jueves, 28 de octubre de 2021

El poder de la palabra



Que yo recuerde, nunca antes habíamos estado rodeados de palabras que acusaran tanto rencor. Palabras que, a pesar de parecer inofensivas (como cualquier otra), se han ido transformando en dardos envenenados que se lanzan una y otra vez en las conversaciones de medio mundo para generar un discurso que merma el lenguaje y lo hace cada vez menos poético y más obsceno.


Palabras que abundan en cualquier red social, en los perfiles de aquellos que se hacen llamar intelectuales. Palabras a las que cada vez se dan más importancia por los intereses creados. Palabras que a pesar de tener significado dicen muy poco de una humanidad que se entrega a la estupidez y pobreza cultural más simplista.


Me da mucha pena escuchar cómo cunde el ejemplo entre mis alumnos, cómo, una vez más, son las generaciones futuras las que sufren estas artimañas de las neolenguas y los ismos políticos. Me preocupa que todos asientan y ninguno intente vaciar ese vocabulario de violencia y dogmatismo para llenarlo de palabras que hablen desde la consciencia y no desde las trincheras políticas.


Palabras de unos pocos que idiotizan a muchos. Palabras inventadas o recuperadas que funcionan a modo de mantra. Para adormecernos, censurarnos o dirigirnos. Prefiero mil y una veces palabras como teta, sobaco, boñiga o adiós. Palabras que hemos construido todos y no unos pocos. Prefiero palabras a las que todo el mundo acceda y no aquellas que se incrustan en el ideario a base de medios de comunicación y discursos mediáticos.


Y así, con una de palabras, llegamos a dos de esos libros que encandilan. El primero es Va la vaca, una historia de ficción que Pablo Albo y Simone Rea nos presentan desde la editorial A buen paso. Un álbum con formato vertical y tapa blanda que nos invita a disfrutar de una historia protagonizada por animales, los juegos de palabras y las onomatopeyas.


Es así cómo, sirviéndose de la primera sílaba del nombre de cada animal, se articula una historia más o menos circular (esa torpe vaca a la que se le escapa todo lo que pilla) en la que todo habla, incluidas las ilustraciones delicadas de Simone Rea y, por supuesto, el lector-espectador, uno que cuando termine la historia seguro que encuentra otras igualmente divertidas a base de los nombres de los medios de transporte, los postres o incluso de los miembros de la familia.


Por otro lado tenemos El libro de los juegos, un libro de Juan Berrio recientemente editado por Litera Libros. Por un lado pretende ser informativo (si no sabes lo que son los anagramas, los palíndromos, los abecegramas o los pangramas, este es tu libro) y por otro nos propone una buena tanda de actividades ingeniosas relacionadas con las imágenes escondidas o los efectos ópticos.



Todo ello de la mano de Clara y su primo Federico, un par de chavales muy curiosos que acompañarán al lector en este recorrido de descubrimiento del mundo que nos rodea y de paso, invitarle a que se interne mucho más en este mundo lleno de vocablos e imágenes. Experimentar y divertirse con unas y otras es la clave para que estos dos chavales desarrollen un proyecto juntos que, antes de llevarlo a la editorial, te presentan en primicia para que le saques todo el jugo posible. 
Y lo dicho: abracen y acunen las palabras, ese bálsamo invisible que muchos se atreven a empercudir con sus ínfulas y falacias.

lunes, 25 de octubre de 2021

¡A ejercitar la creatividad!


Últimamente me he alejado de cuestiones superfluas y dedico el poco tiempo libre que tengo a cultivar neuronas en campos que tenía abandonados. Véanse como ejemplo el arte contemporáneo o la literatura de ciencia-ficción, dos parcelas que me han dirigido hacia el universo creativo, uno que, a pesar de sostener la mayor parte de las disciplinas artísticas y científicas, alimentamos muy poco.
¿La creatividad se hace o te nace? ¿Todos somos creativos o sólo unos pocos pueden tener ideas? ¿Hay ideas más importantes que otras? ¿A qué responde el acto creativo? ¿Se puede desarrollar de alguna forma la creatividad? Montones de preguntas que mucha gente se hace todos los días, pero que muy pocos se preocupan en responder.
Como tengo mucho que corregir, me decanto por responder a la última de ellas con unas cuantas técnicas para desarrollar la creatividad que aprendí hace unos años en un cursos on-line gratuitos que ofrecía cierta universidad mexicana que resulto ser muy productivo.


La creatividad hay que cultivarla todos los días. Se pueden inventar nuevas palabras que deriven de otras ya existentes o componerlas utilizando un par de vocablos. Desarrollar ejercicios de este tipo establece agilidad mental y conecta el área lingüística del cerebro con las imaginativas de manera que facilita mucho la búsqueda de nuevas ideas.


Establecer relaciones entre conceptos que nada tengan que ver (esto del sinsentido a veces tiene mucho de lógico). Cojan un diccionario y elijan una buena tanda de sustantivos, adjetivos y verbos al azar, introdúzcanlos en un recipiente y vayan extrayéndolos formando parejas o tríos. Busquen una relación entre ellos y dejen volar su creatividad.


Seguro que muchas veces tienen una idea pero no saben cómo armarla. Tomen un folio en blanco y escriban sobre él las palabras y conceptos clave de su idea de manera desordenada y espaciada. Trate después de establecer relaciones entre ellos ayudándose de símbolos y conectores que le aporten coherencia y cohesión.


La última que les recomiendo es pedir sugerencias a los niños. Por un lado su imaginación se encuentra menos encorsetada socialmente y por otro adoptan el juego como forma de aprendizaje. Muchos inventores tienen mucho que agradecerles a sus churumbeles.


Y si todos estos consejos les han parecido pocos a la hora de desarrollar su creatividad, hoy les dejo con Encuentra tu creatividad, un libro escrito por Aaron Rosen y Riley Watts, ilustrado por Marika Maijala y editado en nuestro país por CocoBooks. Híbrido de libro informativo y álbum de ficción, tiene mucho que decirnos sobre la creatividad. 
Más cotidianas de lo que nos pensamos, las ideas se esconden tras un ritmo desconocido, debajo de esa manta con la que te abrigas, en esa receta que nadie ha cocinado todavía. La creatividad tiene mucho que ver con el día a día, con las soluciones de los problemas cotidianos y sobre todo con dejarse llevar. ¡Prueba y verás!

jueves, 21 de octubre de 2021

Grandes figuras de la ilustración LIJ (XXVII): Jerry Pinkney


Acabo de enterarme a través del perfil en Instagram del Eric Carle Museum que Jerry Pinkney falleció ayer, dos meses antes de cumplir los 82 años, a causa de un infarto de corazón. Es por ello que me dispongo a hacer un repaso biográfico y artístico de esta leyenda de la ilustración de libros infantiles de la que, excepto una edición de Vicens Vives de sus Fábulas de Esopo, no tenemos constancia en nuestro ámbito editorial.



Nacido en Germantown, Filadelfia, destacó en el dibujo a pesar de haber sido diagnosticado de dislexia en el colegio, algo por lo que mereció el apodo de “el artista de la clase”. Como su padre no consideró oportuno que asistiera a clases a pesar de la insistencia de su madre, Jerry desarrolló sus aptitudes imitando a sus hermanos mayores mientras copiaban a los personajes de los cómics y las fotos de las revistas de moda, dibujando escenas cotidianas de su ciudad y colaborando con el periódico local. 
Desarrolló tanto sus dotes artísticas que, en 1957 se convirtió en el primer hijo de esta familia numerosa en asistir a la universidad, concretamente al Philadelphia Museum College of Art, gracias a una beca.


Tras casi tres años de estudios, tuvo que abandonar la universidad como consecuencia del nacimiento de su primer hijo con Gloria Jean, su novia de juventud, la que sería su esposa durante toda su vida y con quien tendría otros tres hijos más. Por ello comenzó a trabajar como repartidor en una floristería para mantener a su incipiente familia.
En 1960 se mudó a Dedham, Massachusetts, donde trabajó para The Rust Craft Greeting Card Company como diseñador gráfico. Fue en esa ciudad donde se unió al Boston Action Group, un colectivo de artistas del que aprendería nuevas técnicas, sobre todo en lo que se refería al color. En 1962, empezó a trabajar en Barker-Black, un estudio de diseño e ilustración, a través del cual recibió su primer encargo como ilustrador en 1964, concretamente para el libro infantil The Adventures of Spider: West African Folk Tales, escrito por Joyce Cooper Arkhurst, título al que siguieron otros como This Is Music (1965), The Year Around Book (1965), The Travelling Frog (1966), The Colck Museum (1967) o Even Tiny Ants Must Sleep (1967).
Durante en esos años fundó junto a otros artistas el Kaleidoscope Studio, y en 1971 decidió trasladarse a Croton-on-Hudson, Nueva York, para abrir su propio estudio.



Aunque ilustró novelas como Los viajes de  Gulliver (1974), viendo que los editores buscaban artistas afroamericanos para ilustrar libros sobre la comunidad negra en Norteamérica, Pinkney dedicó las décadas de los 70 y 80 a trabajar en obras infantiles y juveniles relacionadas con sus raíces afroamericanas como JD (1972) Roots of Time (1974) Mary McLeod Bethune (1977), Tales from Africa (1978), Apples on a Stick: Folklore of Black Children (1981) A Patchwork Quilt (1985) Wild Wild Sunflower Child Anna (1987) o The Talking Eggs (1989), libros que trataban el racismo, la esclavitud o las injusticias sociales, y por los que mereció su primer premio Coretta Scott King gracias a Mirandy and Brother Wind (1989) de la escritora Patricia McKissack, un galardón que recogió en muchas otras ocasiones a lo largo de su carrera.
A finales de los 70 y durante todos los años 80, Pinkney también trabajó en la serie de sellos Black Heritage del Servicio Postal de Estados Unidos.


Durante la década de los 90, además de dibujar para la revista National Geographic y publicar un libro pop-up sobre animales marinos con esta misma institución, continuó con libros sobre temática afroamericana como Sunday Outing (1994), su increíble John Henry (1994) o Black Cowboy, Wild Horses (1998). Al mismo tiempo Pinkney retoma The Tales of Uncle Remus (1987), unas historias sobre animales que empezaría en 1987 pero que fue engrosando en sucesivos volúmenes a los largo de su vida y cuyas ilustraciones no se pueden perder.




Así llegamos a finales de los noventa y primeros años 2000, la mejor época –para mi gusto- de un ilustrador que dio una vuelta de tuerca, tanto a historias como El libro de la selva de Rudyard Kipling (1995) 0 El arca de Noé (2002), como a los cuentos tradicionales. La pequeña vendedora de fósforos (1999), El patito feo (1999), Caperucita Roja (2007) o El gato con botas (2012) se llenaron de rasgos raciales, de escenarios poco comunes para estas historias de la vieja Europa y algunas vueltas de tuerca que merecen toda la atención.





Pero sin lugar a dudas, mis tres libros favoritos son El león y el ratón (2009), La tortuga y la liebre (2013) y La cigarra y las hormigas (2015), una trilogía exquisita de fábulas ilustradas donde el amor por la naturaleza queda plasmado con singular maestría, detalles minuciosos y fantasía desbordante que nunca han visto la luz en nuestro país (¡Aviso para editores!).





Con más de 100 libros traducidos a 16 idiomas, Jerry Pinkney trabajó como profesor en la Universidad de Delaware, el Pratt Institute de Brooklyn o la Universidad de Buffalo, estos dos últimos en Nueva York.  
Sus trabajos están basados en la acuarela (algo raro para imágenes con tantos detalles, lo que pone en evidencia su virtuosismo) y otras técnicas tradicionales como los lápices de colores y pasteles, composiciones muy estudiadas  y personajes muy expresivos. No es de extrañar que sobresalieran durante el final del siglo XX y las dos primeras décadas del XXI y le valieran cinco medallas Caldecott Honor y una nominación al premio Hans Christian Andersen en 2018
Hoy le decimos adiós desde este lugar de monstruos en el que pueden contemplar una muestra de su trabajo a la espera de que alguien nos lo traiga a las librerías de estas latitudes.


Nota: Gran parte de la información y muchas de las imágenes de este artículo han sido extraídas de la página web del artista, el catálogo de la exposición The Storybook Magic of Jerry Pinkney en el Woodmere Art Museum, y el banco de imágenes del Norman Rockwell Museum

miércoles, 20 de octubre de 2021

Nada es lo que parece


Con unos cuantos años sobre la espalda, permítanme que desconfíe de todo lo que veo, oigo, palpo y hasta siento. No tiene nada que ver con un fallo sensorial (todavía mantengo mi organismo dentro de unos estándares medianamente aceptables), ni tampoco con un trauma de niñez. Más bien se trata de un entorno lleno de apariencias que nos asola la percepción. Un juego que trasciende lo creíble y se sirve de artefactos para difuminar las fronteras entre el ser y el parecer. Y así pasa, que esto parece el mundo al revés.
Pensamos que los ricos son más pobres que las ratas, mientras los miserables tienen más cuartos que pesan. Los feotes lucen bien atractivos en Instagram, los guapos de verdad pasan desapercibidos y los atractivos deslucimos lo que no está escrito. Los influencers no saben de nada pero dan lecciones de todo, y los que se pasan la vida estudiando viven entre sombras y flexos esperando que alguien les pregunte. El ciudadano es una marioneta al servicio de las urnas y el político es un parásito mediático.


No se empeñen, hoy debemos cuestionarnos todo más que nunca. En un terreno donde el postureo y el artificio campa a sus anchas, y los farsantes nacen como setas en mitad de una muchedumbre ignorante e imprecisa gobernada por la impostura y la ideología, cabe hacerse muchas preguntas.
Bucear entre la información contrastada y fidedigna, obviar la morralla y la inconsistencia y aferrarse a la actitud crítica, es la única vía para acercarse a la objetividad y la clarividencia.
Las mentiras emotivas, las preverdades, las fake news, las medias verdades o la posverdad son instrumentos se encuentran más vivos que nunca un relato social que gira en torno a intereses sentimentales, comerciales o políticos, y abandona lo literario, un ámbito donde sí es lícito a la hora de urdir tramas y constructos ficcionales que nos diviertan y entretengan.


Algo que sucede en obras como el ¡Oh! de Josse Goffin, el álbum que regresa a las librerías por enésima vez gracias a la editorial Kalandraka y que hace las delicias de todo el que se acerque a disfrutar de sus juegos visuales.
Una vez más nos topamos con un objeto-libro que nos invita a desplegar las páginas y establecer sinergias. Constatar que detrás de cada objeto cotidiano se encuentra un universo onírico, donde realidad y fantasía conviven. Cada imagen es un eslabón de una cadena que articula una historia (algunos dirían que circular) donde las referencias prescritas en el ideario colectivo se rompen y construyen una y otra vez.


Sin más palabras que las del título, el autor belga nos invita a zambullirnos en esta historia que busca escritor, a disfrutar de lo que parece pero no es, una caja de sorpresas, en apariencia simple, en la que conviven peces, pinzas de la ropa o tazas junto a personajes disparatados y coloristas que disparan la inventiva del espectador.
Un libro de adivinanzas que ha cumplido las tres décadas pero sigue habitando entre nosotros como claro homenaje a las manzanas verdes de René Magritte y la famosa pipa que no es una pipa. Recomendadísimo en este época de engaños visuales.

P.S.: Y del mismo autor ya les reseñaré ¡Ah!, que esa es otra historia...

lunes, 18 de octubre de 2021

Huir


Durante este verano y desgastado por un año y medio de pandemia y otras miserias humanas, decidí abandonarme a la suerte por los pueblos remotos del Camino de Santiago. Desde Roncesvalles al cabo de Finisterre. Más de 800 kilómetros a pie cruzando Navarra, La Rioja, Burgos, Palencia, León o Lugo, tierras surcadas por una senda desconocida que rebosaba de sustancias con las que alimentar un alma perdida entre tanto sinsabor diario.


Si bien es cierto que huir de los problemas cotidianos tiene un ligero regusto a cobardía, en cada huida también hay algo de valentía. Romper con el confort que nos da el hogar, la familia o los amigos siempre es loable. Enfrentarse a un nuevo orden que nos permita tomar distancia y perspectiva, que abra grietas por donde supuren los miedos y se liberen los lastres, es más que importante.
Huir es un verbo tan oscuro como luminoso. Oscuro porque la mayor parte de las huidas se hacen al amparo de la noche. Luminoso porque durante la huida podemos conversar con otros, con nosotros mismos, escuchar tristezas y anhelos, llenarnos de experiencias y aventuras que traigan otras luces, nuevos colores con los que afrontar cada realidad y, sobre todo, retomar la humanidad.


Huimos porque necesitamos ese espacio y ese tiempo, el que cada uno quiera. Huimos porque sí y también porque no. Para aferrarnos o liberarnos. De uno mismo, de vosotros, de cualquiera. En busca de un lugar seguro, o quizá otro más peligroso que el que habitamos. En el que despedazarnos, detenernos, recrearnos, crecer o menguar. Cada huida es la fuga de una cosmovisión distinta, algo que ya es bastante extraordinario.
Lejos del misticismo, de lo terapéutico, de la magia que envuelve cada huida, todas coexisten en eso que llamamos soledad, una soledad compartida en la que cada uno de nosotros tiene una senda personal e intransferible.


Y si no saben a qué me refiero, les dejo con La noche de la huida, un libro de Adolfo Córdova y Carmen Segovia (ediciones Ekaré) donde podemos toparnos con la multiplicidad de significados que puede tener marcharse. Hacia delante o hacia atrás, búsqueda espiritual o acicate del futuro, todas las interpretaciones valen.
Con un texto breve, complejo y muy plástico, Córdova echa mano de los recursos metaliterarios e incorpora palabras que conforme se pronuncian, atraen a la memoria las reminiscencias de todos esos cuentos que, como alimento, ceban el ideario colectivo. Guisante, fósforo, bruja, rueca o cabaña son el resorte que nos tranquiliza y nos acuna. El gato con botas, Pulgarcito o Blancanieves. Narraciones que emanan del recuerdo en un momento de angustia, desconcierto o flaqueza para construir un imaginario en el que estar y soñar.


Por su parte, Carmen Segovia ha elaborado para la ocasión unas ilustraciones potentes y severas, donde el contraste entre el rojo, el azul cobalto y el negro ayuda a crear ese ambiente de los bosques sombríos y desconocidos que llenaban las historias de otros niños, y que, además de destilar misterio, se llenan de movimiento gracias a composiciones estudiadas.
Troqueles circulares que invitan a la huida nocturna, o guiños que aportan cohesión a una historia donde el lector rellena esos huecos narrativos, son una invitación a la lectura de cualquier huida, o mejor dicho, a huir con la lectura a cualquier lugar.

viernes, 15 de octubre de 2021

"El juego del calamar" o la desinfantilización de la infancia


Vuelve la polémica con El juego del calamar, la serie coreana de moda que ve hasta el Tato, niños incluidos, los mismos que representan sus escenas violentas mientras se comen el bocata en el patio del colegio. Y venga, todos echándose las manos a la cabeza. Que si las criaturas están a pique de enrolarse en la legión, que si algunos padres merecen ser quemados en la hoguera, que si la vuelta de los rombos es inminente, y bla, bla, bla.
Tanta escandalera y yo aquí, adherido al debate para constatar que nadie suelta el móvil mientras cena con sus hijos, pero todos se indignan con la sola idea de que los críos se entretengan con una de ficción violenta. Menos mal que tener dos ojos me tranquiliza bastante. Y si subtitulo las imágenes con el “Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago” (consigna favorita de los adultos ejemplares) se me esboza hasta la sonrisa.


Armin Greder

Dejando a un lado la ironía, creo que el punto de partida no tiene la menor trascendencia: una fábula distópica llena de violencia junto a un problema de censura paternalista (lo de toda la vida). Sobre las distopías les recomiendo a otros especialistas (si es que me consideran dentro de esa categoría) y para reflexionar sobre la censura les recuerdo ESTE POST. 
Lo verdaderamente complejo del asunto viene cuando estos dos factores se mezclan con un tercero llamado la desinfantilización de la infancia, una cosa muy seria que se puede extrapolar a otras muchas facetas de la vida social y cultural, incluida la Literatura Infantil.


Shaun Tan

Como muchos sabrán, el concepto de infancia ha variado a lo largo de la Historia, sobre todo en lo que se refiere al aspecto social, algo a tener muy en cuenta en este debate sobre espectadores y calamares que hoy nos ocupa. Así definimos tres tipos de niño a lo largo de los siglos:
- El niño premoderno (por ejemplo el del medievo) compartía con el adulto actividades productivas, educativas, lúdicas y sociales. No se volcaban en él sentimientos diferentes a los de un adulto ni se le velaban aspectos importantes de lo cotidiano, como por ejemplo el sexo o la muerte (lean ESTE OTRO POST).
- El niño moderno, ese que nace a partir del siglo XVII, pasa a ser dependiente de un proceso de crianza, tanto maternal (algo que Ariés en 1962 define como “mignotage”), como escolar (la escuela, ese territorio educativo ad-hoc). También juega y se divierte mucho más, no participa del mundo laboral hasta estar crecidito, solo conoce una parte de la realidad, y se le presuponen sentimientos diferentes a los del adulto.
- El niño posmoderno se moldea por los cambios que acontecen durante los siglos XX y XXI. Más independiente y solitario, gestiona parcelas de su propia crianza, se enfrenta a sentimientos más complejos, ya no juega ni se divierte de la misma manera, sigue sin trabajar, se forma de manera perpetua y tiene "toda" la realidad a su alcance (N.B.: pueden echar un ojo a los trabajos de Postman o Nadorowski en la bibliografía).


Edward Gorey

Sí, amigos, la inocencia, la necesidad de cuidado o la fragilidad, ya no sostienen al niño. Los cambios en la institución familiar, la incorporación de la mujer al mundo laboral, la estructura tentacular de la escuela como medio de poder estatal y familiar, los avances tecnológicos, el libre acceso a la información, la omnipresencia de las redes sociales, o la disfuncionalidad en las relaciones humanas, han propiciado un nuevo escenario para el desarrollo de niños diferentes a los que conocíamos.
Fíjense. Somos tan buena gente y estamos tan preocupados por ellos, que queremos darles clases magistrales sobre identidad de género, ecologismo, consentimiento, racismo,  inteligencia emocional y hasta de indigenismo, pero eso sí ¡Nada de violencia, sexo, drogas o punk! (sobre todo si es explícito, que algunos no saben leer entre líneas). ¡Uy qué lío! ¡Benditas paradojas! Tanta moral, tanta doctrina, tanta corrección política, tanta hostia. Empieza bien la cosa….
Con todo esto quiero decir que el mundo infantil y el adulto se encuentran cada día más cercanos. Hipersexualización, consumismo, depresión, ansiedad… Las fronteras se diluyen inexorablemente porque el proteccionismo es cada vez más difícil. Los niños son individualistas, carecen de referentes tangibles, viven aislados real pero no potencialmente (¡tablets y ordenadores que no falten!), o se pasan el día en aulas matinales y clases extraescolares. El niño actual, el autónomo-autómata, necesita aferrarse instintivamente a su propia supervivencia en un tiempo y espacio cada vez más hostiles para esa idea dieciochesca que poco a poco se va esfumando.


Maurice Sendak

Con este panorama, ¿de qué quieren protegerlos? ¿De qué se extrañan? Lo raro es que no vean Funny Games, A Serbian Film, La gran bacanal o Nekromantik, una buena tanda de películas con las que muchos de ustedes se cagarían de miedo.
“Ay, Román, pero ayúdanos, ¿en qué quedamos? ¿Son niños los niños? ¿Queremos que lo sigan siendo? ¿Sí o no a este juego de moluscos?” Queridos, ustedes verán lo que hacen con sus hijos, que ya son mayorcitos. Yo les informo de la realidad por si la habían olvidado o simplemente tenían los ojos vendados. A mí, lo único que me aterra es saber que hay niños tan despiertos como para entender la citada serie... 

*Nota: La viñeta de portada es propiedad de @tutorporsorpresa (Jaume Font) y el resto de las ilustraciones pertenecen a reconocidas obras de la Literatura Infantil donde la violencia también habla.

Bibliografía

Ariés, Philippe. 1987. El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen. Madrid, Taurus.
Nadorowski, Mariano. 1994. Infancia y poder. La conformación de la pedagogía moderna. Buenos Aires: Aique.
Postman, Neil. 1988. La desaparición de la niñez. Barcelona: Círculo de Lectores.

Y para los que sepan inglés, una revisión crítica de todos estos temas con bibliografía actualizada:
Meynert, Mariam. 2013. Conceptualizations of childhood, pedagogy and educational research in the postmodern: A critical interpretation. Lund University.

miércoles, 13 de octubre de 2021

Universalidad literaria


Alejado del mundanal ruido en ese reducto campestre donde mi familia descansa y engulle todo lo que pilla durante los fines de semana veraniegos, puedo tomar una distancia prudencial en lo que a la actualidad se refiere y reflexionar sobre esto, aquello o lo de más allá. Hoy le ha tocado a la llamada universalidad literaria.
Me gustan las personas y, aunque empiece a percatarme de que cada día que pasa, me resulten más homogéneas, siempre hay momentos de la vida en los que encuentro mucha inspiración en unos y otros, pues de algún modo, hay algo desconocido que todos compartimos y con lo que nos identificamos.


Si no me creen, les pongo un ejemplo de esta impepinable realidad: siempre me ha llamado la atención, que lectores o no, la mayor parte de los seres humanos que me rodean no permanecen impasibles ante un buen libro. Da igual su procedencia, su estrato social, su nivel cultural, su condición sexual o su edad. Todos ellos se ven reflejados en las palabras que recoge.


¿Y cómo es posible si esa historia puede desarrollarse en un contexto geográfico diferente al nuestro, haber sido escrita hace tres siglos, o ser pura ficción? Se debe a que el creador ha indagado en la naturaleza humana mientras producía su obra. Esa búsqueda de lo esencial y primigenio desde un análisis y actitud no fragmentaria de los sujetos, conlleva a construir una imagen fehaciente de nuestra condición. Es lo que posibilita que cualquier producción artística de cierta categoría no tenga fecha de caducidad y siga vigente a pesar del marco espacio-temporal en el que se desarrolle.


Quizá por eso la mayor fuente de inspiración de los escritores es lo diario, lo cotidiano. El mundo, un caldo con los más variados aromas y sabores, ese vivero en el que germinan tantas y buenas historias que siempre guardan una extraña conexión con unos y con otros por muy extrañas, impactantes, truculentas y exóticas que nos parezcan.


Así llego hasta Pequeñas historias, una colección de viñetas que Miguel Tanco ha ido realizando durante los últimos tiempos en su perfil de Instagram y que Gema Sirvent y la editorial Libre Albedrío han recogido en un único volumen, el primero, prometen, de una serie que tiene mucho de esa universalidad que hoy me ocupa.
No es para menos teniendo en cuenta que el autor español afincado en Italia nos hace llegar un conjunto de pequeñas vivencias y detalles de la vida cotidiana, en las que podemos ver el reflejo de cualquier niño e incluso de nosotros mismos. La infancia está llena de aventuras imaginadas, de paradojas divertidas, poéticas y descaradas; más de las que nos imaginamos.


Invitándoles a que buceen por las páginas de este libro (que yo hubiera hecho de un tamaño algo menor) y que esbocen unas cuantas sonrisas y alguna que otra carcajada, les dejo. Me voy al parque a recoger momentos con los que regar las ideas.
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