lunes, 9 de noviembre de 2015

Trascender a la vida


Trascender es un verbo inherente al ser humano. No cabe duda que los animales también pasan a la posteridad, sobre todo de una forma más biológica (los genes son información que fluyen a través de la prole), pero lo del hombre tiene usía cuando tratamos de llenar la Historia con nuestro nombre y apellidos. Probablemente se deba a diversas razones que implican a la cultura, al ego o al, mismísimo Señor (ya saben ustedes que alcanzar el paraíso cuesta lo suyo), pero lo que está claro es que todos buscamos nuestro sitio en la memoria.
Hay muchas formas de salir en los papeles que a continuación enumero (por orden de intensidad en la sociedad española)... afiliarse a un partido político (la opción más factible y muy recomendada a gandules, egocéntricos, codiciosos y otros seres del inframundo), lamerle el culo a un político (el que a buen árbol se arrima...), rodearse de periodistas (hay verdaderos aficionados a pregonar sus nimiedades y mentiras para que al final se transformen en logros titánicos y auténticas verdades), convertirse en gurú de las redes sociales (los Juan Palomo deben estar altamente agradecidos a feisbuq, tuiter, yutub o cheinchorg por hacer visibles lo grandes personas que son... yo me lo guiso...), hincharse a trabajar (muy poca rentabilidad, no se decanten por ella...) y ser un genio o especial (solo apto para los elegidos).


Dejen de refunfuñar porque se hallan entre alguno de estos grupúsculos y sean realistas en cuanto a sus intenciones, porque a un servidor, poco le van a engañar (mientras no nos salpique a los demás, me resbala)... No les voy a negar que me jode pasarme el día currando mientras otros se cuelgan medallas y se desgañitan vociferando a los cuatro costados lo maravillosos y especiales que son, pero también admito que no sirvo para estar besuqueando, sonriendo y derrochando falsedad a todas horas (¡qué trabajazo!).
En cualquier caso no se apenen ni se compliquen la vida con esto de la trascendencia, pues dentro de unos años, todos al hoyo... Sólo ha de quedarnos el (pequeño) consuelo (¿o debería llamarlo sueño?) de que los demás nos consideren lo suficientemente especiales como para que, cuando finalicen nuestros días, pulule entre ellos un recuerdo de lo que fuimos o, en su defecto, de nuestra contribución al tiempo que vivimos, una idea que habita en el trasfondo de La isla del abuelo, de Benji Davies (editorial Andana) y uno de los álbumes ilustrados más entrañables de este año, que me ha encantado leer por la variada temática que trata (un canto a la diferencia intergeneracional, la aceptación del ciclo de la vida, la imaginación para afrontar los momentos difíciles y traumáticos, lo hermoso de la vida) y que puede ser un gran regalo para todos aquellos que no están seguros de que una gran contribución al futuro es posible aunque consideremos que nuestra estancia en el mundo es insignificante.


viernes, 6 de noviembre de 2015

Hablando de LIJ con... Lucas Ramada Prieto




Román Belmonte. Lucas, no sé cómo me he atrevido a este cara a cara... Podemos salir tarifando... ¿Que trae a un filólogo a la LIJ? No es cosa de altos vuelos para los académicos...
Lucas Ramada Prieto. Como los académicos sigan volando alto acabarán en una deriva espacial sin retorno. Aunque de la misma manera te digo que como los mediadores sigan enterrando su cabeza en la arena lo tenemos crudo. Parece que poco a poco las distancias empiezan a acortarse y las miradas comienzan a cruzarse y por ello brindo, pero hay un déficit colaborativo evidente que tanto unos como otros deberíamos esforzarnos por resolver con mayor celeridad.
La LIJ ha sido siempre una piedra angular para mí. Tuve la suerte de crecer con ella en una época y una región en la que su circulación era totalmente marginal así que puede decirse que soy un privilegiado al que nunca ha habido que “convencer” de sus beldades. En mi casa sólo ha habido dos religiones: la educación y la iconoclasia. Mi madre es maestra y todas las sobremesas de mi infancia giraron en torno a la escuela. Yo me preinscribí en medicina porque quería ser el Doctor Carter de Urgencias pero me di cuenta a tiempo de que lo mío era la ficción y me fui a Oviedo a estudiar Hispánicas. De la suma de todo salió mi viaje a Barcelona para estudiar didáctica de la lengua y la literatura bajo el ala de Teresa Colomer y el grupo GRETEL, y desde entonces me dedico a la educación literaria (hay un paréntesis de seis meses en el que fui leñador en Australia, pero no vamos a hablar de ello). Ahora la LIJ es la materia prima con la que me divierto teorizando sobre la formación lectoliteraria.
R.B. Por más que lo pienso, no consigo dar con una buena definición de “literatura infantil”... ¿Alguna idea que añadir al carro?
L.R.P. Bueno, hace poco me pidieron que escribiese sobre la definición de literatura infantil digital y tuve que comenzar diciendo que si no podemos definir literatura seguir concretando a partir de ahí se presentaba tarea harto difícil. Yo me siento cómodo con esa definición que habla de una literatura que tiene en consideración a un lector en desarrollo durante su proceso creativo y que utiliza ese marco como fuerza poética y no como limitación expresiva. Cada palabra de esa definición, con sus significados y ambigüedades, me parece suficientemente respetuosa y flexible con un espacio tan plural y heterogéneo como el de la LIJ como para atreverme a suscribirla, al menos durante un ratejo.
R.B. Dime tres álbumes ilustrados para niños que atesores en casa.
L.R.P. Uy, ¡con lo que me gustan a mí listas! La cocina de noche de Sendak es el primer álbum que pedí a mi madre que firmase con mi nombre, antes incluso de saber escribir y siempre ha sido un texto especial para mí. Tengo una edición vieja de Alfaguara de El libro de los guarripios de Arnold Lobel a la que también le tengo mucho cariño. Y para no parecer un viejoven te diré que Un mensaje en clave de Nicolai Troshinsky me vuelve loco. Todo en él.



R.B. Últimamente tengo la impresión de que los buenos productos son para un público minoritario y exclusivo, pero pienso en Michael Jackson, Strauss, Madonna o U2 y concluyo con un “cuando algo es bueno y popular, trasciende”... ¿Por qué muchos buenos libros no alcanzan al gran público? ¿O acaso lo comercial no tiene la suficiente calidad?
L.R.P. Había dicho ya lo de la iconoclasia, ¿verdad? No sé qué pensaría Strauss al verse en un bocadillo con Madonna y Bono.
R.B. Era una mera anacronía...
L.R.P. (Ríe) Creo que este es un tema complejo. Pienso en un cuello de botella y en cómo la capacidad de disfrute sigue siendo a día de hoy una cuestión determinada por las condiciones socioeconómicas, socioculturales y educativas del lector y que por tanto trasciende lo que pedantemente podríamos llamar la “ontología cualitativa del texto”. Con esto quiero decir que el acceso minoritario a una obra viene determinado por las trabas existentes a nivel transversal en el circuito de difusión y mediación. Para que un “buen libro X” llegue a manos de una “lectora Y” hace falta, por un lado, que los mediadores sociales (educadores, bibliotecarios, entorno familiar) sean conocedores de ese libro; y por otro, hace falta que esa lectora Y tenga las herramientas suficientes para enfrentarse a ese libro X y por lo tanto, volvemos a depender de un entramado institucional que se encargue del empoderamiento lector de los más jóvenes de su sociedad a través del sistema educativo (y sus diferentes tentáculos). Si a esto le sumamos que normalmente consideramos “buenos libros” aquellos que sugieren una polisemia de complejidad creciente, esas herramientas requeridas son más y más costosas de adquirir y por lo tanto necesitan más de ese entramado formativo.
Otra cuestión es la de la calidad de lo “comercial”. No tengo problema en declararme abiertamente anticapitalista, pero que sea aviso para navegantes. Creo que en una jungla de consumo como la que vivimos lo que es peligroso es el producto que nace comercial, quiero decir, aquella obra que piensa más en los números que en el proceso creativo del texto y para ello vende su alma a las exigencias del mercado. Pienso en editoriales como A Buen Paso, Ekaré, Libros del Zorro Rojo, etc. y las veo agentes indispensables para la sociedad educante porque su trabajo nace del respeto base a la “dama literatura” como diría Teresa Durán y de la pasión por la literatura infantil y juvenil. En cambio, hay otras editoriales cuya actividad está centrada en el crecimiento económico y para ello se valen del ABC de la sociedad de consumo: Publicidad, aprovechamiento de franquicias, homogeinización de las experiencias estéticas, etc, y así no se va a ningún sitio.
R.B. Veo que confía usted demasiado en los “educadores”, no sé si alegrarme por la parte que me toca o llorar ante tanto optimismo...
L.R.P. No sería un buen ciudadano si no creyese en la importancia capital de la educación, y no sería un buen didacta si no le diese al brazo ejecutor de la educación la relevancia que tiene. Aun así, la responsabilidad, y por tanto la confianza, creo que debería ser compartida por todos los miembros de la sociedad educante y eso nos incluye a todos, en la medida de nuestras posibilidades y con los recursos de que disponemos.
R.B. En cierta ocasión me criticaste que en una selección temática de libros incluyese bastantes libros-cliché... Cuando nuestra intención es despertar el gusanillo de la lectura y que lea hasta la Intemerata, ¿es lícito echar mano de la paraliteratura?
L.R.P. Yo (pausa dramática) he criticado cosas que vosotros no creeríais... No recuerdo exactamente qué dije ni dónde, pero tengo muy claro lo que pienso al respecto. No se puede crear hábito lector con Proust. No se nace en Joyce, se llega a él y una vez allí uno decide si quedarse o no. Y para llegar a las cumbres de la literatura, sean estas cuales sean, hay que ir peldaño a peldaño. Es fundamental conocer al lector y entender de dónde viene y la inercia que lleva para ensanchar sus horizontes de disfrute. Esto quiere decir que ni mucho menos hemos de generar tabú en torno a la paraliteratura porque al final sólo generaremos complejos y es lo último que queremos. Pero eso es totalmente diferente a “ofrecer” paraliteratura. Creo que el panorama LIJ es suficientemente rico, fuerte y plural como para poder trabajar con obras de calidad adecuadas a las necesidades de cada contexto de mediación y es que cada libro que tendemos es una carta de presentación del sistema literario y queremos que los lectores sean conscientes y conocedores de lo que la literatura tiene para ofrecerles, y eso es mucho más que Gerónimo Stilton.
R.B. El Pomelo de Chaud, el pez arcoiris de Pfister, las Princesas de Dautremer y Lechermeier, o el Gruffalo de Donaldson y Scheffler, son personajes que han encandilado a los más pequeños, pero lo que comenzó siendo una buen libro o idea literaria ha desembocado en una espiral comercial. ¿Se prostituye la LIJ con facilidad?
L.R.P. Te digo lo mismo que antes, todo depende del trasfondo con que se hagan las cosas. El fenómeno fan es inherente a nuestro tiempo; yo tengo un póster de Where the wild things are colgado sobre mi cama y no creo que nadie piense en la prostitución de Sendak cuando lo ve. Tendencias como la serialidad, la transmediación e incluso la “cosificación” del universo LIJ en efecto pueden usarse para generar dinero, pero también como modo de hacer trascender lo ficcional fuera de las barreras del libro y acercarse a nuevos espacios de la vida del lector. ¿Se prostituye la LIJ más que otros géneros literarios? Hace poco vi una línea entera de juguetes sexuales de 50 sombras de Grey, así que permíteme que lo dude. ¿Que la cercanía del público infantil con las actitudes fan, el desconocimiento en ocasiones preocupante de los mediadores sobre el sistema LIJ y su aprovechamiento por parte de ciertas franquicias pervierte en ocasiones el circuito? Sí, claro, pero eso no creo que sea culpa de un género literario…
R.B. ¿Con qué corriente teórica sobre la literatura infantil comulgas más? ¿Alguna sugerencia de lectura?
L.R.P. Yo me planté hace 5 años en el despacho de Teresa Colomer porque había leído Andar entre libros (FCE, 2005) y NECESITABA trabajar bajo su tutela. Su manera - y de todo el grupo GRETEL - de entender la educación literaria, desde la asunción incuestionable de la LIJ como materia prima para el desarrollo del lector y su rigurosa aproximación teórica al análisis de las obras, hasta la consideración casi infinita de las expectativas de crecimiento de las competencias lectoras infantojuveniles, ha sido para mí un nicho académico desde el día 1. Su visión, creo, logró combinar perfectamente la exigencia de la tradición didáctica francesa en cuanto a la necesidad imperiosa de “progreso” (leemos, OK, pero leamos cada vez más y más complejo) y el íntimo cuidado al disfrute y la lectura comunitaria de los anglosajones. Leyendo Andar entre libros casi se siente un alivio educativo, como quien se da cuenta de que las cosas, al final, eran “así de fáciles y bonitas”, y resulta que sí, que lo son…


R.B. Estás hurgando en la LIJ digital... ¿Se refiere más al libro digital o al texto on-line? ¿Se presta más al plagio? ¿Quién la controla? ¿Tiene tirón entre el público? Cuéntame de qué va ese rollo porque no estoy nada puesto...
L.R.P. ¡Ojalá estuviese sólo hurgando! Llevo ya 4 años despedazando órgano a órgano al monstruo y empiezo a atreverme a decir cosas sin miedo. La primera de todas: dejemos de hablar de libro digital, porque no tenemos necesidad alguna de mentar viejos formatos para hablar de nuevos géneros. La literatura electrónica (o digital) es aquella que se vale y necesita de las posibilidades de la informática para su creación y disfrute y, por tanto, no puede ser “trasladada” al papel sin perder parte esencial de su significado. Así que ni es un libro digital, ni es sólo texto on line. La literatura digital son poemas generados mediante algoritmos, son hipertextos de narraciones disruptas al estilo “Elige tu propia aventura”, son apps que dialogan con lo literario mediante la palabra, la imagen estática y en movimiento, el sonido, la arquitectura videolúdica (sí, el videojuego puede ser literario y ya va siendo hora de asumirlo) etc. Tengo la sensación de que poco a poco la LIJ digital empieza a perder el miedo a su naturaleza, que empieza a valerse de los recursos de que dispone, que son muchísimos, y así lo contábamos Celia Turrión y yo en nuestro blog, recientemente. Ver cómo Wiesner se adapta con tanta naturalidad al entorno electrónico con Spot, o ver cómo programadores de videojuego independiente como Simogo hacen literatura juvenil casi sin darse cuenta me pone los pelos de punta, como quien nota la estática antes de la tormenta. El futuro de la ficción infantil y juvenil tiene un nuevo espacio súper interesante en su horizonte y es nuestra responsabilidad encarcelarlo o abrazar sus posibilidades.
R.B. Si miramos a la Historia de reojo, constato que, aunque todo sigue igual y la esencia es la misma, se nos presenta en formas o soportes diferentes, por lo que cabe preguntarnos: ¿acabará la era digital con el libro impreso?
L.R.P. ¡Qué va! Es un debate que me interesa bastante poco, la verdad, pero realmente no creo que el libro como objeto vaya a desaparecer. ¡Yo me dedico a la lite digital y compro más libros que nunca! Ahora bien, sentir apego por el libro, por el papel, valorar su tenencia, su acceso no ha de fosilizarse en sentimientos litúrgicos que compliquen el acceso a la literatura. Se trata de leer, y de hacerlo en las mejores condiciones posibles y muchas de esas “mejores condiciones” son analógicas. El álbum, creo yo, no tiene “traducción digital”; toda la importancia paratextual y material que posee es fundamental en la experiencia estética que propone y perder eso es perder gran parte de la obra. ¿Te imaginas homogeneizar todo el álbum ilustrado al formato de pantalla del iPad? Horror. Mira, ¡ya hay editores hiperventilando!
R.B. No te cortes y ponle pegas al sistema LIJ...
L.R.P. Por mi forma de ser, evidentemente, es un entorno que en ocasiones me resulta demasiado amable. No voy a decir ingenuo, porque sería injusto ya que gran parte de esa amabilidad es consciente y asumida voluntariamente, y no hay nada menos ingenuo que la asunción. Ese afán constructivo, en gran medida, es el que ha permitido un círculo de valoración y conocimiento dentro de la LIJ brutal y al que da gusto pertenecer y participar de él. El problema es que en un ambiente así, las críticas, en ocasiones, resuenan demasiado alto incluso cuando son en contra de agentes que se aprovechan de esa amabilidad para erigirse líderes. Prefiero el desacato a la idolatría servil y soy incapaz de callarme cuando siento que debo hablar. He perdido muchas horas de sueño, y alguna que otra oportunidad importante por discusiones irrelevantes, pero uno es como es. Cuando invitas a un punk a la LIJ, esto es lo que obtienes.


R.B. Prefiero los punkis a los jipis... Y para terminar, tres tontunas de niño... Tu juego favorito, tu comida preferida y un libro que te haya llenado el alma.
L.R.P. ¡Me gusta que asumas que tengo alma!... ¡Buah! En serio, me flipan las listas, así que si quieres nos emplazamos para una entrevista temática de “tontunas de niño” en un futuro.
Te contesto. La cuestión del juego es compleja, como no podía ser de otra manera para alguien que se dedica al análisis de lo lúdico en la LIJ electrónica… Te diría que The Secret of Monkey Island es con diferencia mi videojuego favorito a todos los niveles. Lo jugué con 8 años por primera vez y desde mi adolescencia (de la que aún no he salido, que quede claro) lo juego al menos una vez cada dos años. Pero de todas maneras, el “juego” que más me llena es el basket callejero. La crudeza del juego anónimo, la lucha aleatoria de no saber con quién y contra quién juegas cada día, la adaptación a ello, el empoderamiento social de la comunidad en torno a una pelota, la pluralidad de perfiles que te encuentras y la competición brutalmente personal, pero delimitada perfectamente en cada partido me vuelve loco.
En cuanto a la comida, migas. Creo que las migas de mi abuela extremeña, con su rara mezcla de vinos, su papada grasienta (la de mi abuela no, eh, la del cerdo), su pan sobao perfectamente lascado por mi abuelo son mi perdición.
Sobre el libro te diré que El pato y la muerte de Erlbruch me licua los adentros cada vez que lo leo. La asunción y negación bipolar de la mortalidad a través del acercamiento emocional de los dos personajes es de una humanidad aterradora. Momo me hace llorar de felicidad esperanzada, y yo no lloro. La segunda parte del Quijote golpea mi ilusión de estabilidad cada vez que me acerco a ella y por ello brindo.
¿Ya se acabó? ¿Hola? ¿Dónde se apaga esto?



Lucas Ramada Prieto (Colindres, Cantabria, 1985) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Oviedo. Tras cursar el Máster Oficial de Investigación en Didáctica de la Lengua y la Literatura de la Universitat Autónoma de Barcelona, se incorporó a GRETEL (grupo de investigación especializado en Literatura Infantil y didáctica literaria) como doctorando dentro del proyecto de I+D+I “Literatura infantil y Juvenil digital”, dedicándose a la investigación en el análisis teórico-literario de la LIJ digital y en sus implicaciones en el desarrollo formativo del lector literario. Además de publicaciones, charlas y conferencias en entornos académicos y escolares, ha sido colaborador de la Electronic Literature Organization, es, junto a Celia Turrión, co-autor del blog Literaturas Exploratorias, así como coordinador de la sección de recomendación de LIJ digital de GRETEL.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Cumpleaños infantiles y miedos adultos


Con tres bocas que alimentar, no es de extrañar que X, mi compañera de viaje diario, tenga siempre algo de lo que hablar y que el quehacer diario de una madre de familia monopolice el tema de conversación la mayor parte del trayecto... Ayer tocó: “los cumpleaños”. Toda una fiesta... Pregúntenme lo que quieran. Ya sé todo lo que tiene que saber un ¿humano? para celebrar el cumpleaños de su hijo de una manera occidentalmente aceptable y sin darle mucho al coco. Bolas, colchonetas inflables, animadores infantiles, merienda -contratada o a escote-, fotos a troche y moche, griterío y llantos, regalos por un tubo, corona de princesa y ¡hasta un trono! incluidos (¡Más madera!), hacen las delicias en el (supuesto) día más feliz en la vida de un niño. Mientras ella justificaba el circo (lo hacen todos los padres cuando me ven la jeta, estoy muy acostumbrado...), yo me acordaba de todas las fiestas de cumpleaños a las que había acudido en mi niñez y pensaba que, excepto el atrezzo y el vestuario, poco habían cambiado las cosas... Y me sonreía.


Desde que era (¿o soy?) un mico, todas las celebraciones de esta índole me resultaban un tanto quijotescas, ya que entremezclan la realidad de la niñez con la mirada adulterada de los mayores, sus ficciones y convenciones, que, por extensión, hablan de sus miedos y otros males sociales. Compra el regalo, parlotea con el resto de los invitados, sonríe, habla de lo maravillosos y bien educados que son todos... No se sabe si estos faustos se deben más a la reafirmación de los padres y sus ganas de figurar, o al mero afán de que los críos disfruten de una tarde con sus iguales. En definitiva, unas reuniones que se merecen más de un estudio sociológico. Algo que a empezado a hacer Anthony Browne en su último libro, ¿Qué tal si...?, editado por Fondo de Cultura Económica.


Hacía bastante tiempo que no hablaba de este hombre, uno de los más aclamados creadores de álbumes ilustrados, pero tras encontrar este título a finales del pasado curso escolar, decidí reservarlo para la vuelta al cole y darle cierta trascendencia, no sólo por el tema en él tratado, sino porque me resultaba bastante trascendental para todos aquellos lectores que se ven involucrados en los avatares de la vida infantil. En él, Browne sigue adentrándose en los miedos infantiles desde su ya acostumbrada doble (a veces incluso triple) perspectiva, la del protagonista y la de su familias, que la mayor parte de las veces es muy diferente aunque el autor siempre encuentra un punto en el que ambas confluyen y se equilibran (N.B.: a veces, muy de soslayo y con cierto cariz surrealista y divergente, su tratamiento argumental me recuerda a Sendak). Es por ello que esta recomendación de hoy va para padres e hijos que acuden a un cumpleaños sin saber muy bien qué pasará allí...

lunes, 2 de noviembre de 2015

¿Qué libros gustan a los niños?


Andaba yo este verano en la biblioteca haciendo una base de datos (de helechos cheilanthoides, ¡no se vayan a pensar que era de libros!) y, entre usuario y usuario, vino la Amparito (¡un saludo desde este lugar, Amparo!) a darme palique un rato... La cosa derivó en libros para niños (un clásico básico) y nos pusimos al quite divagando sobre uno de los paradigmas de la LIJ, “¿Qué libros gustan a los niños?” Difícil cuestión y más difícil todavía la respuesta... Es por ello que la retomo este lunes en el que muchos padres, maestros, bibliotecarios, libreros y enteraos lijeros continúan el fin de semana, y que de paso nos echen una mano a desenredar el entuerto...
La Amparito y yo decíamos que, por mucho que nos empeñemos en presentar a los críos álbumes ilustrados con imágenes y temas un tanto transgresores, estos lectores prefieren devorar su lecturas de líneas vulgares, llenas de clichés y colores brillantes. “¿Por qué será?” nos preguntábamos. Y ahí voy yo con la respuesta...


Lo de la pigmentación, seguramente se deberá a una percepción primaria de la imagen en la que un libro elaborado con una carta de colores elementales (y quizá también algo estridentes) llama más la atención del lector que un libro ilustrado con tonos medios y una paleta de color más apagada. Si nos fijamos en los libros dirigidos a prelectores, esta característica se hace más patente (mucha simplicidad en cuanto a formas y patrones de color se refiere), algo que nos hace pensar que, en las escuelas de ilustración y las facultades de bellas artes este tema ha sido mirado y remirado (N.B.: Respecto a la parcela biológica me gustaría apuntar que hace años, en cierta clase universitaria, escuché que la naturaleza reviste a los organismos, plantas o animales, venenosos de una coloración primaria -sobre todo amarillo, rojo, azul y verde- para alertar de ello, ¿tendrá algo que ver con lo que acabo de exponer sobre la génesis de la visión infantil?... Ahí lo dejo por si algún sabio nos quiere ilustrar sobre ello en los comentarios).


Respecto a las líneas y figuras, me gustaría decir que, tras mucho observar a niños leer, desmembrar libros y dibujar montones de estampas y fichas, nuestros locos bajitos tienen verdadera pasión por el círculo y la curva, por lo sinuoso, lo arqueado, en el sentido literal del trazo. Si no, ¿a cuento de qué se iba a hacer de oro Walt Disney? ¿Por qué siguen triunfando Mortadelo o Asterix? ¿Y los dibujos animados nipones?... Está claro que el estilo caricaturesco es el que más agrada a los primeros lectores y que la mayor parte de los grandes éxitos de ventas de los últimos años están íntimamente ligados con personajes “redondos” o estilos de ilustración dinámicos (siempre he percibido los ángulos más estáticos... manías de uno). También hay que llamar la atención sobre los volúmenes... La mirada infantil es eminentemente bidimensional y se prescinde de las sombras y la profundidad (sobre todo de las figuras, no así de los planos puesto que se suelen diferenciar), así que olvídense de perspectivas cinematográficas y otros añadidos volubles, aquí lo que mola es el alto y el ancho.


Sobre los argumentos, la literatura que suele tener más aceptación entre el público infantil es aquella con bastantes pinceladas de humor (se ve que a todos nos gusta pasárnoslo bien), bastante somera (lo de ahondar en los grandes problemas de la humanidad es una parcela para los adultos), cotidiana (mucha casa, escuela y parque), absurda (la gracia de lo surrealista tiene su puntito) o fantástica (¿a quién no le gusta evadirse un poco de lo mismo de siempre?), y, casi siempre, inofensiva (les remito AQUÍ para más señas).


Después de este análisis de andar por casa dirán ustedes: ¿y para qué tanta lista temática, recomendación de lectura y espacio especializado, si al final, ellos saben rotundamente lo que quieren?
La verdad es que a pesar de que los manejantes de la LIJ (siempre adultos, añado) nos empeñemos en abrir los ojos y la mente de los niños (a veces esto suena a una especie de lobotomía), ellos soportan el chaparrón y siguen teniendo sus preferencias bastante claras, lo que lleva consigo que muchos aboguen por dejarlos a sus anchas (los dibujos animados, las tiras cómicas, las series basadas en muñecas y los “activity books” de los chinos, no constituyen una dieta muy equilibrada para el córtex cerebral... ¡A pique de sufrir un empacho con fritanga de papel impreso de tres al cuarto!).
No obstante y si menospreciar esta corriente más libertaria, también es cierto que un hecho cultural como es la lectura, pasa por “educar la mirada” de aquellos que van a recibir ese legado (en este caso literario), y que, como cualquier otro proceso educativo, pasa por la obligatoriedad, la resignación y la costumbre (acuérdense de las odiadas legumbres y las verduras de su niñez, y de lo mucho que hoy las valoran..., ¡con lo que me gustan las patatas fritas con huevo, la pasta y el magro!). Algo que deben tener muy en cuenta los mediadores entre el niño y el libro a la hora de desarrollar estrategias que faciliten esa comunión. Es por ello que debemos sugerir lecturas graduales, tanto visuales, como verbales, fomentar la literatura plural, versátil y diversa, abogar por la calidad y barajar múltiples cauces para dirigir la adquisición del hábito; pero siempre debemos tener presente que, cuando a un lector (pequeño o grande) aparca un libro, quieto hay que dejarlo.


sábado, 31 de octubre de 2015

De muertos y romanticismo


Durante todo el fin de semana se sucederán todo tipo de manifestaciones (no sólo religiosas, sino también lúdicas) a lo largo de nuestra geográfica con el Día de Todos los Santos como telón de fondo. Seguramente unos denosten la jarana en la que se ha convertido la noche previa a este día (el dichoso “Jalogüin”) y otros abandonen esa estúpida costumbre de visitar los cementerios ataviados con millones de flores que se marchitarán unos días más tarde (yo siempre he preferido los tiestos a la flor cortada), pero bajo ambos comportamientos subyace la idea de honrar a los difuntos, algo que, déjenme decir, está presente en la mayor parte de las culturas.


Polémicas a un lado he de decirles que la dicotomía entre la vida y la muerte, además de ser una cuestión muy intrincada (como todo aquello en lo que religión, cultura y hombres se entremezclan), es el que más quebraderos de líneas ha supuesto para la literatura universal. Si no me creen echen mano de cualquier obra canónica y verán como en todas ellas ahonda la búsqueda de la vida eterna, abundan cadáveres y entierros, y todas ellas versan sobre la capacidad de trascender en este mundo forjado a golpe de nicho, fosas comunes o panteones de mármol y serpentina... Y si no me creen, sólo deben echar mano de cualquier obra de la literatura romántica (del romanticismo, no las de Danielle Stele) y dar buena cuenta de que la muerte es el exponente ideal de la libertad humana y de la exaltación de esa misma vida, que puede estar llena de amor, pero también de tormentos.


La idealización y veneración de ese asunto llamado muerte alcanza su culmen con la novela gótica, un género muy cultivado durante el siglo XIX y que dio lugar a la mayor parte de los personajes y relatos relacionados con el mundo terrorífico, ese que hoy nos sobrecoge cuando acudimos a un camposanto durante la caída del crepúsculo. Vampiros, licántropos, monstruos, fantasmas y otras almas en pena han llenado multitud de páginas en las que el miedo envuelve al lector.
No obstante, y haciendo un análisis menos somero de la intención de estos autores, me atrevo a decir (perdónenme si no doy en el clavo, se equivoca el que abre la boca) que bajo historias en las que la sangre, las sombras, y los temblores son un recurso argumental muy repetido, descansa otro mensaje más difícil, ese que aboga por la vida después de la muerte, un estado en el que la sexualidad, la lujuria, el erotismo y otras constantes vitales aparcadas durante siglos por la religión se abren camino en un mundo no apto para la vida terrenal.


Mientras piensan en ello durante este fin de semana (para algunos más largo), les recomiendo echar mano de, Carmilla, un clásico de Joseph Sheridan Le Fanu (la clara inspiración del Drácula de Bram Stoker), en su edición de Siruela (antes de Fondo de Cultura Económico) junto a las ilustraciones en grafito y grana de de Ana Juan (estupendas...). Una declaración de vampíricas intenciones que, con tiento oscuro, femenino y sutil, hurga en los miedos de los hombres.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Animales existencialistas


A veces, en la literatura infantil, se producen coincidencias (no se si fortuitas o intencionadas) que, además de robarme una sonrisa, me producen una debacle interna que necesito aclarar colocando mis pensamientos sobre un papel (o en un documento de texto, que hoy en día viene a ser lo mismo), no sea que se me olvide quién soy, de dónde vengo y adónde voy...


No cabe duda de que si hoy se han levantado en clave metafísica, aquí tienen cuatro alternativas la mar de plausibles para lubricar la neurona.... La cabra que no estaba, de Pablo Albo y Guridi (Editorial Funreaders), El oso que no estaba, de Oren Lavie y Wolf Erlbruch (Barbara Fiore Editora) El ratón que faltaba de Giovanna Zoboli y Lisa D'Andrea (Editorial A buen paso) y El oso que no lo era de Frank Taslin (rebautizado por Ediciones Invisibles en su nueva edición como ¡Pero yo soy un oso!) son cuatro títulos para mear y no echar ni gota; no porque merezcan la pira, sino porque todos ellos adolecen de un claro existencialismo que me dispongo a cortar y doblar (¡si es que puedo!).


Lo del devenir es un coñazo aunque muchos lo tengan como afición..., se pasan la vida dándole al coco y produciendo poco... Una buena excusa para hacer lo que les sale del fandango. Un mero entretenimiento que, a mi forma de entender, da pocos frutos y que, o acaba contigo, o acaba contigo. Esta claro que eso de buscar sentido al día a día es para personajes aburridos como los de los libros de hoy: una granja entera, dos osos y un gato... Todos ellos bastante “zoo-lógicos” (¡chiste de biólogo al canto!). Eso sí, cabe destacar ligeras -o pesadas- diferencias entre unos y otros... Veamos... Tenemos dos osos bastante preocupados por hallarse en este mundo. Mientras el oso que no lo era ¿logra? dar consigo mismo, el oso que no estaba necesita la sabiduría y apreciaciones de sus compañeros en el viaje que se le presenta (podría parecerse al mismo que recorrió la Alicia de Carroll aunque en un tono más forestal) y hacer frente así a la amnesia sufrida -no sabemos muy bien porqué- y dar sentido a una nota que parece caída de un libro de autoayuda. Aunque el más somero de todos ellos está protagonizado por una cabra que parece una entelequia hasta el final de la lectura, te logra sacar una sonrisa y explora el significado de los verbos “ser”, “estar” y “parecer” desde la perspectiva de los terceros, esos que se encargan de dar rienda suelta a su imaginación y darle forma a la existencia de la cabra y la propia. La última historia, tiene que ver con un gato que deja de lado su propia vida para obsesionarse con la de un ratón que nadie sabe si existe.


Todas ellas son narraciones extrañas. A veces no tienen mucho sentido (les confesaré que a una de ellas me ha costado seguirle el ritmo y para otra necesité una explicación... soy así de básico y lerdo, perdónenme), otras, adquieren un hondo significado, pero todas tienen su contrapunto divertido y triste. Esto podría hacerlas aptas para todos los públicos, pero me gustaría aventurar que probablemente los niños encontrarían primero el somero humor, los adultos se sentirían abrumados por la incomprensión argumental de todos ellos, y tanto unos como otros necesitarían una búsqueda guiada para encontrar la intencionalidad narrativa. Por todo esto creo que sería una buena oportunidad para usarlos como excusa para un taller colectivo (¡aquí tienen chicha los bibliotecarios y maestros activos y creativos!) y cerciorarse de los varios niveles de lectura que he podido entresacar con este primer contacto.
¡Como la vida misma!  

lunes, 26 de octubre de 2015

Aventuras de barrio


Adoro la vida de barrio, más que nada porque sabe conjugar la cercanía del pueblo con la agilidad de la urbe, un tándem tan peligroso, como encantador... Las grandes superficies coexistiendo con los comercios de toda la vida, vecinos de siempre con otros más pasajeros, pisos de nueva construcción compartiendo acera con otras casitas pequeñas de planta baja y bloques de viviendas sociales. Siempre hay un par de colegios y algún que otro instituto, los afortunados tienen un centro de salud, alguna sucursal bancaria y un centro sociocultural. Panaderías a tutiplén, fruterías desperdigadas, un par de carnicerías, pescaderías, algunas, peluquerías varias y muchos bares (ya saben, esto es España), hacen las delicias del bullicio y las transacciones entre sus habitantes. Si tienen alguna placita o jardín cercano, pueden asomarse a la ventana y escuchar el griterío de los niños al jugar, el parloteo vespertino de los viejos y un sinfín de graznidos humanos que llenan el aire de las calles que cruzan ese mini-universo llamado “barrio”.


Cada barrio tiene sus personajes (los hay entrañables, legendarios y muy odiados) y su personalidad, ya saben..., los hay muy familiares y otros más impersonales, los bulliciosos y los silenciosos, los elegantes y los quiméricos... También hay mucho barrio famoso en la geografía española, léanse el de Triana en Sevilla, el madrileño Carabanchel, el del Carmen valenciano, el Gótico de Barcelona, el de la Viña en Cádiz o el Húmedo leonense, pero tengan por seguro que, como el barrio de uno, no hay ninguno, pues constituye una patria chica que controlamos a la perfección por cercanía, costumbre y tradición. Una realidad que sirve y ha servido de excusa para que muchos creadores de libros LIJ contextualicen sus historias en barrios ideales donde una parte del mundo le echa un cable a la otra parte (algo que, lamentablemente, está empezando a cambiar...), y todos los personajes interactúan entre sí formando parte del mismo hilo conductor.


Sin ir más lejos podemos toparnos con esta idea en El maravilloso mini-peli-coso de Beatrice Alemagna y editado por Combel (¿Por qué será que cuando un título es maravilloso me envían el ejemplar demasiado tarde? Snifff, ¡así no hay quien haga fotos decentes!), un libro redondo y colorista. Redondo (ya saben que no suelo abusar de este adjetivo cuando se trata de libros) por su carácter coral, su ritmo de ida y vuelta (del principio hacia la mitad, la historia se desarrolla en un sentido, en el ecuador encontramos el momento cumbre y, a partir de ese punto, la acción gira y regresa sobre sus pasos, ¡una maravilla de simetría narrativa!), su tono infantil, sus dobleces, sus personajes adultos que regresan a la niñez y su cariz de viaje iniciático actual y cotidiano. Y colorista por el desenfado en el tratamiento de las ilustraciones, el buen engranaje entre las técnicas pictóricas y, sobre todo, por las pinceladas de rosa flúor que abundan en todo el recorrido y establecen un juego de búsqueda de similitudes y diferencias entre la realidad y la imaginación de la protagonista.
¡Y que vivan los barrios!


viernes, 23 de octubre de 2015

Hablando de LIJ con... David Pintor


Román Belmonte. David, sabes que soy un deslenguado, ¿por qué has aceptado esta propuesta?
David Pintor. Por eso mismo... porque eres un deslenguado.
R.B. (Risas) Supongo que es suficiente... Me gusta definirme como un monstruo por muchas razones entre las destaco el desatar al niño que llevo dentro. ¿Te consideras un monstruo?¿Debe ser un monstruo el ilustrador de libros infantiles?
D.P. Me gustaría mucho serlo. Y a veces, cuando las circunstancias son propicias, lo consigo. Muchas veces se echa de menos más libros infantiles que no sean tan políticamente correctos. A mí me gustan los textos que tengan un cierto aire gamberro, que destilen un poco de locura, de fantasía, de surrealismo y de incorrección. Me parece que son mucho más interesantes tanto para los ilustradores, como para los lectores. Ahora mismo acabo de terminar un álbum ilustrado que es una parodia del clásico La Isla del Tesoro, y creo que es el libro más gamberro que he hecho nunca. He disfrutado como un enano, y estoy deseando verlo impreso. Creo que va a sorprender...
R.B. Tendré que echarle un ojo y ver si hay que destriparlo (Sonrisa). Siempre he creído que la labor de un ilustrador es bastante compleja... Antes de ponerte manos a la obra con las ilustraciones de un texto, ¿cuáles son los monstruos que te rondan?
D.P. Los monstruos de la duda. La verdad es que paso bastante tiempo documentándome antes de empezar a dibujar. Cada libro es un proyecto diferente, e intento adaptarme a lo que me pide el texto. Es una fase muy interesante, donde se va "cociendo" el libro. Veo películas, libros que tengan que ver con el texto, miro artistas que me gustan, viajo... A mí me sirve para ir cogiendo el tono, para empezar a tomas decisiones en cuanto al estilo y la manera de ilustrar, para definir los personajes, etc...
R.B. ¿Y qué te inspira?
D.P. Por mi profesión, busco inspirarme en los grandes artistas visuales que tengan una manera interesante de ver el mundo: pintores, ilustradores, cineastas, diseñadores, arquitectos, fotógrafos, etc...Pero también me inspiran mucho los viajes. Vuelvo de ellos siempre con mucha energía y super-estimulado. Este año, por ejemplo, he ido de vacaciones a Japón, y he descubierto un país fascinante. La cultura japonesa es increíblemente sugerente, y seguro que todo lo que he visto se va a reflejar en alguno de mis próximos libros.
R.B. ¿Técnicas tradicionales o digitales? ¿Cueces o enriqueces?
D.P. Perdona que te lo diga, pero es sorprendente que, a día de hoy, bien entrado el siglo XXI, se siga planteando esta cuestión. Es, sin duda, la pregunta que más veces me han hecho, y la que para mí tiene cada vez menos sentido. El ordenador es una herramienta más, como lo es el rotulador, la cera, la acuarela o la plumilla. No quiero elegir, porque todas las técnicas son útiles y además puede combinarse entre sí.


R.B. No me seas gallego y confiésame un truco de curtido ilustrador...
D.P. ¿Por qué?
R.B. (Risas) Te propongo un reto. He aquí un texto mío: […] Cuando caía la noche, iba al vertedero en busca de viejos tesoros, de los recuerdos prohibidos. Los niños veían pasar a la oscura y encorvada figura por el camino que se alejaba de la ciudad. Seguían las huellas del carrito que llevaba y la acompañaban en silencio hasta la colina desde la que se veía la entrada. […] ¿Me própones un boceto de ilustración?
D.P. Acepto el reto. ¿Pagas en metálico o por transferencia bancaria?
R.B. (Carcajada) ¡Qué gamberro vienes hoy! Simplemente era una intentona para llamar la atención de algún editor... Según tu criterio, ¿qué tiene el álbum ilustrado que tanto se está apostando por él?
D.P. La ilustración vive en estos momentos un momento muy bueno, y puestos a pensar en las causas que lo han hecho posible, yo destacaría:
- La ilustración ya no se ve sólo como algo ligado a la literatura infantil. Ha traspasado esa frontera y ahora mismo las librerías estan llenas de libros ilustrados para adultos.
- En este momento hay en España una gran cantidad de ilustradores con una calidad excepcional.
- Muchos editores se estan dando cuenta que la ilustración no es un mero adorno, sino que puede enriquecer enormemente un texto.
-La ilustración puede jugar un papel fundamental en el campo del libro-objeto. Ese libro en el que se cuidan todos los detalles, desde el tipo de papel, la tipografía, el diseño, la maquetación...haciendo florecer un formato que todos ven en crisis.
R.B. A pesar de lo que me dices, me topo con mucha gente que dice: ¿Albúm ilustrado?¡Cuatro dibujos y poca letra!”... ¿Crees que la ilustración está valorada como se merece?
D. P. Pues tengo que decir que depende... Lo primero que habría que definir es el verbo valorar. Te pongo un ejemplo: Si un editor, en una entrevista, afirma que la ilustración es muy importante en los libros infantiles, pero luego, a la hora de la verdad, en los contratos paga cantidades irrisorias...¿está valorando la ilustración?
Y lo siguiente sería mirar quienes lo valoran y quienes no. Hay muchos editores que sí la valoran, pero otros no. Hay un detalle que suele dar una pista de si una editorial valora o no a los ilustradores: si en las portadas de sus libros no aparece el nombre del ilustrador, desconfía...
En general, los lectores sí valoran la ilustración, y agradecen ver un buen libro ilustrado, pero sin embargo, los museos de arte contemporáneo, en general desprecian al arte de la ilustración.
Las librerías suelen valorar mucho el libro ilustrado, y lo destacan en sus estanterías, pero las administraciones públicas suelen dedicar bastantes esfuerzos a promocionar artes plásticas como la pintura o la fotografía, pero ignoran totalmente a los ilustradores. Como ves, hay un poco de todo.


R.B. Por más que miro y remiro, veo que sólo un manojo de autores e ilustradores ven editadas sus obras, mientras que otros muchos abandonan por la falta de oportunidades, ¿hay cierta endogamia en el mundo de la literatura infantil en pro del prestigio de unos pocos y de las ventas aseguradas?
D.P. El mundo editorial, como cualquier otro campo profesional, puede ser injusto a veces, pero quiero pensar que al final, el trabajo bien hecho acaba encontrando su lugar. Yo conozco a muchos ilustradores excepcionales, a los que no lllegan los encargos y no pueden vivir de la ilustración, algo que me parece muy injusto. Sólo deseo que no se rindan nunca, porque, como decía mi paisano Camilo José Cela: "El que resiste, gana."
R.B. Al hilo de la pregunta anterior... ¿Se sobrestima el talento de ciertos autores por el mero hecho de ser reconocidos?
D.P. Supongo que no más que en cualquier otra actividad...
R.B. Háblame un poco de cómo ves el panorama profesional de los ilustradores a nivel editorial...
D.P. Mira, yo estudié durante varios años la carrera de arquitectura y muchos de mis amigos son arquitectos y conozco bastante una profesión que se ha degradado muchísimo en los últimos años. La crisis del sector de la construcción ha provocado una disminución enorme del número de viviendas construidas, mientras que el número de arquitectos no ha parado de subir. Hay tantos arquitectos, que muchos estudios de arquitectura se pueden permitir el pagar muy por debajo de lo que sería justo, o, directamente, no pagar nada...o incluso cobrar por que trabajes en su estudio. Saben que si uno se niega a aceptar esas condiciones, hay miles esperando que sí lo harán. Extrapolemos esta situación a una editorial cuyo presupuesto esté, en parte, cubierto por subvenciones, ayudas, convenios, licitaciones de libros, etc... y que no le influya demasiado el hecho de hacer buenos o malos libros a la hora de cuadrar sus cuentas. Imaginemos...
R. B. Imagino... Aunque he de apuntar que todo esto se debe a la mentalidad esclavista del pequeño empresario en España, esa que prefiere pagar cuatro duros a un iniciado que reconocer la labor del profesional experimentado... Una ideosincrasia que no cambia a pesar de los intentos por equipararnos con Europa. Sigamos diseccionando al sistema: ¿qué opinas de las subvenciones a las editoriales?
D.P. Creo que entre todos debemos ayudar a la cultura de nuestro país, en todas sus manifestaciones posibles, ya sea la literaria, como la plástica, la teatral, la cinematográfica, etc...Y eso es lo que significa exactamente subvencionar. Francia, según mi opinión, podría ser un modelo en cuanto a lo que puede significar un modelo cultural fuerte, y el increíble retorno económico y social que provoca en una sociedad. Me sorprende cómo se critican a veces ciertas subvenciones, y se alaban otras. Y hay que recordar que hay pocos sectores (por no decir casi ninguno) que no estén subvencionados en este país. Ahora bien, y hablando concretamente de la literatura, también creo que hay que replantear la manera en la que se dan esas subvenciones. Te pongo un ejemplo: ¿Sería justo que una editorial que mantiene deudas con sus autores, obtuviese las mismas ayudas que una editorial que paga correctamente a los suyos?
R.B. En cierta ocasión me comentaste que el futuro de la edición de álbumes ilustrados debe pasar por el cooperativismo entre autores y/o ilustradores, para poder así establecer por un lado una parcela de libertad creativa, y por otro, luchar contra muchos abusos que supone el complejo entramado que edición y distribución encierran, ¿me puedes detallar más esta idea?
D.P. Es un tema recurrente cuando nos juntamos varios ilustradores. La industria del libro ha sufrido un gran mazazo durante la crisis económica, y eso ha supuesto una reducción de las tiradas, una disminución de los adelantos, etc... Hasta llegar a un punto en el que muchos nos planteamos si realmente merece la pena el esfuerzo de hacer un libro ilustrado en base al retorno económico. Esto provoca que se cuestionen muchas cosas dentro de la industria del libro, y una de ellas es cómo se reparten los derechos de autor. Muchos nos preguntamos: ¿Es justo que los autores de un libro se lleven sólo un 10% del producto final? ¿Hay alguna otra manera de hacer ese reparto? Ahí es cuando aparece la idea de que los autores nos pudiésemos asociar en cooperativas para establecer una relación más directa entre nosotros y los lectores. La idea tiene muchas dificultades, pero creo que nos encaminamos hacia ella poco a poco.
R.B. Como gallego que eres, me veo en la obligación de hacerte la siguiente pregunta... El nacionalismo, ¿enriquece o empobrece la literatura?
D.P. El nacionalismo aplicado a la cultura puede tener una función muy importante a la hora de proteger una literatura minoritaria que no juega en igualdad de condiciones respecto a otras lenguas con las que convive. En el caso de la literatura gallega, es necesario un gran esfuerzo para hacer visibles a los autores y para promocionar sus obras. Si ésta es su función, entonces sí es muy enriquecedor, pues actúa como garante y protector de un patrimonio de gran importancia como lo es una literatura y una lengua. En cambio, si a lo que se dedica el nacionalismo es a tejer redes clientelares sectarias y endogámicas, y a actuar sobre la literatura como si fuese un club privado en el que las coincidencias políticas priman sobre la calidad, entonces la literatura se puede empobrecer muchísimo. No se crea una verdadera industria del libro, sino que se considera la creación literaria como una especie de activismo político en el que la calidad literaria y artística pasa a un segundo plano.
R.B. Me encantan tres verbos: jugar, comer y leer... ¿Cuáles son tu juego, tu plato y tu libro ilustrado favoritos?
D.P. Mi juego podría ser la bicicleta , mi plato favorito, cualquier cosa que salga del mar, y mi libro ilustrado favorito ahora mismo diría Noche de tormenta de Michel Lemieux.


David Pintor (La Coruña, 1975) es ilustrador y dibujante. Comenzó su carrera profesional en 1993, como una de las mitades del dúo de humor gráfico Pinto y Chinto, para más tarde y tras dos décadas de trabajo, convertirse en una referencia a nivel nacional e internacional dentro del mundo de la ilustración para adultos y niños, en la que destaca por trabajos como La abuela del cielo, Ciudades de papel, Almanaque musical, Jack and the beanstalk, L'Eco o La piccola grande guerra. Sus ilustraciones han sido seleccionadas en cuatro ocasiones para la muestra de ilustradores en la Feria de Bolonia, y en otras cuatro para la Bienal de ilustración de Bratislava. Entre otros premios y reconocimientos cabe destacar que tres de sus libros han aparecido en los White Ravens.


miércoles, 21 de octubre de 2015

Los docentes y la literatura infantil y juvenil


Con frecuencia hablo de padres, madres, bibliotecarios y libreros para referirme a los llamados “mediadores de lectura”, pero creo que hoy debo dedicarle este espacio a los que, a mi juicio, son, junto a las familias, quienes más deben comprometerse con esta extraña, dura y maravillosa tarea de inculcar el vicio (algunos hablan de afición o competencia, pero ya saben que lo mío es el jevimetal) de leer: los maestros.
Si tenemos en cuenta que un docente pasa de media con sus alumnos unas cuatro horas al día (a veces incluso más), y hacemos una pequeña operación aritmética, concluiremos con que la interacción niño-maestro constituye la sexta parte de la jornada, un tiempo nada despreciable a la hora de educar, no sólo en matemáticas, plástica o “cono” (odio esta denominación), sino para despertar el gusto por una “cosa” llamada lectura (iba a decir libros pero con el despegue de otros productos y soportes de lectura, no sé si atreverme...).
Evidentemente son muchos los maestros que recriminan a los padres y a la sociedad esa perorata insana de “vosotros estáis ahí para eso”, una afirmación a menudo utilizada por muchas familias para tirar balones fuera y delegar en la Escuela (en connivencia con el llamado Estado) sus tareas; pero a pesar de ello, conozco a más maestros que invierten su esfuerzo cotidiano en la difícil empresa de la “corresponsabilidad educativa” y enseñar por mera pasión, que a aquellos otros institucionalizados y/o contaminados por la pereza.


Aunque los maestros de hoy día están muy profesionalizados y especializados en didáctica, es imposible estar informado de todas las materias que imparten y, generalmente, agradecen en gran medida toparse con enteraos, blogs o guías que les mantengan al día de las novedades en lectura, algo que constato cuando he participado en charlas, cursos y talleres de literatura infantil... ¡Oye, que no me sueltan!...
Probablemente, la causa de este desconocimiento reside en las escuelas de magisterio y facultades de filología, en las que poca formación sobre “didáctica de la lectura” y “literatura infantil y juvenil” se recibe (en algunas universidades, ni siquiera saben qué es...), algo que redunda en uno de los enormes problemas con los que topa el maestro a la hora de inculcar este vicio saludable entre sus pupilos: ¿Qué leer? ¿Cuántos niveles de lectura son posibles? ¿Cómo animar a la lectura?...
A pesar de ello, me resulta curioso que, cuando un docente descubre la literatura infantil, se envenena con ella de por vida, y empieza a acudir a librerías y bibliotecas, se informa de este o aquel libro, mira y remira, empieza a cogerle el gusto a esa asignatura pendiente y, poco a poco, se convierte en otro monstruo que no para de hablar de libros y que contagia, no sólo a sus alumnos, sino a todo su entorno, de esa extraña y hermosa sensación.
También es obvia la notable diferencia entre los profesionales de la educación primaria y los de la secundaria. Los primeros, más laxos, más elásticos y más prácticos, mientras que los segundos imparten materias más encorsetadas, son más teóricos y resignados (como profesor de educación secundaria diré aquí que he aprendido muchas cosas de los maestros, entre otras, obtener gran rendimiento de la actividades más sencillas). Mientras que en la escuela la lectura se presenta como algo lúdico, en los centros de secundaria pasa a ser una herramienta, un vehículo más..., craso error puesto que es en esta etapa cuando hay que incorporar el hondo significado del verbo “leer” con la mecánica que se ha adquirido en etapas educativas previas, algo muy relacionado con que, excepto los profesores de “Lengua y Literatura”, son pocos los que se involucran en la lectura entretenida y placentera, atienden poco a los gustos del alumnado y las actividades programadas en pro del libro son testimoniales.


No obstante, he de decir que estas virtudes y defectos no son patrimonio de los docentes, sino de los centros, organismos e instituciones en las que desempeñan su trabajo. He visto bibliotecas escolares ordenadas de cualquier manera, cerradas a cal y canto, transformadas en cuartos de castigo o, sencillamente, inexistentes. También escasez de bibliotecarios, bajo presupuesto para ampliar fondos, poco reconocimiento por parte de los equipos directivos y compañeros, pocas facilidades para la innovación, y un sinfín de peros más que imposibilitan (al maestro que quiere) trabajar por la lectura y la literatura y, en consecuencia, también en contra de la ignorancia.
Es por ello que hoy, con estas palabras y tomando como excusa el gracioso libro Los secretos del cole ¿Adónde van los profes cuando se pone el sol? de Éric Veillé, con prólogo a cargo de El Hematocrítico y editado por Blackie Books, rindo hoy homenaje a la figura del docente como mediador de lectura. Y no hay más que hablar.