jueves, 29 de septiembre de 2016

¿Es basura la Literatura Juvenil?


Todos sabrán que desde que el autor de literatura juvenil, Anthony McGowan afirmara que el 90% de la literatura juvenil es basura, se ha desatado un ciclón de opiniones en las redes sociales y otros ámbitos, que están de acuerdo con él o disienten diametralmente en estos términos. Y cómo no, este sitio tenía que hacerse eco (para una vez que no estoy en el ojo del huracán...) de tal revuelo... ¡Al tostadero!
Está claro que en cualquier entorno comercial que primen las ventas, como puede ser el del mundo editorial, no podemos generalizar en cuanto a la calidad de los productos ya que, a mayor número de títulos publicados, la probabilidad de basura editada aumenta considerablemente. Se podría decir que la calidad de la literatura juvenil es medianamente aceptable (dentro de la corrección), lo que no quiere decir que sean obras magistrales, con un lenguaje rico y bien pensado, el lirismo y belleza presupuestos, ni que transgredan o trasciendan...




Que una obra sea sinónima de ventas no quiere decir que sea excepcional, sino que conecta con los lectores por una u otra razón que no necesariamente debe ser literaria (se me ocurre citar la publicidad o las adaptaciones cinematográficas). También hay que hablar del paraíso paraliterario en el que se ha convertido la literatura juvenil, una especie de refugio de todo tipo de refritos y sagas fantásticas, románticas o futuristas que intentan afianzar vicios y costumbres de dudosa literatura. Y por último, tenemos el fenómeno de la literatura “crossover” o literatura a caballo entre la juvenil y la adulta, una que borra las fronteras definitorias del lector pero no deja de tener cierta intencionalidad comercial.




La literatura juvenil debería ser literatura de calidad si lo que queremos construir son lectores competentes, algo que deberíamos preguntarnos escritores, editores, familias, docentes o especialistas. El problema viene cuando, finalmente, en una tarea en la que están implicados muchos sectores, cada uno de estos da importancia a sus intereses particulares, y lo que debería traducirse en buenas intenciones se queda en agua de borrajas. Lo mejor y más práctico teniendo en cuenta el sistema capitalista que nos embebe, sería educar al público juvenil en la exigencia de calidad de sus productos de consumo, para que así pudiera elegir en consecuencia y no atiborrarse de paraliteratura.
Aunque a muchos les extrañara que en aquellas polémicas declaraciones saliera a relucir la gran influencia que las féminas tienen en el sector, tachando así a este señor de machista y misógino (¿Qué tendrá la especie humana que tanto gusta de las etiquetas?), hay que apuntar a que este dominio, no sólo como editoras o escritoras (es cierto que cada vez se hacen más de notar, algo que no encuentro negativo, más bien agradable mientras no se convierta en discriminación positiva que conlleve más poder del merecido), sino también como lectoras, se debe al proceso de emancipación patriarcal y la adquisición de estatus que a otra cosa (dadme información y cultura, y moveré el mundo...).






Como docente les diré que la lectura, cada vez más, queda relegada a ellas, a mis alumnas. Son pocos los varones que leen por placer; no sólo en las aulas, sino también fuera (Siéntense en la puerta de una biblioteca o librería durante una hora y contabilicen... Mientras que el número de mujeres lectoras aumenta, los hombres prefieren dedicar su tiempo de ocio a otras cuestiones menos literarias y más periodísticas). Esto es lo que lleva a que los contenidos de la literatura juvenil comercial (y por extensión de adultos) se dirija más al público femenino, esté repleto de clichés y contenidos clásicamente “rosas”. No obstante debo llamar la atención sobre que, en las nuevas generaciones, este cariz gusta por igual tanto a hombres, como a mujeres, prueba de que las diferencias de género son menos acusadas que hace décadas donde sí podría existir una dicotomía más patente (¡Algo bueno tendría que tener el futuro!).



Por último está el paso a la vida adulta como lectores, una transición en la que debe estar muy presente la tarea del mediador. Alguien que jamás ha estado en contacto con la literatura adulta (¡Y ojo! Que para un servidor, un cuento de Beshavis Singer puede ser tan adulto o más que Madame Bovary...) necesita enfrentarse a ésta desde una perspectiva próxima, tiene que llegar a ella a través de su propio reflejo, uno que a veces es imposible ver desde la quizá poco valorada mirada personal. Al joven hay que hacerle saber que su mundo, aunque envuelto en un celofán diferente, cambia poco respecto al de un adulto, algo que también se puede extrapolar a la anacronía del tiempo en el caso del canon de la literatura clásica... No estoy a favor de encasquetarle a un quinceañero El lazarillo de Tormes sin paliativos. Seguramente le resultará un tostón de tomo y lomo, y no habrá forma de convencerlo de lo contrario, pero si el mediador está informado, se deja seducir por los cambios del mundo y busca con esmero y pasión las conexiones que existen entre lo actual y lo clásico, otro lector juvenil es posible.







Que esta realidad de que la (para)literatura juvenil nos persigue, es un hecho impepinable (algo que siempre he pensado que tiene que ver con una imaginación hipodesarrollada en la niñez y con los hábitos y ejemplos escolares y familiares), pero no justifica que utilicemos novelitas que poco tienen de literario para inculcar un hábito que requiere esfuerzo como la lectura, ya que hay buena literatura juvenil que un joven puede sentir tan suya como la mala. Aunque existan casos en los que estas novelas pueden funcionar como puente transicional o rescatar del limbo acultural a los que yo llamo lectores perdidos, los libros juveniles más vendidos no necesariamente se relacionan con el hábito lector. Existen fórmulas igualmente válidas como los relatos, los cuentos, el álbum, la poesía o el ensayo para construir lectores maduros.
En definitiva, los buenos libros, llámense juveniles o infantiles, siempre abonan el terreno para los buenos lectores, la cuestión es dar con ellos...

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Pertenecer a un grupo


Que el hombre es un ser social queda más que claro en cualquier patio de recreo, unos lugares en los que los curiosos hacemos nuestro agosto mientras observamos qué tipo de relaciones se establecen entre unos y otros, las convenciones sociales necesarias para integrarse en grupúsculos de poder, cómo los de más allá no se relacionan con los de más acá, la inapelable decisión de los que se sienten especiales de no unirse a la inmensa vulgaridad, y, como siempre, esos omnipresentes desairados que se pasan las reglas del juego por el forro para entablar conversación con todos y ninguno (¡Qué voy a mi aire!).
Nos pueden parecer cosas de niños, pero la cuestión no es en absoluto baladí si tenemos presente que todos somos producto de estos momentos cotidianos de la infancia y la adolescencia. Que sí, que la personalidad humana se forja en estos primeros años a reventar de estímulos y descubrimientos (N.B.: ¡Que levante la mano todo aquel que no deje de bailar cuando suena algún "hit" de adolescencia!).


No tuerzan el morro. Es así como emergen las llamadas tribus urbanas, hordas de adolescentes que se pirran por los mismos grupos de música, estilismo similar e inclinaciones culturales parecidas (ya saben, los pijos van con los pijos, los nerds con los nerds, los jevis con los jevis, los modernos con los modernos, los bakalas con los bakalas, ¡y chimpún!). Al principio la cosa parece sencilla, pero cuanto más pasa el tiempo y aumentan las influencias, estas realidades añaden detalles minúsculos, adornos y florituras que se suman o restan a un corpus esencial pero cada vez más mutable (¡A Dios gracias). Vegetarianismo, camisas del cocodrilo, coches de alta gama, pilates y yoga, baloncesto, hip-hop, cantautores, Justin Bieber o Camarón, tascas o gastrobares, Podemos o Ciudadanos, ateismo, apostatas, pro-islamistas o católico apostólico romano, son adendas que nos hacen cada vez más complejos pero, al fin y al cabo, con parecidos razonables y plumaje fácilmente identificable.


En ese sentimiento de pertenencia a un grupo afín, en la capacidad innata para reconocer a los iguales, se basa la idea de El intruso, un álbum gráfico recién publicado por Libros del Zorro Rojo e ideado por Bastien Contraire. En cada doble página de este libro-juego (tiene muchas posibilidades en muchas direcciones) y/o "conversation piece”, se nos presenta una serie de objetos que tienen relación entre sí... ¿Todos? Todos no, hay uno distinto que, como en la vida misma, bien podemos señalar con el dedo o bien pensar en las razones por las que está ahí. Seguramente tendrá una bonita historia, será casualidad o puede deberse a que, en la regla, es la excepción, que siempre debe ser bienvenida sin moldes ni prejuicios.


martes, 27 de septiembre de 2016

Un paréntesis entre tanto niño


Existen dos tipos de padres. Aquellos que te topas cuando el verano roza su fin y te regalan un gesto de reproche mientras exclaman “¡Qué morro tienen los maestros! ¡Sin vacaciones que están...!” (algo que obvio con la mejor de mis sonrisas y sigo mi camino hacia las últimas tardes de piscina) y esos -los menos...- que con una mirada de conmiseración, te dicen a media voz “Cómo os admiro... ¡Más todavía cuando pienso que sólo aguanto a uno...!” (este tipo de comentarios sientan mucho mejor y uno empieza a flotar henchido de ego).


Lo cierto es que esto de los críos cansa un rato, más si cabe cuando pierdes la costumbre. Todavía recuerdo los comienzos en esta profesión. Griterío, algarabía y ruido, mucho ruido, capaces de alterar el sistema límbico de una tortuga. Si a ello añadimos que cada uno iba a su bola (la chonarda de turno pintándose las uñas, un chulazo y sus pavoneos de mandril, los embobaos asintiendo mientras no se enteraban de nada y varios guacamayos cotorreando eran mi día a día), el resultado era el típico telele de profesor primerizo.
Ahora mírenme, con un poquito de alegría, cuatro estrategias para captar su atención (y no precisamente las de César Bona, que tanto se tira el pisto... Cada vez que a este mediático desertor de la tiza se le desata la verborrea para vendernos sus libros, hiperventilo. Aprendo más ìnnovación educativa con Ru Paul y sus drags que con este cansalmas), un poco de orden y mucha -¡pero que mucha!- paciencia, soy capaz de explicarles cómo funciona un microscopio o que entiendan la deriva continental de Wegener.


A pesar de esta capacidad de abstracción que desarrollamos padres, docentes y otros bichos educadores, nunca viene mal un rato de desconexión, de silencio y tranquilidad, que los nenes, tuyos o postizos (en el fondo soy un sentimental), te pueden sacar de quicio. Este es el planteamiento que sirve a Jill Murphy para crear su Cinco minutos de paz (álbum recién publicado por Kalandraka en castellano pero con un dilatado éxito en el mundo anglosajón desde que se publicara en 1986) y ofrecer un ligero paréntesis a una madre elefante con la cabeza como un bombo por culpa de sus tres hijos. La pregunta es: ¿Lo conseguirá?... No sé muy bien si este álbum ilustrado es para hijos, para padres (N.B.: Como bien dice Esther Rodrigo, hay libros que están pensados para agradar a los padres y que de ahí salten a los hijos) o para toda la familia, pero el caso es que es el fiel reflejo de una situación que se repite en todos los hogares en los que viven esos locos bajitos.


miércoles, 21 de septiembre de 2016

Ideas para una biblioteca escolar en crisis


Quentin Blake

Aunque la biblioteca escolar siempre ha sido un espacio en crisis, la realidad económica que nos golpea durante estos últimos años ha llevado casi al borde de la extinción a muchas de ellas. Es por eso que, aprovechando el inicio del curso escolar, abro esta pancarta para, por un lado, hacer visible lo que acontece en muchos de estos espacios tan necesarios y, por otro, ofrecer algunas sugerencias e ideas que, si bien pueden tomarse como cuidados paliativos, quizás también ayuden a aupar estos espacios dentro de colegios e institutos. Sin más preámbulos, he aquí mi grano de arena para insuflar un poco de aire a las bibliotecas escolares, lugares en los viven los monstruos, esos que se pirran por el verbo LEER.


Isabelle Arsenault

Situación de partida. Unas pinceladas.

Todos sabemos las consecuencias que ha acarreado la crisis económica global, no sólo a nuestros hogares, sino a toda la sociedad. De entre las soluciones más viables, apretarse el cinturón es la más plausible, una decisión que conlleva a la escasez presupuestaria, un escollo a la hora de desarrollar multitud de planes y programas que desde las diferentes administraciones se habían puesto en funcionamiento antes del bache monetario. Esta falta de dinero ya no sólo afecta a los recursos materiales, muchos de ellos existentes y en buenas condiciones, sino también a los personales y humanos que hacían posibles unas acciones necesarias en la sociedad del bienestar. Pero… ¿cómo está afectando esta recesión económica a las bibliotecas escolares?
Aunque muchos docentes, padres y alumnos, piensan que, una vez que se ha dotado a la biblioteca escolar de nuevo material, se ha organizado temporalmente el uso de este, se han instalado recursos informáticos y se han programado una serie de actividades, este espacio se autogestiona por los siglos de los siglos (amén), hay que bajarlos de ese limbo optimista y hacerles partícipes de que sin una renovación del fondo bibliográfico, sin personal que atienda la biblioteca escolar y sin un contexto que permita la organización espaciotemporal, cualquier biblioteca escolar es crónica de una muerte anunciada.
De entre los problemas con los que muchos centros educativos se han encontrado estos últimos años, destacan:
- la escasez presupuestaria para la adquisición de fondo bibliotecario y de mobiliario, y para la realización de actividades complementarias,
- la escasez de espacio para hacer frente a nuevas adquisiciones,
- la escasez de personal para atender la biblioteca del centro,
- y la escasez de tiempo para paliar el resto de trabas.
¿Alguna idea para solventar estos tropezones...? ¡Empezamos!


Hanne Türk

Escasez de recursos: educación, imaginación y donación

Como bien reza el dicho, “A perro flaco, todo son pulgas”…, y entre nuestras flaquezas destaca la escasez de recursos (el pan de cada día…).
Bien porque las adquisiciones se realizan de forma periódica, bien porque se cuenta con pocos ejemplares de un mismo título (no olvidemos que las bibliotecas escolares deben realizar un servicio a su público), bien porque en su momento se consideró que debía primar la variedad y calidad de las obras frente a la cantidad, o bien porque algunos de estos lotes han quedado diezmados por las numerosas pérdidas o hurtos -N.B.: ¡Ojalá nos diese a todos por robar libros… y los leyésemos!-, muchos fondos de las bibliotecas han sido esquilmados o son poco diversos. Ante esta realidad se proponen diversas soluciones.
El primero es el de educar en el respeto por lo colectivo. Los alumnos deben saber, no sólo el dinero que cuestan los libros que se apilan sobre las estanterías, sino la procedencia del mismo, es decir, del bolsillo de todos los contribuyentes. Creo que uno de los mayores escollos de la Educación es la concienciación del alumnado sobre el esfuerzo que nos supone a todos el que ellos dispongan de recursos con los que formarse (otra cosa es utilizarlos…). Reposiciones por parte del alumnado y un exhaustivo control de la morosidad en los prestamos, supone una ardua tarea aunque necesaria, por lo que no hay que obviarla a la ligera. También pueden rebuscar en los departamentos y seminarios didácticos, lugares donde muchas veces están olvidadas decenas (por no decir cientos) de libros que pueden volver a circular entre los estudiantes. Una vez hecho esto ya nos podemos plantear las posibles compras o adquisiciones que dependen (¡¿cómo no?!) del presupuesto.


Peter H. Reynolds

Partidas presupuestarias las hay de todos los tipos: pequeñas, grandes, excesivas, innecesarias, realistas e imaginarias…, un hecho que condiciona la adquisición de nuevo fondo para la biblioteca escolar. Aunque todavía son muchos los centros educativos que, con presupuesto limitado, pueden comprar nuevos títulos, útiles y necesarios para la labor docente, hay otros que por una mala gestión o una insuficiente dotación presupuestaria no tienen ni para pipas (ríanse, es muy saludable…). A todos ellos les recomiendo una elevada dosis de ingenio (como a cualquier padre de familia), las rebajas, las ofertas editoriales, atesorar las colecciones de Literatura Universal que muchos rotativos “regalan” para captar nueva clientela, e incluso acudir al gigante de las compras “on-line”: Amazon (la Administración debería empezar a plantearse el facilitar a los centros el uso de estos lugares virtuales y las tarjetas de débito, ya que tanto aboga por lo virtual).
A pesar de que la donación no es una fórmula muy utilizada por los centros educativos para aumentar los fondos bibliotecarios, sí lo es del resto de bibliotecas públicas, muchas de ellas expertas en unas lides que pasan por aceptar las bibliotecas temáticas que algunos particulares ofrecen de manera altruista por diferentes motivos. Por ello, bibliotecarios escolares, ¡tomen nota! Realizar peticiones altruistas a personas físicas, editoriales o autores con los que los distintos centros han tenido relación en el pasado no es ninguna idea descabellada, sobre todo si tenemos en cuenta que los segundos siguen enriqueciéndose de los programas de gratuidad de libros de texto escolares y que los terceros han cobrado suculentas cantidades monetarias por realizar encuentros con alumnado durante las épocas de bonanza económica… Pese a sus caras de extrañeza les diré que me consta que son bastantes los escritores de Literatura Infantil y Juvenil que se han prestado a donar lotes de libros a centros educativos, así como casas editoriales que han remitido colecciones enteras para su disfrute entre los jóvenes lectores (ninguno de ambos gestos supone grandes pérdidas ya que aportan su grano de arena en la medida de sus posibilidades, a la par que ennoblecen). Es un acto solidario que da buena cuenta de que la humanidad está por encima de los intereses comerciales, que la responsabilidad de esta crisis es compartida, y que existe una concienciación social de las carencias que este yermo paisaje nos muestra.


Jean-Jacques Sempé

Espacios… Dándole vida a la biblioteca escolar

Como en cualquier otra biblioteca, una de las trabas con las que muchos responsables de planes de lectura y/o bibliotecas escolares se van topando durante los últimos años, es la escasez de espacio en la que ubicar nuevas adquisiciones, así como el deterioro del mobiliario existente.
Dentro de las bibliotecas escolares tenemos pequeñas bibliotecas de colegio o de I.E.S.O. con poca capacidad para el fondo, o por el contrario tenemos centros de Educación Secundaria donde se imparten Bachillerato y Ciclos Formativos Medios y Superiores, con bibliotecas provistas de obras de consulta específica. Si a ello añadimos que muchos (quizá demasiados) espacios bibliotecarios se han convertido con el paso de los años en grandes depósitos de libros en desuso, podríamos decir que el usuario, además de encontrar poco atractivo un cementerio de papel, queda abrumado frente a estanterías repletas de bibliografía técnica.
Y así llega la hora del expurgo. Un momento triste y compungido, pero necesario, que se puede realizar del siguiente modo:
En las bibliotecas del ámbito educativo hay que contar con todo el personal docente para eliminar aquellos volúmenes inservibles, por lo que se debe informar al claustro del centro que, debido a la falta de espacio, se llevará a cabo un expurgo, conminando a todo el profesorado a participar en la selección de éste dado que los criterios varían de unas materias a otras. Es así como se eliminan decenas de libros carentes de valor intelectual (libros de texto anticuados o publicaciones institucionales y periódicas) y otras ediciones con algún valor añadido.
¿Y después? ¿Qué hacemos con ellos?... Algunos pueden ubicarse en el espacio de las bibliotecas de aula, donde se supone que deberían tener más uso ya que ampliarían los recursos de los docentes y facilitarían el proceso-aprendizaje de las materias. Aquellos de cierto valor se destinarán al depósito de la biblioteca o a otros centros de interés, véanse museos, instituciones educativas o fundaciones encargadas de velar por el patrimonio escolar español. También podemos realizar donaciones a diferentes organizaciones no gubernamentales, asociaciones o particulares que necesiten ejemplares, bien para la lectura, la enseñanza o, porqué no, la realización de manualidades con papel. Conozco otros centros de enseñanza que han optado por regalar estos volúmenes en desuso a estudiantes desfavorecidos económicamente o a todos aquellos alumnos que necesiten material de estudio adicional (muchos son los alumnos del segundo curso de Bachillerato que necesitan libros de texto para complementar la preparación de las pruebas de acceso a la universidad). Son las rifas y mercadillos, las actividades que más éxito tienen en centros de educación especializada como Centros de Enseñanza de Personas Adultas y Escuelas de Idiomas, donde el perfil del estudiante es otro, ese que da un valor monetario a sus lecturas, aunque este sea simbólico, y ayuda de manera altruista a la adquisición de nuevos títulos que amplíen el fondo de la biblioteca o sirvan para otras causas.


Quint Buchholz

A esta situación de la biblioteca del centro debemos añadir la de las bibliotecas de aula, espacios reducidos en cada aula (muy abundantes en los colegios y no tanto en institutos) que engloban una serie de títulos para su uso dentro de la hora de lectura o con fines didácticos. Aunque en la Educación Primaria, más agradecida y controlada, tienen mucho sentido, es en la Secundaria donde escapan a cualquier control, terminando por estar cubiertos de polvo o desaparecer, unos fines que se alejaban mucho de las buenas prácticas y el disfrute de la Literatura, por lo que en muchos de estos centros se han eliminando estas mini-bibliotecas bienintencionadas. De este modo, los fondos que están en las aulas, retornan a la biblioteca del centro, estando más controlados y a disposición del resto de la comunidad educativa.
Aunque el mobiliario es importante a la hora de crear un ambiente propicio para la lectura y el estudio, puedo afirmar que jamás he visto una biblioteca escolar (excepto de nueva hornada) cuyo equipamiento sea enteramente adecuado, impecable y esté en perfecto estado de conservación, ya que la mayoría se nutren de restos, sobras y objetos en desuso, cosa que, por otro lado, no importa mientras cumplan su cometido. En lo que respecta al gusto estético, es un aspecto que depende enteramente del buen hacer del responsable, punto en el que confieso haber visto auténticas maravillas construidas sobre cajas de fruta, cartón o tablas recicladas.
Sin usuarios, una biblioteca bien dotada y preciosa, es NADA. Por ello, después de la puesta a punto, necesitamos “clientes”. Aunque muchos docentes creen que es difícil hacer que los alumnos la utilicen, la realidad es otra: sólo hay que crear una necesidad. Para ello hay que tener en cuenta la biblioteca, no sólo como lugar de castigo, sino como un espacio útil y/o de ocio. Si tenemos que realizar un trabajo en grupo con los alumnos, ¿por qué no llevarlo a cabo en la biblioteca e insuflarle así un soplo de vida?... Si programamos una actividad teatral, ¿por qué no se desarrolla en la biblioteca?… Las bibliotecas, además de templos llenos de quietud y saber, deben ser lugares cambiantes, nunca estáticos, que dentro de un orden, se encuentren en constante movimiento e interaccionen con toda la sociedad escolar.


Manon Gauthier

Colaboración entre entidades

Son muchos los Planes de Lectura que integran entre su repertorio de actuaciones, actividades de lectura conjunta o clubes de lectura que, bajo nombres tan variopintos como “Leyendo con los cinco sentidos”, “No leas que no te oigo”, “Padres leyendo” o “Libroforum”, aglutinan a estudiantes, familiares o profesores que leen un mismo título para comentarlo en todo el proceso de la lectura. Leer en grupo, una actividad generalmente opcional y voluntaria, suele realizarse de forma periódica, es decir, semanal, quincenal, mensual o trimestralmente, y en horario diurno o vespertino, y se puede acompañar de cine, teatro, música o incluso arte, la excusa para aglutinar gran disparidad de opiniones en torno a un libro y generar una mesa redonda donde se viertan todo tipo de sensaciones.
Seguramente la mayor parte de los centros piensan que estas actividades son muy costosas, pero… ¿por qué no se hace uso de los recursos existentes para desarrollarlas? ¿Por qué no buscar alternativas que minimicen el coste sin detrimento en la calidad de estas?... Para tal efecto se crearon los lotes de libros que existen en las redes de bibliotecas públicas estatales, autonómicas, provinciales y locales de nuestra geografía, un servicio al que se puede acceder tras institucionalizarse como “club de lectura” -que a fin de cuentas es lo que son- y solicitar el préstamo de aquellos lotes que interesen por un tiempo más que suficiente (alrededor de un mes). Por un lado hacemos uso de un servicio público sin más coste que el de los impuestos de todos (¡que ya es!), y por otro, podemos realizar una lectura individual pero conjunta durante un largo periodo de tiempo. Como valor añadido hemos de destacar la ganancia de espacio para aumentar la diversidad de títulos de la biblioteca del centro, ya que los lotes de libros, aunque contribuyen a la lectura colectiva, suponen una renuncia a la riqueza literaria, y por otro, la colaboración con otras entidades.


Komako Sakaï

Vecinos echando un cable

Durante los pasados años en los que la bonanza económica no sólo permitía hincharse de cerveza en los bares, darle un uso desorbitado al plástico de nuestra cuenta corriente y llenar las bibliotecas escolares (decida cada cuál lo más provechoso…), también había presupuesto para realizar actividades paralelas a la lectura y que ayudaran a afianzar ese amor por los libros. Como ejemplo podríamos citar los encuentros con autores, obras de teatro originales o adaptadas, recitales de poesía, contadores de historias y cuentacuentos de toda condición, conciertos y charlas, conferencias o seminarios.
Aunque nadie duda de la valía de todas estas actividades para incentivar, desarrollar y mantener el gusto por la lectura, si es cierto que todas ellas tenían un coste mayor o menor dependiendo de quién las llevase a cabo y cómo se desarrollaran, un lujo que hoy día es impensable para centros modestos, sobre todo los pequeños centros del ámbito rural que en muchos casos dependían de los presupuestos de los centros de profesores (CEP) o los centros de recursos y apoyo a la escuela rural (CRAER). Es por ello que debemos agudizar el ingenio para complementar la tarea de la lectura de un modo activo y participativo… Y han vuelto a renacer los concursos literarios y los grupos de teatro escolares (¿dónde se habían escondido todos los aficionados?), y han vuelto a acudir a las escuelas los autores locales y los familiares… Se oye como muchos abuelos se ofrecen a contar viejos recuerdos, como un conocido de otro conocido va a declamar sus poesías consonantes, o como la vecina del quinto se ofrece a preparar chocolate el Día del Libro, unas acciones que no se deben despreciar por el mero hecho de no ir avaladas por un “ranking” de ventas, por cualquier universidad, o incluso por el partido político de turno.
Aunque destellos de la vieja escuela, de esa que todos hacíamos porque sí, se escapan por las rendijas de la nueva, todavía queda mucho camino por andar, un recorrido en el que cualquier ciudadano que tenga algo que ofrecer puede participar.


Patricia Metola

Tiempo, bendito tesoro

Aunque la imaginación depende de nuestra propia naturaleza, el tiempo, aunque finito, es directamente proporcional a nuestra voluntad, que como bien decía Ramón y Cajal, es lo único verdaderamente divino en nosotros.
A pesar del aumento generalizado de horas lectivas, a los docentes en nuestro país, siempre les quedan resquicios en los que realizar otras actividades que, aunque no estén relacionadas directamente con la labor docente del currículo, sí pueden estarlo indirectamente, y para la tranquilidad de algunos, no me refiero a desempolvar libros (que también…). Si tenemos que redactar un examen, ¿por qué no hacerlo en la biblioteca del centro en vez de en cualquier despacho y dar la oportunidad a algunos estudiantes de utilizarla?... Si tenemos que leer algún documento, cualquier libro ¿por qué no hacerlo en clase y de paso dar un ejemplo tan necesario a nuestros estudiantes?... No sólo debe ser el encargado de la biblioteca escolar o aquellos docentes con guardias en dicha ubicación los únicos que se preocupen por ella por el mero hecho de tener asignado en su horario un periodo de tiempo para tal efecto, sino que todo el mundo, incluidos padres o alumnos (¿acaso les hemos preguntado?), puede participar en su buen funcionamiento
El maestro, el profesor que verdaderamente lo es, no se esconde bajo un barniz de comodidad y arribismo intelectual, sino que debe hacer frente a los problemas con entrega vocacional y prestar unos minutos a diferentes causas, llámense estas familias desestructuradas, zoquetes de remate o planes de lectura.


Chih-Yuan Chen

En definitiva…

Son muchos los docentes que creen en la biblioteca escolar, como un espacio donde se puede leer, aprender y relacionarse, pero para ello, necesita seguir vivo.
Siendo conscientes, no sólo del victimismo que la situación económica actual está implantando en la sociedad (a veces tan innecesario, otras dramático), sino de nuestra responsabilidad laboral, debemos aupar el ánimo y activar la imaginación, para idear soluciones prácticas, factibles y baratas, que nos permitan salir a flote, no sólo por continuar con el trabajo que en su día iniciamos con los planes lectores, sino por fertilizar lo que consideramos el futuro: nuestros estudiantes.


Maurice Sendak

*Nota: Este artículo fue publicado originalmente en el número 33 de la revista Mi Biblioteca: La revista del mundo bibliotecario, llevando por título ¡Plantándole cara a la crisis! Imaginación, voluntad y lectura, ocupando las páginas 36 a 42 de la misma.

martes, 20 de septiembre de 2016

Maestros, ¿quién dijo miedo?


Durante los primeros días de clase -sobre todo en cursos escolares como este en el que no conozco a ningún alumno de antemano- y mientras contemplo su semblante (el producto del cansancio, la extrañeza, la evasión y la novedad), me suelo preguntar a mí mismo “¿Qué pijo pensarán de un servidor?” Respiro hondo y sigo explicando los componentes de la sangre, esa que, parece ser, no corre por sus venas (¡Qué lánguidos son!). Seguramente, tras unos meses en los que alguna salida de campo y otras risas les suelte la lengua, tengan a bien confesarse y decir a los cuatro vientos y sin una pizca de pudor (tiemblo) las primeras impresiones que tenían al respecto, no sólo de mí, sino del resto de mis compañeros, que unas veces son de esperar y otras te dejan boquiabierto (ustedes denles cuerda y verán...).


Es cierto que entre profesor y alumnos siempre se levanta un muro, propiciado quizá por la edad (aunque no siempre... les podría nombrar a algunos compañeros talluditos que levantan pasiones entre la estudiantina) y la ubicación dentro del aula (esto de la pizarra y la silla con apoyabrazos da cierta respetabilidad), pero también hay que apuntar a que la percepción que muchos niños y jóvenes tienen sobre los docentes está cambiando a pasos agigantados, algo que a veces no redunda de manera positiva sobre el progreso académico pero que implica cierta cercanía a la hora de entender y enfrentarse a sus problemas.


Son muchos los factores que han propiciado estos cambios (la laxitud con la que nos tomamos las relaciones personales, los cambios sociales sobre la familia, el pobre reconocimiento de la labor del enseñante, la degradación cultural en base a la bonanza económica de tiempos pasados, etc.) que no sé si irán en detrimento de una enseñanza de calidad (mientras aquí abogamos por la cercanía con el alumnado, los franceses, que se prodigan mucha “liberté”, siguen llamando a sus profes de “usted” por ley), pero es cierto que, a pesar de que muchas veces las fronteras entre educación y respeto son bastantes confusas (corrección, chicos, un poco de corrección...), la mejor opción pasa por ponernos en el lugar del otro (estudiantes y profesores y viceversa) y conversar de intereses, emociones y puntos de vista (mucho y bien) para aupar el ambiente cordial en los centros de enseñanza.


Muten estas realidades o no, el caso es que siguen existiendo niños como el protagonista de ¡Mi maestra es un monstruo!, el último álbum ilustrado del estudio de Peter Brown (editorial Océano-Travesía) que sienten poca afinidad por sus maestros. Aunque el libro en cuestión se basa en la relación pupilo-profesora y explora los miedos infundados de los niños, su temor hacia la institución escolar y sus normas desde el siempre agradable punto de vista humorístico del autor, no deja de ser un alegato en pro de los docentes con buenas intenciones y su capacidad para exteriorizar el lado cálido, amable y humano que tiene la Escuela... ¡Que no somos monstruos, odo!

lunes, 19 de septiembre de 2016

Empezando el curso sin mirar atrás


Mediados de septiembre. El verano ya toca su fin (¿suspiro o resoplo?). Descanso y feria (sobre todo la feria) han terminado, y la rutina se instala poco a poco en la vida de un cuerpo que está más preparado para irse a un buen balneario que para ponerse a guerrear en el aula. Espero que ustedes hayan cargado las pilas, porque un servidor está hecho escombros...


No obstante, hay que poner la mejor de las sonrisas y mirar hacia delante, hacia los meses que nos vienen y lo que nos queda por hacer, ver y sentir (o no...). Pero antes de internarse en el otoño (si es que llega... ¡Qué escéptico ando hoy!) les recomiendo que no se dejen muchas cosas en el tintero, no sea que se lastren a otro tiempo ya olvidado... Eso sí, aunque sea partidario de pasar página (nunca mejor dicho, tratándose este de un blog ¿literario?), siempre podemos volver y releer alguna que otra frase, retomar palabras en otros significados e inspirarse en proyectos apartados o ideas recahuchutadas.


Es por ello que, revisando mi cuaderno de apuntes, en este lunes septembrino retomo un libro al que he ido cogiéndole el gusto cuanto más lo he leído... Una vaca de Juan Arjona y Luciano Lozano (editorial A buen paso), aunque en un principio puede parecernos una historia con poca chicha, es un álbum ilustrado en el que, conforme nos detenemos, descubrimos detalles que nos hablan del tiempo y sus juegos, de como las historias individuales forman parte de un todo, de lo sincrónico de los minutos y lo variopinto de la especie humana (algo que viene al pelo en este principio de curso cargado de coincidencias y casualidades personales). Si a ello unimos las ilustraciones de toque tan, a mi juicio, anglosajón y de cierto aire vintage, el resultado es bastante adecuado para hablar de la dinámica de lo cotidiano tomando como excusa el paseo descontextualizado de una vaca por las calles de la ciudad.


Y así espero dar carpetazo a lo que nos trajo el curso pasado en cuanto a nuevos álbumes ilustrados se refiere, para, como bien hace la protagonista de este libro, intentar no mirar demasiado hacia atrás.

jueves, 30 de junio de 2016

Este verano, ¡juegos y caracolas!



¿Hoy es 30 de junio...? ¡Qué rápido ha pasado el curso! Sin darme cuenta, la verdad... Parece mentira que hace unos meses empezara a hacerme eco de las novedades (siento que algunas, a pesar de su calidad, se hayan quedado en el tintero..., la semana tiene siete días y cada día, veinticuatro horas, que estiro bastante, todo sea dicho), a elaborar selecciones temáticas (tengo varias en mente para el curso que viene), entrevistar a gente que orbita por el universo lijero, recitar poesía con rima o sin ella y, sobre todo, a disfrutar como un enano.



A pesar de todo, el cansancio nos va minando y hay que tomar un respiro, no sólo para coger aliento (que ya llevo la lengua fuera), sino para desconectar del cartoné, de los viajes, de ponencias, de lecturas especializadas, de librerías y bibliotecas, de los envíos editoriales, de las redes sociales, de los ataques, las caricias y la indiferencia de otros monstruos, de las verdades y mentiras del sector, y de que todo sea tan maravilloso y a la par tan dantesco (N.B.: ¡Pero qué pijo! ¡Hasta la Literatura Infantil tiene su cara y su cruz!.. No les voy a negar que a veces me resulta cansino todo este tinglao... Tánto postureo literario que empobrece y aburre a partes iguales, tánta pasión enlatada por los libros, tánta cultura y cultureta, tánto tole-tole me provoca tal sopor que, unido al estío, me deja medio molido en pro del encefalograma plano).



Así que, este verano, por solidarizarme con mis alumnos, esos que también se hallan hartos de tanta sabiduría, me dejaré caer por la playa para jugar a las palas, mojarme el culo en mitad de las olas, cantar con las sirenas, hacer un bonito castillo de arena y recoger alguna que otra Caracola, como las que recoge Pema (¡Me trae tantos recuerdos este apelativo!) en el libro desplegable que Alex Nogués Otero y Silvia Cabestany han ideado junto a la editorial Tres Tistres Tigres.
Espero que entre la brisa del mar y las gafas de buceo, no me olvide de todo lo bonito que conlleva la escuela, esa que a veces es una tortura. Es por ello que he metido entre la toalla el especial Cuaderno de vacaciones de Grassa Toro e Isidro Ferrer (editado por Libros del Zorro Rojo en España), un genial propósito para poner en solfa que las vacaciones son para disfrutarlas.



Sin más que apuntillar, les deseo unos meses chispeantes (a los de este hemisferio) o un dulce invierno (a los del otro), y si son con un libro bajo el brazo (el que ustedes quieran, sin críticas ni especialistas de por medio: déjense llevar), MEJOR.

¡Hasta septiembre!