domingo, 20 de diciembre de 2020

Selección de Boardbooks 2020-2021 (Primera parte)


Si hace unos días publicábamos la primera tanda de álbumes ilustrados de este curso para que los Reyes Magos fueran cogiendo sugerencias en esta navidad tan poco apasionada, hoy le llega el turno a la de libros de cartón (también llamados “boardbooks” o “toddler books” en este mundillo tan anglosajón) y darle un poco de visibilidad a estos libros para prelectores y primeros lectores (entre 0 y 4 años de edad). 
Como no son tan abundantes como los álbumes convencionales y no se les da tanto bombo en las librerías, conmino a padres primerizos, trabajadores de los jardines de infancia, guarderías y educación infantil, a consultar las selecciones del 2019-2020 (parte 1 y parte 2), 2018-2019, 2017-2018, 2016-2017 y la del 2015-2016, para ofrecer alternativas de lectura a las criaturas. 
Antes de empezar con los títulos comentados, un puñado de consideraciones: 
- Como la mayor parte de estos libros suelen ser híbridos entre las categorías de ficción y no ficción, no considero oportuno darle relevancia a dicha división 
- Como siempre, señalo aquellos que me han encantado con mis tres estrellas, que son como las Michelín pero en el medio LIJero. 
- Aunque intento no dejarme ninguno en el tintero, siempre puede haber olvidos, así que no duden en apuntármelo en los comentarios o enviármelo (llamada a editoriales). 
- Si quieren ojearlos por dentro, tienen disponibles algunos vídeos en el instagram de los monstruos. 
Y sin más dilación, ¡he aquí esta primera parte de la selección 2020-2021 de libros de cartón! 


Ingela P. Arrhenius. El bosque / La sabana. Coco Books. (***) Empezamos con una pareja de libritos bastante curiosos en lo que respecta al formato. Y es que las páginas no son cuadradas, sino que adoptan formas variadas que dependen de las ilustraciones que las acompañen. Por un lado es un elemento lúdico adicional (se podría jugar a las predicciones antes de pasar página) y por otro dan una visión más aproximada de los ecosistemas que presentan. 


Ingela P. Arrhenius. Números, colores, contrarios, formas ¡y yo! Combel. (***) Seguimos con la Arrhenius, una autora que se ha especializado en libros para prelectores como este, un álbum que además de tener páginas de cartón incluye elementos pop-up y pestañas móviles que invitan al futuro lector a conocer y descubrir lo que le rodea. Un regalo ideal que seguro da en el clavo. 


Ingela P. Arrhenius. Minipedia. Combel. Terminamos este trío de libros con una pequeña enciclopedia de andar por casa que agrupa por áreas temáticas elementos muy variopintos. ¡Cómo pica!, ¡Qué frío! o ¡En el cielo! son algunos de los títulos de estas dobles páginas repletas de objetos, animales o gente que tienen un nexo común. Un álbum con vis informativa que, como los dos anteriores, rebosa de colores vivos y formas planas. 


Menena Cottin. Ojo con lo que comes. Tecolote. (***) Ahora que muchos han descubierto que la alimentación es una de las piedras angulares de nuestra salud, no viene mal un libro como este en el que se relacionan diferentes alimentos con sus beneficios para el organismo. Utilizando elementos gráficos como la forma o el color, la autora establece un juego visual que sorprende, enseña y entretiene sin palabras y sobre fondo negro. Una delicia. 


Katrin Wiehle. Mi gran granja. Lóguez. Llega el turno de una nueva entrega de la serie Mi pequeño/a…, unos libros de pequeño y gran formato elaborados en cartón reciclado y tintas ecológicas que nos va presentando el mundo. En esta caso centrado en la granja, celebra un canto al mundo rural con animales, cultivos y aparejos de todo tipo que hay que siempre resultan muy llamativos a los ojos curiosos de los futuros lectores. 



Tristan Mory. ¡Adivina! Combel. Con el mismo mecanismo móvil de división y prolongación de las páginas que usó en ¿Quién soy?, el autor francés nos propone un juego de adivinanzas con mucho humor que juega con las formas y la sorpresa. Si quieres descubrir quién lanza piropos, quién se disfraza de paraguas o quien se esconde tras una hoja seca, no pierdas el tiempo y hazte con este libro. 


Tom Schamp. ¿Dónde están todos? Combel. En este libro con pestañas una pareja de patitos buscan al resto de los animales. Tras el sofá, dentro del frigorífico, en la tostadora o la lavadora, se esconden unos personajes que gracias a su forma o costumbres se adecuan perfectamente a cada sitio. Simpático y con multitud de detalles, este libro es perfecto para niños curiosos que se internan en el universo cotidiano.


Attilio. Caperucita Roja / Los músicos de Bremen / El patito feo / Los tres cerditos. Edebé. Publicadas por fin en España, las versiones del artista italiano de estos cuatro cuentos archiconocidos, era de esperar, no sólo porque tiene un estilo muy personal, sino porque su línea conecta estupendamente con la mirada infantil. Si se encuentran con ellos, dejen que sus hijos los conozcan. 




Hervé Tullet. ¡Formas! / ¡Flores! Kókinos. El generoso Hervé Tullet vuelve a la carga con dos libritos de cartón en forma de acordeón que, a través de un juego de adiciones, da buena cuenta de que la combinación de formas y colores primarios origina otros nuevos. Una propuesta llamativa desde la perspectiva siempre manipulativa y sorprendente del genio francés. 


Eileen Browne. La sorpresa de Nandi. Ekaré. (***) Nuevo formato para una narración con amplia trayectoria en esto de la LIJ. No es para menos pues ambientada en África, la historia de esa cesta repleta de fruta que llega casi vacía a su destino por culpa de unos animales muy glotones, le encanta a cualquiera. Solo una objeción: echo de menos las guardas peritextuales.


Mar Benegas y Susie Hammer. Mordiscos y bocados. Combel. (***) Nueva propuesta poética de Mar Benegas, acompañada esta vez por las simpáticas ilustraciones de Susie Hammer. Encarando con mucho humor esto de la alimentaciones animal, este boardbook interactivo con elementos que salen y se esconden, aúna rima, formas planas y coloristas y toda una suerte de mordiscos que sugieren en el pequeño lector tipos de dentaduras y dietas muy variadas.


Giovanna Zoboli y Philip Giordano. En el prado. Libros del Zorro Rojo. (***) Pareja de Cuando el sol despierta, otro boardbook dedicado a la dualidad día-noche, este libro nos presenta la de arriba-abajo centrándose en el mundo natural. Caracoles, setas o flores hacen su vida sobre el prado, mientras que lombrices, hormigas y raíces viven debajo de la tierra. Geniales, no se los pierdan. 


Michaël Escoffier y Matthieu Maudet. Super niño. Kókinos. (***) Recuperamos un boardbook antiguo que a con esa magia que tiene el pasar página y unos estudiados troqueles, vestimos y desvestimos a super-niño. Lo mejor de todo es que está acompañado… Descubran por quién es este libro de ida y vuelta que habla de ropa unisex y de cómo, cuándo y dónde nos colocamos cada prenda. 


Canizales. ¡Tadá! La Marca Editorial. (***) Aunque este otro también es de hace un par de años, ha tardado en llegar a mis manos desde el otro lado del Atlántico, una espera de la que no me arrepiento pues es un álbum de cartón con mucha miga gráfica. Utilizando troqueles establece un juego de adivinanzas muy sugerente que incluye una palabra mágica que, a modo de retahíla, establece una especial conexión entre el libro y el lector. Vibrante e ingenioso. 


Delphine Chedru. 99 tomates & una patata. Combel. Aunque tanto este libro, como el siguiente, no entren en la categoría estricta de libro de cartón, me permito la licencia de meterlos aquí por sus cantos redondeados y sobreentender que, en base al contenido, podría haber sido editado perfectamente en ese formato, algo de lo que se darán cuenta tras disfrutar de los juegos de búsqueda que nos propone. Hallar una golondrina entre un montón de aviones, encontrar la manzana más mordida o el copo de nieve que cae en mitad de la noche, son algunas de sus propuestas (mi favorita, la de la biblioteca). Un libro que despierta al lector-observador que llevamos dentro. Nota: no se preocupen, recoge las soluciones. 


NiñoCactus y Raúl Ortiz. De viaje. Narval. (***) Como en el caso anterior, este libro bien podía haber sido enteramente de cartón, sobre todo porque en esta historia de viajes y medios de transporte hilvanada a base de onomatopeyas, tiene un puntito muy divertido que la hace apta para los más pequeños. Animales sobre bicicletas, coches, autobuses y trenes nos invitan a su fiesta particular que, sin duda alguna, debemos disfrutar.

viernes, 18 de diciembre de 2020

Una nube que era libro


Unas veces veo libros y otras, monstruos. Veo tantas cosas que ya no soy capaz de distinguir entre realidad y ficción. Unas veces porque quiero y otras porque no puedo. La imaginación es así de complicada, o quizá muy fácil. Más todavía cuando te dejas llevar. Necesaria más que inútil, inspiradora más que baldía. Fantasía, esa turbina que gira y gira a modo de bálsamo para nuestras heridas, un cáncamo para soportar la vida, encaramarse a ella como torpes jinetes o elegantes caballeros, ¡qué más da! La cuestión es aventurarse, dejarse llevar, sentir, galopar. 
Unas veces leo libros y otras, nubes. Leo tantas que me transformo en ellas. Río, callo, subo y bajo. Cual nube de la mañana o como las del ocaso. Cubro el cielo, lo surco, lo empaño. Ayer leí una nube que era libro. Y floté.

Siéntate a la mesa 
y observa 
al pequeño caballo 

que galopa 

entre el pan 
la miel 
la cafetera. 

Inventa un idioma para él 
(palabras como zanahoria 
azúcar 
trébol) 

y dile que se acerque. 

Sucede siempre o casi 
el caballo subirá a una de tus manos

y se quedará ahí, acurrucado 
por un par segundos. 

Porque esa es la costumbre que tienen los de su raza 
cuando se encuentran a un niño –como tú- sentado a la mesa 

que inventa un idioma 
(palabras como trébol 
azúcar 
zanahoria) 

y le ofrece una de sus manos 
en señal de amistad. 

***

Lo vi desde la ventana

(luz de febrero
o marzo)

un banco de peces atravesó el cielo
volando.

El espacio que une el cielo y el mar

hicieron un agujero 
y lo cruzaron.

No eran pájaros de plata
no eran trozos de la luna.

Te lo prometo, eran peces.

María José Ferrada.
I y VII
En: Cuando fuiste nube.
Ilustraciones de Andrés López.
Premio hispanoamericano de poesía para niños 2018.
2019. Fondo de Cultura Económica: México.



jueves, 17 de diciembre de 2020

Arrasar con todo


A Laura, que hablamos mucho de esto.

No crean que estoy de cachondeo, pues el científico que hay en mí lleva meses estudiando los comportamientos faunísticos que se desarrollan a su alrededor. Luchas encarnizadas, madrigueras de aislamiento, cambios de pelaje, mimetismos y otras formas de camuflaje, nuevas estrategias para el cortejo, rodeos y más rodeos, sacrificios familiares o falsas señales de peligro. Son muchas las pautas comportamentales que estamos vislumbrando durante las últimas semanas. Todas ellas encaminadas a hacer frente a esta crisis del coronavirus. 


Si bien es cierto que las nuevas circunstancias no han mermado totalmente la vida de la mayoría, algunos están viendo alterado su modus vivendi de forma drástica. Lo peor de todo es que todavía no se han dado cuenta de que su mundo cotidiano se ha ido derrumbando con el paso de estos meses. 
Discusiones familiares, amigos silenciados, relaciones laborales inexistentes, ocio supeditado a telediarios y fake-news, hermetismo sentimental, obsesiones sanitarias y un sinfín de conductas poco lógicas y antinaturales, han dado buena cuenta de la incapacidad adaptativa de estos agazapados. 


Poco a poco, esa ineptitud etológica les está llevando a una situación devastadora que probablemente no tenga marcha atrás, pues todo lo que se prolonga en el tiempo (y aviso de que todavía nos falta otro año para regresar a la ansiada normalidad) crea hábitos difícilmente reversibles. 
Quizá sea otra forma de abordar la supervivencia, una basada en el egoísmo y el aislamiento, pero deben concienciarse de que también conllevará daños colaterales en los que la soledad y el orgullo transitarán lo incendiario, lo inhumano. 
Con este panorama, día que pasa, día que tengo más claro, que la pandemia, esa enfermedad que debería haberse convertido en un motivo de introspección y reconstrucción, se ha convertido en la excusa perfecta para arrasar con todo lo bello que habitaba en muchos, hasta reducirlos a un paraje yermo y baldío cubierto de cenizas. 


Y como guinda de esta perorata tan zoológica, les traigo El rey del bosque, un álbum de mis apreciadas Margarita del Mazo (a las palabras) y Rocío Martínez (a las imágenes), editado este otoño por Nórdica en su colección infantil que se llena de animales y metáforas ecologistas para ahondar en los efectos que las cuitas de poder tienen sobre ecosistemas equilibrados aunque desordenados. 
El oso, enemigo del caos que reina en el bosque, insta a los demás animales a elegir un soberano que ponga un poco de orden. Como no se aclaran, él mismo y por la fuerza se autoproclama rey. Como los demás no presentan ninguna objeción, el susodicho comienza a imponer su ley. Una alambrada, horarios para hacer cualquier cosa, limpieza forestal: todo un despropósito. 


Si quieren saber qué pasa con este bosque, les animo a internarse en este libro de colores vibrantes , recursos narrativos del cómic y montones de detalles (no pierdan de vista sombras y siluetas) que, con cierta vis informativa, también nos invitan a conocer buena parte de nuestra flora y fauna. Lo mejor de todo es cómo termina el oso. Y espero que ustedes, tras esta pandemia, no corran su misma suerte. 


miércoles, 16 de diciembre de 2020

Primeras palabras


Los padres de hoy día, esas entelequias que han puesto todo su empeño en libros de crianza pero que se han olvidado de atender a sus churumbeles (“Es que es muy duro, Román, es muy duro…” Menos mal que yo ya lo sabía y me decanté por otros menesteres), sólo saben preocuparse. Unas veces con razón pero la mayoría por obligación, se desviven por la más mínima cosa que les pase a sus criaturas. 
Lo último en preocupaciones paternales obligatorias -al menos de las que conozco-, es la de las primeras palabras de los infantes. Que si al año y pico, que si a los dos años, que si las niñas son más precoces, que si los críos se lo toman con más calma, que si se pasa, que si no llega, que primero las agudas, después las llanas y por último las esdrújulas. Vamos, un sinvivir. 


Según tengo entendido cada crío es un mundo y cada uno tarda lo suyo en pronunciar los primeros vocablos. Si la cosa se demora mucho, habrá que acudir al logopeda para que nos saque del entuerto lingüístico, pero mientras tanto, la espera es la mejor de las escuelas. 
También hay que considerar la posibilidad de que sean precisamente los progenitores los causantes de esas taras verbales… Padres que les hablan como si fueran subnormales (obviedad de la que hasta los propios niños se dan cuenta) o que pronuncian las palabras con su misma lengua de trapo (que ellos no controlen ese músculo indomable es una cosa, pero que su padre o madre les emulen, otra), les hacen flaco servicio en la adquisición del lenguaje. Si a esto añadimos el bilingüismo, una premisa apta para parejas internacionales y todo tipo de aspirantones (¡Mis hijos deben ser más listos que un cepo y no dejar el estatus familiar por los suelos!), la cosa se pone más que turbia. 


En definitiva, yo siempre apelo a la paciencia que es la mejor de las consejeras; no intentar forzar la máquina a pesar de las odiosas comparaciones -que tanto niños-loro, como corredores de fondo han existido desde antaño-, pues cada uno tiene su ritmo de aprendizaje y, a pasos cortos o zancadas más grandes, todos avanzamos. No se preocupen si se tiran un año diciendo “agua” “pillín” o “camión”, ya tomarán carrerilla. La cuestión es que a base de palabras como las que recoge Esto y aquello, el último libro de Tomi Ungerer, vayamos haciendo camino. 


Recién publicado por Kalandraka, este libro presenta más de una treintena de palabras ilustradas a modo de pequeño diccionario (N.B.: Siempre me refiero así a este tipo de álbumes porque a pesar de la parquedad textual, es la ilustración quien construye el significado de cada palabra). Dirigido a los ¿prelectores? (disculpen las interrogaciones pero podría ser leído por más de un cuarentón), este álbum tan sincero en el que confluyen montones de elementos discursivos, además de entrañable y evocador, es algo canalla. 


Presentadas por parejas, estas palabras que hacen referencia a diferentes acciones se complementan con imágenes que juegan con las dobleces o desbordan el sentido, algo con lo que Ungerer siempre disfrutaba. Pues no es lo mismo “ver” que “mirar”, ni “amar” y “compartir”. Diferencias sutiles que, enriquecidas por la visión personal de este genio y figura logran construir un vocabulario con sentimientos propios. 
Recomendadísimo en estos días de emociones indescriptibles y palabras contenidas.

martes, 15 de diciembre de 2020

Tres de mascotas


Cada vez que meto la oreja en las conversaciones que mantienen muchos de los padres que me rodean, me sale urticaria. No porque sean unos ñoños o estén aburguesados (que también), sino porque creo que con tanto postureo están perdiendo el juicio, que es lo que a fin de cuentas nos habilita para la supervivencia. 
Lo último que se les ha ocurrido como tema de debate entre los columpios del parque es la conveniencia de tener mascotas. Y yo me enciendo, claro, pues no teniendo bastante con aguantarlos a ellos, he de soportar sus disquisiciones mientras los seres vivos que habitan los hogares (in)humanos las pasan canutas a tenor de sus caprichos infames (no se equivoquen: los nenes quieren, pero ellos consienten). 


Y yo, cierro la boca (es a lo que me están enseñando el coronavirus, mi madre y la dictadura de lo apropiado) y rememoro esas charlas matutinas con gente que era más de campo que los ababoles, unos que, a pesar de sentir admiración por las diferentes formas de vida que se retorcían por sus casas, incluidas plantas y arañas, eran conscientes de su egoísmo. 


Lo siento, pero la condescendencia a modo de celofán me repatea. Más todavía cuando la idea que cunde entre los interlocutores es la de erigirse en salvadores, los mismos que abominan de los parques zoológicos, de las macrogranjas o de la industria peletera, tienen bien jodidas a sus mascotas, pues no es cuestión de camas mullidas, piensos de primera o trajecitos invernales, sino de dignidad. 
Que sí, que los tendrán bien cuidados (¡Qué menos!), pero la privación de libertad ya es bastante castigo (si no se han enterado les remito a los últimos nueve meses) para que, además, me cuenten ridiculeces tituladas “Animales de compañía para niños felices”, “Adopta un perro y cambia su vida” o “Siempre en compañía”. 


No me vengan con rollos, justificaciones absurdas y otras necedades. Cómprense una cobaya, el periquito de turno, el perro, el gato y hasta un hámster. Hagan lo que quieran pero sin mandangas. Lo que hacéis, lo que hacen, es igual de reprobable que lo que sucede con los toros o los conejos de laboratorio: utilizarlos. Y el que no lo vea, arreando que es gerundio. 
Esperando que esta navidad no sea la de los caprichos zoológicos, les invito a leer tres álbumes que, además de arrancarme muchas risas (incluso carcajadas) son bastante críticos con esto de las mascotas. 


Marrón, de Mar Ferrero (Edelvives) ahonda en una historia cotidiana, la de las mascotas cuyos cuidados nos desbordan. Haciendo uso de una metáfora basada en el tamaño (Marrón no para de crecer), aborda las consecuencias de tener un perro, sobre todo en lo que respecta al cambio de los modus vivendi familiares que derivan del cariño hacia un perro que se erige como eje esclavizador de las cuatro personas que viven con él. Con cercanía, sentido crítico y mucho humor (el final me chifla), la autora hace un ejercicio notable. 


El segundo título es Quiero un perro de Jon Agee (La casita roja), un libro que se interna en la adopción animal desde un punto de vista humorístico sin olvidar temas de discusión muy necesarios, como la cesión ante los caprichos infantiles o el uso de las especies exóticas como mascotas. 


La protagonista acude a Valle Alegre, un refugio animal, con la clara intención de adoptar un perro, pero se encuentra con serias dificultades: en ese lugar hay de todo menos perros. Osos hormigueros, ranas, serpientes, monos…, pero ni rastro de su perro. Con un final tan sorprendente como acostumbra, Jon Agee hilvana una historia tan absurda, como humana. 


Para finalizar nos adentramos en El proyecto Barnabus (Edelvives), un álbum de Terry y Eric, los autodenominados Fan Brothers (autores entre otros de libros como El jardinero nocturno), que esta vez se adentran en el universo de la hibridación animal y la cría de mascotas de raza (para mi gusto, el sumum de la tontería en lo que a animales de compañía se refiere). 


Aunque el tema tiene miga, es tratado de una manera muy elegante y sin poner en el punto de mira a ninguna especie determinada. Para ello dan forma a unas criaturas extraordinarias, quiméricas, que son fruto de experimentos de hibridación fallidos y deben ser “reciclados”. Barnabus, alentado por las historias del mundo exterior que le cuenta una cucuaracha y siendo consciente del peligro que se avecina, decide escapar llevando consigo a Pelotuga, Oso Abejorro, Parsifal y el resto de proyectos fallidos, lo que desemboca en una aventura con bastante vértigo que añade bastante emoción a un libro que se adecúa a muchas miradas y sugiere diferentes planos discursivos. 


Animándoles a dar con ellos estos días y plantearse sus propias disquisiciones, doy por cerrado el chiringuito hasta una nueva reseña, que será más pronto que tarde.

viernes, 11 de diciembre de 2020

Sueños y caminos compartidos


Tras ESTA CHARLA con Juan Senís sobre poesía y haberme planteado la pregunta de qué opinaba sobre la poesía ilustrada, una que muchas veces parecía redundante sobre todo en el aspecto discursivo, me encontré de golpe y porrazo con esta antología de Antonio Machado, uno de mis favoritísimos, en la que se hace un recorrido de su obra en orden cronológico y acompañado de acuarelas de mi apreciada Leticia Ruifernández sobre los lugares en los que había desarrollado su actividad vital, y me acordé de la cuestión planteada. 
En principio, me pareció que el estilo figurativo de las ilustraciones poco tenía que aportar a los versos del maestro, sin embargo, cuando empecé a ahondar en el significado de palabras e imágenes vislumbre un viaje interior compartido pues este libro hacía las veces de diario de viaje, de cuaderno de apuntes pictóricos, no sólo porque la ilustradora había realizado casi todas las aguadas in situ, visitando cada una de las estaciones de ese via crucis poético, sino que traía una mirada renovada sobre paisajes, lugares y detalles. 


Quizá no puedo categorizar sobre la poesía ilustrada, pues tras este encuentro con Machado y Ruifernández hurgué en mi biblioteca y constaté que otras obras no merecen esta reflexión, pero sí puedo decir que las imágenes pueden abordar una experiencia lectora enriquecida desde un prisma personal que se vale de estilos y formatos variados para interpretar la voz de los versos o guiar al lector perdido. He aquí un ejemplo. 

Una tarde parda y fría 
de invierno. Los colegiales 
estudian. Monotonía 
de lluvia tras los cristales. 

Es la clase. En un cartel 
se representa a Caín 
fugitivo, y muerto Abel, 
junto a una mancha carmín. 

Con timbre sonoro y hueco 
truena el maestro, un anciano 
mal vestido, enjuto y seco, 
que lleva un libro en la mano. 

Y todo un corro infantil 
va cantando la lección; 
“mil veces ciento, cien mil; 
mil veces mil, un millón”. 

Una tarde parda y fría 
de invierno. Los colegiales 
estudian. Monotonía 
de lluvia tras los cristales. 

Antonio Machado. 
En: Yo voy soñando caminos. 
Ilustraciones de Leticia Ruifernández. 
Selección, introducción y notas de Antonio Rodríguez Almodóvar. 
Epílogo de Julio Llamazares. 
2020. Madrid: Nórdica Libros.


jueves, 10 de diciembre de 2020

Helado y libro


Todavía no entiendo la extraña razón que me lleva a degustar un helado en pleno invierno. Ya puedo estar jodido de frío y con los pies como chuzos que es pasar por el escaparate de una buena heladería y sentir un deseo irresistible de probar sus delicias de limón, chocolate belga, turrón o yogur. Lo más curioso de todo es que te puedes hinchar a helado y tener las anginas intactas, y al respirar la mínima bocanada de aire frío pillar una amigdalitis de caballo. ¡Qué extraña es la naturaleza humana! 
Quizá en muchos sitios no entiendan eso de tener las heladerías abiertas en pleno diciembre, pero cada vez son más las que se animan a dispensar este dulce tan veraniego a estas alturas del año pero quizá el crear en la gente necesidades invernales hasta ahora desconocidas puede resultar incluso rentable. 


Y no piensen que estoy loco, pues un servidor, acostumbrado a probar todo tipo de combinaciones inesperadas (que la palabra exótica ya está demodé), piensa en el placer de combinar una buena ración de helado de vainilla con el Apfelstrudel, cerezas calientes sobre una copa de helado de trufa o una bola del de málaga virgen sobre el capuccino de media tarde, y se me hace la boca agua. Atrévanse con el helado durante estos días en los que el viento y el frío arrecian y constatarán que no me equivoco. 


Para seguir hablando de sorbetes, mantecados y helados de crema (existen diferencias importantes) les traigo La tierra donde crecen los helados un libro de Anthony Burgess y Fulvio Testa publicado estos días por Niño Editor. Seguramente muchos recordarán este librito por otro nombre, ya que en su día estuvo editado por Altea (colección Benjamín) como El país de los helados (1979). Lo mejor de todo es que a pesar de una ligera modificación en el título y una edición más cuidada (formato mayor y cuadrado, tapas duras y mejor distribución de texto e ilustraciones), el contenido es el mismo. 
La historia cuenta las peripecias de tres amigos que, a bordo de un dirigible, se aventuran en una tierra cubierta de helado en sus más variadas formas y sabores. Sorbetes que parecen árboles, barquillos gigantescos, montañas de pistacho y un volcán de crema batida, son algunos de los paisajes que podemos contemplar en unas ilustraciones que inundan la imaginación de un universo fantástico que, como en muchas otras narraciones infantiles se refiere a los dulces. 


Sorpresas agradables y no tanto se suceden en las páginas de este libro que ahonda en los deseos y la sed de aventura infantiles y que, como en todos los buenos libros, trae sorpresas a un lector que, además de acompañante, se deja sorprender por un final que además de clarificar, también esconde cierto misterio. 
Ya saben lo que toca hoy de postre: helado y libro.

martes, 8 de diciembre de 2020

Un lugar al que pertenecer



Ante la imposibilidad de desplazarme a otros lugares para disfrutar de la distancia, tan necesaria a veces, durante estos días de asueto, además de leer mucho, he tenido tiempo para estar con los amigos y la familia, algo que, en la mitad de los truenos de la noche y desvelado por la tormenta, me llevó a preguntarme a qué lugar pertenezco. 


Es obvio que además de haber nacido hoy por hoy desarrollo mis quehaceres diarios en una ciudad española del sureste peninsular, hoy por hoy desarrollo mis quehaceres diarios en el mismo lugar y podrían concluir en que un servidor pertenece a este lugar. 
Sin embargo y echando mano del refranero popular, les acometo con “No se es de donde se nace sino de donde pace”, lo que hace más difícil una respuesta sobre mi pertenencia, pues he vivido en muchos otros sitios, bien por estudios, bien por trabajo, y de todos ellos guardo experiencias enriquecedoras que forman parte de una idiosincrasia personal muy circunstancial, pudiendo afirmar que también he quedado anclado a lugares como Madrid, Londres o Almadén. 
Para terminar de complicar todo lo que se refiere a la pertenencia física cabría detenerse en otros aquellos lugares que he visitado por mero ocio pero que me han dejado una marca instantánea pero indeleble en mí. 
Apartándonos de lo objetivo -mapas, billetes de tren o abonos de transportes-, sería mucho mejor centrarnos en las vivencias subjetivas, es decir, en todos aquellos momentos, reflexiones, personas, paisajes y sones que alteran nuestros pensamientos y emociones y configuran una suerte de mapa existencialista que nos permite ubicar con todo lujo de detalles nuestro propio yo. 


Y sobre esta idea ha descansado la lectura que durante el largo fin de semana he hecho de Ana la de Tejas Verdes, el clásico (en parte autobiográfico) de Lucy Maud Montgomery, y cuya última edición, la ilustrada por Antonio Lorente, acaba de ver la luz gracias a Edelvives. No es para menos, pues Ana Shirley, la protagonista de esta novela que comparte bastantes rasgos con otros arquetipos de la LIJ clásica (huérfana, pelirroja y salvaje), se halla en una constante búsqueda de identidad a lo largo de una historia que se desarrolla en la provincia canadiense de la Isla del Príncipe Eduardo, un escenario completamente ajeno a ella. 
Desde que es adoptada por Marilla y Matthew, una pareja de hermanos solteros que en principio prefieren un chico (la primera, en la frente), Ana debe conquistar un espacio propio en el que desarrollar su vida. Encuentros, desencuentros, sonrisas y lágrimas se agolpan a lo largo de un camino, unas veces tortuoso y otras tranquilo, pero siempre en un universo cotidiano sin muchos fuegos de artificio ni grandes recursos narrativos. 


Quizá lo más interesante de ese viaje iniciático sobre la pertenencia, son las estrategias que utilizan, no sólo Ana, sino el resto de personajes, para hallar un equilibrio que, si muchas de las veces suena idealista, guarda rincones para los dramas y los miedos personales que se resuelven con imaginación, espontaneidad y sinceridad, elementos que también utilizaría su autora para solventar sus propias tragedias. 
Recuperado en un momento en el que el feminismo parece constituir la piedra angular de unas sociedades occidentales donde priman los relatos autocomplacientes y abundan las heroínas eufóricas, este clásico de LIJ relanza una figura femenina que más que triunfalista, se erige llena de dobleces e ironías, pues nada de lo que piensa se parece a los anhelos de hoy día, véase la profunda defensa del perdón conciliador, de la institución familiar o de esa meritocracia que huye de la discriminación positiva. 


Y si el hogar de Ana es la lealtad de Diana, la amabilidad de Matthew, los chismes de la vecina, el gesto severo aunque cariñoso de Marilla o la sinceridad de Gilbert, el mío son las caricias de mi madre junto al fuego, las bromas de mi padre, las excursiones botánicas, las "braai", las despedidas de soltero, o los besos que se te quedaron en el tintero. Es ahí donde pertenezco.