viernes, 20 de abril de 2018

Libros exquisitos que marcan un punto y aparte.



A veces te topas con libros tan hermosos que crees enloquecer. No sólo porque los versos son como el agua, clara a veces, otras calmada, quizás juguetona, o puede que templada. También te gusta como se mueven sus páginas tachonadas de la risa dulce, del viento ágil. Te fijas al mismo tiempo en el sol de su portada, en el día que en su guarda empieza y la tarde que se pone en la contraguarda. Y con todo y su música, crees volar como los pájaros que allá, en el infinito, puntean el mundo una y otra vez.

¿Qué es eso que llamamos
tan simplemente un punto?

Del universo entero
es un planeta,
un pequeño tornillo en
la bicicleta.

En la playa es un solo
grano de arena,
mar adentro es el lomo
de una ballena.

Muy de cerca, una hormiga
con su alimento,
lejos, un elefante
en movimiento.

Desde abajo ¿es un globo
que busca el cielo
o un avión que en el aire
remonta el vuelo?

A la mesa es un hoyo
en el salero,
calle abajo es un calvo
sin su sombrero.

En mi frente, está claro
es un lunar,
y es un signo en el verso
al terminar.

Felipe Munita.
Un punto.
En: Diez pájaros en mi ventana.
Ilustraciones de Raquel Echenique.
2017. Caracas: Ekaré.




jueves, 19 de abril de 2018

Aventuras para aprender



Hoy me llevo a los alumnos de parranda, un sinónimo que ellos utilizan a la hora de referirse a alguna visita institucional o salida al campo. Y si hace un día como hoy, la jarana se eleva a ene, no sólo porque se sienten más libres que cervatillos (eso de estar en el aula, es contraproducente a su naturaleza de adolescentes saltarines), sino porque este calorcete eleva el nivel de hormonas en sangre y el asunto se enfervoriza aún más.


Siempre he dicho que los alumnos aprenden más fuera que dentro de los centros educativos. Se topan con muchas realidades que de otra manera sería imposible, entran en contacto con una naturaleza que les recibe de lleno, desarrollan otras formas de aprendizaje y se establecen otros vínculos con iguales -y diferentes, que un servidor tiene poco de crío- que les hacen crecer. Lo sé y creo en ello de manera fehaciente. El laboratorio y los parajes de España fueron las aulas de mi enseñanza universitaria, y ha pasado a ser algo que fomento desde bien temprano en esta profesión donde abundan los docentes estáticos.


Es esa obligación de enfrentarse al mundo la que nos capacita como seres vivos. Rodearnos de lo desconocido y ponerle cara a lo teórico son destrezas que debemos potenciar en un mundo cada vez más individualista, cada vez más egoísta, a pesar de redes sociales y otras relaciones bastante ficticias. El yo y el resto deben convivir (o al menos intentarlo), y es una razón por la que los maestros, los padres, seguimos siendo imprescindibles. Empujar es nuestra tarea. No les diré si suavemente o de forma brusca, ni si debemos hacerlo con una sonrisa o imponiendo nuestra ley, si en masa o uno por uno, pero hay que hacerlo, queramos o no.


Y así llego a uno de los libros más hermosos de los últimos años, El gran gris, otro de esos álbumes deliciosos a los que nos tiene acostumbrado Jörg Müller (ya saben, el de El soldadito de plomo), esta vez junto a la prosa de Jörg Steiner, y que fue publicado por primera vez por Lóguez en 2004. Es un libro sobrio y elegante, bastante formal diría yo, pero con una fuerza narrativa exquisita, no sólo por una estructura en la que se aúnan recursos propios del cómic y diferentes altibajos rítmicos, sino por esa historia intergeneracional en la que me siento identificado cada vez que me toca alternar más de una hora seguida con mis alumnos de los que siempre aprendemos uno y otros.


En su discurso sobre elecciones y libertad que puede dar para mucho por todas las capas discursivas que entraña, dos conejos coinciden en un mundo natural lleno de vicisitudes. Las escenas se suceden, unas veces a doble página, otras a modo de viñetas sin calles, e incluso verticales, elaboran una historia en la que unas veces te detienes a contemplar y otras sientes el vértigo de una acción enmarcada en bellos paisajes que recuerdan a los bosques de la pintura flamenca.


Un libro hermoso y diferente en el que Müller utiliza composición y luz de una forma magistral (la imagen de la tapa en la que la luna llena ilumina a los protagonistas en mitad de la noche es muy cautivadora) que nos acerca de nuevo a un universo donde la perspectiva cinematográfica es más que patente, y es suficiente para decirles que están invitados a este viaje iniciático aderezado con aventura y aprendizaje.

martes, 17 de abril de 2018

De lista-maníacos



El otro día me comentaba cierto responsable editorial que prefería mis reseñas a mis selecciones temáticas. Que a él, como miembro de una casa editorial, le eran más útiles ciertos detalles técnicos o discursivos que listados de títulos con algún punto en común. Un rato después una seguidora me escribió un mensaje agradeciéndome esos mismos listados ya que le ahorraban mucho tiempo y eran muy prácticos a la hora de organizar exposiciones temáticas sobre este tema u otro. Me resultó curioso que en un breve lapso de tiempo hubieran coincidido dos opiniones antagónicas sobre los listados temáticos. Así que hoy la cosa va de listas...


Si les soy sincero les diré que disfruto mucho más elaborando reseñas o hurgando en coincidencias menos evidentes de los libros infantiles, que elaborando listas de libros sobre música, sexualidad o sobre Caperucitas Rojas. Esto se debe principalmente a que la tarea de búsqueda de información es más monótona y no me deja dar tanta rienda suelta a mi parte más creativa e inquisitiva (excepto cuando encuentro algo jugoso sobre lo que indagar... je, je, je). Me gusta investigar, analizar y sorprenderme y la mayoría de los listados no dejan de ser herramientas sistemáticas y bibliográficas.


Por otro lado también me gustaría decir que hay listados bibliográficos y “listados bibliográficos” ya que si algo tiene la taxonomía, es que depende de los diferentes criterios que se esgriman para llevarla a cabo. No es lo mismo un listado de una institución seria en la que suelen trabajar especialistas con un vasto conocimiento del área a tratar, que otro que haya elaborado Perico el de los Palotes (¿O quizá sea al revés? Hay veces que no se cumple esta regla... ji, ji, ji).


No les voy a negar que en las listas se pueden condensar muchas características de las obras literarias ya que parten de un ejercicio sintético que ayuda a poner en valor ciertos títulos, de equilibrar esa balanza en la que nos solemos fijar los lectores a la hora de caer rendidos ante sus páginas. “Los cien mejores de todos los tiempos”, “Los 25 peores libros del año”, “Mil tesoros ilustrados”... ¿Acaso no les sugieren muchas cosas? ¿Hacemos una porra a la hora de las coincidencias?


Es cierto que hay muchos listamaniacos que gustan de casillas, cajones, etiquetas y listados. También hay otros tantos que prefieren poner desorden en el orden y dejar que todo fluya según los dictados de lo anárquico, pero si quieren encontrar un libro en una biblioteca lo mejor es ordenarlo según un criterio útil y claro (les sugiero que se dejen de temáticas, tamaños o colores y opten por el orden alfabético del apellido del primer autor).


¡Por cierto! Y hablando de adictos a las listas... les traigo Los Liszt (¡bonito juego de palabras!), un álbum de la escritora norteamericana Kyo Maclear y la ilustradora española Júlia Sardà (editorial Impedimenta), que nos cuenta la historia de los miembros de una familia que comparten la afición de elaborar listas de todo tipo. De la compra, sobre insectos, futbolistas, preguntas curiosas... Se dedican a esta tarea a todas horas, excepto los domingos. Pero un día alguien abre una puerta a lo fortuito y un extraño entrará por ella. ¿Quién será ese extranjero que no está en ninguna lista? ¿Será añadido a alguna lista? Merece la pena saberlo, sobre todo si les gustan las listas...


lunes, 16 de abril de 2018

Adiós a Felipe Zayas y un par de libros sobre la muerte




Ayer murió Felipe Zayas. Aunque muchos dirán que queda un vacío irreparable en el ámbito de la enseñanza de la lengua y literatura castellanas, un servidor prefiere acordarse del Algo de Andersen, un cuento que habla de los aportes que cada individuo, desde su humilde o no tan humilde posición, hace a la sociedad. Es así como pienso en Felipe Zayas y los muchos lugares que llenó... La didáctica de la lengua, la lectura, el amor por lo literario y su relación con las nuevas tecnologías, temas tradicionales o sinergias sobre las que nadie había posado su mirada antes, fueron los campos que cultivó con esmero y profusión. Todo ello me lleva a concluir que, si hay una forma de presentar honores ante este maestro, lingüista y pionero como él, es la de leer sus producciones que, aunque disienta con ellas en algunos aspectos, son ese “algo” que habla de un trabajo bien hecho y constante.


Quizá a muchos de ustedes esta postura no les parezca del todo correcta, sobre todo porque se aleja de nuestros estereotipos y preconcepciones que de la muerte tenemos. Pero les recuerdo que, como bien he dicho, esos estereotipos y preconcepciones se encuentran sujetos a unas reglas no escritas en las que la sociedad mucho tiene que decir y que se adscriben a dos de sus esferas: la religiosa y la folclórica.


Para hablar de la religiosidad y su relación discursiva referida a la pérdida de un allegado, fondeo en un libro que llevaba tiempo en el bloc de notas, Más allá de Silvia y David Fernández e ilustraciones de Mercè López (editorial Pastel de Luna), un libro que, desde un tono informal y sin adoctrinamientos, nos acerca a las miradas que diferentes religiones ofrecen de la muerte a través de las conversaciones que mantienen sus protagonistas, unos animales que trabajan en el circo Galaxia (este simbolismo tiene un cariz muy interesante que me recuerda a Calderón en lo que a lo teatral de la vida se refiere) donde el riesgo es el pan de cada día.


Sobre el folclore que embebe los ritos funerarios, me detengo en El pájaro muerto una historia ya clásica de Margaret Wise Brown que Christian Robinson ha ilustrado magistralmente para esta ocasión (editorial Corimbo). No debe resultarnos extraño el contemplar como un grupo de niños llevan a cabo (quizá podríamos usar el verbo dramatizar en referencia a la teatralidad de la que habla la microsociología) un funeral solemne para enterrar un pajarillo. Los vericuetos culturales, la fusión de los ritos religiosos y paganos, nuestras emociones y sentimientos, participan en un espectáculo con el que se pretende presentar los respetos ante el fallecido, al mismo tiempo que ayudan a canalizar un duelo en el que no sólo hay dolor, sino también soledad, dicha, respeto, culpa, extrañeza, añoranza o incluso humor, que ayudan a re-confortarnos y re-equilibrarnos.


Creo que las despedidas tienen luz y tinieblas. Es así como despedirá el día a Felipe Zayas, con los rayos de la primavera abriéndose camino entre las nubes del invierno.


viernes, 13 de abril de 2018

¿Libertad? ¿Fraternidad?... ¡Posverdad!



Antes se llamaba mentira, ahora posverdad. El caso es que, llámese como se llame, sigue siendo el mejor arma para dejar en entredicho a cualquiera que estire un poco el cuello. Políticos, directores, compañeros de trabajo, vecinos, familiares... nadie está exento de ver manipulados sus hechos y palabras en pro de otros más avispados que dejan a la altura del betún a cualquiera que intente hacerles sombra. Se lo dice este bocazas servidor, víctima de mamporreros piojosos y otros carroñeros arribistas... Así que cuidadito con lo que dicen o hacen ¡No se crean nada de los que predican libertad y fraternidad! Siempre son los mismos puntillosos quienes empiezan a tirar de una costura mal cosida y acaban sacándonos los colores, en loor de su propia gloria, que es la que al fin y al cabo les importa...

Candombe de las tortugas,
candombe ya va a empezar,
tortugueando, tortugueando
¡cuánto tardan en llegar!
Desde la blanca bahía
con grandes mochilas van,
llevan su casita a cuestas
sin prisa al caminar.

La tortuguita joven
se la llama Libertad.
A la tortuga abuela
le dicen Fraternidad.
Hace ya bastante tiempo,
casi no recuerdo ya,
van buscando un camino
que no pueden encontrar.

[…]

Maryta Berenguer.
Candombe de las tortugas.
En: ¡Esto que te cuento no es un cuento!
Ilustraciones de Miranda Rivadeneira.
2015. Buenos Aires: Kirikoketa.




jueves, 12 de abril de 2018

Pisando charcos agradables



Este año parece que eso de “Abril, aguas mil”, un refrán del que parecía que nos habíamos olvidado, se va a cumplir a la perfección. Excepto en el sureste peninsular, parece que el agua aflora por todos lados. Cunetas, torrentes, manantiales, ramblas y lagunas endorreicas llenas. Entre el deshielo y lo que sigue cayendo, parece ser que al menos, durante este año, no nos faltará agua.
Pero ya saben que nunca llueve a gusto de todos y mientras que unos agradecen sobremanera las abundantes precipitaciones, otros están hasta el fandango de cielos encapotados. Mientras que los agricultores del sur peninsular están dando saltos de alegría (¡Esto era un secarral!), los hosteleros de la cornisa cantábrica están a pique del llanto...


Yo no sé muy bien en qué grupo incluirme, más que nada porque los del sur empezamos a echar de menos el calorcete primaveral, ese al que nos habíamos acostumbrado durante los últimos años. No crean que no estoy contento con este regalo de los hados que tan bien riega nuestros campos, pero no estaría nada mal que, entre chaparrón y chaparrón, pudiéramos echarnos una cañita al sol.
Aunque lo nuestro es quejarnos (ya saben..., llueva o haga frío, viento o calor), hay que ser conscientes de que los días grises y desapacibles nos confinan bajo techo y entre cuatro paredes. Si hablamos de personas caseras, el plan es estupendo, pero si se trata de almas callejeras, la cosa se pone turbia, no sólo por la escasez de colecalciferol o Vitamina D3 (ya saben que necesitamos de los rayos del sol para transformar el colesterol en este producto valiosísimo para nuestra absorción intestinal), sino para la buena marcha de nuestra salud anímica y mental.


Es por ello que, teniendo en cuenta que se avecina todavía más agua, a todos los que como yo sienten verdadera pasión por formar parte del mobiliario urbano, les recomiendo que, además de estoicismo, se aprovisionen de buen humor, o en su defecto lugares alternativos (salas de cine, bibliotecas, teatros o universidades populares) en los que ¿quién sabe? Encuentren alguien que les haga compañía, pues la lluvia, a pesar de sus maldades, también puede ser una excelente alcahueta.


Y si no, fíjense en Adèle, la protagonista de Rosa a pintitas, un libro para lectores sensibles y románticos (¡Por fin! ¡Se agradece algo bonito, ñoño y estereotipado!), ideado por Amèlie Callot y Geneviève Godbout (Me enternece ese toque vintage y atemporal de sus ilustraciones) y editado en castellano por Impedimenta. Sus ánimos quedan bajo mínimos cuando rompe a llover. El agua empieza a caer y todos se quedan en casa, y su negocio, “El delantal a pintitas” pierde afluencia. Se siente triste y sola, sin ganas de hacer nada. Adèle odia los días grises. Pero un día, alguien deja olvidadas unas botas de agua al lado del perchero, al día siguiente, un chubasquero, y otro, un paraguas. ¡Quién se los haya dejado olvidados ya no podrá pisar los charcos! Quizá sería buena idea que Adéle aprendiera a pisarlos y sacar algo bueno de todo esto, ¿no?... Y hasta aquí puedo leer, que lo mejor es el final... Je, je, je
Acostúmbrense a saltar sobre los charcos, a llenarse de barro, y encontrarán que la vida es juguetona como las gotas de lluvia que salpican la primavera...


miércoles, 11 de abril de 2018

Antes de soñar...



Llevo unas semanas durmiendo divinamente y estoy la mar de contento. Probablemente se debe a la llegada de la primavera, la temperatura es mucho más agradable y prescindimos de calefacción y mantas (les confieso que no soy partidario de los pestañazos a cuarenta grados). Resumiendo: que aunque hoy me voy a centrar en cuestiones científicas (e inofensivas) sobre el sueño, les advierto de que, cuando el Román duerme, agárrense los machos.


No sé si sabrán que dormir es una cuestión muy humana, no sólo porque es una de esas cosas que se disfrutan a manos llenas (rebozarse para un lado del colchón, rebozarse hacia el otro, y así algunos llegan las dos de la tarde y necesitan una grúa para elevarse), sino porque el resto de los animales descansan en forma de un estado conocido como vigilia, una especie de sueño alerta, similar al que sufren las mujeres tras el parto o aquellas personas con desórdenes en el ciclo del sueño.
El sueño es un proceso fisiológico complejo en el que intervienen una serie de neuronas específicas situadas en el encéfalo y cuya actividad repercute sobre el resto del organismo, es por ello que cuando tenemos una mala noche (o varias), el organismo se ve afectado en mayor o menor medida.


Aunque en el sueño se pueden definir multitud de etapas, la mayoría se reúnen en dos fases, la fase no REM y la fase REM (Si, como el grupo de música pop de los años 90, que tomaron su nombre de aquí, un acrónimo de “Rapid Eye Movement” o en castellano “movimiento rápido de ojos” ya que los globos oculares se mueven en las órbitas durante el sueño, un signo que pueden apreciar en sus hijos o compañeros de cama si ustedes son insomnes).
En la fase no REM se pueden distinguir varias etapas como la del adormecimiento, en la que los párpados se cierran, se producen sobresaltos y los espasmos mioclónicos (¿No han notado como se les mueve una pierna antes de quedarse fritos...? Pues eso) ya que es una fase inestable, después la del sueño ligero y la del sueño profundo. En todas ellas las ondas cerebrales son lentas y el tono muscular está bajo mínimos. Es una fase de descanso total en la que el organismo se repone de la actividad diaria.


En el otro ala del sueño encontramos la fase REM. También se le conoce como sueño paradójico, ya que, aunque no lo creamos, el cerebro se encuentra casi igual de activo que cuando está despierto. Es una fase de gran actividad donde las ondas cerebrales son rápidas y la actividad muscular es notable (de ahí los tirones nocturnos, las contracciones en los músculos faciales y las mandíbulas apretadas). En esta fase se producen las imágenes más o menos vívidas que conocemos como sueños, producciones arbitrarias, nunca desconocidas, y generalmente ilógicas que emergen de ese estado de excitación cerebral en cuya formación intervienen el hipocampo o el sistema límbico, regiones del encéfalo relacionadas con la creatividad. No olviden que un adulto tiene entre cuatro y siete sueños por noche de los cuales siempre se recuerda el último siempre y cuando despierten en un momento determinado (unos cinco-diez minutos después de tenerlo, aproximadamente). Todos los humanos soñamos excepto aquellos que roncan (el cerebro no hace dos cosas a la vez). Alrededor del 90% de los humanos soñamos en color y los ciegos de nacimiento también sueñan pero de otra forma (para que lo entiendan sería como leer una novela y un álbum sin palabras).


El sueño se puede ver alterado por trastornos fisiológicos, psicológicos o comportamentales. Es por ello que embarazadas, personas con gran actividad intelectual y en fase de crecimiento suelen tener más sueño. Sin embargo el insomnio puede aparecer por otras causas entre las que se cuentan el estrés, el desorden horario, el ejercicio intenso (¿quién dijo que muy cansado se dormía mejor?) la ansiedad, las conductas adictivas, la anorexia o la depresión (Si alguno lo padece, ¡acuda a su unidad de sueño más cercana!.)


Y hablando de sueños hemos llegado a uno de esos álbumes hermosos que tanto me gusta recomendar. Duermevela (no podía tener un nombre mejor) es un libro de Juan Muñoz-Tébar y Ramón Paris (editorial Ekaré) que se zambulle en el universo que antecede al descanso nocturno. Es así como mientras el texto nos acuna suavemente, pasamos las páginas y contemplamos cómo el candil de Elisa se va abriendo camino entre la espesura, no sólo del bosque tropical, sino de la oscuridad que se ciñe sobre los hombres, para encontrarse con un cielo tachonado de estrellas que, a modo de reflejo, la regresa de nuevo a la selva, a sus habitantes. Y así, Estebaldo y ella, caerán rendidos ante Morfeo en el mundo de Duermevela. Y nosotros, con ellos...


martes, 10 de abril de 2018

Olvidando las torrijas a base de fruta



Estoy más que harto de la gente que quiere abandonar el sobrepeso y se agencia toda una serie de vanas excusas... Que si su metabolismo ha cambiado durante los últimos años, que si no tienen tiempo de ir al gimnasio, que si el estrés les ha llevado a estados de ansiedad incorregibles, etc. El cabreo viene porque un servidor no sabe qué creerse, sobre todo cuando vamos a comer por ahí y los ves hinchándose a bebidas azucaradas, bollería procesada y un sinfín de alimentos hipercalóricos, aunque luego, en su hogar, expíen la culpa con queso bajo en sal, leche desnatada sin lactosa y embutidos de pavo.
Sí, amigos, abres los frigoríficos de medio país y, aunque están atestados de toda la gama de productos procesados, escasean potajes, lentejas, fruta y otros mojes. Así concluyo diciendo que no es un problema hormonal o de obesidad (que los hay y muy severos), sino simplemente dietético.


Desde que el mundo de los alimentos industriales llegó a nuestras vidas, los problemas de sobrepeso y otras enfermedades relacionadas con la ingesta de carbohidratos, como la diabetes mellitus, se han incrementado en las sociedades occidentales. No es que el aquí biólogo vaya a decir que estos productos sean venenosos como pregonan muchos gurús apocalípticos, sino que en muchos casos incorporan multitud de sacarosa, aceites saturados y espesantes (almidones de cereales y polisacáridos de algas), un exceso que, acompañado de un defecto proteico, vitamínico y de fibra alimentaria, propicia la acumulación de reservas energéticas en el organismo y nos lleva a pensar que pueblos y ciudades son en realidad granjas de engorde de no-sé-qué raza extraterrestre.


El secreto (no como la dieta del Alfon) parte de una preferencia sobre los productos naturales, ejercicio (no sólo el spinning o las pesas, que parece que las salas de musculación son el súmum del deporte) y hacerse de comer. Dejarse a un lado el filete de añojo y la lechuga y convertir la cocina en un santuario. Que si un guisao bien desgrasado, con sus patatas y sus alcachofas, unas lentejas (viudas, como las de mi madre), unos gazpachos con collejas (y hay que cogerlas), una simple tortilla de patatas (sin plástico que la recubra y con aceite de oliva, of course), ensalada diaria, lácteos nocturnos, un huevo frito por la mañana, agua (que hace la vista clara), vino o cerveza... Y fruta, fruta, mucha fruta. La que gusten. Pera, plátano, manzana, granada, melón, sandía o fresa. También albaricoques, melocotones o paraguayos, mangos, ciruelas o uvas. Y por supuesto, naranja valenciana.


Y con el jugo de la naranja (¿Sabían que si beben el zumo sin pulpa se ralentiza la digestión de la fructosa?), nuestro hesperidio (nombre científico que recibe este fruto) favorito, llegamos a un libro delicioso que, aunque venga de otras latitudes más frías, se impregna de nuestro sol mediterráneo y llena los bosques de abetos con el olor del azahar. Con sólo una naranja, El huevo del sol de Elsa Beskow (editorial ING), una de las damas de la ilustración y LIJ sueca, nos narra un cuento ya clásico (fue publicado por primera vez en 1932 y todavía sigue vigente... imaginen lo mucho que cala en los pequeños lectores...) que entre hadas, duendes y animales de los bosques boreales, del amor que los pueblos nórdicos profesan a nuestra tierra, sus frutos y el sol que nos baña. Una declaración de intenciones que toma forma gracias a un descuido y una visión infantil que se desborda en cada una de las bellas imágenes que configuran un álbum obligado en cualquier biblioteca.


viernes, 6 de abril de 2018

Deslenguado



Esta pascua ha dado para todo... Elefantes en mitad de la autovía y animalistas clamando el fin de todo los circos con animales (menos del suyo, claro), suegra y nuera sacándose los ojos (¡como si fuera novedad!), políticos esgrimiendo honestidad en defensa de la titulitis patria (me descojono... si yo hablara de la casta universitariaaa)... Menos mal que se acerca el fin de semana y podremos darle un descanso a la sin hueso, que entre la Massiel y un servidor no vamos a dejar títere con cabeza. Viejos o jóvenes, ¿qué más da? Me encantan los deslenguados. Todo sea porque algunos les dé un paro cardíaco a base de palabras, el mejor de los venenos contra la estupidez humana.

La lengua vive en la boca
como una almeja en su concha.

Si algo cae entre sus labios,
lo pule y lo saborea

como si fuera una idea
nacida de siete sabios.

Aunque sea una basura
que le ha herido el paladar,

la envuelve y no se apresura,
pues la paciencia es su cura
y su modo de sanar.

La entibia entre su saliva
-porque una idea está viva-;

le da tiempo, le da oriente
y un reflejo del poniente
con su tenue quemadura.

Pero no nos deja verla
hasta que está bien madura:
así de hermosa es su perla.

La lengua vive en la boca
como la almeja en su concha.

Esto es lo que ha hecho la lengua
tras los labios cerrados:

Una luna que no mengua
en la noche de la boca...

Tras los labios apretados,
una luna eterna, loca...

¿Por qué dicen que es de sabios
tener cerrados los labios?

¡Que los abra! ¡Que los abra!
Que le dé luz a su perla
para verla.

Que los abra
y dé luz a su palabra...

Francisco Segovia.
La lengua vive en la boca.
En: Hago de voz un cuerpo.
Selección de María Baranda.
Ilustraciones de Gabriel Pacheco.
2007. México D.F.: Fondo de Cultura Económica.



miércoles, 4 de abril de 2018

Un tratado sobre gatos sin gatos



Aprovechando la re-edición en castellano de Mi gato, el más bestia del mundo (o Mi gatito es el más bestia, como lo conocíamos antes por aquí) por parte de la editorial argentina Calibroscopio, creo que es un buen momento para elaborar un pequeño análisis de este libro del genio francés del álbum llamado Gilles Bachelet.


Sin duda este es el mejor libro sobre gatos que conozco, sobre todo porque un servidor siente verdadera animadversión por estos felinos y casualmente en él, no está protagonizado por ningún gato, sino por un elefante. Empezamos bien porque desde el momento cero (véase la portada) el autor utiliza la disyunción como una estrategia narrativa en la que el lector-espectador lee y observa cosas diferentes a lo largo de sus páginas, lo que aúpa lo paródico-irónico de este libro, que despertando el humor, afianza esta doble lectura.


Si además de estos tenemos en cuenta lo que aconteció cuando un amigo mío, gran amante de los gatos, le echó una ojeada a este libro por primera vez y me lo definió como un verdadero tratado sobre el comportamiento gatuno ya que en él se recogen gran cantidad de situaciones cotidianas que pueden observarse en los gatos doméstico, la cosa es para tirar fuegos artificiales.


Apuntar también al hecho de que este título podría encuadrarse (por hacer un símil con el mundo del espectáculo) en la comedia de situación ya que está vertebrado sobre “sketches”, una figura muy utilizada por este autor en otros títulos como Los cuentos entre bambalinas, y que en esta ocasión toma como unidad espacio-temporal la página sencilla como en La esposa del Conejo Blanco o El caballero impetuoso.


Ahondando un poco más en las escenas de este libro, encontramos toda una suerte de referencias, de detalles, que enriquecen la lectura gráfica de forma pasmosa. De entre todas ellas, sin menospreciar las restantes y para que se sumerjan desde su propia perspectiva en este álbum sensacional, sólo destripo tres...


En primer lugar me encanta la escena en la que aparece el esqueleto del elefante con un prominente gazapo: la fila de huesos que vertebra la trompa del elefante. El autor se concede el lujo de jugar con la naturaleza, incorporar a su antojo lo fantástico, dar vida a lo irreal y dialogar con el pequeño lector sobre lo imposible. (NOTA: Bachelet nos hubiera hecho un favor a los de ciencias incluyendo la osamenta de otros apéndices, por ejemplo los sexuales, pero eso quizá hubiese sido muy bizarro aunque bastante pedagógico, se lo digo yo que más de una vez le tengo que explicar a los adolescentes lo que es el báculo o hueso peneano).



Enlazando con este esqueleto imaginado y continuando con la escena de la página siguiente, vemos como Bachelet, por si el lector no se ha dado cuenta del gazapo, se lo explica utilizando el contenido de una carta ficticia que envía al responsable del Museo de Ciencias Naturales en la que apunta a que, respetando su criterio, no puede modificar la anterior ilustración ya que para ello necesitaría radiografíar al animal, un prueba muy costosa. Si a todo ello vemos las pisadas del “gato” sobre el escritorio y una ilustración donde el protagonista sigue haciendo de las suyas tenemos múltiples niveles narrativos en la misma escena (¡Y olé!).



Por último elijo la escena en la que se observan todas las obras que el artista ha pintado tomando como modelo a su querido gato. Aunque es un claro tributo a muchos de los artistas que Bachelet admira, también constituye una sala de museo en la que el espectador puede identificar numerosas obras del arte universal y conocerlas desde otra perspectiva (NOTA: Este es un recurso muy utilizado por muchísimos ilustradores y cuyo ejemplo más conocido es Willy el soñador de Anthony Browne). Si quieren saber cuáles son estas obras, o son aficionados al arte, juegan a identificarlas y no lo consiguen, sólo tienen que acercarse al Instagram de los monstruos y disfrutar de estos paralelismos/coincidencias entre ilustración y arte mayúsculo.
Y sin más, les dejo hasta otra, en la que prometo no hablar de gatos.



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...