martes, 20 de febrero de 2024

Una tanda de humor


Ya terminaron los carnavales, esa fiesta a todo color en la que, inevitablemente, campa el humor. Yo los disfruté en Cádiz, cuna de la gracia y el salero, pese a quien pese. Muchos años sin escuchar en directo cuplés y chirigotas. Una juerga tan especial, como popular. Como las de antes, en los que el disfraz te lo hacías con cualquier hato viejo o prestado, y la gente salía a la calle a dejarse llevar.
Si bien es cierto que yo soy más de las ilegales, pues se permiten otras licencias, en esta visita he denotado como el lado más canalla se diluye en esa corrección política que tanto me hastía. Parece que a los ofendiditos les jode cualquier comentario y las agrupaciones carnavaleras viven acojonadas.


La sátira, la burla y la ironía están perdiéndose ante esa corte de sacerdotes que, como las franquicias, llena todas las ciudades. Claman libertad cuando solo buscan homogeneizarnos e higienizarnos en pro de una religión inerte y estúpida. Todo se parece a la leche de soja, tan falsa, como insípida.
El humor denota inteligencia, sobre todo en carnaval, esa ínsula Barataria donde gobierna la crítica social y el clamor popular, un momento necesario para desfogar, decir todo lo que nos plazca y aplaudir a rabiar en ese sentir plural. Pues lo colectivo, que tanto bueno tiene, también capa al individuo, esa censura velada que va minando lo libertino.


Así que, déjense de gaitas y permítannos vivir a nuestras anchas. Que como el pan está por las nubes, al menos tenemos circo. Algo que también agradecemos los que gustamos de los libros para críos. Y sin más dilación, he aquí una dosis de humor escrito.


Empiezo con Libro Libresco, un álbum de Juan Arjona y Enrique Quevedo editado por A buen paso. En él, un león vive solo en mitad del desierto llevando una vida de lo más insulsa. Se levanta, se peina, contempla el paisaje y se echa a dormir. ¿Quieres cambiar su rutina? Pues sigue leyendo porque gracias a un paquete que le llega por vía aérea todo va a cambiar.


Un libro donde lo absurdo se abre camino gracias a los juegos de palabras con la adjetivación y la redundancia como el recurso indispensable. Si a ello sumamos las siempre coloridas y vistosas ilustraciones del mago Quevedo, la cosa está que arde. Composiciones estudiadas, detalles juguetones y una caracterización de los personajes que invita a la carcajada desde el extrañamiento, son la compañía perfecta a un texto tan surrealista, como disparatado.


Seguimos con Punta y Tunta y su viaje a lo más alto de la cadena alimentaria, un libro de Klára Pavlovcová editado a finales de año por Iglú. Sus protagonistas son una pareja de patos que habiendo descubierto que no están en lo alto de la pirámide alimentaria y que pueden acabar en las fauces de algun depredador, léase, perro, tiburón o ser humano, se afanan por poner a todos ellos en su sitio y coronar lo más alto de la cadena.



Surrealista como él solo, este libro de la autora checa, llega al panorama editorial para invitarnos a disfrutar con unos protagonistas que bien pueden recordar a otros tándems feroces de la llamada LIJ. Con mucho mal genio y esa gracia tan torpe que ostentan los patos (aunque sean indios), seguro que se lo pasan en grande leyendo y contemplando unas ilustraciones en las que las texturas y la perspectiva tienen mucho que decir.


Continuamos con ¡Sigan a esa rana! Escrito por Philip C. Stead, ilustrado por Matthew Cordel y publicado en nuestro país por Océano Travesía, es la secuela de Entrega Especial, otro libro disparatado que pueden conocer en mi selección de libros sobre cartas y carteros.


En esta ocasión, la tía Josefina le cuenta a Sandi cómo se vio envuelta en una persecución por culpa de una enorme rana que engulló al hijo de un almirante mientras andaba de expedición en Perú. Así empieza una historia trepidante y alocada por salvar al chaval y catalogar al tremendo batracio. 


Disparate tras disparate, los autores nos envuelven en una historia que, además de mucho desenfado, ensalza la figura femenina en el universo de la ciencia y aboga por la ternura intergeneracional a base de humor. Una combinación estupenda que unida a elementos narrativos excelentes (¿Ven esas guardas? ¿Esa portadilla peritextual? ¿Los giros narrativos?) permite al lector zambullirse en ella y dar rienda suelta a la imaginación. El que crea que este mundo no está enriquecido con los ingredientes más especiales, que se le seque la hierbabuena.


Nos detenemos también en El arenque volador, un libro con mucha guasa de Germán S. Miller y Carla Novillo, que ha editado la casa madrileña Pastel de luna. El protagonista se dispone a lavarse las manos antes de comer y, sin saber cómo, un barco asoma del grifo y atraca en el salón de la abuela. El Capitán Pescado se ha equivocado de rumbo. Las ideas del contramaestre Quisquilla, el cocinero Rosmarús y Concha, la jefa de máquinas para encauzarlo debidamente son una birria. La única que merece la pena es la del protagonista. ¿Conseguirán llegar al puerto?


Una situación impensable, un poquito de tensión narrativa (la abuela, la abuela, siempre la abuela… las manos, las manos, siempre las manos) e ideas en las que no habita la razón, son los ingredientes de una historia que arrasa entre los chavales. ¡Se me olvidaba! Las ilustraciones le vienen al pelo: mucho croquis, juegos de perspectiva, personajes bien caracterizados y una técnica mixta donde el collage se desborda, son su santo y seña.


El penúltimo libro de esta pequeña tanda es El gato montés, una historia en formato álbum de Margarita del Mazo, ilustrada por Daniel Montero Galán y publicada por la editorial gallega Triqueta. Si les gustan las historias escatológicas, no se lo pueden perder.


Nadie quiere cruzar el Bosque Oscuro. Además de ser un lugar tenebroso y sombrío, esta habitado por el feroz gato montés. Pero un día, la madre de Paca, Pedro y Paco (parece que este libro ha sido escrito para mi familia materna) se pone muy enferma y alguien tiene que ir en busca del médico. ¿Lograrán cruzar el bosque? ¿Se encontrarán con el temible felino?


Tomando prestado un personaje de la tradición oral, la escritora y narradora da una vuelta de tuerca a una historia que muchos padres y abuelos conocer para crear una historia a caballo entre el miedo y el humor. Aderezada con las mil tonalidades del crepúsculo que Montero Galán ha elegido para sus ilustraciones cercanas y llenas de dinamismo y perspectiva cinematográfica, seguro que os encanta. Os lo digo yo.


Para terminar, un mensaje para todos esos amargados que no dejan ser felices a los demás. Con texto de Payan Ebrahimi, ilustraciones de Reza Dalvand y edición española a cargo de La Maleta, tenemos Campeón.


Lucca ha nacido en una familia de campeones. Todos sus antepasados han destacado en alguna disciplina deportiva, pero algo pasa con él. Nunca ha sido bueno en ningún deporte, no tiene el ceño fruncido ni ese lunar en la parte superior del labio. Por más que lo intenta no consigue parecerse a todas esas personas que llenan la pared de su casa. Pero tras darle muchas vueltas, da con la forma...


Con un giro inesperado, los autores iranís construyen una fábula ideal para muchos lectores que quieren romper con las tradiciones familiares o darle una lección a los siesos de turno. Ilustraciones muy bien llevadas donde el tamaño relativo de las figuras y los omnipresentes y siempre vigilantes retratos se figuran recursos narrativos muy efectivos.
Y hasta aquí esta colección de libros risueños que espero les haga disfrutar durante los días que se vienen.

miércoles, 14 de febrero de 2024

¿Amores?


Si hace unos años las redes sociales se llenaban de todo tipo de mensajes de amor hacia ligues y parejas durante este día, desde que manda la progresía, San Valentín ha sufrido una vuelta de tuerca de lo más ridícula y absurda.
Y no es que yo tenga nada en contra de las amistades, los animales o la familia, pero si este santo era el patrono del amor pasional, ¿qué cojones estáis haciendo, melones? ¿Acaso son comparables las relaciones de pareja con las que tienes con tu madre o tu gato? Me pregunto.
A menos que tengáis relaciones incestuosas o te vaya la zoofilia, creo que debéis abandonar vuestro infantilismo y empezar a interiorizar las carencias que os provee la vida en vez de justificarlas con otros seres vivos que os rodean o camuflarlas de autocuidado.


¿Que la soledad también es una opción maravillosa? Por supuesto. Nadie mejor que yo para corroborarlo. Pero que me vengáis con gilipolleces para justificar la vuestra, solo denota infantilismo y poca inteligencia emocional. Esa lavado de cara que los ismos han instaurado en mitad de sociedades exentas de juicio y autocrítica, tiene un nombre: vacío (N.B.: Si encuentras otro nombre mejor, pónselo, póntelo).
Así que, a mí dejadme de rollos, que bastante tengo con aguantar otro tipo de gilipolleces. El amor de pareja puede ser tan saludable como el amor que sentimos hacia nosotros mismos, otras personas o cosas, siempre y cuando sea sincero y bien avenido. Otra cosa es que te toque el cafre o la seta de turno y quieras hacerte el harakiri cada vez que abre la boca. Pero si es correspondido y bien avenido, como los que hoy os traigo, adelante con ello.


El primer libro amoroso de hoy es el Señor abrigos, un álbum de Sieb Posthuma que ha sido publicado por la editorial Corimbo este otoño.
El libro en cuestión nos cuenta la historia de un hombre que siempre tiene frío. Aunque le dé candela a la estufa o se hunda bajo las mantas, es imposible que entre en calor, así que decide irse a una tienda y enfundarse en un montón de abrigos. Viste uno tras otro hasta convertirse en una cebolla andante y construir una especie de casa en la que resguardarse de esa gran tiritona que no le deja vivir. Sorprendida, la gente acude a ver ese hogar tan curioso, hasta que un día, uno de los visitantes le invita a visitar su ciudad y descubrir otra casa muy similar…


Combinando lo hiperbólico con la metáfora dual del frío-calor, el autor flamenco construye una bonita parábola sobre el amor que, acercándose al simbolismo, nos acerca a esa frase tan utilizada en nuestra lengua que reza “Siempre hay un roto para un descosido”. Un canto de esperanza ante la búsqueda de un amor imposible, que ha sido adaptado al teatro en los Países Bajos.


Seguimos con Asombrados, un álbum de Javier Sobrino y Raquel Marín que ha publicado recientemente la editorial asturiana La Maleta. En este libro la niña protagonista va a salir a la calle, pero descubre que su sombra no está, se ha ido. Ella, sin más tardar, sale a buscarla, corre por unas calles que bien pueden ser las de cualquier pueblo de España. Busca en las esquinas, en las plazas y las fuentes. ¿Dará con ella?


Raquel Marín, una ilustradora que siempre se me ha encantado, transita por la prosa breve y poética de Sobrino con unas ilustraciones donde la perspectiva cinematográfica y la alternancia de planos juegan con una paleta de color limitada pero muy efectiva. Sombras que se pierden, que se encuentran y se conjugan son la verdadera esencia de una narración donde la amistad y el amor se funden página a página. ¿Acaso no han sido sorprendidos alguna vez por ese hallazgo en el que un amigo se transforma en amante?


Por último, nos tenemos que detener en Cuando perdí la cabeza, un libro de Matilde Tacchini y Mercè Galí que ha publicado Takatuka. Esta historia con mucho humor se centra en una cabeza fugada. Su protagonista no sabe dónde se ha ido, pero él sigue haciendo su vida con normalidad. Por aquí y por allí, la busca por todos lados hasta que al final da con ella.


Echando mano de esa exclamación que solemos usar cuando alguien no da pie con bola, las autoras nos presentan una historia algo disparatada en la que el amor tiene la culpa de los acontecimientos.

viernes, 9 de febrero de 2024

Razones para disfrazarse


Hay quien dice que la ropa es nuestro primer pellejo. No es de extrañar teniendo en cuenta que hay estudios que dicen que nuestro atuendo condiciona nuestra personalidad, e incluso la forma en la que hablamos. ¿Se deberá a que la forma en que vestimos no deja de ser una forma de disfraz?
Hay muchas teorías que buscan razones a esa pasión que tienen muchas personas por los disfraces. Unos apuntan a que los usamos para explorar rasgos de nuestra personalidad que no dejamos aflorar conscientemente. Otros apuntan a desestresarnos, desinhibirnos y perder la vergüenza, hablar con gente e incluso ligar.
Seas cuales sean las razones por las que grandes y pequeños nos vestimos de todo tipo de personajes, animales, objetos y alegorías, lo único que me queda decirles hoy es que echen mano de cualquier disfraz y disfruten de estos días de carnaval. Y si no, al menos jueguen conmigo a las adivinanzas, gracias a los versos de hoy.

¡Adivina quién está
detrás de cada disfraz!
Nariz redonda bien coloreada,
peluca roja muy alborotada,
tras dos zapatos de talla gigante
asoma la trompa el gris _________

Con parche oscuro y un cofre dorado,
loro parlante o verde guacamayo;
debajo de un negro y brillante gorro,
llega el lagarto: dragón de _________

Sombrero de pico, escoba y gato,
caldero ardiente, pelos de estropajo,
verruga gorda y un solo diente,
repta entre hechizos la astuta _________

Llega la tigresa vestida de rayas
con patucos claros y un gorro de lana…
olvidó la fiesta… ¡y lleva el pijama!
Ana López Ortí.
Carnaval.
En: Continente animal.
Ilustraciones de Lucía Cobo.
2023. Vigo: Kalandraka.


miércoles, 7 de febrero de 2024

Efecto mariposa


Seguramente alguna vez han escuchado aquello de “efecto mariposa”, una expresión que hace referencia a las carambolas vitales que, por azar, cambian el rumbo de las cosas y lo que se presumía pan comido, pasa al descontrol más absoluto.
Este efecto fue popularizado en 1972 por el meteorólogo Edward Lorenz cuando intentaba explicar cómo una mariposa sobre Brasil, podía provocar, mediante una serie de reacciones en cadena, un tornado en Texas. También llamado “efecto pangolín”, toma su nombre de un relato de Ray Bradbury (¡Bendita sea la literatura!) titulado El ruido del trueno, donde señala que una mariposa puede perturbar el paso del tiempo.
El fenómeno en cuestión está incluido en la llamada teoría del caos, una que no solo tiene su campo de estudio en la naturaleza, sino en otros sistemas complejos como puede ser el mundo de las finanzas o la sociología, donde se incorporan infinidad de parámetros interdependientes a los que una mínima variación puede alterar su dinámica, algo que les voy a ejemplificar con el libro de hoy.


El autor experimental Adrien Parlange vuelve a esta casa de monstruos con un nuevo título que me ha enamorado de manera súbita y que me apena enormemente no haberlo incluido en mi selección anual por desconocimiento. Las desastrosas consecuencias de la caída de una gota de lluvia (editorial Océano Travesía) es un claro ejemplo de su originalidad, elegancia y gran sentido gráfico.
Es verano. Estamos en un huerto, quizás en un jardín tranquilo. Una joven recoge cerezas sobre la rama de un árbol. Bajo este, un hombre pinta el paisaje mientras un niño a hombros de su padre junto a su abuelo, observan su destreza con los pinceles.
Así comienza esta historia en la que Parlange transita a cámara lenta por un momento fugaz gracias a un cuerpo diminuto que, a pesar de su insignificancia, perturba a todos los personajes que componen la escena. Un giro narrativo que sorprende a cualquiera gracias al suspense que imprime el autor francés.
Lo que más me gusta es ese efecto de rebote de la mirada que construye gracias a la interacción entre texto e imágenes. Primero la niña, después el pájaro. La mirada va bajando. Aunque esperamos seguir bajando, la ardilla nos obliga a mirar para arriba de nuevo y nos topamos con la gota de lluvia, esa protagonista diminuta que se nos ha pasado desapercibida. Y ahora sí que bajamos y bajamos hasta que, en la escena final, volvemos a subir en un estruendo gráfico muy silencioso.


Si hablamos de los elementos técnicos, solo podemos decir que son fabulosos. El tratamiento de la (contra)luz del crepúsculo, la suavidad de la paleta de color, la distribución de los elementos en la página, o los cambios y movimientos imperceptibles que recuerdan al folioscopio, son algunos de ellos.
Por otro lado, y como mediación lectora, consideren los juegos predictivos y de búsqueda durante su lectura con todo tipo de público (¿Dónde está esto o aquello? ¿Qué pasará? ¿Cómo es el paisaje que pinta el artista?)
Tapas enteladas con las luces del anochecer, un formato vertical (que podría ser el contrapunto perfecto a la horizontalidad de Le grand serpent, otro de sus grandes álbumes que todavía no ha sido publicado en castellano), y su título peritextual en tipografía plateada, son los toques finales que hacen de este libro tragicómico una delicia.
Lo dicho, una oda a lo cotidiano en la que cualquiera puede percibir la fragilidad del equilibrio natural, las carambolas del destino que nunca quedan a nuestra elección.

martes, 6 de febrero de 2024

De cerdos y zorras


Sé que más de una me va a cancelar hoy, incluso alguna agencia de verificación me pondrá en sus listas negras. Pero me da igual. Que digan misa. Si tanto abogan por la libertad, he aquí la mía.


Punto número uno. No me gusta nada Eurovisión. Me parece hortera y casposo a más no poder. No tiene clase ni forma parte de subcultura alguna. Y desde que el brazo televisivo del gobierno se ha inventado el Benidorm Fest para aglutinar a todos esos eurofans en una suerte de Torremolinos Pride, menos todavía.
Punto número dos. No me gustan la mayoría de los artistas que participan en este concurso. De segunda, tercera o cuarta categoría. Una mitad necesita darse a conocer, la otra mitad, pagar sus facturas, y los más despistados, se meten en el ajo porque su manager o la discográfica de turno no saben lo que se pescan.


Punto número tres. Nunca hubiera votado por la canción que representará a TVE en el concurso. Por muy pegadiza que sea, es de calidad dudosa. La defienda el sátrapa de la Moncloa, Inés Hernand o la Virgen del Rocío, me resulta vacua, banal e inerte. Luego dicen del reggaetón, pero la letra de esta canción bebe de la demagogia y basura más pura, más si cabe cuando la imagen que proyecta de la mujer es la del barriobajerismo más insano.
Punto número cuatro. La palabra “zorra” no tiene cabida en mi diccionario. La utilizo muy poco. Mis amigos, hombres, tampoco. De hecho, la escucho más entre las mujeres que me rodean. No me vale que se adueñen de ella los mamporreros del régimen y nos la endiñen como si de un arma arrojadiza se tratara, alegando empoderamiento y reivindicando el falso heroísmo.


Podríamos hablar de otros elementos muy interesantes como que todo este espectáculo se dirige a un público eminentemente formado por hombres (¿paradójico, no?) homosexuales (pan y circo para mis votantes) o que son muchas las asociaciones de feministas que han pedido su retirada del circuito, pero yo voy a lo mío, que son los libros.
Por eso mismo, hoy me sumerjo en El libro de los cerdos, el ya clásico álbum de Anthony Browne que ha rescatado Kalandraka hace unos meses y que todavía no he destripado en esta casa de monstruos. Publicado anteriormente en Fondo de Cultura Económica, esta historia familiar en la que una madre, harta de la explotación doméstica a la que su marido y churumbeles le propinan a diario, decide desaparecer y dejarlos rebozándose en su pocilga.


Venerado por todas las amas de casa de este planeta y por quienes consideramos que las tareas domésticas no son exclusivas de las mujeres, este libro supuso un antes y un después en la imagen que las mujeres proyectaban en el universo del álbum ilustrado, una de las muchas denuncias sociales por las que el autor inglés ha sido considerado un pionero en ciertas temáticas.


Si bien es cierto que las cosas han cambiado en muchos hogares desde que se publicó por primera vez, allá en 1986, todavía sigue vigente como punto de partida para la reflexión individual, familiar y colectiva sobre la igualdad y los estereotipos de género.
Además, hay que tener en cuenta todas esas referencias y recursos narrativos que este genio del álbum incorpora en la mayoría de sus obras.


Metamorfosis graduales en los personajes (pura magia), guiños en el mobiliario (fíjense en enchufes, pomos de puertas, el papel pintado de las paredes y el menaje del hogar), secuenciaciones monótonas y sombrías en las que una madre de rostro oculto realiza tareas repetitivas, imágenes que se desbordan en la doble página y otras que se constriñen por marcos, cuadros famosos (¿Ven ese en el que falta un personaje? ¿Quién es?), elementos surrealistas con mucho significado (sombras y árboles), tapa y contratapa como elementos peritextuales… Sean zorras o cerdos, no se pierdan este libro.

lunes, 5 de febrero de 2024

Apellidos rimbombantes


Soy un fanático de los apellidos curiosos. Cuando entro a una clase y paso lista por primera vez, mi yo más analítico disfruta de lo lindo leyéndolos. Ya saben que los apellidos nos cuentan mucho. Pueden ser muy comunes o muy extraños, propios de la zona o foráneos, vestigios de un pasado glorioso o muy populares, elegantes o vulgares.
Me chiflan los apellidos compuestos y por su sonido, mis favoritos son los vascos. Los míos son el nombre de dos villas, que tampoco está mal para profundizar en la historia. Con que no sean demasiado rimbombantes, me conformo, que luego no hay quien los escriba o los pronuncie, como al protagonista de nuestro poema de hoy…

José Andrés César Ignacio
Norberto Tomás Odín
como era de la nobleza
sus nombres no tenían fin.

Fue a hacerse el DNI
y le dijo al funcionario:
“Tantos nombres no me caben;
guarde el resto en el armario”.

El aristócrata insiste
en que hay que ponerlos todos,
y el de la oficina dice:
“Que no, que de ningún modo”.

Entonces tuvo una idea:
“Escogeré la inicial”.
Vio que salía “Jacinto”.
Le gustó el nombre floral.

Jacinto Andrade y Medina
de Torres Ortiz-Garrido.
Ahora los que no le caben
son todos los apellidos.

Ramón D. Veiga.
En: Violeta Parapluie y otras historias de gente poco corriente.
Ilustraciones de Iván R.
2023. Vigo: Triqueta.


jueves, 1 de febrero de 2024

Espantando males con la lectura


Si muchos sienten animadversión hacia enero, a un servidor no le gusta nada febrero. Para mi es casi un mes maldito. Mira que ya parece que empiezas a recuperarte económicamente del varapalo navideño, que empieza a llenarse de color con las pinceladas del carnaval y los árboles empiezan a vestirse de flores, pero nada, se ve que tengo la negra. Y este año, para rematar la faena, tiene 29 días.
Es por eso, que aprovechando que las editoriales se relajan con el mercado de novedades, que tenemos la llamada semana blanca (poca nieve queda ya, ni esquiar se puede en este país…) y que el frío, el viento y la lluvia, van y vienen, gusto de leer bastante. Una manera maravillosa de evadirme de los problemas y tomar conciencia de mi tiempo y no perder el contacto con la letra impresa más adulta.


Leer es una terapia en toda regla. Veamos… Desconectas de la realidad (que ya es bastante) y te alejas de pensamientos (esperemos que sean los negativos). A la vez, sirve al conocimiento (aprender siempre tiene su aquel), reduce las tensiones, el estrés o la ansiedad (que falta me hace) y ofrece acompañamiento (sin pedirte nada a cambio o echarte cosas en cara). Todo esto son beneficios directos, ¿e indirectos? Pues adquieres vocabulario, mejora la expresión verbal y te conecta con otros lectores. Vamos, que hay que leer sí o sí.


Y no me vengan contando que no tienen tiempo, que sus hijos les dan mucho la lata, que se pasan el día de aquí para allá, que si los deberes de matemáticas, que si mis nietos me tienen absorbida… No excuses! Lo que tienen que hacer es apagar la tele, conectar el modo avión de sus teléfonos móviles y aprovechar los tiempos muertos. Y si quieren unos cuantos ejemplos de lectura inadvertida, en este post tienen unas cuantas.


101 maneras de leer a todas horas, una idea de Timothée de Fombelle ilustrada por Benjamin Chaud y que ha publicado este otoño Combel, nos adentra en el paraíso de la lectura con una perspectiva muy interesante, la de la optimización y el instante.
En él aparecen montones de personajes más o menos infantiles, leyendo en las posturas más (in)verosímiles (seguro que encuentran la suya pasando las páginas) y acompañados de un título muy sugerente e inspirador. Un cuaderno de campo en toda regla que habrá supuesto muchas horas de observación.


Haciéndose eco de momentos y lugares en los que leer, el tándem de autores francófonos nos propone un sinfín de tipologías de lectores, una suerte de catálogo ilustrado que, utilizando la disyunción entre texto e imagen como recurso narrativo, genera un discurso muy variado que transita con mucho humor por lo cotidiano de los libros y la lectura.


Un regalo para el niño, la niña, el bibliotecario, la madre estresada, el domador de circo, el contorsionista, el revisor de metro, el médico, la ilustradora, la rubia que toma el sol en cualquier época del año y el librero harto de las devoluciones invernales. Para todos, vamos.

miércoles, 31 de enero de 2024

Acabar y empezar


Parecía que enero no iba a terminar nunca, pero mira por donde le decimos adiós. Es lo que tiene el calendario, que van cayendo las hojas y no vuelven a brotar. Una suerte de árbol que siempre mira hacia delante y nunca hacia atrás. Cosas del tiempo, esa paradoja.
Los años, los días, las horas son como cada uno se las toma. Los hay que se instalan en el pasado, alimentados por la nostalgia, cebados por lo que han dejado. Otros viven el presente, el aquí y el ahora, como si el ayer y el mañana se hubieran esfumado. Los terceros echan mano de agenda y viajan al futuro con sus metas y deseos. ¿Quiénes son los más acertados?


A pesar de encontrarme en el último grupo, siempre he creído que los segundos afrontan el tiempo con más cautela, con cierto sosiego. Caminan plácidamente sobre sus ocupaciones, no ven frustrados sus planes ni sueños y se alejan de recuerdos, traumas y miedos enquistados.
Que las manecillas del reloj son muy traicioneras porque puedes caer en la conmiseración, el victimismo, la decepción o el desencanto muy fácilmente. Cada uno somos lo que vivimos y si te desligas del momento, bien por exceso, bien por defecto, los minutos corren y no los recuperas.


Que no se te vaya el santo al cielo pensando en los recreos solitarios, los cumpleaños tristes, las discusiones fraternales o los besos no correspondidos. Tampoco pretendas ganar el Nobel, tener una familia perfecta o dar la vuelta al mundo. Disfruta de esta pequeña reseña y tiempo al tiempo.


Fíjate en mí, acabo de leer El tiempo es una flor, un álbum de la canadiense Julie Morstad publicado por la editorial Juventud, y no he podido ni esperar un minuto para reseñarlo, pues se interna en ese concepto del tiempo desde un prisma enriquecedor y muy poético. Otra visión distinta a la mía que seguro te endulza el instante.


La vida de una flor, la transformación que sufre una montaña, una puesta de sol, cómo cambian nuestras facciones conforme crecemos o los álbumes de fotos simbolizan el devenir del tiempo desde diferentes perspectivas que pueden servir para ilustrar a pequeños y grandes lectores.


En él, la autora, haciendo gala de una mirada tan elegante como sutil, despliega un amplio abanico de recursos narrativos para explicarnos las múltiples facetas del tiempo, tan subjetivas, como inspiradoras. Movimientos seriados (la ilustración de la tapa y la contratapa es deliciosa), viñetas secuenciales, el reflejo cambiante sobre las gafas de sol o las luces y sombras que se producen en el interior de nuestros hogares son ideales para abordar un tema que a muchos les resulta peliagudo.
Mañana empieza febrero, el mes que menos me gusta del año. Lo tomare con calma. Sin pensar en lo que fue. Tampoco en lo que será. Tan solo en dejarme llevar.