jueves, 27 de marzo de 2025

¿Éxito o fracaso?


Ahora que se acerca la Feria del Libro Infantil de Bolonia y muchos viajan hasta allí en busca del tan preciado éxito, me tomo la libertad de reflexionar un poco sobre este concepto, con frecuencia tan sobrevalorado.
Atendiendo a su etimología, la palabra “éxito” viene del latín “exitus” y significa “final” o “término”. Si saben algo de inglés, la habrán visto escrita en las salidas de emergencia y en todos los aeropuertos. No es de extrañar, pues ese “exit” latino se refería a todo aquello que ponía fin a una carencia o sufrimiento.
En este mundo capitalista que habitamos, el éxito ha quedado reducido a esa idea de la abundancia. Cuando pensamos en personas con mucho éxito se nos viene a la cabeza actores de Hollywood, grandes empresarios o presidentes de gobierno. Ricos, seductores, famosos y reconocidos en sus respectivos ámbitos. Pero lo cierto es que el éxito es subjetivo y depende mucho de los deseos personales y la autopercepción, es decir, del contexto que estemos viviendo. Una ama de casa, un profesor de secundaria, un escritor o un fontanero también pueden ser exitosos, ¿pero cómo?


Se definen cuatro características comunes a todas esas personas que se perciben exitosas. La primera es la motivación, es decir, tenemos que poner ganas y energía para conseguirlo. A esta le sigue la creatividad (no solo hay que ser determinado, sino ser curioso, no tener miedo a experimentar y ser original). También hace falta constancia (eso de rendirse a la primera de cambio no es de recibo). Y por último, hay que visualizar el resultado, una meta clara (¿Adónde queremos llegar?).
Sin embargo, hay que tener cuidado con el éxito porque no todo el mundo sabe gestionarlo. No son pocos los infelices que han bebido de sus mieles y han terminado sus días hechos unos desgraciados. Mujeres que llegan a la cima de Wall Street, pero no han formado una familia, reyes del pop que pierden el norte o ilustradores con un exceso de ambición miran con recelo a otros colegas de profesión. Nadie dijo que llegar fuera fácil, pero tampoco lo es mantenerse.


Y es esa delgada línea está un álbum que me recomendó Eva, una de mis libreras de cabecera, y que me ha encantado. Cómo fracasé en la vida, de Bertrand Santini y Bertrand Gatignol, fue publicado por Thule en 2010 y nos cuenta la historia de un crío más feo que Picio y más pobre que las ratas al que todo el mundo le hace el vacío. Su único amigo es un conejo de peluche y se pasa el día recogiendo castañas. Cuando se hace mayor, tras graduarse en la universidad, su suerte cambia. Se casa, tiene un hijo, un buen trabajo, una casa enorme e incluso pasa por el quirófano para tunearse la jeta. Todo el mundo lo quiere y nada se le resiste. Pero…


Con unas ilustraciones en blanco y negro donde solo destaca el fucsia del conejo de peluche, un elemento esencial y sustancial (ya lo verán), este álbum es un claro ejemplo de disyunción narrativa, es decir, ilustraciones y texto nos hablan de cosas diferentes pero construyen un discurso complejo donde la ironía tiene mucho que decirnos. Tanto, que yo lo regalaría a todos los críos de este país cuando terminaran la educación obligatoria. No solo para que reflexionen sobre los conceptos de éxito y fracaso, sino para que se planteen cuestiones básicas de la propia existencia y de la percepción de la felicidad desde diferentes puntos de vista: el propio y el ajeno.


El formato de las ilustraciones de este álbum cuadrado, parece recordar a un álbum de fotos antiguas en el que se han impreso unos recuerdos enmarcados que le dan un toque anejo. Si el librito empieza con un aperitivo agridulce (no se pierdan la frase lapidaria de la portadilla) y se continua con un plato contundente, termina con un postre más que indigesto, ya que pone patas arriba esos comentarios tan manidos sobre el éxito que circulan hasta en las mejores familias. 

martes, 25 de marzo de 2025

La nostalgia


No practico la nostalgia. Eso de pensar que todo tiempo pasado fue mejor, no es lo mío. De hecho, pienso que la añoranza es la peor de las consejeras, sobre todo cuando intentamos pisar tierra firme y sobrevivir a los varapalos del tiempo. Sin embargo, y a pesar de que la morriña nos empuja a comparar el antes con el ahora, tiene aspectos bastante positivos.


Según apunta algún estudio de última hornada, la nostalgia nos ayuda a establecer una conexión entre lo que somos y lo que fuimos, de manera que exploramos nuestra existencia desde una perspectiva anacrónica sobre la que dar sentido a nuestra vida y construir nuevos momentos. Otros expertos también han señalado que la nostalgia puede aumentar la sensación de bienestar, potenciar la inspiración y la creatividad, hacernos sentir más jóvenes, despiertos, optimistas y enérgicos, e incluso animarnos a asumir riesgos y perseguir nuestros objetivos.


Será que es un filtro que tiñe todo de color de rosa a pesar de que esos recuerdos estén rodeados de lágrimas, enfermedades o traumas de la niñez, algo que seguramente se relacione con esa capacidad del cerebro para desechar los momentos más oscuros de nuestra vida y darle protagonismo a los felices.
De hecho, si se fijan, las actividades culturales que se nos ofrecen están saturadas de un sinfín de estímulos que actúan como un reclamo publicitario, es decir, nos retrotraen por un instante a la juventud para, con un soplo de frescura (o lo que queda de ella en nuestra cabeza) nos incitan a comprar las entradas de un concierto, releer un libro o ver el remake de cierta película.
Y con este pequeño monográfico sobre lo nostálgico, me lanzo en picado a dos ejercicios de nostalgia convertidos en libro.


El primero es Bajo el asfalto, la flor, un álbum escrito por Mónica Rodríguez e ilustrado por Rocío Araya que publica esta primavera la editorial A fin de cuentos. El protagonista de esta historia es León, el de la risa bonita, un chavalín de una familia de vendedores ambulantes que acampa a orillas de un río bordeado de altos árboles. Un día encuentra una flor a la que cuida y de la que se hace amigo. A su lado verá las nubes cruzando el cielo y le confesará sus miedos y anhelos. Le hablará de sus recuerdos, de la burra llamada Brisa y también de Camila, su primer amor.


En parte (y en este título), el estilo de Mónica Rodríguez me recuerda al Platero y yo de Juan Ramón, El camino de Delibes o el Algunos niños, tres perros y más cosas de Juan Farias. Costumbrista por un lado y por otro, suculenta, la prosa de la ovetense discurre como un arroyo refrescante que se detiene en los rumores de un tiempo pasado, dejando que sus aguas envuelvan los cambios que le suceden en un chiquillo cuya vida cambia en tan solo unos días.


Del mismo modo, Rocío Araya nos regala unas ilustraciones desbordantes de luz en las que verdes, azules, magentas y toda una gama de colores cálidos nos insuflan vida durante la secuencia de acontecimientos que finalmente se verán sepultados por el gris asfáltico que lo opaca ¿todo? No, en la guarda final brilla la esperanza...


El segundo título de hoy, corre a cargo de Adrián Cordellat y Rosa Ureña bajo los cuidados de la editorial Bookolia. Antes todo esto era campo nos cuenta la historia de una familia que pasa las vacaciones en la casa que los abuelos tienen en un pueblo costero. Es ahí donde el padre enseña a sus hijos los lugares por los que transitaba su niñez, dónde jugaba y estudiaba, quiénes eran sus vecinos y las costumbres de aquel entonces.


Con marcado carácter autobiográfico, el periodista valenciano nos hace un recorrido por una infancia, la suya, que, como otros muchos niños de los años 70 y 80, discurría entre campos cultivados, bicicletas, cines y aventuras escolares. Una generación que no tenía contacto con los ordenadores ni los teléfonos móviles pero disfrutaba de la calle en cada momento. Además de retrotraernos al pasado, Cordellat también permite el encuentro intergeneracional combinando pasajes del ayer y del hoy que se confunden y no inspiran extrañeza gracias a pinceladas poéticas y un final efectista que es la guinda del pastel.


El texto se acompaña de las ilustraciones realistas que Rosa Ureña desdibuja gracias al lápiz de color y nos trasladan a otro tiempo difuminado por esa especie de neblina que cubre los recuerdos. Así, este álbum se transforma en una suerte de diario antiguo en el que caben escenas alegres y llenas de vida que se disponen simétricas a esas palabras que tanto nos evocan. Me han encantado los detalles realistas de las guardas y su capacidad para jugar con los recursos visuales, las metáforas sutiles y una óptica diversa.
Y así, con dos alegorías que brindan por el medio natural como escenario de cualquier infancia y se enfrentan al cemento y al ladrillo desde una perspectiva nostálgica, me despido hasta una nueva reseña recordando los momentos que pasábamos en la huerta de mis abuelos haciendo el indio, perdiéndonos entre las cañas de la balsa y hurgando en cualquier recoveco.

lunes, 24 de marzo de 2025

Jardines primaverales


Recién entrados en la primavera, toca hablar de jardines. Lo siento, pero es un tema muy recurrente en esta época del año. Los parques se llenan de plantas y bichos de todo tipo. La vida rebosa por cualquier resquicio y da gusto deambular por los paseos, disfrutar del aroma de las flores, tomar el sol recostado en un banco o leer bajo la sombra de los árboles.
Para mí, los parques son espacios muy especiales, no solo porque representan las naturaleza perdida y recuperada por el hombre, sino porque abordan el sentido agreste de la existencia a través de una óptica mucho más ordenada y pensada.


Desde la Revolución industrial, el gris de la ciudad se volvió omnipresente a nuestro alrededor. Con tanto cemento y ladrillo, empezaron a tomar forma los parques y jardines públicos, espacios en los que las clases bajas y menestrales podían disfrutar de un recreo, hasta entonces propio de la burguesía y aristocracia.
El jardín constituye una especie de refugio ante esa disidencia natural que emerge gracias a la Modernidad. Naturalismo y romanticismo recuperan esa fascinación por lo agreste e incitan a desarrollar lugares que, desde una perspectiva humana servían a nuestros intereses.
Si se preguntan qué es lo que nos mueve a crear un jardín, hoy les traigo dos álbumes con los que ilustrarles.


El primero es El jardín del vecino siempre es más verde, un libro de Gala Pont publicado este otoño por Blackie Books. Nos cuenta la historia de Simona y el erizo. Los dos son muy felices en su jardín. Les encanta descubrir cosas sobre los seres vivos que viven allí, celebran ágapes con todo quisqui, juegan a montones de cosas y disfrutan de la siesta. De vez en cuando, mientras Simona duerme, el erizo va a dar un paseo. Un día, curiosa, Simona sigue sus pasos y descubre nuevos y diferentes jardines. Exuberantes, elegantes o muy ordenados. No tenían nada que ver con el suyo. Son mucho mejores. Muerta de envidia y enrabietada hasta la médula, lo destruye por completo. ¿Y ahora, qué? ¿Dónde desarrollará todas esas actividades que tan feliz la hacían?


Aunque este álbum puede venderse como un “libro para…”, tengo mis dudas al respecto, pues si bien es cierto que la protagonista sufre un ataque de celos, también es muy interesante el discurso que se genera en torno a la belleza, pues es esa concepción y no otra, la que sirve como detonante de un diálogo bastante complejo y se aleja de las típicas situaciones de esos emocionarios reduccionistas que se publican últimamente para “aprender a gestionar” nuestras reacciones.


Además de unas ilustraciones realizadas en acuarela ¿digital? muy agradables, me gusta la idea del anexo final a modo de herbario en el que encontrar e identificar las plantas que aparecen en las ilustraciones del libro, al mismo tiempo que anima al lector a incluir su propia colección vegetal y participar del medio natural.


El segundo es El jardín venenoso de Millie Flor, un álbum de Christy Madin y publicado por Edelvives el pasado otoño que nos presenta un jardín muy especial. Su protagonista, Millie Flor, es una niña enamorada de las plantas un tanto especiales. Se acaba de mudar con su madre a Valle Jardín y su mayor ilusión es plantar un nuevo jardín. Se pone manos a la obra y empieza a sembrar bocas de dragón, tanaceto tentáculos, margarita quejica o la planta araña son plantas cuya belleza solo entiende ella. Da miedo a un vecindario bastante paleto y conservador que prefiere los jardines monótonos. Pero un día, todo empieza a cambiar…


Con una estética un tanto macabra que recuerda a la Miércoles de la familia Adams, el libro se acerca a los conceptos de diversidad y aceptación social desde una perspectiva botánica (¡Pero no crean que existen estos vegetales! ¡La mayoría son una invención!). Con pinceladas de humor blanco e inocencia infantil, he aquí una fábula moderna que apuesta por el individualismo y nos aleja de la uniformidad más sofocante.


Lo más curioso de este libro es que está inspirado en un jardín diferente. Concretamente en el llamado Poison Garden de la localidad inglesa de Alnwick, en el noreste de Inglaterra, un jardín creado por Jane Percy, la duquesa de Northumberland, en el castillo de su propiedad. Durante la rehabilitación que se hizo en 1997 de este jardín fundado por en el siglo XVIII, decidió hacerlo diferente del resto de jardines decorativos que abundan en el país e incluir en él más de 100 plantas tóxicas, intoxicantes y narcóticas que, como reza el cartel de su entrada “pueden matar”.


miércoles, 19 de marzo de 2025

Nuevas paternidades


En este San José, además de mascletás, no está de más recordarles que sigo siendo partidario de los reformatorios para padres. Lo digo sin inmutarme, pues viendo lo que veo a diario, empiezo a pensar que la gente solo tiene hijos para colgarse un sambenito más. Una especie de postureo que les ayuda a ascender en una escala de valores cada vez más paupérrimos y donde no importa cómo seas, sino lo que seas.
Si no, a cuento de qué voy a recibir mensajes de padres que me imploran soluciones para que sus hijos no abandonen las aulas con catorce años. A cuento de qué voy a tener que explicarle a una madre que la justificación de las ciento cinco faltas que ha tenido su hijo este trimestre tienen que venir acompañada (¡Qué menos!) por alguna firma médica.


El mundo está loco. Tanto, que no solo los críos toman la comunión para hincharse a regalos, sino que los adultos buscan en sus etiquetas una aprobación social que les provea de un mimetismo con el que irse de rositas. ¿Qué tu hijo se pasa el día con la videoconsola haciendo el cabrón? No pasa nada mientras te acompañe a las reuniones con tus amigos y propine besos y sonrisas a todo quisqui. ¿Qué tu hijo se ríe en la cara del profesor cuando se le pide que respete las normas del aula? Non ti preocupare. Todo se soluciona con un viaje a Disneyland.


Lo verdaderamente importante no es dejar un legado interesante, tratar de crear un futuro mejor para esta especie nuestra, sino alimentar nuestros deseos y necesidades aunque vendas lo contrario. Que me apetece irme de vacaciones; da igual que pierdas una semana de clase. Que quiero ir al gimnasio; tú, sin clases de patines. Que me apetece hincharme a pasteles; tu índice de glucemia no se va a quedar corto. Que este año toca irse a Cuba; te quedas sin tus amigos de Benidorm, pero ganas una buena diarrea y dos tandas de jetlag.


Y así funcionamos, pasando de todo, pero bien agasajados de regalos. Viviendo a base de lo material y despreciando lo verdaderamente importante, un ideal que, a pesar de cubrir lo superficial, descuida lo trascendental.
Para compensar un poquito, en este Día del Padre les traigo cuatro títulos muy paternales que bien merece la pena conocer aunque algunos tengan unos años (no todo van a ser novedades que sepulten libros que merece la pena airear), pero que se me había pasado incluir en esta bitácora mía.


El primero es Las manos de papá, un álbum de Émile Jadoul publicado por Corimbo y que hoy día está descatalogado (ya saben, queridos monstruos, acudan a las bibliotecas porque en ellas se esconden auténticos tesoros). En este libro dirigido a prelectores y primeros lectores, el autor francés se interna en los cuidados que un niño recibe durante los primeros meses de vida gracias a las siempre presentes manos de su padre.


Es curioso el recurso gráfico utilizado por el autor para captar nuestra atención y que dota de un sentido múltiple a esta historia cotidiana. Por un lado, ensalza la labor de la crianza, por otro, el hecho de mostrar solo las manos del progenitor, nos interpela como sujetos activos y experimentados (¿Quién es ese padre anónimo? Quizá el nuestro) y por último, recrea toda una serie de actividades en las que el lector puede verse reflejado (Una nueva pregunta: ¿quién es el verdadero protagonista? ¿El padre o el hijo?).


Un libro encantador donde la técnica pictórica es sencilla pero muy efectiva, el uso reiterado de onomatopeyas y el formato boardbook se combinan a la perfección para ensalzar el papel de los padres a la hora de enseñar a los hijos a subir escaleras, deslizarse por un tobogán o dar sus primeros pasos.


Compota de manzana, el álbum de Klaas Verplancke editado por Ekaré, es mi segunda elección. En este libro del premio Bologna Ragazzi 2001, el autor flamenco se interna en las relaciones entre un hijo y su padre de una forma un tanto fantástica (podríamos decir que es la versión masculina del Madrechillona de Bauer).


Tomás quiere mucho a su padre porque tiene montones de cosas buenas. Lo que más le gusta de él es que los dedos de las manos le saben a compota de manzana. Pero a veces, su padre se calla, una tormenta se avecina y sus dedos se convierten en rayos que lo envían a su habitación con firmeza. Así, nuestro protagonista se marcha en busca de un padre nuevo con mejillas suaves, músculos firmes y manos tibias, pero solo encuentra una casa en lo alto de un árbol donde lo espera un extraño personaje. ¿Quién será?


Si bien es cierto que la primera parte de este libro recuerda a otros libros como Mi papá de Antonhy Browne, donde las cualidades y los defectos de los progenitores son el hilo conductor de una acción, en este caso enriquecida por el doble sentido de unas ilustraciones descriptivas y de gran belleza compositiva, la segunda parte se recrea en una mirada llena de metáforas visuales donde la transformación del padre tiene que ver con esa percepción onírica que los niños tienen de la realidad. Una vía de escape que transgrede las normas, pero que les ayuda a gestionar desencuentros con el universo adulto.
Junto con una buena elección de formato, recursos secuenciales que huelen a viñeta y una dedicatoria llena de sentimiento, seguro que encuentran a un padre enfurruñado para regalárselo (y si no, háganmelo saber, que yo sí sé a quién).


El tercero en discordia es Un pulpo, un "silent book" de Carlos Díaz Consuegra publicado recientemente por Océano Travesía. Este álbum sin palabras nos cuenta lo que acontece un día cualquiera en la vida de un padre de familia, pero con la peculiaridad de que este hombre tiene ¡8 brazos!


Utilizando la analogía con ese molusco cefalópodo tan conocido, el autor va narrando lo que acontece en la vida de este hombre desde que amanece hasta que llega la hora de dormir. Preparar el desayuno, acompañar a sus hijos al colegio, trabajar, recogerlos o acudir con ellos a la piscina son tareas muy comunes en la vida de los progenitores actuales y nuestro protagonista las hace todas a las mil y una maravillas. 


Con una perspectiva humorística que hace uso de la hipérbole y lo irónico, el autor colombiano nos presenta a un hombre orquesta (en el sentido literal y figurado) que sirve, no solo como crítica social a la supuesta conciliación familiar y laboral, sino como reconocimiento a la labor que realizan muchos padres solteros, viudos o divorciados que compaginan sus obligaciones laborales con unas tareas del hogar generalmente adscritas a la esfera femenina. Y seguramente, muchos de ustedes piensen que es innecesario, pero a un servidor todavía le hace gracia que una gran parte de la sociedad menosprecie a aquellos hombres que no sepan cocinar o planchar una camisa. He aquí un ejemplo de padre moderno y autosuficiente.


Por último les traigo un clásico de los libros paternales. P de papá es un libro escrito e ilustrado por Isabel (Minhos) Martins y Bernardo Carvalho, que editó hace años Kalandraka para ensalzar esos momentos que padres e hijos comparten a diario desde una perspectiva lúdica muy recomendable para prelectores.


Este libro se articulado sobre una serie de escenas donde las siluetas de un padre y un hijo dibujan montones de escenas gracias al contraste de los colores. Así, el hijo, como si de un juego de palabras se tratase, inventa diferentes tipos de papá gracias a posturas o situaciones que recuerdan a objetos, vehículos, lugares o profesiones. Tenemos el papá grúa, el papá perchero, el papá abrigo, el papá avión, el papá túnel o el papa domador, todo un catálogo de papás que se funden en uno solo.


Si bien es cierto que las siluetas dejan entrever emociones básicas, están bastante despersonalizadas, lo que ayuda a la hora de que el lector-espectador se refleje en ellas, un recurso gráfico muy interesante en este tipo de libros sobre temas universales.
Y así, con tres padres muy diferentes, pero con gran parecido, les dejo con el suyo que, presente o ausente, bien merece una caricia.

lunes, 17 de marzo de 2025

¡Qué difícil es montar un negocio!


Como no puedo estar quieto ni un momento, durante los últimos meses me ronda la cabeza esa idea de montar un pequeño negocio, aunque solo sea por mero entretenimiento. Hay varias opciones… Regentar un bar, darle forma a una editorial o invertir en el campo de la informática.
Quizá piensen: “Pero alma de cántaro, con lo bien que vives tú, ¿de dónde salen emergen esas ganas de emporcarte monetaria, laboral y personalmente? ¡Tú estás loco!” Les explico… Tras casi veinte años ejerciendo como docente, he llegado a un punto en el que esta profesión ha perdido muchos alicientes. Y no precisamente por los alumnos, pues cada clase es diferente y lo que lleva como título “El aparato respiratorio”, puede pasar de ser un coñazo a una fiesta conforme sales de un aula y entras en otra. Es más bien por un sistema que te encorseta hasta las trancas y en el que poco puedes desarrollarte.


Lo primero de todo, en nuestro país, cualquier funcionario se debe a la administración, es decir, trabaja exclusivamente para ella. A menos que tengas tu propio negocio no puedes realizar otra actividad remunerada. Cuando le cuento esto a mis amigos extranjeros se echan las manos a la cabeza. Ni holandeses si ingleses entienden las razones que llevan a un estado a prescindir de ideas con las que crecer económicamente. Se ve que hay que repartir cuotas laborales…


Lo segundo es más personal. España es el país de la “titulitis” y las etiquetas y tenemos muy interiorizado que un ingeniero no puede dedicarse a la filosofía ni que un profesor de francés quiera ser productor musical. Si una persona ha invertido diez años en el campo de la informática, nunca podrá ser un buen jardinero. Ni tampoco el profesor de biología, puede abrirse camino en la literatura infantil.
Gracias a estas dos razones de peso, pueden estar tranquilos, Ni hostelería ni microchips ni libros para críos. Seguiré explicando la teoría de la deriva continental y el método científico para dejar que otros sigan en pos de sus sueños. Nada mejor que obviar el control fiscal y gubernamental que se gastan los caciques de este país. No sea que todo mejore y les demos una patada en el culo (bien merecida).


No obstante, si ustedes se envalentonan y quieren hacer frente a las trabas administrativas, no deben olvidar los pros y contras de invertir en algo así. Por eso, hoy les traigo El mejor restaurante del mundo, una nueva aventura de la pandilla de canes que tantas alegrías le están dando a Dorothée de Monfreid y no se olviden de todo lo que conlleva una empresa por pequeña que sea.
En esta ocasión, Zaza quiere hacer realidad el restaurante de sus sueños e invitar a cenar al resto. Primero de todo, elige el lugar adecuado en mitad del bosque y pide ayuda a Popov, Miki, Nono, Agus, Kika, Jana, Pedro y Omar para darle forma. Mientras Zaza va tomando nota de la cena, los demás fabrican las mesas y las sillas, se encargan de rotular y colgar el cartel, crean una atmósfera agradable o disponen los cubiertos. Cuando todo esta listo, llega la hora de disfrutar de sus platos favoritos, pero…


Con ese carácter de narración coral sobre el que se construyen los libros de estos perros, esta pequeña comedia de situación no solo hace reír a cualquiera (les recuerdo que monstruos somos todos), sino que permite a los diferentes tipos de lectores que se acerquen a él identificarse con uno o varios de los personajes al tiempo que descubren su propia humanidad. Algo que me ha gustado mucho de este episodio es esa luz cambiante en cada una de las escenas que, a modo de stop motion u obra teatral, van configurando el paso del día a la noche. Una atmósfera deliciosa que esta vez abandona el formato boardbook para diversificar un público no tan minoritario como el toddler. ¡Disfrútenlo y den forma a sus deseos empresariales!

viernes, 14 de marzo de 2025

Palabras salvajes y divertidas


Es muy curioso cómo funciona el lenguaje. Y no me refiero a sintagmas nominales, complementos circunstanciales o métrica poética. Me refiero a ese campo tan subjetivo llamado semántica en el que interactúan muchos parámetros. Esfera social, recuerdos, sonoridad, de quién vienen o adónde van, la entonación, la repetitividad del relato… El significado de lo que escribimos o decimos toma un camino u otro dependiendo de su contexto multifactorial. Al menos, eso (mal)pensamos los adultos, que todo lo llevamos al extremo con nuestros prejuicios enfermizos. Lo mejor es pensar como un niño, que a pesar de sus experiencias, limitadas, evidentemente, suelen tener una corteza cerebral más plástica y moldeable.
Las palabras se cargan de sentido cuando nos empeñamos en dárselo. Literal o figuradamente las conducimos hacia nuestros derroteros, por eso, lo más fácil, es dejarlas a su libre albedrío, como si manaran de un joven riachuelo, juguetonas y saltarinas. Que giren y giren, sin miramientos. Palabras y solo palabras que, salidas de un conjuro divertido, se lanzan contra nosotros y dibujan un escenario en el que mojarnos de risa es el único fin.
Y si todavía lo dudan, aquí les dejo el segundo volumen de la colección Aún aprendo que, con muchos pies y más cabeza, les recomiendo. Pues no solo recoge un buen puñado de recetas verbales sin (¿o con?) mucho sentido de toda la vida, sino que de una experiencia en la que los críos son los protagonistas gracias a unos talleres artísticos que se desarrollaron en la Biblioteca Central de Córdoba durante mayo y junio de 2023. No se lo pierdan porque además de su excelente factura, cualquiera va a disfrutar. Dejando a un lado su significado, esa es la magia de las palabras: reunirnos en torno a ellas.

Doña zírriga, zárriga, zórriga,
trompa pitárriga,
tiene unos guantes
de pellejo de zírriga, zárriga, zórriga,
trompa pitárriga,
le vienen grandes.

Pomponata pota pon y otras palabras salvajes.
Ilustraciones y textos creativos de Adrián, Antonio, Celia, Claudia, Estela, Jorge, Lucía, Rafael, Valeria F., Valeria M. y Olga. 
A partir de un taller de Ramona y juegos de palabras tradicionales.
2024. Valencia: Media Vaca.


jueves, 13 de marzo de 2025

De calvos y alopécicos


La vida moderna es un tanto extraña y cuando pensabas que la mayoría de tus amigos y conocidos masculinos se iban a quedar calvos (como manda la vejez de cualquier mamífero), de repente los ves aparecer con una mata de pelo recién injertada en Turquía, centro mundial del tratamiento alopécico.
Unos aprovechan las vacaciones para pasar por el quirófano, otros se esconden y te cuentan milongas y a los más avezados les da igual pasear sus heridas, pasear con sombrero y lucir esa pelusilla tan extraña que empieza a poblarles las ideas. El caso es recobrar la juventud deseada gracias a esos folículos pilosos del cogote que resisten cualquier hormona.


Lo que muchos no saben es que después de la intervención y recuperar esa dignidad juvenil que creyeron perder, algunos necesitan de una serie de suplementos para conservar su renovada melena, como por ejemplo los inhibidores de las enzimas que activan la testosterona. Ya saben, esa hormona que actúa sobre nuestro apetito sexual, la fertilidad y el mantenimiento de la erección (¿Cómo era aquello que decía mi abuela? ¿Para presumir hay que sufrir?).
Y eso, en el caso de que todo vaya viento en popa y no tengas que acudir otra vez a Oriente Próximo, porque muchas veces hay que volver a pasar por caja, ya que un solo trasplante no suele ser suficiente. Que se lo digan al Juli que ya va por el tercero…


Conmigo que no cuenten para recuperar ese remolino que lucía en mi frente durante mi adolescencia. Le supe decir adiós y ya no lo necesito, pues he desarrollado otras estrategias la mar de efectivas para llamar la atención de quienes me rodean. Ser Tintín durante un tiempo es maravilloso y hacerle frente a las carencias todavía mejor.
Queridos traumatizados: ya sé que vuestro tupé era el santo y seña de una época dorada en la que las nenas se lanzaban a vuestros pies, pero ¿alguna vez habéis pensado que las pavas de aquella época han madurado y hoy día no se dejan seducir por esas miserias que habéis desarrollado gracias a vuestros traumas?


Y con este prólogo tan deslenguado, doy paso a un libro que me ha encandilado por hacerme disfrutar como calvo digno que soy. Cuando los pelos de papá se fueron de vacaciones, un álbum narrativo de Jörg Mülhe que acaba de publicar Takatuka es una historia muy disfrutona que tiene como protagonista a un padre que vive un infierno cuando su cabellera decide salir volando. Por el restaurante, los grandes almacenes o el zoológico, los persigue por toda la ciudad, pero los pelos, finalmente alcanzan la depuradora y acaban en el mar visitando los lugares más insólitos. ¿Conseguirá que vuelvan?


Con mucho humor, el autor despliega una batería de recursos narrativos (tanto textuales, como gráficos), que hacen de esta pequeña anécdota una aventura trepidante muy apta para cualquier calvo. Guiños muy sugerentes (¿Han visto La noche estrellada de Van Gogh?), juegos gráficos a base de pequeños trazos, referencias a las historietas clásicas (el clásico pelo en la sopa no podía faltar…), los abundantes croquis (tienen un puntito informativo que gusta mucho al lector infantil) o montones de disparates surrealistas. Todo se conjuga para hacernos reír.


Aunque el final podría haber tomado otro cariz, me gusta que se haya planteado un giro en el guion, sobre todo porque da una oportunidad sobrenatural a la transformación, un momento mágico que seguramente muchos agradecerán en loor de su cuero cabelludo desnudo a modo de simpática ensoñación. ¡Les dejo que me tengo que rapar!