insoportable, de la tenue tristeza, del consuelo y de la dulce dicha. Nos dice que queda mucho aún de lo que vivir, de lo que alimentarse, porque el corazón se conforma con guardarlo todo, incluidos el azul de sus ojos y su trino infinito.


miércoles, 20 de mayo de 2015

Mismo argumento, libros distintos


Como muchos de ustedes se habrán percatado, en muchos álbumes ilustrados se utilizan argumentos parecidos, algo que, tras mucho pensar, creo que sucede por una cuestión de necesidad y obligación. Me explico…:
-Por un lado es la propia literatura la que nos centra, nos encauza en ciertos temas inherentes a la infancia o la juventud. El amor, las relaciones paterno-filiales, la amistad, las emociones, la escuela o incluso la muerte, son algunos de los manidos argumentos que recogen libros ilustrados y novelillas para adolescentes.
-Por otro lado los autores, en su búsqueda de nuevas técnicas, de formas innovadoras de expresión, necesitan retomar estos temas universales para reformularlos dentro de otros contextos, de nuevos libros.


A pesar de que muchos critican una desmesurada falta de imaginación, otros como el aquí firmante, suscribimos que en las obras infantiles los argumentos quedan limitados a un puñado de situaciones (¿Acaso no hablan de lo mismo los cuentos populares eslavos y los cuentos populares africanos? ¿Acaso Grandes esperanzas no tiene mucho que ver con Cien años de soledad?).
Quizá, al leer estos pensamientos míos, los tan críticos aduzcan “Oiga usted, enterao, ¿y la escritura experimental? ¿Dónde están las nuevas corrientes literarias? ¡Úsenlas, que para eso están”, a lo que yo podría objetar que, en bastantes ocasiones, la narrativa experimental dirigida a niños ha resultado ser un fiasco.
A lo que quiero llegar es que hay muchas vías de ahondar en un tema, desde la fantasía hasta el realismo, pasando por el sinsentido (nonsense), los libros sin palabras, la poesía o el cómic, pero todas confluyen en un mismo punto que es el lector, sus gustos estéticos y  su capacidad para empaparse de las palabras. Es decir, el fondo es el mismo pero con múltiples formas.



Por todo ello he querido traer aquí hoy un pequeño (podríamos llamarlo) estudio a tenor de mis impresiones sobre tres álbumes ilustrados que mucho se parecen, pero poco tienen que ver. Oliver y Patch de Claire Freedman y Kate Hindley (Editorial Miau), Amigos de Andrea Hensgen y Béatrice Rodriguez (Editorial Libros del Zorro Rojo) y Este alce es mío de Oliver Jeffers (Editorial Fondo de Cultura Económica), versan (atendiendo a sus líneas básicas) sobre la relación que entabla un niño con un animal que, finalmente, pasa a ser un vector que provocará que ese niño conozca a otra persona que resulta ser el dueño del animal. Si escarbamos un poquito más, observamos que, mientras que en Oliver y Patch y Amigos, el animal es un perro, no ocurre lo mismo en la obra de Jeffers en la que es un alce. También podemos establecer diferencias en cuanto a la edad de los diferentes dueños señalando que en Oliver y Patch, el dueño es de la misma edad que el protagonista, mientras que en Amigos y en Este alce es mío, los dueños son de edad avanzado, en un caso masculino (Amigos) y en el otro, femenino. Por último decir que las historias de Amigos y Oliver y Patch se desarrollan en un ambiente urbano, mientras que en Este alce es mío la acción se desarrolla en un medio más rural.



Si lo pensamos bien, son detalles mínimos, pequeñas variaciones que van modificando poco a poco el desarrollo de una historia y que se amoldan a una misma realidad pero con fines diferentes. Por un lado Claire Freedman y Kate Hindley crean una historia que trata del conocimiento entre iguales, por otro, el tándem entre Andrea Hensgen y Béatrice Rodríguez, abogan por el entendimiento inter-generacional, y por último Oliver Jeffers aboga por una historia en la que el choque intergeneracional y las emociones modelan una historia a caballo entre lo subversivo y lo realista.


Seguramente, en mis tres percepciones cabe señalar la importancia del estilo en cuanto a la ilustración y la narración (no cabe duda que la concepción estética de Este alce es mío es mucho más transgresora que las líneas a-“cartoon”-adas de Oliver y Patch y Amigos), pero cabe destacar que las tres logran alcanzar el objetivo prefijado desde perspectivas muy diferentes, dando lugar así a un trío de buenos álbumes infantiles cuya interpretación depende, en último término, de sus lectores.


lunes, 18 de mayo de 2015

Poesía inmejorable


Debido a una serie de desventuras que tienen que ver más con mi faceta de amo de casa que con otra cosa, me es grato empezar la semana con un poco de poesía (¡Que la rima nos alegre este lunes, oiga usted!) a tenor de esta selección que ha preparado el Club Kirico (empezamos otra vez con los "ranking", perdónennos) y en la que se incluyen muchas de las propuestas que voy recogiendo en estos lares. De entre estas, hoy me he decantado por reseñar uno de los libros del año en su categoría (Mar Benegas, Olga Capdevila y Editorial A buen, mi enhorabuena) y que además nos deja jugar, inventar, descubrir, interactuar... ¡Los lunes, para los protagonistas!
Lo cierto es que, ignorando la campaña electoral y otros males que nos asolan, es una buena forma de hacerles llegar algo de ritmo y melodía; dejarles sucumbir a ese leve encantamiento escolar… ¿Qué tendrá la métrica infantil que siempre me recuerda a mis años de colegial...?
- Quizá sea su dulzura…
- ¡No, no! ¡La poesía para niños puede ser muy cruel, horrible, feroz!
- Quizá sea su brevedad….
- ¡De eso nada! ¡Hay poemas interminables, soporíferos, mayúsculos, morrocotudos!
- Quizá sea su trivialidad…
- ¡Tonterías! ¡Son mensajes profundos, hermosos, atemporales, canallas, “espialidosos”!
- ¡Ya está! Es porque la poesía nos hace soñar.
Y no dije nada…

Salpica sus sueños:
somnolientos señuelos saltan
(son seiscientas sardinas suaves
sosegando su soñar),
sonríe.

Susurrante suena:
sssshhhhh-shucu-shucu-shucu-shucu-shu.
Silba suavemente, siseante:
shucu-shucu-shucu-shu sssssshhhhhh.

Se sabe:
siempre se sueña sintiendo su sinuoso
susurrar.

Mar Benegas.
En: Con el ojo de la i.
Ilustraciones de Olga Capdevila.
2015. Barcelona: A buen paso.


viernes, 15 de mayo de 2015

Cuestión de pelo


Ya es hora de que acuda al barbero, ya está bien de mesarme la mata que cubre mi barbilla... También he de esquilar la abundante lana que se ha adueñado del cogote. ¿Habrá sido la calima de estos días…? ¿Los envalentonados rayos de sol? ¿Esta florida primavera…? No hay duda de que es obra de la naturaleza (ya saben que estamos a sus órdenes). Es por ello que a grandes males, grandes remedios: tijeras, navaja y ¡un nuevo corte de pelo!

Érase una vez un hombre
de barba larga y rizada.
Piojos, pulgas y otros bichos
la tenían por morada.

Érase una vez un hombre
al que llamaban El Bigote,
pues el mostacho le crecía
de la nariz hasta el cogote.

Érase una vez un hombre
de mucho pelo mullido.
En su cabeza, un buen día,
un gorrión hizo un nido

Gustavo Roldán.
En: Disparates.
Ilustraciones del autor.
2013. Barcelona: La Galera.



jueves, 14 de mayo de 2015

Flores, plantas y ¡primavera!


Aunque están acostumbrados a verme deambular entre libros, muchos de ustedes no sabrán que otra de mis pasiones es todo lo relativo al mundo de las plantas. Botánico de formación y de vez en cuando por afición, gusto del mundo de la clorofila y la fotosíntesis, ese que agrupa al Reino Plantae (ya saben que adoramos las lenguas muertas) y que nos provee de la mayor parte de los recursos con los que subsistir (den buena cuenta de sus sábanas y el algodón que las teje, de las láminas de madera sobre las que dormimos, de los cereales del desayuno, del café de media mañana, de todas las verduras, legumbres y frutas que componen nuestra dieta, de los muebles que otrora eran robles, cerezos y árboles exóticos, del caucho sobre el que se desplazan nuestros automóviles… ¡Nuestra vida está llena de plantas!).


Seguramente algunos prefieren la faceta más estética de nuestras verdes amigas a base de parterres, bonsáis, arreglos florales e ikebanas (¡estos orientales siempre tan contemplativos!), mientras otros se decantan por una orientación más científica de sus pasiones, esa que trata de la taxonomía, la vegetación, la biorremediación, la evolución de estos seres vivos o sus aplicaciones dentro de los campos de la farmacia o los materiales biodegradables, tan de moda hoy día, pero tampoco nos olvidemos de que hay muchos que aborrecen las plantas, no las quieren ver ni en pintura, ni mucho menos en sus balcones, terrazas y salones (estarán al tanto de que no deben habitar dormitorios ni otros lugares en los que soñar) a tenor de la gran cantidad de bichos que atraen, la de hojarasca que producen (supongo que hay gente muy limpia a la que le gusta comer en el suelo…) y la esclavitud que supone el tener que regarlas con cierta frecuencia (ya saben que hacerse cargo de cualquier “mascota” –quietas o no- supone cierta responsabilidad para con ellas…).


Aunque soy un poco maniático a la hora de recibir flores como regalo (las prefiero enraizadas y en maceta para que perduren a lo largo del tiempo), me encanta disfrutarlas en plenas facultades vitales (ya saben que estamos acostumbrados a verlas en los cementerios, sobre las tumbas y en las habitaciones de los hospitales). Olerlas y tocarlas es un placer, pero sin duda, el poder mirarlas a lo largo del tiempo es la razón por la que muchos artistas han intentado captar su belleza, encerrar sus líneas en la quietud infinita… Paisajes, bodegones y naturalezas muertas son toda una suerte de representaciones botánicas que nos acercan a nuestro entorno y nos ayudan a valorarlo convenientemente, unas premisas que han llevado a la nipona (¡Otra! ¡Qué creativa es esta gente!) Sachiko Umoto a crear un libro para aprender a dibujar a estos seres verdes  titulado Plantas y pequeñas criaturas (Nota: también tiene otro muy zoológico llamado Animalitos) que ha editado en castellano la editorial madrileña Silonia para deleite de los más pequeños y que sin duda constituye un regalo primaveral inmejorable, sea usted alérgico, amante de la flora ibérica o vegano.



miércoles, 13 de mayo de 2015

¡El clima está loco!


La alternancia de calor y lluvia, además de traernos un ambiente de lo más tropical (o, al menos, eso parece a juzgar por lo ligeros de ropa que acuden mis alumnos a clase… ¡luego vendrán los resfriados!), altera toda la naturaleza que nos rodea, empezando por nuestro sistema endocrino, continuando con los molestos mosquitos (de algo tendrán que alimentarse…, ¡espero que no sea de mis fluidos sanguíneos!) y terminando con el vuelo de los granos de polen -era raro…-.
No sé cuánto durará esto, la verdad sea dicha, pero a tenor de la subida de las temperaturas vaticino que no tardaremos en achicharrarnos, y no sólo durante los meses venideros, sino durante las próximas décadas. Es lo que nos augura el llamado cambio climático: parece que el tiempo atmosférico se ha vuelto loco de unos años a esta parte y la inestabilidad es parte corriente de nuestro día a día… En breve no tendremos estaciones y podrá hacer más frío en verano y calor durante la Navidad (algo a lo que vamos acostumbrándonos poco a poco) que en pleno estío; se esperan muchos trastornos, no sólo esos que se curan con ansiolíticos y antidepresivos, sino otros en los que están implicados los huertos, los árboles frutales (¿se imaginan un cerezo sin primavera?), las abejas, las lluvias torrenciales y el deshielo de los glaciares. Vamos, un lío de cojones que puede tener su base cíclica (N.B.: Si miramos hacia atrás, podemos constatar las innumerables crisis climáticas que se han sucedido a lo largo de la historia de nuestro planeta), pero también es cierto que los científicos no descartan el empujoncito que el ser humano está dando al llamado calentamiento global.


Glaciaciones y extinciones masivas aparte, les aconsejo que se dejen de tanto gimnasio y tantos rayos UVA, y empiecen a preocuparse por reducir los residuos y el uso del coche, por reciclar en la medida de lo posible, también consumir lo necesario (el despilfarro quizá sea la mayor causa de contaminación del mundo) y llevar una vida sana y lo más natural posible. Puede que en unos años estemos a unos cuantos grados bajo cero en el mes de agosto y nos será imposible lucir palmito en la Costa Blanca (¡Cuánto sufrirán algunos “viceversos”!) o hincharnos a espetos de sardinas (no olviden que los peces son de sangre fría poco acostumbrados al caldo en el que se convertirían los mares y oceános) en pleno febrero.


Para ayudarles a concienciarse sobre los males que asolan a nuestra querida madre Tierra, les traigo un nuevo libro de Satoe Tone que lleva por título El viaje de los pingüinos (Editorial SM). Una insólita aventura en la que un grupo de pájaros bobos busca un nuevo lugar donde asentarse. Una fábula con moraleja que pone en tela de juicio el papel que está desempeñando la humanidad  es esto de hacer inhóspito el planeta. Esperemos que todo quede en mensajes apocalípticos y agoreros…


lunes, 11 de mayo de 2015

¡Cuánto bicho suelto!


Últimamente, en contra de lo que cabría esperar, veo monstruos por todas partes (¡y eso que ya no estamos en el Medievo!). Hago lo que puedo por esquivarlos pero no sé qué pasa, me topo con toda suerte de engendros, de bichos horrendos y seres despreciables. Será que procrean con más facilidad que las ratas o que he agudizado facultades para detectarlos...
Fíjense hasta donde llega el asunto: han proliferado sobre las vallas publicitarias, las tapias, cuelgan de las farolas y se disponen sobre cualquier rincón visible del mobiliario urbano. Lo peor es que toda esta cabalgata de mascarones no sólo se limita al asfalto, las fachadas y los parques, sino que también se ha abierto camino ¡en mi propia casa!... Créanme, enciendo la tele y ahí están, abro el buzón y me hacen muecas, incluso en la radio se oyen sus gritos. No sé cómo lo voy a hacer pero ¡he de deshacerme de todos ellos cuanto antes!
Más de una (ya saben ustedes que las mujeres tienen verdadera animadversión a las plagas) me ha dicho que debería llenar mi vida de trampas (¡como si no tuviera bastantes ya!) con las que cazarlos y darles su merecido. Quizá también sería buena idea la de contratar los servicios de una empresa que los extermine eficazmente...


También decirles que muchos familiares, amigos y conocidos se han opuesto rotundamente ante dicha posibilidad (hay que dejarlos crecer, aducen… ¿Les interesaran los bichos? ¿Qué les habrán prometido?)… Dicen que no hay que ser tan radical en asuntos de esta índole ya que, probablemente, si los ignoro (algo que se me da bastante bien… Nota: puedo sacar de los nervios a cualquiera que padezca de un poco de histeria) salgan corriendo a buscar un ecosistema mejor… Sería mejor no ser tan preclaro y concederles el beneficio de la duda, al fin y al cabo, lo que puede ser malo para mí, puede ser beneficioso para otros... Además, como todo “bicho” de vecino, puede que estos engendros tengan algo de inteligencia -como las ratas- y sepan donde no hay que anidar.


Les aconsejo mirar debajo de la mesa, en el mueble-bar, en el congelador o incluso en esa caja donde guardan los recuerdos más pequeños, no sea que esos cabroncetes estén reproduciéndose como cucarachas. Y si no logran verlos, les recomiendo que se pongan en contacto con Ediciones Tralarí (Cintia Martín y Consuelo Digón) para que les envíen Veo bichos, su último trabajo, un laboratorio interactivo en papel capaz de hacer aparecer y desparecer monstruos y bichos de todo tipo, reinventarlos (esto es la mar de útil cuando tienen tan mala idea como los míos) o crearlos al antojo. No viene mal tener uno de estos dispositivos a mano porque, ¿quién sabe qué más puede criar en nuestros cajones?

jueves, 7 de mayo de 2015

Los mejores libros ¿para quién?


Tras una breve conversación con David Pintor sobre el mundo editorial de LIJ y toparme con esta noticia que se hace eco de una nueva selección de libros para niños imprescindibles, me han venido a la cabeza ciertos pensamientos que creo que debo compartir con ustedes a modo de copa de helado (ayer me zampé una bien grande… ¡ha empezado la temporada por estas latitudes!).
Esa afición que el ser humano tiene por los cajones, las listas, los catálogos, las colecciones y los archivadores, se hace patente en todas las facetas de nuestra vida y, ¿cómo no?, también en las de nuestra cultura. Es por ello que muchos estudiosos, críticos y enteraos se sirven de los cánones (esas varas de medir y obras referenciales) para medir el Arte en su justa medida… Pero claro está, ahí estamos los que pensamos en otra dirección: ¿quién eres tú para decidir qué he de leer yo?
Cuando leí El canon occidental de Harold Bloom constaté una vez más que, si los griegos partían el bacalao en eso de la cultura clásica, son los anglohablantes los que mangonean el cotarro de la literatura contemporánea (N.B.: No se tiren de los pelos y déjenme hablar, coño…). De entre todas las obras cumbres de la literatura universal que cita este hombre de mérito, la mayor parte están escritos en inglés y sólo uno (nuestro “Quijote”) en castellano, lo que se traduce en un sesgo la mar de importante (¿estos de letras nunca tienen en cuenta el análisis estadístico, el error absoluto y el relativo, o qué?) que creo que se debe a varias razones:
-   - La literatura, al tratarse de una cuestión lingüística (sí, sí…, también está influenciada por otras cuestiones, no se me olvida), se suele adscribir a un territorio concreto que determina cuestiones importantes que la moldean y la aproximan a estos lectores. Es decir, ¿habrá muchos ingleses que entiendan El camino de Delibes o el Fray Perico de Juan Muñoz? Tampoco es lo mismo la literatura argentina que la mexicana, ni tendrá la misma aceptación un libro ruso publicado en España (más diferencias que similitudes), que uno escrito en Irlanda pero publicado en Inglaterra (más similitudes que diferencias).
-   - En segundo lugar tenemos el imperialismo y su arma más eficaz: el capitalismo, esa pesada losa que aplasta los mercados, los divide y traduce los bienes en productos de consumo primario (Oliver Jeffers es nuestro McDonald’s® y todas las librerías deben tenerlo) y secundario (al que le sobre algo, que se compre este otro de editorial independiente).
-   - Por último, debemos tener en cuenta la cuestión academicista/ partidista/ nacionalista, esa que da forma a nuestro intelecto y nuestra posterior carrera profesional. Transforma las escuelas en “lobbies” y/o afiliados (¿Y usted de quién es? ¿De los álbumes ilustrados españoles o de los álbumes ilustrados gallegos? ¿De Shakespeare o de Mark Twain?), lo que a veces se traduce en el típico ultimátum: O conmigo o sin mí (¡Qué triste es la libertad!).

Onelio Marrero. Among the art books.

A pesar de ello, debemos admitir que el Hombre (el de la mayúscula) comparte una serie de avatares universales que internacionalizan ciertas obras, esas que muchos llaman imprescindibles, a lo que objeto lo siguiente: ¿Imprescindibles para quién? Seguramente para un servidor La isla del tesoro sea una “obra diez” de la literatura infantil mientras que mis alumnos prefieran la saga de Harry Potter. No me alarmo, mantengo la calma y pienso… Los tiempos cambian, la sociedad muta, los gustos estéticos se tornan otros, pero los valores permanecen. Quizá será un problema de anacronía/sincronía, algo que tiene que ver más con que los críticos del hoy eran los niños de ayer (¿Será este el motivo por el cual todos los libros del listado que he citado al principio pertenecen a la segunda mitad del siglo XX? Les recuerdo que los quinceañeros de hoy nacieron en el año 2000…).
Les recomiendo que no se limiten a las recomendaciones de los críticos (muchos de ellos viven subvencionados), a las recomendaciones de los escritores de fama mundial (muchas veces opinan en base a su amiguismo), a las recomendaciones institucionales (en mayor o menor medida dependen del poder), o a las recomendaciones de los medios de comunicación (¿alguien conoce algún periódico o cadena de televisión o de radio que no viva de la publicidad de la Administración), simplemente LEAN Y DECIDAN POR SÍ MISMOS.

Casey Childs. The bookstore.

miércoles, 6 de mayo de 2015

De leyendas contemporáneas y divertidas


Aunque disfruto enormemente topándome con todo tipo de charlatanes (N.B.: Creemos que escasean, pero lo cierto es que están por todas partes, léase toda una fruteros, albañiles, chapistas, mecánicos, artistas, mendigos, informáticos, banqueros, cocineros, futbolistas y hasta ministros que se valen del parloteo más seductor para convencerte de la fortuna que has tenido al cruzarse en tu vida), a veces me aburren con tanta historia, con tanta leyenda urbana.
Prefiero disfrutar de sus cuentos y mentiras sin prestarles la confianza y credibilidad requeridas (¡ególatras!), ya que tenerlos en consideración y atender a sus pobres parábolas, puede perjudicar considerablemente mi salud mental, sobre todo cuando mezclan la hechicería con las tarjetas “black”, los seres mitológicos con el elevado coste del ladrillo, o las espadas con el suelo hipotecario.


Admito su agilidad mental, envidio su verborrea ilimitada y venero su capacidad de inventiva (me recuerdan a esa labor social que los romances de ciego y las epopeyas tenían con el vulgo), pero hay que ser cautelosos con esas leyendas que muchos idean para meternos en sus bolsillos (y de paso, también a nuestra cartera) y a modo de telenovelas de  de tres al cuarto que poco tienen que ver con la vida real.
Los argumentos de estas leyendas de hoy día, poco tienen que ver con los de tiempos pasados, unas que, llenas de fantasía hablaban de las hazañas de los héroes de antaño, nos explicaban cómo funcionaba el mundo, de cómo los dioses, la naturaleza y, sobre todo, la voluntad de los hombres, le había dado forma. Son el vivo ejemplo de cómo ficción y realidad pueden caminar de la mano sin chocar, complementándose en el dulce vaivén de las sagas y la historia.


Indudablemente las leyendas siempre tienen algo de cosecha personal, de detalles ingeniosos que hacen increíbles los avatares que incluyen en su matriz. Esa grandilocuencia y controversia, son los ingredientes de La historia de por qué los perros tienen el hocico húmedo de Kenneth Steven y Øyvind Torseter (Barbara Fiore Editora), una de esas leyendas que mezclan el mito y el humor, la realidad con lo vano e impreciso, e incluso, con lo absurdo (de todo tiene que haber en la literatura infantil) para conseguir una leyenda contemporánea. Sus autores, sirviéndose de uno de los pasajes bíblicos más conocidos (el del diluvio universal y el arca de Noé), nos cuentan de una manera colorista (me encantan las líneas tan fluorescentes de este libro, mi enhorabuena al ilustrador por hacer este ejercicio tan arriesgado) y totalmente acientífica (si no, no tendría gracia…), el porqué los perros siempre tienen el hocico húmedo. 

lunes, 4 de mayo de 2015

Haciendo amigos


El repetitivo ciclo de la naturaleza se va acortando con los años (¿No se han fijado que a partir de los treinta y tantos, los años se van tornando cada vez más rápidos? ¡Maldita vejez esta!) y nos trae nuevas experiencias, nuevos lugares y nuevos conocidos en un contexto parecido que se figura distinto. Eso es lo bueno de la vida: el eterno descubrimiento. Y si hay algo con lo que me gusta chocarme, así, de repente, es con gente especial.
En muchas ocasiones me han tachado de sociópata. Me gusta charlatanear, los chascarrillos, las reuniones sociales, los corros con desconocidos, hablar con este o con la otra, de todo y, a la vez, de nada,  y decir muchas, muchas tontadas. Dicen de mí que soy un fresco (¡Vaya!),  pero he de confesarles que es de las pocas formas de conocer a las personas, de enriquecerse (también empobrecerse, aunque pocas veces) con los demás y de estar en el mundo.


Esos choques repentinos suelen parecerse los unos a los otros. Véase un ejemplo: Estamos rodeados de gente. Algunos nos conocen, nosotros conocemos a otros algunos. Alguien nos presenta a otro alguien. Saludos corteses. Mantenemos la cautela. El alguien más despreocupado empieza a hablar. Y decidimos escuchar a ese alguien hasta que… ¡zas!, una palabra, un gesto, se prende en nosotros y nos roba una sonrisa. Y después, todo viene rodado.
No les negaré que muchos de estos encuentros son fútiles, efímeros, y quedan en lo meramente anecdótico; otras veces cuajan en algo que, aunque es necesario, se hace un tanto banal y poco sincero; pero las menos (ya saben de lo que hablo, de los verdaderos amigos), una chispa salta, nos entendemos, cuadramos y la complicidad construye una buena y sana amistad que sobrevive al espacio y al tiempo.


A pesar del riesgo que corremos (no hay seguridad absoluta, y mucho menos cuando hablamos de humanos y relaciones personales) y de la comodidad y el individualismo a los que nos está acostumbrando este mundo tecnócrata (¡Apaguen sus móviles y mírense a los ojos!), no cabe duda que es bonito saber que formamos parte de él, que hay otros que nos pueden escuchar, que nos comprenden y que nos son afines aunque diferentes. Es por ello que hoy les recomiendo El león y el pájaro, un libro de Marianne Dubuc y editado en castellano por Tramuntana, para que den buena cuenta de que un amigo es un tesoro, sobre todo, cuando a pesar del correr del tiempo, vuelve a nosotros.


jueves, 30 de abril de 2015

Regalando el tiempo


Se quedaron atrás los días de lluvia, viento y frío, y hacen aparición el sol, el calor y la calma chicha, esa que nos llena de pesadez y cansancio vespertino. Tanto, que ni tan siquiera el café, ese brebaje nuestro, puede hacerle frente. Con tanta perrería, se hace necesario echar mano de otras tisanas más refrescantes (menta, poleo o manzanilla, a gusto del consumidor) para aligerar las tardes.
De entre todas ellas mi favorita es el té mi favorita; esa tisana de amargo sabor y aromas varios que, desde bien entrado el día hasta la mitad de la jornada, japoneses, ingleses o chinos beben sin cesar. Para el desayuno (con nube de leche o sin ella), el “earl grey tea” de las seis (p.m., como manda la tradición), verdes, negros o rojos, los aromatizados con jengibre y otras especias exóticas, un buen té helado a la sombra del árbol, son buenas excusas para dejar quieto nuestro momento y ver como corre el de los demás… Gira y gira la cucharilla en la taza y, en esa estela circular que describe en la superficie del líquido, el tiempo se para de pronto y nos dejamos transportar lentamente a otro lugar que ya pasó, que camina en contra de las agujas del reloj. Quizá parezca un pequeño instante en el que perdemos la mirada, una que se arrulla al son de la cuchara, pero es el tiempo y su tintineo los que se van…


Aunque muchos desean volver atrás, otros prefieren ir dejando por el camino sus minutos…, quizá para que sirvan a otra gente, quizá para dejar cierto poso en los recuerdos de otros, quizá por el divertimento que supone juguetear con la vida, o quizá por llevar la contraria (una terquedad más). De entre todas estas opciones, un servidor se decantaría por la segunda… Aunque si bien es cierto que no desecho las otras (muchas veces es preferible dejarse llevar por el ocio y otras ayudar a que los demás inviertan su tiempo más productivamente), lo de perdurar en los demás tiene su aquel, no sólo como un mero instrumento para el egocentrismo, sino porque vivir en la memoria de los demás (no me refiero a la eternidad, patrimonio de unos pocos), alarga nuestra existencia.


Aunque prefiero no hablar de las medidas de nuestras obras, hechos y desmanes (cada uno hace lo que buenamente puede), la mejor inversión de nuestros minutos es la que se hace en los que nos rodean, bien valgan el sillón de un ministerio, un libro de cuentos o la nana que mece a nuestros hijos, un bello mensaje que Paula Merlán y Mar Blanco nos traen en  Las bolsitas de la señora T (Editorial Amigos de Papel) un álbum ilustrado colorista y bien intencionado que rebosa alegría, tiene algo de melancolía y la pizca de tristeza de todas las historias cotidianas.

miércoles, 29 de abril de 2015

Narices y más narices


Esta primavera le ha dado algo de asueto a mi nariz. A pesar de que hay algunos estornudos por aquí y un enrojecimiento de ojos, parece que el órgano nasal está saliendo algo indemne. Todavía no se encuentra irritada, no hace aparición el picor de otros años, la piel sigue intacta (de tanto sonarla, ¡acaba levantada y dolorida…!) y no ando con el moquero colgando de ella a todas horas. Esperemos que pañuelos, mocos y taponamiento no se presenten de repente y me dejen disfrutar de la honda respiración y mi todavía (je, je) juvenil capacidad pulmonar.
Lo cierto es que la cosa tiene narices (nunca mejor dicho) y, seguramente, a más de un extraterrestre le parecería mentira que un órgano tan sencillo (aparentemente, como todo en la madre natura… ), dé tanto la lata. Todo tiene su intríngulis, llámese oreja, boca o lengua, y el lugar donde apoyamos las gafas no podía ser menos.


Siempre que se me ocurre hablarles de la nariz a mis alumnos, no dan crédito a que tenga tanto qué contarles. Que si es una protuberancia con forma piramidal, que si está formada por tejido óseo, cartilaginoso y epitelial, que si en ella quedan alojadas las fosas nasales y el sentido del olfato, que si existen siete olores básicos (esto gusta mucho, así que se los apunto:  flores, menta, éter, alcanfor, acre, podrido y almizcle), que si el resto de los aromas que conocemos surgen de la combinación de estos y que si en nuestra memoria olfatoria pueden guardarse ¡más de seis mil olores diferentes! (Si no me creen, piensen en uno de esos momentos en los que el olor a suelo mojado o el de la playa con su salitre, les han retrotraído a su tierna infancia… ¿Ven? ¡Ahí está la prueba!). Todo lo que rodea a nuestra nariz, naricilla o narizota (y por ende a nuestro organismo) tiene algo misterioso, está repleta de curiosidades, anécdotas chistosas y experiencias, que nos apasionan.


Seguramente muchos no piensen igual que un servidor a tenor de grandes o pequeños complejos, o de proporciones directas o inversas, pero lo cierto es que soy partidario de reírse de esa protuberancia que separa a nuestros globos oculares y que, a veces, vestimos con un bonito mostacho, de sacarle partido a su forma y volumen y lucirla siempre que podamos, algo de lo que dos señores maños (Pepe Serrano y David Guirao) y la pequeña editorial Nalvay (con un par de narices, ¡las modestas también saben hacer libros!) se han servido para reunir en un curioso volumen titulado El libro de las narices un conjunto de excentricidades nasales (bastante arriesgadas, pero que me han encantado por la combinación de formatos, técnicas y estilos) que, además de arrancarte abundantes risas, ilustrarnos sobre tochas históricas, de cuentos o especiales, da mucho juego a otorrinolaringólogos, maestros en ciernes, psicólogos, cirujanos plásticos y amantes de los perfumes que, cómo no, viven a una nariz pegados.