martes, 19 de marzo de 2019

¡De celebración!



El pasado domingo fue San Patricio, el patrón de Irlanda, una de esas fiestas que se han empezado a celebrar por todo el globo a tenor del gasto económico que supone. Como en otras festividades, léase el Oktoberfest, el quid de la cuestión se halla en los millones de barriles de cerveza que aderezan la fiesta, un líquido elemento que acompaña a vestimentas, ropajes, desfiles y cientos de actividades más que llenan las calles de Nueva York, Londres, Tokio, Sidney y, cómo no, Dublín, germen de todas las demás.
Siento cierta simpatía por las gentes del país esmeralda, no sólo porque compartimos puntos de una idiosincrasia católica (creyentes o no creyentes, el hecho cultural bebe de muchas fuentes), sino porque les va la marcha más que a nosotros. Quizá estaría bien un intercambio entre unos y otros (seguramente sacaríamos provecho de su liberalismo económico, de su libertad de prensa o de su concepción política), pero tampoco está mal que cada uno siga manteniendo sus costumbres y festivos, y concedernos de uvas a peras un viajecito a Cork, Galway o Limerick, que son bien pintorescas.


Si ustedes no son muy anglófilos y no han celebrado el día de Eire (Irlanda en gaélico), hoy nos toca celebrarlo con cierto retraso, pues traigo a este lugar de onstruos uno de esos álbumes clásicos que las nuevas editoriales del ramo han vuelto a reeditar para disfrute de los pequeños lectores (también grandes, como yo). El título en cuestión es El violín de Patrick, uno de los primeros libros-álbum del genio Quentin Blake (editorial Blackie Books).
Publicado por primera vez en 1968, este ya clásico nos cuenta la historia de Patrick, un hombre que visita el mercado en busca de un violín que finalmente le proporcionara el señor Cebolla en su puesto. El protagonista, vestido de verde (junto con el nombre, es un claro guiño al color de Irlanda y el símbolo de su patrón, el trébol), empieza a tocar el violín y cosas sobrenaturales comienzan a suceder mientras las notas recorren la campiña.


Seguramente muchos pensarán que este relato adolece de mucha simplicidad, algo con lo que discrepo pues considero que la poesía empapa todas sus páginas. Si se paran a pensar, en ningún lugar se habla de la magia del violín, sino que podemos bucear en los efectos que su música tiene sobre todos los seres que la escuchan. De un escenario bastante neutral, pasamos a un universo de color y fantasía donde la vida más exuberante crece al ritmo de los sones de Patrick, algo que nos permite asociar lo mágico a la bella metáfora de la construcción de un mundo mejor.


Por otro lado me gusta pensar que este libro tiene mucho que ver con la relación que Roald Dahl y Quentin Blake comenzaron en la década de los sesenta, pues quiere recordarme en cierto modo al libro El dedo mágico, uno en el que un simple dedo (hágase extensivo a objetos y cosas) son los desencadenantes de un orden ficcional que poco tiene que ver con lo natural y mucho con el carácter subversivo de los libros infantiles.
Disfruten por las pequeñas cosas de la vida. Brindemos por ellas.

viernes, 15 de marzo de 2019

Felices sobre dos ruedas



Por fin es viernes. El día se abre radiante. Cojo un libro como este, luminoso, sencillo, con rima, muy bien llevado. Disfruto de la historia. De ese hijo embobado en el escaparate, de la sorpresa de su padre, de cómo los objetos vuelven a la vida. Sonrío, no sé si por sus propios deseos o por los míos…
Todavía recuerdo cuando las bicicletas eran el deseadísimo regalo de la mayor parte de los niños, pues eran la más avanzada de las tecnologías. Videoconsolas, ordenadores y teléfonos móviles no habían hecho irrupción en nuestras vidas y los niños soñaban con una bici nueva que les llevara y les trajera. Perreábamos menos, nos movíamos más. Nos daba igual si era vieja, heredada o nueva, la cuestión es que nos trajera y nos llevara por los caminos, las calles y las veredas. Nos desollábamos rodillas y manos, pero ¡y lo felices que éramos que no nos lo quite nadie!


[…]

Un niño, Juan, tiene una idea metida,
es una bici amarilla y nueva,
de carreras, manillar a medida
curvo hacia abajo, lista en cada prueba
en carretera o pista tan querida.
La fiebre de la bici así se eleva
ahora que es casi su cumpleaños
y desea una de su tamaño.

[…]

Matteo Pelliti.
La bicicleta amarilla.
Ilustraciones de Riccardo Guasco.
2019. Madrid: Liana Editorial.



jueves, 14 de marzo de 2019

Sobre las paradojas de la libertad



Se nos llena la boca de libertad. Libertad por aquí, libertad por allá. Claman libertad el reo, el adolescente, el ama de casa, el ejecutivo, el panadero, el creyente, la prostituta y el camarero. Minorías y mayorías exigen su cuota de libertad. Todos estamos de acuerdo. Queremos libertad. Para vivir, para sentir, para trabajar. Pero, ¿qué es la libertad?
Ni la filosofía ni la política ni la psicología se ponen de acuerdo en un vocablo que todos creemos tener muy claro. En términos filosóficos se refiere al estado de servidumbre y/o esclavitud (no subyugar ni ser subyugado); la política lo define como un derecho de libre determinación y de expresión de la voluntad desde un punto de vista cívico y organizativo; y la psicología tiene en cuenta una serie de actitudes en las que destaca la espontaneidad y la indiferencia.


Todo esto suena divinamente (como toda teoría), hasta que llega la práctica y nos encontramos con todo tipo de trabas, más todavía teniendo en cuenta que el ser humano es un animal social y la libertad individual está condicionada por lo colectivo. Les hablo de compañeros de trabajo, de familias y familiajes, de amigos (supuestos, porque los de verdad te dejan volar), de transeúntes (esas calles llenas de dimes y diretes son una miseria fantástica) e incluso seguidores (que las redes sociales además de darle alas a lo privado, también actúan como mordaza).
Es difícil ser libre. Las multinacionales, los bancos, las energéticas y los partidos políticos nos utilizan, nos moldean a su antojo para ser consumidores y votantes ejemplares. Aunque no lo creamos vivimos presos de nuestras bajas pasiones, pues la libertad tiene muchas caras aunque nosotros sólo veamos la más idílica. Y así, con los grilletes invisibles de la propaganda, llego hasta Acuario, un hermoso álbum sin palabras de Cynthia Alonso, editado en nuestro país por la editorial madrileña Kókinos.


Todo empieza con una niña que, desde un pequeño embarcadero, contempla el mar mientras sueña con nadar entre los peces. De repente, un pececillo rojo salta fuera del agua y cae en el embarcadero. La niña lo recoge y se lo lleva a casa. La niña intenta construirle un acuario especial, pero el pez se escabulle. Es así como la protagonista entiende los deseos y anhelos de su nuevo amigo.
Aunque el argumento es bastante recurrente, la narración tiene mucha fuerza, pues la autora ha elegido desarrollarla a través de la secuenciación de imágenes que tienen una enorme carga onírica, fantástica, pues los sueños de la niña se mezclan con la situación del animal, contraponiendo así estos dos puntos de vista, la ensoñación y la realidad.


A ello hay que añadir una paleta de color con mucho contraste donde el azul del ecosistema acuático con los tonos ocres, negros y rojos, nos trasladan a un verano fresco y cálido en el que entran ganas de zambullirnos. No podemos olvidarnos de los detalles (¿se han fijado en el traje de baño de la niña?) ni  de las excelentes composiciones de cada doble página donde el movimiento, un metáfora hermosa de la libertad, es una constante.
Espero que les guste tanto como a un servidor. Y si no, son libres de disfrutar de otro libro.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Los pormenores del tiempo



Como bien dejé entrever el  lunes, una de las cosas que más valoro en mi vida diaria es el tiempo libre. La verdad es que disponer de alguna tarde y todo el fin de semana para uno mismo, se agradece bastante ya que cuerpo y mente necesitan orearse. Atender otros menesteres distintos a los estrictamente profesionales y dejarse llevar por derroteros más ociosos, como el que me ocupa en este mismo instante (escribir sobre libros infantiles), es un lujo del que soy consciente.


Nadar, viajar, leer, hacer la compra, hacer la comida, limpiar, poner lavadoras, corregir exámenes, salir de parranda, lavar el coche, atender a la familia… ¡Para, Román, para! Que lo peor de todo viene cuando empiezas a darle uso a todas esas horas, todos esos minutos que supuestamente te sobran y, lo que antes se suponía bastante distendido, pasa a ser otra carrera de vértigo que te ocupa más de la cuenta.


No es que yo me agobie, pues he aprendido a tomarme el tiempo con calma, pero entiendo que otros si lo hagan, sobre todo cuando no tienen quien les eche una mano con los hijos, las horas extra o la casa. Y así pasa, que los días se les hacen eternos y al mismo tiempo se les pasan volando, pues su mente trabaja a contratiempo o en un bucle de monotonía.
Un buen ejemplo de ese trajín diario lo tenemos en Cinco minutos más, el último libro de marta Altés que nos trae como de costumbre la editorial Blackie Books. En este álbum familiar (gusta a pequeños y grandes por igual), la autora nos presenta el día a día de un padre al que el tiempo no le cunde nada mientras se hace cargo de sus hijos.


Esta historia cotidiana y con cierta vis circular –empieza despertando y termina soñando-, se basa en una serie de situaciones (acuérdense del sketch como estructura narrativa) que nos exponen las paradojas a las que nos tiene acostumbrado el tiempo.  
Aparte de una caracterización de los personajes maravillosa (como en la mayor parte de sus obras) y una paleta de color encantadora, quiero llamar la atención sobre dos aspectos técnicos que me han gustado mucho. En primer lugar la ilustradora combina la secuenciación en viñetas con las escenas a página sencilla y doble, para acelerar o ralentizar el ritmo narrativo, un recurso que funciona estupendamente en un libro que nos habla del tiempo. En segundo lugar hay que denotar que los hijos son los narradores, por lo que hace más fácil una implicación del lector-espectador (hay mucho que ver en este libro-álbum), sobre todo desde una angulación en la que el mundo de padres y personas mayores parecen meros títeres de la acción ficcional.


Con este álbum muchos hablarán de crianza compartida o literatura respetuosa, pero el caso es que yo me quedo con la disyunción de ideas entre el mundo infantil y el adulto que sobre el concepto del tiempo tan magníficamente nos presenta la Altés. Por un lado favorece lo paródico y nos hace tomar con una perspectiva humorística el tema, por otro lado pone de manifiesto una vez más lo subversivo del álbum como producción literaria, poniendo en valor los pensamientos infantiles que se ríen de la terquedad y falta de miras adultas.


Para finalizar, un consejo… Quizá deberían practicar el “mindfulness”, adherirse al movimiento slow o bajar a por tabaco y darse el dos. No sé qué será mejor, pero el caso es que la relatividad del tiempo a veces no es saludable, sobre todo para esos adultos maduros y responsables que, como burros de carga, supeditan la felicidad al reloj. Disfruten del tiempo invertido (nunca se gasta, recuérdenlo) y no dejen que el “tic tac” con forma de cocodrilo les devore como a Garfio, poco a poco.

lunes, 11 de marzo de 2019

Un lunes con buena (o mala) suerte



Hoy por hoy me considero una persona afortunada. Dentro de lo que cabe tengo buena salud (algún achaque sin importancia), una familia (con sus más y sus menos, que esas tan perfectitas me aburren sobremanera), un buen puñado de amigos, un trabajo que me llena (sobre todo cuando mis alumnos no lo impiden) y me permite pagar mis facturas, y tiempo libre para ampliar mis horizontes. Sí, se podría decir que tengo suerte… También es cierto que yo ayudo, pues soy una persona bastante conformista que no se pirra por el lujo ni caprichos excesivos, pues la buena o mala suerte también es una cuestión de actitud.



Les diré que hay personas que, a pesar de tener una vida sin sobresaltos ni problemas serios, se pasan el día lamentándose por sufrir de mala suerte. No me dan ninguna pena, pues hay gente que no han nacido en un país supuestamente avanzado (¿eso sería mala suerte?), sufren las precariedades de la miseria, y disfrutan de las pequeñeces de la vida con la mayor de las intensidades. En cierto modo compadezco a estos pobres de espíritu que tienen un rasero bastante desvirtuado.
Es verdad que también están aquellos a quienes parece ser les ha mirado un tuerto. No seré yo quien lo niegue, más todavía cuando hablamos de pobreza, hambre o marginación de cualquier índole, pero sí he de apuntar que mucha de esa gente con poca fortuna (sobre todo la que deriva de decisiones personales) también adolecen de mucha ignorancia y poco sentido común, toman decisiones poco acertadas y se dejan llevar por una vida alocada que suele traer muchos problemas, principalmente de salud y/o monetarios.


A veces pienso que la suerte es un invento para justificar nuestras circunstancias vitales, nuestra propia humanidad, y que cuando se rompen ciertos cánones, echamos mano de ella, pues nos es difícil admitir que cometemos errores, que no somos tan racionales como pensamos y que esa supuesta perfección a la que nos aboca la sociedad es inexistente.
Y dejo de ponerme trascendental para ilustrarles mis ideas con un título excelente (que se me pasó en su día... ¡Qué suerte haberlo encontrado!) de Sergio Lairla y Ana G. Lartitegui, El libro de la suerte, un libro editado por A buen paso que todos deberíamos conocer y sopesar para entender qué es eso del azar. Pues en este libro que conecta dos narraciones bien articuladas sobre una vacaciones, se nos presentan diferentes facetas de la llamada fortuna. 



Una de ellas está protagonizada por un personaje amable y bastante comprensivo que se deja llevar por las casualidades. Si le damos la vuelta al libro y abrimos la otra tapa (¡Sí, dos tapas para dos historias!) nos topamos con un personaje malencarado, terco y poco voluble al que nada le viene bien. Conforme pasamos las páginas vemos como se sucede la acción, mientras que a uno se le presupone mala suerte y al otro buena, nos damos cuenta de que esto no es así, pues el “ganador” (lean el libro y se sorprenderán) no es quién a priori empatiza con el lector. Seguramente les entrarán ganas de tirar el libro a la basura, pero si se detienen a pensar en la dicotomía entre suerte y felicidad, se pueden sorprender gratamente.


Sobre los aspectos técnicos del libro llamar la atención sobre la combinación de estructura de cómic y álbum, lo que le confiere una estructura secuencial bastante dinámica, así como la economía verbal del mismo, pues deja bastante libertad a la creación discursiva. También decirles que me encantan ciertos elementos de las ilustraciones (el barco y su reflejo como nexo de unión, la comicidad de ciertos personajes, la yuxtaposición de ambas historias, los cientos de detalles con los que enriquecer nuestras ideas, los guiños a los juegos de azar y a las ciudades monumentales, las aguadas sutiles…). Vamos, ¡que hay que leerlo!
¡Ah! ¡Y buena suerte en este comienzo de semana!

viernes, 8 de marzo de 2019

Un poco de belleza



Advierto tenue esperanza. Quizá algo de tristeza. Pero los versos siempre iluminan. 
Se me antojaba terminar la semana con un poco de belleza...

EN LA ÚLTIMA habitación de mi casa
tengo algo haciéndose viejo

un vestido que doblar:
tu pecho

y comer lo que no alcanzan las manos
el pan bajo la sombra de un almendro
eso es todo

¿cómo volverá el lugar golpeado por el llanto
a hacer confianza de la lluvia?

un suave sentimiento
de la luz que consuela
y ocupa su lugar natal.

María Sotomayor

La libertad es una puerta abierta a los errores
es el orgullo del error bien cometido
La felicidad es saberse equivocada
y con qué saña abundo en cada falo
con qué alegría tropiezo el sendero
hacia ninguna parte
hasta mí misma

Natalia Castro Picón.
Mis pasos.

En: Decir mi nombre. Muestra de poetas contemporáneas desde el entorno digital.
Selección de Martín Rodríguez-Gaona.
2019. Lérida: Milenio.
Ilustración de esta entrada: Fernando Vicente.



jueves, 7 de marzo de 2019

Grandes figuras de la ilustración LIJ (XXIX): Kvĕta Pacovská



Kvĕta Pacovská (Praga, 28 de julio de 1928 - 6 de febrero de 2023) fue una de esas leyendas del álbum, una mujer que con más de noventa años seguía en activo, sobre todo dando cursos, talleres y conferencias. 
Esta artista destacó en su infancia por sus aptitudes para el dibujo, algo que la llevó a ingresar en la Escuela de Artes Aplicadas de su ciudad natal recibiendo clases de maestros como Emil Filla, seguidor del cubismo picassiano. Aunque vio interrumpidos sus estudios por la Segunda Guerra Mundial, consiguió graduarse en la especialidad de Arte Gráfico a finales de la década de 1940.




Ilustraciones para "Pohadky Pro Vsedni Dny I Pro Svatky" (Albatros, 1973)

Tras realizar trabajos personales que daban vida a los cuentos que narraba a sus propios hijos, fue contratada por varias editoriales para ilustrar libros de cuentos infantiles, entre los que destacaron los de los hermanos Grimm y los de Hans Christian Andersen. De esta forma, Pacovská labró su fama de ilustradora, creando imágenes de los personajes de cuentos infantiles más conocidos de algunas editoriales checas y alemanas. Pronto llegaron sus ilustraciones para la edición germana de la novela Momo, de Michael Ende, que le abrieron la puerta al universo de la ilustración infantil contemporánea. También destacables son sus imágenes para El señor de las moscas de  William Golding, donde comienza a trabajar el arte secuencial y del que dará buena cuenta en su producción de libro-álbum posterior. Siempre se quedarán en el tintero las ilustraciones para Alicia en el país de las maravillas, uno de sus libros favoritos de la infancia y que nunca ha ilustrado.



Portada e ilustración para "Momo"


Ilustración para "El señor de las moscas"

Durante el último cuarto del siglo XX, además de compaginar su trabajo como ilustradora editorial y tras coquetear con la disciplina escultórica a finales de los años 60 y primeros 70 (algo que tiene mucho que ver con su concepción de la tridimensionalidad en la página), empieza a experimentar en el ingrediente artístico de las ilustraciones, lo que se traduce en una incursión en el libro-álbum, un género que se presta a historias personales en las que la artista involucra toda una serie de ideas que aúpan su idiosincrasia sobre el libro. Es así como en los noventa, Pacovská publica Ein, fünf, viele (en castellano Uno, cinco, muchos, editado por Kókinos) que recibe un notable juicio de la crítica artística. A este le siguen dos libros excepcionales como El pequeño rey de las flores (1992) y Teatro de medianoche (1992), un libro con pestañas móviles para la creación de personajes donde se empieza a observar su viraje hacia el álbum manipulativo y conceptual. A estos le siguieron Colores, colores (1994), El cuadrado de Rond (1994), No hay dos sin tres (1995), Alfabeto (1996) y Hasta el infinito (2008). De entre todas destaco las dos últimas, obras cumbres dedicadas a los pre-lectores que forman una pareja de exquisiteces para los sentidos.



Tras decenas de libros publicados como Fold/UnfoldLa merienda, Pedro y el lobo, Hansel y GretelCaperucita roja o Cenicienta, Pacovska llama la atención sobre las dos fuerzas motrices que le han ayudado a insuflar vida a estos libros: su responsabilidad como madre y el amor que su abuela le inculcó por los libros ilustrados. En cierta ocasión apuntó que “cada vez que comenzaba un trabajo nuevo, intentaba que su idea pareciera más grande”, algo que tiene mucho que ver con la generosidad de la que parte su filosofía, donde “lo más importante para el libro de imágenes es el amor por los niños. Sin pensar y sentir por la audiencia infantil, las imágenes serían sin vida y los libros de imágenes en sí ... muertos.”






Impartió clases de diseño gráfico en la Academia en Berlín desde 1992 hasta 1993, y en 1999, recibió el doctorado honoris causa en diseño en la Universidad de Kingston, Inglaterra y cuenta con más de 50 exposiciones individuales y colectivas tras sus espaldas.
Si a todo esto unimos reconocimientos como la Manzana de Oro de la Bienal Internacional de Bratislava 1983, el Gran Premio Catalonia de Barcelona 1988, el Grand Prix Allemand de Literatura Infantil, la Lettre d’Or de Franckfort, el Pinceau d’Argent de Amsterdam, el Premio Especial de Bolonia 1988, el Premio Johan Gutemberg de Leipzig en sus ediciones de 1984, 1989 y 1997, el Sankei Book Culture Award de Tokyola Deutsche Ugendliteraturpreis en 1991, el Hans Christian Andersen en 1992 que reconoció su "contribución duradera a la literatura infantil", y el Illustrad'Or 2006 de la Asociación Profesional de Ilustradores de Cataluña (APIC), podemos decir que es una de las ilustradoras más completas que hay.


 

Y ahora, una disección de su obra… Su trabajo principal es el de aupar el libro-objeto, el libro experimental y/o el libro de artista, algo en lo que está empeñada desde sus pronta carrera. Su concepto de libro está más allá de una producción impresa como un continente limitado y sugiere nuevas posibilidades que desbordan esos límites, no sólo físicos, sino también psicológicos, pues en ellos interviene la producción fantástica del discurso por parte del receptor. "He intentado hacer los libros como objetos de arte en papel, como pequeños museos para la palabra y las imágenes" dijo en cierta ocasión.
El libro pasa a ser tridimensional, estereoscópico, móvil, un objeto manipulable con gran diversidad de facetas. Al mismo tiempo es expresivo, interactivo y estimula los sentidos para despertar nuevos universos en los que perderse. El juego con el lector-espectador o la diversidad de los materiales con los que toma forma, como el papel de aluminio, el papel de calco o el acetato, nos ayudan a comprender un proceso creativo complejo en el que la artista se sumerge antes de darle vida. “Es un proceso muy largo que a veces me lleva años. Después, cuando lo tengo claro en mi mente puedo crearlo en muy poco tiempo”, comenta la autora.


También hay que hablar de los personajes en su obra que suelen ser recurrentes, como por ejemplo la luna (Fíijense en todas esas ilustraciones de caras enmarcadas en un contorno circular), el ¿lápiz? (Supongo que serán esos seres esbeltos y delgados que aparecen en tantas de sus ilustraciones), el hipopótamo, el rinoceronte (un personaje a quien hace un guiño en el monstruo híbrido de Mon ami invisible de Annalies Schwarz, y a quién está dedicado un libro entero como es el caso de Rotrothorn), montones de letras (su Alphabet es maravilloso), o la mismísima Caperucita. Este hecho tiene un deje metaliterario que ayuda a entender su obra como un todo, como un ente continuo.



Sobre su estilo podemos apuntar a similitudes con la obra de otros artistas como Chagall, en el uso de la línea, Vasily Kandinsky por sus complejas composiciones geométricas, a Paul Klee, sobre todo en lo que se refiere al color, o Pablo Picasso por las formas angulosas que exhiben algunas de sus ilustraciones. Como hemos visto, Pacovská se nutre de la tradición gráfica de Hungría, Polonia y Checoslovaquia, pero también del constructivismo ruso, de Kazimir Malévich y de Kurt Schwitters (a quien dedicó un libro homenaje), quizá mucho más sensible y  funcional, algo que en parte recuerda a la Bauhaus alemana. 
No  obstante ella prefiere hablar del lado emocional, uno que lleva a pensar en el libro como vehículo de (re)conocimiento personal, social y, por qué no, universal (cualquiera puede ver su reflejo en ellos). 


Creo que Kveta Pacovska tiene algo muy personal que la ha convertido en una de las mejores ilustradoras del siglo XX y parte del XXI, una autora de transición entre la edad dorada del libro-álbum y las nuevas generaciones de ilustradores europeos, de esas figuras que sirve y servirá de inspiración a los que están y todos los que vengan. Una artista única e irrepetible.



miércoles, 6 de marzo de 2019

Libros que te alegran el día



Después de cuatro días de descanso (la llamada “semana blanca” se ha abierto camino en una vida, la mía, que empieza a parecer monótona), regreso todavía más aplatanao. No sé si se debe a la gran cantidad de exámenes que se apilan sobre mi escritorio, a las decenas de libros que aguardan para ser reseñados, o que este tiempo pre-veraniego va a minar mis biorritmos. El caso es que me hallo con cero ganas de regresar al tajo (o mejor dicho, “los tajos”, pues llevo demasiadas cosas en ristre).
Puede que también tenga que ver con el proceso fisiológico del estrés, ese en el que, cuando cesas un ritmo frenético de quehaceres, tu cerebro empieza a secretar endorfinas y te quedas en un estado de calma total en el que te resulta igual de difícil levantarte del sofá que ir a correr la maratón de Nueva York.


Quizá esté relacionado con la celebración del 11ºaniversario de este lugar, pues bien sabido que tras emborracharse de bebidas espiritosas y tanto cariño ajeno, la cosa se enturbia, no sólo por el dolor de cabeza y las vomitonas, sino por un ligero bajón anímico que  nos impide sacarle lo positivo.
Y con este panorama un tanto negativo empiezo una semana laboral que a pesar de la brevedad, intuyo intensa a tenor de la preparación de un viaje escolar, las próximas evaluaciones, un sinfín de quejas estudiantiles, una cena de trabajo, citas con amigos, la (espero) última visita al dentista y un metatarso roto.
Y como no hay casi nada que un buen libro infantil no pueda solucionar, acudo a la última pila de títulos y doy con El cielo de Anna (editorial Kókinos), un álbum tan hermoso que crees echarte a volar.


Este es el primer libro de Stian Hole que tiene su habitación en esta casa de monstruos, pues, a pesar de ser uno de mis autores de libros-álbum favoritos, todavía no había encontrado un hueco para él aquí (prometí resarcirme). Podría haber elegido El fin del verano y otro título de la misma serie, pero lo cierto es que hoy me apetecía otro tipo de mirada (y reflejo, pues ya saben cómo funcionan los libros) y he preferido detenerme este.
El libro en cuestión no te deja indiferente (algo que se agradece teniendo en cuenta los tiempos que corren), pues nos encontramos con una historia que exhibe una poética maravillosa, no sólo por las ilustraciones sobresalientes de Hole que la acompañan, sino por entender el libro-álbum como una entidad mágica que nos sorprende y enriquece a partes iguales. Así, página tras página, se van sucediendo una serie de imágenes a caballo entre lo onírico, lo surrealista y lo fantástico, que van hilvanando una historia en la que una niña ¿consuela? (no parece un verbo muy correcto... seguramente funcionaría mejor “ilumina”) a su viudo padre en el aniversario del fallecimiento de su esposa. Esto ayuda a entender e imaginar, a recordar y serenarse, a un adulto que entiende el hecho de la muerte, uno del que por ahora no nos podemos escaquear, como algo triste y descorazonador.


Una vez más un libro que discurre por el concepto de la muerte, del paraíso y del duelo, pero con una perspectiva un tanto subversiva donde la imaginación infantil pone el punto subversivo a la mirada adulta, una contaminada por los males del mundo que tanta infelicidad acarrean.


Les confesaré que, en mi caso la construcción del discurso ha sido un tanto enrevesada (cada uno tiene sus propias experiencias), pues el autor deja al libre albedrío del lector una serie de respuestas inconclusas que a la vez son preguntas abiertas nunca unívocas, pues esa complementación entre imágenes y palabras es tal, que permiten al lector-espectador labrar su propio camino. Desde unas guardas que funcionan a modo de prólogo y epílogo, hasta detalles gráficos hermosísimos (¿Se han fijado en el reflejo del padre en el lago? ¿En las lágrimas que corren por su mejilla? ¿En que Stian Hole utiliza elementos del Kunstformen der Natur de Ernst Haeckel y otros libros clásicos sobre naturaleza para elaborar sus collages? ¿En ese océano lleno de celebridades con tanto que decir?) que hacen de este álbum una belleza que alegra el día menos esperanzador.