martes, 23 de junio de 2020

Educación o cómo transitar el mundo



El curso termina y muchos docentes sentimos como el coronavirus ha pasado sobre nuestros quehaceres como una apisonadora. No sólo porque nos ha desbaratado todos los planes, sino porque nos ha impuesto otro modus operandi basado en el desconcierto, la turbia postura de la Administración competente, y el trabajo añadido (no les voy a contar que hemos echado más horas que un reloj). Todo ello ¿para qué? Créanme, todavía no lo sé.
Lejos de explicarles cómo ha funcionado lo educativo durante los últimos meses (podría dar para una serie entre cómica y de mafiosos), prefiero centrarme en los males de la Escuela (en mayúscula, entendida como institución) y así no granjearme la enemistad de todo tipo de crédulos y mamones (N.B.: En este mundo de ofendiditos se hace más ligero hablar en líneas generales que hacer capturas de pantalla).


Nos pasamos la vida hablando de una “educación de calidad”. Más que de reírse, de lo que entran ganas es de cagarse. Primero a modo de venganza sobre la calavera de quienes se inventan estas falacias,  y después para purgarse de todo mal intestinal. No me pregunten de dónde viene la cagalera, pues la razón está muy clara: nadie durante el último siglo se ha preocupado por la libre enseñanza. Más bien ha sido una mezcla entre condescendencia, simplismo y propaganda.
Chavales abandonados y perdidos pero bien alimentados y equipados, familias sin tiempo aunque con muchas ganas de estatus, profesores hartos de laberintos burocráticos y cambios legislativos, intervencionismo gubernamental, sindicatos con intereses, derivas y corruptelas políticas y un sinfín de factores generan un modelo complejo donde pocos sacan algo en claro.


De esta forma me adentro en La joven maestra y la gran serpiente de Irene Vasco y Juan Palomino (editorial Juventud), uno de esos álbumes muy laureados durante los últimos meses que se interna en los pormenores de la educación a través de la historia de una maestra recién licenciada que viaja con un buen montón de libros hacia una aldea en mitad de la selva para “alfabetizar” a sus habitantes. En principio todo se desarrolla según lo esperado hasta que hacen aparición las lluvias torrenciales que arrasan la cabaña que hace las veces de escuela junto a la pequeña biblioteca que la maestra lleva consigo.


Aunque para desvelar el final tendrán que acudir a la biblioteca o la librería, les adelanto que esta historia ofrece múltiples puntos de vista (¿Sería indicativo de buen libro?)  Unos me han dicho que tiene que ver con ese menosprecio hacia la tradición oral que muchos métodos educativos exhiben, otros me dicen que apuesta por el indigenismo y la preservación de las culturas ancestrales, y los de más allá que presenta la eterna dicotomía pensamiento urbano-idiosincrasia rural. También habla de los viajes iniciáticos (sigan el hilo que se extiende a lo largo de las páginas), sobre todo los laborales (¡Qué ilusos somos cuando empezamos a trabajar!), al igual que se adentra en un simbolismo que se apoya en ilustraciones coloristas y la tradición totémica de los pueblos aborígenes de Sudamérica.



Sin embargo, un servidor prefiere pensar que se trata de una fábula sobre la corresponsabilidad educativa, esa necesaria y compleja tarea que recae sobre todos. Padres, maestros, libros, historias o la mismísima naturaleza tienen una importancia significativa en la construcción de un pensamiento personal y transferible que, alejado de clichés buenistas y estribillos mesiánicos, nos permita crear sendas intrincadas y no excluyentes por las que transitar el ancho mundo.

domingo, 21 de junio de 2020

La poesía de lo certero



Primer día del verano. Primer día de la nueva anormalidad. Todo sigue igual. Sobre todo esa sensación que nos corre por las venas. Como azorada. Como incompleta. Como esperanzada. No sé muy bien a lo que agarrarme para no sentirme engullido por ella. Desnudar mis pies quizá. Pisar la tierra. Contemplar el mundo de cerca. Sobre el musgo. Entre la hierba. Bajo las piedras. Y tras vivir en el diminuto infinito, soñar que todo sigue aquí. Que simplemente está.

Confiados, los murciélagos
para dormir han escogido
la húmeda oscuridad
del destartalado establo del vecino.
Pasan el día colgados de una viga.

Yo, que soy curiosa,
los he descubierto.

Mientras los observo,
me nombro guardiana de sus sueños.
Es gracias a mí que no caen.


Arianna Squilloni
El desamparo de los murciélagos.
En: Bajo las piedras.
Ilustraciones de Laia Domènech.
2020. Barcelona: Akiara Books.



viernes, 19 de junio de 2020

Hablando de LIJ con... Carolina Lesa Brown


Una vez que ha pasado el confinamiento, invitamos a otros monstruos para disfrutar de su compañía y, sobre todo, para charlar de lectura y libros infantiles. En este vienes casi veraniego nos visita Carolina Lesa Brown, todo un honor teniendo en cuenta lo mucho que conoce este ámbito monstruoso de la LIJ y sus valiosas reflexiones al respeto. ¡Muy atentos! 
Hay muchas formas de convertirse en monstruo (léase “adulto que ama los libros para niños”). Con la llegada de los hijos, con los estudios de magisterio o gracias a la bibliotecaria de turno. ¿Cómo fue su camino hacia la literatura infantil?
La lectura en la infancia. Cuando era pequeña, leer obras que luego podía compartir con mis amigas, hizo que quisiera participar del mundo literario. Con siete y ocho años todas éramos fans incondicionales de Elsa Bornemann, a la que llegué a escribirle. Así, tan chiquita. Al principio, quería ser escritora; pero cuando crecí —cito a un gran amigo— preferí evitarle a la humanidad ese trago y me convertí en editora. En Argentina, de donde soy, la lectura está muy ligada a procesos de cambio social, a la construcción de la ciudadanía. Por eso estudié comunicación, una carrera que me permitía observar la literatura, el lenguaje, desde el marco de las Ciencias Sociales y, a la vez, trabajar en proyectos sociales donde la literatura estuviera muy presente. Aunque todas las etapas de la vida pueden ser transformadoras, creo que la infancia, al depender íntegramente de los adultos, es mucho más vulnerable que las demás. Todas estas cuestiones alimentaron mi interés en la literatura infantil, sobre todo desde un punto de vista comunicacional, donde se tienen en cuenta conceptos como el poder y la legitimidad de determinados conceptos y relaciones. En definitiva, como campo de construcción de sentido.



Su blog es muy caleidoscópico. Vía de escape, cuaderno de campo, biblioteca, álbum de recuerdos… ¿Qué significa para usted Cuando te presento el mundo? (N.B.: Hagan "click" en el enlace y disfruten, lectores)
Para mí es un pequeño espacio en el que poder compartir experiencias de lectura, sobre todo, para las familias y los terapeutas. Me gusta pensar en él como un lugar que pone su granito de arena para repensar la literatura que ofrecemos, en especial, a los que tienen algún tipo de peculiaridad. En el fondo, lo que intento promover es la oportunidad que merecen los niños y niñas, más allá de su diagnóstico, a poder leer la misma literatura de calidad que ofrecemos a los demás. Si los viéramos como lectores o lectoras antes que como personas con discapacidad, la selección de libros cambiaría, porque supondría pensarlos como seres humanos con las mismas necesidades simbólicas de los demás.
Sin lugar a dudas el apartado, para mí “estrella”, de su blog es la sección Cartas, un espacio en el que se dirige a su hijo Bruno, un niño diagnosticado con TEA (trastorno del espectro autista), para hablar de las lecturas que más le gustan. ¿Por qué se decidió por el formato epistolar?
El género epistolar siempre me ha gustado por la intimidad que supone. También, por la capacidad de interpelación directa, a pesar de requerir de la distancia. Las cartas son tímidas y, a la vez, valientes; dan presencia en la ausencia, porque su tiempo de lectura, como el de los libros, es diferido. Este sistema de comunicación me recuerda al código que teníamos con Bruno cuando era pequeño. Muchas veces, al resultarle insoportable los estímulos sensoriales, no podías dirigirte a él de manera directa, mirándolo a los ojos o tocándole, por ejemplo. La comunicación de ambos tenía lugar a través de un tercer objeto, como los álbumes o un muñeco. Hoy, estos libros se han transformado en cartas.   



El autismo, el alzheimer, la libertad sexual, la pobreza o el racismo están cada vez más presentes en los personajes y argumentos de la LIJ. Esta visibilización se puede abordar desde diferentes puntos de vista: vis comercial, postureo,  diversidad, necesidad… ¿Qué opina usted al respecto?
Pienso que cada uno de los temas que mencionas merecen un análisis independiente, pues van ligados a la recepción y experiencia literaria de estos colectivos específicos. Más allá de lo ya sabido —la necesidad de docentes y familias de utilizarlo como recurso didáctico, y de todo lo que implica—, me gustaría mencionar la necesidad de crear materiales supuestamente inclusivos. Se da por hecho, que solo con mencionar un tema controvertido o tener un personaje con una determinada condición, es suficiente. El objetivo es una identificación simplista, basada en estereotipos, que poco recoge la complejidad de la realidad. Lo cierto, es que para que una sociedad sea inclusiva se necesitan, prioritariamente, políticas sociales, culturales y educativas, no libros de ficción. La responsabilidad de la literatura es crear buenas historias para que estas personas, que ya tienen una vida difícil, puedan participar en igualdad de condiciones, tal como afirma Yolanda Reyes “del derecho a ser sujeto del lenguaje: a transformarse y transformar el mundo y a ejercer las posibilidades que otorgan el pensamiento, la creatividad y la imaginación”. Por eso, desde mi punto de vista, si la intención es enviar un mensaje, es más más honesto, interesante e inteligente, publicar libros informativos, y no utilizar la ficción como disfraz. 
Por otra parte, en caso del autismo en concreto, he observado cómo a lo largo de estos años se han extrapolado algunas de sus características para dar forma, de manera natural, a la personalidad de ciertos personajes literarios. Rasgos como la dificultad social, la inquietud ante el contacto físico, el hecho de no mirar a los ojos, un interés muy específico y la falta de comprensión de las ironías. Personajes que pueden considerarse excéntricos y a la vez encajar dentro de ese espectro, como Newt Scamander de la serie Los animales fantásticos o Agamemnon White de Guardianes de fantasmas.



Últimamente, la presencia de la discapacidad en la LIJ se aborda desde el prisma de la discriminación positiva. ¿Acaso lo ofensivo no contribuye a lo literario?
La literatura y lo políticamente correcto nunca se llevaron bien. Sin embargo, la lectura y la subversión siempre hicieron un buen tándem; pero no porque el libro tuviera esa intención, sino porque la historia burbujeaba por sí misma. Lo ofensivo puede ser literario o no; pero en temas sensibles socialmente, si no está bien justificado dentro de la narrativa (personalidad de un personaje, necesidad de la trama) se traduce en pocas ventas o en una mala campaña contra el libro, que puede terminar en mala reputación para la editorial o incluso su retirada del mercado. No olvidemos que las editoriales son empresas con intereses económicos, y cada libro es una apuesta de ventas. De todas maneras, esto también tiene que ver con lo que hablábamos antes, impera una visión positiva porque se usan como recursos didácticos. Entre líneas, podemos hacer varias deducciones. La primera, es que el libro continúa siendo percibido como una voz de autoridad; la segunda, se sustenta en un concepto de comunicación unidireccional y unívoca, donde la persona es una tabula rasa que recibirá el mensaje tal y como fue concebido; la tercera, refiere a la idea de que los adultos deben tener todas las respuestas y, la cuarta, denota una falta de confianza en el diálogo como estrategia de construcción del conocimiento.
Este sitio está poblado de muchos monstruos que a veces se encuentran perdidos a la hora de ofrecer y sugerir lecturas a chicos como su hijo. ¿Existen ciertos criterios para ello o simplemente se trata de ensayo-error?
Yo creo que ninguna de las dos cosas es excluyente. Según el momento vital de cada uno, por ejemplo, la misma lectura puede ser un acierto o un error. Por supuesto que hay criterios de selección, con el que trabajamos editores y mediadores. Pero una familia no tiene por qué conocerlos. Por eso es tan importante la labor de orientación se hace con ellas desde las librerías, los centros culturales, las asociaciones y en la formación docente. Los niños y niñas deben elegir sus lecturas, y como adultos tenemos que acompañar esta elección desde la escucha y el respeto, interpretando sus gustos e intereses para saber qué ofrecer. Y este ofrecimiento debe contemplar, siempre, lecturas cada vez más complejas y sugerentes que hagan crecer la competencia lectora. Desde mi punto de vista, hay una falsa idea que afirma que leer es fácil y divertido. Yo la diría con la boca muy pequeña. Depende para quién y para qué edad. El proceso lector es, sobre todo en las primeras edades, difícil. Tal vez sería más importante decir que leer es complejo, cuesta, pero que merece la pena.



Cambiemos de tercio… ¿En qué se fija una editora de libros infantiles cuando ve un libro infantil?
Se fija en que, como decía Ana María Machado, haya merecido la pena talar un árbol para publicarlo. La historia debe tener el potencial suficiente para que, al trabajarlo sobre la mesa, todos los elementos narrativos funcionen como un engranaje. El objetivo final siempre es que el libro se adueñe de una parcela la biblioteca y no sea exiliado a un mercadillo de segunda mano.
Mercadillos y bibliotecas me han llevado hasta algo tan peliagudo como el canon. ¿Cree que es tan subjetivo como dicen?
Tal vez porque vengo de otra área o porque no tengo las suficientes herramientas teóricas, no termino de ver con claridad este tema.  Lo cierto, es que más que en una lista de autores u obras, prefiero pensar la LIJ como un campo en tensión, en el sentido de Pierre Bourdieu, e inscrito en él, una serie de obras y autores clásicos o de referencia, que pueden variar a lo largo del tiempo. Me parece más interesante observar la configuración de este campo, de sus reglas del juego, y cómo eso influye en la selección de obras y autores. Dicho esto, en lo que se rompe la dicotomía objetivo-subjetivo, creo que sí es necesario tener ciertas obras u autores de referencia. Si seguimos recomendando a Janosch o Arnold lobel, por ejemplo, es porque no hemos encontrado nada que los supere.



A su modo de ver las cosas, ¿qué características tiene el libro infantil perfecto?
Te confieso que como soy imperfecta, no me gustan las cosas perfectas. Como lectora, prefiero hablar de libros que permanecen. Y para permanecer, tiene que existir una historia que eche raíces en quien lee. Ahora bien, si me lo preguntas como editora, mi respuesta varía: el libro perfecto es aquel que respeta la armonía entre el sonido y el silencio lector, donde las palabras tienen una precisión matemática, las ilustraciones, si las hay, enriquecen el relato y, en su conjunto, se marca un ritmo de lectura que coincide con el ritmo de la historia. El formato, al mismo tiempo, colabora en la idea del libro y, muy importante, el concepto de lectura coincide plenamente con el catálogo. Pero sabemos que el libro perfecto no existe, ¡siempre habrá una errata con una innovadora estrategia de supervivencia!
Hablando de supervivencia, ¿la de un buen libro puede estar condicionada por el contexto? A veces tengo la sensación que buenas obras padecen de “obsolescencia programada”...
La supervivencia de un buen libro depende no solo del contexto sociohistórico, hay obras que en su momento pasaron sin pena ni gloria, como el Pentamerón de Giambattista Basile, y fueron rescatadas muchos años después. En la actualidad, a mi entender, debido a la superproducción editorial, la supervivencia de los libros depende de diferentes factores: la campaña de marketing, que el público lo convierta en un best seller y, para mí lo más importante, que libreros y libreras apuesten por ellos.
Las librerías son los agentes fundamentales de esta cadena.



Los “lectores perdidos”, esos jóvenes que leen durante la infancia pero que de repente se desligan de la lectura placentera, constituyen uno de mis temas favoritos. ¿Alguna sugerencia para traerlos de vuelta a los libros?
En primer lugar, creo que los momentos de no lectura son tan respetables como los de la lectura. A veces, es necesario alejarse, vivir otras experiencias, leer otras formas de arte, de cultura o transitar otros caminos. Y, aunque esto suene muy mal, hay muy buenas personas que no leen y otras nefastas que citan a Shakespeare. Dicho esto, como convenimos que es mejor leer que no hacerlo, yo partiría de escuchar a la no lectura. ¿Qué hace o provoca el abandono? ¿Cuánto hay de momento vital, de contexto socioeconómico u otras causas como la falta o el cierre de bibliotecas en un barrio, en un colegio? Por lo tanto, vería la causa para elaborar una estrategia más acertada.
Por otra parte, y más importante, creo que nos centramos en el abandono de narrativa, del objeto libro, pero esto no significa necesariamente la pérdida de lectura: hay muchos adolescentes que leen la prensa, otros cómics o novelas gráficas (género que no se suele tener en cuenta cuando se habla de lectura), y están los que consumen ficción digital, entre otros.  Ahora bien, si imaginamos un contexto cotidiano, siempre me ha funcionado compartir aquello que estoy leyendo. Hablar sobre mis lecturas de manera natural con jóvenes o niños/as. A veces, al crear dinámicas complejas, olvidamos algo esencial: situarnos de igual a igual para compartir historias y decir lo que hemos sentido al leerlas o escucharlas. Yo no siempre recomiendo libros; en ocasiones, me parece más oportuno un espectáculo de narración oral como re-acercamiento a la lectura.
¿Y dónde queda la paraliteratura? En cierta entrevista te escuché hablar de este punto tan interesante que no siempre es bien recibido…
Bueno, la verdad es que mi postura es muy poco ortodoxa… Y coincide con la de Peter Dickinson: la paraliteratura tiene, principalmente, dos funciones: la primera es socializadora. Permite crear una comunidad lectora entre iguales basada en el diálogo y el intercambio de libros. Como ha afirmado Aidan Chambers, este diálogo es muy importante para la promoción de la lectura, porque una de las grandes fuentes de lectura son las recomendaciones. El vínculo y las relaciones que se generan a través de los libros no es algo menor, porque crea pertenencia. Una vez, una buena amiga, coordinadora de diversos talleres de lectura me dijo: “más allá de la lectura, estos niños y niñas vienen para sentir que no están solos”. En segundo término —sigo con Peter Dickinson—, permite a los niños y niñas ganar confianza en estructuras sencillas para pasar a otras más complejas. En otras palabras, estoy a favor. La verdad es que no conozco a nadie que no tenga libros malos e inconfesables en su memoria lectora. El problema es cuando pasan a ser un gran porcentaje de la producción editorial o la línea principal de consumo.



Una cuestión que me crispa los nervios: ¿Vale cualquier libro?
Si entendí bien la pregunta, entonces te diría que sí: cualquiera puede encender un buen fuego o ser sustituto de papel higiénico durante la pandemia.  
Jajajaja… Esperaba una respuesta de este tipo…. A la hora de recomendar libros, ¿es más difícil desligarse de la faceta de madre o de la de editora?
Sin duda, me es imposible desligarme del lado editor. Mis hijos pueden tener gustos contingentes, varían con sus años y sus intereses. Pero hay libros que tienen más años que los tres juntos y constituyen una apuesta segura, u otros nuevos, que merecen un lugar en la mesita de noche. No todas las personas pueden comprarse libros todos los meses, por eso intento que el dinero sea invertido en una historia a la que se pueda volver.
Los monstruos generalmente nos quejamos de que los libros para niños son una parcela humanística muy desconocida, casi un reducto para cuatro locos. ¿Qué le falta al mundo de la literatura infantil para llegar al gran público?
En mi opinión, lo primero que falta en la LIJ es gente de diferentes áreas del conocimiento, que enriquezca las perspectivas y los debates. Especialistas en diferentes campos científicos y sociales que nos animen a pensar o introducir nuevas variables de análisis. El reducto de la literatura infantil no es solo pequeño, sino endogámico, y eso no es saludable para ningún campo de trabajo. Por eso, creo que la propuesta de Filosofía Visual de Wonder Ponder, la apertura hacia la ficción digital que promueve Lucas Ramada, por citar ejemplos actuales, fueron tan bien recibidas como en su momento lo fue la mirada antropológica de Michéle Petit.
Por otra parte, creo que tenemos un grave problema de comunicación con el público general: manejamos un discurso obvio y resabido, que no llega donde debería llegar o, al menos, no todo lo que quisiéramos. Si aún es frecuente oír, al entrar en una librería, alguien que juzga al libro porque está escrito en mayúsculas o minúsculas, nuestra labor necesita un replanteo importante. Estas situaciones dejan en evidencia que somos una gran minoría que se relaciona muy bien entre sí, pero que tiene una seria dificultad para pensar en otras estrategias o espacios de acercamiento a las familias, más allá de los tradicionales. ¿Tenemos suficiente presencia en los foros y grupos de crianza en las redes sociales? ¿Cuántas editoriales hacen llegar sus catálogos a otros lugares donde habita la infancia, como empresas de ocio y tiempo libre, centros de atención temprana o los gabinetes de psicología?



Estoy bastante de acuerdo con tu postura, es más, es una de las razones por las que me animé a abrir una pequeña sucursal de este sitio en Instagram, algo que, por otro lado, me granjeó críticas por una parte del sector LIJ-ero. Fue como si estuviera denigrando los libros infantiles. Me pareció una postura un tanto elitista por su parte. ¿Por qué cree que pasa esto?
No tengo suficiente información para decir si es elitista o no, pero sí creo que la lectura de la infancia y la adolescencia está, muchas veces, en círculos que no contemplamos: YouTube, Instagram, otras redes sociales. Si se han creado esos espacios es porque las personas no se han sentido identificadas o acogidas por otros más tradicionales. Han elegido otros medios y eso merece una pensada. Los jóvenes llevan años haciendo colas interminables en la Feria del Libro, por ejemplo, y —tal vez me falta información—,  pero hasta donde sé, nunca he visto que se promoviera un espacio para ellos, en los que reunirse y hablar de sus lecturas; en los que se escucharan sus demandas. La lectura es como la educación: tienes que partir del otro, para idear espacios de construcción y acercamiento. Si mal no recuerdo, Foucault decía que las prácticas sociales generan dominios del saber (objetos, conceptos, técnicas), que dan lugar a nuevas formas de conocimiento y, por lo tanto, a nuevos sujetos de la historia. Los jóvenes de hoy no son los de décadas atrás: ha cambiado su percepción, sus códigos y sus formas de actuar. Lo primero que tendríamos que hacer es abrir espacios de escucha si queremos llegar a ellos.
Como punto y aparte (que un servidor prefiere los “hasta luego”), tres vicios de monstruo... Tu juego preferido, algo de gastronomía y unos cuantos libros infantiles que te encanten.
Te cambio un poco la pregunta y te cuento tres vicios fundamentales:
Vicio nº 1: los juegos de mesa. Formo parte de la junta directiva de Ludiversia, una asociación familiar de juegos de mesa y de rol increíblemente fantástica.
Vicio nº 2: pintar miniaturas de juegos como el Zombicide (¡amo matar zombies!).
Vicio nº 3: el boxeo (aunque lo practico menos de lo que debería).   
Jajajaja… Espero que al menos comas y cumplas con los principios fundamentales de la termodinámica... (Risas). 

Está entrevista continuó en Instagram para profundizar sobre las experiencias de lectura de niños con espectro autista, así como otras en el ámbito de la salud mental. Pueden acceder a estos vídeos AQUÍ (parte 1) y AQUÍ (parte 2)



Nota: Todas las imágenes que acompañan la entrevista corresponden a algunos de los títulos favoritos de la entrevistada o a libros que ha leído últimamente y le han gustado mucho.

*   *   *


Carolina Lesa Brown es licenciada en Comunicación Social (UNLP), máster en Necesidades y Derechos de la Infancia (UAM) y máster en Libros y Literatura para Niños y Jóvenes (UAB). Ha trabajado en estudios creativos y en proyectos educativos en comunidades con riesgo social. Desde que llegó a España, desempeña diversas tareas de comunicación, edición, creación de contenidos y asesoramiento en el sector editorial e instituciones ligadas a la infancia. Es formadora de la Red de Bibliotecas para Pacientes y colabora con docentes y terapeutas para acercar la literatura a niños y niñas con necesidades educativas especiales, en particular con la condición del espectro autista. Es autora del blog Cuando te presento el mundo. 

jueves, 18 de junio de 2020

De mocos y mascarillas



Gel desinfectante, alcohol y lejía por un tubo, pantallas de protección, guantes de nitrilo… Si a los take-away, el comercio electrónico y los grandes grupos farmacéuticos, sumamos la industria química y de la higiene, ya están todos los que  están haciendo el agosto con esta crisis virulenta (Y lo que te rondaré, morena).
No se nos deben olvidar las omnipresentes mascarillas, un artículo que va encaminado a acabar con nuestro cutis, nuestras fosas nasales, nuestra capacidad pulmonar y nuestra visibilidad (Cuando alguien muera atropellado ya se inventarán algo para que no se empañen las gafas…).


Dirán que exagero, pero a pesar de su efectividad (todavía sería mayor si se hubiera obligado su uso antes y durante la pandemia) lo de la mascarilla es un guarreo, sobre todo cuando se reutilizan más de lo debido (consecuencias de un gasto más que debemos acometer de nuestro bolsillo en una época de inflación y sinvergoncerío brutal).
Fíjense hasta donde llega la insalubridad de las mascarillas que el otro día la Inma sufrió una infección nasal casi apocalíptica que la llevó hasta urgencias con media cara hecha un cuadro picassiano. Antibióticos por un tubo y cuidadito con el uso de la mascarilla fueron las recomendaciones del otorrino.  


No es de extrañar pues la mascarilla es un nido de mierda que hay que sanear con regularidad (por eso el gobierno alemán le ha dado el visto bueno a las de tela, que con un poco de lejía y lavadora, van). Piel muerta, gérmenes, polen y mucha miseria van impregnando los tejidos del bozal y ya la tenemos liá.
Y es que no olvidemos que nuestro cuerpo, muy sabio, se dedica a fabricar secreciones de naturaleza acuosa para amalgamar todo tipo de bichos y sustancias nocivas y expulsarlas al exterior. Saliva, sudor y sobre todo mocos se dedican a eliminar las guarrerías que nos invaden y de paso luchar contra la sequedad del medio aéreo al que nos hemos adaptado a lo largo de los millones de años.


Ya saben, no menosprecien a los mocos, que además de desempeñar una labor la mar de importante, tienen funciones más lúdicas, algo que me lleva hasta un pequeño álbum de Elena Odriozola que se basa en Yo tengo un moco, una coplilla infantil de toda la vida en torno a la que muchos se han iniciado en esto del universo de la rima.
Sin obviar una retahíla que a modo de disco rayado invita al acercamiento sinfónico y verbal de las palabras, hay que llamar la atención sobre otros aspectos de este libro publicado por Ediciones Modernas El Embudo, un álbum que se compone de una secuencia de imágenes en las que una serie de personajes se dedican a entretenerse con un moco.
Así y desde su posición privilegiada, el lector-espectador se dedica al voyerismo más divertido, uno que divierte y avergüenza a partes iguales, pues se identifica con cada una de las ilustraciones al tiempo que activa el resorte de lo escatológico. Ver como otros juguetean con ese material verdoso y plástico que se halla en las profundidades de los orificios nasales, además de asqueroso, tiene su lección de vida.
Si a todo esto añadimos que poniendo nuestro pulgar en la esquina inferior derecha y dejamos pasar las páginas rápidamente, el libro se transforma en una suerte de cine de dedo que añade valor a la idea primigenia, el resultado es cuasi-perfecto.
Feliz jueves y recuerden que ¡para sonarse los mocos hay que quitarse la mascarilla!

lunes, 15 de junio de 2020

Vigilantes y expectantes



Que la guerra cultural a la que estamos asistiendo durante las últimas semanas (y a la que dedicaré una sustancial entrada en próximas entregas de este cuaderno monstruoso) nos está proveyendo de un grado de obscenidad sin precedentes, está más que claro. No sólo porqué está mostrando la cara más vil de los políticos, sino porque  se está perpetrando gracias a la cooperación ciudadana (esto sí que me produce verdadero pavor).
Desde hace décadas, no veíamos en España cómo el personal daba rienda suelta a sus bajezas más cainitas, que desde el miedo y la envidia corrompen lo humano y animan al conflicto entre iguales.


Aparte de mítines, monsergas, lecciones y octavillas (que telita con la propaganda), el personal se halla expectante, no sólo por si se lleva alguna hostia (que últimamente llueven a mares), sino también vigilante (¡Denuncia al canto!).
Asomados desde los balcones, apostillados en la cola del supermercado o desde jardines y parques, algunos no pierden ripio. Lo que hagan los demás importa demasiado. Todo el santo día con la segunda y tercera persona en la boca. Que si tú, que si él, que si vosotros, que si ellos. Da igual plural que singular, lo más importante es orejetear.


Gallegos, andaluces, vascos o extremeños. Aquí lo que se lleva es meter el hocico, una idiosincrasia que lleva muchos años haciéndonos mella, que acucia las crisis, traza barreras y cercena vidas.
Háganse, hágannos un favor. Relájense, cómprense buenas bambas, vístanse con su mejor bozal (¡Cuánto bueno han traído las mascarillas!) y tiren a hacer leches (bajo la sombra, que el sol aprieta), que cada uno, con lo que tiene, ya tiene bastante.


Por si acaso no han pillado la directa –que últimamente, en vez de sudor, destilo ácido nítrico-, empiezo la semana con uno de esos títulos que descubrí durante esta cuarentena gracias al buen ojo de Javier Carilla y su espacio De letras ilustradas. Algo se nos escapa, un álbum de Jean Gourounas editado en castellano por Phaidon, es un libro-álbum altamente recomendado para españoles y sucedáneos (léanse griegos o italianos), pues probablemente se vean muy retratados en la panda de golismeros que protagonizan esta historia.
Partiendo de una escena en la que un pingüino está pescando en mitad de una banquisa de hielo, se desarrolla una acción a caballo entre lo teatral (todo sucede en ese mismo escenario sobre el que aparecen el resto de personajes) y la historieta o sketch cómico (para más señas acudan a este post). Un oso, un reno, una morsa, una liebre ártica o un esquimal (es curioso que se mezcle fauna ártica y antártica), van contribuyendo a una historia en la que lo absurdo y lo paródico se entremezclan para crear un discurso que funciona a modo de reflejo de naturaleza humana.
Un surrealismo que dice todavía más gracias a unas ilustraciones de formas básicas y paleta de color limitada (azul, marrón, beige y blanco) que recuerdan a las de otros autores como Jon Klassen o Peter Brown que se centran en la expresividad y caracterización para adentrarse en otros derroteros del subconsciente. Porque queramos o no, siempre hay algo que se nos escapa…



domingo, 14 de junio de 2020

Secretos a voces




Mientras contábamos los días perdidos, la naturaleza se abría camino. Sobre los muros, bajo las piedras, por las sendas angostas, o entre la maleza. Lo llamo el avance de lo agreste, de lo terco e indomable. Trinos y huellas, hormigueros y madrigueras, brotes y aromas. Secretos a voces de un mundo que, al fin y al cabo, sigue palpitando. Una prueba más de esa insignificancia que se nos olvida con frecuencia: la nuestra.

Cerradas las maletas,
dispuesto el equipaje…
A su modo, los arboles
también viajan:
esperan
al tren-viento, que lleve
su grana a otra estación,
su semilla a otros campos.

* * *
Las flores y los árboles
se vocean lindezas por el aire,
se recitan,
se cuentan
y se cantan
por el aire.
Y, a veces,
cuchichean secretos por la tierra.

El viaje de los árboles y Secretos.
David Hernández Sevillano.
En: Arbolidades.
Ilustraciones de Maite Mutuberria.
2020. Pontevedra: Kalandraka.


miércoles, 10 de junio de 2020

De alumnos, maestros y escuelas



Durante las sesiones de evaluación a distancia que estamos desarrollando estos días para decir “goodbye” a un atípico curso escolar, me ha dado por pensar en mis alumnos, unos que han estado muy presentes en mis oraciones matutinas.
Yo pedía a las musas, a los hados y a cualquier divinidad que quisiera prestarme atención -unas veces me da por el politeísmo y otras por el desesperanzado ateísmo- que los atendieran bien, que les amparasen y guiasen en este duro camino de las plataformas educativas on-line, de los enteraos de YouTube, de mis vídeos caseros (menos mal que un servidor tiene experiencia), de los cuestionarios y esas tareas con fecha de entrega (que por cierto, muchos se han pasado por el forro).


Siendo honestos, la cosa ha pintado bien, pero déjenme decirles que mientras muchos chavales han trabajado lo que no está escrito (al principio, esto parecía una academia de alto rendimiento), otros han buscado sus mañas para no dar palo al agua... ¡Qué capacidad para repartirse el trabajo! ¡Qué rapidez para buscar la solución en San Google!... Atónito me he quedado.
Mientras yo les dejaba hacer, ellos se pensaban que me chupaba el dedo, el clásico de los años de estudiantina en los que la osadía es el santo y seña. Lo que no saben es que más sabe el diablo por viejo que por diablo, sobre todo cuando se trata de un crápula como es mi caso. A veces me cuelan alguna, no lo voy a negar, pero la mayoría de las veces, cuando ellos van, yo vuelvo.
No obstante les confieso que los maestros tenemos bastante clara la nota de un alumno después de unos meses observando su trabajo y evolución, y que ya tiene que cambiar mucho la cosa para sorprendernos en mitad de junio, algo a lo que por supuesto estamos abiertos (¡Oportunidades que no falten en aras del reconocimiento).


Y con tantas notas medias y redondeo de por medio, llegamos hasta uno de esos libros ideales para terminar la escuela y regalar a los maestros (yo nunca recibo tantos honores, snifff…). El burrito que quería aprender a leer, con texto de Mila Punzano e ilustraciones de Eva Sánchez (editorial Degomagom) narra la historia de un burro que, cargado de leña, pasa todos los días junto a su madre por la puerta de la escuela y, con el beneplácito del maestro decide acudir a clase todos los días para aprender a leer.
Con un texto directo y sin pretensiones, esta pequeña fábula contemporánea que además rinde tributo a la figura de los maestros, busca una explicación al rebuzno de estos equinos y de paso consigue dar un especial empujón a esos críos que se sumergen en el universo de la lectura.


Acompañadas de unos recursos bastante interesantes como las tapas y guardas peritextuales (fíjense bien en el relieve de portada y contraportada porque me parece un detalle maravilloso), sus ilustraciones coloristas y expresivas interaccionan mucho con esos lectores que, como un servidor, se pirran por los detalles (¿Han visto cómo el haz de leña pasa a ser un manojo de lápices?), las transformaciones (ese profesor emulando vocales no tiene desperdicio), las perspectivas cinematográficas, lo onírico (¡Vivan los sueños!) y las metáforas (burros desnudos vs. burros vestidos, ¿por qué?).
Y tras la perorata de hoy sola falta decir “¡Viva la escuela manque pierda!


martes, 9 de junio de 2020

Libros de valores, 15 preguntas y alguna respuesta



Como ya sabrán, desde hace un tiempo me he sacado de la manga Café con monstruos, una nueva sección de directos que realizo los sábados desde la cuenta que los monstruos tenemos en Instagram y a la que invito a otros amantes de los libros infantiles para charlar sobre cosas que nos interesan.
El primero de estos encuentros lo realicé el sábado pasado con Amparo Cuenca, bibliotecaria y mediadora, para hablar de Libros de valores, ¿sí o no?, un pequeño debate a tenor de estos álbumes que se pusieron muy de moda en nuestro país durante las décadas de los 80 y 90.
A modo de conclusión extraigo estas preguntas que me surgieron antes, durante y después de la conversación, no sólo para que me acompañen en la búsqueda de respuestas (no he podido concluir con muchas de ellas), sino para que vayan añadiendo las suyas propias y enriquecer así un foro que nunca queda exento de polémica.
Por último animarles a que disfruten de ESTE VÍDEO que, a pesar de las inclemencias técnicas y que probablemente repetiremos en nuevas entregas de la sección, tiene su aquel por las opiniones que tanto los protagonistas, como los invitados (atentos a los comentarios del público), vertieron en ese rato.


La primera de las preguntas es ¿Qué valores tienen los libros de valores? Aunque estamos muy acostumbrados a este sobrenombre para calificar a este tipo de libros no nos solemos preguntar ¿Qué es un valor? Si nos referimos a “valor” como cualidad, podríamos decir que cualquier libro tiene características que los humanos les atribuimos, como su tamaño, su peso, sus ilustraciones o el tipo de escritura. Sin embargo en este contexto parece que se refiere a su alcance o significación, como si estos libros fueran la quintaesencia moral y/o humanística que “tenemos” que ensalzar.


Después de esto habría que plantearse si estos libros amplían miras (lo que muchos nos venden) o son meras cortapisas de las siempre maleables mentes infantiles (apuntan otros sobre esta instrumentalización). Si estos libros pretenden construir ciudadanos  libres y formados sin seguir ninguna línea preestablecida, o si por el contrario los encorsetan y dirigen más de la cuenta. He aquí un nuevo dilema: ¿Tienen segundas intenciones los libros de valores?


Por lo general, cuando empezamos a indagar en los libros de valores, nos centramos en aquellos que se relacionan con los ismos. Feminismo, racismo, ecologismo, clasismo, globalismo…, una serie de tematicas doctrinales de diferente corte con un denominador generalmente ideológico. Es por ello que cabe hacerse otra pregunta: ¿Son los libros de valores un artefacto político? Mientras unos dicen que no, otros pensamos que sí, sobre todo teniendo en cuenta que gran parte de la literatura infantil suele ser tendenciosa. Para que lo piensen les dejo con esta entrada.


También, y como apuntaban asistentes a nuestra charla, hay que considerar si ¿Son los álbumes de valores modas pasajeras? Si tenemos en cuenta el carácter cíclico de la moda, la respuesta es afirmativa. Lo complicado vendría cuando tuviéramos que decidir si esa moda se ampara en tendencias de corte didáctico-pedagógico, como el constructivismo, las escuelas alternativas o la inteligencia emocional, o si por el contrario se relaciona con el universo ideológico. Para que se decidan les apunto el tan estudiado hecho de que muchos álbumes de valores sobre racismo siempre salen a la luz cuando en Estados Unidos hay un gobierno republicano. ¿Propaganda electoral? ¿Acción-reacción? Decidan ustedes.


En el contexto anterior, no sé quién dijo que, en muchas ocasiones, los álbumes de valores exhibían problemáticas sociales de gran calado, que mostraban al lector realidades incómodas. Gracias a esto me surgió la pregunta ¿Es lo mismo un libro de valores que un libro de denuncia social?  Bajo mi punto de vista hay muchos libros de denuncia social que generan preguntas e invitan a que el lector construya sus propias respuestas. Libros como De noche en la calle de Angela Lago, La historia de Erika de Innocenti o La isla de Armin Greder exponen hechos y ofrecen un espacio abierto en el que se interpela al lector y propicia un debate en pro de un discurso personal. El problema es que muchos lectores siempre dirijan su discurso hacia los mismos e interesados derroteros y emerja una nueva pregunta: ¿Consideramos como libros de valores algunos que no lo son? Ese es el problema de la apropiación humanística indebida, la de la víscera.


Esto me llevó a otro interrogante: ¿Un libro de valores siempre produce un discurso dirigido? Es triste admitirlo, pero suele ser así. Libros que nos hablan de discriminación positiva hacia las mujeres, donde los negros siempre son las víctimas o en los que ser homosexual siempre es maravilloso, a mí, personalmente, me aportan poco. Lo plural no siempre va en una dirección, sino que establece redes humanas complejas en las que hay que columpiarse, que debemos conocer y, sobre todo, vivir. Algo que nos lleva a otra nueva mirada, la de ¿Los libros de valores ofrecen una visión simplista y/o reduccionista de los problemas humanos? 


Mientras se la responden, haré hincapié en un aspecto que surgió en aquella charla (y en otros muchos espacios) que apuntó a la idoneidad y éxito que estos álbumes tenían en otros contextos que no fueran el meramente infantil, como herramienta generatriz de diálogos en foros de adultos y jóvenes. En primer lugar hay que ser conscientes de que esta es una de las características que se adecuan a la vis de la literatura cross-over. En segundo lugar hay que considerar que esto puede deberse a que el anciano y el adolescente, más experimentados y con un bagaje vital mucho mayor, sean capaces de enriquecer las situaciones, generalmente unidireccionales, que se le ofrecen. Así tenemos dos nuevas preguntas con bastante chicha: ¿A quiénes están dirigidos los libros de valores? ¿Pretenden los libros de valores una desinfantilización de la infancia?


Por otro lado, también cabría plantearse ¿Por qué los álbumes de valores deben ser inofensivos? No tiene ni pies ni cabeza que la literatura no genere un conflicto, bien personal, bien social. De hecho es lo que caracteriza a las manifestaciones artísticas,  ser el germen de un pensamiento humanístico que abogue por el crecimiento intelectual en base a una experiencia estética donde la violencia, la muerte, la guerra o el duelo estén presentes como un vehículo de conocimiento más. Una idea que ejemplifiqué con De cómo Fabián acabó con la guerra de Vaugelade.


Asimismo podríamos plantearnos ¿Son paraliterarios estos álbumes de valores? Una cuasi-penúltima pregunta que surge a tenor de la clara orientación comercial que la industria editorial confiere a unos productos en los que buenismo, ilustraciones edulcoradas y otros recursos de lo inerte, se dirigen a engordar las ventas gracias a los docentes comprometidos, los aspirantes a progres y otros salvadores de la humanidad.


Quizá plantearse todas estas preguntas les haya llevado a convertirse en detractores de los álbumes de valores, pero lo cierto es que, volviendo a la primera pregunta, los álbumes de valores también valen por otras características que no tienen nada que ver con el discurso moralista, sino que tienen más que ver con la estética, la propuesta gráfica, el discurso humorístico, el estilo o el formato, valores que hacen de libros como El libro de los cerdos de Browne, Flicts de Ziraldo o Pequeño azul y pequeño amarillo de Leo Lionni, libros extraordinarios que me invitan a hacerme dos últimas preguntas ¿Se valoran adecuadamente a los libros de valores? ¿Hay álbumes de valores buenos y álbumes de valores malos?



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