lunes, 18 de noviembre de 2019

¡Haciendo el animal!



Si les dijese que los tres monos del guasap poco tienen que ver con lo que hacemos muchos los fines de semana, estaría en lo cierto, pues estos tres emojis en realidad hacen referencia a unas esculturas de madera policromada de Hidari Jingorō que están situadas sobre los establos sagrados del santuario de Toshogu (Nikko, Japón). Sus nombres, Mizaru, Kikazaru e Iwazaru, significan «no ver, no oír, no decir», una de las máximas morales del santai, que poco tiene que ver con la de chorradas que les dedicamos a ligues y amigos por la citada red social.


Y es que los hombres, que a todo le sacamos punta, nos encanta buscar coincidencias con otros animalitos a los que atribuimos todo tipo de significados, véanse el gato (mira que me gustan poco estos felinos humanizados), el pulpo, la tortuga o la mariposa (elijan ustedes el que más les guste). Si bien es cierto que puede parecernos simplista, también es bastante sintético, y nos ofrece una visión reduccionista aunque rápida y efectiva.
Pero lo que desconocemos muchos de nosotros es que muchas de estas asociaciones de ideas poco o nada tienen de verdad. Podemos citar el caso de la tímida avestruz, un gran ovíparo que poco tiene de asustadizo, pues cuando se siente amenazado opta por correr (puede hacerlo a más de 60 Km/h), mimetizarse entre los arbustos o enfrentarse a los depredadores con sus robustas patas. También el caso de los peces y su memoria, una que se ha comprobado que no es tan efímera, pues los peces pueden recordar después de días, semanas y meses, datos útiles para su supervivencia.


Y en este lunes tan zoológico, les traigo un libro de Raúl Romero y Ramón París titulado Zoo-ilógico (ediciones Ekaré). Como hay que decir muchas cosas de este álbum, lo mejor es empezar diciendo que es redondo, y no por la forma, sino por el resto de sus atributos.
Primero de todo hay que apuntar al tono humorístico que empapa las páginas de un libro que nos saca una sonrisa desde la portadilla (fíjense en las miniaturas dialogadas que aparecen al final del libro porque les pueden abrir todo un universo de posibilidades).


En segundo lugar hay que señalar su aspecto lúdico. Por un lado se establece un juego de adivinanzas (una doble página interpela al lector sobre un animal y la siguiente resuelve la incógnita) y por otro bebe de los juegos de palabras tan típicos de la infancia partiendo de los nombres de los animales y la imaginación desmedida de los autores (¿Saben qué es una llibrélula o una llavestruz? No se preocupen que aquí está la respuesta?).
En tercer lugar tenemos el carácter didáctico de este libro ya que, a pesar de su desenfado, se interna en el mundo del libro informativo, sobre todo en lo que se refiere a las ilustraciones que acompañan las preguntas, pues hacen siempre referencias a animales que destacan por esa determinada cualidad. Esto ayuda a establecer dinámicas y actividades de investigación sobre diferentes seres vivos.


Por último decir que las coloristas ilustraciones de Ramón París son un lujo, algo a lo que nos ha acostumbrado con libros como Un perro en casaDuermevela o La caimana, y ahora también con este, uno en el que resuelve de manera maravillosa el contraste entre figuras, fondo y composición, un aspecto muy importante en los libros para primeros lectores.
Sólo me queda decir en este día de San Román, mi onomástica, ¡que disfruten como monos de la semana!

jueves, 14 de noviembre de 2019

Javier Sáez Castán o la realidad sobrealimentada



Lo de Javier Sáez Castán siempre me ha llamado mucho la atención. Tanto o más que lo de Francis Meléndez. Aunque si bien es cierto que el primero no anda tan retirado del mundo como el segundo, hay que apuntar que se rodea de cierto halo misterioso, no sólo por el estilo un tanto surrealista y sobrenatural de sus obras, sino porque tampoco se prodiga mucho en los medios ni en las redes sociales.
Nacido en Huesca (¡Cuántos buenos artistas ha dado la tierra maña!) en 1964 aunque alicantino de adopción (lleva muchos años allí), Sáez Castán gustaba de crear sus propios cuentos durante la infancia. Más tardé se marchó a Valencia para estudiar Bellas Artes en la Universidad Politécnica de dicha ciudad, especializándose en dibujo. Posteriormente estableció su campo de operaciones en la provincia de Alicante y empezó a trabajar como ilustrador, sobre todo orientándose hacia la publicidad institucional –realizó trabajos para la Universidad y el Ayuntamiento de Alicante- y algunas empresas privadas.
Su relación con el mundo de la Literatura Infantil comienza en el año 2000, cuando publica su primer libro, Picopelosplumas y el hombre pájaro, con la editorial SM y que en la actualidad cuenta con nueva edición a cargo de Barrett (2019). Esta historia con mucho teatro en la que un pajarraco corre interviene en una historia de odio-amor bastante sui generis, supone su tímido aunque prometedor bautismo como autor de libros para niños, un género que según él mismo nunca ha cultivado (hace libros para todas las edades, que no es poco…).


A este título le siguen otros dos, Pom...Pom...¡Pompibol! (Anaya, 2002) y Los tres erizos (Ékare, 2003). El primero es un libro en el que se hace alarde del sinsentido, un género que siempre ha abundado en los libros infantiles, y desde una perspectiva un tanto cañí (la mortadela y esos almacenes de otra época tienen mucha enjundia) siempre acompañada por las ilustraciones en plumilla y ligeras aguadas del autor. 


El segundo constituye una historia clásica de ladrones (tres erizos se adueñan de unas cuantas manzanas en un huerto ajeno) con cierto tono épico, que en este caso se representa a modo de teatrillo –NOTA: Yo diría que es un híbrido entre el entremés (tono humorístico y breve) y la pantomima (más gestos que palabras)-. En este caso el autor elige la brocha y el medio colorista para dar vida a una historia donde aparecen alusiones a la pintura medieval (volutas) y los latinajos, y que empieza a desbordar su universo personal en el género del álbum.



Mientras tanto, Sáez Castán también ilustra obras narrativas de otros autores como Libros como cuentos, de Hoffmann (Anaya, 2000), Cuentos para niños, de Isaac Bashevis Singer (Anaya, 2004), La pequeña cerillera y otros cuentos (Editorial Anaya, 2004) y El valiente soldado de plomo (Editorial Anaya, 2004), y se prepara para ir proyectando lo que es su corpus de obras más trascendentes.


Empieza con el Animalario Universal del Profesor Revillod, una de sus obras cumbre que realiza junto a Miguel Murugarren (Fondo de Cultura Económica, 2004), y que se considera uno de los mejor valorados dentro del álbum actual. En él utiliza el recurso de los libros de solapas (libros móviles) para internalizar un juego de creación de imágenes en el objeto libro. Este catálogo de seres fabulosos (un total de 4096) que un profesor un tanto chiflado y al parecer auténtico (esto de hacer verosímil lo inverosímil, me encanta) ha ido avistando en sus viajes por medio mundo, es una maravilla. Realizado enteramente a plumilla, encanta a pequeños y mayores, algo por lo que merece un puesto de honor en las bibliotecas y librerías como “Joya bibliográfica de la zootecnia moderna”.



A este título le seguirá su secuela, El animalario vertical (mismos autores y misma editorial), trece años más tarde (2017). En este caso, los autores intentan poner a los animales de pié en un contexto que recuerda a un circo retransmitido por la televisión en blanco y negro de los años 40-50 (otra vez las referencias al siglo XX), un motivo por el que Sáez Castán se decanta por el lápiz para elaborar las ilustraciones.



Y para terminar esta trilogía de libros con solapas, tenemos que detenernos en su Soñario o diccionario de sueños del Doctor Maravillas (Editorial Océano Travesía, 2008), un libro que con el mismo recurso de los dos títulos anteriores (en este caso sólo dos pestañas) busca que el lector-espectador deje volar su imaginación, que se escape a un espacio colorista e (im)posible en el que pasar de la mejor forma el aburrimiento.




Sin duda esta es la etapa más fértil de este autor en el que además de dar vida a títulos como Dos bobas mariposas (Serres, 2007) y Libro Caracol (Fondo de Cultura Económica, 2007) Sáez Castán publica otro de sus libros singulares, La merienda del señor verde (Ekaré, 2007) con el que se ganará el favor de crítica y público. Una historia sobre colores que da una vuelta de tuerca a esta constante argumental de los libros para niños (la teoría del color como generatriz de mundos diversos y enriquecidos), y que por un lado, una pizca de misterio, y por otro, todo un tributo al estilo de René Magritte.


Después de esto, Sáez Castán retoma el lenguaje escénico (cine o teatro) que utilizó con Picopelosplumas y Los tres erizos, en los tres volúmenes de su serie El pequeño rey, a saber, El pequeño rey, general de infantería (Ekaré, 2009), El pequeño rey, director de orquesta (Ekaré, 2010) y El pequeño rey, maestro repostero (Ekaré, 2013), tres libritos de pequeño formato con un protagonista en común, una estructura que recuerda al primer cine mudo, y mucho humor que, como siempre, es bastante absurdo pero igualmente entrañable. Sí me atrevería a decir esta vez que estos libros tienen un carácter eminentemente infantil (¿o no…?).



De esta manera, Sáez Castán se interna en la segunda década del siglo XXI y publica libros como Limoncito, un cuento de navidad (Océano Travesía, 2010), una oda a los juguetes desterrados en la que hace un guiño a la mítica película King Kong y un tributo a un personaje de los años 60, El conejo más rápido del mundo (Océano Travesía, 2010), La venganza de Edison (2010), una obra de narrativa donde Sáez Castán habla de los inventos, de su principio y fin, o simplemente de lo disparatado de la vida, o Nada pura 100% (Anaya, 2011). 



Llega así hasta El armario chino (Ekaré, 2016) un libro especial en el que vuelve a jugar con el espectador (sí, sí, porque ya no sabemos quién juega con quién) utilizando el libro en el libro (¿o debería decir el armario chino en el armario chino…?) y creando una historia circular en la que dos mundos, uno rojo y otro azul, se complementan a modo de bucle intemporal a través de un elemento oriental (esto siempre da un toque misterioso). Un detalle: no se pierdan el papel pintado de las paredes.


Si bien es cierto que todos estos libros cuentan con Javier Sáez Castán como autor principal, este hombre también ha preferido dejarse los pinceles a un lado y dedicarse a la escritura, como bien podemos observar en obras como Dorothy déjale entrar, un álbum ilustrado por Pablo Auladell (A buen paso, 2017) y la recientemente publicada MVSEVM, un álbum ilustrado por Manuel Marsol (Fulgencio Pimentel, 2019). El primero es un libro-álbum con muchas perspectiva, sobre todo por las referencias literarias que contiene y la fuerza de una historia potente y extraña. 


El segundo es un libro poderoso en el que las imágenes tienen un poderío desmedido (aparte de ser un libro sin texto, tiene muchos que contar), tanto es así que parece que Marsol y él fueran uno, ya que se complementan al milímetro en una historia. De este modo dan lugar a una historia inquietante (muchas referencias al cine de terror) de coincidencias y universos paralelos (sobre todo los pictóricos que cobran vida), donde el tributo a la obra de Hooper y las selvas de Rousseau está muy patente.



Y para finalizar por este paseo sobre la obra de este genio del álbum español debemos apuntar hacia Extraños (Sexto Piso, 2014) la única incursión en la novela gráfica de Saez Castán que rinde tributo a los viejos cómics, a la Hammer y a las películas de serie B de los 50 y los 60, y, en especial, a la figura de Vincent Price.


Hasta aquí, las consideraciones bibliográficas. Ahora toca ahondar más en las artísticas… Aunque sus técnicas son bastante variopintas, destacan sobre todo el lápiz, la tinta (plumilla o estilográfica) y el óleo sobre tabla o, en algunas ocasiones, sobre planchas de aluminio. Este hombre domina el dibujo clásico a la perfección y se decanta por el estilo figurativo, mayormente surrealista con influencias que van desde los barrocos hasta los vanguardistas, y sobre todo, por el lenguaje posmoderno donde el cine y la televisión tienen cierto peso. Sus composiciones son estudiadas y volumétricas con predominio de la escena y el espacio circundante. Así mismo, destacan elementos lingüísticos muy variopintos (inscripciones en latín, alemán o inglés) o las referencias a la iconografía publicitaria (¿Se han fijado alguna vez en la etiqueta de la lata que aparece en El Pequeño Rey maestro repostero?).



Y para terminar, algunos puntos de vista de sí mismo y de los enteraos que, como yo, hablan maravillas de él… Sáez Castán ha admitido en alguna ocasión que él prefiere alejarse de esos universos fantásticos que priman en la Literatura Infantil para crear un universo propio basado en sus propias experiencias, como él dice que la ficción nos ayude a reinventar la realidad. De ahí que casi todas sus historias surjan de lo mundano y cotidiano, de la misma observación del mundo que nos rodea. Me encanta como transforma las miserias humanas en escenas de gran plasticidad a caballo entre lo mágico y lo deleznable.


Sobre el género del álbum Sáez Castán, comenta que se interesa mucho por la relación entre texto e imagen, y apunta que por su formación en el campo de las artes visuales, presta mucha más atención a todo lo que rodea el arte secuencial que constituye un libro-álbum como generatriz de un discurso en el lector-espectador.
Aunque muchos especialistas, incluso él mismo, han definido muchas de sus obras como álbum para el público adulto, la verdad es que el lector infantil se identifica mucho con su lenguaje, bien por descubrir en él un universo onírico diferente, bien por encontrarse a gusto entre la multitud de referencias de todo tipo.


Por todo esto y mucho más, no nos debe extrañar que haya recibido numerosos premios de ilustración, como la Mención de Honor del Premio Iberoamericano de Literatura Infantil de la Fundación SM (2008), el Premio Nostra en la FIL de Guadalajara del 2009. A ello hay que añadir el reconocimiento de sus libros por parte del Banco del Libro de Venezuela o la Internationale Jugendbibliothek de Munich (White Ravens), sus nominaciones para el premio Astrid Lindgren en dos ocasiones (2011 y 2012) y el Premio Nacional de Ilustración en 2016 por su creatividad y talento narrativo que implica la dimensión objetual del libro; por su capacidad para construir mundos y contagiarlos; por la calidad de sus obras, muchas de las cuales son grandes clásicos contemporáneos de dimensión internacional y por su generosidad como formador.


 P.S.: Y si pasan por Alicante durante las próximas semanas, no se olviden de visitar la exposición de obras originales de este genio de la ilustración en la librería Pynchon & Co. (Yo que voy este sábado... ¡Lo que daría por una entrevista y dedicatoria de este hombre!)


miércoles, 13 de noviembre de 2019

Llenos de esperanza


Nunca he sido muy llorón. Tampoco les voy a decir que no he sufrido, pues lo he hecho. Pero lo que sí puedo afirmar es que casi siempre me he tomado la vida con mucho optimismo. 
No soy de los que se arrepienten, tampoco de los que se rinden (alguna vez, pero por puro egoísmo y comodidad) ni tampoco de los que ven en los demás una vida mejor (esa gente que se pasa el día comparándose con otros nunca será feliz). Intento ver el lado positivo de las cosas (si es que lo tienen..., si no, apaga y vámonos porque no hay solución) e insistir (lo justo y necesario, que si no, el tiempo pesa y cansa).



Aunque algunos dicen que la vida tiene más cosas malas que buenas, prefiero pensar que la diferencia es mínima, que detrás de una mala, siempre llega una buena (al menos para mí, porque hay personas que llevan la negra…) y tiene su aquel el contar con los dedos de la mano lo que falta para que acontezca. Y si no llegan, ya vendrán…
Seguramente más de uno/a me mandará a la mierda si les consuelo con esa de que después de un mal día siempre llega una mañana espléndida, que después de una ruptura sentimental siempre llega alguien que te hace vibrar, o que después de una pelea siempre llega la reconciliación. Y como sé que no me van a hacer ni caso, también añado “¿Vas a vivir amargado el resto de tus días?” Yo lo tengo clarinete (como dice el Pacote): "Que no, que yo no."



La sonrisa de mi sobrino, sombrillas con estampado de sandía, las locuras de mi padre, los campos de girasoles y el vaivén de las olas. El morro torcido del Pit, los tacones imposibles de la Gema, mi madre y sus monsergas, los chistes malos del Alfon, la explosividad de mis alumnos, las impertinencias de mi hermana, y el recuerdo de tus ojos azules. Me quedan muchas cosas hermosas que ver, oír, tocar y sentir todos los días. Otras se quedaron para siempre. Decidido: yo todavía no tiro la toalla.
Es por eso que hoy les traigo Cosas que vienen y van de Beatrice Alemagna (editorial Combel), una exaltación poética de todos estos ritmos y momentos bellos de los que nos provee la naturaleza, los quehaceres diarios o nuestros sentimientos. De esta manera la siempre exquisita Beatrice Alemagna rinde un pequeño tributo a las pequeñas cosas de la vida que, a pesar de su insignificancia, nos llenan esperanzados, y rebosan en uno de los mejores libros de este otoño.



Mención aparte merece el recurso del que se ha servido para presentarnos esta secuencia de escenas, en la que haciendo uso de una hoja de papel vegetal entre cada doble escena, establece un juego para el espectador (el lector disfruta descubriendo las sorpresas que guardan las páginas anterior y posterior), al mismo tiempo que evoca al antes y el después.
Esta técnica no es nueva, pues ya la utilizó Bruno Munari en Sulla nebbia di Milano hace más de 60 años (1968) para desdibujar las escenas y darles un aspecto tridimensional, aunque en este caso ofrece una nueva funcionalidad que nos arranca una sonrisa y destaca el aspecto lúdico del objeto libro.




Sin lugar a dudas es un libro para regalar una y otra vez. En un cumpleaños, durante la navidad, a personas que lo pasan mal y a las que ven poco sentido a la vida. Yo ya sé a quién se lo voy a regalar, ¿y ustedes? Si no saben a quién, se lo pueden regalar a ustedes mismos, que ya es bastante regalo.

martes, 12 de noviembre de 2019

Estas cuatro paredes



El tema de la vivienda está dando mucho que hablar últimamente. Parece ser que se construye más que hace unos años. Inmobiliarias, albañiles, electricistas, reformistas, arquitectos, constructores y notarios vuelven a montarse en el dólar. Aunque la crisis se cargó muchos negocios que facturaban auténticas millonadas (mira que mi abuela les advertía con aquello de “Guarda para cuando no haya…”), parece ser que el imperio del ladrillo vuelve a resurgir de sus cenizas.
Ya saben que estas cosas se mueven de manera cíclica, sobre todo cuando el personal ha recuperado algo de poder adquisitivo y se puede permitir el lujo de una hipoteca, sobre todo en las grandes ciudades en las que, según me comentan amigos de Madrid, Barcelona o Valencia, piden auténticas salvajadas por cuatro paredes.


No se crean que lo de los alquileres tiene nombre… A estas alturas de la película, pagar una mensualidad es misión imposible, incluso en ciudades medianitas como la mía, donde las rentas están por las nubes (si me apuran, podrían pagar cuota y media de hipoteca) y parece que te están haciendo un favor por todo lo alto (¡Ladrones!).
Hay formas de abaratar los gastos, como irse al quinto cojón, a un barrio de mala muerte, a un zulo compartido o debajo de un puente, soluciones todas ellas bastante indignantes (para mi gusto, claro), pues muchos se habla de los derechos fundamentales y nunca de los deberes gubernamentales. Que si, que muchos apartamentos turísticos, mucha gentrificación, mucha especulación, pero las leyes ¿pa’ cuándo?


En fin, en vez de ponernos negros, optemos por lo poético a la hora de hablar de casas. Es por ello que hoy les traigo una obra de esas que te dejan con la boca abierta, tanto por lo bello, como por el formato. La casa en el bosque, un libro de Laëtitia Bourget y Alice Gravier, editado en español por Libros del Zorro Rojo, nos presenta un hogar cercano en un contexto entrañable. En este álbum de tipo acordeón que desplegado mide exactamente 401 cm (para que luego digan que no me tomo en serio esto de las reseñas), se nos presenta una historia circular que toma como punto de partida (y final) un bosque. En ella, el/la niño/a protagonista nos cuenta en primera persona el viaje diario que realiza desde la ciudad hasta llegar a su casa.


Es así como vemos pasar las escenas de un relato seriado que se centra en los medios de transporte, en lugares familiares como el parque o las tiendas del pueblo, en los vecinos más llamativos, en la naturaleza circundante que se llena de animales y plantas , o en las diferentes habitaciones que forman el hogar de esta familia.
Al ser desplegado, toma forma de imagen secuencial completa a lo largo de la cual nos podemos desplazar. Mientras que en un lado se nos presenta el entorno exterior, en el otro nos adentramos en el interior de la casa, lo que da pie al lector en establecer una dicotomía interesante de su propio entorno de dos mundos separados por las paredes –natural/medio antrópico-  sin que ninguno de ellos quede exento de libertad y detalles, algo que autoras y editorial destacan proponiendo al lector un juego de búsqueda.
Así que, ya saben, si no tienen casa, disfruten de esta que es fantástica.


lunes, 11 de noviembre de 2019

¡Que viene el lobo!


Las elecciones, sobre todo las generales, se parecen cada día más a un partido de fútbol. Son una especie de batalla campal (y virtual, que anda que no hay mítines en Twitter, Facebook e Instagram), en la que los aficionados (llamémosles por su nombre) corean todo tipo de cánticos (me abstengo de entonarlos porque ando algo jodido del garganchón). Cuando la junta electoral engancha el pito y da a conocer el resultado, todos salen a la calle. Los unos como ganadores, los otros como derrotados. Y venga, que el ritmo no pare hasta el próximo derbi.
Durante las dos últimas campañas electorales, la consigna más coreada en el campo de juego ha sido “¡Que viene el lobo!”. No sé si ha sido muy efectiva a tenor de los resultados electorales, pues creo que el efecto ha sido el contrario (creo que el “Rebota, rebota y en tu culo explota” ha sido lo que ha primado).


Yo, como ácrata que soy, estoy bastante tranquilo, no me altero ni un ápice por los resultados, pues hay que dejar que todos muestren su cara (ahora viene lo bueno), que para eso estamos en “democracia” (entrecomillo hasta que la ley electoral cambie). Las redes se han llenado del “Vota, por favor”, y la gente ha hecho caso a pesar del viento, la lluvia y el resto de meteoros.
Solo les digo: manténgase cautos, pues ni los malos son tan malos ni los buenos son tan buenos, sino todo lo contrario (como diría un gallego). No nos engañemos, porque aquí hay lobos de todo tipo. De los que se esconden bajo la piel de cordero, de los aulladores y poco mordedores, de los muertos de hambre, de los morrifinos y exquisitos, de los encrespados y también de los repeinados. También tenemos lobos de tres al cuarto, mansos y feroces, de los estrategas y solitarios, y de los que se parapetan detrás de la manada.


Si tuviera que elegir alguno ese sería el Lobo de Olivier Douzou (Fondo de Cultura Económica), un animal con mucho salero. Se lo digo porque es uno de esos libros que no para de reeditarse una y otra vez. No me extraña, pues tiene mucho que decir. Veamos… En primer lugar es un álbum pequeñito (17,5 x 17,5 cm), lo que lo hace muy manejable para los pequeños lectores. En segundo lugar cuenta como protagonista con uno de los personajes más queridos/repudiados de la Literatura Infantil clásica.
También hay que llamar la atención sobre la forma en la que el autor nos presenta la historia. A caballo entre el juego de adivinanzas, las retahílas y el ritmo cinematográfico, en cada doble página tenemos texto (página izquierda) e imagen (página derecha) donde el autor construye al personaje a modo de rompecabezas. Primero nariz, luego ojos, orejas…, así hasta completar a un lobo feroz con líneas de tinta y colores contrastados y planos.


Por último, apuntar a ese giro de tuerca sobre las tendencias alimentarias de este famoso carnívoro, algo que saca más de una sonrisa a los primeros lectores y que prefiero no desvelar, pero que ya les adelanto que lo pueden saber contemplando sus tapas peritextuales (si las abren 180º podrán ver la imagen completa y sabrán a lo que me refiero).
Espero que me hagan caso y disfruten de este lobo, pues ni los de Wall Street ni los aspirantes a la Moncloa les robarán la misma sonrisa a sus hijos.

jueves, 7 de noviembre de 2019

Libros infantiles, ¿de izquierdas o de derechas?



Estamos en plena campaña electoral (y lo que nos queda, pues no sé yo cómo se dará la cosa...) y aunque en alguna ocasión ya he hablado de la relación que la política tiene con los libros infantiles (sobre todo de aquellos en los que constituye un hecho argumental), nunca he expuesto mis ideas sobre cómo la política modela la LIJ o por qué los libros son un vehículo para construir discursos afines a determinadas facciones. Aunque es un tema recurrente entre intelectuales y gentes de la esfera cultural, nunca antes me había cuestionado de manera tan inquisitiva esto. 
Señoras, señores, ha llegado el momento de preguntarse “Los libros infantiles ¿son de izquierdas o de derechas?”, de hablar de las intenciones políticas que habitan en el ecosistema de los libros para niños, y de apuntar las claves y detalles de esta relación



Alta cultura, cultura de masas y subcultura LIJ

Los políticos hablan en sus mítines de sanidad, de educación, de las pensiones y, sobre todo, del “mundo de la cultura”. De cómo, cuándo y cuánto se van a preocupar por él. Porque oigan, es una cosa muy necesaria e importante (¿Me río…?). Cuando los escucho, siempre me rondan las mismas preguntas… ¿A qué cultura se referirán? ¿A la suya, a la mía, a la del vecino?... Es por ello que cabe hacerse unas preguntas iniciales: ¿A qué llamamos cultura? ¿Hay una cultura o varias? ¿Es la LIJ una cultura?
Según los académicos podemos definir dos tipos de cultura, la alta cultura y la cultura de masas o popular. La primera diferenciación la hizo Matthew Arnold, que acuñó ambos términos diciendo que la “alta cultura” trataba de conocer la mejor parte de lo que se ha hecho y pensado en el mundo, en contra de la “cultura popular”, una fuerza a favor del bien político o moral.
Con el paso del tiempo y gracias a intelectuales como Benjamin, Adorno, Gramsci, Bordieu o Boorstin, estas definiciones tan amplias fueron puestas en tela de juicio. Se empezaron a considerar otros aspectos como la estética, la distinción social, la reproducción industrial o la instrumentalización política y social, de tal manera que la alta cultura comenzó a diluirse mientras se enriquecía gracias a la cultura popular.
Como bien señala el historiador Peter Burke, cada vez es más difícil separar una de otra pues esa supuesta alta cultura no puede prescindir de la televisión, de las redes sociales u otros medios de comunicación populares. Es decir, ambas están muy interconectadas, algo que nos hace pensar, en palabras del propio Burke, que todos (…) vivimos en una cultura común, pero participamos de varias culturas a la vez. Es lo que ha pasado a llamarse cultura colectiva, una cultura que a su vez se compone de diferentes parcelas, como la humanística o la científica, que dirigen sus esfuerzos hacia disciplinas concretas, las llamadas subculturas, como la de la Literatura Infantil, esa que nos ocupa a los monstruos.
Aunque todo esto tiene una lectura positiva por muchos sociólogos que abogan por un lenguaje común y global que facilita las relaciones y necesidades (empezamos con el globalismo... ¡Ejem!), yo prefiero prestar atención a los males sociales, esos que apuntan a las apropiaciones culturales desde la impostura, pues bien es sabido por todos que ese panorama global ha favorecido enormemente la manipulación de los discursos (los medios de comunicación son instrumentos de poder y buscan más la complacencia de los sistemas políticos que la información), el sometimiento a los intereses económicos u de otro tipo por parte de ciertos lobbies y grupos de poder, así como el reduccionismo cultural -¿Acaso la ciencia no es cultura? ¿Sólo es cultura en España el gremio de actores o el de escritores-.



Arte y poder, una comunión histórica

Aunque existen casos en los que “arte” es sinónimo de “independencia”, no es algo generalizado. El arte y la creación necesitan tiempo, y si tenemos en cuenta que los artistas no viven del aire, es lógico que hayan establecido relaciones necesarias con el poder para sobrevivir.
Son muchos los ejemplos de las relaciones que el poder y el mundo del arte han establecido a lo largo de la historia, unas interacciones que se han desarrollado desde dos perspectivas diferenciadas.
Por un lado tenemos las establecidas desde el punto de vista económico ya que, desde los albores de la humanidad hasta nuestros días, los poderosos han patrocinado el ejercicio de artistas e intelectuales. Por todos es sabido cómo durante la Edad Media o el Renacimiento, señores feudales, reyes, clero o burguesía han ayudado a literatos, poetas, pintores y escultores (la función de estos era muy útil entre un pueblo analfabeto al que instruir con lenguajes gráficos desde tronos y púlpitos) que recibían ese mecenazgo con agrado para con su obra y su supervivencia (N.B.: Mención aparte podrían recibir las artes escénicas, ya que músicos y actores eran más independientes y vivían a expensas del pueblo y sus espectáculos, algo que podemos extrapolar todavía a nuestros días).
Por otro lado tenemos que hablar de la hegemonía intelectual que ciertos grupos de poder han ejercido sobre la cultura, tanto humanística, como científica. Entre estos destacan las instituciones religiosas pues, tanto musulmanes, como judíos y cristianos, han gestionado y administrado la alta cultura durante muchos siglos. Un poder cultural que, aunque puede parecer testimonial, no lo es, pues es el que ha establecido las bases intelectuales de occidente, estipulando qué obras merecen reconocimiento, atención y/o visibilidad, y han ejercido la censura en base a unos intereses dogmáticos.
Esto cambia durante la Edad Moderna, en la que empieza a gestarse una diferenciación social que produce clases emergentes (las clases medias) que quieren tener acceso a esa cultura desde la segunda línea de fuego y chocan con ese poder hegemónico sobre la cultura. Así mismo los artistas se diversifican más, comienza a asentarse la industria cultural y con ella todo un entramado laboral que facilita la vida de esos actores culturales, sobre todo de los artistas y sus intermediarios. Mientras tanto, los científicos empiezan a establecer sus sociedades y otro tipo de relaciones con el poder (aquí hay una escisión notable que continua hoy día).
Es así como la sociedad se internaliza en el mundo de la cultura humanística (a la que a partir de ahora me referiré como "cultura" a secas) y observamos como esa política económica e intelectual empieza a gestarse desde un prisma más complejo que termina con Jacobinos y Girondinos (aunque existiera desde hace muchos siglos esta concepción dual), las dos facciones que trascienden en el tiempo y a las que el mundo artístico no puede permanecer ajeno, pues también desde entonces baila al son de diferentes canciones dependiendo del entorno territorial que tratemos.


El poder y la cultura en la España (más o menos) actual

Llama la atención que, tanto los representantes del sector artístico y audivisual estadounidense, como los del francés o el inglés, comulguen más con las políticas de “izquierdas”, mientras que en otros ámbitos, como China o Venezuela, sucede al contrario. En cada país, las tendencias del ámbito cultural vienen marcadas por una serie de acontecimientos que siempre son vistos desde la visión maniquea de "buenos" y "malos". Así que toca preguntarse ¿Quiénes son sus actores y qué hechos habrán moldeado la situación española?
Aparte de todos los acontecimientos que durante el siglo XX dieron forma a una idiosincrasia española bifaz que todavía pervive en nuestro modus operandi (Machado lo resumió muy bien en su Una de las dos Españas / ha de helarte el corazón), son tres los hechos históricos que han cincelado las relaciones entre poder y cultura durante el siglo XX y lo que llevamos del XXI, el periodo que mayormente interesa para definir un contexto político en la LIJ.
Primero de todo tenemos la proclamación de la República, un hecho que ayuda a la creación de instituciones y movimientos culturales, tanto artísticos, como científicos, el asentamiento de nuevas políticas pedagógicas que tienen que ver con la democratización de la cultura y el acceso a la educación, y la creación de grupos culturales en los que se ensalzan los nuevos movimientos culturales provenientes de Europa.
En segundo lugar y tras la Guerra Civil, se asienta la dilatada dictadura franquista que castiga todo lo que huele a la República, incluidas las instituciones y sus actores, todos estos artistas que desde las cárceles, el exilio o los cementerios, ponen de manifiesto unas políticas anticulturales yermas y baldías, entre las que sobresalen puntual y tímidamente propuestas pobres y sesgadas donde el clero retoma cierto protagonismo.
Tras cuarenta años de régimen totalitario surge la democracia y con ella se intenta retomar ese espíritu que primó durante los años previos a la Guerra Civil. Aunque durante los primeros años ochenta el germen de estos movimientos se centró en el espíritu transgresor de la posmodernidad y las vanguardias, desde entonces hasta este mismo momento el mundo de la cultura sufre un claro viraje hacia la izquierda cimentado en el rechazo al régimen político anterior y sostenido por un entramado clientelar en el que no priman los intereses creativos sino un discurso más o menos atento para con el público que la consume, para dar lugar al pistoletazo de salida a una guerra cultural que sigue impregnando el medio hasta hoy día.


La institucionalización de la cultura.

Desde muchos escenarios y púlpitos se vocifera que el ciudadano debe tener un fácil acceso a la cultura, que el Estado debe invertir en ello, y que ampliar su campo de acción entre el público real y potencial debe ser una prioridad. Pero lo cierto es que, a pesar de décadas (la democracia empezó hace ya) invirtiendo en Cultura, se denota un cierto declive y carácter residual en el entorno de la misma. De esta manera, cabe hacernos otra pregunta: ¿Se invierte correctamente en materia cultural? 
Rotundamente, NO. Nadie me hará cambiar la respuesta, pues la mayor parte de los planes culturales que se realizan en este país, vengan de quien venga, son más parecidos a campañas electorales que a propuestas para potenciar la lectura, las artes escénicas o la educación artística. Si además tenemos en cuenta que se tiene más en cuenta a unos sectores culturales que otros (dependiendo del apoyo político prestado), la cosa se pone todavía más fea.
Todavía no he visto ni un solo plan de lectura que prescinda de campañas publicitarias. ¿A quién benefician estas? Puede ser que a los gobiernos de turno, a los actores y personalidades que aparecen en ellas, a las empresas que las producen (afines a una u otra facción) y a las que las difunden (¿Saben ustedes las cantidades millonarias que paga el Estado a periódicos, cadenas de radio y televisión y plataformas de internet para anunciar sus "productos"? ¿Saben ustedes que hemos tenido gobiernos que han doblado dicha publicidad para ganarse el favor de los medios?), pero nunca son campañas que redundan sobre el público (si con todos esos millones se comprasen libros, al menos se llenarían las bibliotecas escolares). Es una pena que la tajada NUNCA se la lleve el ciudadano.
Otra cuestión son las compras de la administración, véase el caso particular de los fondos para bibliotecas públicas. En este país las bibliotecas y los centros educativos son los que consumen la mayor parte de la producción literaria de LIJ. Es por ello que cuando se producen recortes para tal efecto, muchas editoriales y librerías ven mermadas sus ventas y se encaran con el político de turno. Una vez más "el gasto en cultura" vuelve a ser un arma arrojadiza.
Para no extenderme más sobre este punto (y tengo más ejemplos en la manga), quiero hablar de las ayudas a la edición, una situación muy paradójica en este país, pues son muchos los editores que hablan de favoritismos para con otros colegas. Siempre las obtienen los mismos, mientras que otros ni las huelen. Por no hablar de aquellas que tratan las lenguas co-oficiales del estado, unas que casi siempre recaen en editoriales de clara tendencia nacionalista (a esto sí lo llamo yo "el dardo de la palabra").
A todo esto, me pregunto: ¿Por qué necesitamos una cultura subvencionada por el estado cuando en otros países del entorno cercano el consumo de cultura es individual? Siempre he pensado que cualquier tipo de empresa que sobreviva gracias a sus relaciones con el poder está sujeta inevitablemente a un éxito caduco (es como el pintor que vive a costa de familiares y amigos: llegará un día en el que no le compre ni el Tato y se morirá de hambre). Soy de los que abogan por la inversión cultural, pero una inversión cultural que redunde en el currito, en el ciudadano de a pie, no para enriquecer temporalmente a sectores que son afines y colaboran con el poder de turno, así como estoy a favor de unas leyes que favorezcan sobre todo a creadores y público, que creen un ecosistema en equilibrio para todas las partes, en las que el reconocimiento sea recíproco y no haga discriminaciones positivas para vaciar el intelecto de unos y llenar los pesebres de otros con migajas que transciendan en el tiempo. He dicho.

  

Autores o el yugo del compromiso

Se supone que los autores hablan de muchas cosas en sus libros. Del tiempo, de los juguetes, o de la tía Juana.  Pero a nadie se le ocurre hablar de las peleas en un tono agradable (con lo que me divierten…) y tampoco nadie habla del cambio climático desde una perspectiva positiva (Yo tampoco quiero dejar una tierra yerma a los que vengan después pero, ¿sabían que muchas especies de plantas que tenían mermada su distribución empiezan a retomar nuevas áreas? ¿Sabían que nosotros estamos aquí gracias a un cambio climático que sucedió hace millones de años?). Soy de los que piensan que hay otros puntos de vista que, aunque ponen de relevancia algo que no nos interesa como especie (la guerra o la extinción), también merecen visibilidad. 
Por eso me resulta llamativo que durante los últimos tiempos, todos los argumentos de los libros para niños se intentan relacionar con los discursos empobrecidos que la política nos lanza desde sus púlpitos radiofónicos y televisivos. La mayoría de lo que leo en los libros para niños tiene más que ver con los discursos visibles y generalistas que cunden en los medios de comunicación "progres", el llamado buenismo, que con el pensamiento, la estética y la formación plural. ¿Por qué se sigue ahondando en esos axiomas pero no se ensalza el criticismo que se le presupone a lo literario?
Entre las razones cabe destacar ese arma de doble filo llamada “compromiso”. El compromiso de una obra, llámese cuadro, coreografía o álbum ilustrado, tiene dos vertientes, el compromiso para con el propio autor y la sociedad, y el compromiso artístico, uno que puede o no entender al anterior. Cuando ambas visiones actúan de manera sinérgica, complementaria, pero no sincrónica, el discurso no es forzado. Sin embargo, cuando el compromiso social está por encima del artístico, la obra deriva hacia lo propagandístico. Es un discurso terco, repetitivo, forzado y dogmático, y hace que la idea expresada pierda belleza estética, tanto intelectual, como humana. 
El artista debe rendir cuentas de su arte, sea este revolucionario o no, pero lo que ha de tener muy claro es que cuando presta su arte al servicio de la política, dejará el plano de lo intelectual para poner sus creaciones al servicio de un conjunto de ideas que, aunque lo pueden definir como humano, lo comprometen como artista y no lo erigirán como tal. Puede que así reciba muchos vítores y muchos “me gusta” en las redes sociales (algo que a día de hoy se puede traducir en cuantiosos beneficios por coincidir en compromiso político con el consumidor), pero eso ya no es arte, eso es otra cosa.
Si a todo ello unimos la autocensura, todo esto se convierte en algo preocupante para el discurso artístico, ¿no creen?
  


El mundo de la LIJ vota a...

Sigo a montones de editores, libreros, escritores e ilustradores, y puedo afirmar que en un 80% de los casos son afines a partidos llamados de izquierda o de centro-izquierda. Muchos de ellos lo pregonan a los cuatro vientos, se enorgullecen de votar y apoyar a este u otro partido (como ejemplo, citar el gran apoyo que el colectivo de los ilustradores españoles prestó a la candidatura de Manuela Carmena en los comicios municipales de 2015), e incluso reciben el feed-back de sus colegas de profesión, también de izquierdas. Es una evidencia que el mundo de la Literatura Infantil vota ese tipo de partidos políticos mientras que una minoría nunca vuelca sus opiniones al respecto, bien por pertenecer a otras facciones, bien por creerse en inferioridad de apoyos.
En principio, se podría pensar que quizá este tipo de tendencia tenga más en cuenta a la infancia, pero no (si empiezo a poner ejemplos, no termino). También se podría pensar que este tipo de políticos realizan una mejor gestión cultural, pero tampoco (en este país nadie ha modificado la ley de propiedad intelectual a favor de los autores, así que tampoco). Lo cierto es que, además de con esa idea maniquea que he mencionado al principio, tiene que ver con el modelo de superioridad moral progre cuasi tipificado en el marco de los agentes culturales. Los actores de la LIJ deben estar ligados sí o sí con las políticas de izquierdas y el que no, ¡leña al mono que es de goma! (esto me recuerda al “Hostia Lucía” que fue trending topic en Twitter). Lo más gracioso es que todos los políticos juegan al maltrato y al ninguneo cuando les viene en gana. No sé a qué viene tanto fervor mariano...
Sinceramente, no creo que esta polarización política, ni mucho menos tan patente (me resulta de lo más aburrida y poco enriquecedora), aporte mucho a los libros para niños, aunque los que los leemos sepamos de primera mano que son el producto literario más fácilmente maleable por las connotaciones pedagógicas y didácticas que se les presuponen, algo de lo que hablo a continuación.


Llámalo libro infantil cuando quieres decir propaganda

El problema viene cuando los agentes de la LIJ quieren imponer un discurso moral que, en vez de anclarse en la lógica, la estética, el pensamiento o la filosofía, se liga a una serie de clichés y fogonazos que mamporreros de cada lado del muro reparten a través de los medios de comunicación de masas, piedras angulares de un pensamiento corrompido por estereotipos y mentiras asumidas.
¿Por qué abundan los libros con perspectiva de género? ¿Por qué los libros sobre identidad sexual? ¿Por qué los libros sobre el fascismo? Porque interesa. Interesa a los políticos, a los padres, a los editores, a los autores, a mí. Interesa porque la política engulle todo, lo embebe y contamina. Para crear “ciudadanos libres” dicen unos, para que “no se repitan los errores del pasado” aducen otros, para “hacer un mundo mejor” exclaman los más poéticos. Pero todos buscan aliados en su propia lucha, una que hoy por hoy, no es de ningún niño.
No abogo por la asepsia en el universo de las letras infantiles (me gusta leer álbumes sobre la muerte como Una casa para el abuelo, cuentos llenos de desamor o historias bélicas como Los hermanos Karamazov), pero sí deberíamos aferrarnos a desterrar el dogma y la propaganda de estos (y de otros) artefactos literarios que están sujetos a estrategias intervencionistas. En una era donde hay multitud de recursos documentales pero cunde la desinformación (Otra paradoja: ¿Acaso nunca se han preguntado porque en Internet encontramos muchos artículos de prensa y divulgativos que parecen calcados, pero pocos ensayos, revistas científicas y manuales académicos que también están en la red?), la literatura, en su concepción como alta cultura, es necesaria.
Ya tenemos bastante con la poca visibilidad que los libros para niños tienen dentro de los circuitos culturales convencionales, dentro de los medios de comunicación o de la sociedad en general. Prefiero las ideas a todos estos discursos dirigidos, prefiero el humor a esas cantinelas odiosas que solo buscan crear futuros votantes.


Paradojas, asociaciones de ideas o el discurso de lo erróneo

El entramado de la LIJ bebe de multitud de factores sociológicos y psicológicos en los que la naturaleza incongruente del ser humano asoma la cabeza. Se sumerge en la paradójica naturaleza humana sin orden ni concierto. La misma que me sorprende cuando leo a algunos autores que edulcoran a base de comunismo sus tretas fascistas, o cuando escucho lagrimear a alguien con La lista de Schlinder y ver como se caga sobre la bandera de Israel al día siguiente. Por un lado es hermoso, pero por otro lado esto implica toda una suerte de coincidencias con las que nos enfrentamos a la hora de luchar en pro de un discurso libre. 
Preconcepciones que buscan un punto común entre el comprador y el producto, estereotipos erróneos que simplemente persiguen que el lector se encuentre con un producto o una librería afín, y no tiene nada que ver con empresas que, como las editoriales independientes y los grandes grupos editoriales, aunque tienen estrategias de mercado diferentes, se embeben en un mismo sistema (el capitalismo, no hay otro). 
Sobre este tema hay que hablar mucho. Por ejemplo, de la "comerciabilidad" del producto (¡Ay, qué comercial es este libro! ¡Mira este otro! ¡Se nota quién lo ha editado!), pero ¿alguna vez se han parado a pensar en que muchas grandes editoriales extranjeras son las que venden los derechos de autor a las independientes de aquí y viceversa?
Otro ejemplo que se me ocurre es la intencionalidad de los productos. Atendiendo al tema eclesiástico, cabe apuntar que muchas editoriales que nacieron al amparo de congregaciones religiosas (los grupos editoriales más grandes que también se relacionan con el mundo del libro de texto), se ven hoy tachadas de impartir dogma, mientras otras de carácter progresista se encargan de dogmatizar al lector con temas que parecen sacados del mismísimo catecismo.  Parece que ni unos son tan buenos ni otros son tan malos... 
¿Y esto lo sabe el mercado? Podríamos decir que sí, que el Mercado (así, elevándolo a la categoría mayúscula) lo sabe todo. Es más, le interesa. Pregúntense: si los álbumes ilustrados de autor, los del circuito independiente, son tan buenos, ¿por qué siguen funcionando los "álbumes comerciales"? Algunos responderán que por la mercadotecnia agresiva, por el desconocimiento del público o por el precio, entre otras causas (y no les quito su parte de razón), pero he de decir que esta realidad se debe, principalmente, a que cada producto tiene su segmento de público y hay consumo para todos.



El consumidor en busca de identificación

¿Y cómo recibe la sociedad estos mensajes? ¿Cómo se identifica con ellos? Está claro que cada uno tenemos nuestros gustos y preferencias, que como consumidores preferimos decantarnos por lo que nos resulta agradable al paladar en vez de por aquello que nos repele. El ciudadano, el público, el lector, tiene muy claras sus preferencias y rara vez se sale del camino preestablecido, más todavía en un mundo en el que el individualismo nos despoja de referencias humanas tangibles. El que compra, no arriesga y consume lo que cree que de antemano le gustará -ideológicamente hablando-. Como todos, está imbuido en un orden social que lo moldea y le ofrece pocas alternativas.
También hay que hablar de las preconcepciones políticas que pueden embeber las decisiones del público, unos prejuicios desde donde parten numerosos lectores que eligen un libro a través de la llamada perspectiva ¿literaria? Véase como ejemplo esa asociación de ideas que desemboca en que una “editorial independiente” es de izquierdas, mientras que un “gigante editorial” tiene que ver con la derecha (¿Por qué siempre se habla de política cuando tenemos que hablar de economía?), y que las editoriales independientes nos van a elevar al paraíso mientras que con los grandes grupos editoriales vamos a arder en el infierno (extrapolación una vez más del maniqueismo cultural español).
El más claro ejemplo de que vivimos con los ojos llenos de pan, es el de esos lectores que leen los libros de esta editorial, se declaran fanáticos de su "independencia y compromiso" mientras vomitan improperios contra otros de este o aquel gigante editorial, para que meses o años después, un librero les deje con la boca abierta al decirles que esa editorial tan guay pertenece al grupo Penguin o Planeta. "Touché!" dijo el capitalismo.
Y porque no me pongo a hablar de los cruces publicitarios ad hoc que desatan las búsquedas en Google o nuestro uso de las redes sociales... ¿Por qué leer un libro tiene que adscribirse a esa perspectiva tan poco libertaria? Me pregunto, ¿por qué?
Y dentro del aspecto social de la LIJ y sus connotaciones políticas no hay que dejarse por el camino la miga de pan más estimulante y en la que mucho tienen que ver el autor y el lector, el individuo y la sociedad, es decir, la censura.


Lo políticamente correcto o el universo de lo inerte

No quiero decir que lo políticamente correcto no sea lícito (hay tantos que pasean a su perro en los coches oficiales de este país, que está de más oponerse a la libertad de expresión), pero sí pone en tela de juicio la capacidad de un autor o un editor para despojarse de los convencionalismos ("Ay, Román, qué cosas tienes... Una maestra maltratando a un pupilastre… ¡Como te descuides, te fusilan!" me decía una lectora), algo de lo que un servidor, como espectador, se da cuenta (¡Impostores!).
Me harta lo bueno, lo predecible y lo extrapolable. Es aburridísimo. Más todavía cuando hablamos de libros para niños, unos libros que siempre deben buscar lo subversivo, lo incendiario y lo salvaje, nunca lo prescriptivo e insustancial. Hay formas de llegar al lector sin necesidad de parecer una hermanita de la caridad, dejando a un lado ese compromiso que ya huele a mierda y roza lo obsceno.
De hecho, no hace falta tanta tuerca, pues hay multitud de discursos literarios que tienen doble filo y se prestan a la libre interpretación. Esa capacidad para desdoblarse es la que muchas veces me hace pensar que existen artistas que, dejando a un lado dogmas o aleccionamientos, se sienten realmente libres para expresar un mensaje fuera de lo que son las facciones del poder, sentirse humanos para debatirse en ese oleaje, en ese vaivén que es la vida y que se perfila sobre multitud de detalles y debacles interiores. Es la mejor parte, esa en la que mamporreros de uno y otro lado no pueden hacer nada contra obras como Este no es mi bombín de Jon Klassen (Thank you, Mr Klassen!).


Los niños no votan. Libertad en un mundo electoral

No voy a decir que sea fácil no caer en las redes de aquellos libros infantiles que quedan supeditados a demagogias y apologías, sobre todo si optamos por la reivindicación, el activismo y la denuncia social (yo mismo lo hago y entono el "mea culpa"), pero como he dicho al final del epígrafe anterior, también existen otros muchos productos culturales que se alejan de estas intenciones y se prestan a un discurso menos sesgado y con una esfera interpretativa mayor.
Es el caso de obras como Donde viven los monstruos, El pato y la muerte o Si quieres ver una ballena, unos libros en los que destacan lo poético y lo humano, donde la política y la censura no pueden actuar aunque quieran. También podemos hablar de aquellos autores que, aunque son bastante tajantes a la hora de abordar un tema político -se me ocurre citar La isla de Greder-, dejan resquicios, ventanas abiertas para otras interpretaciones que también suman en lo literario y ahondan en lo humano.
Esos son los libros que te dejan disfrutar de la experiencia estética que supone la lectura de ficción, los que te preguntan pero no te responden, interpelan tu yo propio y permiten que te enriquezcas. Los adultos nos empeñamos en empercudir cualquier ámbito, incluso el que no nos pertenece como es el caso de la LIJ. “No nos vengan con milongas, nosotros no votamos”, claman los niños, pues la Literatura Infantil no sólo necesita ser un reflejo del mundo, sino un reducto de independencia y libertad intelectual.