jueves, 17 de noviembre de 2022

Unos cuentos que hay que conocer y conservar


Harto de que muchos libros estupendos acaben expurgados y/o destruidos por ignorantes e incautos de todos los colores, he creído conveniente abrir un hueco en esta casa de monstruos a la desconocida Biblioteca del Ratón Pérez, una colección de que fue publicada a mediados de los 80 por Ediciones Generales Anaya (sello que por aquel entonces todavía seguía pegado a las faldas de Cátedra), para que algunos de ustedes se lo piensen dos veces antes de darles puerta.


Etienne Delessert

Esta colección fue un proyecto que la editorial Grasset (Grasset et Fasquelle, relacionada con Franco Maria Ricci) encargó al ilustrador Etienne Delessert a principios de la década de los 80 para darle una mirada más vanguardista a una selección de 20 cuentos infantiles desde una perspectiva plástica diferente. El suizo echó mano de un buen puñado de reconocidos artistas de ambas orillas del Atlántico y ¡voilá! El resultado fue el siguiente:

Caperucita roja, ilustrado por Sarah Moon
Las habichuelas mágicas, ilustrado por Andre François
El pájaro emplumado, ilustrado por Marshall Arisman
Hansel y Gretel, ilustrado por Monique Félix
El soldado de plomo, ilustrado por Georges Lemoine
El abeto, ilustrado por Marcel Imsand y Rita Marshall
La mujer hoja, ilustrado por Seymour Chwast
El pescador y su mujer, ilustrado por John Howe
El príncipe Ring, ilustrado por Heinz Edelman
Cenicienta, ilustrado por Roberto Innocenti


La reina de las abejas, ilustrado por Philippe Dumas
Los tres lenguajes, ilustrado por Ivan Chermayeff
La niña de los gansos, ilustrado por Paul Perret
La bella y la bestia, ilustrado por Etienne Delessert
La bella durmiente, ilustrado por John Collier
Rapónchigo, ilustrado por Michael Hague
Las tres plumas, ilustrado por Eleonore Schmid
Blancanieves y Rosarroja, ilustrado por Roland Topor
La reina de las nieves, ilustrado por Stasys Eidrigevicius
El cerdo encantado, ilustrado por Jacques Tardi


Premiada en la feria de Bologna y traducida a montones de idiomas como el inglés, el alemán, el japonés o el castellano (¡menos mal!), el conjunto de esta obra pretendía ensalzar el cuento como género fundamental para la infancia. A excepción de La bella y la bestia (Gabrielle de Villeneuve), La reina de las nieves, El soldado de plomo y El abeto (todos de H. C. Andersen), el resto son cuentos populares de diferentes procedencias (Alemania, Inglaterra, Irlanda, Noruega o Rumanía), entre los que destacan un manojo de los recopilados por los hermanos Grimm o Charles Perrault.


John Howe

Al publicarse en forma de álbumes se lograban dos objetivos. El primero consistía en desligar estas narraciones de los formatos ilustrados tradicionales, y el segundo, educar la mirada a través de imágenes poco convencionales, como las de, haciendo referencia a Martin Salisbury, “los nuevos europeístas”.


Seymour Chwast

Y así, la riqueza artística es palpable gracias a diferentes técnicas y estilos como el cómic, la fotografía, el art noveau, el prerrafaelismo, el neoclasicismo, el impresionismo o el diseño gráfico contemporáneo. Terrenos vedados como el nudismo o el racismo se abren camino gracias a novedosas perspectivas. Atmósferas inquietantes y terroríficas, formas grotescas y extravagantes, o esos juegos llenos de metáforas que hoy en día nos resultan tan familiares, llenan las páginas de unos libros que debemos conocer y preservar.


Philippe Dumas


Stasys Eidrigevicius


Monique Felix

Respecto a la maquetación hay que decir que, tanto los textos dispuestos en cajetines enmarcados, como las ilustraciones a una o doble página, se articulan para imprimir dinamismo a la lectura. Además, otro elemento que me encanta de estos libros es la primera ilustración de cada volumen que, dispuesta en forma de viñeta vertical, se acompaña del típico “Érase una vez”.


André François

Si bien es cierto que el más conocido es la Caperucita roja de la fotógrafa Sarah Moon, cabe decir que ninguno de ellos tiene desperdicio ya que, a pesar de guardar un formato y una apariencia similar, cada uno de ellos tiene matices particulares que ahondan y desbordan la historia elegida, participando de ese discurso polifónico por el que tanto abogamos los monstruos.


Sarah Moon

Aunque en otros contextos editoriales siguen reeditándose o se han recuperado en nuevos formatos, en el nuestro solo podíamos encontrar la Cenicienta que ilustró Roberto Innocenti tomando como referencia los dorados años 20. Lo recuperó la editorial SM hace una década aunque a día de hoy también está descatalogado (lamentablemente).


Roberto Innocenti

Lo dicho. Busquen, lean, disfruten y, sobre todo, ¡CONSERVEN! Es una orden.

miércoles, 16 de noviembre de 2022

Cuentos populares y libros-álbum: un puñado de sinergias


Como todos los años, esta semana se celebra en Instagram la Folktale Week, una iniciativa de un puñado de ilustradoras en la que, tomando como excusa siete elementos típicos de los cuentos de hadas (uno por cada día de la semana), artistas de los cinco continentes pueden desarrollar diferentes propuestas y dan a conocer sus imágenes y cuentos populares de cualquier parte del mundo.
En esta ocasión, esos siete interruptores son: engaño, árbol, estrella, rebelde, disfraz, poción y victoria. Para disfrutar de todas las imágenes que se creen en torno a ellos, solo tenéis que darle al enlace que hay arriba o buscar el hashtag #folktaleweek o #folktaleweek2022 en la citada red social.


Tomando como excusa esta fiesta en torno a los cuentos de toda la vida, durante esta semana daré salida a un buen puñado de artículos que toman como punto de partida los citados cuentos. Hoy, sin ir más lejos, me gustaría dar respuesta a la pregunta ¿Qué tienen en común los libros-álbum y los cuentos tradicionales que suelen establecer sinergias tan fuertes y frecuentes?
Si van a cualquier biblioteca o librería se toparán de bruces con montones de álbumes que, o bien recogen cuentos de toda la vida, o bien apuestan por narraciones con estructura de cuento más actual. Esto se debe a una serie de razones...


La primera es que el cuento ha sido la narración infantil por antonomasia. Es decir, todos los niños (o al menos hasta bien llegado el siglo XXI, que todo está cambiando y ni los abuelos saben cuentos), han crecido escuchando toda suerte de historias con una trama, un nudo y un desenlace, una estructura muy básica pero más que efectiva.
La segunda es la brevedad. Si tenemos en cuenta que un libro-álbum convencional tiene un número de páginas que oscila entre las 26 y las 32, el cuento se puede adscribir fácilmente a esta extensión tan reducida.
El tercer lugar lo ocupa el componente fantástico. Brujas, magos, ogros, animales fantásticos y objetos mágicos son frecuentes en estas narraciones. Esto hace que el lenguaje simbólico adquiera una dimensión especial a la hora de acercarse al lector infantil.


En cuarto lugar hay que hablar sobre la libre interpretación de los eventos que suceden en los cuentos de hadas. Aunque en el pasado las enseñanzas que contenían los cuentos tradicionales se relacionaban directamente con lo humano y sus problemas básicos (de ahí los arquetipos), en la actualidad estos contenidos son la verdadera punta de lanza en el formato álbum y se dirigen hacia derroteros más utilitaristas (he aquí los estereotipos) donde los ismos, el dogma y los contenidos pedagógicos se abren camino en unos cuentos modernos donde la belleza se esfuma y se gana corrección política.
El último punto es que los cuentos se pueden ilustrar “fácilmente” (entrecomillo para que no haya malinterpretaciones). Bien por la carga figurativa, bien por la libertad que da la universalidad de estas historias, las ilustraciones para un cuento no están sujetas a un lapso espacio-temporal concreto, sino que pueden fluir en diferentes sociedades, culturas o épocas, sin que esto vaya en detrimento del plano discursivo.


Cinco razones, cinco puntos comunes que ayudan a entender la estrecha relación que surge entre unos y otros, bien por extensión, por recombinación, por ósmosis, por asimilación del formato o porque sí. La cuestión es que los cuentos siguen más vivos que nunca en un universo infantil que necesita escuchar la voz del pasado con los matices del presente.

*    *    *

Los títulos que acompañan a esta entrada son, por orden de aparición:

David Acera e Ina Hristova. ¿Por qué los pájaros no tienen rey? Takatuka. En esta historia los autores nos trasladan a un cuento de autor con tintes antiguos en el que el sol quiere designar un rey entre las aves que ponga orden entre tanta algarabía. El afortunado será aquel que más se acerque a él. Con un sabor agridulce, esta historia con mucho ingenio, interpretaciones varias y una luz muy especial, merece más de una lectura.

Alan Mills y Abner Graboff. La cabra tragona. Libros del zorro rojo. Aquí tenemos una historia muy simpática donde una cabra se come todo lo que pilla. Con mucha rima consonante, además de arrancarnos alguna que otra carcajada, la cosa termina a lo grande, que es como se pone la protagonista por culpa de un hambre voraz. De gran calidad gráfica, este álbum del 1964 tiene mucha vidilla.

Beatriz Martín Vidal. Enigmas. Thule. En este libro que ya va por su segunda edición, la autora vallisoletana hace un recorrido por una serie de enigmas que le rondan tras la lectura de cuentos populares. ¿Qué soñó la Bella Durmiente? ¿Sintió alivio Rapunzel al cortarse la trenza? ¿Por qué Hansel y Gretel regresaron a su hogar? Con un estilo potente e intrigante, te lanza preguntas de las que quizá, surjan otras.  

Ana Cristina Herreros y Jesús Gabán. Paporco. Libros de las malas compañías. Ambientado en Córcega, este cuento popular narra la historia de un niño que es enviado a alimentar a un ogro para que, cuando tenga hambre, no se zampe a las criaturas. Una historia de valentía y talento que todos debemos conocer. Sin las ilustraciones del gran Jesús Gabán que imprimen suspense, elegancia y cercanía, este relato que he conocido en esta versión, quedaría un poco huérfano.

Alice Bossut y Marco Chamorro. La laguna del gigante. Yekibud. Un gigante agradable y soñador busca una laguna donde poder bañarse. En su camino descubriremos parajes y montañas, bosques y volcanes, donde la imaginación puede perderse. Un álbum vertical y en acordeón que nos ayuda a perdernos en la región de Imbabura, norte del Ecuador, tomando como excusa esta leyenda kichua donde azul, amarillo y bermellón se articulan a la perfección.

domingo, 13 de noviembre de 2022

El mejor juguete del mundo


Hoy es el segundo domingo de noviembre y se ha celebrado el día mundial del trabalenguas. Me parece una exaltación curiosa y verdaderamente global pues, teniendo en cuenta que todas las lenguas conocidas poseen sus propios trabalenguas, cualquiera puede festejarlo. Los hay muy divertidos, creativos y sobre todo, difíciles, pero seguro que cualquiera se acuerda de uno que le enseñó su madre, su abuelo o su primo en la más tierna infancia.


Y es que la lengua es un juguete de lo más económico. Nos hace felices con muy poco. Es por eso que hay gente que se divierte con las palabras y de paso, nos hace disfrutar a los demás a carcajada limpia. Este es el caso de Iñigo Astiz, un poeta que sacándole mucho partido a las palabras ha escrito un estupendo poemario (¿o debería llamarlo joemario?) que me ha robado el sentío y con el que podemos pasarnos la tarde del domingo riendo sin cesar. Como muestra, tres poemas juguetones…

Precicisamente ayer
se meme rompió
un espepejo
en este popoema
y todadavía hoy
sisigo sin poder
juntar las pipiezas

***

-¿Cómo se nutren
las plantas?
- Por fotosínteeee… ¡ACHÍS!

-¿A qué se dedicaba
D’Artagnan?
- Era espadaaa… ¡ACHÍS!

-¿Cuál es la capital
de Islandia?
- Reikiaaaaaaa… ¡ACHÍS!

-¿Oye, no estarás
resfriado?
- ¿Yo? Que vaaa… ¡ACHÍS!

***

Ameop etse néibmat
ramall aíreuq
nóicneta ut,
euq olos
etsipsed un ne
nóiccerid al noc óllaf.

Iñigo Astiz.
Piezas, El sabio y Dirección contraria.
En: Puegos y joemas.
Ilustraciones de Maite Mutuberria.
2022. Albuixech: Litera Libros.


sábado, 12 de noviembre de 2022

Animales sociales


Hubo un tiempo en el que el sentimiento de comunidad era mucho más grande. Interaccionábamos de forma más activa con nuestros vecinos. En el bar, la parroquia, el parque o en los comercios. El barrio era un ecosistema que se autorregulaba y podíamos vivir sin necesidad de salir de él.
Los unos y los otros nos necesitábamos más que ahora, o mejor dicho, seguimos necesitándonos del mismo modo, pero hacemos como que no. Somos más recelosos de nuestra vida privada, tenemos un círculo social más amplio, los niños pasan mucho menos tiempo en la calle donde viven, y el vértigo cotidiano no nos ofrece muchas coincidencias.


No creo que sea cuestión de idealizaciones (cualquier tiempo pasado no siempre fue mejor) ni de pandemias. Hace mucho que no practicamos de manera palpable nuestra condición de animales sociales (que mucho Instagram y mucha app pero en vivo y en directo, na' de na').
Sí, amigos, hay que empezar a retomar buenas costumbres. Esta es la razón por la que las bibliotecas se estén vaciando, que los centros sociales parezcan geriátricos, que en las discotecas el alterne esté demodé, o que los parques sean meros solares. La misma razón por la que hoy les traigo un libro especial.


Más allá del bosque, de Nadine Robert y Gérard Dubois acaba de ser publicado por Pípala y a los monstruos nos ha hecho muy felices porque estábamos deseando hablar de él.
Protagonizado por dos conejos (¡Cuántos libros de conejos estamos encontrándonos en las librerías este otoño!), un padre y su hijo, que viven en un pueblecito situado en mitad del bosque, anhelan saber qué hay detrás de todos esos árboles. ¿Lobos, osos, tejones gigantes? Ni corto ni perezoso el padre idea un plan para poder mirar allende el bosque: horneará pan a cambio de piedras.


Con líneas finas y precisas y colores planos, las ilustraciones beben de un estilo sobrio que recuerda al grabado, una especie de fotogramas tranquilos que destilan un cierto sabor añejo y desdibujado que bien podría recordar al trabajo de autores orientales como Komako Sakaï.
Ambientado en un mundo rural que se aleja de otros que gustan por el abarrotamiento anglosajón (véanse los universos de Beatrix Potter o Jill Braklem) no está exento de detalles hermosos como la vida en la tahona, la recreación de la indumentaria popular, los juegos infantiles (esa fiesta final es una delicia) o los pájaros azules que sobrevuelan las páginas.


Galardonada en el salón del libro infantil de Montreal, esta historia sobre la familia, la determinación, la cooperación, los deseos, discurre por una nueva senda hacia la lectura sosegada y reflexiva, esa que abre espacios discursivos que se alejan de la moralina y los ismos. Hablar de solidaridad sería reducir mucho para un libro donde el reflejo que cobra lo humano es mucho más complejo gracias a detalles silenciosos que hablan de muchos matices.

jueves, 10 de noviembre de 2022

Hogar, dulce hogar


A lo largo de mi vida habré realizado unas ocho mudanzas, lo que quiere decir que he habitado diferentes casas y he vivido en diferentes lugares. No sé si por suerte o por desgracia.
Por un lado eso de volver a empezar, además de vertiginoso siempre es excitante. Buscar rincones favoritos, vecinos con los que departir, una frutería con buen género o un bar donde se te reciba con los brazos abiertos tiene mucho encanto. Por otro, acabas hasta las narices de bregar con montones de trastos y cajas llenas de enseres, de ir de un lado a otro, del otro al uno, de perder cosas útiles y empaquetar el doble de inútiles.


Todo para convertir un lugar, la mayor parte de las veces, desangelado, en otro donde sentirte a gusto. Unas veces se consigue y otras es meramente imposible. La ausencia de luz, la humedad, la falta o el exceso de espacio pueden convertir en pesadilla cualquier vivienda. Además que eso se nota. Nosotros y los demás.
Hay casas en las que entras y te quieres quedar a vivir y otras que solo con llamar al timbre, estás deseando salir pitando. Puede deberse a la decoración, a meras sensaciones como el olor a pan recién horneado, a que sus habitantes sean personas acogedoras y permisivas, que te sirvan un vermú o te ofrezcan una manta. Pequeños detalles que las transforman y realzan.


Y hablando de casas, Poebhe Wahl nos obsequia con La casa azul gracias a la editorial Litera. En este álbum, Leo vive con su padre en una pequeña casa azul de madera. Se lo pasan divinamente jugando en el jardín, calentando la cocina mientras hornean un bizcocho o cantando y bailando para descargarse de malas vibraciones. Un día su padre recibe una llamada del casero diciéndole que tienen que recoger todas sus cosas porque ha vendido la casa y van a derribarla.


Con su inconfundible estilo neohippie en el que los colores brillantes y el collage son el santo y seña, Phoebe Wahl nos cuenta una historia que forma parte de todos nosotros, la del hogar, un espacio habitado por nuestro quehacer diario, nuestro tiempo con los demás, nuestros recuerdos y emociones. Esa es la razón por la que nos cuesta tanto abandonar los sitios en los que fuimos felices y también desdichados, en los que aprendimos a andar y en los que hicimos el amor por primera vez.


Lleno de matices narrativos (¿Por qué no hay madre en esta historia? ¿Acaso es necesaria para hablar de familia?) y detalles por descubrir (me perdería en esa colcha de patchwork, en la habitación de Leo y entre los discos de su padre), este libro, además de un alegato luminoso y entrañable contra la gentrificación (fíjense en las guardas), es una colección de esos momentos mínimos que hacen de cada día un regalo.

Del revés


Hace muchos años que no me pongo bocabajo. Desde que me examiné de hacer el pino (parece de risa, pero nuestro profesor de educación física estaba empeñado en que semejante ejercicio era clave para estar en forma), no me he vuelto a poner del revés. Al menos, de manera consciente. Inconscientemente quizá lo haya hecho mientras volaba al hemisferio sur o probando alguna montaña rusa.


En definitiva todo depende del ángulo con el que miremos las cosas. Un día nos levantamos torcidos y lo vemos todo patas arriba, y después de una buena siesta todo se va enderezando. Por eso conviene mantener la mente ocupada en cuestiones poco sesudas, más superfluas y, sobre todo, muy alegres, no sea que de tanto giro, la vomitona sea monumental.


En cualquier caso, los peores reveses te los da la vida. Enfermedades crónicas, la pérdida de un ser querido, la cola del paro o decepciones amorosas. Esos sí que te cambian la perspectiva. Tardas en acostumbrarte, pero poco a poco te vas poniendo de pie y aunque nada se parece al antes, siempre queda el después.
Cuando era pequeño quería ser un murciélago para no marearme cuando me quedaba colgando de los columpios. Hubiera sido divertido, sobre todo para darles la vuelta a las tortillas de patata y que no se desbaratasen por torpe e inexperto. Incluso para disfrutar de un libro como el de hoy.


Bocabajo, un álbum de Alba Dalmau y Cinta Vidal publicado por la editorial Bindi Books, podría enmarcarse dentro del álbum experimental ya que es un producto con una doble vida. Por un lado teníamos los trabajos que la reconocida artista plástica Cinta Vidal había ido realizando para distintas muestras y exposiciones, unas pinturas que indagaban en la ausencia de gravedad, el juego de la perspectiva y la concepción espacial y que además propiciaban una narrativa muy sugerente. En ese instante aparece la escritora Alba Dalmau que, inspirándose en ellas, idea una historia que complementa a estas imágenes.


Así nace este libro que nos habla de Caliua, una gata que desaparece el día en el que el mundo comienza a tambalearse y lo cambia todo de sitio. Lo que está arriba, pasa a estar a la izquierda, lo de abajo, arriba, y la derecha, a la izquierda. Todo se transforma en un completo caos (o quizá deberíamos decir orden) del que el espectador puede participar gracias a las composiciones que propone Vidal y que se nutren de elementos geométricos y arquitectónicos que es inevitable te recuerden a Escher.


Una delicia visual que se desborda en múltiples destellos discursivos. La resolución de problemas complejos, lo paradójico, las relaciones sociales y sus conflictos, lo compartido y lo comunitario, o dualidades de una misma realidad son algunas de las cosas que se me ocurren mientras paso las páginas. ¿Y a ustedes? ¿Qué les sugiere?

martes, 8 de noviembre de 2022

Riesgos educativos


Desde que trabajo en la ciudad me llama mucho la atención las pocas ganas que tienen mis compañeros de realizar actividades extraescolares que supongan pernoctas con alumnos. Con lo acostumbrado que estaba yo a encontrar compañeros de viaje, aquí es prácticamente imposible. Y lo peor es que todos esgrimen la misma razón: el riesgo.
“Déjate, déjate, no vaya a ser que alguno sufra un accidente y nos hagan responsables de una desgracia” “Tengo bastante con velar para que no se descuarticen dentro del aula como para llevármelos a 600 km de aquí” “¿¿A Londres?? ¡Tú estás loco! Y que alguno se nos dé a la fuga o pille un coma etílico…”


Está claro que los viajes escolares entrañan un riesgo, pero también considero que es algo que debemos sopesar no solo los profesores, sino también los padres. Porque cualquier cosa que hagamos a lo largo del día es susceptible de salir mal.
Dar un paseo y romperte el tobillo, pasar por debajo de una cornisa que acaba de desprenderse, o interponerse en la trayectoria de un conductor ebrio, nos puede cambiar la vida. Hay montones de formas de sufrir un percance. Inverosímiles e inimaginables. Pero ello no tiene una correlación directa nuestra profesionalidad.


El docente ha desarrollado un miedo excesivo hacia los padres, una forma de ver su trabajo desde el prisma del temor en el que familias y tutores legales siempre tienen las de ganar. Da igual lo que hagas, tú eres el culpable pero los alumnos nunca son responsables.
Esto es lo que lleva a muchos centros a dejar de organizar actividades de este tipo con los chavales. Una espada de Damocles que siempre está sobrevolando las cabezas de los docentes para, en caso de error o percance, segarles el pescuezo y acabar con ellos por muchos años de competente carrera que hayan demostrado.


De lo mismo ha debido percatarse Emma Adbåge mientras le daba forma a El agujero, un libro recién editado por la editorial catalana EntreDos que nos habla del miedo infundado que tienen los maestros de una panda de críos cuyo lugar de juegos favorito es una antigua cantera de arena.
Ellos se pirran por jugar en el agujero que hay detrás del gimnasio de la escuela, un espacio estupendo para dejarse llevar. Disfrutar de las raíces desnudas de los árboles y trepar por las enormes piedras es lo ideal. Hasta que Vibeke se tropieza yendo hacia allí y se parte el morro. Decidido: las visitas al agujero quedan terminantemente prohibidas a partir de ese momento.


Con un lenguaje directo, la autora sueca nos plantea una situación muy común hoy en día, al mismo tiempo que revisa el eterno conflicto de intereses entre el universo adulto e infantil, una constante en el corpus de la LIJ, e invita a divertirse en espacios naturales donde la creatividad forma parte del aire fresco incluso en invierno (¿Ven lo encogidos que andan los maestros?).
Ilustraciones donde los juegos infantiles y el quehacer escolar desbordan las dobles páginas son las encargadas de articular un discurso que tiene mucho de libertino, sobre todo cuando esbozamos la sonrisa final que sabe a triunfo.

jueves, 3 de noviembre de 2022

Llorones vs. autosuficientes


Que un adolescente te apriete las tuercas es lo más normal en los tiempos que corren. Da igual que vayan a colegio privado, que toquen no-sé-cuántos instrumentos, que lean a Schopenhauer o tengan el C2 en esperanto. Si se le mete entre ceja y ceja que quiere liarla, lo hace. Porque lo ampara la ley, el defensor del menor, la televisión, el catequista y sus yayos.


Lo tengo comprobado. Si un niñato tiene un conflicto con algún profesor, quiere salirse con la suya y mete a los padres de por medio, son los progenitores quienes pagan el pato mientras su hijo/a se va de rositas. Por amor, por incautos, por metijacos, pero sobre todo, por torpes. Y no es que yo no los comprenda, que lo hago, solo apunto que no sé si con la intervención se señalan a sí mismos, sus miserias o sus debilidades paternales.
Tiembla cuando un padre te diga que su hijo es una joya, que la nena tiene mucha educación, si luce un pin de cofrade en la solapa, te aclare cuál es su procedencia, la altura de su cuna y su expediente académico. ¡Cuidado!
Yo siempre he pensado que cuando un "pare" o una "mare" le tira de las orejas al docente de turno, tiene que ver más con el tamaño que con otra cosa. Les gusta medirse(la) con cualquiera, una obstinación que nace del ego, los traumas vitales o una ceguera apasionada por la prole. Arribistas que depositan sus expectativas en unos vástagos que toman buena nota de las lecciones paternas (que de tal palo...).


Pero, ¿de dónde sale tanta condescendencia? Está cantao, señores, de la propia sociedad, esa que dice que pueden meter la papeleta en la urna electoral. 
Cuando los críos se sienten como la fallera mayor, se aprovechan. Porque todo el mundo está pendiente de ellos, son los reyes del mambo y se han acostumbrado a rodearse de tontos, mariachis y criados. 
Pobrecitos…, encima de jóvenes, inútiles. Me río y no paro. Darles una patada en el trasero, empujarlos al abismo, que se limpien el culo solitos, que cojan las castañas recién asadas, o que se enfrenten a la realidad, deberían ser opciones plausibles que les ayuden a alcanzar la autosuficiencia. Pero no, es más fácil sujetarles el biberón mientras ellos pillan una buena gota, gastan a manos llenas, se fuman las clases y algún que otro porro.


Toda esta perorata para terminar en un libro que tiene mucho que decirnos sobre este mal endémico. 
¿Qué está pasando?, el primer álbum de Eunsil Cha publicado por Libros del Zorro Rojo, es la historia de un melodrama, el que lían una caterva de animales histéricos porque una tortuga no puede salir de un maldito hoyo. Montan una algarabía que no es normal. La de San Quintín se queda corta. Todo para “salvar” (eso dicen ellos) a un bicho que tiene más cabeza que el resto y les propina con una lección de superación y entereza en todo el hocico.
Haciendo hincapié en la estructura de sketch, esta pequeña comedia de situación se relata en un formato horizontal que ayuda a la tensión narrativa. Además utiliza una paleta de color limitada (rojo, negro, azul, beige, blanco y gris), las formas planas, el juego tipográfico y los cambios de perspectiva como recursos de estilo.
Un relato que se adecua a los primeros lectores, pero en el que más de un adulto -¡Atención, padres proteccionistas!- se puede ver retratado. Espero que se rían y les dé por pensar. Si no lo hacen es que algo no les funciona adecuadamente...

miércoles, 2 de noviembre de 2022

Soñar a lo grande


Últimamente parece que si te conformas con poco te tachan de piojoso, usurero y malnacido. Tienes que gastarte hasta la última peseta. Vivir en un barrio de gente bien, que tus hijos vayan a los mejores centros escolares, conducir un coche de alta gama y viajar al tuntún son algunas de las aspiraciones de la sociedad en la que vivimos.
Medrar porque sí, a cualquier precio, sin ningún pudor. Billetes, billetes y más billetes. Nuestros sueños se resumen en eso mientras nuestros corazones han dejado de palpitar por valores mucho más alcanzables y satisfactorios, como coserle un botón a tu hija la desastrosa, el olor a tarta de manzana recién hecha o leer a Houellebecq bajo un granado en flor.


Decía una amiga mía que ella solo quería ganar la primitiva para poder permitirse el lujo de estar todo el día cocinando, arreglar su huerto y cuidar su casa. Que no le hacía falta nada más para disfrutar de la vida. Ni viajar, ni comprarse ropa cara, ni recorrerse todos los restaurantes de la guía Michelin, ni codearse con la flor y nata. Solo quería ser como el protagonista de la historia que hoy nos ocupa.


La sopa del señor Lepron de Giovanna Zoboli y Mariachiara Di Giorgio (Editorial A buen paso) es uno de esos libros que todos aquellos que se pirran por el éxito deberían leer. No solo porque da una visión bastante aproximada de lo que ocurre en este mundo voraz, sino porque resume de manera muy acertada esos sueños que se van de las manos.
El señor Lepron tiene por tradición cocinar una sopa durante el primer día de otoño. Toda su familia le ayuda a recoger las verduras necesarias y una vez que tiene los ingredientes, se encierra entre fogones y la prepara tranquilamente. El toque especial es echar una cabezadita mientras hierve en el puchero y dejar volando su imaginación. En el sueño de hoy su sopa se hace famosa en los alrededores. Todo el mundo quiere probarla. Se corre la voz por todo el país, por todo el mundo y el señor Lepron se verá obligado a montar todo un imperio en torno a su receta. Pero ¡ay! los sueños son caprichosos y, además de convertirse en realidad, no siempre nos hacen tan felices como esperamos.


Con lenguaje directo, tipografía cambiante y un estilo que confunde realidad y ficción (¿En serio le sucede esto al señor Lepron o es simplemente producto de su fantasía?), Giovanna Zoboli da una vuelta de tuerca muy contemporánea a la fábula o cuento de La lechera de Félix María de Samaniego, con la diferencia de que en este caso los sueños se agigantan en vez de empequeñecerse.


Para la ocasión Mariachira Di Giorgio Aguadas tranquilas sobre composiciones muy pensadas que nos retrotraen a los prerrafaelistas y el clasicismo más puro, y de paso nos recuerda a otras historias ya clásicas donde los animales habitan las oquedades de los árboles y el subsuelo (véanse los libros de Beatrix Potter o Jill Barklem). El rocío, la niebla matutina o la noche campestre contrastan con estilos más industriales y metropolitanos para ensalzar una historia que aboga por la defensa de lo mínimo.


Detalles que son todo un homenaje a la sopa Campbell’s o el cartelismo francés, ornatos y filigranas propios del art noveau, o composiciones que recuerdan a Edward Hopper, llenan un álbum que defiende la llamada “slow life” desde un prisma conformista y encantador.



martes, 1 de noviembre de 2022

Celebrar la muerte con la vida


Empezamos noviembre con una miaja de fresco (¡Qué calor está haciendo! Lo peor de todo es que sigue sin caer un gotazo!), recogiendo azafrán y celebrando a nuestros muertos.
Algunos se lanzan a los cementerios para expiar sus culpas (No han matado a nadie pero se han dejado muchas palabras en el tintero), otros se gastan un dineral en flores (De apariencias vive el hombre. Efímeras, por supuesto), y los últimos, como un servidor, preferimos llenar el buche a base de buñuelos y huesos de santo (Como apunta el refrán: “El vivo al bollo y el muerto al hoyo”).


Quizá piensen que soy un desalmado, pero en esta vida hay que ser práctico, que si no, se te va la mierda en pedos y ni te enteras. No es que no haya sentimientos de por medio, es que hay que saber canalizarlos. Sin taparlos. Ni con altares, ni con tatuajes, ni con oraciones. Inútiles analgésicos temporales. Simplemente dejemos correr un tiempo que sigue siendo nuestro.
A veces pienso que ensalzar la muerte de alguien solo nos lleva a la derrota. A la suya, a la nuestra. Porqué se fue, porqué me quedé. Porque sí. Busquémosle el sentido a cualquier existencia sin que pese más que la propia. El truco está en regar la vida, hacer lo posible por estar aquí. Disfrutar de lo que tenemos y de ese modo volar livianos a pesar de las muertes que sigan. Quedar en paz es eso: saldar las deudas del ahora.


Y sin deambular más por estos rincones míos, además de dulces y pensamientos, les traigo a mi queridísimo Shinsuke Yoshitake y su ¿Cómo será el más allá?, un nuevo volumen de la colección de álbumes conceptuales que sigue publicando Libros del Zorro Rojo.
Para esta ocasión el autor nipón se centra en un cuaderno que un niño encuentra en la cama de su abuelo tras la muerte de este y que lleva por título ¿Cómo será el más allá? (Fíjense en el detalle metaliterario: el libro dentro del libro) y dónde el abuelo hace un recorrido por el desconocido universo de la otra vida sin dejar de lado el humor.


De esta manera, Yoshitake responde con mucha gracia una serie de preguntas que cualquier persona (¡Sí, porque este libro es para cualquiera, no solo está dirigido a los niños!) se ha hecho alguna vez en su vida. En qué te reencarnarías si pudieras elegir, cómo serán los dioses, o cómo imaginas el cielo y el infierno.
Tampoco es que Yoshitake olvide el lado más íntimo y reflexivo de una cuestión tan trascendental. No. Hay escenas conmovedoras y llenas de significado, que ayudan al lector a indagar en sus propios pensamientos y aúpan un discurso personal e intransferible gracias a los reflejos que proyectan.


Guiños a sus libros anteriores (¿Ven esas manzanas y robots de las primeras páginas?), una óptica cinematográfica evocadora (Hay dos imágenes que me hacen viajar a películas cuyo nombre no recuerdo, ¿adivinan cuáles son?) y unas guardas a modo de prólogo y epílogo sencillamente geniales, son algunos de los elementos narrativos a ensalzar en otro libro que guardaré con recelo y que ya he incluido en mi selección de libros sobre la muerte asignándole mis preciadas tres estrellas.