miércoles, 3 de junio de 2020

De punta en blanco


Por si tienen memoria de pez, les recuerdo que hemos pasado los tres últimos meses en chándal. Incluso los hay que no tienen ningún pudor en confesar que de chándal nada y que el pijama ha sido su mayor aliado. Sólo el Alfon se ha encasquetado sus mejores galas para asomarse a la terraza y esperar a que le cagara algún pájaro. No sé si lo habrá conseguido pero a él solo le importa lucir tan divino como siempre.



Mirando el lado positivo, además de evitar el desgaste de nuestros mejores outfits, hemos ahorrado mucha agua, bastante detergente, una gran cantidad de electricidad (que la lavadora no centrifuga sola) y algo de plancha (que yo soy de esos).
Por quienes más lo siento es por todos aquellos que se han dedicado a las compras on-line, sobre todo si se han decantado por las prendas de entretiempo, ya que además de la consecuente desactualización, deberán esperar todo un año para sacarles el provecho (si es que se atreven a exhibirlas entonces). 
Tampoco se nos pueden olvidar las lorzas, unas que a golpe de aperitivos han ido ensanchando nuestra anatomía, encogiendo los pantalones, y acabando con la autoestima (¡Como si no tuviéramos bastante!). Lo único que puedo recomendarles es que acudan a su establecimiento de confianza y renueven el fondo de armario. 


Y con tanto hato y trapo hoy me paseo vestido con un librito bien simpático de Elena Odriozola y Ediciones Modernas El Embudo. Ya sé vestirme sola es uno de esos álbumes que tiene un poco de todo y que logran encandilar a cualquiera. Empezando por el tacto del papel y terminando por la encuadernación (cierto encanto artesanal), este libro dirigido en principio a pre-lectores y primeros lectores (me lo tomaré como un cumplido porque lo que es a mí, me ha encantado) nos presenta una historia cotidiana en la que una niña aprende a vestirse.
Echando mano del mismo marco espacial (una habitación con un armario abierto, la niña protagonista y un rincón con ventana donde descansa un perro), se plantea un pequeño juego de adivinanzas en el que descubrir dónde va puesta cada prenda de vestir gracias a sus páginas desplegables es otro acicate para la lectura individual o compartida (eso de abrir el doblez tiene algo mágico, más todavía si le imprimimos misterio).


Con un lenguaje económico pero muy acertado, la autora nos presenta un momento cotidiano de autoaprendizaje que se va enriqueciendo con pequeños detalles (¿Se han fijado en cómo se mueven las nubes a través de la ventana? ¿En quién las habita?) que despiertan el interés por la yuxtaposición de palabras e imágenes. En definitiva, un libro redondo y bien trabajado del que cualquiera puede echar mano si decide ponerse de punta en blanco. ¡Que ya va tocando!

martes, 2 de junio de 2020

Un problema de manos



Por estos lares acabamos de entrar en fase II y no sé muy bien qué decirles al respecto. Los precios siguen subiendo (y vienen para quedarse, no lo olviden), las colas aminoran el ritmo de nuestros días, las mascarillas y el calor no se llevan bien, los abrazos se han reducido al mínimo, y el rictus de los ciudadanos no se endereza ni a tiros.
Se han equivocado los que decían que esto no cambiaría nada, que seguiríamos como antaño. Pero de eso nada, monada… De entre todas las medidas preventivas, la que más estragos está causando es la de la manipulación de los objetos (y yo que tenía entendido que el Co-VID 19 se contagiaba a través de la saliva…). Y es que eso del “no tocar” está trayendo nuevas modas a nuestro día a día que no me gustan ni un pelo. Máxime cuando se utilizan para el enriquecimiento, el engaño y sobre todo, para que sean los demás quienes trabajen.


Ejemplos… Los de las empresas de transporte ya no hacen la entrega a domicilio (y tampoco usan mascarilla ni guantes), en las librerías no puedes hojear (llevo muy mal las compras a ciegas), en muchas tiendas de ropa ya no puedes probarte el género (pero tú sí puedes darte cuatro paseos) y en ciertas fruterías ya no puedes seleccionar tu propia fruta (los guantes de la frutera son milagrosos y de vez en cuando también te endiña alguna pieza tarada).


Con virus o sin él, en este país de pillos y mangantes, los costes siempre los pagamos los mismos, consumidores y votantes. Al final va a llevar razón aquel dermatólogo que hablaba del problema del acné y aducía que todo se solucionaría cortándonos las manos. Algo que me lleva hasta La mano del señor Echegaray, un álbum de Diego Ortiz y Manuela Ortiz que fue ganador del último concurso internacional biblioteca insular de Gran Canaria y que ha editado esta primavera A buen paso (no podía ser en otra dada la dilatada tradición de esta casa editorial por los desmembrados).
Con un argumento muy sui géneris, los autores nos presentan la historia de un hombre que pierde una de sus manos en la guerra. Mientras la vida de este señor se ve afectada por este hecho, su mano sigue vivita y coleando y es explotada como rara avis en un espectáculo de variedades. Hasta que decide escaparse y buscar a su dueño.


Con este argumento tan prometedor se desarrolla una historia con toques muy surrealistas que nos invita no sólo al humor (el percance con el garfio es muy cañí), sino a plantearnos un modus vivendi diferente al que conocemos (véase el símil con la situación actual) y dejar que ante el lector empiecen a desfilar preguntas de todo tipo.


Acompañada de unas ilustraciones pobladas de detalles y que en palabras del jurado “se sitúan entre el dibujo del exvoto y el art brut” (Me encanta la doble página de los arcoíris, parece un retablo mexicano), esta narración no tiene desperdicio. No sólo porque trae a la mente a otros autores como Javier Sáez Castán o Federico Delicado, sino porque también plantea paradojas sobre la convivencia de uno mismo con sus circunstancias (¿No les parece que al final del libro la mano y el señor Echegaray pasan a ser dos en vez de uno?).
Lo dicho, esperemos que cuando todo esto acabe, todos sigamos teniendo manos.


miércoles, 27 de mayo de 2020

Yo conocí la LIJ a través de... Un encuentro virtual



Se suponía que hoy iba a ser el día para celebrar la última sesión del seminario trimestral de literatura infantil para adultos que organizo junto a Amparo Cuenca gracias a la cobertura y espacios que nos ofrece la Casa de la Cultura de Albacete por mediación de su directora Ana María Rodríguez.
La idea inicial de Amparo Cuenca tenía como objetivo que bibliotecarios, docentes, padres, editores, autores y libreros, es decir, personas que se encuentran en contacto permanente con este tipo de literatura, ofrecieran visibilidad a títulos que les habían servido para adentrarse en el bosque de los libros para niños y crear un corpus de sugerencias de lectura para acercar a otros a esta literatura que tanto nos encanta.
Como evidentemente era un acto presencial que finalmente no se podrá realizar debido a la nueva anormalidad, hemos decidido trasladarlo al formato virtual y ofrecer a todos los que lo deseen, la oportunidad de dar a conocer ese álbum, novela, cuento o ensayo que encendió la chispa de su pasión desmedida por los libros infantiles.
¿Que cuándo, dónde y cómo pueden participar? Les explico…
A partir de las 18:00 horas (CEST) y durante toda la tarde de hoy, 27 de mayo de 2020, celebraremos este encuentro-presentación virtual en el perfil que este blog tiene en Instagram y al que pueden acceder a través del siguiente enlace:


O buscarnos en la citada red social como @dondevivenlosmonstruosblog
Existen dos modalidades de participación:

a) Participando a través del directo que comenzará a partir de las 18:00 h., huso horario de Madrid, España (Si quieren participar desde el otro lado del Atlántico les indico… 9:00 h., Los Ángeles; 11:00 h., México/Bogotá/Lima; 12:00 Caracas/Santiago/Nueva York; 13:00 h., Buenos Aires), en el que simplemente hay que solicitar su participación y, una vez aceptada, presentarse acompañado del libro y exponer sintéticamente qué tiene ese título para haber despertado su pasión por la LIJ.

b) Participando a través de vuestras propias stories con una foto de ese libro, utilizando el hashtag #yoconocilalijatravesde y etiquetando a @dondevivenlosmonstruosblog para poder reunirlos todos en un mismo espacio y darles visibilidad.

Esperando que compartan la iniciativa, se animen a hablar de sus libros favoritos, conocer otros tantos, afianzar la pasión por los libros para niños, despertar la de otros y sobre todo, aupar la literatura infantil, me despido hasta esta tarde que seguro es maravillosa

lunes, 25 de mayo de 2020

Las banderas son del pueblo



De entre todas las cosas que han acontecido durante el fin de semana, me quedo con la polémica sobre el uso de la bandera española, un emblema que empieza a suscitar mucho interés. Era de prever teniendo en cuenta que nuestra enseña estaba acumulando mucho polvo y que es en situaciones extremas como la que vivimos, cuando recobra sentido el estado-nación.
Nunca he sido de exhibiciones patrióticas y mucho menos de símbolos, y si a ello unimos que ya soy bastante español, evito los excesos que abarroten y engalanen (cosas de la estética). Esto no quiere decir que no entienda y apruebe que otros luzcan nuestra bandera como les salga del pijo, más si cabe cuando no hacen daño a nadie.


Es por ello que ando bastante extrañado con que un amplio sector de la población -el mismo que ha renegado de ella por motivos partidistas durante mucho tiempo- se haya echado las manos a la cabeza porque otro amplio sector se dedique a colgársela por toda su anatomía cual árbol navideño. A lo que yo objeto: si nuestra bandera es un símbolo constitucional y pertenece a todos los españoles, ¿por qué no han hecho gala de ella todos los habitantes de este país que lo deseen desde el 6 de diciembre de 1978?
Que si apropiación indebida, que si provocación, que si violencia y que si un montón de razonamientos más que criminalizan el uso de la rojigualda y ponen en evidencia que algunos sólo se sienten cómodos luciendo nuestros colores durante las competiciones deportivas (para lo que hemos quedado…), mientras que para otras celebraciones prefieren exhibir símbolos como la bandera republicana -un hecho cuanto ni menos paradójico pues muchos dábamos por hecho aquello de la transición-.


Si tanto les molesta, lo que deberían hacer es dejar de asociar nuestro estandarte con apelativos del pasado que tanto hacen por perpetuar el mito maniqueo de las dos Españas y, si les apetece, lucirla como mejor les parezca. Porque la patria, la nación, es de sus ciudadanos, no de sus políticos, y la bandera, como símbolo, aparte de representarnos es de lo poco que nos queda para sentirnos parte de un colectivo que comparte alegrías, desencuentros y penas como las vividas durante esta pandemia, y de paso, reconocer como nuestros, los muertos de vecinos, amigos y conocidos que, aunque piensen y voten de manera diferente a nosotros, también han sufrido mucho durante los últimos meses. 


Con tantas banderas de por medio, hoy viene al pelo traer a este sitio de monstruos La bandera de Amalia, otra de las novedades de Ekaré con Nono Granero a la pluma e Ina Hristova a los pinceles. En este álbum colorista y con un sabor muy agradable (me recuerda al del pan con vino y azúcar), se nos cuenta la historia de una costurera que recibe el encargo de elaborar una gran bandera que engalane la plaza del pueblo durante las fiestas de otoño. Amalia, la protagonista elige las mejores telas y se pone manos a la obra, pero una serie de percances la obligan a elaborar una bandera muy diferente a la oficial.
Muchos se limitarán a decir que este título es un canto a la pluralidad, también que le resta importancia a los símbolos -cosa que no sucede, pues el símbolo sigue aunque haya cambiado de forma-, pero lo bueno de los libros con enjundia es que tienen diversas lecturas. Y en la mía creo que Amalia, además de tener algo de los cuentos de antaño (ruecas, hilanderas, sastres, agujas y tejidos mágicos) y dar rienda suelta a su inventiva e imaginación para enfrentarse a los problemas, también ensalza el valor de la auténtica bandera, una que entrega desinteresadamente a sus vecinos para cobijarlos y ayudarlos. Una bandera bajo la que se resguardan los músicos de la lluvia, ejerce de sombrilla para un bebé y protege las cuerdas vocales del tenor local.
Sí, amigos, se ve que las banderas son del pueblo.



sábado, 23 de mayo de 2020

El futuro del libro-infantil en tiempos de coronavirus. Perspectivas e ideas.



El aquí firmante inauguró el pasado sábado "Cafe con monstruos", una sección de InstagramTV que incluye charlas, conversaciones, presentaciones y temas curiosos de la LIJ en formato vídeo. El tema elegido para la ocasión fue EL FUTURO DEL LIBRO INFANTIL EN TIEMPOS DE CORONAVIRUS. PERSPECTIVAS E IDEAS, una charla que, aunque todavía pueden ver (sólo estarán disponibles por un tiempo), he transcrito a este blog, mi  cuaderno de bitácora y espacio de referencia, para el uso y disfrute de todos aquellos que todavía no estén en dicha red social. Espero que lo disfruten y compartan, y de paso se suscriban a nuestro espacio de Instagram.

*    *    *

Teniendo en cuenta que la crisis de CoVID-19 no sólo es de carácter sanitario, sino que está alterando otro tipo de contextos, es necesario plantearse cómo va a afectar al entorno del libro infantil, uno que nos interesa a los monstruos. Les aviso que seré bastante concreto en mis planteamientos, sobre todo porque el panorama es muy complejo y esto no pretende ser una tesis doctoral, simplemente un pequeño esbozo de cómo un servidor ve el futuro del libro infantil a corto-medio plazo.



En primer lugar debemos plantearnos la durabilidad de esta situación excepcional, ya que las medidas a adoptar dependen en gran medida de cuánto vaya a prolongarse en el tiempo. Todos los indicios llevan a pensar que, como mínimo, pasaremos el resto del año bajo los efectos de esta pandemia, que incluso puede extenderse con toda probabilidad hasta el 2021, un lapso de tiempo considerable en el que la cadena del libro se va a ver afectada queramos o no, y que dichos efectos permanecerán en la sociedad más allá de la esperada vacuna.
En segundo lugar me pregunto “¿Y cuáles van a ser los efectos adversos del coronavirus sobre el ecosistema de los libros infantiles?” Para responder esta pregunta debemos considerar tres nuevas pautas comportamentales:
1) el distanciamiento social, uno que va a hacer mella sobre el carácter social del libro (venta directa y actividades grupales,
2) los límites de la manipulación, algo que tiene sus consecuencias sobre el uso de cualquier objeto como es el libro (préstamo de libros, ojear en librerías, etc.), y
3) el tiempo de permanencia en lugares públicos como librerías y bibliotecas.
A pesar de estas desventajas, hay que considerar otros efectos colaterales positivos, nuevos resquicios por los que el libro puede colarse en nuestras vidas y que no pueden ser desechados por la cadena del libro. Destaco dos: el aumento del tiempo dedicado al ocio dentro de los hogares por parte de los pequeños lectores, y una educación semipresencial que necesitará de nuevas herramientas de tipo autónomo para el alumnado.



Teniendo en cuenta que en la cadena del libro participan una serie de eslabones que, aunque articulados, desempeñan diferentes papeles y tienen intereses muy variopintos, prestaré atención a cada uno de ellos por separado.
Si de unos años a esta parte son muchos los nuevos autores que han entrado a formar parte de la cadena del libro, durante los próximos meses/años veremos cómo ese número de autores noveles disminuirá considerablemente, no sólo porque la producción descenderá (a menor demanda, menor producción), sino porque las editoriales se arriesgarán menos y optarán por salvar las ventas con autores más conocidos, más rentables y más visibles (NOTA: Precisamente eso, la visibilidad, será una baza inmejorable para todos aquellos autores que también participen activamente de la mediación, algo de lo que hablaremos a posteriori).
Por ello, los autores menos conocidos o menos comerciales deberán optar por nuevos canales de producción y venta, entre los que no hay que descartar la autoedición, ya que es un modelo menos clásico, más abierto y más dirigido.
Por otro lado y atendiendo a la economía, el principal consejo monetario que doy a escritores e ilustradores es que deben exigir el cobro del anticipo de los royalties de manera completa ya que el modelo de postventa no está asegurado por la contracción del negocio.



En lo que a editoriales se refiere hay bastantes cosas que decir. La primera es que teniendo en cuenta la disminución de las ventas hay que replantearse los modelos clásicos de producción como el de las temporadas de novedades… Antes de que el coronavirus irrumpiera en nuestras vidas, ya éramos muchos los que no veíamos claro un modelo productivo que está atestando las librerías de títulos que tienen una vida efímera en el mercado. Con esto de la pandemia, son muchos los editores que se han sumado a esta masa crítica y han decidido no publicar (tantas) novedades por el momento, no sólo porque la disminución del consumo repercute sobre la rentabilidad del negocio y pone más en riesgo el ecosistema del libro (véanse también distribuidores y librerías), sino porque supone una pérdida de capital intelectual (el libro que cae en el olvido y la desidia, es difícil de recuperar). Por otro lado no debemos olvidar que toda editorial tiene un fondo, un catálogo al que hay que dar visibilidad, sacarle jugo a montones de libros que caen en el olvido, y que tienen el mismo valor que otros recién sacados del horno. Consideren esta buena baza para la temporada veraniega.
También hay que hablar de la modernización de los recursos on-line, así como de las redes sociales… Si bien es cierto que bastantes editoriales infantiles tienen páginas web aceptables, otra buena tanda tienen websites que son una birria (si tienen interés por conocer a qué grupo pertenecen pueden escribirme por privado), y ocurre más de lo mismo con el e-commerce. Teniendo en cuenta que todo lo relacionado con internet va a ser crucial en esta crisis, ¿por qué no actualizarse? Es cierto que a corto plazo supone una inversión más, pero una página web está operativa durante muchos años y a largo plazo ayuda al posicionamiento de la editorial en el mercado.
Sobre las redes sociales tengo muchísimo que reprochar, pues son muy pocas las editoriales de LIJ que han apostado por afianzar su presencia en redes como Instagram y Twitter durante el confinamiento, cosa que, teniendo en cuenta el gran papel que han desempeñado durante la primera fase de la crisis, es una absoluta torpeza.  Las editoriales del libro infantil deben estar en las redes sociales sí o sí, y la que no, lo pasará bastante mal.
Asimismo el sector editorial debe tener en cuenta una serie de cuestiones como el estudio de nuevos canales de venta, nuevos productos dirigidos a un nuevo público, y el valorar nuevos formatos como el e-book en lo que a narrativa y álbum informativo se refiere.



Aunque le llega el turno a los distribuidores, quizá los más perjudicados junto con los libreros, en esta crisis del coronavirus, poco puedo decir ya que desconozco bastante los entresijos de la profesión. Lo único, señalar que, teniendo en cuenta su modelo de negocio basado en la deuda-crédito, se verán bastante afectados, ya que al depender del resto de agentes de la cadena (es lo que le pasa a todos los intermediarios) tienen una estasis mucho menor.



Pasamos así a las librerías, unos negocios que también van a sufrir mucho durante esta crisis (sobre todo las físicas, porque las librerías on-line ya convivían con su virtualidad), no sólo como puntos de venta directos del libro, sino como espacios de intercambio cultural. Aunque hemos visto que durante el confinamiento muchas de ellas han desarrollado nuevas estrategias de venta como el cheque-regalo, las tarjetas prepago o los libros a ciegas, también deben considerar nuevas formas de venta. No creo que todo deba ser dirigido al e-commerce (piensen en su radio de acción y en la rentabilidad, porque a veces trae más cuenta contratar un repartidor por horas en bicicleta), pero hay ideas que merece la pena sopesar.
Sobre los cuentacuentos, los talleres para pequeños y grandes, los clubes de lectura o las presentaciones de libros, deben empezar a pensar en las redes sociales y en las plataformas de formación on-line. Hoy por hoy son las únicas alternativas, no sólo para dar a conocer un fondo que necesita consumidores, sino para seguir aupando la mediación lectora y el papel cultural de las librerías que muchos clientes agradecerán cuando todo esto pase.



En penúltimo lugar tenemos a los mediadores de lectura, los grandes protagonistas durante el confinamiento. A pesar de las polémicas en torno a las lecturas en la red y el feed-back cultural, ha quedado claro que la compra de libros es una consecuencia y no un fin en sí mismo, algo que muchos ya estábamos constatando desde hace años, pues gran parte del consumo de libros infantiles que se realiza en nuestro país se debe a la labor de los prescriptores y mediadores de lectura. Si las redes no hubieran bullido de enteraos y especialistas contando cuentos, presentándolos y dándolos a conocer, muchos libros seguirían en los almacenes de distribución. Esto es algo que deben considerar autores, editores, distribuidores y libreros, pues primero, el libro como objeto ha sido devaluado y muchos consumidores potenciales no podrán acceder a ellos, ni ojearlos, ni manipularlos para decidir qué lecturas les convienen, y segundo, no todo el mundo tiene visibilidad, ni buen criterio, ni capacidad de comunicar.



Para terminar y prescindiendo de unos lectores que podrían decir mucho pero que lamentablemente no consumen aunque lean, solo me queda mencionar a los políticos, unos con los que básicamente yo opto por ignorar, justificándome para ello en un pequeño chiste norteamericano que me contó el otro día Ricardo, un seguidor francés, y que dice así:
Un día, un florista fue a un barbero para cortarse el pelo. Al terminar, el florista pidió la cuenta y el barbero respondió: "Es gratis porque durante toda la semana presto servicios a la comunidad". El florista quedó satisfecho y salió de la tienda.
Cuando el barbero fue a abrir su negocio a la mañana siguiente, encontró una tarjeta de agradecimiento y una docena de rosas esperando en la puerta.
Ese mismo día, acudió un policía a cortarse el pelo, y cuando llegó la hora de pagar, el barbero respondió nuevamente que no podía aceptar su dinero porque esa semana hacía servicio comunitario. Así que el policía se marchó muy contento.
A la mañana siguiente, cuando el barbero fue a abrir, había una tarjeta de agradecimiento y una docena de donuts esperándolo en su puerta.
Un poco más tarde, un político entró para que le cortaran el cabello, y cuando fue a pagar su la cuenta, el barbero respondió nuevamente: “No puedo aceptar su dinero ya que estoy prestando servicio comunitario esta semana". Y el congresista salió muy contento de la tienda.
A la mañana siguiente, cuando el barbero fue a abrir, había una docena de políticos haciendo cola en la puerta esperando un corte de pelo gratis.



Todas las imágenes que acompañan a este post pertenecen al espacio que los monstruos tenemos en Instagram y que pueden visitar AQUÍ

jueves, 21 de mayo de 2020

Convivir



Que el horno no está para bollos es algo más que evidente. No obstante, desde este lugar de monstruos hay que seguir alentando al entendimiento y la concordia entre los españoles, a pesar de una situación tan excepcional como la que vivimos. No sólo porque es de agradecer no avivar las diferencias entre unos y otros, sino porque nos queda mucho que padecer codo con codo.
Ya sé que dos meses encerrados y un futuro próximo lleno de incertidumbre no ayudan a nadie a ubicarse dentro de una anormalidad que muchos llaman la nueva realidad, sobre todo cuando hemos dicho adiós de mala manera a muchos seres queridos, nos hemos quedado sin trabajo, sufrimos situaciones familiares complicadas y contamos con un sistema sanitario diezmado. Pero también hay que ser conscientes de que a todos nos pasa algo. Hasta la última persona de este país tiene motivos para estar preocupada o enfadada.


Es por ello que, como ya dije hace semanas, lo mejor es hacer oídos sordos de todo ese ruido con el que, motu proprio, nos estamos martilleando la sesera, para empezar a convivir con nuestros iguales a pesar de que un microorganismo nos obligue a dejar –esperemos que temporalmente- nuestra vida tal y como la conocíamos.
Lo primero porque los tejemanejes de alta política que se están urdiendo, son demasiado complicados para que el ciudadano medio los comprenda  (un voraz, aunque débil y fragmentado gobierno cuya gestión de la crisis ha sido poco transparente, muy torpe e interesada, una oposición oportunista y pseudo-esperanzadora que ve flaquear al contrario, diecisiete reinos de taifas con intereses particulares, elecciones autonómicas, montones de hambrientos y mediocres metidos a poderosos… ¡Ufff! ¡Demasiado vértigo!) y lo segundo porque es mejor relajarse, no impacientarse, y buscar nuevas estrategias personales y sociales que nos hagan la vida más fácil.


Entreténganse, desarrollen aficiones abandonadas o pendientes, fórmense, busquen trabajo o retómenlo, disfruten de la familia y sonrían porque es muy necesario en estos días. Eso no quiere decir que no puedan quejarse, es más, deben hacerlo, decir lo que les gusta y lo que no, pero siempre tomando distancia, considerando las situaciones ajenas con cautela, evitando las envidias y rencores (eso de denunciar a los vecinos... ¿Acaso empresarios, hosteleros o comerciantes no tienen bastante?) y obviando la violencia y los enfrentamientos.


Si quieren un buen ejemplo a seguir sobre esto de abogar por el entendimiento, aquí les traigo una de las novedades de la editorial Ekaré. Los carpinchos del uruguayo Alfredo Soderguit, además de iluminarme la primavera, también me ha sacado una sonrisa. La historia es sencilla, un grupo de carpinchos (aquí conocemos a estos roedores gigantes como capibaras) se quiere instalar durante la época de caza en un gallinero. Las gallinas les prestan asilo pero con unas cuantas condiciones que una pareja de juguetones infantes rompen. La acción sufre un quiebro y al final logran vivir como iguales.


Si bien es cierto que a muchos les gustará por su mensaje de solidaridad, concordia y hermanamiento (ya saben lo utilitaristas que somos), a mí personalmente me ha punzado por dos motivos. El primero se refiere a su estilo narrativo, uno que galopa entre el álbum sin palabras y el cómic y que demás articula de maravilla el texto (muy económico por cierto) con las imágenes (sobrias y en blanco, negro y rojo), sobre todo en lo que se refiere a los momentos de silencio. El segundo es que a pesar de un desarrollo narrativo clásico, ofrece muchas puertas al discurso, precisamente porque aboga por el final abierto y deja inconclusos ciertos puntos (¿Por qué las gallinas desean ser libres? ¿Acaso se han percatado de algo).
Lo dicho: vivan y dejen vivir.

lunes, 18 de mayo de 2020

Una pizca de conocimiento



Decía mi abuelo materno que su suegra, mi bisabuela, sabía “representar” muy bien. En palabras manchegas se refería a la capacidad de aquella mujer para comportarse debidamente en cualquier situación. No es que fuera camaleónica ni perteneciera a la burguesía ni se dedicara al protocolo, sino más bien una señora del siglo pasado, más bien prudente, silenciosa y con mucho conocimiento, algo que por aquí traducimos como observar, sopesar pros y contras, y actuar con corrección y respeto. Es lo que hoy en día, dentro de esa verborrea política imperante se definiría como “sabiduría”, algo que para mí tiene otras connotaciones.


Precisamente eso es lo que está faltado en estos tiempos de pandemia en los que el sentido común se ha visto diezmado por el egoísmo más asqueroso. Y aunque les parezca que mis palabras se dirigen al vecino, les aviso que no, que también son para mí, para ustedes, para todos los que nos creemos que el prójimo es el culpable de nuestros males comunes. El uso de la mascarilla, el distanciamiento social, ponerse los guantes, evitar el contacto… Todos creemos seguir a rajatabla las nuevas recomendaciones del modus operandi, pero sin embargo todos vemos cómo alguien incurre en la dejación de estas.


Es cierto que mucha gente lo hace adrede, pero también lo es que muchos, entre los que me incluyo, todavía no se han habituado a una anormalidad llena de hábitos algo increíbles que nos cuesta automatizar. En vez de cagarnos en todo y lanzarnos a despotricar (cosa a lo que alientan muchos sectores del nuevo estado opresor), nos iría mejor ponernos en otros pellejos, practicar la cortesía y entender la causa de unas maneras que nos pueden parecer deleznables. Eso también forma parte de esa solidaridad que tanto se menciona en algunas televisiones.
Meterse con los madrileños (como si no tuvieran bastante), demonizar a los niños (pobres), atacar a bares y parroquianos (Algún día habrá que enfrentarse a un virus que ha venido para quedarse), criticar al optimista y rajar del pesimista (como si no fuera bastante rasero la vida) o dedicarse a dar lecciones de civismo (Quizá no me he puesto la mascarilla porque he desarrollado inmunidad o estoy en mitad del campo), no son buenas opciones.


Yo, como siempre, me decanto por el “oír, ver y callar” (a veces este último lo cambio por “actuar”) de toda la vida, una máxima que se lleva practicando desde la antigüedad y de la que dan buena cuenta obras como las Fábulas de Esopo, el ¿escritor? griego archiconocido por sus pequeñas narraciones y del que hoy hablamos gracias a Blackie Books y una de sus últimas novedades en formato álbum.
Partiendo de ocho fábulas rimadas y adaptadas por Elli Woollard e ilustradas por Marta Altés, la editorial catalana presenta a los niños el mundo de la moraleja, uno construido a golpe de animales humanizados que se ven envueltos en situaciones cotidianas que siempre llevan implícita una enseñanza tanto para pequeños como para grandes lectores.


Con una vuelta de tuerca y una estética desenfadada gracias a la mirada siempre acertada de la ilustradora, vuelven a las librerías el ratón de campo y el ratón de ciudad, el asno con piel de león, los dos viajeros y el oso, la liebre y la tortuga o el mono y la raposa, breves narraciones que siguen vigentes independientemente de los cambios que se obren en el mundo.



viernes, 15 de mayo de 2020

Libertad de movimiento



Durante la jornada número 63 de confinamiento toca hablar de libertad. Sí, como lo oyen. Libertad. Porque creo que ya está bien...
Ni un solo estado europeo, ni siquiera aquellos que han sido más duramente golpeados por el virus como Francia, Italia o Reino Unido, han declarado un “estado de alarma” como el nuestro, ni mucho menos lo han extendido durante tanto tiempo.
Recordemos que dicho estado es excepcional y, aunque constitucional, se enmarca en un vacío democrático reservado para ciertas situaciones entre las que a priori no se encontraría la actual, pues esto es más bien un “estado de emergencia”. Sin embargo los que nos gobiernan han aducido siempre razones de salud pública para hacer uso de él, algo que la sociedad ha entendido y permitido a lo largo de estos dos meses, pero sobre la que comienza a desconfiar teniendo en cuenta los daños colaterales que se esperan de ella, así como las actuaciones poco decorosas y democráticas del gobierno en materia sanitaria, económica y sobre todo, legislativa.


En vez de velar por la prevención (¿Y los test? ¿Dónde están?) y el cumplimiento de las medidas sanitarias (¿Por qué no plantean el uso obligatorio de la mascarilla en vez de jugar a la ambigüedad?), se están dedicando a meter miedo (Todos acojonaditos para pedir de rodillas que nos encierren para mantenernos a salvo del coronavirus) y a cercenar la libertad de movimiento y expresión, algo que recuerda más a regímenes totalitarios que a democracias parlamentarias. Si a ello añadimos una nula capacidad de actuación y planificación de un tiempo futuro que se prevé más que difícil, no es de extrañar que el pueblo empiece a hacerse preguntas sobre las mentiras vociferadas por los asalariados medios de comunicación y saltarse a la torera unas normas que ni siquiera los políticos respetan.


Con ello no quiero decir que comparta las manifestaciones en vivo o en diferido que realizan algunos sobre la gestión de esta crisis (eso de poner en peligro a mis congéneres u ofrecer una coartada al gobierno para más “estados de alarma” ante un repunte muy probable, no va conmigo)  ni mucho menos a valorar el outfit de los coronapijos o  perroflauters (siempre me ha parecido de muy poca clase eso de juzgar un libro por su portada), pero si diré que entiendo el malestar generalizado de una ciudadanía que sufre medidas policiales propias de las dictaduras (censura, toques de queda y sucedáneos de allanamiento de morada) y un escenario de incertidumbre en el que mentiras (ya me dirán que fiabilidad tiene el estudio de inmunidad) paguicas, chivateo y división social son el único plan B.


Podría haber hablado de la irresponsabilidad ciudadana, de cómo todo quisqui se dedica a hacer de su capa un sayo, de los niños desorbitados, del comadreo en parques y vías públicas, de las terrazas y de las malas cabezas, pero hoy no va a ser el día (ya ha habido otros previos y los habrá posteriores), sobre todo porque el ciudadano de a pie ha sufrido mucho durante estos 63 días y necesita respirar y aligerar sus cargas personales y emocionales (que son muchas algo que se desprende del notable aumento en la venta de ansiolíticos y antidepresivos), necesitamos sentirnos unidos y libres para empezar a digerir una difícil anormalidad que ya tiene mucho de jaula.


Aunque para ello podría haber elegido muchos álbumes, al ser viernes y festivo en muchas localidades, me he decantado por el tono siempre simpático, alegre y esperanzador de  mi querida Margarita del Mazo, que junto al siempre vitalista e imparable José Fragoso, han tejido La princesa Sara no para (editorial NubeOcho), una historia divertida que habla de una princesa llena de vitalidad, que no puede estarse quieta ni un momento y que mina las expectativas de unos padres que prefieren una hija tranquila y sosegada. Sara está fuera de control y eso no les gusta para el futuro del reino, llegando a buscar incluso una cura para su “Nomepuedoparar” galopante.


Mientras descubren el secreto y disfrutan de una narración con mucho humor, tanto verbal, como gráfico (les recomiendo buscar detalles y guiños en las desenfadadas imágenes del artista), sólo me queda invitarles a ser libres (sin molestar a nadie, como nuestra protagonista) a pesar de los grilletes que nos quieren imponer algunos.

jueves, 14 de mayo de 2020

De muros y corazones solitarios


A Julia, que se ha tirado más de 50 días con el virus en las venas.

Como ya les he ido avanzando estos días, son muchas las consecuencias de esta “gripe asiática” (exotismo y maldad se llevan de la mano). Aparte de paguicas, miseria y totalitarismo, el CoVID-19 nos retrotrae a escenarios que creíamos olvidados, como es la pandemia de SIDA de los años 80 y 90, un marco que alteró la vida sexual de muchísima gente, algo que inevitablemente pasará durante los próximos meses con el dichoso coronavirus.



Les pongo en situación… Mujer (podría ser hombre también) blanca, soltera, independiente y trabajadora, de buen ver, bien maja y rozando la cuarentena que busca un chati para lo que surja. Y ahora viene lo mejor: ¿cómo? Seguramente les vienen a la cabeza todo tipo de formas. En un bar de copas, en la estación de metro, en el trabajo o en el Tinder. Y ahora les digo. Bares de copas no hay (ni sabemos si quedarán después de todo esto), estaciones de metro las hay pero desiertas y los lugares de trabajo ídem. Sólo queda la red social de ligoteo y según me cuentan, últimamente está algo exenta de gente decidida a hacer el saltimbanqui.



Hasta este momento los solteros hemos sobrellevado la castidad como bien hemos podido, pero lo cierto es que conforme avanzamos en la nueva anormalidad, nos empezamos a percatar de que este virus de mierda es un muro bien cementado que nos impide desarrollar una vida social menos enriquecida que a otros grupos sociales. No sólo por las barreras físicas que supone ante el acercamiento de los individuos, sino por los miedos y riesgos que conlleva, otras barreras más psicológicas y personales (sin tener en cuenta los kilos de más del confinamiento...).



“¿Quién me asegura que la persona de mis sueños no está contagiada del bicho?” “¿Me lanzo a darle el primer beso o dejo que se lance?” “Prefiero que venga a mi casa, a saber lo que hay en la suya.” “La mascarilla, un nuevo plus de inseguridad. Aunque también puede serlo de expectación…” “Lo siento pero sólo quiero practicar la penetración. Nada de besos.” Son algunas de las cuestiones que mucha gente se hace ya y que nos minarán durante los próximos meses.



No todo es tan negro… Si bien es cierto que el VIH se transmite sobre todo por vía sexual y su estigmatización se asoció y asocia sobre todo a las relaciones íntimas entre ciertos grupos de riesgo, el CoVID-19 es menos específico y repercute de una manera más global, pero también es cierto que tiene una tasa de mortalidad menor en ausencia de tratamiento, que la población se encuentra menos sensible y que hay una tasa más probable de inmunidad a corto plazo.
Como lo oyen, señoras y señores, el coronavirus no sólo es un muro para abuelos y nietos, para inmunodeprimidos, hipertensos y asmáticos, es un muro para posibles parejas y solteros en busca de cariño. Un muro que esperemos derruir pronto para alimentar nuestra breve felicidad.



Todo esto me ha llevado hasta un álbum muy poco conocido pero con muchísima miga. Esterhazy, escrito por Hans Marcus Enzensberger e Irene Dische, ilustrado por Michael Sowa y editado hace varios años ya por la genial Fulgencio Pimentel.
Tomando como excusa un apellido austrohúngaro con mucho abolengo, los autores  dibujan un relato protagonizado por una dinastía de liebres que debido a una dieta hipercalórica, se ponen gordas y torponas. Es así como el patriarca manda a sus descendientes en busca de esposas altas, espigadas y ágiles. El más joven de sus nietos decide irse a Berlín y su abuelo le advierte de que allí todas las liebres viven detrás de un muro (¡Voilá! Ya penemos el puntit de realidad que nos hacía falta). Así es cómo se desarrolla un relato lleno de luces y sombras, un viaje iniciático muy urbano de esta liebre perseverante que busca compañera.


Además de narrar un hecho histórico como la caída del muro, la historia tiene mucho encanto, no sólo por todo por la trama, el nudo y el desenlace (a esos efectos se parece mucho al cuento tradicional), sino por las sugerentes y desdibujadas imágenes del autor que ha participado en libros como El inesperado regalo de Papá Noel o Pralino y películas como Wallace & Gromit o Amelie (acuérdense de los cuadros sobre la cama de la protagonista) unas ilustraciones que además de beber del surrealismo o el modernismo (yo veo mucho a Hopper, ¿y ustedes?), nos trasladan a la atmósfera un tanto inquietante y gris de un Berlín donde se entrevé un deje comunista y que dan paso a una luz esperanzadora, la del otro lado.


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Asimismo y para completar la gracia, me permito el lujo de introducir aquí una serie de títulos que tratan sobre muros y que recopilé en una entrada de mis redes sociales durante el noviembre de 2019 para celebrar los treinta años de la caída del muro de Berlín. De esta manera doy rienda suelta una miscelánea que no sólo puede ser útil a apasionados de la historia reciente, sino en otras circunstancias como las que vivimos, en las que el hombre entendido como especie pierde su humanidad por diferentes circunstancias que le aíslan de su condición social. ¡Que la disfruten y compartan!








Marido Viale y Stéphanie Marchal. Del lado bueno. Kókinos.


Isabelle Carrier y Elsa Valentin. Detrás del muro. Juventud.


Eric Battut. ¡Abajo los muros! Blume


Philippe de Kemmeter. El muro. Entre Libros.


Javier Sobrino y Nathalie Novi. El muro. Juventud.


Britta Teckentrup. Ratoncita y el muro rojo. NubeOcho


María Luisa Seco y Ulises Wensell. Don Blanquisucio. Miñón.


Ricardo Alcántara. El muro de piedra. Ilustraciones de Montse Ginesta. SM


Peter Sís. El muro. Crecer tras el telón de acero. Norma.


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