martes, 3 de mayo de 2016

Libros infantiles, roles de género y estereotipos maternos-paternos


Tras haber dejado a un lado los días de la madre y del padre, congratulándome por todos aquellos que tienen la suerte (o no, yo siempre tan escéptico) de serlo, y tras contemplar ojiplático cómo las redes sociales se llenaban de mensajes ñoños y vergonzantes (por lo menos para mí) sobre el amor materno que muchos tienen (otro derivado de cara a la galería y el ciberpostureo), he creído adecuado elaborar este post para hablar sobre los roles que padres y madres desempeñan en las historias de los libros infantiles.
El mundo está cambiando (y no a pasos agigantados, como a muchos nos gustaría) y el pensamiento social, aunque moldeado por diversos medios de poder, adelanta en grado considerable a otras esferas humanas que se ven faltas de un nuevo orden, véanse como ejemplo el marco legislativo o el religioso, unos que necesitan una vuelta de tuerca y dejar de lado la anacronía que presentan el Estado y la Iglesia en muchos aspectos. De entre todo lo mejorable dentro del panorama social, son las concepciones relativas a las diferencias de género y las consecuencias derivadas de estas, las que presentan una mayor problemática y un subsecuente compromiso por parte de ciertos sectores en el que, cómo no, queda representada la faceta cultural, esa que a los monstruos literarios nos interesa.



En materia de LIJ, la cosa no podía ser menos y desde que este tipo de literatura se va afianzando dentro del ideario colectivo, surgen numerosos ejemplos que rompen con los modelos masculino y femenino que vienen rondando de lejos a muchas generaciones de niños. Claros ejemplos de esta tendencia pueden ser la figura de Pippi Calzaslargas que, aunque sobresalen entre la vorágine literaria por demostrar cierta subversión a esa imagen dócil y angelical, no son capaces de eclipsar otras figuras femeninas de mayor tirón como la de la Heidi de Joana Spyri o las de las Mujercitas de Alcott (a pesar de la presencia de Jo, una especie de oveja negra poco deseable). Tampoco hemos de olvidarnos de la representación del mal a través de las figuras femeninas como la Reina de Corazones imaginada por Lewis Carroll o las presentes en los cuentos de hadas (¡Atención brujas y madrastras!), aunque en este caso cabe llamar la atención sobre los antagonistas, unos contrapuntos benignos como las hadas madrinas o los espíritus de la Naturaleza, que equilibran dicha imagen desde un punto de vista sexista.



Y enumerando un ejemplo tras otro, llegamos al punto en el que la Literatura Infantil ve florecer el género del libro-álbum, un género que mediante dos discursos (verbal y no verbal), nos habla de los diferentes roles de género y las connotaciones que estos tienen dentro de la ideosincrasia infantil. Aunque uno de los temas recurrentes en los álbumes ilustrados de finales del siglo XX y lo que llevamos de este, es el de tratar con cierta objetividad y nueva perspectiva el papel que tanto la mujer, como el hombre, desempeñan en diferentes aspectos de la vida (se me ocurre citar el Corre, Mary, corre de Bodecker y Blegvad o El libro de los cerdos de Browne), los estereotipos clásicos siguen vigentes en multitud de libros ilustrados que, de manera explicita o de otra más críptica, crean y siguen alimentando un ideario algo rancio.



Existen multitud de selecciones (ESTA por citar alguna) y estudios sobre los estereotipos masculinos y femeninos en los álbumes ilustrados que, además de mirar con lupa los descriptores y elementos de su contenido, dan buena cuenta del tratamiento tan diverso aunque poco equitativo, que, tanto textual, como gráficamente, se hace de este tema.
Mención aparte y haciendo alusión al título de esta entrada me gustaría centrarme en las figuras maternas y paternas presentadas en los libros ilustrados para niños. No hace falta hurgar mucho para dar buena cuenta de que en la mayoría de los álbumes ilustrados, padres y madres pertenecen a la esfera del siglo pasado. Quizá no lo veamos llamativo dado que el groso de la sociedad sigue teniendo interiorizados estos estereotipos, pero sí hay un esfuerzo evidente por parte de autores, editores e intermediarios de la lectura para darle cierta elasticidad a esas percepciones. Frente a las madres amables y cariñosas del siglo XIX y principios del XX, empiezan a abundar madres desagradables y gritonas (acuérdense de la Madrechillona de Bauer); frente a los buenos padres de familia, trabajadores y protectores, vemos hombres más crápulas y otros implicados familiar y sentimentalmente, algo que se agradece más que nada por la pluralidad (a todos nos gusta vernos identificados en ciertos aspectos) y la visibilidad y normalización de una sociedad mutable y activa.


Si además tenemos en cuenta que la imagen que proyectan los productos culturales sobre los roles de género está íntimamente relacionada con las pre-concepciones sobre otros aspectos relacionados con la sexualidad o la orientación sexual (¿Una mujer ruda es sinónimo de lesbiana y otra dulce de heterosexual? ¿Un hombre que ayuda en las tareas del hogar pone en entredicho su virilidad?), o la institución familiar, véanse familias monoparentales o padres del mismo sexo, se hace necesario cambiar esos arquetipos ya que redundarán al imaginario colectivo de un modo más activo.


Está más que claro que necesitamos un cambio de perspectiva desde diferentes ámbitos, pero, ¿a qué precio? Este aspecto, muy trabajado desde la administración, centros y observatorios gubernamentales, y los llamados “agentes sociales”, aunque ha ayudado a la visibilización del problema, también ha actuado de un modo sesgado criminalizando/ensalzando los -ismos (no entiendo porqué cada vez existen más casos de maltrato machista entre adolescentes si son los que mayor información han tenido sobre este tema, y sigo sin comprender porqué el feminismo es mejor que el machismo).


Seguramente este intervencionismo (político o de otra índole, cada cuál que use su propia lupa) ha sido, en muchos casos, el origen de infinidad de libros que, de un modo evidente, han ido encaminados al adoctrinamiento (se me ocurre citar Arturo y Clementina o Rosa Caramelo de Adela Turín y Nella Bosnia) mientras han infravalorado el mensaje literario, algo que sucede en pro de otros fines pedagógicos o didácticos que, aunque igualmente lícitos en un artefacto utilitario como es el libro, tienen más que ver con una literatura concebida como medio de poder en el que confiar para crear ciudadanos a medida, que con el puramente ocioso. Con ello quiero decir que considero oportuno utilizar con sumo cuidado este tipo de libros, ya que unas veces por exceso, otras por defecto, no se ajustan a la realidad imperante, sino que la mayor parte de las veces, esas “buenas intenciones” se degradan hasta al cliché y abordan la normalización estereotípica desde un punto de vista demagógico, lo que se traduce en cierto dogmatismo panfletario.


En base a todo lo dicho les dejo con un dilema: ¿Acaso somos incapaces de entender que muchos escritores e ilustradores están en su pleno derecho de decidir qué tipo de estereotipos paternos y maternos son más apropiados para las obras que pergeñan? ¿Deben estar los valores por encima de la Literatura? ¿Es lo suficientemente libre una Cultura castrada a favor de la corrección política? Mientras dan con la respuesta pueden leer los dos libros que me han inspirado este post con tanta chicha: Tipos duros (también tienen sentimientos) de Keith Negley, publicado por Impedimenta y El viaje de mamá de Mariana Ruiz Johnson (Kalandraka), dos álbumes de nuevo cuño que tratan de derribar ciertos prejuicios sobre madres y padres.



Para terminar y sin ánimo de crear conflicto alguno (todos tenemos madre y la nuestra es la mejor), prefiero limitarme a decir que muchas veces pienso que activismo, buenismo y progresismo ("Vidas de santos" podríamos llamarlo) se dan la mano en detrimento del avance social, y otras, le rebanaría el pescuezo a todo aquel que esté a favor del sexismo... No obstante y aunque parezca raro en mí esto de los términos medios, creo que el camino más adecuado es el que se traza paso a paso, en la vida real o en la literaria. Hay que estar en el mundo y cambiar poco a poco nuestra cosmovisión. Así opto por el ejemplo, el arma más eficaz y que también se echa más en falta. Por ello y mientras piensan en todo lo de hoy, voy a repartir cariño a raudales entre mi padre y mi madre.



Algunos estudios y análisis para profundizar:

-En castellano:
Colomer García, T. & Olid Báez, I. 2009. Princesitas con tatuaje: las nuevas caras del sexismo en la literatura juvenil. Textos, 51.

-En inglés:
Gooden, A. M. & Gooden, M. A. 2001. Gender representation in notable children's picture books 1995-1999. Sex Roles, 45(1): 89-101.
Hamilton, M.C., Anderson, D., Broaddus, M. & Young, K. 2006. Gender stereotypes and under-representation of female characters in 200 children's picture books: a twenty-first century update. Sex Roles, 55 (11): 757-765.
Oskamp, S., Kaufman, K, & Wolterbeek, L.A. 1996. Gender stereotyped descriptors in children's picture books: Does “curious Jane” exist in the literature? Gender role portrayals in preschool picture books. Journal of Social Behaviour and Personality, 11(5): 27.
Taylor, F. 2009. Content analysis and gender stereotypes in children's books. Sociological Viewpoints, 25.
Tsao, Ya-Lun. 2008. Gender issues in young children's literature. Reading Improvement, 45(3): 108-114.

viernes, 29 de abril de 2016

Marionetas sin hilos y teatros a medida


Cada vez es más persistente ese pensamiento que me dice que, para que un niño como yo subsista en este mundo de adultos lleno de prejuicios, intereses económicos y mal humor, es necesario teatralizar más de la cuenta. Intento mantenerme al margen y seguir siendo yo, pero la supervivencia está primero y, a pesar de la tentación, no abandono el guión. Opto por conformarme con el papel que otros me han dado en esta obra, re-escribir ciertos pasajes a mi manera, e intentar conquistar el escenario. No olviden que las marionetas pueden romper los hilos y hacer suyo el teatro, bailar por sí solas...

Vivo dentro de un teatro
tan pequeño, tan pequeño
que aquí se pueden tocar
las estrellas con los dedos.

Los caminos son muy cortos.
Cuando salgo, ya regreso,
cuando doy la vuelta al mundo
me despido: “¡Ahora vuelvo!”

No hay sitio para fronteras,
para banderas al viento.
Aquí todo lo que pasa
no es historia, es un cuento.

El teatro donde vivo
es pequeño, tan pequeño,
que hay que mirarse a los ojos
para verse desde lejos.

[...]

Juan Carlos Martín Ramos
Vivo dentro de un teatro.
En: Mundinovi (el gran teatrillo del mundo).
Ilustraciones de Federico Delicado.
Premio de poesía para niños “Ciudad De Orihuela” 2015.
2016. Vigo: Faktoría K de Libros.



martes, 26 de abril de 2016

De palmeros, irreverencias, sorna y educación


Dada la suspicacia del personal y que mis comentarios suscitan todo tipo de irascibilidades, he decidido ponerme en modo “políticamente correcto” y olvidarme de quien soy, no sea que alguno tenga que acordarse de toda mi familia en vez de reírse de todas esas gilipolleces que se me van ocurriendo a tenor de los libros con los que me topo.
El caso es que en este mundo en el que la política y las ideologías lo prostituyen todo (incluso la cultura, esa que se supone universal y libre), más vale tener mano izquierda, que decir/hacer lo que a uno le venga en gana (¡Ay qué vida más triste! ¡Tan llena de cortapisas! Con lo difícil que se antoja dejar los prejuicios y complejos a un lado...). Parece que todos debemos estar al servicio de los regímenes imperantes y sus idearios (los hay de todo tipo, no se crean...), y si disientes con ellos o te significas como mera oposición, te traducen como una traición.


Así, empiezan a tirar del hilo (tangencialmente, la mayoría de las veces) y acaban demonizándote por pura objeción. Que si poco compromiso (bastante sabe el que no me conoce de nada), que si maleducado (cuando deberían adjetivarme como insolente y descarado) y monstruoso (¿Ven? En eso estoy de acuerdo... “1. Contrario al orden de la naturaleza. 2. Excesivamente grande o extraordinario en cualquier línea [...]” RAE dixit -las demás acepciones no las pongo que no me convienen... ja, ja, ja-).
Últimamente parece que sólo se traducen como gentiles las reverencias serviles, y es algo en lo que no estoy en absoluto de acuerdo, más que nada porque ser algo impío (N.B.: No siempre tenemos que blasfemar en contra de Dios, también sobre el sistema educativo, los veganos, el ecologismo, el postureo español, el fútbol, los abrigos de piel, la corrupción policial y otro sinfín de ideosincrasias más), no implica ser irrespetuoso, sino mirar la vida con chufla, que ya tenemos bastante seriedad...


No sé que opinaría al respecto de este lío el protagonista de Por favor, Señor Panda (libro ilustrado para primeros lectores de Steve Antony y editado en castellano por NubeOcho), uno con bastante educación pero tan canalla como yo. Un mamífero que, con acidez, sorna y una pizca de humor negro (me recuerda un poco al de los personajes de Jon Klassen), nos da una clase magistral sobre lo que diferencia a la cortesía de la irreverencia, que poco tienen que ver las buenas palabras con los malos pensamientos, y de que tocar las pelotas y estar en el mundo son compatibles a un mismo tiempo. Algo que parece ser que se nos ha olvidado por la ingente cantidad de palmeros que nos bailan el agua a diario con tal de medrar en la vida.


sábado, 23 de abril de 2016

¡Feliz (y mágico) Día del Libro!


Mientras otros aprovechan el día de hoy para hacer apología del nacionalismo (cualquier excusa es buena para mirarse el ombligo...), yo me dedico a tareas más abyectas... Hastiado de leer, tras una siesta reparadora y mucho darle al 23 de abril, he concluido con que, además de estar harto del rollito cervantino (viendo los reportajes que se han marcado las cadenas culturetas, no me extraña), esto de la letra impresa necesita una nueva perspectiva.
No sé si esos discursos apocalipticos sobre la Cultura llegarán a materializarse, ni si los artefactos culturales sólo van mutando dentro de las tendencias del orden humano, ni siquiera si el lenguaje quedará reducido a códigos más sencillos que el literario, pero lo que sí tengo claro es que necesitamos una nueva forma de vender la cultura a las generaciones venideras.


Hemos llegado a un punto de no retorno. La Literatura se ha quedado estancada, acotada a un destinatario con perfil definido, y es incapaz de llegar a más lectores potenciales. Algunos disentirán diciendo que jamás las letras y sus productos han estado tan diversificados como hasta hoy, que nunca antes han alcanzado un nivel tan democrático..., algo sobre lo que, seguramente, no les falta razón, pero hay algo más de lo que hablar: de magia.


El libro y su principal baza, el contenido, han perdido su posición frente a otros artefactos culturales del mismo nivel. Es incapaz de despertar la pasión e ilusión del público. Mientras que hace décadas el libro no tenía apenas competidores, hoy día son los videojuegos, el cine, festivales de música, sexo y bares de copas, unos contra los que es muy difícil luchar con presentaciones, firmas de ejemplares y dramatizaciones, los que se rifan el ocio, el hedonismo y la atención humanas.
Entiendo poco de espectáculo (o según se mire, quizá bastante), tampoco tengo las claves del éxito literario, pero sigo subrayando la necesidad de promover nuevas formas de animar a la lectura que, con más garbo y menos repetitividad, sepan encantar a nuevos lectores y consumidores.


Así que, mientras otros piensan en ello (que yo ya lo hago bastante), les dejo con el ¡Libros! de John Alcorn y Murray McCain, un álbum ilustrado clásico, colores neón y maravilloso (editado en castellano y formato mini por Gustavo Gili) que todavía no había reseñado en este espacio, para apelar a eso que reza la letra de cierta canción: “dejaremos claras las páginas que nos importan, las de los libros abiertos”.

¡Feliz Día del Libro!

jueves, 21 de abril de 2016

De postureo español, ropa, fechites y calzones


Me trae de cabeza esa simbiosis que se ha establecido entre el postureo español y la venta de ropa a través de internet. No sin asombro contemplo cómo las clases bajas y medias se dedican a agenciarse todo tipo de trapos por la web. Que si los pantalones que se gasta Cristiano, que si la falda que llevaba la del “Príncipe”, que si mi nene va a ir a tope con esta camiseta que luce Justin Bieber en tal videoclip... Vamos, que estamos onnubilados con la pose y la tontería que, como dice mi abuela, es gratis y cada uno coge la que quiere.


No hay que olvidarse de las imitaciones de las marcas comerciales de lujo que, además de sustentar una intrincada red de explotación de menores, mafias y otros sinsabores de los países en vías de desarrollo (¡Qué pena!), dan alas a la imaginación de todos los arribistas de occidente que con tanto ego lucen sus mejores galas (pelucos incluidos) en bodas, bautizos y comuniones. Así pasa que al final la gente de pro, burgueses y aristocracia, optan por pobre y sencillo atuendo, no sea que los confundan con quincalla...


Además de los dramas sociales, también tenemos los personales. Están tan atestados los cajones que no sabemos qué hacer con tanto fondo de armario (más todavía si, como a un servidor, te da pena tirar la ropa empercudida y andrajosa: el clásico nostálgico...). Qué gracioso es el no dar a basto para colgarse todo lo adquirido, desbordarse... Y lo mejor llega luego, cuando te encuentras en la oscuridad de algún bar, haciendo el tentesieso con auténticos árboles de navidad nocturnos, copa en mano.


No obstante, ya saben que a uno le gusta la liberalización de los mercados (a pesar de los podemitas que se pirran por vaqueros de Tomás Hilfiger o tacones de Manolo Vlanik) y entiende que, cada uno pueda invertir el sueldo en sus propios fetichismos que, bien canalizados, le pueden proporcionar más de una satisfacción. Fíjense, yo me vuelvo loco con el calzado hasta el punto de practicar el psicoanálisis a través de ellos, y a otros, como los protagonistas de Los calzoncillos del oso blanco un gracioso libro para primeros lectores de Tupera Tupera (sobrenombre bajo el que se esconden los ilustradores japoneses Tatsuya Kameyama y Atsuko Nakagawa) y editado por la editorial valenciana Andana, les da por la ropa interior... Ya saben que bragas, calzones y sujetadores se han diversificado a pasos agigantados para estar acordes a todos los pareceres y paladares, así que no pierdan el tiempo: acudan a una mercería (de las antiguas, sí señor) y adquieran los que más convengan a su personalidad.


miércoles, 20 de abril de 2016

En defensa del fondo editorial, las re-impresiones y re-catalogaciones


Mientras se va acercando el próximo sábado, día en el que conmemoraremos la (supuesta) muerte de Miguel de Cervantes y William Shakespeare, se me ha venido a la cabeza un pensamiento bastante relacionado con los libros y el entramado comercial que se erige durante estas fechas con ellos... Así que ¡a desgranarlo!
Por lo general, pensamos que la Biblioteca es la responsable de aupar las lecturas antiguas, los libros clásicos y otros títulos que terminan llenos de polvo, mientras que nosotros nos pirramos por consumir los títulos de última hornada, las novedades que se nos recomiendan por parte de la llamada crítica en revistas especializadas, suplementos culturales, blogs como este, y otro tipo de espacios dedicados a la letra impresa, algo que está muy relacionado con la sociedad de consumo en la que vivimos.




Cuando generalmente abordamos esta relación (Capitalismo vs. Cultura), se encienden mucho los gaznates y surge el eterno debate entre la supervivencia económica y los productos de calidad, que según mi criterio, también está muy relacionado con el contexto social en el que acontezca... y ejemplifico. Cuando viajo a otros lares (generalmente al Reino Unido) y me cuelo en alguna librería, me resulta bastante llamativo ver cómo en la sección de los libro-álbumes co-existen obras muy conocidas y de calidad, con otras de nueva hornada, es decir, existe cierto equilibrio entre el reconocimiento de la calidad y excelencia del producto cultural (prueba de que las re-ediciones no se agotan) y las oportunidades comerciales que se le brindan a nuevos artefactos literarios que pueden llegar a ser igualmente válidos, y que apunto como paradójico teniendo en cuenta que ha sido la cultura anglosajona y occidental la que más a apostado por el “fast-book”.




Por contra -y haciendo referencia al género del álbum ilustrado-, en el mercado español nos encontramos con algo diametralmente opuesto. Por un lado, las librerías y las grandes distribuidoras prefieren dar una mayor visibilidad al producto de rápido consumo y las novedades estacionales, así como a promocionar aquellos libros con mayor aceptación entre el publico, que a otras obras más clásicas y de gran calidad (¿Se deberá a la falta de espacio? Es algo a lo que suelen referirse constantemente los libreros...). Y por otro lado, tenemos la escasez de re-impresiones y re-ediciones de obras que han demostrado su validez y vigencia, algo sobre lo que habrá que sopesar las causas, pero que intuyo se debe al inmovilismo de la clientela, la poca potenciación de las comprar privadas y gubernamentales y al estancamiento del mercado del libro español (sólo compramos libros cuatro gatos).




No obstante, he de decir que cada vez observo cómo más editoriales se preocupan por darle su cuota de visibilidad (merecida, por supuesto) a libros que han “funcionado” bien entre el público, en vez de producir más y más títulos nuevos con los que llenar la parcela de las novedades (¿se habrán dado cuenta que la sobre-saturación del mercado -uno modesto como el nuestro- puede tener un efecto negativo sobre las ventas?) y que se puede extraer más rentabilidad de un producto antiguo y extraordinario que de otro novedoso pero más fútil.




Por todo ello y dada la proximidad del 23 de abril, un día con mucho trajín, no sólo de ventas en las librerías, sino en cualquier templo del libro -incluidas las ferias que estos meses llenan plazas y paseos de nuestra geografía- que se vanaglorie de serlo, he creído oportuno darle un soplo de aire fresco a obras que me encantan y que defiendo hasta la extenuación cuando hablo de libros con aquellos que me quieren escuchar.




Sin más, hoy me dedico a mí mismo esta entrada llena de libros que me chiflan pero de los que sólo unos pocos nos acordamos.

martes, 19 de abril de 2016

Soñar, volar, vivir...


A pesar de que los sueños nos pueden condenar ad infinitum, no sólo por su naturaleza intangible y evanescente, sino por cómo los canalicemos dentro de nosotros (N.B.: La mera comparativa con el mundo real, el sobrevalorarlos, puede desembocar en frustraciones y desencantos. He visto morir a más de uno por ver sus sueños incumplidos...), sigo siendo partidario de ese increíble fenómeno que tiene lugar en la llamada fase R.E.M.
Sigo con mis sueños aunque cumpla pocos. Todavía los tengo y me siento afortunado por ello. Siempre he soñado despierto. Tánto, que muchas veces me sumerjo en esas ficciones, una especie de colchón para que el corazón se sienta liviano y siga latiendo pese a las penas que te trae el tiempo. A veces me alegra ser un niño y a veces me apena estar tan poco en el mundo, pero el caso es que continuo viviendo. Son sueños mundanos, alcanzables pero irreales.


Dejando a un lado mi experiencia personal y conforme van pesando los años, voy concluyendo con que pocos soñamos como lo solíamos hacer. Seguramente no soy el más ducho en esas lides, pero al menos intento ejercitar la imaginación (no como otros, que de tanto pisar la tierra tienen el gesto sombrío...). No hablo sólo de adultos, no. Últimamente veo como la realidad asola tanto a jóvenes, como a viejos, algo impensable hace unas décadas en las que, los niños, a pesar de una existencia más difícil y cruel que la de hoy día, seguían con esperanza e ilusión intactas. Y así es como mis alumnos han dejado de soñar, quizá porque nacieron en un momento en el que los sueños dejaron de ser lo que eran, quizá porque se los hemos arrebatado, quizá porque no saben dónde buscarlos...


A mi parecer, no hay excusas para abandonar las posibles ensoñaciones a su suerte, y ahí estamos nosotros para hacer que broten de nuevo. Pese a que los sueños son íntimos y subjetivos, siempre pueden compartirse. Acurrucados a la luz de una vela, en una noche de tormenta o rebozándonos sobre la hierba del campo. De viva voz o a través de las palabras de un libro... Sí, amigos, los libros están llenos de sueños y quizá por eso se dice que son capaces de hacerte un poco más libre. Quizá sea otro artefacto, otro instrumento humano para desconectar del día a día, para seguir adelante sin abandonar un camino propio, pero el caso es que nos sigue siendo útil.


De entre todos los libros para soñar con los que me he topado últimamente, es El vuelo de la familia Knitter de Guia Risari y Ana Castagnoli (editorial A buen paso), uno de los que más me ha gustado. Por su ritmo, las ilustraciones dibujadas entre líneas y aguadas azules, grises y ocres, sus espacios contemplativos, las similitudes que he encontrado con otros libros (hay una ilustración que me ha recordado enormemente al Peter Pan y Wendy de Barrie), y por lo rebelde e inquietante que se esconde en ciertos pasajes en principio inofensivos.
No sé que connotaciones poéticas tendrá este vuelo familiar en el que la fantasía se convierte en realidad y la vigilia se transforma en sueño, pero sí me ha quedado claro que volar y soñar son sinónimos, sinónimos de libertad.

viernes, 15 de abril de 2016

Risas azules frente a realidades mundanas



Tras una semana de emociones y sensaciones, y concluir con que el teatro, los lametones, los aplausos, la vulgaridad y la torpeza llenan los lugares de trabajo (de todo tienen las reuniones...), espero que este fin de semana me traiga las risas del pasado, esas que me tararean los recuerdos del Mediterráneo, en sus historias y azul enjugados.

Escondida entre las rocas
junto a la orilla del mar,
habitaba una sirena
que no quería nadar.

Por más que se lo decían
los delfines, las gaviotas,
los pulpos y las pijotas,
ninguna la convencía.

Un día frente a la costa,
un barquito naufragaba,
y le advirtió una langosta
que el marinero se ahogaba.

La sirenita varada
no se lo pensó dos veces
y nadó, como si nada,
más rápido que los peces.

Salvando al lobo de mar,
ella también se salvó.
Nunca dejó de nadar
y este cuento se acabó.

Carlos Reviejo y Javier Ruiz Taboada.
En: Versos del mar.
Ilustraciones de Paz Rodero.
2015. Madrid: SM.


jueves, 14 de abril de 2016

De la genuina amistad


Que la amistad está sobrevalorada estos días es una verdad impepinable. En nuestro mundo de tantos amigos, cada vez más evanescentes y virtuales desde que las redes sociales llegaron a nuestras vidas, hay que seguir contando con los dedos de la mano (aunque los protagonistas vayan variando pero el número siga impasible..., ya saben que nada es inmutable...) quiénes forman parte de ese lugar profundo de cuyo nombre quiero acordarme.


A pesar de las desilusiones que te propina la vida con una ingente cantidad de personas que respetabas y considerabas tuyas, uno tiene que sobreponerse a las circunstancias y dejarse sorprender por otras caras. No hay que extrañarse, sobre todo porque la realidad de hoy poco se parece a la de nuestros padres y abuelos. Una a la que rodean circunstancias distintas, como la imperante movilidad geográfica, diferentes oportunidades laborales, unas omnipresentes formas de interacción, nuevas vías de comunicación y más independencia económica, social y familiar (N.B: No se olviden de que más de un paisano en la diáspora, constata la importancia de las familias de adopción/acogida construidas en torno a los amigos).


No se apenen por el extraño balanceo de la amistad. Mientras unos años te traen nuevos amigos, otros se llevan otros tantos. Seguramente el fin de estas amistades se deba a discrepancias, otras prioridades o nuevas realidades. Y seguramente esos y comienzos tengan que ver con intereses, coincidencias o necesidades; pero les aviso de que cualquier tipo de amistad -usemos este nombre genérico para las relaciones cómplices..., ¿para qué complicarlo más?- está basado en una serie de compromisos que al obviarse para justificar comportamientos y decisiones criticables, deja caer por su propio peso lo vano e inútil de esa interacción.


Me río a carcajada limpia cuando algunos apelan a la libertad para justificar sus actuaciones, cuando muchos reprochan sin aprender a reprocharse... A mi modo de contemplarlo, cualquier relación humana (me da igual la que sea, elijan entre un amplio muestrario: yerno-suegra, marido-mujer, jefe-empleado o cuñada-cuñado...) implica una serie de acuerdos tácitos, invisibles o sospechados que, de un modo u otro, muestran el grado de respeto y lealtad que las dos partes se profesan en aras de la concordancia. Eso no quiere decir que, mientras que la enemistad sólo adopte una forma, la amistad no pueda eligir (me encanta este verbo tan amigable) entre unas cuantas.


No obstante y sin tener demasiado en cuenta estas elucubraciones más que discutibles, decirles que siempre he optado por amigos auténticos, reales, fieles y saludables. Y si no saben cómo son, les invito a leer el Marcelín de Sempé, un librito ilustrado entrañable y sincero re-editado por Blackie Books este año (lo podrán encontrar en alguna biblioteca de la mano de Alfaguara como Marcelín Pavón), que ejemplifica con rubor y estornudo, lo especial y atemporal que es la genuina amistad.