miércoles, 14 de noviembre de 2018

La belleza de las estaciones



A juzgar por el color del follaje y las lluvias intermitentes que cubren nuestras latitudes nadie puede negar que el otoño haya llegado. Es tiempo de nieblas y castañas, de boniato asado y alguna que otra helada, setas y frutos rojos. Y me encanta.
Mientras que otros sienten predilección por una u otra estación, el aquí firmante disfruta de todo el año. Haga frío o calor, truene o nos ilumine el sol hay que sacarle el mayor partido posible a cada día, cada mes, pues cada época tiene sus cosicas. Si caen chuzos de punta, te quedas en casa acompañado de un buen libro y la manta, que te achicharras, abres la sombrilla y te deleitas con una fantástica siesta (o viceversa, que la propiedad conmutativa de la multiplicación también se aplica a letras y pereza). El caso es vivir, que aunque los grises digan lo contrario, poco cuesta.


Y andaba yo pensando en el verano, el otoño, el invierno y la primavera, cuando de pronto caigo en la cuenta de que todavía no había hablado de los cuentos de El seto de las zarzas, la colección de álbumes de Jill Barklem que ha reeditado la editorial Blackie Books en nuestra lengua.
Aunque ya hice alusión a esta serie en otra entrada dedicada a La casa de los ratones, creo que merece la pena detenerse de nuevo y de manera exclusiva en unas historias que se reeditan incesantemente en medio mundo y que, aparte de aunar muchísimos e interesantes elementos, también cuentan con un origen triste pero entrañable.
Los cuatro cuentos (uno para cada estación) que configuran esta colección de los años ochenta (en realidad son ocho, pues la autora la amplió con otros cuatro títulos más pero no seriados), si bien no constituyen una revolución dentro del género, sí marcan un punto de inflexión en este, ya que en ellos convergen dos tipologías de libros infantiles, como podrían ser el álbum narrativo y el álbum informativo.


Sobre los elementos de ficción hay que decir que Barklem dio vida a un ecosistema en el que los ratones de campo eran los protagonistas. Siguiendo la estela de otros autores de Literatura Infantil como Beatrix Potter, decide crear una sociedad animal a imagen y semejanza de la humana donde convergen las historias de corte costumbrista en mitad de la campiña inglesa. En todas ellas los niños y jóvenes tienen buenas dosis de protagonismo que facilitan la identificación con el lector, y en todas ellas se prefiere exponer la acción a enjuiciarla (vemos lo que es).


De las ilustraciones poco hay que decir. A la vista está que, enmarcadas en la más pura tradición inglesa (tinta y aguadas), son extremadamente hermosas. La caracterización de los personajes, su vestimenta (daría para mucho este punto), las viviendas y sus dependencias, los paisajes bucólicos, los planos narrativos… Todo, absolutamente todo lo que se refiere a las imágenes es una delicia.


Por otro lado, en lo referente a lo no ficcional, hay que decir que Barklem desarrolló unas ilustraciones preciosistas en las que el lector puede perderse durante horas entre los cientos de detalles que llenan sus escenas. Al mismo tiempo, los pinceles de Barklem son muy fieles a la naturaleza y plasman la realidad del entorno, tanto que sus flores, frutos y árboles se identifican fácilmente y podrían incluirse dentro del género de la ilustración botánica. A todo esto y haciendo alusión a las corrientes del álbum de conocimientos o informativo clásico, decir que también incluye la anatomía y el funcionamiento de las industrias láctica y harinera. Su quesería y molino de agua, aunque parten de su imaginación, se mantienen fieles a las leyes de la física y la mecánica (ver Cuento de verano) lo que denota una gran labor de investigación.


Es curioso que el origen de esta universo de roedores comparta ciertos paralelismos con el de las historias de otros ilustradores, pues Jill Barklem (su nombre real era Gillian Glaze), a consecuencia de un desprendimiento de retina debido a un accidente sufrido a los trece años, tuvo que dejar una vida activa para internarse en el mundo de las artes y la ilustración en la Saint Martin’s School of Art. Animada por su pareja, comenzó a plasmar sus historias que, tras ser aclamadas por los lectores, fueron llevadas al mediometraje de animación en dos ocasiones (una nueva sinergia que recojo AQUÍ).
La familia, los vecinos, el medio natural, la vida campestre o las pequeñas aventuras del día a día aúpan unos libros que nunca pasan de moda. Lo dicho: si lo que están buscando son libros completos, he aquí cuatro buenos ejemplos.


martes, 13 de noviembre de 2018

Jubilados



Me invade la burocracia. Certificado por aquí, impreso por allá, facturas de esto o aquello… Espuertas de papeleo que le quitan a uno las ganas de trabajar, sobre todo cuando se supone que los docentes nos dedicamos a enseñar en vez de al “fill the gap”.
Hasta hace bien poquito, nunca me había planteado la jubilación. Siempre he visto el trabajo como una parte necesaria de la vida, más que nada porque nací pobre y tengo que pagar comida, el agua, la luz, el gas, la gasolina y un largo etcétera de necesidades básicas. También pensaba que retirarse del mundo laboral puede hacer de ti un ser inerte que pierde destrezas sociales y agilidad mental (He visto a muchos caer en picado tras el deseado retiro). Y no pocas veces me ha dado en qué cavilar el hecho de que muchos desafortunados terminen en el hoyo poco después de recibir su primera pensión (soy un poco supersticioso, lo he de admitir).


Acompañado de estas tres premisas daba gracias a la vida por hincharme a currar, pero el caso es que últimamente he cambiado el chip y no me importaría tener más tiempo para hacer lo que me gusta. Leer, viajar, escribir, dibujar, nadar, pasear, comer, charlar... Incluso me faltaría tiempo. Está claro que esto pienso ahora, con una edad en la que no estoy lo suficientemente ajado física y mentalmente (con setenta años me parece que voy a estar para pocos trotes), así que rápidamente me digo que hay que aprovechar el momento, ahora y después (si llega, que ya saben cómo están las arcas públicas), y pasarlo fenomenudo sea cual sea nuestro estado laboral.
Y así llego hasta mi admirado Shaun Tan y uno de sus últimos álbumes. Editado por Barbara Fiore, su editorial de cabecera en nuestro país, este libro nos habla de muchas cosas que se refieren al mundo laboral y sus miserias. Veamos…


Tan nos presenta a un protagonista construido en torno a un insecto personificado, al que incluso otorga un nombre científico ficticio, Cicada officium, la "cigarra trabajadora". Pero, ¿por qué una cigarra? ¿por qué elige este insecto? Seguramente por haber sido considerado un símbolo de inmortalidad (¿Tendrá esto que ver con ese renacer tras una vida dedicada al trabajo?) y que incluso queda recogido en otras obras literarias como La Ilíada de Homero. Tampoco debemos pasar por alto que Cigarra no habla con corrección nuestra lengua, que Cigarra procede de otro lugar, de otro país.


Casi toda la acción (excepto la guarda trasera) se desarrolla en un medio urbano y claramente antrópico, un escenario que muestra tres puntos esenciales. Por un lado su color gris nos habla de un ambiente opresor, deprimente y lúgubre, por otro esa falta de luz  que genera muchas sombras y penumbras que entristecen la atmósfera, y por último los motivos geométricos que nos hablan de densidad, repetitividad y monotonía. Esto nos lleva a un universo de soledad y alienación laboral con el que muchos se pueden identificar. Laberintos, prismas y otras formas angulosas (en las que veo la huella de Jeffrey Smart -una vez más-, a Escher, los cubistas o el monumento del holocausto sito en Berlín… ¿tendrán algo que ver?) son el espejo de sociedades encorsetadas por las normas y los dictados.



Con todos estos elementos, el autor da vida a una alegoría maravillosa sobre los pormenores laborales en las sociedades occidentales y de paso se interna, una vez más, en la crítica social, concretamente en la explotación laboral de los inmigrantes donde marginación, explotación y acoso laborales son el pan de cada día. Escenas donde se observa un linchamiento o en las que situaciones cotidianas como coger un ascensor se hacen cuesta arriba, nos hablan del horror diario que sufren muchos trabajadores que por diferentes motivos se encuentran trabajando en la diáspora.



El libro termina con un deje de silencio al borde de la azotea (me encanta este recurso tan tenso y cinematográfico), donde a través de un salto al vacío lleno de guiños kafkianos, nos preguntamos muchas cosas para dar fin (o principio) a la historia. Una catarsis poética, un final ideal para un álbum hermoso, valiente y muy bien pensado.


viernes, 9 de noviembre de 2018

Gaviotas...



Margaret Winifred Tarrant

Cuando yo era niño, si querías ver una gaviota tenías que ir al mar. Ahora basta con visitar un vertedero o un embalse, prueba de que estas aves, como ratas o cucarachas, han expandido su hábitat a expensas de nuestros desechos. Les parecerá una tontería, pero de esto emerge una nueva y desagradable asociación de ideas que eclipsa otra más antigua y romántica, pues en lo que hace años veíamos belleza, ahora denotamos cierto asco. Es para mirárnoslo…

La gaviota pasa
sobre la bahía;
sus alas, tan blancas,
planean sin prisa:
volando descansa.

El mar es alfombra
de espléndida pana
y, bajo las olas,
hay flores de nácar
y piedras preciosas.

Una caracola
oculta la cara
y esconde la cola
como si intentara
perderse en las sombras.

La gaviota pasa
sobre la bahía,
y es tal su elegancia
que incluso la imita
un barco de plata.

La gaviota.
Antonio A. Gómez Yebra.
En: Menuda poesía.
Ilustraciones Cristina P. Navarro.
1994. Banda de Mar: Málaga.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Lecciones de amoralidad



Me llama la atención lo paradójico de la moral humana. Mientras que nos pasamos el día dando o recibiendo lecciones morales (ya saben que ponerse en uno u otro lado depende de cada uno), necesitamos evadirnos de las reglas y normas de comportamiento impuestas por la sociedad a través de nuevos y variopintos escenarios que nos hagan reflexionar sobre su necesidad o no.
Esta realidad atañe directamente a la literatura infantil, una parcela cultural en la que lo moral siempre recibe una atención especial, bien por exceso, bien por defecto, y que la mayor parte de las veces nos pone en brete sobre qué libros infantiles son los mejores para nuestras criaturas. Unos piensan que cuanto más libertina y bizarra sea este tipo de literatura, el discurso generado estará menos encorsetado, y otros, por el contrario, defienden una literatura que construya ecosistemas que reflejen las convenciones sociales y unas pautas de comportamiento más dirigidas. La eterna discusión.


No obstante y en lo que a LIJ subversiva se refiere, creo conveniente discernir entre los términos “inmoral” y “amoral” (¡Gracias por traer a la palestra este tema, Teresa!), dos conceptos que a priori parecen sinónimos pero entre los que existen sutiles diferencias… Cuando hablamos de amorales nos referimos a aquellas obras, generalmente de naturaleza artística, que no persiguen un fin moral (no distinguen entre bien y mal). Sin embargo, cuando un libro es inmoral hablamos de producciones que van en contra de los comportamientos o preceptos que consideramos adecuados consciente o insconcientemente. Esto quiere decir que los libros amorales exponen un hecho pero ni lo ponen en tela de juicio ni emiten veredicto alguno, mientras que en lo inmoral el juicio queda implícito, sobre todo en lo que a  valores se refiere.


Según esto hoy lanzo una pregunta a todos aquellos que, como yo, sienten debilidad por la literatura infantil subversiva (los más críticos con el mundo de la LIJ pedagógica y utilitarista): ¿Qué libros para niños queremos? ¿Los inmorales o lo amorales? En mi caso creo que una exposición amoral ofrece un discurso más abierto, preguntas y respuestas más plurales en las que el lector se puede sumergir sin necesidad de sentirse señalado, sobre todo por el mundo adulto. Por otro lado, he de decir que lo inmoral siempre tiene un puntito canalla que puede desatar universos muy enriquecedores donde los niños campen a sus anchas, una válvula de escape de padres, maestros y otros mayores que siempre sientan cátedra con sus preceptos.


Sólo me queda invitarles al debate no sin antes leer con detenimiento uno de los libros que más me ha llamado la atención este otoño y que lleva por título Y rieron los malos – fábulas amorales. En esta serie de pequeños relatos protagonizados por animales (de ahí el nombre de fábulas), los autores daneses, Ellen Holmboe y Kristian Eskild Jensen, rompen con el estereotipo clásico de este género y nos presentan situaciones donde los buenos nunca ganan (es una jodienda para todos aquellos que gusten de los clásicos Disney® pero ¡ea!) y servirnos el debate en bandeja.


A ello hay que añadir el preciosismo de unas ilustraciones que encandilan a primera vista. Entre los detallados ornatos que enmarcan los textos (Son una delicia las de las fábulas La hormiga y el águila, El león y las leonas y El padre, la madre y los hijos. Me recuerdan a los de la escuela de ilustración rusa d finales del XIX) y lo cinematográfico de las escenas, el deleite visual es más que notable.
Esta vez no hay finales felices, o bueno, quizá sí, que aquí no hay moralidad que valga.


miércoles, 7 de noviembre de 2018

Leer para imaginar, imaginar para vivir



Esta semana estoy intenso. Parece que me han metido un supositorio de Mr. Wonderful® y el efecto ha sido desproporcionado (El que no está acostumbrado a bragas…). Quizá sea el cambio de hora (Esto de levantarse con el sol pone mis biorritmos a todo trapo) o que las temperaturas se han suavizado (¡La virgen! ¡Qué frío el de los días pasados). El caso es que estoy más activo que de costumbre (parezco Leticia Sabater…) e incluso un tanto romántico (miren ustedes que soy bastante puercoespín).


A pesar de tanta animación hay quienes se empeñan en joderte el día. Pero nada, hay que ser positivo y rezar porque mala embolia les dé en el culo a los tres poderes del estado (¡Menudo asco, macho!). Ni judicial ni legislativo ni ejecutivo. Aquí, el que manda es el poderoso Don Dinero, un señor con mucho (des)crédito. Luego me vienen con el bien ciudadano y otras basuras en vinagre. ¡Y una mierda! Menuda genética tienen nuestros mangoneantes (¿o quería decir mangantes?), los de pata negra y los descastados. No se salva ni uno… Ni aquí ni en Pekín…  Apriétense los machos: "Román's return".


Respira, cari, respira… Regresa al mundo de la ficción que con tanta miseria se te va a pelota… Tú pasa, que lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos y pelillos a la mar. Quédate con los libros, que esta realidad es puro detritus donde garrapatas y carroñeros se embarrizan como animales de bellota. Fíjate en Anita. ¿No la conoces? Pues Esta es Anita, la protagonista de un álbum de Sara O’leary y Julie Morstad que acaba de publicar en nuestro país Blackie Books.


Anita sí que sabe. Anita se deja impregnar por las grandes obras de la literatura infantil y deja volar su imaginación, sobre todo hacia mundos más hermosos que este, en los que ser criada por los lobos, cabalgar junto a hadas y luciérnagas, navegar por mares desconocidos metida en una simple caja de cartón. Anita va y viene a su antojo, despreocupada y fiel a sus creaciones fantásticas. Hazle caso: fabrica un bonito antifaz, sé quién quieras ser y deja que tus ojos transformen el mundo a tu antojo. A veces es la mejor forma de supervivencia.



martes, 6 de noviembre de 2018

¿Trabajar o soñar?



Domingo, tres de la tarde, parece que ya se acaba. Sentado sobre la arena, bajo el sol de un otoño que parece primavera, ronda que te ronda, la misma cantinela: trabajar, trabajar y trabajar. Como si no hubiera otra cosa... No te olvides de esto, tampoco de lo otro. Que si el examen de los de primero, mira lo del viaje, compra los aguacates, que no se te olvide la basura, ¡ostias, la reseña!...
Regreso de la playa. No me equivocaba. Prisas, trotes y galopes. Paquetes, ladrillos, laboratorio, lavadora, más reseñas… Sin disfrutar del tiempo, siempre a la carrera. Después de unos días de ese caos (lo que nos gusta comer a deshoras, perdernos, brujulear) tranquilo, el mismo verbo me vuelve a asolar. Trabajar. Se ve que no soy el único, a juzgar por lo cansadas que se ven otras miradas que resoplan sin cesar. Me las encuentro en el supermercado, en la biblioteca y en el pasillo del hospital.


No todo es negativo… Mientras limpio el cuarto de baño, me asalta un bonito recuerdo de escobas y fregonas, de agua y amoniaco. No, creo no es tan malo trabajar. Una veces solo, otras, acompañado. La rutina muchas veces te obliga a cavilar. Sobre ti, sobre el vecino, sobre aquellos que ya no están. Discurrimos sobre cómo hemos evolucionado, unas veces para delante y otras como cangrejos, hacia atrás (a eso se le llama ¿involucionar?). Por mucho que nos invada, la monotonía del laboreo es una buena manera de conectar. No sé con qué, pero al menos, lo hacemos.


Me paro en seco. Abro el libro. Sibylle Delacroix. Granos de arena. Lo acaricio, delicado. Amarillo como el sol, como la cáscara del limón, como ese molinillo de papel charol. Dos niños juegan. Construyen castillos en el aire. Como yo, también sueñan. Lo cierro y me río. Pienso que ya vendrán otros días en los que mirar de nuevo el mar, de cara, que me salude el levante. Retorno a los días pasados, me sumerjo en la calma de nuevo. Mientras la brisa sopla y rompen las olas… “¡Qué más da!” me digo “Román, blanquea la cabeza. Déjala al viento, con los granos de arena volar.


miércoles, 31 de octubre de 2018

Matilda o 30 años de ¿¿feminismo??



Este mes de octubre se han cumplido tres décadas desde la publicación de la primera edición de Matilda, una de las obras cumbres de Roald Dahl. Treinta años (se dice pronto) desde que esta niña curiosa y enamorada de los libros entró en nuestras vidas.
Teniendo en cuenta que para un libro, uno que además sigue más vivo que nunca, son muchos años, es lógico que editoriales, librerías, bibliotecas y colegios se hayan hecho eco de los faustos. Se han realizado actividades y talleres, recogido innumerables anécdotas, organizado foros, mesas redondas, y publicado nuevas ediciones para ensalzar las bonanzas de la lectura de este ya clásico.


De entre todas ellas, la que más me han llamado la atención son las que han atendido al cariz feminista de esta obra trascendental de la Literatura Infantil. Indagando en el pasado y remontándome a los años noventa, he descubierto que esta era y es una lectura que se hace con mucha frecuencia (¡Madre mía! ¡Y yo sin saberlo! ¿Seré un bicho raro?). Según muchas opiniones, Matilda es el prototipo de la nueva mujer. Culta, inquieta, valiente, libertaria y decidida. Todo un ejemplo que debe cundir entre pequeñas, jóvenes y mayores para construir un mundo nuevo en el que las niñas tengan los mismos derechos y expectativas que los hombres. Matilda es un símbolo, un estereotipo de lo que muchos anhelan. Incluso  algunos artículos académicos también hablaban del tema. La cosa se puso seria, así que empecé a darle vueltas al asunto. ¿Realmente apunta Matilda a esa dirección? ¿Llenar de personajes femeninos una novela es indicativo de un discurso feminista? ¿Ser feminista implica ser un gran lector, culto e independiente?... Respiré y, dejando a un lado estas interpretaciones desde los foros del empoderamiento de la mujer actuales, intenté buscar puntos que rebatieran esta lectura sobre la relación de Matilda con el feminismo.


En primer lugar hay que decir que, como cualquier otra obra literaria, esta también necesitaba su protagonista. No sé qué llevo a Roald Dahl a elegir una niña en vez de un niño (llamo la atención sobre este punto ya que en las obras de este autor priman los protagonistas masculinos como Charlie, James, George o Billy) pero creo fue una elección más o menos arbitraria y nunca estuvo relacionada con razones de corte feminista.
En segundo lugar y dejando un poco de lado a su heroína, hay que hablar sobre otros personajes secundarios que, a pesar de ser mujeres, dan una visión del género un tanto nefasta. Este es el caso de Mrs. Trunchbull, Mrs. Wormwood y Mrs. Honey.


Si nos centramos en la madre de Matilda observamos que a pesar de soltar perlas que gustan mucho a sus lectoras como “Me temo que los hombres no son siempre tan inteligentes como ellos piensan”, también hemos de fijarnos en la contrariedad que representa ser una mujer que vive a la sombra de un tío mediocre e ignorante que quiere una vida similar para su hija. De feminista, poco...
Pasamos a un peso pesado, Mrs. Trunchbull, la directora de la escuela en la que estudia Matilda. Dahl la describe como una persona horrible, un auténtico antagonista que no sabe de modales ni de educación, algo que despierta una animadversión real hacia el personaje. ¿Por qué Dahl castiga así a una mujer fuerte? ¿Acaso no es esto loable en cualquier caso? ¿Por qué al final la sustituye por un hombre?


Y así llegamos a Mrs. Honey, la maestra que termina adoptando a Matilda (no es de extrañar teniendo en cuenta las afinidades entre ambas... ¿Tendría esto algo que ver con el clasismo?). Aunque muy leída y educada, Mrs. Honey es una pusilánime, se conforma con vivir escondida para no enfrentarse a unos problemas personales en los que tiene mucho que ver Mrs. Trunchbull. Si además tenemos en cuenta que la directora realiza ciertos abusos, sobre todo psicológicos, hacia esta, la cosa no pinta muy bien. Digámoslo claro, ni el carácter apocado de Mrs Honey, ni la relación que se establece entre estas dos mujeres, serían buen ejemplo de sororidad en el discurso feminista de hoy día.


Si a todo esto añadimos el aspecto de los personajes, la cosa es de traca... Les invito a que, sin perder de vista las ilustraciones de Sir Quentin Blake, comparen el físico de Mrs. Trunchbull con el de Mrs. Honey. Agua y aceite. Sale perdiendo la primera claramente. Sabemos que es una mujer por el “pecho prominente” que señala el autor y poco más, ya que tiene que ver más con un toro Miura que con una humana.


Con todo esto no quiero decir que Matilda no este sujeto a este tipo de interpretaciones (Los libros son espejos y cada uno puede mirarse en ellos como le dé la real gana. Es algo maravilloso que debe suceder), pero sí hay que tener en cuenta que reducir los libros al discurso de los ismos puede ser peligroso, sobre todo cuando esos libros desprenden mucha luz (véase el caso).
Por mi parte y obviando la relación que puede o no tener este libro con el feminismo (El caso es que me ha venido bien releerlo), yo me quedaría con los que quizá son los motivos primigenios de Dahl para escribir una obra como esta. 
El primer motivo es literario. Según ha explicado su hija a los medios en alguna ocasión, Dahl quiso reencontrarse con su yo lector a través de este libro. “Matilda fue uno de los libros más difíciles de escribir para él (Roal Dahl). Creo que había un miedo real y profundo en su corazón acerca de esos libros que estaban cayendo en el olvido, y él quería escribir sobre esto.” comentó Lucy Dahl hace unos años. 
El segundo se refiere a otro pilar básico en la obra de Dahl, el desdén hacia el mundo adulto. Tanto en Las brujas, como en Charlie y la fabrica de chocolate o James y el melocotón gigante, los adultos y su universo son ridiculizados, algo que da buena cuenta del carácter subversivo de la obra de este autor, tan afín a los niños.
La última razón es la crítica hacia la institución escolar. Tal y como explica en su Boy. Relatos de infancia, las malas experiencias en este ámbito fueron decisivas para inspirar libros como este donde, a modo de denuncia infantil, narra algunas prácticas indeseables que todavía hoy se llevan a cabo desde la institución educativa. 
El resultado de esta suma fue magnífico, sobre todo porque Dahl hizo lo que mejor sabía hacer: escribir lo que le daba la real gana. Algo por lo que brindaré durante este cumpleaños. ¡Larga vida a Matilda!


NOTA: Todas las imágenes que acompañan a esta entrada excepto la primera pertenecen a la serie de ilustraciones que Sir Quentin Blake ha realizado re-imaginando al personaje Matilda treinta años después.

martes, 30 de octubre de 2018

La importancia de llamarse "Libro"



“Libro”. La boca se nos llena... “Libro”. Con una sola palabra…
Si no estuviera envuelta por ese halo divino, trascendental y venerable, daría menos pereza, sobre todo a los que no la usan con mucha frecuencia. A veces también inspira cierto miedo, incluso pánico. Todavía más cuando suena a bocanada, esa que llena pero no alimenta, empalagosa, casi indigesta.
Debería ser amable pero siempre termina por resultar agobiante, casi asfixiante. Un empeño más. No sé si comercial o postural, pero que agota de verdad. También denoten su deje elitista en singular, mientras que al pronunciarla en plural parece hasta vulgar. No sé qué pasa con el tema del libro, pero realmente empieza a cansar.


Quizá deberíamos alternar los mensajes, hacer como con las campañas de prevención de los accidentes de tráfico, un año impactante y al siguiente, otra más relajada. O quitarle importancia, abrirle el paso a lo popular. Sería fantástico que el libro pasase de mano en mano, que la lectura caminara con cierta libertad. Como otras aficiones, como cualquier otra actividad. Que estuviera ahí, una opción más.
Me gustan los libros pero también las cervezas, las manzanas y el guisado de costillas. Me gustan los libros pero también el dominó, el cine y nadar. Me gustan los libros pero también los besos, los paseos y mirar el cielo. Me gustan los libros y eso, creo, no es indicativo de nada.


Los libros deberían ser eso, libros. Que te alejen de todo pero a un mismo tiempo te acerquen a los demás. Que te dejen disfrutar del mundo y también sufrir con él. Que le den rienda suelta a la fantasía, siempre mágica. Volar a tu aire, flotando, sin rumbo. Imaginar, soñar, perderte. Eso son los libros. Y nada más.
“Libro”… Quizá el problema no resida en la misma palabra, sino en quienes la usamos.


Marije Tolman y Ronald Tolman. 2018. El libro. Adriana Hidalgo - Pípala.

lunes, 29 de octubre de 2018

Construyendo nuestra historia



Ya hemos empezado con los exámenes y la cosa se pone tizná. La biblioteca a reventar en los recreos, ojeras sobredimensionadas, faltas de asistencia sin justificar, mal humor, caras largas y alguna lágrima son el pan nuestro de cada día. Más todavía cuando te tocan los cursos superiores (los alumnos son grandecicos y se van dando cuenta de lo que ganan y lo que pierden).
Mientras que en la escuela no se respira animadversión alguna hacia la institución educativa (siempre hay niños a quienes no les gusta la escuela, pero por lo general, y aunque estudien poco, lo reconocen como su hábitat), en los centros de secundaria la cosa cambia, el alumno no quiere estar en las (J)aulas. Su rebeldía y ganas de transcender les aboca a cierto odio visceral hacia la rutina, las pautas, las normas, la cuadrícula. No es su sitio.


Llevo más de una década oyendo las mismas quejas y las mismas ilusiones. Comparto con muchos colegas el “Esto siempre ha sido así” pero también opino que también se debe a una falta de sincronización entre los alumnos y su entorno. Mientras que escuelas y facultades han ido cambiando, los centros de E.S.O. y Bachillerato estamos sujetos a cierto estatismo (Lo digo por mi propia experiencia como alumno y como profesor).
El cambio es difícil, pero mientras esperamos que suceda yo siempre les digo que a mí tampoco me gusta este rollo. Que llevo catorce años contando las mismas cantinelas. Hora tras hora con la célula, con la deriva continental y con los mismos chascarrillos, y que sin embargo para mí cada clase es diferente, e intento disfrutar con ellos mientras enseño algo. Sí, la vida es repetitiva, injusta y muchos adjetivos más, pero en vez de quejarse, más les valdría dar un vuelco al ánimo y apropiarse de una atmósfera que puede ser muy contagiosa.


Este podría ser el mensaje de Una historia, un libro de Mariana Coppo (editorial Kalandraka) que sencillamente me ha encantado. Pero lejos de encorsetar las decenas de interpretaciones posibles quiero centrarme en las características de este libro-álbum que recuerda en cierto modo al Seis personajes en busca de autor de Pirandello (en este caso cinco, y más que autor buscan una historia en la que zamparse).
El libro se plantea como una sucesión de escenas en un mismo escenario donde se va forjando una narración. Además, la autora decide diferenciar las páginas derecha e izquierda, es decir, reserva la página derecha para el mundo creativo y fantástico y la izquierda para la faceta aburrida y más real. Mientras que en las páginas derechas un universo colorista y mágico es dibujado por el personaje gatillo (este alma libre, incluso marginal, le da al interruptor), en las páginas de la izquierda la acción es sosa, insulsa, tanto que están casi vacías o son atravesadas por un nubarrón. Llega un momento en el que ese cosmos imaginativo se adueña de otro personaje, y de otro más, así, hasta llegar a desbordarse por todo el espacio. Por último, un guiño metaliterario y una frase que invita a construir otra historia, la nuestra propia.



viernes, 26 de octubre de 2018

Hablando de LIJ con... Antonio Rodríguez Almodóvar



Román Belmonte (R.B.): Es un honor para mí que haya accedido a esta pequeña entrevista. ¡No sabe la de veces que he pasado las páginas de libros como El castillo de irás y no volverás o El hacha de oro! Mil gracias. ¡Empezamos! ¿Qué le llevó a interesarse por el folclore de transmisión oral en España?
Antonio Rodríguez Almodóvar (A.R.A.): Una suma de circunstancias, pero principalmente la lectura de Juan de Mairena, en los capítulos que se refieren al folclore como cultura viva.
R.B.: Como folclorista le pregunto, ¿por qué es importante recuperar la memoria colectiva?
A.R.A: Bueno yo solo soy “aprendiz de folclorista”, como decía el propio Machado de sí mismo, y ya me parece mucho atrevimiento por mi parte. Yo he llegado a la cultura popular desde la filología y la etnografía, aunque es verdad que me he pateado el territorio buscando cuentos.
La cultura oral hace las veces de la historia de las clases populares, aunque de distinta manera. La cultura hegemónica (Gramnci) se apoya en los documentos escritos; la otra en la memoria comunal.


R.B.: ¿Cree que las identidades territoriales y los nacionalismos ayudan a recuperar el folclore de manera íntegra o tienen un sesgo manifiesto?
A.R.A: Normalmente se hace un uso sesgado de las tradiciones, como para probar la “autenticidad” o la “profundidad” de la cultura propia, y de ahí dar el salto mortal al nacionalismo. Una peligrosa manipulación.
R.B.: En etnografía suele suceder que el transmisor del conocimiento puede añadir elementos de su propia cosecha o, como ocurre en la actualidad, elementos que tienen que ver con el cine, los medios de comunicación o internet… ¿Cómo sabe un folclorista qué elementos de un cuento son los primigenios?
A.R.A: El investigador debe tener en cuenta esas incorporaciones y valorarlas, como transformaciones, como simples ocurrencias. Normalmente son esto último. Pero cuando significan transformaciones, sobre todo si son de sentido, hay que comprobar si se han extendido en el propio medio.


R.B.: ¿Existen diferencias entre un cuento tradicional y uno moderno? En caso afirmativo ¿Se refieren estas más al contenido o a la forma?
A.R.A: Son dos géneros completamente distintos, aunque los segundos se apoyan a veces en los primeros. Las diferencias atañen tanto a la forma como al contenido.
R.B.: Su trabajo más conocido son los Cuentos al amor de la lumbre. Con ellos llenó un enorme hueco en la literatura tradicional española. De todos estos, ¿cuál es su favorito?
A.R.A: Esta es la pregunta más difícil, porque son muchos. Pero, en fin, digamos que el primero, Blancaflor, me sigue pareciendo un prodigio.


R.B.: Si no me equivoco, usted adaptó una serie de estos cuentos para los Cuentos de la Media Lunita, una colección con cierta vis infantil y muy ilustrada que pretendía acercar estas creaciones a los niños. Todavía vigente y con cierta aceptación, me gustaría preguntarle ¿qué puntos considera usted esenciales a la hora de adaptar un cuento tradicional?
A.R.A: Es esencial no variar el argumento, la espina dorsal del relato. Sobre eso, los aditamentos son intentos de captar la atención, solo eso.
R.B.: La eterna pregunta, ¿el cuento debe enseñar o debe entretener?
A.R.A: Las dos cosas van indisolublemente unidas. Por eso los cuentos orales tienen tanto éxito.


R.B.: En cierta ocasión publiqué en la cuenta que los monstruos tienen en Instagram, unas imágenes que Jesús Gabán realizó para su versión del cuento Los tres toritos. Un par de seguidores se echaron las manos a la cabeza y empezaron a lanzar improperios cuando vieron la escena de toreo que se recoge en una de las páginas (y eso que el estoque se hacía con un alfiler…). Sonreí ante la indignación desorbitada y me pregunté si hay un punto en el que puedan convivir tradición y actualidad. ¿Existe ese lugar de confluencia?
A.R.A: No me extraña en absoluto. La espantosa moda de “lo políticamente correcto” puede acabar con todo. Incluso con la literatura.
R.B.: Continuando con lo anterior y echando mano de caperucitas animalistas o bellas durmientes feministas  ¿Qué opina de las versiones de los cuentos tradicionales enmarcadas en contextos, ismos y problemáticas actuales que se publican sin cesar?
A.R.A.: Creo que ya he contestado a eso. Puede ampliarlo en un artículo mío titulado Cuentos populares, perfectamente incorrectos.
R.B.: La muerte, el clasismo o el machismo se han convertido en aspectos censurables en la sociedad occidental… ¿Qué les diría a todos esos adultos que viven preocupados por estas realidades recogidas en los cuentos tradicionales? ¿Cómo le podríamos dar la vuelta a la tortilla y animar así a la transmisión íntegra de estas creaciones a los niños sobreprotegidos del presente?
A.R.A: Hay que recordarles que los cuentos de tradición oral poseen un mensaje simbólico, que va dirigido a la formación de la mente y la integración del cuerpo humano. Querer racionalizar eso es emprender el vuelo de la paloma en un lugar abstracto, sin aire


R.B.: La cuentoterapia está muy de moda y se encuentra presente en los ámbitos de la psicología y la educación. ¿Qué piensa al respecto de esta práctica?
A.R.A: He conocido experiencias muy interesantes. Todas van dirigidas a aplicar los elementos simbólicos.
R.B.: Como los números impares están muy presentes en los cuentos populares, le voy a pedir tres últimas respuestas: su comida favorita, un juego que le divierta y alguna recomendación de lectura.
A.R.A: El gazpacho, el parchís y Las mil y una noches.



Antonio Rodríguez Almodóvar (Alcalá de Guadaira, Sevilla, 1941), aunque de joven fue marino mercante, estudió la carrera de Filosofía y Letras. Inició en Madrid la especialidad de Filosofía Pura, pero acabó licenciándose en Sevilla en Filología Moderna (1969) y doctorándose por la misma universidad en 1973. Fue profesor interino y contratado de la Universidad de Sevilla y del Colegio Universitario de Cádiz (1969-1974) y en 1975 ganó por oposición la cátedra de Instituto. Es autor de narrativa, teatro y poesía, sobre todo de obras dirigidas al público infantil y juvenil (se alzó con el Premio Nacional en esta categoría en el año 2005), sin embargo es más conocido por su prolongada e intensa dedicación al estudio y recuperación de los cuentos populares españoles, campo en el que sobresalen sus Cuentos al amor de la lumbre (Premio Nacional de Literatura 1985) y los Cuentos de la Media Lunita, una colección que se sigue reeditando desde hace más de treinta años. Desde 2015 es Académico Correspondiente de la RAE.
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