jueves, 23 de abril de 2015

¿"El Quijote" para niños?


Ya ha llegado el Día del Libro (también San Jorge, ¡felicidades a todos ellos!) y con él una gran cantidad de actividades que, como espárragos (en primavera es lo que toca), crecen por todas las bibliotecas, librerías, ferias del libro,plazas y demás lugares donde mora la lectura. También es un clásico de estas fechas el premio Cervantes y los millares de alusiones al Quijote, más todavía cuando este año se conmemora el centenario de su segunda parte (otra excusa perfecta para gastar dinero a raudales en fastos gubernamentales, esperemos que sirva para algo, que ya se sabe…).
Además del empeño institucional en hacernos leer (lo que ellos quieran… paradojas…), la Escuela (¡Qué pena que esa intención no venga de padres y amigos!) defiende y recuerda la lectura del Quijote entre los más pequeños como una catarsis salvadora ante la ignorancia y la estupidez que nos asola (¿Será ese el remedio a nuestros males…?).


No dudo que leer las aventuras de este caballero de tres al cuarto pueda ser la perfecta excusa para darse bombo (los medios es lo que tienen) y crear lectores patriotas (N.B.: A pesar de tomar ejemplo de los países anglosajones y velar por nuestra identidad literaria, más todavía si tenemos en cuenta el alza del castellano, les hago saber que  la mayoría de las obras de Shakespeare son teatrales, un género en el que intervienen más factores que en el narrativo, lo hacen mucho más lúdico y más atractivo), pero así jamás conseguiremos despertar el gusto por la lectura y crear lectores competentes cuya afición perdure en el tiempo… No nos engañemos, para leer el Quijote y entenderlo (he ahí la base de la lectura), hay que entender la vida y sus sutilezas.


No dudo de las bondades de la obra magna de la Literatura española, he incluso creo en su vertiente más simplista y jocosa (algo de lo que se han servido las muchas adaptaciones infantiles que ha tenido la obra), pero discrepo totalmente en que debe ser una lectura obligada entre niños y jóvenes, no sólo por su anacronismo, sino porque puede llegar a hacerles odiar la lectura en su múltiples vertientes. Seguramente me echarán a los leones por estas afirmaciones castradoras, pero les hago saber que he oído de todo a tenor de El Quijote… Algunos se quejan de un lenguaje y un contexto obsoleto que poco les puede ofrecer, otros hablan abiertamente sobre su repulsa aduciendo una lectura impuesta durante sus años mozos, y otros (pocos, hay que decirlo) se declaran fieles seguidores de las andanzas del hidalgo y su escudero.


Aunque es un clásico en todos los hogares españoles (compartiendo estantería con La Sagrada Biblia y esa enciclopedia que un jeta nos endosó en los ochenta como excusa de nuestra alfabetización postfranquista), pocos son los que se han atrevido a cogerlo entre sus manos… ¿Será porque es demasiado voluminoso o será porque desde niños nos han desvelado sus misterios, nos han hecho evidentes sus pasajes, forma parte de nuestra familia y ya no tiene secretos para nosotros? La lectura es descubrimiento, es experimentar, aprender, también es viajar, es vivir por nosotros mismos.
Por todo ello la tarea de los maestros, de los bibliotecarios, de los libreros, de los padres, de los enteraos, es la de presentar a los aprendices de lectores las lecturas del futuro, de inculcar respeto hacia los libros, de posibilitar la elección literaria, nunca desvelar sus secretos, de sortear la magia que rezuman los libros, sean nuevos, viejos y venideros.
¡Feliz Día del Libro 2015! 


miércoles, 22 de abril de 2015

De complejos infantiles y adultos amargados


Aunque un servidor tenga muy presente aquello de que la felicidad pasa por quererse a uno mismo, hay mucha gente que no lo tiene tan claro y, en vez de pasar por este mundo con la mayor de las alegrías, viven amargados por culpa de sus propios complejos, esos que nos acompañan desde la cuna. El ir suavizándolos o agudizándolos, depende más de uno que de los demás (no nos olvidemos que al resto les importan bien poco y que, simplemente, son un mal menor con el que pueden jugar a su antojo).
Quizá los cánones tengan mucho que ver en esto de la perfección (algo que nunca me he creído por mucho que la televisión, el cine o las revistas se empeñen), pero la capacidad para decidir si la imperfección es lo único realmente maravilloso que envuelve a esta especie humana, reside en nosotros, unos dioses quiméricos atestados de diferencias y a los que ser feos o guapos, simpáticos o antipáticos, gordos o flacos, rubios o morenos, condiciona directa o indirectamente en su vida diaria.


Según la psicología (esa ciencia que sabe solucionarlo todo y no arregla nada), la mayor parte de los acomplejados pasan por un proceso bastante similar que integra las mofas de los iguales en edad infantil, la vergüenza de la víctima, la aproximación a otros con similares problemas y el crecimiento personal a lo largo del tiempo. Además, todos ellos son fácilmente reconocibles: son amables y tienen buenas maneras pero erizan el vello ante la mínima sospecha de agravio, se ponen a la defensiva, hacen personal lo impersonal, sienten envidias familiares y se rodean de acérrimos aduladores. En ciertos casos (yo diría la mayoría) también deberíamos incluir la venganza, ese medio terapeútico tan humano que desbarata más que arregla, pero que en muchas ocasiones es lo único que nos queda. Si no me creen les podría citar una veintena de casos bien conocidos (seguro que también ustedes tienen algún caso cercano) donde estos seres acomplejados han tomado la justicia por bandera y han escarmentado a los que otrora eran verdugos, cómplices o, simplemente, se parecían a estos.
Por una vez intenten hacerme caso y preocúpense por deshacerse de los lastres personales, de hacer caso omiso a las opiniones ajenas, de limpiar el odio que ha ido acumulándose en su interior, de aferrarse a los corazones que les ofrecen su mano…, o por el contrario, se convertirán en otros de esos seres grises y malhumorados que se han olvidado de mirar al frente con una sonrisa despreocupada.


Y si mi consejo no les basta y necesitan alguna otra evidencia de estas razones, echen un vistazo a Por qué la señora G. se volvió tan gruñona, un libro ilustrado de Sonja Bougaeva (Editorial Takatuka) que les dará buena cuenta de que los complejos innecesarios, como las dagas, tienen un doble filo: aquel con el que nos hieren los demás y aquel con el que nosotros nos herimos.

lunes, 20 de abril de 2015

Quítate tú para ponerme yo


Desde que Oliver Jeffers y sus huguis me ayudaron a poner a caldo a la “clase” política (acérquense por aquí), le he tomado gustillo a esto de poner verdes a esos señores (y señoras, ¡viva la paridad! Ficticia, no lo olviden) bien trajeados. Así que hay que seguir recordándoles que éste siempre será un pequeño bastión en el que pensamiento, lógica y libros infantiles, les darán un poquito por culo, que es de lo que se trata…
Me llama mucho la atención como los políticos de pata negra, esos del bipartidismo que tan fuerte han pisado en los últimos años, se sientan un tanto apabullados por los discursos mediáticos que otros -los cari-aniñados, ínfimos, locuaces (¿secuaces también?) y “verborreicos”- lanzan a las hartas masas resueltos de mentiras (como todos, pero diferentes) en su afán de medrar en este mundo.


Me asquea y apena en gran medida la alta tontería y los graznidos de unos, pero más todavía me enferma la ignorancia y conformismo (o eso parece) de otros, algo que parece poco importa al resto de los votantes… ¿Para eso invertimos los españoles en becas Erasmus? A pesar de la movilidad que los ciudadanos  tienen en el ámbito europeo, de que la información sea libre gracias a este mundo global y cibernético, y de que el aprendizaje de los idiomas vaya en alza, constato que cada vez vivimos más enjaulados, mirándonos más el culo y votando a los mismos perros (con distintos collares, eso sí). Me indigna (yo también soy otro, pero de mi propio partido) el poco civismo de este país, su avance paupérrimo, tan desalmado y provinciano como siempre, y obligado a sí mismo a tener lo que se merece (a pesar del discursito progre que Ana Belén y Víctor Manuel se marcaron anoche sobre el chester para seguir exprimiendo la teta).


En cualquier caso (y con un poco de bicarbonato), me encanta divertirme con este circo tan bien montado en el que, vote quien vote, seguirán gobernando los de siempre: curas, multinacionales y grandes fortunas. Lo gracioso del asunto es el quítate-tú-para-ponerme-yo, un juego que se atoja reñido y con mucha estrategia. Unos valiéndose de las inversiones bolivarianas y otros haciendo alarde de liberalismo europeo, están jodiendo a los partidos sempiternos para montar su sede fiscal (ya saben ustedes que lo primero es buscarse una buena oficina), cosa que me parece bastante lícita (¡Que nos roben otros! ¿Qué más da? Ya vendrán nuevas caras con viejos mensajes para limpiar la cuadra y levantarlos del trono que se les ha pegado al trasero).


La señorita Susi, un libro que cumple medio siglo con texto de Miriam Young e ilustraciones del gran Arnold Lobel (Editorial Corimbo) ahonda en el eterno conflicto de la invasión de la propiedad privada (que no del sillón) y de la ocupación (sin “k”, ya saben que estoy a favor de la reutilización de los inmuebles abandonados con cierto orden y limpieza). Menos mal que en este caso, la tal Susi es socorrida por unos soldados la mar de agradecidos que atacan a las malvadas ardillas que han usurpado su hogar. En resumen, una historia de injusticias, ideas, facciones y víctimas…, ya saben: el eterno juego del poder.

viernes, 17 de abril de 2015

En celo


Ya nos vamos poniendo tontorrones, el vello se encrespa y las hormonas se revolucionan al ritmo de unas temperaturas en leve (a veces, ya saben como las gastan los anticiclones) ascenso… ¡Pero no se asusten!, no somos los únicos animales que entramos en celo. Elefantes, chimpancés, osos, conejos, perros y gatos también ven alterado su instinto reproductor y es imposible tranquilizarlos… ¡Que se lo digan a los propietarios de algún felino…! Puertas arañadas, patas de sillas carcomidas, macetas volcadas, sillones desvencijados y pelo hasta en la sopa, son los inconvenientes de adoptar mascotas sin el consentimiento de la naturaleza… ¡Espero que al menos les busquen un entretenimiento digno de su especie!

Para que un gato juegue

No es complicado:
puedes atar a un palo
rojas cintillas
y hamacarlas al aire,
o dejar en el piso,
como al descuido,
un carrete de hilo,
un lindo ovillo,
pelotas de papel
y cajas de cartón,
y dejar que los gatos
hagan la diversión.

Germán Machado.
En: La escuela de gatos de la señorita Cara Carmina.
Ilustraciones de Norma Andreu.
2014. Buenos Aires: Calibroscopio.


miércoles, 15 de abril de 2015

La oscuridad en los libros para niños


Reconozco que, aunque soy un hombre que gusta de la luz del día y de sus bonanzas, tengan estas que ver con la producción de vitamina D o con el “café torero” que muchos estilan en las tardes de feria, he de reconocer que soy un enamorado de la nocturnidad y la alevosía (sin llegar a las manos, por supuesto).
Me tacharán de licántropo o vampírico, pero bien pensado, les diré que no soy el único al que le encanta la noche, sino que son muchos los personajes de la literatura infantil que prefieren estas horas del día para llenar de magia y misterio sus historias. Y si no, fíjense: ¿Cuándo aparece la sombra de Peter Pan en la habitación de Wendy? ¿Cuándo viaja Max al lugar donde viven los monstruos? ¿La cama del pequeño Nemo echa a volar en plena noche, no? ¿Cuándo intentan secuestrar los goblins a la princesa? ¿A qué hora Cenicienta recibe la visita del hada madrina?...


Si lo piensan bien llegarán a la conclusión de que muchos de los momentos álgidos de los cuentos de hadas, de las historias para niños, tienen lugar durante la noche, algo que los envuelve en una atmósfera especial que va de lo lúgubre a lo desconocido. Quizá sea un recurso estilístico más del que, desde tiempos inmemoriales, se han servido los escritores para simbolizar de un modo visual la contraposición entre lo blanco y lo negro, la claridad y la oscuridad, lo bueno y lo malo.


Si nos fijamos podremos deducir que en muchas obras dirigidas a los niños, sobre todo aquellas conclusas -hay algunas que dejan una ventana abierta a la oscuridad, léanse las secuelas de Harry Potter en las que lo oscuro sirve como enlace a los diferentes episodios de la saga-, podemos encontrar un inicio nocturno y un final diurno, algo que podría aludir al triunfo de la bondad sobre las turbias tretas de la vida (N.B.: También podríamos encuadrar estas inclinaciones dentro de las corrientes narrativas clásicas ya que las corrientes contemporáneas se sirven de otras artimañas para lograr libros menos predictivos).


Este es el mismo argumento al que Lemony Snicket y Jon Klassen aluden en La oscuridad (editorial Océano-Travesía) un libro-álbum con unos recursos ilustrados (es maravilloso ese juego de luz y sombras que, aunque bastante usado en los últimos tiempos como apunte estético en la ilustración, resulta muy evocador), aparentemente sencillo, y que esconde claras alusiones (desde una perspectiva moderna y actual, todo hay que decirlo, ya que hace patente en palabras el diálogo o conversación entre las dos facciones a las que alude) a esa dicotomía que ha llenado páginas desde que el hombre es hombre, desde que el niño es niño.


martes, 14 de abril de 2015

Casas reales e imaginadas


Tras mucha meditación (hay cuestiones un tanto místicas… ya saben), he tomado la decisión de adecentar mi hogar, algo que me está llevando por el tortuoso camino de los albañiles, los fontaneros, los escayolistas, los carpinteros, el mundo de la pintura y el escombro, las secciones de productos de limpieza de los supermercados y otros menesteres odiosos (y temibles). No es que quiera tener la casa como un palacio (ni quiero, ni puedo), pero de vez en cuando hay que tomar las riendas del asunto y cambiar alguna cosilla que nos facilite la vida entre cuatro paredes (o eso creemos… ¡ilusos!).


Aunque soy partidario de que cada cueva esté adaptada a las necesidades de sus habitantes, no apruebo que todas ellas deban amoldarse a las tendencias en lo que a decoración se refiere. Detesto entrar en una casa y que parezca sacada de alguna revista en la que interioristas, arquitectos y decoradores hagan de las suyas en pro del buen funcionamiento de una industria inmobiliaria que se ha estrellado en los últimos tiempos. Todas las casas deben ostentar una personalidad, unas particularidades propias. ¿De qué sirve una isla en mitad de una cocina diminuta? ¿De qué una ducha de hidromasaje cuando nuestra mujer acaba de dar a luz trillizos? ¿De qué una pantalla panorámica a una distancia de dos metros? Hay que ser consecuente con las limitaciones de nuestra familia, de nuestro hogar y de nuestra cuenta corriente (algunos son capaces de empeñar hasta el último diente de oro con tal de fardar de suelo de mármol), e ir construyendo poco a poco un hogar cómodo y sobre todo, nuestro.


Me encantan las casas que se van llenando de uno mismo, en las que los rincones van tomando vida poco a poco... Seguramente están reñidas con el buen gusto pero, si las dejamos que vayan amoldándose a nosotros, finalmente adquirirán un sabor personal que aleje esa pátina de uniformidad que últimamente lo llena todo. Prueba de ello es que muchas publicaciones y libros dedicados a este mundo tan íntimo incluyen hogares repletos de humanidad para llenar sus páginas.
Con total seguridad, mi humilde morada (la física, no esta virtual que habitamos) nunca pasará a la historia, pero me conformo con que me preste sus servicios y me acoja con total tranquilidad, algo que, bien pensado, es lo que les sucede a todas las que reúne el libro Mil hogares, una obra de Carson Ellis (me encanta su paleta ocre y sutil... ¿no les recuerda a la de los Provensen?) que acaba de publicar en castellano la editorial Alfaguara, y que además de ser un excelente catálogo de casas imposibles e imaginadas, nos recuerda que cada uno, en su casa.


lunes, 13 de abril de 2015

Volar con la LIJ


Hace mucho tiempo que no sueño con cosas bonitas (¿será que me he acostumbrado a soñarlas despierto?). De entre todos mis sueños recurrentes o repetitivos, el que más me gustaba era el de descubrir que volaba… Solía caminar por un amplio paseo, de pronto pegaba un salto y… ¡voilá!: Me quedaba suspendido en el aire, como flotando... La sensación de ingravidez se parecía a la misma que uno siente sumergido en el agua, cuando queremos hacer pie y una fuerza invisible nos impide tocar el suelo. Después de alcanzar la tierra y algo sorprendido, volvía a probar por segunda vez. Esta era más fácil. La experiencia era un grado. Y botando, y botando, aprendía a volar entre las ramas de los árboles, los vendedores de globos y alguna que otra cagada de pájaro. Era una sensación de libertad total que me envolvía en mis noches de niñez y adolescencia (ya saben que algunos crecemos poco…), y que hoy poco frecuenta mi letargo.


Aunque nadar como los peces también tiene su aquel, el vuelo de las aves tiene un no-sé-qué que conquista a medio mundo. Muchos necesitan alas para volar, otros se sirven de escobas mágicas o seres mitológicos y algunos prefieren desplazarse sobre una cama, una aspiradora o un castillo volador. A los que habitan el País de Nunca Jamás les basta con una pizca de polvo de hada y un hermoso recuerdo para surcar los cielos, y también  sé de un héroe antiguo que prefería cabalgar entre las nubes a lomos de un caballo apodado Pegaso en vez de morir intentándolo como aquel llamado Ícaro...


Lo cierto es que a mí, con un poquito de ilusión (¿dónde se habrá escondido?) me bastaba para hacer piruetas y cabriolas nocturnas. Sentirme especial, diferente por un instante (no se crean que los sueños duran mucho a pesar de que el cerebro nos engañe) era un ejercicio que me hacía regresar a la más pura infancia, me mantenía lejos de las preocupaciones que tienen los adultos y me procuraba fuerza necesaria para afrontar la mañana con una sonrisa. Les recomiendo abiertamente la experiencia, batir los brazos de arriba hacia abajo y comenzar el ascenso…. ¡Pero no se aficionen! ¡Todo tiene su lado malo!... ¿Qué pasaría si a todos nos diese por revolotear como los gorriones, planear como los buitres o migrar como las cigüeñas? Para saber la respuesta sólo tienen que echarle un ojo al libro pop-up de Gustavo Roldán titulado Si usted volara (editorial Combel) que, aunque sencillo, tiene un puntito evocador y un bonito mensaje.

jueves, 9 de abril de 2015

Una obra maestra de la LIJ francesa


En ocasiones uno visita las librerías con cierto desánimo porque sabe de antemano lo que se va a encontrar en las estanterías: nada nuevo sobre ellas. Otras (suelen ser aquellas en las que , por no esperar diez minutos al tardón de turno, entras por inercia) te encuentras con una sorpresa detrás de otra, sonríes y maldices a la divina providencia por no haberte dado media hora más para hojearlas con detenimiento. Eso mismo me ocurrió las pasadas semanas, por lo que les recomiendo no perderse ni una palabra de las que llenarán este lugar en días sucesivos (no desesperen, también prometo hablar sobre los grupos de Whatsapp® y del deporte nacional…).
Todos los años, dentro del formato del álbum ilustrado, se suelen publicar diversas biografías. Aunque quizá piensen que la ilustración no es muy adecuada para este tipo de libros en los que se nos narra la vida y avatares de figuras históricas, creo que si puede acercarnos de una manera menos árida y divulgativa (es lo que tienen los libros de conocimientos…) a los hechos y milagros de tiempos pasados y sus protagonistas. 


En esta ocasión, he querido reseñar la Juana de Arco de Louis-Maurice Boutet de Monvel (Editorial Thule) por varias razones. 
En primer lugar decir que se trata de la edición en castellano de un clásico ilustrado francés de finales del XIX (la primera edición data de 1895), algo que ya vale su peso en oro. 
En contraposición con los álbumes ilustrados actuales este libro contiene bastante texto (creo que los niños de antes leían más que los de hoy… o eso parece a tenor de esta evidencia tan repetida en muchos libros), lo que la hace adecuada, tanto para jóvenes y adultos, como para niños con la suficiente competencia lectora. Es decir, tiene varios niveles de lectura (algo que a mí, personalmente, me encanta, no sólo por optimizar la inversión, sino por ser un libro que puede leerse tras el transcurrir de los años).


También me gustaría hacer hincapié en el personaje de Juana de Arco. Aunque muchos tacharán la obra de pro-religiosa (ya saben que la fe, a pesar de no ser de mi incumbencia, la respeto al máximo), he de decir que se aleja de la imagen que tradicionalmente se ha proyectado de esta heroína francesa que fue nombrada santa, ya que la trata desde un cierto punto de vista histórico (es verdad que alude a datos legendarios pero ¿qué libro para niños no los tiene?).


Por último, destaco (en letras luminosas a ser posible) el estilo de la ilustración de esta obra maestra de Boutet de Monvel. Próximo al “art deco” y el modernismo (ya saben Alphonse Mucha, Antoni Gaudí y demás artistas de finales del XIX y principios del XX), las ilustraciones tienen un tratamiento del color bastante sutil (no olvidemos que era un gran acuarelista), así como presentan bastantes elementos que pueden hacer una función ornamental (quizá esa falta de espacio roce el barroquismo en ciertas páginas pero también he de decir que, al ser concordante, homogeniza la obra). Apuntar también que da buena cuenta de que, a pesar de la mucha capacidad narrativa de las imágenes, no aporta un nuevo sentido, nuevo lenguaje al texto (ya hemos hablado muchas veces aquí y en otros lugares “lijeros” sobre la evolución histórica de la ilustración), pero lo carga de sensibilidad y movimiento, que ya es bastante.
Recomendado al cien por cien.

martes, 7 de abril de 2015

Grandes ciudades vs. pequeñas localidades


Se han terminado las vacaciones y muchos habrán regresado al mundanal ruido con la melancolía propia de los niños. El ajetreo, el gentío y el sinvivir de las grandes ciudades poco tiene que ver con el sosiego y recogimiento de los pueblos (sean de interior o costeros… eso, a gusto del consumidor…) que muchos creen encantadores y maravillosos… No les llevaré la contraria cuando se trate de tretas turísticas que poco nos sumergen en el día a día local, pero discreparé con todas mis fuerzas cuando se atrevan a decirme que prefieren lo cotidiano de una pequeña localidad a la vida en la urbe.
Los que me conocen saben de mi acérrima enemistad con aldeas y villorrios, unos lugares que, a pesar de necesarios (también hay que reconocer sus bonanzas, no soy tan necio, ni abogo por cerrarlos), no permiten el aperturismo a nuevas ideas y otros menesteres, léanse comerciales o educativos. Quizá a muchos les encante pulular en un microcosmos donde todo es conocido y todo se esconde, donde dar buena cuenta de la casa ajena es más necesario que conocer las miserias propias, donde los amigos son a la vez enemigos y donde la envidia alcanza su cota máxima (un pobre teniendo en deseo lo de otro pobre... Pa’ morirse…).


Aunque lo de algunas ciudades tiene usía (no todos los males son exclusivos de villas y poblaciones de pequeño calibre), un servidor prefiere las temibles temperaturas del asfalto, unas que, aunque acogen el corazón con menos pasión y más silencio, permiten al individuo ejercitarse en eso de la independencia, lo llevan por caminos desconocidos (igual de buenos o igual de malos aunque menos transitados) y permite preservar el anonimato (¡que ya está bien de tanto chisme innecesario!). Eso de salir a la calle, de ver gente pasar, de sentarse en un banco e imaginar lo que mueve el tránsito de los desconocidos, de ponerse a hablar con cualquiera, de que los corsés no aprieten…, eso no tiene precio.


Es por ello que hoy, para todos aquellos que sufren en soledad los agobios del tráfico, el ir y venir de los transeúntes, los andenes a rebosar del metro y los altos edificios que tapan el sol, les traigo El pequeño Elliot en la gran ciudad, un álbum de Mike Curato (Ediciones B – Colección B de Block) que nos trae una hermosa historia de amistad que empequeñece las ciudades y engrandece los corazones.

jueves, 2 de abril de 2015

¡Feliz Día del Libro Infantil!


Hace doscientos diez años, tal día como hoy, nació Hans Christian Andersen, el único hijo de un humilde zapatero que escribió como adulto lo que le hubiera gustado vivir siendo un niño… ¿O quizá fue al revés? Tal vez escribió con sus palabras de niño lo que vivía como adulto… ¡O mejor aún! ¡El niño y el adulto siempre fueron de la mano!... Y entonces, se preguntarán: ¿Andersen era uno de los nuestros? A lo que diré (después de haber leído una de sus autobiografías titulada El cuento de mi vida sin literatura) que, seguramente lo fue en un tiempo en el que todavía era muy difícil ser un monstruo, uno de esos hombres que soñaban como niños.
Les puede sonar paradójico que siempre sean los adultos quienes escriben para niños, quienes ilustran para niños, quienes editan para niños, quienes compran para niños, quienes leen para niños, quienes cuentan para niños…, pero también les diré que no todos los adultos pueden hacerlo (recuerden a esos grandes novelistas, a las grandes estrellas de la literatura para adultos que han intentado escribir cuentos para los pequeños lectores y que, al final, han salido más que escaldados), ya que para contar, leer, comprar, editar, ilustrar y escribir para niños hay que llevar un niño prendido al alma.
Así son los monstruos y así lo seguirán siendo mientras haya niños que sigan leyendo, que sigan creciendo y que sigan siendo niños.











martes, 31 de marzo de 2015

Decálogo del ilustrador en la feria de Bolonia


Por fin se ha dado el pistoletazo de salida a ese gran escaparate “lijero” conocido como Feria de Bolonia. Coincidiendo este año con el periodo vacacional (a más de uno le ha venido de perlas para darse un garbeo por la Liga Norte italiana) y con la celebración del Día del Libro Infantil  (próximo jueves) se intuye un evento un tanto animado (que por cierto no veré este año…, es lo que tienen azulejos, ladrillos, cemento y escombro, ¡quién me mandará!).
Además de la gran cantidad de actividades, presentaciones de libros, coloquios, mesas redondas, ágapes, encuentros repentinos, exposiciones y el muro publicitario de la entrada (me chifla ese lugar atestado de carteles improvisados, tarjetas de visita y, sobre todo, de anuncios ilustrados), la Bologna Children's Book Fair no deja de ser una feria comercial en la que priman los negocios.
De entre todos los profesionales que van a buscarse la vida, siempre me llaman la atención los ilustradores que, tras esperar largas colas, intentan hallar la oportunidad que les haga despuntar en próximas temporadas en esto del libro infantil. A pesar de lo hermoso que tiene buscar un sueño, no hemos de olvidar la realidad con la que topan estos profesionales…
Para evitar peligros y desilusiones innecesarias, he aquí mi decálogo para el ilustrador que visita Bolonia (por primera o undécima vez, ya saben que el hombre tropieza y tropieza hasta cotas insospechadas) con ánimo de abrirse hueco en el negocio editorial:
1º. Saber qué editoriales estarán en la feria. El elenco de editoriales y agencias asistentes a este tipo de ferias se hace público con el suficiente tiempo de antelación, por lo que la visita ha de ser preparada con anterioridad.
2º. Clasificarlas en grupos con ciertas similitudes. Editoriales internacionales, grandes grupos nacionales, casas independientes que publican en varios idiomas y otras que se dedican a ámbitos más restringidos, editores locales, de occidente u orientales… Todas las empresas tienen sus particularidades y debemos saberlas antes de sumergirnos en ellas.
3º. Estudiar el fondo editorial de cada una de ellas (hay editoriales más eclécticas y otras más especializadas en un tipo de libro o ilustración) y ver si nuestro estilo tiene cabida en alguna.
4º. Pedir información a otros colegas de profesión sobre estas editoriales para conocer de antemano sus bazas, los puntos débiles o, simplemente para descartarlas de nuestra selección. En las redes sociales hay lugares donde se puede intercambiar información y opiniones sobre ciertos editores y agencias de ilustración: use la experiencia previa de otros.
5º. Elegir y solicitar cita con antelación y optimizar así nuestra estancia allí. Una agenda bien estructurada es más práctico que acarrear sin rumbo nuestro portfolio (no soy partidario de dar tumbos a lo pavo por la inmensidad de aquellos pabellones).
6º. Establecer una serie de prioridades (“¿Con qué tipo de editorial queremos trabajar?" y "¿Qué tipo de trabajo buscamos?” Son las preguntas básicas a las que debemos responder, después vendrán otras que, a mi juicio, son secundarias).
7º. Preparar un portfolio adecuado para tal efecto (aquí poco he de decir pues hay grandes profesionales dentro de escuelas de ilustración y facultades de bellas artes que pueden orientarles mejor que yo).
8º. Presentarnos, mostrar nuestro trabajo, ofrecer nuestros servicios, y, en caso de interesarse por él, debemos escuchar las condiciones de trabajo y tomar nota de las mismas para consultarlas con gente de confianza y asesores en la materia. No es oro todo lo que reluce. Sopese pros y contras.
9º. Dejar pasar un tiempo. A veces la toma de decisiones en caliente nos puede llevar a equívocos poco satisfactorios. Es preferible ser paciente, no ser arbitrario y dejar que la aguja se pose en nuestra brújula interior.
10º. No frustrarse. Hay que seguir buscando oportunidades. Hay un gran campo de acción y muchos tipos de editoriales en las que, seguramente, encaje nuestro estilo. Si algo bueno tienen todas las ferias es que están llenas de ilusión.


miércoles, 25 de marzo de 2015

¿Es rentable adquirir derechos extranjeros?


Se acerca inexorablemente la feria de Bologna (¡Qué miedo! ¡Hordas de editores orientales en busca de libros occidentales!), y con ella, el mayor escaparate de venta de derechos de autor del mundo editorial infantil. Es por ello que, para que muchos de nuestros editores se vayan a comer mortadela dándole al coco he creído oportuno ofrecerles hoy este dilema al que muchos no encuentran respuesta.
El mercado de novedades (entre 2 y 4 veces por curso, depende del tipo de editorial) está instaurando la inclusión, casi obligada, de títulos foráneos en los catálogos de las editoriales españolas. Es por ello que el interés por las agencias de gestión y venta de derechos extranjeros, así como por los espacios donde se presentan los catálogos y novedades dentro de diferentes contextos geográficos (véanse las ferias del sector mundiales o regionales), ha crecido notablemente de unos años a esta parte. Esto se debe -a mi juicio- a dos motivos principales:
1. Por un lado, la producción patria de calidad es incapaz de abastecer las necesidades de las editoriales (y su ritmo frenético).
2. Por otro, la globalización ha favorecido que muchos consumidores de literatura infantil se interesen por títulos que se publican al otro lado del charco, las antípodas o el lejano oriente, y deseen tenerlos en sus bibliotecas personales traducidos al castellano.
Pero, ¿qué trae esto consigo? La primera consecuencia es que se ha creado una “burbuja editorial” que la capacidad negociadora, el trueque, el 2x1 y el gitaneo, siguen hinchando y moldeando irremisiblemente hasta un punto ¿de no retorno…?


La segunda consecuencia es que para muchas casas editoriales, sobresalir en el competitivo mercado gracias a obras que se hacen fuera de nuestras fronteras supone un esfuerzo sobrehumano que compensa más bien poco (Nota: No olvidemos que el mercado español es un mercado modesto en el que la mayor parte de las editoriales -excepto una decena- actúan como independientes lo que dificulta el acceso a obras que aporten cuantías suculentas).
También hemos de tener en cuenta que no cualquier cosa cabe en cualquier mercado (ni siquiera los títulos del imperio infantil anglosajón). Cada mercado tiene sus propias peculiaridades y, en muchos casos, la adquisición de derechos de un “best-seller” en EE.UU. puede ser un fiasco en nuestro país, algo que supondrá más costes que beneficios, unos excedentes que asumir y algunos quebraderos de cabeza más.
Al todo lo anterior hay que sumar el invento por antonomasia: las coediciones. Cuando uno es un editor en ciernes y va a una feria como la de la próxima semana tiene que oír más de una veintena de veces “Los derechos de este título sólo están disponibles en coedición. ¿Qué quiere decir esto, caballero/señorita? Si Vd. lo quiere, además de anticipo y royalties, tendrá que tragar con la impresión que le queramos endosar y el precio estipulado por la misma aunque en España se lo hagan más barato y mejor.” Total, que la broma nos puede salir todavía más cara…
Y ahora, las cuentas finales… Si tenemos en cuenta que los derechos de publicación de un libro oscilan entre 500 y 3000 euros (anticipo), que estos derechos sólo incluyen la edición en castellano en el ámbito de España (si quieres español en el mundo ya sabes),  que la venta media de un título en nuestro país está entre 1000 y 1500 ejemplares, y que hay que repartir tantos porcentajes… ¡blanco y en botella!


Hay dos soluciones posibles (y plausibles) a todo este tinglao… A saber:
A. Editar poco y bien (y tendríamos el problema con las distribuidoras y sus demoras en el pago, ya saben los editores a lo que me refiero...).
B. Hacerse con una buena cartera de autores e ilustradores patrios y adquirir menos derechos extranjeros (y aquí tendríamos el problema temporal y de edición de la producción propia, un verdadero calvario para muchos, algo que prometo tratar algún día con detenimiento…).
En cualquier caso y sin ánimo de desánimo, les diré (como sonaba la canción) que todo depende… Depende del tipo de obra que se quiera adquirir (“boardbooks”, libro-juegos, libros de conocimientos, “activity books” o álbumes ilustrados no son lo mismo; tampoco es lo mismo un libro premiado que otro que no; ni es igual uno de Rebecca Dautremer que otro de un ilustrador novel), depende del tipo de editorial al que deseemos comprarlos (no es lo mismo tratar con el gigante MacMillan que con una editorial de provincias), depende del tipo de contrato de cesión que tiene el autor (“royalties”, exclusividad, porcentajes y demás consideraciones) y, sobre todo, del éxito que esa obra ha tenido en los diferentes mercados en los que se ha publicado (mucho o poco dinero en juego).
Y como despedida, un consejo… Si están hartos de comprar, lo mejor que pueden hacer es intentar vender los derechos de sus libros ¡que aquí también sabemos hacerlos!