viernes, 15 de marzo de 2019

Felices sobre dos ruedas



Por fin es viernes. El día se abre radiante. Cojo un libro como este, luminoso, sencillo, con rima, muy bien llevado. Disfruto de la historia. De ese hijo embobado en el escaparate, de la sorpresa de su padre, de cómo los objetos vuelven a la vida. Sonrío, no sé si por sus propios deseos o por los míos…
Todavía recuerdo cuando las bicicletas eran el deseadísimo regalo de la mayor parte de los niños, pues eran la más avanzada de las tecnologías. Videoconsolas, ordenadores y teléfonos móviles no habían hecho irrupción en nuestras vidas y los niños soñaban con una bici nueva que les llevara y les trajera. Perreábamos menos, nos movíamos más. Nos daba igual si era vieja, heredada o nueva, la cuestión es que nos trajera y nos llevara por los caminos, las calles y las veredas. Nos desollábamos rodillas y manos, pero ¡y lo felices que éramos que no nos lo quite nadie!


[…]

Un niño, Juan, tiene una idea metida,
es una bici amarilla y nueva,
de carreras, manillar a medida
curvo hacia abajo, lista en cada prueba
en carretera o pista tan querida.
La fiebre de la bici así se eleva
ahora que es casi su cumpleaños
y desea una de su tamaño.

[…]

Matteo Pelliti.
La bicicleta amarilla.
Ilustraciones de Riccardo Guasco.
2019. Madrid: Liana Editorial.



jueves, 14 de marzo de 2019

Sobre las paradojas de la libertad



Se nos llena la boca de libertad. Libertad por aquí, libertad por allá. Claman libertad el reo, el adolescente, el ama de casa, el ejecutivo, el panadero, el creyente, la prostituta y el camarero. Minorías y mayorías exigen su cuota de libertad. Todos estamos de acuerdo. Queremos libertad. Para vivir, para sentir, para trabajar. Pero, ¿qué es la libertad?
Ni la filosofía ni la política ni la psicología se ponen de acuerdo en un vocablo que todos creemos tener muy claro. En términos filosóficos se refiere al estado de servidumbre y/o esclavitud (no subyugar ni ser subyugado); la política lo define como un derecho de libre determinación y de expresión de la voluntad desde un punto de vista cívico y organizativo; y la psicología tiene en cuenta una serie de actitudes en las que destaca la espontaneidad y la indiferencia.


Todo esto suena divinamente (como toda teoría), hasta que llega la práctica y nos encontramos con todo tipo de trabas, más todavía teniendo en cuenta que el ser humano es un animal social y la libertad individual está condicionada por lo colectivo. Les hablo de compañeros de trabajo, de familias y familiajes, de amigos (supuestos, porque los de verdad te dejan volar), de transeúntes (esas calles llenas de dimes y diretes son una miseria fantástica) e incluso seguidores (que las redes sociales además de darle alas a lo privado, también actúan como mordaza).
Es difícil ser libre. Las multinacionales, los bancos, las energéticas y los partidos políticos nos utilizan, nos moldean a su antojo para ser consumidores y votantes ejemplares. Aunque no lo creamos vivimos presos de nuestras bajas pasiones, pues la libertad tiene muchas caras aunque nosotros sólo veamos la más idílica. Y así, con los grilletes invisibles de la propaganda, llego hasta Acuario, un hermoso álbum sin palabras de Cynthia Alonso, editado en nuestro país por la editorial madrileña Kókinos.


Todo empieza con una niña que, desde un pequeño embarcadero, contempla el mar mientras sueña con nadar entre los peces. De repente, un pececillo rojo salta fuera del agua y cae en el embarcadero. La niña lo recoge y se lo lleva a casa. La niña intenta construirle un acuario especial, pero el pez se escabulle. Es así como la protagonista entiende los deseos y anhelos de su nuevo amigo.
Aunque el argumento es bastante recurrente, la narración tiene mucha fuerza, pues la autora ha elegido desarrollarla a través de la secuenciación de imágenes que tienen una enorme carga onírica, fantástica, pues los sueños de la niña se mezclan con la situación del animal, contraponiendo así estos dos puntos de vista, la ensoñación y la realidad.


A ello hay que añadir una paleta de color con mucho contraste donde el azul del ecosistema acuático con los tonos ocres, negros y rojos, nos trasladan a un verano fresco y cálido en el que entran ganas de zambullirnos. No podemos olvidarnos de los detalles (¿se han fijado en el traje de baño de la niña?) ni  de las excelentes composiciones de cada doble página donde el movimiento, un metáfora hermosa de la libertad, es una constante.
Espero que les guste tanto como a un servidor. Y si no, son libres de disfrutar de otro libro.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Las paradojas del tiempo



Como bien dejé entrever el  lunes, una de las cosas que más valoro en mi vida diaria es el tiempo libre. La verdad es que disponer de alguna tarde y todo el fin de semana para uno mismo, se agradece bastante ya que cuerpo y mente necesitan orearse. Atender otros menesteres distintos a los estrictamente profesionales y dejarse llevar por derroteros más ociosos, como el que me ocupa en este mismo instante (escribir sobre libros infantiles), es un lujo del que soy consciente.


Nadar, viajar, leer, hacer la compra, hacer la comida, limpiar, poner lavadoras, corregir exámenes, salir de parranda, lavar el coche, atender a la familia… ¡Para, Román, para! Que lo peor de todo viene cuando empiezas a darle uso a todas esas horas, todos esos minutos que supuestamente te sobran y, lo que antes se suponía bastante distendido, pasa a ser otra carrera de vértigo que te ocupa más de la cuenta.


No es que yo me agobie, pues he aprendido a tomarme el tiempo con calma, pero entiendo que otros si lo hagan, sobre todo cuando no tienen quien les eche una mano con los hijos, las horas extra o la casa. Y así pasa, que los días se les hacen eternos y al mismo tiempo se les pasan volando, pues su mente trabaja a contratiempo o en un bucle de monotonía.
Un buen ejemplo de ese trajín diario lo tenemos en Cinco minutos más, el último libro de marta Altés que nos trae como de costumbre la editorial Blackie Books. En este álbum familiar (gusta a pequeños y grandes por igual), la autora nos presenta el día a día de un padre al que el tiempo no le cunde nada mientras se hace cargo de sus hijos.


Esta historia cotidiana y con cierta vis circular –empieza despertando y termina soñando-, se basa en una serie de situaciones (acuérdense del sketch como estructura narrativa) que nos exponen las paradojas a las que nos tiene acostumbrado el tiempo.  
Aparte de una caracterización de los personajes maravillosa (como en la mayor parte de sus obras) y una paleta de color encantadora, quiero llamar la atención sobre dos aspectos técnicos que me han gustado mucho. En primer lugar la ilustradora combina la secuenciación en viñetas con las escenas a página sencilla y doble, para acelerar o ralentizar el ritmo narrativo, un recurso que funciona estupendamente en un libro que nos habla del tiempo. En segundo lugar hay que denotar que los hijos son los narradores, por lo que hace más fácil una implicación del lector-espectador (hay mucho que ver en este libro-álbum), sobre todo desde una angulación en la que el mundo de padres y personas mayores parecen meros títeres de la acción ficcional.


Con este álbum muchos hablarán de crianza compartida o literatura respetuosa, pero el caso es que yo me quedo con la disyunción de ideas entre el mundo infantil y el adulto que sobre el concepto del tiempo tan magníficamente nos presenta la Altés. Por un lado favorece lo paródico y nos hace tomar con una perspectiva humorística el tema, por otro lado pone de manifiesto una vez más lo subversivo del álbum como producción literaria, poniendo en valor los pensamientos infantiles que se ríen de la terquedad y falta de miras adultas.


Para finalizar, un consejo… Quizá deberían practicar el “mindfulness”, adherirse al movimiento slow o bajar a por tabaco y darse el dos. No sé qué será mejor, pero el caso es que la relatividad del tiempo a veces no es saludable, sobre todo para esos adultos maduros y responsables que, como burros de carga, supeditan la felicidad al reloj. Disfruten del tiempo invertido (nunca se gasta, recuérdenlo) y no dejen que el “tic tac” con forma de cocodrilo les devore como a Garfio, poco a poco.

lunes, 11 de marzo de 2019

Un lunes con buena (o mala) suerte



Hoy por hoy me considero una persona afortunada. Dentro de lo que cabe tengo buena salud (algún achaque sin importancia), una familia (con sus más y sus menos, que esas tan perfectitas me aburren sobremanera), un buen puñado de amigos, un trabajo que me llena (sobre todo cuando mis alumnos no lo impiden) y me permite pagar mis facturas, y tiempo libre para ampliar mis horizontes. Sí, se podría decir que tengo suerte… También es cierto que yo ayudo, pues soy una persona bastante conformista que no se pirra por el lujo ni caprichos excesivos, pues la buena o mala suerte también es una cuestión de actitud.



Les diré que hay personas que, a pesar de tener una vida sin sobresaltos ni problemas serios, se pasan el día lamentándose por sufrir de mala suerte. No me dan ninguna pena, pues hay gente que no han nacido en un país supuestamente avanzado (¿eso sería mala suerte?) y sufren las precariedades de la miseria, y disfrutan de las pequeñeces de la vida con la mayor de las intensidades. En cierto modo compadezco a estos pobres de espíritu que tienen un rasero bastante desvirtuado.
Es verdad que también están aquellos a quienes parece ser les ha mirado un tuerto. No seré yo quien lo niegue, más todavía cuando hablamos de pobreza, hambre o marginación de cualquier índole, pero sí he de apuntar que mucha de esa gente con poca fortuna (sobre todo la que deriva de decisiones personales) también adolecen de mucha ignorancia y poco sentido común, toman decisiones poco acertadas y se dejan llevar por una vida alocada que suele traer muchos problemas, principalmente de salud y/o monetarios.


A veces pienso que la suerte es un invento para justificar nuestras circunstancias vitales, nuestra propia humanidad, y que cuando se rompen ciertos cánones, echamos mano de ella, pues nos es difícil admitir que cometemos errores, que no somos tan racionales como pensamos y que esa supuesta perfección a la que nos aboca la sociedad es inexistente.
Y dejo de ponerme trascendental para ilustrarles mis ideas con un título excelente (que se me pasó en su día) de Sergio Lairla y Ana G. Lartitegui, El libro de la suerte, un libro editado por A buen paso que todos deberíamos conocer y sopesar para entender qué es eso del azar. Pues en este libro que conecta dos narraciones bien articuladas sobre una vacaciones, se nos presentan diferentes facetas de la llamada fortuna. 



Una de ellas está protagonizada por un personaje amable y bastante comprensivo que se deja llevar por las casualidades. Si le damos la vuelta al libro y abrimos la otra tapa (¡Sí, dos tapas para dos historias!) nos topamos con un personaje malencarado, terco y poco voluble al que nada le viene bien. Conforme pasamos las páginas vemos como se sucede la acción, mientras que a uno se le presupone mala suerte y al otro buena, nos damos cuenta de que esto no es así, pues el “ganador” (lean el libro y se sorprenderán) no es quién a priori empatiza con el lector. Seguramente les entrarán ganas de tirar el libro a la basura, pero si se detienen a pensar en la dicotomía entre suerte y felicidad, se pueden sorprender gratamente.


Sobre los aspectos técnicos del libro llamar la atención sobre la combinación de estructura de cómic y álbum, lo que le confiere una estructura secuencial bastante dinámica, así como la economía verbal del mismo, pues deja bastante libertad a la creación discursiva. También decirles que me encantan ciertos elementos de las ilustraciones (el barco y su reflejo como nexo de unión, la comicidad de ciertos personajes, la yuxtaposición de ambas historias, los cientos de detalles con los que enriquecer nuestras ideas, los guiños a los juegos de azar y a las ciudades monumentales, las aguadas sutiles…). Vamos, ¡que hay que leerlo!
¡Ah! ¡Y buena suerte en este comienzo de semana!

viernes, 8 de marzo de 2019

Un poco de belleza



Advierto tenue esperanza. Quizá algo de tristeza. Pero los versos siempre iluminan. 
Se me antojaba terminar la semana con un poco de belleza...

EN LA ÚLTIMA habitación de mi casa
tengo algo haciéndose viejo

un vestido que doblar:
tu pecho

y comer lo que no alcanzan las manos
el pan bajo la sombra de un almendro
eso es todo

¿cómo volverá el lugar golpeado por el llanto
a hacer confianza de la lluvia?

un suave sentimiento
de la luz que consuela
y ocupa su lugar natal.

María Sotomayor

La libertad es una puerta abierta a los errores
es el orgullo del error bien cometido
La felicidad es saberse equivocada
y con qué saña abundo en cada falo
con qué alegría tropiezo el sendero
hacia ninguna parte
hasta mí misma

Natalia Castro Picón.
Mis pasos.

En: Decir mi nombre. Muestra de poetas contemporáneas desde el entorno digital.
Selección de Martín Rodríguez-Gaona.
2019. Lérida: Milenio.
Ilustración de esta entrada: Fernando Vicente.



jueves, 7 de marzo de 2019

Kvĕta Pacovská, única e irrepetible



Kvĕta Pacovská (Praga, 28 de julio de 1928) es una de esas leyendas vivas del álbum de las que hablé en esta selección de clásicos básicos. Como todavía sigue en activo, sobre todo dando cursos, talleres y conferencias, me creo en el deber de traerla a estos Jueves Ilustrados que he recuperado últimamente para hablar de aquellos creadores que nos sirven algunas de las mejores obras del género en la actualidad.
Esta artista de 90 años (esperemos que nos duré unos cuantos años más), destacó en su infancia por sus aptitudes para el dibujo, algo que la llevó a ingresar en la Escuela de Artes Aplicadas de su ciudad natal recibiendo clases de maestros como Emil Filla, seguidor del cubismo picassiano. Aunque vio interrumpidos sus estudios por la Segunda Guerra Mundial, consiguió graduarse en la especialidad de Arte Gráfico a finales de la década de 1940.




Ilustraciones para "Pohadky Pro Vsedni Dny I Pro Svatky" (Albatros, 1973)

Tras realizar trabajos personales que daban vida a los cuentos que narraba a sus propios hijos, fue contratada por varias editoriales para ilustrar libros de cuentos infantiles, entre los que destacaron los de los hermanos Grimm y los de Hans Christian Andersen. De esta forma, Pacovská labró su fama de ilustradora, creando imágenes de los personajes de cuentos infantiles más conocidos de algunas editoriales checas y alemanas. Pronto llegaron sus ilustraciones para la edición germana de la novela Momo, de Michael Ende, que le abrieron la puerta al universo de la ilustración infantil contemporánea. También destacables son sus imágenes para El señor de las moscas de  William Golding, donde comienza a trabajar el arte secuencial y del que dará buena cuenta en su producción de libro-álbum posterior. Siempre se quedarán en el tintero las ilustraciones para Alicia en el país de las maravillas, uno de sus libros favoritos de la infancia y que nunca ha ilustrado.



Portada e ilustración para "Momo"


Ilustración para "El señor de las moscas"

Durante el último cuarto del siglo XX, además de compaginar su trabajo como ilustradora editorial y tras coquetear con la disciplina escultórica a finales de los años 60 y primeros 70 (algo que tiene mucho que ver con su concepción de la tridimensionalidad en la página), empieza a experimentar en el ingrediente artístico de las ilustraciones, lo que se traduce en una incursión en el libro-álbum, un género que se presta a historias personales en las que la artista involucra toda una serie de ideas que aúpan su idiosincrasia sobre el libro. Es así como en los noventa, Pacovská publica Ein, fünf, viele (en castellano Uno, cinco, muchos, editado por Kókinos) que recibe un notable juicio de la crítica artística. A este le siguen dos libros excepcionales como El pequeño rey de las flores (1992) y Teatro de medianoche (1992), un libro donde se empieza a observar su viraje hacia el álbum manipulativo y conceptual. A estos le siguieron Colores, colores (1994), El cuadrado de Rond (1994), No hay dos sin tres (1995), Alfabeto (1996) y Hasta el infinito (2008). De entre todas destaco las dos últimas, obras cumbres dedicadas a los pre-lectores que forman una pareja de exquisiteces para los sentidos.




Tras decenas de libros publicados como Fold/UnfoldLa merienda, Caperucita roja o Cenicienta, Pacovska llama la atención sobre las dos fuerzas motrices que le han ayudado a insuflar vida a estos libros: su responsabilidad como madre y el amor que su abuela le inculcó por los libros ilustrados. En cierta ocasión apuntó que “cada vez que comenzaba un trabajo nuevo, intentaba que su idea pareciera más grande”, algo que tiene mucho que ver con la generosidad de la que parte su filosofía, donde “lo más importante para el libro de imágenes es el amor por los niños. Sin pensar y sentir por la audiencia infantil, las imágenes serían sin vida y los libros de imágenes en sí ... muertos.”






Impartió clases de diseño gráfico en la Academia en Berlín desde 1992 hasta 1993, y en 1999, recibió el doctorado honoris causa en diseño en la Universidad de Kingston, Inglaterra y cuenta con más de 50 exposiciones individuales y colectivas tras sus espaldas.
Si a todo esto unimos reconocimientos como la Manzana de Oro de la Bienal Internacional de Bratislava 1983, el Gran Premio Catalonia de Barcelona 1988, el Grand Prix Allemand de Literatura Infantil, la Lettre d’Or de Franckfort, el Pinceau d’Argent de Amsterdam, el Premio Especial de Bolonia 1988, el Premio Johan Gutemberg de Leipzig en sus ediciones de 1984, 1989 y 1997, el Sankei Book Culture Award de Tokyola Deutsche Ugendliteraturpreis en 1991, el Hans Christian Andersen en 1992 que reconoció su "contribución duradera a la literatura infantil", y el Illustrad'Or 2006 de la Asociación Profesional de Ilustradores de Cataluña (APIC), podemos decir que es una de las ilustradoras más completas que hay.


 

Y ahora, una disección de su obra… Su trabajo principal es el de aupar el libro-objeto, el libro experimental y/o el libro de artista, algo en lo que está empeñada desde sus pronta carrera. Su concepto de libro está más allá de una producción impresa como un continente limitado y sugiere nuevas posibilidades que desbordan esos límites, no sólo físicos, sino también psicológicos, pues en ellos interviene la producción fantástica del discurso por parte del receptor.
El libro pasa a ser tridimensional, estereoscópico, móvil, un objeto manipulable con gran diversidad de facetas. Al mismo tiempo es expresivo, interactivo y estimula los sentidos para despertar nuevos universos en los que perderse. El juego con el lector-espectador o la diversidad de los materiales con los que toma forma, como el papel de aluminio, el papel de calco o el acetato, nos ayudan a comprender un proceso creativo complejo en el que la artista se sumerge antes de darle vida. “Es un proceso muy largo que a veces me lleva años. Después, cuando lo tengo claro en mi mente puedo crearlo en muy poco tiempo”, comenta la autora.


También hay que hablar de los personajes en su obra que suelen ser recurrentes, como por ejemplo la luna (Fíijense en todas esas ilustraciones de caras enmarcadas en un cortorno circular), el ¿lápiz? (Supongo que serán esos seres esbeltos y delgados que aparecen en tantas de sus ilustraciones), el hipopótamo, el rinoceronte (un personaje a quien hace un guiño en el monstruo híbrido de Mon ami invisible de Annalies Schwarz, y a quién está dedicado un libro entero como es el caso de Rotrothorn), montones de letras, o la mismísima Caperucita. Este hecho tiene un deje metaliterario que ayuda a entender su obra como un todo, como un ente continuo.



Sobre su estilo podemos apuntar a similitudes con la obra de otros artistas como Kandinsky por sus complejas composiciones geométricas, o Pablo Picasso por las formas angulosas que exhiben algunas de sus ilustraciones. No  obstante ella prefiere hablar del lado emocional, uno que lleva a pensar en el libro como vehículo de (re)conocimiento personal, social y, por qué no, universal (cualquiera puede ver su reflejo en ellos).


Creo que Kveta Pacovska tiene algo muy personal que la ha convertido en una de las mejores ilustradoras del siglo XX y parte del XXI, una autora de transición entre la edad dorada del libro-álbum y las nuevas generaciones de ilustradores europeos, de esas figuras que sirve y servirá de inspiración a los que están y todos los que vengan.



miércoles, 6 de marzo de 2019

Libros que te alegran el día



Después de cuatro días de descanso (la llamada “semana blanca” se ha abierto camino en una vida, la mía, que empieza a parecer monótona), regreso todavía más aplatanao. No sé si se debe a la gran cantidad de exámenes que se apilan sobre mi escritorio, a las decenas de libros que aguardan para ser reseñados, o que este tiempo pre-veraniego va a minar mis biorritmos. El caso es que me hallo con cero ganas de regresar al tajo (o mejor dicho, “los tajos”, pues llevo demasiadas cosas en ristre).
Puede que también tenga que ver con el proceso fisiológico del estrés, ese en el que, cuando cesas un ritmo frenético de quehaceres, tu cerebro empieza a secretar endorfinas y te quedas en un estado de calma total en el que te resulta igual de difícil levantarte del sofá que ir a correr la maratón de Nueva York.


Quizá esté relacionado con la celebración del 11ºaniversario de este lugar, pues bien sabido que tras emborracharse de bebidas espiritosas y tanto cariño ajeno, la cosa se enturbia, no sólo por el dolor de cabeza y las vomitonas, sino por un ligero bajón anímico que  nos impide sacarle lo positivo.
Y con este panorama un tanto negativo empiezo una semana laboral que a pesar de la brevedad, intuyo intensa a tenor de la preparación de un viaje escolar, las próximas evaluaciones, un sinfín de quejas estudiantiles, una cena de trabajo, citas con amigos, la (espero) última visita al dentista y un metatarso roto.
Y como no hay casi nada que un buen libro infantil no pueda solucionar, acudo a la última pila de títulos y doy con El cielo de Anna (editorial Kókinos), un álbum tan hermoso que crees echarte a volar.


Este es el primer libro de Stian Hole que tiene su habitación en esta casa de monstruos, pues, a pesar de ser uno de mis autores de libros-álbum favoritos, todavía no había encontrado un hueco para él aquí (prometí resarcirme). Podría haber elegido El fin del verano y otro título de la misma serie, pero lo cierto es que hoy me apetecía otro tipo de mirada (y reflejo, pues ya saben cómo funcionan los libros) y he preferido detenerme este.
El libro en cuestión no te deja indiferente (algo que se agradece teniendo en cuenta los tiempos que corren), pues nos encontramos con una historia que exhibe una poética maravillosa, no sólo por las ilustraciones sobresalientes de Hole que la acompañan, sino por entender el libro-álbum como una entidad mágica que nos sorprende y enriquece a partes iguales. Así, página tras página, se van sucediendo una serie de imágenes a caballo entre lo onírico, lo surrealista y lo fantástico, que van hilvanando una historia en la que una niña ¿consuela? (no parece un verbo muy correcto... seguramente funcionaría mejor “ilumina”) a su viudo padre en el aniversario del fallecimiento de su esposa. Esto ayuda a entender e imaginar, a recordar y serenarse, a un adulto que entiende el hecho de la muerte, uno del que por ahora no nos podemos escaquear, como algo triste y descorazonador.


Una vez más un libro que discurre por el concepto de la muerte, del paraíso y del duelo, pero con una perspectiva un tanto subversiva donde la imaginación infantil pone el punto subversivo a la mirada adulta, una contaminada por los males del mundo que tanta infelicidad acarrean.


Les confesaré que, en mi caso la construcción del discurso ha sido un tanto enrevesada (cada uno tiene sus propias experiencias), pues el autor deja al libre albedrío del lector una serie de respuestas inconclusas que a la vez son preguntas abiertas nunca unívocas, pues esa complementación entre imágenes y palabras es tal, que permiten al lector-espectador labrar su propio camino. Desde unas guardas que funcionan a modo de prólogo y epílogo, hasta detalles gráficos hermosísimos (¿Se han fijado en el reflejo del padre en el lago? ¿En las lágrimas que corren por su mejilla? ¿En que Stian Hole utiliza elementos del Kunstformen der Natur de Ernst Haeckel y otros libros clásicos sobre naturaleza para elaborar sus collages? ¿En ese océano lleno de celebridades con tanto que decir?) que hacen de este álbum una belleza que alegra el día menos esperanzador.



jueves, 28 de febrero de 2019

11º Aniversario de Donde Viven Los Monstruos LIJ


Aunque tarde, me ha dado tiempo a celebrar este día, un 28 de febrero que, además de procurarme una jornada laboral intensa y un Jueves Lardero de lo más soleado (no sé si llorar o alegrarme por esta climatología), le ha dado un año más de vida a este lugar de libros para niños y lectores de cualquier edad.
Tenía pensado celebrarlo de otra manera, pero el frenesí con el que camino por las últimas semanas me ha impedido preparar algo especial para este día (espero que se conformen con la tanda de álbumes que les suministré ayer). No obstante me apetecía soplar las velas de la pequeña tarta que me he procurado (lo que aquí llamamos una mona) con ustedes, parte muy importante de este espacio que tantas alegrías (y algún cabreo) me ha proporcionado.
Desde este sitio de libros, enanos y monstruos les quiero dar las gracias una vez más. Por su fidelidad, por sus palabras, por los mensajes de ánimo (y no tanto), por discrepar, por reírse con mis tontunas (las manchegas y las cínicas), por acercarme sus libros, por compartir mis ideas, también las suyas, y sobre todo, por allanar el camino de la Literatura Infantil, ese que estaba un poco más oculto hace una década, conmigo. 
Es un placer recibir tanto de tanta gente, sobre todo anónima, que hace que esto siga mereciendo la pena a pesar de haber sido tentado más de una vez a echar el cierre. Es por ello que les pido una vez más que llenen sus pulmones y me acompañen pidiendo un deseo, que es lo que hacen los monstruos: SOÑAR.



miércoles, 27 de febrero de 2019

Clásicos básicos del álbum actual


Cuando me hallo de vacaciones suelo activar el Consultorio LIJ, una sección dentro de las llamadas “stories” del Instagram de los monstruos, más que nada porque tengo tiempo suficiente para responder de manera efectiva a las preguntas que se me hacen. La última vez que lo puse en marcha, una fiel seguidora me pregunto que para cuándo un pequeño monográfico sobre los “clásicos” del libro-álbum moderno. 
Después de este comentario me puse manos a la obra y me percaté que un montón de obras que constituían mi canon particular (el que me cabe en las estanterías) ¡no tenían reseña en este espacio! y debía darles un emplazamiento digno.
Teniendo en cuenta estas realidades y que hoy es la víspera del 11º aniversario de este espacio, ha llegado la hora de tratar el tema y de hallarme en un brete, pues estas cosas (todas las que tienen que ver con el verbo elegir) nunca son sencillas, pero antes de nada, un par de consideraciones...
En primer lugar hay que llamar la atención sobre el término “clásico”, porque, ¿qué es un clásico? Si pretenden que les aclare el concepto me parece que lo van a tener crudo, pues ni los que saben mucho de esto se han puesto de acuerdo. Aunque el término clásico se suele referir a las obras cumbre de la literatura (también las hay en la música e incluso en los partidos de fútbol), también puede hacerse extensible al canon (incluye un concepto más revolucionario y vanguardista), e incluso a todas las obras con gran aceptación por el público (no hay que olvidarse de los gustos populares). Esto conlleva multitud de matices, muchos más cuando los tratamos en referencia a una época donde la vis comercial tiene mucho que decir (estrategias de venta y publicidad mediante). Si esto no fuera poco, también habría que hablar de las dificultades intrínsecas que tiene un género de la literatura gráfica como es el del libro-álbum, que aúna dos lenguajes en un mismo producto.
En segundo lugar hay que referirse el aspecto temporal, pues el concepto “moderno” adolece de bastante indefinición, más todavía cuando el álbum es una creación literaria que comienza en el XIX, se desarrolla durante todo el siglo XX y lo que llevamos del XXI (en términos históricos eso ya sería bastante moderno). Por añadir una complejidad más les tengo que apuntar que en términos históricos-culturales este género que tanto nos gusta -sobre todo el álbum contemporáneo- debería enmarcarse dentro de la posmodernidad, un movimiento que según muchos estudiosos ha terminado y para otros todavía está vigente.  
Por todo lo expuesto (¡Qué cantidad de conceptos! Y ustedes que pensaban que el tema era sencillito, ¿eh? ¡Pues no! ¡Que hay mucha chicha!), he optado por una vereda intermedia de criterios que me permitan encajar en la medida de lo posible todo lo anterior… 
Según sobreentendí, el fin de una selección como esta era el de dejar a un lado los autores que tantas buenas obras nos dieron durante el siglo pasado, léase Sendak, Lobel, Lionni o Burningham, para centrarnos en otros autores que aparecieron a principios del nuevo milenio, uno en el que llevamos metidos casi veinte años y que ha visto nacer muy buenos títulos. Así mismo, también quise entender que esta idea pretendía lanzar un globo sonda para todos aquellos enamorados de la LIJ que necesitaban saber unas cuantas obras imprescindibles que llenaran las estanterías de sus bibliotecas, públicas o privadas, sus librerías y otros lugares monstruosos. Una serie de libros que hubieran sido aupados por el público y la crítica, que tuvieran algo que decir, vaya.
Rápidamente me puse con el lápiz en la mano y mi estantería, las de otros, en la hemeroteca, en sitios de referencia e incluso libros-álbum (¡Gracias Bachelet!), y aquí ando, con un buen puñado de autores (N.B.: En muchos casos he preferido hablar de los autores, sobre todo de los ilustradores y hacer referencia a su obra como conjunto) y títulos sobre todo de la categoría de "ficción" (la de "no ficción" la dejo para otra ocasión) que bien merecen detenerse a ojos de los niños, de los adultos y de cualquiera que quiera disfrutar de este universo que tantas cosas buenas nos ha dado últimamente. ¡Empiezo pues!



Aunque ya he dicho que iba a aparcar a algunos autores que realizaron sus mayores aportaciones a la LIJ durante el siglo pasado, es inevitable citar a nueve autores que yo considero un puente intergeneracional, no sólo porque sus obras pueden adscribirse a dos siglos diferentes, sino porque todavía siguen en activo con obras de calidad. Sus nombres son Tomi Ungerer, Kveta Pacovska, Helen Oxenbury, Roberto Innocenti, Anthony Browne, Quentin Blake, Eric Carle, Satoshi Kitamura y Chris Van Allsburg. Nadie se atreverá a poder en duda las buenas contribuciones al género que durante los años finales del siglo pasado y primeros de este han realizado.
El primero es el recientemente fallecido Tomi Ungerer, con quien quiero empezar esta selección refiriéndome a Otto, autobiografía de un oso de peluche, un libro de principios del siglo XXI que hace una retrospectiva de la historia del siglo XX. Un excelente comienzo para una selección como esta.


Continuamos con Innocenti y hay que hablar sin duda de La niña de rojo, una revisión contemporánea inmejorable de Caperucita Roja, de El último refugio (junto al escritor J. Patrick Lewis), un libro metaliterario hermosísimo, o de las ilustraciones que articulan La casa (J. Patrick Lewis de nuevo), una historia que se sucede en un mismo lugar durante varios lapsos temporales.




Anthony Browne es otro grande que sigue dándonos cosas buenas como su serie Willy que tan buenos títulos nos ha dado y otras obras como Cosita Linda, un libro entrañable que encandila a muchos (será por el gatito...).


De Kveta Pacovska citaría su Hasta el infinito, un libro que me entusiasma por su dualidad complejidad-sencillez, su calidad gráfica y mil cosas más que pueden apreciar los pre-lectores y primeros lectores de una autora fantástica.


Helen Oxenbury también nos ha regalado títulos de excelente factura entre los que me atrevo a citar La saltinadora gigante con texto de Julia Donaldsono el realizado junto a su marido John Burningham Esperamos un bebé.


Aunque Quentin Blake vive de las rentas y son muy conocidos sus álbumes de los ochenta y noventa, hay que citar dos: Clown, un álbum sin palabras exquisito, y El libro triste, uno de los libros más sinceros y duros que conozco sobre el duelo escrito por Michael Rosen que junto con El pato y la muerte son dos indispensables para mí.



Otro nonagenario que sigue en activo es Eric Carle, de quien podemos citar dos obras con gran aceptación por parte de los pequeños lectores, El camaleón camaleónico, una oda a la imaginación, y Don Caballito de mar, un libro-juego sobre crianza paterna.


Hay que puntualizar que aunque todo lo que conocemos de Chris Van Allsburg en castellano pertenece a las décadas de los 80 y 90, existen tres álbumes maravillosos de los primeros 2000 que hay que conocer: Probuditi y Zathura, un álbum inquietante que que enlaza con Jumanji y que también ha sido llevada al cine. Esto también ocurre con la obra de Satoshi Kitamura, de quien podemos destacar en castellano Yo y mi gato (la historia de intercambio de personalidades y los guiños al arte que hace en este libro son estupendos).



Aunque Wolf Erlbruch podría formar parte del elenco anterior, considero que necesita un punto y aparte, porque bajo mi punto de vista la publicación de El pato y la muerte marcó un antes y un después en la concepción del libro-álbum actual, ya que creó un álbum valiente sobre la muerte muy aceptado por el público, abriendo así puertas sobre las temáticas poco deseables y su orientación en el género (¿Me atreveré a reseñarlo alguna vez?).


Enlazando con otros autores del entorno germano, merecen estar aquí diversos autores. Gente como Jutta Bauer con libros como Selma, una historia con mucha enjundia, Madrechillona, un álbum que se adentra en las relaciones materno-filiales o El ángel del abuelo, una historia cotidiana que habla de los que se van y los que se quedan. Gente como Quint Buchholz, que con su El coleccionista de momentos nos dio una lección redonda sobre la amistad intergeneracional y el arte como metáfora vital. Y gente como Rotraut Susanne Berner, una ilustradora que nos ha dado algunos de los mejores álbumes para prelectores del momento con El libro de la noche y su serie Los libros de las estaciones







Incluyo en este apartado a Nikolaus Heidelbach y Jörg Müller que, aunque desarrollaron sus mejores trabajos a mediados y finales de los noventa son lo suficientemente modernos como para tener su hueco en esta miscelánea (sobre todo porque muchas de ellas se publicaron en castellano en los primeros dos mil). El primero con sus libros ¿Qué hacen las niñas? y ¿Qué hacen los niños?, y el segundo con libros como El soldadito de plomo y El gran gris. Ninguno de los dos te deja indiferente y eso siempre es más que loable.



De los autores flamencos me gustaría destacar el Juul de Gregie de Maeyer y Koen Vanmechelen, una historia durísima donde el acoso escolar es el protagonista, el Hadabruja de Brigitte Minne y Carll Cneut, una fábula sobre diferencias en los deseos materno-filiales que dio mucho que hablar, y Marie et les choses de la vie un título inédito en nuestra lengua de Tine Mortier y Kaatje Vermiere que no me quiero dejar en el tintero a pesar de esto, pues sus figuras desdibujadas, sus paisajes llenos de contención, y la expresividad de los personajes, merecen una visita.



Saltamos a Armin Greder, el autor suizo que pergeñó una de las mejores metáforas sobre la migración con La isla, un título todavía vigente del que tenemos que hablar sí o sí en una selección como esta.


Continuamos esta selección de clásicos básicos con gente como Peter Sís, uno de esos virtuosos de la pluma que tan buenos libros nos ha ofrecido y entre los que tengo y quiero destacar Madlenka, la historia de una niña que viaja sin moverse de su barrio, y El árbol de la vida, una biografía sobre la vida de Charles Darwin con multitud de detalles a la que todo maestro y profesor debería acudir.



No hay que olvidarse del húngaro Itsvan Banyai, uno de los diseñadores gráficos más aclamados de los últimos tiempos que además de darnos títulos como Zoom y Re-Zoom a finales de los noventa (se publicarían en castellano en los primeros dos mil, ha creado obras exquisitas como El otro lado, un libro que me encanta por el concepto visual, detallista y lúdico que propone al lector.


De Iwona Chmielewska quiero destacar dos títulos de entre los varios que se han traducido a nuestra lengua, Ojos y El problema, el primero es una bella metáfora sobre la imagen y su valor, el segundo una historia muy hermosa que recomiendo una vez tras otra. Polacos como ella tenemos también al matrimonio formado por Aleksandra Mizielinska y Daniel Mizielinski, autores del afamado Atlas del mundo un recorrido por la cultura popular y no tan popular de diferentes países que da mucho juego y vende lo que no está escrito.




El noruego Stian Hole es otro de esos autores que impactan en las retinas y el intelecto, algo que se deja entrever en obras como El final del verano, una oda a la infancia y a los deseos, siempre aupada por unas ilustraciones muy personales basadas en técnica mixta y del que les prometo una reseña en condiciones estos días que escasean las novedades.



Cuando hablamos del álbum moderno es inevitable que nos venga a la cabeza Oliver Jeffers. Para mi gusto sintetiza el espíritu del álbum moderno, pues logra conectar con el público desde prismas muy diferentes y sirve de inspiración para nuevas generaciones de creadores. Quizá muchos especialistas se centren en su lado más comercial, pero yo me quedo con su capacidad comunicativa en álbumes como Atrapados, El corazón y la botella, El increíble niño comelibros, Como atrapar una estrella o su superventas El día que los crayones renunciaron.



Tampoco podemos entender el álbum del nuevo milenio sin Jon Klassen, un autor que en solitario nos ha regalado títulos tan maravillosos como Este no es mi bombín, un libro paródico con una caracterización de los personajes envidiable que pertenece a su trilogía de los sombreros. Si a estos le unimos los realizados junto al escritor Mac Barnett como Triángulo, Hilo sin fin, Sam y Leo cavan un hoyo, o La oscuridad con texto de Lemony Snicket, justificamos un puesto sobresaliente en esta selección.




Esta selección quedaría coja sin la llamada “trilogía del límite” de Suzy Lee, La ola (¡Otro que no he reseñado!), Sombras y Espejo son tres libros exquisitos que merecen un hueco en esta miscelánea dirigida a los monstruos. Aunque el primero sea el más conocido, merece la pena hacer hueco en las estanterías a los otros dos y dejarnos seducir por los juegos con los que la autora a enriquecido el género.




Por enumerar algunos de los libros que más éxito han tenido durante la última década en el ámbito anglosajón, aquí va una buena tanda… Salvaje, de Emily Hughes, un título que, además de relacionarse con obras cumbre del álbum, se impregna de ese halo de subversión con el que solemos relacionar a la LIJ; Perdido y encontrado o Tenemos un plan de Chris Haughton, dos libros con mucho humor blanco que se divierten por los recovecos de la infancia;  La isla del abuelo de Benji Davies sorprendió muchísimo al público por la manera de tratar el salto de la vida a la muerte con una buena dosis de fantasía; Imagina de Norman Messenger, un libro que marcó un antes y un después en el álbum actual y su concepción del juego visual; El señor tigre se vuelve salvaje y Mi maestra es un monstruo de Peter Brown nos sacan una sonrisa además de traer el espíritu crítico a la escuela y la ciudadanía; Si quieres ver una ballena de Fogliano y Stead, un álbum poético en el que sumergirse para encontrar nuestros propios anhelos, a nosotros mismos e incluso a la tan ansiada ballena: Mau iz io! de Carson Ellis, uno de los mejores álbumes sin palabras de esta década; Martes y Flotante son dos álbumes de David Wiesner que resumen la idiosincrasia creativa de un autor que no deja indiferente por su discurso surrealista y evocador; El niño semilla y El perro negro de Levi Pinfold son dos buenos álbumes que tratan temas diferentes sobre los miedos familiares y la regeneración de la vejez; El apestoso hombre queso y otras cuentos maravillosamente estúpidos de Jon Scieska y Lane Smith, un libro que no ha dejado indiferente a generaciones enteras de chavales y que sigue encandilando por su estructura, los juegos narrativos, el sinsentido y mil cosas más.













De Emily Gravett hay mucho que decir, pero prefiero dejarles con dos de sus libros, el primero es ¡Otra vez!, un álbum muy canalla basado en una jocosa situación familiar, y el segundo es El libro de los miedos del ratoncito, un álbum informativo sobre fobias que merece mucho la pena. Otra de las series más aclamadas por el público es Olivia, de Ian Falconer, una simpática cerdita que suele liarla parda y cuyas historias se venden como churros en las librerías de medio mundo.



Termino mi recorrido por el mundo del álbum anglosajón con dos títulos que todos conocerán, Adivina cuanto te quiero de Sam MacBratney y Anita Jeram y El Grúfalo de Julia Donaldson y Axel Scheffler. A pesar de que muchos amantes del género tengan sus reticencias a estos dos libros, hay que reconocer que están muy bien hechos, han sabido conectar con el público y son dos éxitos de ventas sin parangón que merecen estar aquí.


De la llamada escuela francesa, abro con la belga Kitty Crowther una autora que nos ha regalado muy buenos títulos con los que los pequeños lectores se siente próxima. Su ¿Entonces? además de baratito bucea en la infancia como ningún otro. Igualmente sucede con El niño raíz o su recién publicado Cuentos de Mamá Osa. Todos me encantan.






Un punto y aparte merecen Rébecca Dautremer y Benjamin Lacombe, dos pesos pesados del libro-álbum más internacional que ayudaron a extender el género entre el público adulto gracias a su estética evocadora y cinematográfica. La primera continúa creando y vendiendo  lo que no está escrito. Si tuviera quedarme con un puñado de álbumes, estos serían Enamorados, Cyrano y Princesas olvidadas. De Benjamin Lacombe encuentro muy interesantes Cereza Guinda y Los amantes mariposa.




Continuamos con el panorama francófono citando a Benjamin Chaud, otro de esos autores que ha trascendido al paso de los años, no sólo con la serie de su personaje estrella, Pomelo, un elefante rosa con la trompa muy larga que creó junto a Ramona Badescu y se ha traducido en gran parte del planeta, sino con otros libros como No he hecho los deberes porque… junto a Davide Cali, un escritor que tiene mucho que decir en esto de los clásicos básicos del libro álbum moderno con títulos como El hilo de la vida o El enemigo que realizó con Serge Bloch. Tampoco nos podemos olvidar del tándem Germano Zullo y Albertine que en Los pájaros, una fábula sobre la libertad humana, hicieron un trabajo exquisito.






Aunque la LIJ francesa es muy prolífica en autores que se dedican a los primeros lectores como Eric Battut (La avellana), Olivier Tallec y Jean-Pierre Simeòn (Un poema para dormir a los peces o Felicio, rey del rebaño), Michael Scoffier y Cris Di Giacomo (La vocecita), u Olivier Douzou (Lobo), pongo un punto y aparte para hablar de Grègoire Solotareff y Gilles Bachelet. El primero, perteneciente a una familia dedicada a la LIJ –es hijo de Olga Lecaye  y hermano de Nadja, autora de Perro azul-, es uno de los mayores exponentes del álbum francés actual con títulos como Tres brujas y las secuelas de Edu el pequeño lobo. De Bachelet podemos decir que utiliza lo paródico y lo irónico como nadie para reírse de la naturaleza humana (también animal) en obras como Mi gato es el más bestia y La esposa del conejo blanco.



También debemos de hablar del libro informativo con Isabelle Arsenault y su Nana de tela, uno de los álbumes informativos más delicados de estos veinte años, del boardbook para prelectores de la también canadiense Marianne Dubuc con títulos como Delante de mi casa, y El carnaval de los animales, así como del álbum francés más gráfico donde destaca Blexbolex con dos títulos maravillosos, Estaciones y Romance, que siempre vienen bien para ponerle cara a las palabras y darles sentido dentro de un contexto más amplio y narrativo.




Termino este paseo por el mundo editorial francófono apuntando hacia uno de los creadores para prelectores más prolífico y aceptado, Hervé Tullet. Sus libros se venden como rosquillas, algo que no es de extrañar pues congenia perfectamente con el niños y sus necesidades donde el juego, la interactividad y el libro-objeto son las claves. Destaco por encima de todos Un libro.


De la italiana Beatrice Alemagna hay que citar algunos libros como Un león en París, Los cinco desastres o Un gran día de nada, tres títulos excelentes que nos plantean diferentes situaciones con las que emocionarnos y vernos reflejados (e incluso pasear por París).




De los españoles me gustaría citar libros maravillosos como Comenoches de Ana Juan, Niños raros de Raúl Vacas y Tomás Hijo, El arenque rojo de Gonzalo Moure y Alicia Varela, el Animalario del Profesor Revillod de Javier Sáez Castán, la colección De la cuna a la luna de Antonio Rubio y Oscar Villán y el Chamario de Polo y Ballester. Todos excepto el primero han penetrado tanto en el ideario infantil de nuestro país que siguen reeditándose continuamente. Sobre la obra de Ana Juan me gustaría decir que es de una exquisitez visual sin parangón que merece una edición por todo lo alto.






No podemos entender el álbum latinoamericano sin Isol Misenta, una de las más grandes autoras de álbumes del siglo XXI. El globo, Petit el monstruo, Secreto de familia, Abecedario a mano o Nocturno son libros en los que hay que detenerse, pues el humor y la parodia se abren camino en nuestra vida diaria y nos ayudar a comprendernos mejor. Además de esta autora hay varios libros de este entorno que me encantan como Migrar de Mateo y Martínez Pedro, De noche en la calle de Angela Lago o La composición de Skármeta y Ruano.




Sobre el ámbito del álbum en portugués no me podía olvidar de las dos editoriales, Pato Lógico y Planeta Tangerina, que han revolucionado el género en su país de origen con títulos como El libro que hace clap de Madalena Matoso, ¡De aquí no pasa nadie! de Isabel P. Minhos y Bernardo P. Carvalho, Si yo fuera un libro de André Letria y el Achimpa de Catarina Sobral.



Cuando pienso en el álbum asiático moderno se me vienen a la cabeza dos autores, el japonés Taro Miura, del que citaré dos obras exquisitas, El pequeño rey y Tokio, y el superventas Jimmy Liao, de cuyos mundos oníricos y sugerentes les traigo Desencuentros, El sonido de los colores, Esconderse en un rincón del mundo y La noche estrellada.




Como guinda del pastel quiero terminar con el autor que, para mi gusto, más ha revolucionado el panorama del álbum, Shaun Tan. Son tres las obras que citamos una y otra vez los apasionados de este género: El árbol rojo, Emigrantes y Cuentos de la periferia. Las tres tienen sus propias características y nos internan en universos muy dispares, pero todos ellos beben de una estética nueva y un tanto ecléctica que ayuda a entender este mundo, el de ahora.




P.S.: Y de regalo, cuatro álbumes móviles/pop-up que me han encantado...





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