lunes, 20 de diciembre de 2021

Selección de Boardbooks 2021-2022 (Primera parte)


Empiezo una semana llena de selecciones para que Papá Noel y los Reyes Magos vayan cogiendo ideas con las que agasajar a todos los monstruos y este lunes le toca a la de boardbooks o libros de cartón.
En esta primera parte incluyo todos los que han llegado hasta este lugar durante este otoño del 2021. Libros para prelectores y primeros lectores (entre 0 y 6 años de edad), hechos en cartón y con esquinas generalmente redondeadas que también pueden disfrutar el resto de lectores-espectadores.
Como no son tan abundantes como los álbumes convencionales y no se les da tanto bombo en las librerías, conmino a padres primerizos, trabajadores de los jardines de infancia, guarderías y educación infantil, a consultar la etiqueta "boardbooks" y las selecciones del 2020-2021 (parte 1 y parte 2), 2019-2020 (parte 1 y parte 2), 2018-2019, 2017-2018, 2016-2017 y la del 2015-2016, para ofrecer alternativas de lectura a las criaturas.


Antes de empezar con los títulos comentados, unas consideraciones:
- Se presentan por orden alfabético del apellido del primer autor.
- Como la mayor parte de estos libros suelen ser híbridos entre las categorías de ficción y no ficción, no considero oportuno darle relevancia a dicha división.
- Como siempre, señalo aquellos que me han encantado con mis tres estrellas, que son como las Michelín pero en el medio LIJero.
- Aunque intento no dejarme ninguno en el tintero, siempre puede haber olvidos, así que no duden en apuntármelo en los comentarios o enviármelo (llamada a editoriales).
- Si quieren ojearlos por dentro, tienen disponibles algunos vídeos de estos en el Instagram de los monstruos.
Y sin más dilación, ¡he aquí esta primera parte de la selección 2021-2022 de libros de cartón!


Mar Benegas y Anna SüBbauer. ¡Tengo un hambre de dragón! Combel. Empezamos con un libro en el que solapas y elementos pop-up nos invitan a jugar a las adivinanzas y de paso conocer a un buen puñado de animales con un hambre voraz. Tamaños cada vez más grandes y cadenas alimentarias articulan un texto rítmico que puede hacer las veces de poema acumulativo, uno que siempre tiene mucho éxito entre los lectores.



Mar Benegas y Mariana Ruiz Johnson. La rana Mariana busca toda la semana. Combel. Nos llega una nueva aventura de Mariana la rana. En esta ocasión busca su dedalito de plata por las casas de sus amigos. Gracias a las solapas que aparecen en sus páginas desplegables, nos podemos unir a esta búsqueda interactiva y de paso aprender los días de la semana. Un libro con mucha rima, juguetón y colorista.



Rotraut Susanne Berner. Carlitos y el club de las capuchas. Misión Pollito. Flamboyant. Esta es la primera aventura que se publica en nuestro país de este álbum-serie protagonizado por un grupo de conejos. Carlitos, nuestro protagonista, ha perdido al pollito y lleva buscándolo toda la santa mañana. Como no da con él pide ayuda a todos sus amigos. ¿Conseguirán dar con él? Si no, siempre les puedes echar una mano fijándote en todos los detalles de este libro-juego de cartón muy otoñal.




Ingela P. Arrhenius. Cuentos / Juegos. Cocobooks. Vuelve a la carga una de esas ilustradoras que tanto gusta a los prelectores. Esta vez con dos nuevos títulos de su colección de boardbooks de formato diferente al clásico donde, además de elegir páginas de líneas sinuosas que se apartan de la clásica cuadratura, nos acerca al universo de los cuentos tradicionales y los juguetes infantiles. Todo aderezado con tandas de primeras palabras (en tipografía mayúscula) y escenas coloristas.



Marta Comín. Mi arbolito de navidad. Combel. Aunque también podría encuadrarse dentro de los libros carrusel, este libro de cartón trae la navidad a todos aquellos prelectores que se atrevan a pasar sus páginas y/o manipularlo a su antojo (también lo pueden poner de pie para decorar su habitación). Dulce como una galleta, amable como una sonrisa o brillante como las estrellas, ¡así es este arbolillo!




Marta Comín. El picnic. Combel. Si nunca te has ido de picnic, esta es tu oportunidad para no olvidar ningún detalle. Utilizando el movimiento de las páginas, los troqueles produce nuevas ilustraciones a través de líneas y colores que sorprenden al pequeño lector y le invitan a manipular el libro-objeto que recuerda a Abracadabra, otro título de la autora que deben conocer.



Marta Comín. Besos. Zahorí Books. (***) Con solapas y diferentes técnicas móviles, este libro se interna en el maravilloso mundo de los besos, esos gestos de cariño que se propinan los peces, las serpientes o los elefantes. Solo te hace falta mover y manipular los elementos y juntar las bocas de estos animales en un libro interactivo que puedes leer cualquier persona. Pero sobre todo no se te olvide darle un beso a quien se lo regales, ¡es la mejor parte!




Antje Damn. El lobo y la mosca. TakaTuka. (***) Llegamos a un libro con mucha chispa protagonizado por un lobo hambriento que nos obliga a ejercitar la memoria y girar las páginas una y otra vez. A la izquierda el lobo, a la derecha un montón de elementos que ¿pueden? saciar su apetito. Primero se traga la manzana, después el gato, más tarde el pato y ¡hasta un coche!… Pero ¿qué pasará cuando le llegue el turno a la mosca? Si quieres saberlo solo tienes que sumergirte en esta historia simpática y chispeante.



Nono Granero. Dentro de casa. Ekaré. (***) Este es uno de esos libros que juega con la perspectiva, un pequeño cuento acumulativo sobre los animales que se van colando en la casa de nuestro pequeño protagonista cada vez que abre la puerta. Además de una frase que funciona a modo de estribillo (imagino a un coro de niños repitiéndola), llama la atención cómo va cambiando el paisaje cada vez que se abre la puerta. La sorpresa no se desvela hasta llegar al final, sobre todo cuando miramos la imagen de la contratapa. Un libro que me ha encantado de principio a fin.



Margarita del Mazo y Laure Du Fay. ¿Dónde estás, cerdito? NubeOcho. Este es otro de esos libros que nos propone compartir un juego de búsqueda. El lobo busca al cerdito por todos lados. En el árbol, detrás de las piedras, en la casa… Pero nada, el lobo no da con él. Pero, ¿para qué lo querrá? Descúbrelo pasando las páginas de este libro tan simpático.



Margarita del Mazo y Cecilia Moreno. ¡Feliz Navidad! Jaguar. Como estamos en navidad, no podía faltar un libro en el que encontramos diversos elementos de esta época del año. La estrella, las campanas o cartas que van y vienen se presentan en un librito con mucha gracia que algunos lectores han transformado en canción. Incluido en la colección que estas dos autoras hacen crecer cada temporada para satisfacción de los monstruos ya lo hemos incluido en nuestra selección navideña.



Antonia Rodenas y Paula Alenda. Tengo una mamá / Tengo un papá. Iglú. (***) Como no podía haber selección de boardbooks en la que no se rindiera homenaje a las figuras materna y paterna, aquí les traigo dos libros hermosos en los que a base de rimas y animales, se establece un juego visual y comparativo que resulta irresistible para grandes y pequeños. Muy tiernos y honestos, me han encantado. Si alguien decide tener chiquillos próximamente, ya tengo regalo.




Antonio Rubio y Óscar Villán. Viajes / Juguetes. Kalandraka. (***) Estos son los dos nuevos títulos que se incorporan a la colección De la cuna a la luna, unos libros que llevan haciendo las delicias de los prelectores de habla hispana muchos años. En este caso están dedicados a los juguetes y los medios de transporte, unas temáticas que gustan mucho a los críos invitándoles a conocer todo lo que les rodea a base de rimas sencillas, fórmulas repetitivas e ilustraciones coloristas.



Almudena Suárez. Exploradores. Juventud. Aunque se me pasó por alto en la última selección de boardbooks que hice, lo incluyo en esta tanda para disfrute de todos aquellos niños que, rebosantes de imaginación, transforman el camino al colegio en toda una aventura matutina. El interior de un autobús o el parque que atravesamos todas las mañanas se pueden convertir en una verdadera jungla donde nuestra imaginación campe a sus anchas.




Britta Teckentrup. Leo se viste / Leo va a la peluquería. NubeOcho. Cambiar tu corte de pelo o elegir el look más apropiado para una fiesta pueden ser dos tareas muy difíciles. Y si no que se lo digan al protagonista de estos dos libros. Con troquel incorporado y las ocurrencias de un mono muy tunante, el lector se divierte mientras pasa las páginas y contempla a este león vestido como una chica o a modo de payaso, con coletas o el pelo de punta.




Susan Winter. Yo puedo. Ekaré. (***) Se edita por primera vez en este formato uno de los clásicos de esta editorial. Un libro que además de apostar por el conocimiento del entorno y de las capacidades del propio cuerpo, nos invita a conocer la relación de dos hermanos con una pequeña diferencia de edad, la excusa perfecta para que exhiba sus capacidades y la pequeña vaya aprendiéndolas a su manera.  Una historia cotidiana, entrañable y simpática.



Giovanna Zoboli y Philip Giordano. En el cielo. En el mar. Libros del Zorro Rojo. (***) Para terminar, aquí un nuevo título de la estupenda colección de libros de cartón que la pareja de autores italianos nos está regalando. Poesía ilustrada basada en las diferencias de hábitat, en este caso entre el medio aéreo y el acuático. Una apuesta segura para aquellos espectadores y observadores que desean conocer el mundo desde una perspectiva elegante y poética.


viernes, 17 de diciembre de 2021

Luminosa necesidad


Yo no me creo nada. Soy un incrédulo de mucho cuidao. Eso de tener los ojos llenos de pan hace tiempo que se acabó. Es verdad que siendo más ignorante, se es mucho más feliz, pero también te calzan ostias como panes de centeno, que son recios y duelen más.
Tampoco es que vaya con pies de plomo -que la desconfianza nos hace flaco favor-, pero sí suelo poner en duda todo lo que me rodea. No sea que, una de dos, o me acostumbre a este mundo obtuso (con un porrazo monumental como consecuencia), o acabe engullido por esa impostura que se ha instalado en nuestros días (mucho “gracias”, “perdón” y “por favor”, pero humanidad, poquita).


No es que vaya de sobrado ni clarividente. No. Simplemente prefiero sopesar pros y contras a través de mi propia experiencia y arrojar algo de luz a tanta neblina grisácea. Que si no, acabamos viviendo de pura ficción, de sainetes y entremeses en toda regla que entretienen pero no alimentan. Ensoñaciones varias que unas veces ayudan, pero otras encorsetan.
No actúen como pollo sin cabeza. Trae más cuenta poner en entredicho ese espejismo, que renunciar a la realidad. Ya les digo que lo uno puede ser lo otro, y lo otro, lo uno. Denle al interruptor, enciendan el mundo e iluminen su camino. Despierten y descubran que hay más allá de las bambalinas, adéntrense en la espesura y descubran de primera mano lo que habita tras los castaños. Hagan como Colombina, nuestra protagonista de hoy.


Antonio Ventura y Pablo Auladell se vuelven a unir en este libro gracias a la editorial Iglú (ya repitieron tándem en 2008 con El sueño de Pablo) para articular un relato poético y tranquilo que deja muy buen sabor de boca.
Un castillo. En él habitan Colombina, una princesa, y Arianna, su ama nodriza. Colombina no puede salir del castillo (clásico argumento para hablar de la represión de la infancia) y su cuidadora, además de cariño, habla con ella sobre los sueños y le cuenta historias. Sí, lo que leen, cuentos en otro cuento (un poquito de intertexto nunca viene mal), donde el simbolismo se esconde en cualquier resquicio..., tras el vuelo de los pájaros, en las figuras del unicornio y el minotauro, o el semblante de la luna. Referencias que hablan de mitos clásicos que interpelan voces literarias de otro tiempo (¿Quizá a Calderón?).


Teniendo en cuenta que este proyecto empezó hace diez años, tal y como apunta Auladell, supone un punto de inflexión en lo que se refiere a las técnicas utilizadas. El artista abandonó el óleo y tomó el grafito, las cretas y el pastel como medios de expresión, donde las texturas recordasen a una estética más primigenia. El trazo rápido, ligero, emborronado en unos dibujos que también se sirven de escenarios elaborados con recortes de papel, para darle ese aire de bosquejo, de apunte imperfecto en el que también vive la belleza. Pero lo que más me ha gustado de estas imágenes es su claridad. Están llenas de luz, una luz necesaria.


Cuidada maquetación, elementos del libro-objeto (fíjense en las guardas peritextuales a modo de prólogo y epílogo) y una cadencia narrativa pausada y sutil. Posturas (figuras de espaldas o niños y regazos) y gestos (las manos, miren las manos) que recuerdan a la pintura renacentista, esa que se enmarca en geometrías perfectas. Todo esto y mucho más nos ayuda a situar una historia donde realidad y ensoñación, día y noche, son las caras de una misma moneda: el anhelo humano. Deseos de niños que se retuercen en el interior de cada uno con un único objetivo, el de ser libres y ver más allá.

jueves, 16 de diciembre de 2021

Moldear la realidad a nuestro antojo



No sé ustedes, pero un servidor, cuando quiere airearse la cabeza de tantos pájaros, lo que hace es transformar lo malo en bueno (¿O es al revés…? Que ni lo malo es tan malo, ni lo bueno tan bueno…). No es que viva en los mundos de Yupi, pero sí encuentro algo hermoso en eso que llamamos vida. Un beso, una noche de juerga, un chiste estúpido, un guiño adolescente… Hay tantas cosas a las que aferrarse y que se pueden gestionar de la manera más sencilla, que me parece un error esa gente que deambula amargada sin ton ni son.


Lo más importante es imaginar, cambiar lo que nos rodea. Piensen que el tiempo es como una pella de barro que deben moldear con sus propias manos, asignarle la forma que más nos satisfaga y emocione. Suelo fiarme de mi propia imaginación que constreñir mis deseos por aferrarme a una realidad que depende de convenciones y sombras a medida. Para que los otros se adueñen de mis sueños en las urnas, las reuniones de trabajo o los entuertos familiares, prefiero tomar las riendas y guiarlos como a mí me apetezca. Me conformo con eso, que la decepción no la llevo nada bien.


Piensen que por eso pintamos, escribimos, vemos series y películas, leemos, Para darle sentido al sinsentido de un mundo que la mayor parte de las veces repele. Y no es que abogue por el optimismo (no me considero un iluso), más bien me quedo al lado de lo ficticio. Pensar que el mundo podría ser mejor no es una salida plausible para un científico que sabe que todo puede ser peor. Es más sencillo hacerlo desde la propia ficción que hacer lo que te pide la sociedad, los amigos, tus prejuicios y complejos.
Es por ello que hoy les traigo dos libros sin palabras (ya sabéis que me encantan los libros que me hablan sin necesidad de texto) que desbordan la imaginación, que de eso se trata en este sábado casi invernal.


Por un lado tenemos Selva, de Marina Gibert, el flamante ganador de la pasada edición del concurso Compostela de álbum ilustrado que convoca la editorial Kalandraka. En sus páginas un niño observa atentamente lo que sucede en la jungla que le rodea. Sinuosas serpientes, ojos que lo acechan tras la maleza, montones de mariposas que lo envuelven con su color. Sorprendido pero encantado, se deja guiar entre formas sugerentes en las que se adivinan formas animales y otros juegos visuales.


Elaborado con ilustraciones de colores vivos, fuertes contrastes y formas bidimensionales, el libro se erige como una metáfora sobre las limitaciones físicas que muchas veces nos impone el espacio (descubrirán el escenario de todas estas aventuras cuando lleguen al final del relato), y que se podría tomar como un bálsamo para todos aquellos, niños o mayores, que se vieron sobrepasados por el confinamiento (¿Límites? La imaginación no tiene límites).
Una aventura, un refugio, una evasión, un bálsamo. Todas estas cosas y muchas más puede representar esta selva que germina y crece alrededor de cualquiera siempre y cuando se nutra, riegue e ilumine con los ingredientes adecuados.


Por otro lado tenemos La gran aventura de Nara, el segundo libro que David Pintor dedica a las peripecias de su hija Nara y que ha sido publicado por la editorial Degomagom. Si en el primer volumen el autor se adentraba en las primeras palabras de Nara, en este segundo volumen decide darle forma a las historias que esta imagina.


Todo empieza cuando Nara y su perro encuentran un globo que sale volando y ellos con él. De repente, una bandada de pájaros les hacen caer en mitad de una charca donde acuden los ¿elefantes? -sí, elefantes- a beber para terminar en la selva, cantando y bailando. Pero ahí no termina la cosa, porque una tras otra, se van encadenando diferentes situaciones que dan lugar a una historia disparatada y llena de humor donde leones, cohetes y monstruos se entremezclan, porque, al fin y al cabo, no importa la lógica, sino dejarse llevar a los lugares que más nos apetezcan.
Con guiños al cine mudo y el cómic francés esta historia circular (¿Adónde nos llevará el globo amarillo? Pregúntenle a los lectores…) es una opción inmejorable para adentrarse en sendas sin explorar y desbordar el discurso a manos llenas.


Aunque distintos en estilo, ambos comparten esas ansias infantiles de romper los barrotes de las jaulas, las correas que desde el universo adulto se nos imponen, para batir fuertemente las alas y llegar hasta donde nos dé la gana.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Viajar en taxi, ¡qué locura!


Nunca he sido de taxi. Tal cual. Y son varias las razones que esgrimo para ello. La primera es que vivo en una ciudad, tirando a pequeña, en la que te lleva una hora escasa recorrer la mayor distancia posible.
¿Y si estuvieras en una gran ciudad? He vivido en una gran ciudad y, a menos que sea con nocturnidad y alevosía, es uno de los medios de transporte público más impredecibles, ya que depende del tráfico rodado, un verdadero mojón en cualquier sitio que supere el millón de habitantes.
Por último, decir que no me gusta nada la forma de facturar el recorrido. La bajada de bandera y los suplementos me parecen algo que debería de revisarse, y que, si utilizas el servicio de radio-taxi, te cobren el desplazamiento hasta tu domicilio.


A pesar de esto (y eso que no me he metido con la manera de explotar las licencias ni la forma de conducir de algunos), los he usado. Sobre todo cuando el metro está cerrado, cuando tu cuerpo está exhausto de tanto bailoteo o en cualquier emergencia. Y tengo que admitir es que es uno de esos medios de transporte que más anécdotas graciosas me ha proporcionado


De entre todas ellas, recuerdo especialmente tres. La primera fue en Lisboa hace mil años. El conductor tenía complejo de Carlos Sainz y aquello parecía una montaña rusa (ya saben la de cuestas que se gastan por allí). Con el cinturón puesto y las garras en el asiento, se nos pusieron de corbata. Tanto fue el meneo, que una echó los pastelillos de Belem que habíamos degustado en la mañana. Toda una experiencia lusa.
La segunda fue en Madrid. Perdimos el último autobús a un pueblo de la sierra y una amiga, más tozuda que una mula, se empeñó en que debíamos coger un taxi para ir a cierta discoteca (¡Como si en la capital no hubiera ninguna!) Tras mucho debate, al final nos convenció. Imaginen la broma (que nos salió bien cara) cuando después de tanta batalla, la disco estaba cerrada. Menos mal que somos gente de recursos y nos montamos la verbena. Ella perdió todo el crédito y nunca más abrió el pico.
La última fue regresando de Inglaterra. El avión llegó con retraso y teníamos que coger un tren. Nos recogió un conductor senegalés que nos aseguró que llegaríamos a tiempo. En la media hora que duró el trayecto, nos contó su vida entera (no paraba de darle a la sin hueso). Una historia que llegó a su punto álgido cuando dijimos que éramos de Albacete, como Andrés Iniesta. Casi vuelca el coche de un volantazo y nosotros nos cagamos a la pata abajo. Era seguidor acérrimo del Barça. Lo mejor de todo es que llegamos puntuales y nos convidó al viaje.


Seguro que ustedes también guardan las suyas, unas que les invito a compartir en los comentarios de esta entrada dedicada a Taxi ¡Mec-Mec!, un álbum de Stéphane Servant y Élisa Géhin que acaba de publicar la editorial Barrett para disfrute de todos los monstruos, usen el taxi o no. En esta especie de road-trip, un taxi va recogiendo a diferentes personajes. Una anciana que quiere dar un paseo por el bosque, un policía en busca de un ladronzuelo, un hombre alto y tartamudo (he de confesarle que es mi personaje favorito) o una maestra ansiosa de vacaciones.  Cada uno quiere ir a un sitio pero el taxista no despega el pico, los deja a su aire. Son tantos que los pasajeros llegan hasta 51 (mujer embarazada incluida). ¿Llegarán a su destino?


Con unas ilustraciones a rebosar de dinamismo y un elenco de lo más disparatado, este taxi lleno de vitalidad y conflictos de intereses (como la vida misma) sigue su camino hasta que un suceso ¡zas! rompe el rumbo narrativo y nos ofrece una sorpresa final que te saca un sonrisa y puede que hasta te haga reflexionar.  
Colores flúor, formas planas, líneas angulosas y fuertes contrastes, dan vida a unas ilustraciones muy bien traídas con las que el espectador disfruta de un estilo de otro tiempo (¿No les recuerdan a Remy Charlip o André Françoís?), donde la joya de la corona es su página desplegable.


No se lo piensen: si gustan de vehículos motorizados, este es su libro, uno con una historia coral, que recuerda a una retahíla visual donde también pueden jugar a contar, a buscar, a adivinar... y en la que, además de pasarlo pipa, se entremezclan temas de siempre (polis y cacos) y otros más contemporáneos que indagan en la crítica social (el derecho a huelga o la libertad animal). Y si todo esto les parece poco les diré que también anima a los críos a estudiar. ¡La de cosas que pueden pasar en un taxi!

martes, 14 de diciembre de 2021

De suicidios y palabras


Tras la muerte de Verónica Forqué vuelve el problema del suicidio y su relación con la salud mental. Como si fuera tan fácil prevenir la principal causa de muerte no natural en España… Ya se sabe que en un país de opinadores natos, se dicen muchas gilipolleces al cabo del día, sobre todo si entran en el juego los influencers, las redes sociales y toda esa caterva de anormales que no saben lo que es perder a un ser querido por este motivo. Y dirán ustedes que aquí estoy yo para unirme a la berrea. Pero esta vez no. Hoy puedo hablar de primera mano.


Hace siete años perdí a una de mis personas favoritas. Soy lo que los expertos llaman un “superviviente”, aquellos que ven alterada en mayor o menor medida su vida a causa de un suicidio y se quedan en este mundo para darle vueltas al coco. Al principio, como en cualquier otra muerte violenta (así está tipificada), te tocan muchos marrones: estudios forenses, preguntas innecesarias, investigaciones y resoluciones judiciales, habladurías, hijosdeputa… En fin, un circo asqueroso.


Luego corren los días y del shock inicial vas pasando al duelo, uno bastante difícil, sobre todo porque te preguntas. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Una y otra vez. Más todavía si no hay sospechas, tentativas previas, ni notas de despedida. Luego te das cuenta de que en España no hay apenas soporte para familiares y amigos, que sigue siendo un tabú social (silencio, mucho silencio) y religioso (imagínense al cura en algunos funerales…), que no hay apenas estudios serios, y que todo el mundo mira para otro lado. Entonces, ¿para qué cojones sirve la inversión en salud mental si nadie conoce, habla, ni quiere ver el problema? ¿Otro saco roto más?
Ante tal desamparo empiezas a investigar (uno, que usa las bases de datos y se maneja con el inglés, no como otros pobres) y te topas con estudios americanos, ingleses, nórdicos y canadienses. Especialistas del mundo desarrollado que hablan de depresión, neurotransmisores alterados, coerción social, percepciones culturales, causas ambientales, grupos de incidencia o perfiles suicidas. Países donde hay montones de asociaciones de supervivientes (por aquí solo hay un par) e iniciativas públicas y privadas que hablan de esos miles de personas que se ahorcan, precipitan al vacío o se auto-intoxican cada año (por cierto, muertes que no se contabilizan en las estadísticas oficiales, los llamados suicidios encubiertos).
Reflexionas un poco y te das cuenta de que el problema es monumental, que se debe a una multiplicidad de factores increíble, y que deberíamos cambiar el mundo completamente para solucionarlo, algo que es imposible. Y no, no me empiecen con la salud mental, otra artimaña más para la censura y la división. No todo es financiación, ni terapia, ni paternalismo de estado, ni haters, ni control de las redes sociales, ni buenismo, ni victimización. Además de aprender a querer a los demás, escucharnos y entendernos, algo que llevamos sin practicar miles de años, también debemos convivir con una realidad que habla desde el silencio sobre muchas más cuestiones y problemas. 
Así y a pesar del egoísmo, llegas a entender el sufrimiento de quienes se van. Un infierno lleno de circunstancias muy dispares que les impide gestionar su paso por el mundo, vivir en él, y ser felices. Una decisión que, aunque dolorosa, debes respetar. Es suya y de nadie más. Dices "Yo no lo haría. No lo comparto", pero tampoco estás en su pellejo ni percibes su realidad. Te planteas "¿Me hubiera gustado que siguiera aquí en modo zombi? ¿A rebosar de ansiolíticos y antidepresivos? ¿Sería la misma persona con tanta salud mental?"


Al final y con un poco de suerte, el calendario te trae algo de calma, todo se tranquiliza, y en lo único que piensas es en lo que le hubieras dicho. En las palabras que podrías haber omitido, en las que nunca dijiste y en otras que jamás oíste. También en las que os hacían reír y las que os hacían llorar. Palabras de despedida o quizá de bienvenida. Para consolar o de las que te ponen en tu sitio. Justas o injustas, dulces o amargas, graves o livianas.
Palabras, palabras y más palabras. Es curioso cómo las palabras son lo que más echamos de menos. Será porque las palabras son mágicas, tan mágicas, que llegan a cualquier parte. Atraviesan el suelo, surcan el cielo y se aferran a los corazones.  Y si es en vida, mejor todavía.


*P.S.: Todas las imágenes pertenecen a Palabras, el libro de Guridi (Raúl Nieto) que acaba de publicar la editorial Libre Albedrío en su colección Koreander de libros extraordinarios, y que se sumerge en el mundo de la comunicación a través de una serie de metáforas visuales donde los interlocutores conectan en esa línea que dibuja la intersección de la doble página, una frontera entre iguales que cualquier palabra puede sortear (o no).

lunes, 13 de diciembre de 2021

Inteligencia emocional


Es extraño lo difícil que parece ponerse en el lugar del otro. Será orgullo, falta de empatía o ceguera. No sé a qué se deberá, pero el ser humano sólo sabe mirarse el ombligo y si puede (que no todos llegan), también la bragueta, que es tan masculina, como femenina (así no se ofende nadie).
En cierta ocasión fui a un cursete de inteligencia emocional, de estos de formación que nos hacen a los maestros para cobrar los sexenios (se lo digo sin tapujos, la mayoría no sirven ni para limpiarse el culo). La ponente era una conocida mía, psicóloga y buena profesional, que nos estuvo contando el rollo (habrá que sacar dinerete para desahogarse emocionalmente) para hacer a la postre unos ejercicios prácticos y una prueba que pusiera en evidencia nuestro nivel en la citada inteligencia.


Para mi sorpresa obtuve la nota más alta en el citado test y ni tan siquiera yo podía dar una explicación plausible al fenómeno. No tenía bastante con ser malhablado, chulo y cínico que la inteligencia emocional va y se me dispara. Ríanse pero creí que el mismísimo Daniel Goleman me estaba gastando una broma. ¿Me habría dejado abducir por emociómetros, libros de valores y álbumes utilitaristas? Me persigné (no sé pa’ qué), cerré los ojos y deseé que todo fuera un mal sueño.


Ella, muy tranquila y sonriente (ya saben ustedes que orientales, terapeutas y seglares tienen la misma jeta), se acercó y me dijo que esto no consistía en ser educado, buenista, ni buen ciudadano, sino que estaba más relacionado con la capacidad de identificar y gestionar todo tipo de situaciones propias y ajenas en las que estuvieran implicadas las emociones, en desarrollar una serie de destrezas que nos permitieran equilibrarlas de manera que no nos viésemos perjudicados por ellas, independientemente de que se hiciese lo esperado o no.


Yo me tranquilicé un poco (si me vieran sudando como un pollo…) y suspiré aliviado. Podía seguir siendo yo sin necesidad de acudir a terapias ni leer libros, de autoayuda, ni otras mandangas absurdas con las que elevarme de nuevo a la categoría de monstruo (si es que existían, que lo dudo). Se ve que un servidor, simplemente se había dejado de tonterías para dedicarse a la observación, que es lo suyo.


A veces la cosa es tan fácil como fijarse en cómo tu mejor amigo intenta disimular una careja de tristeza, tratar de averiguar por qué tu madre está como un flan o percibir que los llantos de tu sobrina son una mera manipulación para salirse con la suya. Eso es precisamente lo que nos propone Estar ahí ¿Qué sientes tú?, un álbum encantador que nos invita a descubrir qué pasa por la cabeza de los demás, qué sienten y cómo nosotros lo traducimos. Tristeza, enfado, miedo, rabia, alegría, entusiasmo, asco, aburrimiento, protección…, un sinfín de estados y sentimientos que cualquiera puede experimentar.


Y ahora me vendrán con que este libro de Kathrin Schärer y la editorial Lóguez es un libro de emociones más, y yo les diré que no, que no da recetas, ni directrices, ni sermones, simplemente expone situaciones cotidianas en las que cualquiera se puede ver reflejado y ampliar el discurso de la manera que más le convenga.
Para mi gusto, la parte más difícil de este libro reside en conseguir tal variedad de expresiones humanas en todo tipo de personajes animales, un reto más que logrado por la autora. Tanto es así que me atrevo a proponerles un juego: tapen el texto y dejen que los lectores vayan expresando sus opiniones sobre el estado anímico de los personajes que aparecen en cada doble página, que averigüen qué hay detrás de cada una de ellas y que relacionen ese momento con otros propios.
¡Hale! ¡Ya saben que soy experto en inteligencia emocional! Pero no se entusiasmen, que tengo bastante con los libros para críos…