jueves, 21 de mayo de 2015

Extraña felicidad


La felicidad es algo extraño. Tanto, que en muchas ocasiones me pregunto qué hay en este mundo que a veces nos hace tan dichosos, a veces tan desdichados… Unos días, sin motivo aparente, nos despertamos malhumorados, sin ganas de nada, tampoco de ver a nadie. Nos arreglamos con desgana y deambulamos por las calles como si acarreáramos una pesada carga que unas veces se traduce en lágrimas y otras en riñas constantes (con la cafetera o con nuestros padres, ¡no dejamos títere con cabeza!). Así pasa la tarde, llega la noche y, mientras nos acurrucamos entre las sábanas esperamos ver un nuevo día que puede ser el mismo o diametralmente diferente.


Probablemente la gente infeliz nunca vea salir el sol con otro brillo distinto, quizá todos sus días sean del mismo color ceniciento al anterior, algo que prueba que la felicidad, esa con la que nos martillean constantemente los psiquiatras, los psicólogos y los “coaches” (¡Qué modas!), es un ejercicio constante que necesita de nosotros mismos, de nuestra actitud positiva, de nuestra voluntad y de nuestra capacidad para asombrarnos, para inventar pensamientos hermosos, para valorar las pequeñas cosas que tiene la fortuna cotidiana.


Desengáñense. La felicidad, esa cosa tan abstracta, tan paradójica, tan subjetiva, no es un estado de constante alegría, de perpetuo bienestar, sino que tiene más que ver con los instantes hermosos, con lo efímero de la vida (N.B.: como muestra, mi sonrisa mientras les escribo esta bonita entrada J). Abran los ojos, desperécense y tomen nota: la capacidad para asombrarse con las pequeñas cosas que tiene la vida, bien sea el trinar de los pájaros, su revolotear, esa compañía que tiene que ver con la de la familia, con la de los amigos, con el contacto que establecemos con el resto del mundo, tiene un gran valor para nuestras emociones, nuestros sentimientos y nuestra forma de ver el mundo.


Es por ello que hoy les traigo un álbum ilustrado que, a pesar del tratamiento digital de las imágenes (ya saben que no me gustan demasiado, pero soy consciente de que hay que estar receptivo y no hacerle ascos a nada), me caló muy hondo y me infló de vida. Pájaro azul, de Bob Staake (editado en castellano por Océano-Travesía), nos habla (sin una palabra, ¡increíble!) de los encuentros fortuitos, de las cosas insignificantes, de la importancia de la vida, de los amigos, de la compañía, del sacrificio, del consuelo, de cuando la muerte nos visita, del dolor insoportable, de la tenue tristeza, del consuelo y de la dulce dicha. Nos dice que queda mucho aún de lo que vivir, de lo que alimentarse, porque el corazón se conforma con guardarlo todo, incluidos el azul de sus ojos y su trino infinito.


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