viernes, 18 de enero de 2019

De célebres escritores y cambios animales



Uno de los espacios de Londres que más me llama la atención es la Poet’s Corner de la Abadía de Westminster. Se trata de un espaco en la nave sur del templo de la iglesia anglicana dedicado a honrar la memoria de todos aquellos que han contribuido a engrandecer la cultura, sobre todo de corte humanístico, inglesa. De entre todos los homenajes allí presentes, son dos los que, como buen lector, me han interesado, concretamente las tumbas (no sólo hay enterramientos, también placas, bajorrelieves o bustos) de Charles Dickens y Rudyard Kipling. Lo del primero es una cuestión de admiración (ya saben que es uno de mis  favoritos) y lo del segundo tiene más que ver con los monstruos, pues es de admirar que un escritor que logró fama con sus novelas y relatos infantiles este sepultado aquí (Y ojo, porque a mi juicio, el honor es para reyes y princesas y no viceversa).
Es cierto que Kipling fue un autor muy prolífico, tanto de textos periodísticos y ensayos, como de relatos y novelas dirigidas a los adultos, pero nada sería de él si los niños no se hubieran fijado en obras como los Libros de la Selva, Kim, Puck de la colina Pook (del que por cierto vamos necesitando alguna buena edición) o Cuentos de así fue, parte del libro que nos acompaña hoy gracias a la última edición en castellano de Blackie Books.
Se podrían decir muchas cosas sobre este título… Por ejemplo que es un libro que nació al amparo de El segundo libro de la selva, concretamente del cuento Cómo empezó el miedo, en la escena en la que Mowgli escucha el cuento de cómo el tigre obtuvo sus rayas. También podríamos hacer alusión a que fueron ideados para darle las buenas noches a su primogénita Josephine, antes de que esta muriera de pulmonía a la temprana edad de 6 años. O que la primera edición (1902) estaba acompañada de las ilustraciones del propio autor (la edición de hoy cuenta con las de la reconocida artista catalana Marta Altés). Pero lo mejor es dejarles con parte de una de las cinco historias rimadas y remasterizadas por Elli Woollard (son 13 en la versión original) que narran la transformación de algunos animales hasta el aspecto que nos presentan hoy día. ¡Disfrútenlas!

Hoy voy a contaros por qué una Ballena
no puede tragarse a un marino
ni cruzar los mares con la tripa llena
como hace un modesto pingüino.

Creedme, la historia merece la pena…

Un gran animal de apetito brutal,
eso era la enorme Ballena,
y tenía un hambre tan descomunal
que nunca esperaba a la cena.

“¡Qué rica dorada! –decía encantada-,
¡que hermoso, ese atún tan lustroso!”.
Ni estando saciada cambiaba por nada
un solo bocado sabroso.

Cuando amanecía, solía engullir
treinta bacalaos de una vez.
Hasta que un buen día se le oyó decir:
“¡Aquí ya no queda… ni un pez!”.
[…]

Rudyard Kipling.
Así fue como a la Ballena le encogió el gaznate.
En: Cuentos de así fue.
Adaptación de Elli Woollard.
Traducción de Miguel Azaola.
Ilustraciones de Marta Altés.
2018. Barcelona: Blackie Books.



jueves, 17 de enero de 2019

¿Y tú de quién eres? Librería tradicional, cadenas de librerías o librería virtual.


De unos años a esta parte el mundo de la compra-venta de libros se ha diversificado enormemente. Si queremos adquirir un libro, cada vez tenemos más alternativas. Unos se decantan por la librería de su barrio, la de toda la vida, los que no tienen tiempo para pasarse una tarde ojeando libros prefieren echar mano de una de las centenas de librerías on-line que abren sus puertas en la Red, y los que quieren el típico best-seller acuden a una de esas librerías que, como supermercados, se ubican en las grandes y medianas ciudades. Al final, los tres tipos de compradores verán satisfechas sus expectativas, tendrán su libro pero, ¿qué diferencias existen entre unas librerías u otras?


En primer lugar hablaremos de la librería tradicional, un espacio físico habitado por libros de diferentes tipologías (no olviden que esto acarrea un coste añadido con la compra/alquiler del local y su mantenimiento). Pueden ser libros viejos o nuevos, para adultos o para niños, para médicos o poetas. Generalmente se ubican en los centros de las ciudades o en los barrios de la periferia (estas hacen las veces de papelería). La clientela suele ser fija y alternan con el dueño y/o los dependientes de tal manera que se admiten sugerencias y alternativas, recomendaciones de todo tipo. Es curioso como algunas de estas librerías se han asociado en comunidades y redes que se prestan servicios unas a otras o que desarrollan propuestas interesantes por la lectura (Por citar un ejemplo español, se me ocurre el Club Kirico, una iniciativa de CEGAL para el fomento de la literatura infantil). Hace años, si pedías un libro que no tenían en las baldas tardaban unos días en traértelo, hoy día, aunque es variable, es algo más inmediato. Sobre la exposición de los títulos diría que es mucho más caótica (para el cliente, pues el buen librero sabe qué tiene en cada montón), pues se hallan limitados en lo que a espacio de exposición y almacenaje se refiere.


Vamos a por las segundas… Foyles, Waterstones, Gonvill, Casa del Libro, Fnac o Barnes & Noble, toda una serie de grandes librerías que operan en países como Inglaterra, México, España, Francia o Estados Unidos respectivamente. Todas ellas funcionan de una manera similar al basar su negocio en los superventas, las novedades y la literatura de consumo. Incluso algunas de ellas dependen de los grandes grupos editoriales que participan de su capital. Aunque el aspecto físico de estas suele ser bastante similar por cuestiones de mercadotecnia y se despojan de ese aspecto clásico de almacén de libros para pasar a ser espacios más diáfanos y espaciosos donde el comprador disfruta sin agobios de los diferentes productos que se le ofrecen (fíjense en la colocación de los libros, la ordenación y exposición de estos, etc.). No suele haber problemas si el cliente quiere algún título que en ese momento no se halle sobre las baldas, pues cuentan con la logística suficiente como para facilitarte el libro 24-48 horas después (generalmente, siempre hay excepciones). Lo más de lo más es que muchas de ellas han incorporado entre sus servicios la impresión a la carta, es decir, usted elige el título y le hacen su ejemplar en los cinco minutos que se toma un café.


Por último tenemos las librerías on-line, un tipo de librerías que han supuesto cierta revolución en el sector pues prescinden del local físico en el que desarrollar su actividad de cara al público (no en lo que se refiere al almacenaje pues todas necesitan un lugar donde guardar los ejemplares) y plantear la venta a través de espacios virtuales (páginas web, blogs o redes sociales) a los que el cliente puede acceder durante el descanso laboral o mientras espera su turno en el dentista, y adquirir el libro deseado, ese que llegará a su buzón mediante una empresa de transporte o paquetería, lo que puede conllevar gastos de envío adicionales (generalmente si el pedido es grande no supone desembolso adicional para el cliente) y un tiempo de espera muy variable (si compran algo en Estados Unidos de Norteamérica unas dos semanicas no se las quita nadie). Las librerías on-line pueden ser tan diversas como las tradicionales (de literatura de adultos, de literatura infantil, académicas o de viejo) y al igual que estas tejen sus redes bajo portales (véase IberLibro) para ofrecer servicios adicionales a sus clientes y también pueden ser una extensión de los dos tipos anteriores.


Una vez hemos visitado las tres me toca comparar unas y otras, apuntar a diferencias, sacar la lupa y escudriñar las fisuras de un negocio que cada vez está más repartido (Nota 1: Este punto no lo voy a abordar pues me falta información financiera y comercial como para valorarlo. Me basta con saber que este panorama ha abocado a muchas al cierre).
Yo siempre digo que un negocio es una cosa muy seria en la que hay que echar muchas horas y ser muy profesional (o si no lo eres por lo menos tener a alguien cerca que lo sea). Es por ello que la primera diferencia la encuentro con el personal de las librerías tradicionales y el de las superficies es la competencia. Teniendo en cuenta que yo me muevo en el ámbito especializado de la LIJ puedo decir que me encuentro con personas mucho más puestas en libros para niños en las librerías de toda la vida que en la que pertenecen a ciertas cadenas. Será por el tipo de contrato (en muchas de estas empresas los contratos son temporales), será por la formación, será porque cuentan con más diversidad de títulos, pero la realidad (al menos la que yo constato y que creo que está cambiando) es así. Si a ello unimos mi manía personal de sopesar, toquitear, y leer los libros tranquilamente (sin que me asalten cuatro dependientes en la media hora que estoy diciéndome “¿Puedo ayudarle en algo?”), lo tengo claro.


Sobre la diversidad de géneros no lo tengo tan claro, pues si bien es cierto que una librería tradicional puede estar más especializada en ficción infantil, quizá no lo está tanto en ficción juvenil, en novela gráfica. Por eso entiendo que muchos clientes acudan a estas grandes librerías cuando quieren ampliar su mirada hacia otros géneros o comprar el regalo de cumpleaños a un amigo ecléctico. Si les soy sincero es donde me introduje en la novela gráfica, pues hace años las comitecas brillaban por su ausencia y las tiendas especializadas se dedicaban mucho más al cómic y manga clásico.
Sobre los espacios no sabría muy bien que decir. Mientras unos son diáfanos, con pocos obstáculos en las zonas de paso, con estantes adosados únicamente a las paredes, pocos volúmenes y bien colocaditos, mucha pintura blanca y luz para cegar a un águila, los otros son más caóticos. Pilas, columnas de libros, mesas enterradas en libros, esquinas y hasta escaparates tapiados con ellos.  Seguramente Marie Kondo prefiera los primeros, pero en mi caso prefiero el carácter y la personalidad de una librería clásica, donde los criterios de exposición y almacenaje no tengan que ver con criterios de mercadotecnia y venta, sino con los del espacio, el género o los caprichos del librero. Las bibliotecas son como nuestros hogares, que se construyen a lo largo de la vida gracias a los avatares con los que esta nos va marcando.


De las librerías virtuales les diré que, de primeras quiero ver y sopesar (física e intelectualmente) lo que compro (Nota 2: Desde que me sacaron 35 euros por un libro cuyas dimensiones eran 8x8 cm, todavía lo tengo más claro), y en segundo lugar confieso que el tema de los gastos de envío siempre me ha echado para atrás (será que para un servidor caminar no tiene precio).  En este caso suelo utilizar sobre todo las que se refieren al libro usado y al libro extranjero, más todavía cuando el título en cuestión es imposible de encontrar por las vías tradicionales. Si un libro nos resulta imprescindible, habría que llamar a muchas puertas y, sinceramente, es mucho más fácil echar mano de la Red y proveernos de dicha obra.


Para terminar este pequeño planteamiento, cómo no, hay que terminar con la nota sentimental. Es cierto que el abanico está cada vez más abierto mundo de la compra-venta de libros, pero también hay que admitir que en él se ha colado la deshumanización de la globalización. Para mí, comprar, vender un libro es un acto de complicidad en el que interactúan dos seres humanos gracias a las ideas sobre el papel de un tercero, esas que están en el libro.
Quizá sea un nostálgico pero todavía recuerdo cuando, en mis años de estudiante universitario, muchos acudíamos a la calle Libreros a comprar y vender en la librerías de segunda mano (también clandestinamente) los manuales de cursos pasados y futuros. Seguramente las propuestas en línea de hoy día sean mucho más eficaces y rentables (antes dependía más de la probabilidad de coincidir), pero había algo bonito en todo aquello. Más todavía cuando ponías un libro en la mano de otro, te mirabas a los ojos, y sonreías.


miércoles, 16 de enero de 2019

Autosuficientes



Cada mañana contemplo atónito como la puerta del centro educativo donde trabajo se transforma en un mare magnum de vehículos a motor. Un día por la lluvia, otro por el frío, y el tercero porque los nenes tienen el papo muy gordo, pero el caso es que aquello parece la Castellana en hora punta, algo incomprensible teniendo en cuenta que esta localidad es un guá y viven cuatro gatos. Los que cogemos el coche por necesidad no entendemos este despropósito (empezando por el combustible y terminando por otras muchas cosas) e imploramos un poco de sentido común entre los oriundos, bien para el ejercicio aeróbico de nuestros alumnos (no hay nada más que ver los cuerpos que se gastan), bien para el tráfico rodado de sus calles.


Los espectadores, de vez en cuando, nos preguntamos cuáles serán las razones que encaminan a estas situaciones, que no son exclusivas de este pueblo pues parece un mal endémico de cualquiera, y tras una lluvia de ideas convenimos que la sociedad, el sobreproteccionismo y  el exceso de confort nos ha abocado irremisiblemente a una realidad con la pocos sabemos lidiar.
Si es que algún padre me lee (lo dudo, pero estaría bien), les animo a que insten a madrugar a sus hijos, primero para asearse y desayunar en condiciones (pocos lo hacen, otra realidad poco saludable) y después para dirigirse al instituto caminando, para sentir el fresco de la mañana, despejar la mente, charlar sobre lo que nos deparó la velada y preparar el día.


Queridos padres, no les hablo de dejarlos a su suerte, de que floten a la deriva. Enséñenles cómo tejer las velas, cómo izarlas en el mástil. El funcionamiento de la brújula y del sextante, de qué lado sopla el viento. Provéanlos de remos, de una embarcación adecuada, constrúyanla con ellos. Muéstrenles qué peces son los más nutritivos, cuáles los menos. Cómo lanzar la red y preparar el anzuelo. De eso se trata la vida de ir aprendiendo en compañía, que solos ya estamos.
Y si son incapaces de decírles que lo mejor es ser autosuficientes (sé que produce cierta congoja), pidan ayuda a Gema Sirvent y Guridi, que les llevarán hasta Penélope en el mar (editorial Avenauta) una historia llena de metáforas y poesía donde la protagonista busca por sí misma su lugar en el ancho mar. Bien se merece una parada, no sólo por nuestros niños, sino también por nosotros mismos.


martes, 15 de enero de 2019

Unos cuantos títulos de narrativa post-vacacional



Como las pasadas fiestas he tenido algo de tiempo, me he dedicado a leer un poco, pues siempre parece que tengo olvidadas las obras de narrativa y les recuerdo que, aunque el libro-álbum tiene mucho que decir, nada desmerecen las historias donde la palabra es la protagonista pues, entre otras cosas (ya saben: ampliar el vocabulario, exponer idear, expresarse con corrección, leer con fluidez, etc.), nos ayudan a sumergirnos en nuestras propias ideas sobre el mundo (al paso que extienden las de otros) y les ponemos la cara que más nos place. No se pierdan estos títulos, porque no tienen ni mijita de desperdicio. ¡Hale! ¡A disfrutar!


Roald Dahl. El dedo mágico. Ilustraciones de Quentin Blake. Loqueleo Santillana. Tanto este libro como el que le sigue son dos obras de Roald Dahl que todavía no había leído. Esta, concretamente, me ha encantado porque bebe del típico universo surrealista del autor y del poder que tiene la infancia para solucionar las injusticias humanas. Todo parte de un enfado monumental y un dedo mágico que intenta salvar vidas animales. Apto para animalistas, aunque no todo se resume en ese discurso dirigido. Hay mucho más en este librito ilustrado por mi admirado Quentin Blake.


Roald Dahl. Los mimpins. Ilustraciones de Claudia Ranucci. Loqueleo Santillana. En este otro libro, el autor inglés nos presenta un pequeño relato de aventuras en el que hacen aparición unos seres diminutos, los mimpins, unas criaturas parecidas a los duendes, espíritus de la naturaleza que ayudan al protagonista a escapar de las fauces del terrible chupasangres-arrancadientes-mascapedruscos-escupijante (ahí es nada). Bajo esta historia subyace otra de desobediencias infantiles y superación personal. No se la pierdan.


William Steig. La isla de Abel. Ilustraciones del autor. Traducción de María Luisa Balseiro. Blackie Books. Las pasadas fiestas le hinqué el diente a este clásico de Steig, uno de los autores renovadores de la Literatura Infantil contemporánea. El libro en cuestión narra la historia de una pareja. Cuando se hallan en mitad del campo se ven sorprendidos por una gran tormenta que arrastra a nuestro protagonista hasta una isla. Abel se transforma en Robinson, en un naúfrago que intenta por todos medios regresar junto a su amada. Una fábula que ahonda en la soledad, la capacidad de supervivencia y la voluntad humana (personificada en la de un roedor, claro está).


Pedro Mañas. Apestoso Tío Muffin. Ilustraciones de Víctor Rivas. Anaya. Si quieren una novela divertida, aquí les traigo otra de Pedro Mañas, el imparable autor español que al mismo tiempo que nos hace disfrutar nos plantea ciertas realidades incómodas. El argumento esta vez tiene que ver con un tío que huele fatal (además de algo estrambótico, a lo Roald Dahl, tú sabes...) y una sobrina muy especial que viene de visita. Por en medio pululan un buen elenco de secundarios que hacen que se anime la acción (mucho lío, ya saben), pero que a un mismo tiempo nos ayudan a indagar en nuestras relaciones con los demás, en la aceptación personal, en encontrar nuestro propio camino. Recomendable al 100%.




Jens Raschke. ¿Duermen los peces? Ilustraciones de Jens Rassmus. Loqueleo Santillana. Siempre espero algo interesante de los libros blancos, parece que bajo esa impoluta apariencia se esconden cuestiones de vital importancia. En este caso nos habla del duelo de una niña y su familia tras la muerte del hermano e hijo. No es un libro fácil, puesto que trata sobre los que se quedan, pero es hermoso (nuestro mundo está lleno de belleza, no lo olviden) y cuenta con testimonios muy valiosos. Es recomendable tanto su lectura individual, como grupal. Para niños con cierta madurez.


Oti Rodríguez Marchante. La importancia del primer cero. Ilustraciones de Carmen Segovia. A Buen Paso. Uno de los libros de narrativa que más me han llamado la atención de esta tanda, sobre todo porque se interna en la realidad de unos niños que dejan de serlo, de sí mismos y sus relaciones. Me ha encantado la forma de presentar la historia en capítulos dedicados a cada protagonista, ya que por un lado definen cada personaje, con sus recelos, manías, miedos y anhelos incluidos, y al mismo tiempo los conecta entre sí para que indaguemos en sus relaciones personales. Fiel al espíritu de la pubertad, con historia de amor incluida. Se lo dice uno de secundaria.



Marka Miková. Varvara. El cuaderno de bitácora de una ballena. Ilustraciones d eDaniel Piqueras Fisk. Narval. En este diario de viaje novelado, la autora checa nos presenta un libro informativo que intenta acercarnos a la vida de las ballenas grises, un  mamífero marino (el mayor), que tiene un modus vivendi muy particular (¿Sabían que viajan miles de kilómetros para alimentarse?). Un título muy acertado para hablar de los animales migratorios, de las cadenas tróficas, de la conservación del medio marino, de la caza de los cetáceos y tantas cosas que se relacionan con el currículo académico. Pero antes de eso, que los críos lean las aventuras de esta pequeña ballena, unas que se llenan de alegría y tristeza, de amor y amistad.


Luna Al-Mousli. Una lágrima. Una sonrisa. Mi infancia en Damasco. Traducción de Susana Andrés. Milenio. Reconozco que unos tipos de escritura me atraen más que otros, pero entiendo que el estilo de este libro tiene su razón de ser pues está escrito desde la infancia, una época donde lo directo y lo parco encierran cierta belleza. Aquí la autora nos acerca a sus recuerdos de niñez en una de las ciudades más antiguas del mundo. Aunque algunos podrían tachar este libro como informativo, yo considero que es algo más, pues debajo de esa inocencia hay detalles que encadenan con realidades difíciles y poco deseables. Una edición bilingüe impecable que puede dar mucho juego.
  

Shaun Tan. La ciudad latente. Ilustraciones del autor. Barbara Fiore. Llegamos, para mi gusto, a la joya de la corona. Aunque saben de sobra que siento debilidad por Shaun Tan y sus creaciones, he de decir que casi todos los enteraos coincidimos en que este libro es de una belleza sin límites. No sólo por lo surrealista de sus ilustraciones, llenas de alusiones y simbolismos (me encantan las que acompañan los relatos que empiezan con Una vez fuimos extraños…, Osos  con abogados… o No me da miedo la sala de espera.), sino también por unos textos evocadores que nos hablan de muchas cosas (mis favoritos son Las mariposas llegaron a la hora de comer y Piénsalo: no hay mar en nuestra ciudad). Lean sobre nuestra relación con el resto de seres vivos, sobre nosotros, del futuro, del presente y del pasado, de lo que nunca sucederá y siempre ocurre. Sin duda: mágico. 






lunes, 14 de enero de 2019

Calorías navideñas enquistadas en los riñones



A veces sueño con bollos de mosto, más todavía cuando la vocecita del postureo me taladra el oído interno con su sonsonete cojonero. “Cierra el pico o te vas a poner como la Tomata, Romancico”… Una tortura vietnamita teniendo en cuenta que el ser humano ha sido concebido para el engorde y con poco vamos (es lo que tienen los animales homeotermos).


Sí, señoras, señores, la operación bikini se cierne sobre nuestras cabezas. Y sólo hay dos salidas si queremos lucir un físico óptimo (N.B.: Baratas, claro está. Si no quieren sacrificarse siempre les quedará la lipoescultura, las fajas de compresión e incluso las salas de espejos de algún circo). Elijan: o seguir comiendo y menear el papo, o estarse quietecico y tragar mucho menos (y si es tiritando como los pájaros, más calorías gastamos). Como siempre hay tiempo para zamparse medio gorrino y ofrecer nuestros cuerpos al sedentarismo, un servidor, que todavía quiere dar la lata unos cuantos años más y lucirse aceptablemente en Instagram, se queda con  la primera opción, la del ejercicio para seguir cebándose.


No intenten consolarse (que mal de muchos…) y sean conscientes de que esta navidad se han puesto como El Tenazas (a no ser que la hayan celebrado cual Ramadán). Tibios a base de turrón y otras delicias heredadas de los árabes -paradójico tema que siempre me ha entusiasmado-, de asados cárnicos (donde esté un buen cordero manchego…), los menos de pescado (¿Se ha extinguido el besugo?), con buen marisco (¡Viva el ácido úrico!), embutidos ibéricos (a los que los chinos se están aficionando), frutos secos y encurtidos de todo tipo (los altramuces de la infancia que no falten), quesos añejos, buenos vinos (en mi casa, de La Mancha) y sidra (para que empape la pringue).


Ahora que lo pienso, ¡anda que no comemos! ¡Semejante amasao pegado al riñón! ¡Nos parecemos a Finn Hermann!... ¿Qué no saben quién es este señor? Pues uno de los cocodrilos más famosos de la LIJ (escrito por Mats Letén, ilustrado por Hanne Bartholin y editado por Libros del Zorro Rojo), uno al que no se le resiste ningún manjar (entiéndase por ello cualquier otra mascota más pequeña que él), nada oiga, que engulle todo lo que pilla. Lo mejor de todo es que lo hace en un abrir y cerrar de ojos-página (por todos es sabido que los reptiles no mastican como nosotros) y no se entera ni su dueña.
No tomemos su ejemplo (que su estómago no tiene fondo) y comamos con mesura, que es la mejor manera de mantener la línea. Ni por encima ni por debajo, que ningún exceso es bueno.


viernes, 11 de enero de 2019

Libros que abrigan


Parece que el frío nos abraza un invierno más y los ánimos andan un poco gélidos. No sé si tendrá que ver con la vuelta al cole (creía que iba a resultar mucho más dura), la cuesta de Enero, la post-euforia navideña o la operación bikini, pero el caso es que denoto cierto apalancamiento durante estos primeros días de enero. Mi globo sonda particular (como no podía ser de otra forma) está hecho de libros bonitos que, como el de hoy (delicioso simbolismo en formas y colores básicos), nos  ofrecen su abrigo. Volvamos a lo cálido de la niñez y demos paso a los versos que con sabor a Oriente nos trae el invierno.

La nube blanca estaba en el cielo gris.

Tenía frío, mucho frío.

La nube se fue a buscar
una cama donde dormir.

El frío dejó al árbol desnudo.

La nube se acostó sobre el árbol.

Y juntos empezaron a soñar…
El invierno ya está aquí.

empezaron a soñar…
                        El invierno ya está aquí.                           

Imapla (Inma Pla).
El árbol soñador. Romance de invierno.
En: Cuatro romances. Otoño, invierno, primavera, verano.
2018. A buen paso: España.



jueves, 10 de enero de 2019

Consejos para seguir caminando



A veces me pregunto quién soy, de dónde vengo, qué hago aquí. Rápidamente abandono estas preguntas. En casa suelen decir que hay que pensar lo justo, no sea que nos volvamos locos con tanto existencialismo... y no llevan poca razón pues a veces, con tanto calentamiento de cabeza, cierta tristeza me inunda y no creo que tenga necesidad de pillar depresión alguna.


Es más fácil tener en consideración cómo funcionan las cosas y adaptarse a las circunstancias (que no amoldarse, hay una gran diferencia entre ambos verbos) y sobrevivir a este mundo de la mejor –y más coherente- manera posible. Entre mis máximas está la de ir a lo mío y no joder a los demás. Ser mosca cojonera o pisar al resto de humanos no entra en mi ideario, más que nada porque carezco del tiempo necesario. Nunca he entendido a aquellos que se vanaglorian de ese comportamiento, pues deben estar muy aburridos. No obstante entiendo que cada uno se busca las habichuelas (también pueden llamarlas estrategias) para llegar a viejo y poder contarle a sus nietos cómo lo hizo.


Empresarios de éxito, amas de casa, altas ejecutivas, científicas, mendigos y buscavidas, curritos de todo oficio, políticos  y mafiosos, escritores, artistas, premios Nobel e incluso toreros, nos hacen llegar sus consejos para seguir caminando por la vida, unas veces con ligereza y otras a paso firme. Quizá nos sirvan algunas advertencias, quizá desechemos otras muchas, pero el caso es que desoír lo vivido por el resto de seres humanos no creo que sea buena manera de proceder. Por ello les animo a escuchar a viejos y jóvenes, a hombres y mujeres, a cualquiera que tengan cerca. Bien pueden ofrecerles alguna clave.


Y así arribamos al Aquí estamos (editorial Andana para España) del  aclamado Oliver Jeffers, el cuaderno de bitácora que un padre (en este caso el propio autor) lega a su hijo y de paso rendir tributo al abuelo. 
Aunque el soporte del álbum puede parecer insuficiente, es llamativo como Jeffers incluye en él todo un compendio de saberes, no sólo astronómicos, sino ecológicos o sociales, que pueden ser útiles a cualquiera para sobrevivir en este mundo complejo que hemos construido junto a la naturaleza. Sobre las ilustraciones decir que el ilustrador ha dado bien en el punto del color, sobre todo por conferir tonalidades magenta y anaranjadas a muchas de las imágenes, unas que sugieren ocasos y amaneceres evocadores y tranquilos que podrían traducirse en un mensaje esperanzador (al menos para mí).


Quizá nos encontremos una vez más con un producto editorial difícilmente clasificable ya que  aúna elementos de la ficción y de la no ficción, pero lo cierto es que sus páginas han calado hondo en los lectores de toda edad y condición. 
A pesar de mis reparos iniciales (Todo hay que confesarlo… La vis comercial que genera Jeffers, empieza a ser bastante grande: 14 millones de ejemplares vendidos de todos sus libros. Es para pensárselo), admito que tras una lectura pausada he hallado en esta obra algo humanamente hermoso que me ha cautivado, no sólo por lo personal de la idea, sino porque ha sabido hacerla extensiva a los demás, puede considerarse universal, que al fin y al cabo tiene mucho que decir en lo literario.


miércoles, 9 de enero de 2019

¿Niños? ¡Vaya lata!



La navidad albaceteña se parece algo a la feria. Con abrigo y sin redondeles no paras de toparte con gente (des)conocida (es lo que tiene pasarse el día formando parte del mobiliario urbano…). Los unos están totalmente acabaos, las otras han alcanzado el éxito allende los mares, y aquí sigo yo, contemplando –y soportando- la pasarela.
No sé cuántas veces me han preguntado lo del Botox® y los injertos capilares (Me reía, claro… De los aduladores líbreme el Señor que de los envidiosos ya me libro yo), que si seguía aguantando niñatos (¡Y menos mal…! Lo malo sería que tuviera que aguantarlos a ellos…) y que si todavía no me había cansado de juergas (Hay gente que de tonta, ofende). Yo les dejaba que se explayaran, a modo de buen terapeuta, y luego, sopesando su tez cetrina y la profundidad de sus ojeras, hacía la pregunta estrella: “¿Y tus chiquillos, cómo los llevas?” Empalidecían de inmediato y, con la lengua contenida, torcían el morro con un gesto a camino entre la mueca y la sonrisa (que no falte).


Y es que el aquí maestro sabe de buena tinta lo que deparan los hijos. Empezando con la teta y terminando por la graduación, los vástagos dan muchismo’ quehacer. Que si no concilian el sueño, que si tienen terrores nocturnos, que si se estriñen, que si no les gusta la fruta, se orinan sin cesar, el chichón de la guardería, y sobre todo el “¡No te comas las uñas de los pies!”. Ver a los padres saliendo de quicio es una delicia, más todavía cuando terminan cediendo ante los chantajes de los mengajos (Aviso de que nos acercamos inexorablemente a la situación de los primeros 2000, cuando la crisis aún no había hecho aparición y los nenes se malcriaban solicos y sobreprotegidos).


Menos mal que todavía hay gente como Isol (Isol Misenta para los monstruos más duchos) que saben reírse de estas pequeñeces que minan la paciencia de padres primerizos. Y es que Imposible, su último título, editado por Fondo de Cultura Económica, es una parodia inmejorable que relaciona los pormenores de la crianza con la ignorancia de los progenitores. El argumento es bastante reconocible: una pareja anda harta de lo mal que se lo hace pasar su bebé día y noche, piensan que lo mejor es echar mano del esoterismo, y acuden a la consulta de una ¿hechicera? ¿pitonisa? para solucionarlo.
Aunque el resultado es bastante desternillante, les confieso que esta historia nos invita a pensar sobre muchas cosas serias que más de un padre o madre se debería plantear después del embarazo (me encanta esta conjunción).
¿Me escuchan, me sienten? ¡Un detalle inmejorable para todo tipo de progenitores! Yo que tengo cerca a muchos, creo que voy a comprar un capazo para adjuntarlos a la subsecuente tarjeta-regalo.



martes, 8 de enero de 2019

De tragaldabas y otras miserias navideñas



Mientras el refranero nos invita a dilatar la Navidad (“Hasta San Antón…”), el aquí firmante ha dicho “¡Basta! Ya está bien de tanta celebración, que parece que no tenéis casa”. Me apetece algo de rutina (N.B.: Que no de volver al instituto. Para escuchar otros sonsonetes me quedo con el de la Mariah Carey, empalagoso pero muy disfrutón) y dejar los excesos que abarrotan hasta el cuchitril más anodino. No me vengan con el rollo de los reencuentros, la paz y el amor, porque detrás de todos los brindis y babas que nos ha servido Instagram, los últimos quince días se pueden resumir en un tiempo verbal: aguantar.


Calles atestadas de zombies, lentejuelas a go-go, brilli-brilli sin gusto, roscones de cuarta, mucho árbol de plástico, alguna que otra bronca (en mitad de una cogorza todo vale), pobres y solemnes luciendo boletos premiados, el cuñao de turno, demasiado trasnochado, tontos y tontas, tontas y tontos, antiimperialistas y beatos, vomitonas por cada esquina, trileros, vendepeines y charlatanes, catetos emigrados que, venidos a más, regresan a provincias para felicitarnos las pascuas, mucho abrazo, mucho beso (a ver si lo recuerdan el resto del año),  y por supuesto, hambrientos sueltos que no falten -todo un clásico-.


Y es que si algo caracteriza a estas fiestas es el ansia con la que llenamos el buche. Tragar, engullir, zampar y jalar. Beber, mojar, soplar y pimplar. Quizá puedan añadir algún sinónimo más, pero creo que son suficientes para definir esta época en la que el derroche digestivo (también de sales de frutas y bicarbonato) es el santo y seña (in)humano.


Hasta ahí, todo bien (cada cual que apechugue con su gastroenteritis y/o salmonelosis oportuna). El problema viene cuando hace aparición el típico hambrón, ese que se pone morao a costa de los demás, ese que lleva semanas haciendo hueco en su duodeno, ese que exige ostras y La Veuve Clicquot, ese al que todo manjar le parece poco. Con estos zampabollos, la fiesta puede tener diversos finales (véanse una cuñada malencarada, una madre bienhallada o un extraño oportuno), pero la cuestión es que algunos siguen practicando el engorde navideño, y si es a costa de los demás, mejor.


Y con este panorama, la tanda de reseñas del 2019 empieza con Un león glotón o el misterio de los animales desaparecidos de Lucy Ruth Cummins (editorial Corimbo), un libro que me ha encantado. Verán, la cosa empieza con la fiesta que un buen puñado de animales celebra para el cumpleaños del león. Todos están muy animados con esta fiesta sorpresa cuando de repente empiezan a desaparecen los invitados. ¿Quién estará acabando con ellos? Todos sospechan del rey de la selva, pero otro tragaldabas anda suelto. ¿Quién será? Una propuesta de adivinanzas y retahílas muy interesante que juega con el pasar de las páginas y unos cuantos apagones. Seguro que pueden jugar mucho con él, e incluso hacer algún guiñol o teatro.
Que sí, nenas y nenes, que sí, que he vuelto para quedarme.

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