viernes, 16 de noviembre de 2018

Abriendo libros (en el día de las librerías...)



El día de las librerías ha llegado y hay que celebrarlo. Presentaciones, talleres, cuentacuentos… todo vale para darle vida a unos comercios que se llenan de libros nuevos y viejos. Gangas, los más vendidos, auténticas joyas. Así son los libros.
No hay que olvidarse de quienes los venden y recomiendan, personas que con mucha pasión gustan de la lectura y la magia de las letras. Los hay que saben de literatura fantástica, otros de idiomas, también de cómic o de ciencia.
Acudan a su librería más cercana y déjense llevar, que para abrir un libro no hacen falta demasiadas cosas…

Para abrir este libro
hace falta la llave de la lluvia:
cógela con las manos y no temas
si te mojas con agua o con palabras.

Hace falta la clave del enigma,
el código secreto, el número
que abre de par en par
–de dos en dos se hacen mejor las cosas–
la caja fuerte donde está el misterio.

Hace falta también la contraseña
que ablanda el disco duro,
que permite el acceso
a la escondida cueva del tesoro.

Hace falta la frase misteriosa
que separa las aguas de los mares,
conocer el oculto mecanismo
que cierra las pirámides.

Para abrir este libro
hacen falta las manos y el deseo
de querer que sea nuevo el viejo mundo.

Javier García Rodríguez.
Instrucciones para abrir este libro.
En: Mi vida es un poema.
Ilustraciones de María Herreros.
2018. Boadilla del Monte (Madrid): SM.



jueves, 15 de noviembre de 2018

Endogamia y repetitividad de la LIJ española


Las redes sociales dan para mucho, no sólo para poner a caldo a este o a la otra, sino para debatir sobre los temas más variopintos. Y teniendo en cuenta que mis redes sociales quedan enmarcadas en el mundo de la Literatura Infantil y Juvenil, la mayoría de las veces toca hablar sobre el panorama que se divisa en este mundillo del papel impreso.
Uno de los temas más recurrentes es la (aparente) endogamia y repetitividad de la LIJ en nuestro país (N.B.: Quizá también podemos hacerla extensiva a otros contextos, pero como el que más conozco es este mercado, me centraré en él)… Muchos tienen la impresión de que no sólo argumentos y temáticas son repetitivas en nuestros libros para niños, sino que también se escuchan los mismos nombres, que ciertos escritores e ilustradores copan el mercado, muchas veces con obras sin trascendencia, y no dejan hueco para otros autores que también tienen cosas interesantes que decir. También hay profesionales del sector, generalmente los que pertenecen al mundo editorial, que aducen que esto no es así, que no es un capricho, que las razones debemos buscarlas en la industria ya que escapan a su control.
Como yo hablo con unos y otros (soy un tanto marítimo, ya saben), creo que hace bien a todo el sector traer hoy a la palestra algunas consideraciones sobre este tema para poder abrir así un debate sobre esta imagen que proyecta la industria de LIJ española.


Como primer punto hay que hablar del tamaño de la industria de LIJ española. Sí, es pequeña comparada con las industrias de otros países occidentales, como la anglosajona o la francesa, sobre todo en lo que se refiere al número de ventas, uno que limita la producción y por tanto el número de títulos, tanto de producción propia, como ajena, algo que se relaciona directamente con las oportunidades que puede ofrecer a los autores de este tipo de literatura.
No obstante y aunque soy consciente de esto, también hay que tener en cuenta que en los últimos veinte años, el número de sellos y casas editoriales, sobre todo independientes, ha crecido mucho. Esto ha ampliado la oferta, algo que también ha llevado consigo cierta diversidad en lo que argumentos, temáticas y estilos de la LIJ se refiere. Son muchas de estas editoriales las que han ido necesitando nuevos autores que dieran a la Literatura Infantil patria un empujón, un nuevo rumbo hacia las corrientes europeístas, sobre todo en lo que a libro-álbum, narrativa ilustrada y narrativa infantil se refiere. Han abierto las puertas de sus editoriales a creadores desconocidos que han dado  los giros necesarios para que la LIJ española de finales del siglo XX abandonara esa costra casposa que la recubría.
A pesar de que este escenario ha presentado una cara bastante halagüeña, no todo el monte es orégano y esa tendencia dinámica hacia las oportunidades ha ido ralentizándose durante los últimos años por diferentes motivos...


En primer lugar tenemos que hablar de la supervivencia. La de los autores, la de las editoriales… Todos necesitan salir adelante, más todavía considerando que la precariedad es un hecho dentro del sector. Cada uno se busca la vida como buenamente puede. El autor vende su producto al mejor postor. Las editoriales sopesan el trabajo, valoran las posibles ventas, y ¡voilá! Aquellos quienes han tenido algún “best-seller” o han sido tocados por la varita mágica de la crítica, tienen las puertas abiertas de par en par en este competitivo entorno donde la rentabilidad también manda, para de paso, establecer también cierta jerarquía dentro de los diferentes gremios de autores.



En segundo término contamos con un clásico español, el amiguismo. En el pequeño ecosistema de la LIJ española casi todos nos conocemos. Editores, ilustradores, escritores, críticos, mediadores de lectura, lectores y otros monstruos se dedican a departir en esta mesa camilla de los libros para niños. Todos hemos oído hablar de todos, bien o mal, alto o flojito, y, evidentemente, surgen afinidades y diferencias que se trasladan al plano personal. No nos debe extrañar entonces que algunos autores sean blasón y bandera de ciertas casas editoriales, que no falten en las colecciones de ciertos sellos, que pasen a ser escritores e ilustradores fetiche.


Otra circunstancia curiosa es la imitación de los catálogos editoriales. Si Fulano, que tiene una editorial muy vistosa y bien considerada, ha publicado cierto libro con este ilustrador, Mengano, que es bastante aspirantón y quiere despuntar en la industria, copia al primero y también publica algo del mismo ilustrador, una práctica que se traslada a otros muchos Zutanos que piensan de igual manera. Por tanto no nos debe extrañar que si un autor ha tenido un éxito manifiesto una temporada, en la siguiente nos bombardeen con otras tantas.
Otro factor a tener en cuenta en esto de la LIJ endogámica es la escasez de buenos textos e imágenes… No se pueden imaginar la cantidad de editores que me escriben lamentándose de la poca calidad que tienen las propuestas de publicación que llegan a diario a sus buzones. Es tanta la morralla, que la mayor parte de las veces se ven obligados a recurrir a sus escritores e ilustradores de cabecera para cumplir con sus estándares y expectativas, con las de sus lectores, y sobre todo, con el mercado de novedades.
Al hilo del mercado de novedades, hay que hacer una parada obligada en esta práctica cada vez más habitual (a mí, personalmente, me abruma) que también condiciona las oportunidades de unos y otros autores. Si tenemos en cuenta que todas las editoriales del ramo tienen que sacar tres o cuatro libros nuevos cada temporada, es lógico que los autores consagrados o con más éxito, salten de una a otra con diferentes obras, y que el que publicaba un título con esta, la temporada siguiente publique otros con las editoriales vecinas.


No obstante y para verle el lado positivo en lo que a autores noveles se refiere, debemos darle gracias al mercado de novedades ya que muchas casas, hastiadas de ver impresos sobre las tapas los mismos nombres propios, prefieren buscar en ferias o encuentros nuevos artistas que escriban o ilustren obras que se alejen de lo ya visto y encontrar nuevos nichos ecológicos que explotar.
Lo mismo opino de los concursos que muchas editoriales organizan por sí mismas o junto a otras instituciones, ya que son muy favorables para todos aquellos autores que pretenden abrirse un hueco en el universo LIJero, primero, porque  se espera imparcialidad de los jurados que seleccionan las obras ganadoras y finalistas, y segundo, porque se supone que todos los participantes parten de una situación de igualdad de oportunidades.



Antes de dar el punto y final a este escueto panorama, me gustaría dar dos toques de atención. Uno se refiere a la gran cantidad de aspirantes a escritores e ilustradores que proliferan últimamente. Bien por los deseos personales, bien por la gran cantidad de escuelas creativas, de arte y estudios artísticos que han proliferado estos últimos años, nos encontramos ante una ingente cantidad de personas que quieren entrar a formar parte de la industria, algo que también lleva aparejados competencia voraz y frustraciones mayores. El segundo toque tiene que ver con la relación del arte y la industria, ya que en mi humilde opinión, las producciones artísticas deberían quedar exentas de todos estos vericuetos sobre pérdidas y ganancias o estrategias de marketing, es decir, de todas las teclas que rigen hoy día cualquier ámbito con cierta productividad.
Con esto y un bizcocho (de zanahoria, que está bien rico) sólo me queda invitarles a dejar sus comentarios y, sobre todo, a no tirar la toalla, pues quedan muchas buenas historias que encontrar (algunas las tienen acompañando esta entrada aunque sean primeras oportunidades) y muchos sueños que hacer realidad.


miércoles, 14 de noviembre de 2018

La belleza de las estaciones



A juzgar por el color del follaje y las lluvias intermitentes que cubren nuestras latitudes nadie puede negar que el otoño haya llegado. Es tiempo de nieblas y castañas, de boniato asado y alguna que otra helada, setas y frutos rojos. Y me encanta.
Mientras que otros sienten predilección por una u otra estación, el aquí firmante disfruta de todo el año. Haga frío o calor, truene o nos ilumine el sol hay que sacarle el mayor partido posible a cada día, cada mes, pues cada época tiene sus cosicas. Si caen chuzos de punta, te quedas en casa acompañado de un buen libro y la manta, que te achicharras, abres la sombrilla y te deleitas con una fantástica siesta (o viceversa, que la propiedad conmutativa de la multiplicación también se aplica a letras y pereza). El caso es vivir, que aunque los grises digan lo contrario, poco cuesta.


Y andaba yo pensando en el verano, el otoño, el invierno y la primavera, cuando de pronto caigo en la cuenta de que todavía no había hablado de los cuentos de El seto de las zarzas, la colección de álbumes de Jill Barklem que ha reeditado la editorial Blackie Books en nuestra lengua.
Aunque ya hice alusión a esta serie en otra entrada dedicada a La casa de los ratones, creo que merece la pena detenerse de nuevo y de manera exclusiva en unas historias que se reeditan incesantemente en medio mundo y que, aparte de aunar muchísimos e interesantes elementos, también cuentan con un origen triste pero entrañable.
Los cuatro cuentos (uno para cada estación) que configuran esta colección de los años ochenta (en realidad son ocho, pues la autora la amplió con otros cuatro títulos más pero no seriados), si bien no constituyen una revolución dentro del género, sí marcan un punto de inflexión en este, ya que en ellos convergen dos tipologías de libros infantiles, como podrían ser el álbum narrativo y el álbum informativo.


Sobre los elementos de ficción hay que decir que Barklem dio vida a un ecosistema en el que los ratones de campo eran los protagonistas. Siguiendo la estela de otros autores de Literatura Infantil como Beatrix Potter, decide crear una sociedad animal a imagen y semejanza de la humana donde convergen las historias de corte costumbrista en mitad de la campiña inglesa. En todas ellas los niños y jóvenes tienen buenas dosis de protagonismo que facilitan la identificación con el lector, y en todas ellas se prefiere exponer la acción a enjuiciarla (vemos lo que es).


De las ilustraciones poco hay que decir. A la vista está que, enmarcadas en la más pura tradición inglesa (tinta y aguadas), son extremadamente hermosas. La caracterización de los personajes, su vestimenta (daría para mucho este punto), las viviendas y sus dependencias, los paisajes bucólicos, los planos narrativos… Todo, absolutamente todo lo que se refiere a las imágenes es una delicia.


Por otro lado, en lo referente a lo no ficcional, hay que decir que Barklem desarrolló unas ilustraciones preciosistas en las que el lector puede perderse durante horas entre los cientos de detalles que llenan sus escenas. Al mismo tiempo, los pinceles de Barklem son muy fieles a la naturaleza y plasman la realidad del entorno, tanto que sus flores, frutos y árboles se identifican fácilmente y podrían incluirse dentro del género de la ilustración botánica. A todo esto y haciendo alusión a las corrientes del álbum de conocimientos o informativo clásico, decir que también incluye la anatomía y el funcionamiento de las industrias láctica y harinera. Su quesería y molino de agua, aunque parten de su imaginación, se mantienen fieles a las leyes de la física y la mecánica (ver Cuento de verano) lo que denota una gran labor de investigación.


Es curioso que el origen de esta universo de roedores comparta ciertos paralelismos con el de las historias de otros ilustradores, pues Jill Barklem (su nombre real era Gillian Glaze), a consecuencia de un desprendimiento de retina debido a un accidente sufrido a los trece años, tuvo que dejar una vida activa para internarse en el mundo de las artes y la ilustración en la Saint Martin’s School of Art. Animada por su pareja, comenzó a plasmar sus historias que, tras ser aclamadas por los lectores, fueron llevadas al mediometraje de animación en dos ocasiones (una nueva sinergia que recojo AQUÍ).
La familia, los vecinos, el medio natural, la vida campestre o las pequeñas aventuras del día a día aúpan unos libros que nunca pasan de moda. Lo dicho: si lo que están buscando son libros completos, he aquí cuatro buenos ejemplos.


martes, 13 de noviembre de 2018

Jubilados



Me invade la burocracia. Certificado por aquí, impreso por allá, facturas de esto o aquello… Espuertas de papeleo que le quitan a uno las ganas de trabajar, sobre todo cuando se supone que los docentes nos dedicamos a enseñar en vez de al “fill the gap”.
Hasta hace bien poquito, nunca me había planteado la jubilación. Siempre he visto el trabajo como una parte necesaria de la vida, más que nada porque nací pobre y tengo que pagar comida, el agua, la luz, el gas, la gasolina y un largo etcétera de necesidades básicas. También pensaba que retirarse del mundo laboral puede hacer de ti un ser inerte que pierde destrezas sociales y agilidad mental (He visto a muchos caer en picado tras el deseado retiro). Y no pocas veces me ha dado en qué cavilar el hecho de que muchos desafortunados terminen en el hoyo poco después de recibir su primera pensión (soy un poco supersticioso, lo he de admitir).


Acompañado de estas tres premisas daba gracias a la vida por hincharme a currar, pero el caso es que últimamente he cambiado el chip y no me importaría tener más tiempo para hacer lo que me gusta. Leer, viajar, escribir, dibujar, nadar, pasear, comer, charlar... Incluso me faltaría tiempo. Está claro que esto pienso ahora, con una edad en la que no estoy lo suficientemente ajado física y mentalmente (con setenta años me parece que voy a estar para pocos trotes), así que rápidamente me digo que hay que aprovechar el momento, ahora y después (si llega, que ya saben cómo están las arcas públicas), y pasarlo fenomenudo sea cual sea nuestro estado laboral.
Y así llego hasta mi admirado Shaun Tan y uno de sus últimos álbumes. Editado por Barbara Fiore, su editorial de cabecera en nuestro país, este libro nos habla de muchas cosas que se refieren al mundo laboral y sus miserias. Veamos…


Tan nos presenta a un protagonista construido en torno a un insecto personificado, al que incluso otorga un nombre científico ficticio, Cicada officium, la "cigarra trabajadora". Pero, ¿por qué una cigarra? ¿por qué elige este insecto? Seguramente por haber sido considerado un símbolo de inmortalidad (¿Tendrá esto que ver con ese renacer tras una vida dedicada al trabajo?) y que incluso queda recogido en otras obras literarias como La Ilíada de Homero. Tampoco debemos pasar por alto que Cigarra no habla con corrección nuestra lengua, que Cigarra procede de otro lugar, de otro país.


Casi toda la acción (excepto la guarda trasera) se desarrolla en un medio urbano y claramente antrópico, un escenario que muestra tres puntos esenciales. Por un lado su color gris nos habla de un ambiente opresor, deprimente y lúgubre, por otro esa falta de luz  que genera muchas sombras y penumbras que entristecen la atmósfera, y por último los motivos geométricos que nos hablan de densidad, repetitividad y monotonía. Esto nos lleva a un universo de soledad y alienación laboral con el que muchos se pueden identificar. Laberintos, prismas y otras formas angulosas (en las que veo la huella de Jeffrey Smart -una vez más-, a Escher, los cubistas o el monumento del holocausto sito en Berlín… ¿tendrán algo que ver?) son el espejo de sociedades encorsetadas por las normas y los dictados.



Con todos estos elementos, el autor da vida a una alegoría maravillosa sobre los pormenores laborales en las sociedades occidentales y de paso se interna, una vez más, en la crítica social, concretamente en la explotación laboral de los inmigrantes donde marginación, explotación y acoso laborales son el pan de cada día. Escenas donde se observa un linchamiento o en las que situaciones cotidianas como coger un ascensor se hacen cuesta arriba, nos hablan del horror diario que sufren muchos trabajadores que por diferentes motivos se encuentran trabajando en la diáspora.



El libro termina con un deje de silencio al borde de la azotea (me encanta este recurso tan tenso y cinematográfico), donde a través de un salto al vacío lleno de guiños kafkianos, nos preguntamos muchas cosas para dar fin (o principio) a la historia. Una catarsis poética, un final ideal para un álbum hermoso, valiente y muy bien pensado.


viernes, 9 de noviembre de 2018

Gaviotas...



Margaret Winifred Tarrant

Cuando yo era niño, si querías ver una gaviota tenías que ir al mar. Ahora basta con visitar un vertedero o un embalse, prueba de que estas aves, como ratas o cucarachas, han expandido su hábitat a expensas de nuestros desechos. Les parecerá una tontería, pero de esto emerge una nueva y desagradable asociación de ideas que eclipsa otra más antigua y romántica, pues en lo que hace años veíamos belleza, ahora denotamos cierto asco. Es para mirárnoslo…

La gaviota pasa
sobre la bahía;
sus alas, tan blancas,
planean sin prisa:
volando descansa.

El mar es alfombra
de espléndida pana
y, bajo las olas,
hay flores de nácar
y piedras preciosas.

Una caracola
oculta la cara
y esconde la cola
como si intentara
perderse en las sombras.

La gaviota pasa
sobre la bahía,
y es tal su elegancia
que incluso la imita
un barco de plata.

La gaviota.
Antonio A. Gómez Yebra.
En: Menuda poesía.
Ilustraciones Cristina P. Navarro.
1994. Banda de Mar: Málaga.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Lecciones de amoralidad



Me llama la atención lo paradójico de la moral humana. Mientras que nos pasamos el día dando o recibiendo lecciones morales (ya saben que ponerse en uno u otro lado depende de cada uno), necesitamos evadirnos de las reglas y normas de comportamiento impuestas por la sociedad a través de nuevos y variopintos escenarios que nos hagan reflexionar sobre su necesidad o no.
Esta realidad atañe directamente a la literatura infantil, una parcela cultural en la que lo moral siempre recibe una atención especial, bien por exceso, bien por defecto, y que la mayor parte de las veces nos pone en brete sobre qué libros infantiles son los mejores para nuestras criaturas. Unos piensan que cuanto más libertina y bizarra sea este tipo de literatura, el discurso generado estará menos encorsetado, y otros, por el contrario, defienden una literatura que construya ecosistemas que reflejen las convenciones sociales y unas pautas de comportamiento más dirigidas. La eterna discusión.


No obstante y en lo que a LIJ subversiva se refiere, creo conveniente discernir entre los términos “inmoral” y “amoral” (¡Gracias por traer a la palestra este tema, Teresa!), dos conceptos que a priori parecen sinónimos pero entre los que existen sutiles diferencias… Cuando hablamos de amorales nos referimos a aquellas obras, generalmente de naturaleza artística, que no persiguen un fin moral (no distinguen entre bien y mal). Sin embargo, cuando un libro es inmoral hablamos de producciones que van en contra de los comportamientos o preceptos que consideramos adecuados consciente o insconcientemente. Esto quiere decir que los libros amorales exponen un hecho pero ni lo ponen en tela de juicio ni emiten veredicto alguno, mientras que en lo inmoral el juicio queda implícito, sobre todo en lo que a  valores se refiere.


Según esto hoy lanzo una pregunta a todos aquellos que, como yo, sienten debilidad por la literatura infantil subversiva (los más críticos con el mundo de la LIJ pedagógica y utilitarista): ¿Qué libros para niños queremos? ¿Los inmorales o lo amorales? En mi caso creo que una exposición amoral ofrece un discurso más abierto, preguntas y respuestas más plurales en las que el lector se puede sumergir sin necesidad de sentirse señalado, sobre todo por el mundo adulto. Por otro lado, he de decir que lo inmoral siempre tiene un puntito canalla que puede desatar universos muy enriquecedores donde los niños campen a sus anchas, una válvula de escape de padres, maestros y otros mayores que siempre sientan cátedra con sus preceptos.


Sólo me queda invitarles al debate no sin antes leer con detenimiento uno de los libros que más me ha llamado la atención este otoño y que lleva por título Y rieron los malos – fábulas amorales. En esta serie de pequeños relatos protagonizados por animales (de ahí el nombre de fábulas), los autores daneses, Ellen Holmboe y Kristian Eskild Jensen, rompen con el estereotipo clásico de este género y nos presentan situaciones donde los buenos nunca ganan (es una jodienda para todos aquellos que gusten de los clásicos Disney® pero ¡ea!) y servirnos el debate en bandeja.


A ello hay que añadir el preciosismo de unas ilustraciones que encandilan a primera vista. Entre los detallados ornatos que enmarcan los textos (Son una delicia las de las fábulas La hormiga y el águila, El león y las leonas y El padre, la madre y los hijos. Me recuerdan a los de la escuela de ilustración rusa d finales del XIX) y lo cinematográfico de las escenas, el deleite visual es más que notable.
Esta vez no hay finales felices, o bueno, quizá sí, que aquí no hay moralidad que valga.


miércoles, 7 de noviembre de 2018

Leer para imaginar, imaginar para vivir



Esta semana estoy intenso. Parece que me han metido un supositorio de Mr. Wonderful® y el efecto ha sido desproporcionado (El que no está acostumbrado a bragas…). Quizá sea el cambio de hora (Esto de levantarse con el sol pone mis biorritmos a todo trapo) o que las temperaturas se han suavizado (¡La virgen! ¡Qué frío el de los días pasados). El caso es que estoy más activo que de costumbre (parezco Leticia Sabater…) e incluso un tanto romántico (miren ustedes que soy bastante puercoespín).


A pesar de tanta animación hay quienes se empeñan en joderte el día. Pero nada, hay que ser positivo y rezar porque mala embolia les dé en el culo a los tres poderes del estado (¡Menudo asco, macho!). Ni judicial ni legislativo ni ejecutivo. Aquí, el que manda es el poderoso Don Dinero, un señor con mucho (des)crédito. Luego me vienen con el bien ciudadano y otras basuras en vinagre. ¡Y una mierda! Menuda genética tienen nuestros mangoneantes (¿o quería decir mangantes?), los de pata negra y los descastados. No se salva ni uno… Ni aquí ni en Pekín…  Apriétense los machos: "Román's return".


Respira, cari, respira… Regresa al mundo de la ficción que con tanta miseria se te va a pelota… Tú pasa, que lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos y pelillos a la mar. Quédate con los libros, que esta realidad es puro detritus donde garrapatas y carroñeros se embarrizan como animales de bellota. Fíjate en Anita. ¿No la conoces? Pues Esta es Anita, la protagonista de un álbum de Sara O’leary y Julie Morstad que acaba de publicar en nuestro país Blackie Books.


Anita sí que sabe. Anita se deja impregnar por las grandes obras de la literatura infantil y deja volar su imaginación, sobre todo hacia mundos más hermosos que este, en los que ser criada por los lobos, cabalgar junto a hadas y luciérnagas, navegar por mares desconocidos metida en una simple caja de cartón. Anita va y viene a su antojo, despreocupada y fiel a sus creaciones fantásticas. Hazle caso: fabrica un bonito antifaz, sé quién quieras ser y deja que tus ojos transformen el mundo a tu antojo. A veces es la mejor forma de supervivencia.



martes, 6 de noviembre de 2018

¿Trabajar o soñar?



Domingo, tres de la tarde, parece que ya se acaba. Sentado sobre la arena, bajo el sol de un otoño que parece primavera, ronda que te ronda, la misma cantinela: trabajar, trabajar y trabajar. Como si no hubiera otra cosa... No te olvides de esto, tampoco de lo otro. Que si el examen de los de primero, mira lo del viaje, compra los aguacates, que no se te olvide la basura, ¡ostias, la reseña!...
Regreso de la playa. No me equivocaba. Prisas, trotes y galopes. Paquetes, ladrillos, laboratorio, lavadora, más reseñas… Sin disfrutar del tiempo, siempre a la carrera. Después de unos días de ese caos (lo que nos gusta comer a deshoras, perdernos, brujulear) tranquilo, el mismo verbo me vuelve a asolar. Trabajar. Se ve que no soy el único, a juzgar por lo cansadas que se ven otras miradas que resoplan sin cesar. Me las encuentro en el supermercado, en la biblioteca y en el pasillo del hospital.


No todo es negativo… Mientras limpio el cuarto de baño, me asalta un bonito recuerdo de escobas y fregonas, de agua y amoniaco. No, creo no es tan malo trabajar. Una veces solo, otras, acompañado. La rutina muchas veces te obliga a cavilar. Sobre ti, sobre el vecino, sobre aquellos que ya no están. Discurrimos sobre cómo hemos evolucionado, unas veces para delante y otras como cangrejos, hacia atrás (a eso se le llama ¿involucionar?). Por mucho que nos invada, la monotonía del laboreo es una buena manera de conectar. No sé con qué, pero al menos, lo hacemos.


Me paro en seco. Abro el libro. Sibylle Delacroix. Granos de arena. Lo acaricio, delicado. Amarillo como el sol, como la cáscara del limón, como ese molinillo de papel charol. Dos niños juegan. Construyen castillos en el aire. Como yo, también sueñan. Lo cierro y me río. Pienso que ya vendrán otros días en los que mirar de nuevo el mar, de cara, que me salude el levante. Retorno a los días pasados, me sumerjo en la calma de nuevo. Mientras la brisa sopla y rompen las olas… “¡Qué más da!” me digo “Román, blanquea la cabeza. Déjala al viento, con los granos de arena volar.


miércoles, 31 de octubre de 2018

Matilda o 30 años de ¿¿feminismo??



Este mes de octubre se han cumplido tres décadas desde la publicación de la primera edición de Matilda, una de las obras cumbres de Roald Dahl. Treinta años (se dice pronto) desde que esta niña curiosa y enamorada de los libros entró en nuestras vidas.
Teniendo en cuenta que para un libro, uno que además sigue más vivo que nunca, son muchos años, es lógico que editoriales, librerías, bibliotecas y colegios se hayan hecho eco de los faustos. Se han realizado actividades y talleres, recogido innumerables anécdotas, organizado foros, mesas redondas, y publicado nuevas ediciones para ensalzar las bonanzas de la lectura de este ya clásico.


De entre todas ellas, la que más me han llamado la atención son las que han atendido al cariz feminista de esta obra trascendental de la Literatura Infantil. Indagando en el pasado y remontándome a los años noventa, he descubierto que esta era y es una lectura que se hace con mucha frecuencia (¡Madre mía! ¡Y yo sin saberlo! ¿Seré un bicho raro?). Según muchas opiniones, Matilda es el prototipo de la nueva mujer. Culta, inquieta, valiente, libertaria y decidida. Todo un ejemplo que debe cundir entre pequeñas, jóvenes y mayores para construir un mundo nuevo en el que las niñas tengan los mismos derechos y expectativas que los hombres. Matilda es un símbolo, un estereotipo de lo que muchos anhelan. Incluso  algunos artículos académicos también hablaban del tema. La cosa se puso seria, así que empecé a darle vueltas al asunto. ¿Realmente apunta Matilda a esa dirección? ¿Llenar de personajes femeninos una novela es indicativo de un discurso feminista? ¿Ser feminista implica ser un gran lector, culto e independiente?... Respiré y, dejando a un lado estas interpretaciones desde los foros del empoderamiento de la mujer actuales, intenté buscar puntos que rebatieran esta lectura sobre la relación de Matilda con el feminismo.


En primer lugar hay que decir que, como cualquier otra obra literaria, esta también necesitaba su protagonista. No sé qué llevo a Roald Dahl a elegir una niña en vez de un niño (llamo la atención sobre este punto ya que en las obras de este autor priman los protagonistas masculinos como Charlie, James, George o Billy) pero creo fue una elección más o menos arbitraria y nunca estuvo relacionada con razones de corte feminista.
En segundo lugar y dejando un poco de lado a su heroína, hay que hablar sobre otros personajes secundarios que, a pesar de ser mujeres, dan una visión del género un tanto nefasta. Este es el caso de Mrs. Trunchbull, Mrs. Wormwood y Mrs. Honey.


Si nos centramos en la madre de Matilda observamos que a pesar de soltar perlas que gustan mucho a sus lectoras como “Me temo que los hombres no son siempre tan inteligentes como ellos piensan”, también hemos de fijarnos en la contrariedad que representa ser una mujer que vive a la sombra de un tío mediocre e ignorante que quiere una vida similar para su hija. De feminista, poco...
Pasamos a un peso pesado, Mrs. Trunchbull, la directora de la escuela en la que estudia Matilda. Dahl la describe como una persona horrible, un auténtico antagonista que no sabe de modales ni de educación, algo que despierta una animadversión real hacia el personaje. ¿Por qué Dahl castiga así a una mujer fuerte? ¿Acaso no es esto loable en cualquier caso? ¿Por qué al final la sustituye por un hombre?


Y así llegamos a Mrs. Honey, la maestra que termina adoptando a Matilda (no es de extrañar teniendo en cuenta las afinidades entre ambas... ¿Tendría esto algo que ver con el clasismo?). Aunque muy leída y educada, Mrs. Honey es una pusilánime, se conforma con vivir escondida para no enfrentarse a unos problemas personales en los que tiene mucho que ver Mrs. Trunchbull. Si además tenemos en cuenta que la directora realiza ciertos abusos, sobre todo psicológicos, hacia esta, la cosa no pinta muy bien. Digámoslo claro, ni el carácter apocado de Mrs Honey, ni la relación que se establece entre estas dos mujeres, serían buen ejemplo de sororidad en el discurso feminista de hoy día.


Si a todo esto añadimos el aspecto de los personajes, la cosa es de traca... Les invito a que, sin perder de vista las ilustraciones de Sir Quentin Blake, comparen el físico de Mrs. Trunchbull con el de Mrs. Honey. Agua y aceite. Sale perdiendo la primera claramente. Sabemos que es una mujer por el “pecho prominente” que señala el autor y poco más, ya que tiene que ver más con un toro Miura que con una humana.


Con todo esto no quiero decir que Matilda no este sujeto a este tipo de interpretaciones (Los libros son espejos y cada uno puede mirarse en ellos como le dé la real gana. Es algo maravilloso que debe suceder), pero sí hay que tener en cuenta que reducir los libros al discurso de los ismos puede ser peligroso, sobre todo cuando esos libros desprenden mucha luz (véase el caso).
Por mi parte y obviando la relación que puede o no tener este libro con el feminismo (El caso es que me ha venido bien releerlo), yo me quedaría con los que quizá son los motivos primigenios de Dahl para escribir una obra como esta. 
El primer motivo es literario. Según ha explicado su hija a los medios en alguna ocasión, Dahl quiso reencontrarse con su yo lector a través de este libro. “Matilda fue uno de los libros más difíciles de escribir para él (Roal Dahl). Creo que había un miedo real y profundo en su corazón acerca de esos libros que estaban cayendo en el olvido, y él quería escribir sobre esto.” comentó Lucy Dahl hace unos años. 
El segundo se refiere a otro pilar básico en la obra de Dahl, el desdén hacia el mundo adulto. Tanto en Las brujas, como en Charlie y la fabrica de chocolate o James y el melocotón gigante, los adultos y su universo son ridiculizados, algo que da buena cuenta del carácter subversivo de la obra de este autor, tan afín a los niños.
La última razón es la crítica hacia la institución escolar. Tal y como explica en su Boy. Relatos de infancia, las malas experiencias en este ámbito fueron decisivas para inspirar libros como este donde, a modo de denuncia infantil, narra algunas prácticas indeseables que todavía hoy se llevan a cabo desde la institución educativa. 
El resultado de esta suma fue magnífico, sobre todo porque Dahl hizo lo que mejor sabía hacer: escribir lo que le daba la real gana. Algo por lo que brindaré durante este cumpleaños. ¡Larga vida a Matilda!


NOTA: Todas las imágenes que acompañan a esta entrada excepto la primera pertenecen a la serie de ilustraciones que Sir Quentin Blake ha realizado re-imaginando al personaje Matilda treinta años después.

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